
Si en algo me había sentido siempre afortunada era con y en mi trabajo. Salí de la universidad en 1995 y desde 1996 no había parado de trabajar en buenas empresas y en posiciones relacionadas a mi carrera. Así pasaron 10 años hasta que en enero del 2006 todo dio un vuelco: Mis ilusiones amorosas terminaron de la peor forma y la corporación a la que pertenecía la mina donde trabajaba anunciaba su venta y salida del Perú. En ese momento todos nos sentíamos confundidos y tocados por la noticia porque nuestra compañía era lo MÁXIMO, de quitarse el sombrero. Nadie quería pertenecer a otra empresa, nadie nos consideraría tan bien como lo habían hecho ellos… Y ahora, ¿qué viene?, ¿quién será el nuevo dueño?, ¿cuáles serán sus primeras medidas?. Esas eran algunas de las preguntas que cruzaban por nuestras cabezas.
Para mi buena suerte me ofrecieron “ser salvada” enviándome a una de las operaciones australianas. En ese momento me sentí diferente, así como ¡uauuu debo tener talento! (aunque no sea buenamoza). Sin embargo, mi respuesta no fue un “sí, acepto”. Vacilé y vacilé porque, primero, nunca había pensado dejar el Perú y tenía una vida cómoda en mi natal Arequipa; segundo, el cordón umbilical estaba intacto y, a pesar de mis 30 y algo, yo seguía siendo la hijita de mis papis. Otro punto importante era que tenía una maestría que me faltaba completar y a la que había dedicado los últimos 26 meses de mi vida: un derroche de dinero, esfuerzo y tiempo y solo quedaban cuatro meses para decir “tarea cumplida”. Mi mentor, la persona que me ofreció la oportunidad, me dijo que a veces hay que ponerlo todo en una balanza y, claro, tenía razón…

Hace un tiempo se publicó un post de cómo los peruanos adquieren el acento del país en el que residen, sea Chile, Argentina, España, etc., lo que me parece en cierta manera natural después de alguna prolongada estadía; que lo diga sino cualquiera que haya tenido que mudarse a Arequipa, Piura o Iquitos y que seguramente adquirió modismos o regionalismos en su manera de hablar. Pero yo quería ir un poco más allá.
En los casi cuatro años que vivo en Canadá he tenido la oportunidad de conocer gente de diversos países y culturas, y he podido apreciar también cómo comunidades de inmigrantes de Polonia, por poner un ejemplo, se esfuerzan por conservar su cultura y su idioma, transmitiendo enseñanzas, costumbres y valores a sus hijos por esa vía.

Llevó dos días con fiebre y no tengo deseos de comer ni ganas de jugar con mis muñequitas recortables. Mi pequeño cuerpo está cansado y mi estómago casi vacío, las medicinas no me gustan y no parecen hacer efecto, quiero llorar pero me doy cuenta de que ya tengo casi 10 años y estoy grande para eso... Quiero a mi mami, ¿dónde estas?

Qué maravilloso fue escucharte llamarme así por primera vez. Especialmente porque para mí el camino hacia la maternidad no había sido el usual.
Todo empezó hace 14 años. Yo estaba en casa, en el baño, con un libro sobre las piernas y el pantalón bajo las rodillas. Era un libro sobre un método natural descubierto por el doctor australiano John Billings, que permite a las mujeres controlar su fertilidad. En el libro proponían usar este método para evitar el embarazo, en lugar de tomar anticonceptivos o usar antipáticos dispositivos o condones. Pero yo había comprado el libro para usarlo al revés porque llevaba 3 años de casada y no quedaba embarazada. Yo quería ser madre. Pero la naturaleza me lo negaba.