05
Feb
2009
El barrio del carnaval
Por: Fernando González-Olaechea / Fotografía: Flor Ruiz
Aunque esto es lo que se vive en las calles de Lima actualmente, no grafica lo que son los carnavales en esencia. Es una práctica degenerada, pero no generalizada. No todo se ha perdido, como muchos creerían.
Esta celebración lúdica que se remonta a la Europa de siglos atrás llegó luego de Colón y se mezcló con lo oriundo de América. En nuestro continente el más representativo es el de Río de Janeiro, pero no es el único: en Uruguay, Argentina, Bolivia, Colombia —el de Barranquilla es notable— y, cómo no, en ciudades del Perú, también esta fiesta se lleva a cabo de forma inmejorable.
En Lima, sin embargo, el clásico juego de talco y agua fue, primero, reemplazado por las fiestas luau (típicas en Ancón, Punta Hermosa o Colán), y después desvirtuado por una lamentable oda al abuso. En zonas populosas es normal ver jaurías de chicos que deambulan buscando a quien empapar, agredir o asaltar.
Sebastián Solari tiene 35 años. Se mudó a la calle Cajamarca en Barranco hace años y, mismo Martin Luther King, tenía un sueño: integrar a su barrio, recuperar el sentido de comunidad, de pertenencia y de seguridad.
Hace algunos años tuvo una iniciativa, a la que denominó simple y llanamente Proyecto Barrio. La primera idea era reforestar, pero con el tiempo surgieron otras actividades. Su casa, que funge como taller en el extremo de la segunda cuadra de Cajamarca, es de fachada angosta y techo alto, como muchas de las casas de ese barrio antiguo y acogedor. Toda la cuadra es un salto de garrocha a la infancia: paredes con dibujos, un bote pintado en la vereda alfombrada con las hojas de los árboles que ha sembrado (y sigue sembrando en Barranco y otros distritos). Todo es lila, naranja, amarillo y verde. Todo está de buen humor.
Entrar al taller de Solari es como entrar a una máquina dispensadora de Coca-Cola para ver cómo se construyen fantasías. Es un vistazo a los engranajes de la imaginación materializados en jóvenes (algunos vecinos, otros amigos) que vienen y van, pintando, acomodando, conversando y riendo. Es el “backstage” del sueño de Sebastián.
Desde hace cinco años él organiza, junto con vecinos y amigos —cada vez más numerosos—, el carnaval de la calle Cajamarca. Junto con él son cerca de 2.000 personas las que celebran a fines de febrero, armando una comparsa de muñecos alegóricos hechos en el taller, con disfraces y agua: una fiesta que será inolvidable para quien se permita ser niño por unas horas bajo el insolente calor del mes más corto del año.
En su sala taller, Sebastián conversa pausado mientras un falso pelícano flota suspendido de un hilo imperceptible unos metros detrás de él. Es uno de los muñecos que prepara desde agosto. Alrededor hay latas de pintura, algunas percusiones y los esqueletos de futuros muñecos, cuyas anatomías desnudas también están llenas de jirones de tela multicolor, como si todo fuera una gran fantasía Faber-Castell.
Mientras Sebastián afirma que la gente debería salir de Lima y ver los carnavales de Cajamarca y Puno, un perro peruano deambula con una pelota en la boca buscando con quien jugar, y una paloma atraviesa el pasillo caminando sin apuro, igual que las palabras de Sebastián, que atraviesan el aire en el que se respira el aroma de la tarde barranquina.
Sebastián dice que preparar estas actividades no es fácil, y cuenta que la gente que participa en ellas es de distintas generaciones y nacionalidades. Algunos vecinos son ancianos, otros extranjeros, pero todos se unen a la causa de igual forma.
El perro peruano pasa de nuevo en la misma dirección que antes como un déjà vu, como si se tratara de lo único constante y repetitivo en esta casa en la que todo tiene una dinámica particular e imparable: aquella que circula dentro de nuestro cuerpo y que a veces, con algo de nostalgia, solemos llamar niñez.











Una de las Tradiciones más populares y alegres de nuestro país son los Carnavales. Esta costumbre, probablemente heredada de Europa se entremezcla con las vivencias del mundo andino, con las tradiciones de la costa y de la selva. El carnaval es una fiesta mágica en la cual lo natural y sobrenatural se unen, lo religioso y lo o, lo terrenal y lo cósmico y en cada uno de nuestros pueblos adquiere diferente expresión y color.
Carnaval, Carnaval, la Alegría General ... !!!
Si la palabra "Carnaval" viene del Italiano, ("carne-vale"), o sea que todas las travesuras, y carnestolendas valen, o si, por el contrario, el carnaval es el desahogo de los 40 días de cuaresma, en medio de ayuno y abstinencia, o si, es la celebración al Dios Baco, el Dios del Vino, no lo sabemos. En nuestra sierra y zonas andinas, el carnaval es una mixtura entre la celebración por la cosecha recogida, y el agradecimiento a la tierra o Mama Pacha por los frutos que nuestro suelo nos brinda. Lo que sí sabemos, es que bailar , brindar y celebrar, es lo caracteriza a todas las fiestas carnavalescas en todas nuestras ciudades. He aquí un recuento del Carnaval en Costa, Sierra y Selva, como nos lo narran nuestros amigos y paisanos.
Publicado por: Anonymous | 05 Feb del 2009
Mes de febrero, mes de carnavales y de abusos por parte de jóvenes que revientan coloridos globos con agua de dudosa procedencia. Caen desde los edificios seguidos de risas chillonas o entran por las ventanas del bus con una fuerza impresionante... Así es nuestra Lima, la gris, en la que siempre predomina la viveza antes de la cortesía y respeto.
Si queremos recordar o conocer un bello carnaval, siempre tendremos a nuestras olvidadas -por el gobierno, claro está- provincias. La inocencia y la camaradería engalanan dicha celebración.
Muy buena la nota. Muchas gracias
Publicado por: Vagrant | 07 Feb del 2009