
Foto: Mark Connell
Cuando me mudé a Inglaterra, poco después de casarme con mi novio inglés, a quien había conocido en Barcelona (donde yo vivía), pensé que todo iba a marchar viento en popa y que aquella decisión que habíamos tomado había sido sin duda la mejor para los dos, pero para mi mala suerte no fue así. Yo, una peruana de 29 años que hacía 7 había llegado a España en busca de un futuro mejor y había pasado por un duro proceso de adaptación, me encontraba nuevamente en la misma situación en Inglaterra.

Foto: Archivo El Comercio
Vine al país cuando tenía 7 años. Apenas llegamos, en febrero, mi padre nos preparó para el comienzo de clases. ¿Cómo? Simple: durante todo el verano nos llevó todas las semanas a recorrer un museo diferente, el Museo de Antropología, el Museo del Oro, la Inquisición, etc. Cuando empezamos clases en abril, ya conocíamos más historia peruana que los peruanos y se los garantizo: conocíamos más museos que los peruanos (lástima, ¿no?).
El primer año no fue fácil, pero nos adaptamos cual camaleones. Cuando pasé a media (llegué en segundo de primaria) nadie, a no ser que yo les dijera de dónde era, podía decir que yo no era peruana. Yo era mazamorrera y anticuchera. Después del primer año de clases, mi papá nos llevo a recorrer el Perú durante el verano. Salimos de Lima y no paramos hasta llegar a Puerto Pizarro, haciendo un pequeño desvió hacia la selva. Curiosamente cuando volví a clases y la primera lección fue redactar lo que habíamos hecho durante las vacaciones, yo no solo conocía los museos sino también conocía más el país que muchos de mis compañeros.
Perú abrázame
y cura mi nostalgia
Trae a mi memoria
la mezcla de tus rostros
y tu profundo pasado.
Trae a mi memoria
tus olas que se mecen
al compas de una marinera.
Déjame perderme en la coquetería
y el cadereo garboso del cajón.
Llévame al pico más alto
y déjame respirar el aire puro

A punto de empezar mi tercera década, una amiga me dijo con algo de despecho que "después de los 30, los hombres son como los inodoros: sino están ocupados, es porque están embarrados". Esta historia pretende explorar qué pasa por la cabeza de aquellas inmigrantes que pasaron los 30 y que, como mi amiga, siguen buscando novio. Para ello, he seleccionado tres estudios del caso:
Indecisa
Seis meses atrás, Indecisa empezó una relación a distancia y hace dos semanas me confesó que no sabe si debe seguir con su novio: "... Sencillamente me fascina. Nunca he estado tan enamorada y nos reímos mucho. Pero él vive en Berlín, es cuatro años menor que yo y toda su familia vive en Afganistán. Para colmo, sus padres piensan que todos los americanos somos como Bush y los míos detestan la idea de tener nietos que no sean evangélicos". Así que no sabe qué hacer, en especial porque el nada sexy de su ex está tratando de convencerla de que regrese a EE.UU. y se case con él. El problema de Indecisa es que cree que el novio actual le provee de las aventuras con las que siempre soñó y el ex le ofrece todo lo que cree necesitar.

En 1999 trabajaba en Lima para una empresa que brindaba (y aún brinda) servicios informáticos. Yo tenía una posición media (no era la última rueda del coche pero tampoco era un jefe) y me iba relativamente bien, hasta que un día, un amigo (todavía nos escribimos y lo considero uno de mis mejores amigos) que se encontraba en Estados Unidos me escribió para saber si queríamos irnos a trabajar allá (la invitación era para un grupo de gente). Al inicio yo no vi esa propuesta con mucho agrado, es decir, tenía trabajo, la paga no era del todo mala (más o menos 1.200 dólares al mes), me gustaba lo que hacía y era una persona clave en mi área, entonces, ¿para qué viajar? Además tenia a mi enamorada, así que no pensaba en moverme.
Como quien no quiere la cosa, comenté el tema con mi familia, y mi madre, sabia como todas las madres, me dijo: “Hijo, dime qué es lo que te espera en el futuro si sigues en tu actual trabajo”. Entonces me puse a analizar las posibilidades. En mi área no se podía ascender más y lo único que quedaba era ser gerente, plaza a la que es difícil llegar si no tienes los contactos.

A propósito del post de Ernesto Gamra sobre Quebec, quiero aunarme a ese interesante artículo y compartir con mis compatriotas mi experiencia acumulada en Europa. Como canta Juan Luis Guerra, muchos peruanos creen que existe una “Visa para un sueño”. Desde el otro lado de la orilla, se idealiza la vida en el extranjero tanto como la religión mitifica el paraíso. Pero, ¿realmente existe un paraíso? ¿Existe acaso un país que te abre las brazos y te rescata del Perú, como dice uno de mis compatriotas que escribió en un post anterior, “por gracia de Dios”?
La mayoría de peruanos que sale por primera vez del Perú tienen una idea idílica de la vida en los países desarrollados. Saben por parientes o amigos que en el extranjero uno puede encontrar trabajo, ganar dinero y triunfar como todo peruano creativo y trabajador, pero ¿es así en la mayoría de los casos?