03
Feb
2009
Un interminable sábado de feria
Por: Renato Cisneros
Las previas del sábado fueron con Raúl Tola en el bar del pintor Gerardo Chávez. Un lugar precioso, cálido e increíblemente vacío hacia las dos de la tarde. Minutos antes habíamos visitado el excelente Museo del Juguete (ubicado en el segundo piso del bar y creado también por Chávez), donde resistí la enorme tentación de robar parte de la colección de soldaditos de plomo y caballos de madera que allí se exhibe.
Clavadas las cinco de la tarde, llegamos en Tico a la Feria del Libro, montada este año en el Complejo Mochica, y que volvió a ser, como en el último lustro, la gran actividad cultural de Trujillo del calendario anual.
Había cientos de personas por todos lados. Vi muchísimos jóvenes, entre lectores, voluntarios, anfitrionas y curiosos que llenaban las salas y hacían derroche de ánimo, tanto para adquirir títulos en los estantes como para escuchar las presentaciones.
El programa del día, además, era especialmente atractivo (con lo más graneado de la escena literaria local, más algunos colados, como el suscrito), y la gente —cariñosa, entonada— no dudó en asediar a sus escritores favoritos en busca de una firma, un autógrafo, una foto, un beso al vuelo.
Me tocó presentar el libro de Raúl (“Toque de queda”) y a él le tocó hacer lo correspondiente con el mío (“Busco Novia”), tras lo cual improvisamos una agitada expedición noctámbula para celebrar el estupendo recibimiento del que fuimos objeto: una opípara comida con otros autores en el Club Central; una vuelta por la discoteca Mecano; y un aterrizaje forzoso en una fiesta cumbianchera en medio de las extensas arenas de Huanchaco.
Cuarenta y ocho horas son definitivamente pocas para disfrutar las bondades de Trujillo, pero por lo menos alcanzan para percatarse del crecimiento —comercial, cultural— de una ciudad a la que volver es siempre un gustazo.











Cierta vez, cuando trabajaba en una revista que nuestra inexperiencia ayudo a quebrar, entreviste al sr. Chávez (una persona para quitarse el sombrero) en su casa, la cual me pareció alucinante. Se me quedó grabado lo de el Museo de Juguete, recuerdo haber tomado en esa época fotografías de juguetes antiquísimos que él tiene en su casa. Muero por visitar el museo pero desde la fecha no he pasado por La Ciudad Blanca de Trujillo (jajajaja!)
Publicado por: Pie de Chocolate | 22 Feb del 2009
Hace más o menos diez años Tola y yo pisamos esas calles. Y la juerga que fue más pueril, fue por lo mismo, más peligrosa e intensa. Pídele que te cuente. Ah, Renato, me entero entonces que conoces dos buenos amigos míos: Raúl y Marino Martínez. A ver si algín día nos podemos tomar algo y conversar.
Saludos,
Julio A.
Publicado por: Traveler | 08 Jun del 2009