19
Dic
2008
Las hijas de la celda
Por Katherine Subirana
A menos que seas caradura o insensible, no puedes ser la misma persona al salir de un penal. Luego de un día conversando con internas de Santa Mónica, pudimos confirmar esa premisa.
Hay errores en la vida
Ágata (22) y Carolina (30) lo saben. Ambas fueron detenidas por tráfico ilícito. Carolina se alegra al ver mi polo de la Copa América Venezuela 2007. Dice: "Yo conozco esa banderita", y sonríe lindo, como toda venezolana.
Carolina lleva 18 meses en el penal y espera con ansias que sea agosto del 2009 para salir y correr a Venezuela a ver a sus tres hijos (que creen que está aquí trabajando), a su madre, recuperar su vida, su negocio y olvidar la droga que llevó en la maleta pensando que sería su pasaporte a una mejor calidad de vida.
Ella quiere volver al Perú para hacer una casa de la cultura para jóvenes en la que trabajen ex internas de Santa Mónica, "sobre todo extranjeras, que cuando salen quedan a la deriva". Su madre le dice: "Si pudiste romper los principios que te inculqué, puedes hacer todo". Ese cariñoso jalón de orejas siempre la anima.
Aquí las horas pasan más rápido entre los talleres de manualidades, los ensayos de baile y el sueño permanente de salir a la calle. Ágata, por ejemplo, pasa los días en los talleres de costura, soñando con regresar a Bremen (Alemania), retomar sus estudios de Economía y volver a ir con sus amigas al cine o de 'shopping'. No quiere nunca más seguir un impulso como el que la llevó a aceptar sacar 8 kilos de droga en la maleta. "El hecho de manejar mi propio dinero, ser más independiente, esas fueron las cosas que me terminaron jalando". Ágata es polaca residente en Alemania, habla cinco idiomas y tiene unos ojos preciosos, pero la mirada triste, como su sonrisa. En Navidad se juntará con otras internas extranjeras para preparar una cena. Y luego, a dormir.
Inocencia interrumpida
A Nieves tampoco le emocionan las fiestas de fin de año. Tiene 23 años, y llegó a Santa Mónica porque el amigo con el que viajaba intentó sacar droga. "Eso no es ser amigo", dice. La rabia y la pena se mezclan en su bonito acento canario, pues luego de 18 meses detenida aún no tiene sentencia.
Nieves tiene buen carácter, suele ir por el penal sonriendo. Hace taller de manualidades, pero prefiere las actividades de la sede central; le encanta estar tras de cámaras, producir. Tal vez cambie sus estudios de lenguaje de sordomudos por los de producción cuando regrese a sus islas, a su España, a su mar.
Finalmente está Madeleine (26). Ella es peruana y entró al penal hace 22 meses por robo agravado. Dice que su único error fue subirse a la camioneta equivocada en el momento equivocado, pero confía en Dios porque sabe que es inocente. ¿Qué hará en Navidad? Rogará que su hija de solo 9 años (de quien no sabe nada hace seis meses) esté bien.
Y si Nieves quiere de regalo su libertad, para Madeleine, un buen libro y un abrazo de su madre que vive en Chile serán más que suficientes.











Una minoría considerable de las mujeres encarceladas pueden trabajar y acumular de este modo los beneficios de la reducción de sentencias de acuerdo a la ley del “dos por uno”. Sin embargo, la mayoría de las oportunidades de trabajo de las reclusas dependen de las iniciativas individuales en lugar de ser canalizadas oficialmente. Las ganancias son variadas, pero la posibilidad de reducir la posibilidad de reducir la condena es el incentivo principal del trabajo de las internas.
En Sabaneta, Colombia, cerca de la mitad de las reclusas condenadas trabajan, así como ciertas reclusas procesadas. Unas treinta de ellas limpiaban el centro; y otras hacían tareas de zapatería, costura, elaboración de alfombras y artesanía guajira. Las autoridades de Tocuyito ofrecían la posibilidad de trabajos de limpieza, que empleaban unas veinte internas. No recibían un salario por su trabajo pero se beneficiaban de la ley del “dos por uno”. Además, algunas mujeres se dedicaban a la artesanía; los días de visita, se permitía a unas treinta reclusas que salieran del centro para vender sus productos. A parte de unas cuantas mujeres que hacían artesanías, prácticamente no existía trabajo disponible en Tocorón.
Las ofertas educativas eran escasas en los centros para mujeres, aunque la mayoría de los centros ofrecían al menos clases de primaria y de secundaria. Entre otras había clases adicionales; por ejemplo, en el anexo para mujeres de Tocuyito se impartían clases de peluquería; en el anexo de Sabaneta, que tenia varias aulas y una biblioteca bien surtida, cuatro internas estaban matriculadas en la Universidad Nacional Abierta.1
Publicado por: Anonymous | 22 Dic del 2008