Una peruana nos cuenta cómo es la vida en Izmir, una ciudad turca a la que llegó a vivir hace dos meses y medio.
Siempre leo este blog desde mi pequeño departamento en Buenos Aires, Argentina, pero nunca me animo a escribir pues veo que las actividades que realizo son el común denominador de lo que le pasa a mucha gente en el exterior. A veces quiero que me suceda una muy buena anécdota con algún personaje porteño, pero hasta ahora no he tenido la oportunidad.
Me ocurrió cuando recién llevaba un par de años en España. Feliz estaba yo esa noche, pese a que asomaba el invierno y el frío pegaba sus primeros zarpazos con ese aire helador que cae en noviembre en Madrid. Estaba feliz, pues cenaba con cuatro simpáticas chicas, españolas todas, de forma que la nostalgia del Perú quedaba aparcada hablando de temas intrascendentes.
No sé si este dicho lo tiene alguien patentado, pero siempre se me vino a la mente como una frase mía: “Cuando Estados Unidos estornuda, los países latinoamericanos se enferman”, y eso se puede ver no solo en nuestro país, sino en gran parte del planeta.
En medio de su recorrido por algunas ciudades de China y Estados Unidos, uno de nuestros lectores llamó la atención de diversas personas gracias a su casaca con los colores del Perú.
Soy un peruano común y corriente, con sueños, ambiciones, fanatismos y ocurrencias. Una ocurrencia (que para mí es fanatismo puro) es que “I am an Adidas fan”. Si hubiera un terno marca Adidas, sería el primero en comprármelo. Otra ocurrencia (que para mí también es fanatismo), es que adoro al Perú, mi patria. Otros fanatismos que tengo es que soy salsero y pelotero. Me encanta el fútbol y todo lo que hay alrededor de él.
Prometí escribir la primera línea en el avión, las primeras palabras de un diario que sin mucho éxito y recurrentes intenciones había tratado de escribir por años, pero que gracias a mi inexistente constancia siempre permaneció en mis listas de 'to do' y las resoluciones de fin de año.