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06 Mar 2009

Actores de reparto

En un cine cualquiera trabajan jóvenes anónimos que a veces también son protagonistas

Por: Fernando González-Olaechea


En el cine la cola continúa alargándose cada vez más y se oye el rumor de la gente que, ansiosa, conversa antes de entrar a la sala. La atención está concentrada en la expectativa de lo que se verá, en conseguir asientos privilegiados, quizá en comprar algo para comer mientras el tiempo se detiene dos horas y pico frente a la pantalla enorme.

Aquí no existe nada más que la espera. Todo lo demás es nebuloso. Todos los demás son formas que deambulan, no como personas sino como sombras.

Esas sombras van y vienen. Diligentes, como hormigas, los jóvenes que trabajan en el cine se encargan de que todo vaya bien, de evitar cualquier distracción antes de que nazca, de que la atención siga puesta en la espera, en la película.

Cineplanet Alcázar está en el óvalo Gutiérrez, cuya periferia —adornada con restaurantes, librerías y hasta un casino— está llena de vida, bulla y movimiento. El Alcázar es uno de los más visitados de la cadena y un lunes, a las siete y media de la noche, como una proyección del óvalo, repite sus patrones. Jonathan Tapia (18) no está ahí para atragantarse de canchita: está ahí para ofrecerla. Casi invisible —pero indispensable— él parece un accesorio. Eso no parece molestarlo. Se concentra en repartir golosinas en la sala antes de que comience la función para evitar que la gente tenga que salir. Ese trabajo no se parece en nada a lo que aprende en sus cursos de Ingeniería de Gestión Empresarial en la Universidad Agraria de La Molina (lo cual tampoco parece molestarle). Su sonrisa, más que una impostura de la capacitación, es sincera y amable: “¿Se le ofrece algo de comer, señor?”. En la taquilla, fuera de la sala donde se verá el preestreno de “Coraline” en unos minutos, con un inusitado manejo de la situación a su corta edad, Luis Cornejo conduce a las personas como un pastor a su rebaño: cuando alguien sale de la fila, los reincorpora con tranquilidad; y responde consultas sobre la ubicación de los baños o el precio de los M&M. “Todo es cuestión de saber tratar a la gente. Siempre tienes que saber cómo hablarles”, dice, mientras los espectadores avanzan ordenados dentro de la sala. Luego entrará a la sala a darse una vuelta. “Al menos una vez a la semana hay gente que entra a la sala sin pagar, hay que pedirles que se vayan, pero siempre bonito. Ya te dije, hay que saber cómo hablarles”.

Para Luis este trabajo no es uno eventual como para la mayoría de los jóvenes que están ahí (la edad promedio es entre 18 y 23 años), quienes trabajan para pagar sus estudios o tener un ingreso extra. Para él es una oportunidad de generar experiencia profesional y, por qué no, seguir ascendiendo, como lo viene haciendo desde que entró a trabajar en la cadena hace tres años. Primero en Piura y luego en Lima, cuando vino a estudiar Administración en el IPAE.

La película ya acabó. Todo salió bien. Todo está limpio, ordenado y listo para la siguiente función. Al salir de la sala, nadie parece notar el movimiento y trabajo a su alrededor.

Arriba, donde nadie llega, está oculto Eduardo Vidal, que camina al costado del proyector. Desde la soledad de la sala de proyección no queda más que el silencio de los créditos finales de la película. Esta es la base de operaciones para que todo vaya bien. Si acá arriba las cosas marchan como Eduardo lo ha planeado, la gente —abajo— logrará lo que vino a buscar: un satisfactorio paréntesis en su día.

Eduardo ve todas las películas desde la comodidad de su cubil. Es como un vigilante, un observador. Con esta distracción popular convertida en labor diaria, podría pensarse que está curado del cine, más aun si siempre ve las películas de cartelera. Pero no. “No es que vea todas, veo las que me interesan. Y sí, a veces, si me provoca, voy en mis días libres al cine, como cualquiera”, confiesa.

Él, al contrario de sus compañeros, que pueden recibir una felicitación esporádica por su buen trabajo o un saludo, no tiene contacto con nadie. El suyo es un trabajo de ermitaño. Solo, con su método, se encarga de que las películas fluyan sin problemas. Cuando la función acaba, la satisfacción del público es también suya.
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