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LA ALIMENTACIÓN DE LOS JÓVENES: ENTRE LA GRASA BARATA Y EL APURO. Cuando eres joven, quieres terminar de estudiar cuanto antes y entrar a trabajar lo más pronto. Entre una cosa y otra, alimentarte pasa a un segundo plano
Por: Fernando González-Olaechea
“Por días no comía, o comía cuando llegaba a mi casa, o simplemente tenía que ir a erradicar el hambre donde la “Tía Basura” del mercadito donde hacen maquetas. Por dos “lucas” comía un sándwich de pollo deshilachado, con col y mayonesa. Lo que pasa es que ni los horarios de clases —que a veces duran toda la mañana y la tarde— ni los “huecos” entre cursos te dan tiempo para comer. Solo se puede comer algo “ligerito”: chifles, panes con pollo, hamburguesas, salchipapas o salchipollos”.
El testimonio es de Carlos Luperdi, quien no describe una estancia en un campo de trabajos forzados ni su entrenamiento para sobrevivir en condiciones extremas en un curso militar. Carlos está en el último año de Psicología en la Universidad Ricardo Palma y solo cuenta sus hábitos alimenticios durante su paso por la universidad.
Su caso, de hecho, no es inusual. Durante el tiempo que uno está en la universidad, la mayoría de veces los horarios no están diseñados para dejar tiempos establecidos a las comidas (desayuno, almuerzo, cena). Si a eso se agrega que el poder adquisitivo de un universitario no es precisamente generoso, y que a veces hay que volar de las clases a la chamba, la cosa se pone color de aceite quemado o, lo que es lo mismo, color de aceite de sanguchón al paso.
Según la nutricionista Marinalva Santos —directora del Departamento de Nutrición y Dietética de la Unife, directora de nutrición de los gimnasios Gold’s Gym y creadora del programa Nutrazone— el problema de los jóvenes es el ritmo de vida.
“Las universidades no se preocupan en ponerte horarios para que tengas una alimentación adecuada. Además, tienes que llevar de 6 a 8 cursos por semestre, tienes que estudiar de madrugada, y para permanecer despierto tomas Coca-Cola o bebidas que aceleran el ritmo cardíaco, y eso te afecta”, subraya.
Para Santos este problema trae otra consecuencia: el estrés. “Si se incentiva el cambio de hábitos alimenticios se reducirá el nivel de gastritis y estreñimiento que presentan los universitarios, además del estrés”, señala.
Y es que si no hay una buena alimentación (balanceada y con horarios regulares) el cuerpo no va a funcionar bien.
Deborath Ipinze acabó Lingüística en San Marcos en el 2005. Si mira hacia atrás, nota la inmensa diferencia: en esa época su régimen alimenticio era caótico. “En la universidad no había hora de almuerzo y, a veces, tampoco presupuesto”, recuerda.
Pero no solo se trata de comer fuera de hora, sino que nos atragantamos con un coctel de grasa casi radiactiva. Por ejemplo, ¿por qué comer un sanguchón, que es una bomba para el estómago, en vez de darnos un salto por la cafetería de la universidad? La lógica respuesta la dan Deborath y Carlos: “El sanguchón es abundante, rico, barato y al paso, concentra todo lo que necesita el universitario: algo accesible, sabroso, que llene y cuya ingesta no tome mucho tiempo”.
Por todo ello no es gratuito que muchas universidades —por no decir todas— tengan en sus alrededores a ejemplares imitadores del “Tío Veneno” o la “Tía Poison”, esos que venden en carretilla toda clase de hamburguesas, salchipapas y demás frituras.
Para cambiar de hábito, Marinalva Santos recomienda adaptarse. “El estudiante debe solicitar tiempo para comer, eso es lo más importante. Un sándwich puede ser un alimento completo, pero debe ir acompañado de frutas y verduras. También se puede apelar a las barras energéticas, que son muy completas en carbohidratos y proteínas. No hay que olvidar tomar agua y evitar las gaseosas en la medida de lo posible”.
Según ella —como complemento a las tres comidas diarias— conviene ingerir tres verduras de distinto color dos veces al día; tres frutas de distinto color tres veces al día, y diez vasos de agua a lo largo del día.
Claro, no se podrá almorzar una entrada, un segundo contundente, con yapa, repetición y postre, pero sí balancear las comidas y hacerlas tan breves como nutritivas. Quizá hoy parezca aburrido, pero dentro de 10 años lo agradeceremos.











Es la triste realidad. Los jóvenes no tienen cultura alimenticia, y de eso sólo tienen culpa la familia y ellos mismos, puesto que no se culturizan, ni se quieren. Es así y punto.
Y soy una joven estudiante.
Publicado por: Carmen | 25 Mar del 2009
Un artículo de investigadores de los Estados Unidos publicado por Reuters, afirma que los refrescos con gas, aunque sean light, parecen estar relacionados con un incremento de factores de riesgos asociados a enfermedades coronarias y diabetes.
Según este estudio, los adultos que consumen un refresco con gas al día o más tienen un 50% más de riesgo que aquellos que no consumen este tipo de bebidas de desarrollar un síndrome metabólico, con factores de riesgo como un incremento de grasa en la cintura, una disminución del colesterol bueno, tensión arterial alta y otros síntomas.
“Cuando padeces un síndrome metabólico, el riesgo de desarrollar una enfermedad del corazón o de padecer un infarto se multiplica por dos.
Lo mismo sucede con el riesgo de desarrollar diabetes” según dice el Dr. Ramachandran Vasan de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston (Boston University School of Medicine), cuyo trabajo ha sido publicado en el Journal Circulation.
Estudios anteriores ya habían encontrado una relación entre el consumo de bebidas azucaradas carbonatadas y numerosos factores de riesgo asociados a enfermedades del corazon, pero el estudio de Vasan ha extendido este descubrimiento a las bebidas carbonatadas light”
El estudio se realizó con una muestra de 6000 hombres y mujeres de mediana edad que fueron estudiados durante 4 años.
Aquellos que bebía uno o más refrescos al día tuvieron un 31 por ciento más de probabilidad de volverse obesos. Así como un 30 por ciento de riesgo de aumentar la grasa abdominal en la cintura que se usa como predictor para estimar el riesgo de padecer un infarto de forma más fiable que el mero peso.
Igualmente tenían un 25 por ciento más de riesgo de tener trigliceridos altos en sangre, niveles altos de azucar en sangre y un 30 por ciento más de riesgo de tener niveles bajos de LHD (el colesterol bueno) en sangre.
Los investigadores analizaron también una muestra más pequeña de participantes de los que se disponían datos sobre el consumo de refrescos Light. Los que bebían al menos un refresco normal o Light al día tenían entre un 50% y un 60% más de riesgo de desarrollar un síndrome metabólico.
Según Vasan, las personas que consumen refrescos, ya sean Light o azucarados, tienden a tener patrones dietéticos similares.
“Por lo general, los bebedores de refrescos tienden a ingerir más calorías, consumir más grasas saturadas y ácidos grasos trans, tomar menos fibra, hacer menos ejercicio y llevar una vida más sedentaria”, comenta.
Los investigadores realizaron ajustes considerando todos estos factores y, aún así, observaron una relación importante entre el consumo de refrescos y el riesgo de desarrollar un síndrome metabólico.
(Agencia Reouters)
Publicado por: Anonymous | 25 Mar del 2009
pucha... la richi es una cagada, si he ido un par de veces a la tia veneno, pero falta mucho para que el peruano coma sano u_u.
yo si tomo mi jugo de naranja, mi yogur, mis rosquitas como las webaas como harinas, y harta agua, la madnarina y la piña son geniales.
Publicado por: FINA | 26 Mar del 2009