
-No, no sé quién es el actual Rey de Cuba.
-¿Segura?
-Sí, en serio. No leo mucho.
-¿O sea que no sabías que Fidel Castro es el Rey de Cuba?
-No, pero gracias por decirme.
Era el 2003, cuando Cuba todavía tenía a Fidel de presidente (algún lector suspicaz podría decir que “Rey” también es un término apropiado para referirse a él). Mi contraparte en la conversación era una gringuita de lo más simpática -y guapa también, aunque con unos kilitos de más-, pero evidentemente no muy leída. Y no, no fui yo el que le tomaba el pelo -sería incapaz de hacer pasar a alguien un ridículo tan grande- sino un amigo que me había comentado de otras preguntas legendarias (“¿Munich es en Inglaterra?”).

Salí del Perú por un deseo personal de aprender más de todo. La curiosidad fue más poderosa que cualquier fantasma nostálgico o adhesión familiar. La ciencia me llamó la atención desde que tengo habilidad motriz. Las teorías de la relatividad y evolución son prácticamente parte de mi persona. Vivo hace más de 12 años por todo el mundo, desde Asia hasta rincones fríos de Europa; desde escondites en Estados Unidos. hasta cálidos bosques tropicales de América Central y Sur. Trabajo para universidades y museos que autorizan la realización de proyecto descabellados y expediciones inauditas para muchos. Estos últimos meses me han convencido de que la tolerancia humana es la única cualidad que me ha permitido conocer, querer y disfrutar todo lo que conozco y a quien conozco. Lo que relato en este espacio es una anécdota, o como yo lo llamo, una “ironía divina”. Por motivos de trabajo estoy radicando temporalmente en el estado de Pennsylvania, Estados Unidos. Estoy a una hora de Nueva York y la minoría racial es la de los llamados gringos. Nunca me percaté de ninguna tensión racial ni intelectual en esta área. He vivido también en Carolina del Norte, dentro del famoso cinturón bíblico de Estados Unidos, donde la intolerancia racial puede ser hiriente. Recuerdo que vivía en un barrio poblado de “African-Americans” y un día vimos cruces encendidas al rojo vivo, con signos evidentes del KKK (Ku Klux Klan), quemándose a dos cuadras de mi edificio. Mis vecinos, African Americans, me dijeron “no te preocupes niña, nosotros te protegemos si nos viene a quemar.”
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Debido a la inflación de 3 cifras del primer gobierno de Alan, al largo, traumático e interminable paso por la universidad, y al hecho de todavía ser mantenido por mis padres, decidí escapar de mi triste realidad y viajar a Japón (país del que ellos provienen) con la finalidad de ahorrar unos miles de dólares y poder regresar al Perú para construir mis sueños. Es así que en marzo de 1990, con el pasaje financiado y luego de que mi familia me prestara la astronómica suma de $800 (todo un dineral para mí en ese tiempo), decidí cruzar el océano junto a mi hermano y su esposa.
Luego de tirar moco por la familia y por el amor que dejaba en Lima, abordamos el avión, haciendo primera escala en Curacao, bajamos unos minutos a estirar las piernas y dar unas vueltas por el pequeño aeropuerto para luego volver abordar el mismo avión con rumbo a Amsterdam. La mayoría de nosotros (el grupo de peruanos) nunca habíamos salido al exterior y más aún, nunca habíamos subido a un avión. Al llegar al aeropuerto Schiphol, nos quedamos boquiabiertos por el tamaño de las instalaciones; también nos hizo gracia el que hubiera una máquina expendedora de preservativos en el baño (“si venden preservativos dentro del aeropuerto es que lo hacen aquí dentro” decían algunos, mientras que otros opinaban que los encuentros se producían en el baño del avión). Ahí también recordé mi reducida estatura cuando, al sentarme en el inodoro, no podía asentar los talones en el piso. Baños para europeos, pensé.

Vine a Estados Unidos en mayo del 2007 para hacer un internship ( prácticas) en ingeniería civil por un período de un año. Siempre quise sacarme el clavo de regresar a este país y no tener que trabajar en un puesto forzoso porque simplemente no me gusta la rutina de estos tipos de trabajos y porque mi contextura física no me ayuda mucho. Digo que quise sacarme el clavo porque hice este tipo de labores en el 2004 por intermedio de estas agencias de intercambio que suelen aparecer en las universidades limeñas para traer estudiantes a este país, lógicamente, previo pago por adelantado.
El hecho es que en el 2006 termine mi carrera de ingeniería civil (con la chapa de “Puma” Carranza, porque no quería dejar la “U”) y me fui a trabajar a los Andes peruanos en una municipalidad provincial. La oficina era normal si la comparamos con los estándares de la zona, es decir, tenía 2 computadoras para 8 ingenieros. Lo que me gustaba era salir al campo, construir en las comunidades, conversar con quechuablantes y compartir tiempo y logros mediante mi trabajo en equipo con ellos. Construyendo canales para llevar el agua a las comunidades sentía que los pobladores beneficiados y los trabajadores involucrados me miraban y me trataban con mucho respeto, pero nunca me gustó que me dijeran “Ingeniero” porque me gusta que me llamen por mi nombre, no por mi profesión. Lo cierto es que entre aventuras y aventuras tuve que regresar a Lima desempleado porque el Alcalde de aquel municipio no salio reelecto y porque sentí que mi ciclo en ese lugar ya había acabado.
Imagen: www.comic.orgCon un inglés de puntaje TOEFL aceptable (~300) puedes desenvolverte con relativa soltura en cualquier país de habla no hispana. Por ejemplo, puedes regularizar tus documentos en las oficinas de migración, negociar el alquiler de un departamento, buscar trabajo, tener conversaciones coloquiales, asistir a clases universitarias e inclusive escribir una tesis. Al principio como que todo te lo tienes que pensar un poco pero con el tiempo logras expresarte con mayor naturalidad.
Ahora, problemas pueden surgir cuando te encuentras en situaciones en las cuales tu Yo racional tiene dificultades para guiar tus palabras y actos. Por ejemplo: estás algo bebido y quieres contar un chiste, quieres enamorar a una chica local con frases menos huachafas que “I must be dead because I see an angel” o “we Incas are good lovers”, pero en lo personal, creo que la dificultad mayor se presenta cuando te enfrascas en una discusión acalorada o en alguna pelea.

La madre del emigrante no es cualquier mamá y el Perú está lleno de ellas. Son madres que vieron a sus hijos, hombres y mujeres, volar lejos, hasta donde los llevaron las alas, los sueños y esperanzas. Son mamás que siguen queriendo, tal vez con más fuerza, tal vez con un poquito más de angustia. Ellas tendrán que pasar un Día de la Madre sin algunos de nosotros y tal vez se pongan un poquito tristes. Mi mamá es una de ellas.
Tengo un tío que salió hace mucho tiempo del país a probar suerte durante el auge del petróleo en Venezuela. Le iba bien y aunque en los primeros años la nostalgia lo animó a escribir extensas cartas, estas fueron disminuyendo en frecuencia y contenido y al pasar del tiempo era solo una cada año. Finalmente, se mudó a otra ciudad y le perdimos el rastro. Aunque pasaron varios años, no pasó un solo día de las madres que mi abuelita no esperara su llamada, una sola fecha familiar que no lo recordara, una sola Navidad que ella no pidiera por él.
Pero el tiempo y la vida los volvieron a reencontrar. Un buen día dimos con su paradero, por esto del “milagro” del Internet, y mi hermana le regaló tal vez uno de los mejores regalos de su vida: un pasaje Lima-Caracas-Lima. El amor de mi abuelita pudo más que sus miedos a volar sola en avión por primera vez a sus ochenta y tantos años. Se armó de coraje, del que tanto tiene y finalmente lo vio. “Se le ve viejo”, nos dijo, como si para ella no debiera pasar el tiempo. Hoy en día se comunican nuevamente y estoy segura que un día como hoy él la debe haber llamado.
Por esas cosas de la vida nosotras también quisimos viajar, incluso más lejos que mi tío. Pero de esta experiencia y de otras innumerables que se saben, sé que aunque un hijo se vaya al otro lado del mundo, no pasará un día sin que mi mamá rece por nosotras, sin que piense en cómo estaremos, qué comeremos, si estaremos sanas, si nos quieren bien. Sé que en medio de los momentos difíciles y de toda la gente que pasa por nuestras vidas, su amor es lo más claro y fuerte que tenemos y tendremos en la vida.
Mi mamá nos enseñó a creer en los sueños y ella es en parte la responsable de que hayamos volado tan lejos. Esta carta es para decirle lo mucho que la queremos y decirle también que ella es un personaje de nuestros sueños de futuro. ¡Feliz día mamita!
Un abrazo muy fuerte no solo a mi maravillosa mamá, a mi abuela y a mis tías sino a todas aquellas madres que abrieron los brazos un día para dejarnos ir, dándonos la mayor prueba de amor que una madre puede dar.
Una emigrante más
Inglaterra

Hoy estoy lejos, muy lejos
de tu nacimiento y muerte;
en un camino que no conozco
donde todo es tan calmo,
en una tierra, que es lejana de tu vientre.
Madre, generosa en la alegría
y tristeza de tu existencia,
si pudieras con tus lágrimas
curar las llagas de los que sufren;
y redimir a los que creen
que la vida es siempre entrega.
Madre, como duele tu ausencia,
tu risa que se quedo en mi cuna;
y tus sueños que se fueron
volviendo añoranzas.
Y extraño tu orgullo de tenerme,
tu risa de niña provinciana;
tu canto de pueblo, tu fe en el amor.
Madre, cuánta humildad se fue contigo
cuánta ingenuidad se volvió viento;
y te fuiste amando unos espacios
que no son color octubre
ni son el asomo de tu entrega y esperanza.
Madre, mi pequeña, tierna y cariñosa;
siempre serás mi dolor más dolor
mi ausencia más reclamada
y mi nostalgia más cruel,
pero ahí donde se cobijan los amores
siempre te tendré como agua fresca
calmando mis penas y dolores.
Enrique Horna,
Sydney, Australia

El día de la madre se acerca y es ocasión en que todos los hijos celebramos a nuestras madres. Sin embargo, este día quiero celebrarte a ti. Hijo querido, soy madre gracias a ti.
Si pudiera haber elegido no te hubiera traído a este mundo. Si hubiera sabido que en realidad este mundo está lleno de cosas que te van hacer sufrir, no me hubiera arriesgado a traerte aquí sin antes cerciorarme de que este lugar puede garantizar tu plena felicidad.
Hijo, si pudiera evitarte el dolor de crecer en este mundo lo haría sin pensar y con muchísimo gusto. Fui muy feliz cuando supe que venías. Reconozco mi egoísmo ahora. Me duele haberte traído sin saber a dónde venías. ¿Por qué no lo supe antes?
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Queridos amigos: Soy un español casado con una peruana, y me gustaría contarles lo que es el Perú para mí.
Perú son mis amigos y familia: Unos son rubios y otros morenos; algunos son altos, otros son bajos; unos son delgados y otros, fornidos. Mis amigos son blancos, son mestizos, son negros, algunos tienen rasgos claramente andinos y otros son descendientes de japoneses.
Considero amigos a mujeres y hombres, a heterosexuales y homosexuales. Algunos son estudiantes y otros ya trabajan. Algunos todavía tienen toda la vida por delante y algún otro no llegará a cumplir los 50.

Siempre, desde que tengo uso de razón, he estado rodeado de El Comercio. Recuerdo cuando niño que esperaba con ansias el Dominical para leer el Super Cholo y los chistes de la sección "C" mientras tomaba desayuno. Mi padre era ( y lo sigue siendo) un lector sumamente fiel de las publicaciones de este periódico y nunca dejaba de comprar el diario para deleite mío y de mis otros hermanos. Las ediciones, ni bien llegaban a la casa, se descuartizaban en las diferentes secciones para que cada uno tuviera algo que leer. Mi hermano mayor capturaba la de deportes y si no estaba nadie más en la casa, también cogía la de Negocios o la sección "B". Eso sí, nadie podía agarrar la primera página hasta que mi papá hubiera terminado de leerla.
Yo siempre empezaba leyendo la sección "C", donde se habla de cine y televisión, de artistas y de música contemporánea. Cuando fui creciendo, mis gustos variaron un poco y comencé a prestarle más atención a la política y a las editoriales. No podía esperar a que llegasen los martes para leer a Tomás Unger y sus artículos de ciencia, los que me fascinaban y me hacían pensar (desde aquí los recuerdo con bastante nostalgia). Después no podía faltar la Somos de los sábados. ¡Un sábado sin Somos no era sábado pues! Esas revistas eran devoradas de principio a fin. Me encantaban los artículos de arte y cultura, las últimas novedades en la bohemia limeña y el Circo Beat; así como los horóscopos Mochica que no sé cómo lo hacían, pero eran recontra acertados.
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