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19 Ago 2008

¿¿Qué Onda con la Ola??

El 2004, con el título mundial de Sofía Mulanovich, la tabla pasó de ser el hobby de ‘la gentita wich’ a un deporte de orgullo nacional

Por Rudy Jordán

Era el año 1965 y Felipe Pomar –quien hoy vive en alguna playa hawaiana—se calzaba la corona de Campeón Mundial de Surf. Tenía 22 años. Durante 41 años, una sequía de triunfos azotó el deporte de la tabla hasta que ‘La Reina Sofía’ (Mulanovich) volvió a pisar la tarima más alta del podio internacional.

En el 2000, sobre el mar de Huanchaco, el pequeño Juninho Urcia corría sus primeras olas en un caballito de totora. Hoy él figura en las películas de la International Surfing Asociation (ISA), entidad que nombró al peruano Eduardo Arenas como su primer presidente (1965), y que ha elegido a Juninho como su embajador por segundo año consecutivo.

“El Perú siempre fue reconocido como una potencia del surf, pero dejó de serlo porque se mantuvo como un deporte elitista.”, afirma el veterano tablista Nino Lauro, quien asegura que el título de Sofía –el cual cambió nuestra mirada sobre el surf– fue la consecuencia de un obstinado trabajo familiar. “A partir de los años 90 surgieron familias que quisieron devolverle a la tabla el sitial perdido luego de los años 60”, concluye.

Nadja de Col y Juninho Urcia son parte de la nueva camada. Ella tiene 17 años, estudia en el colegio Los Reyes Rojos de Barranco y creció haciendo tubos en la playa Los Órganos. Él cuenta con 13 años, le dicen “El Mochica Surfer” y la pensión del ‘cole’ se la paga la ISA a cambio de algo: buenas notas. Pese a que tienen vidas distintas, los unen palabras como “chévere” y “bravazo” (imprescindibles en el glosario surfer) y, sobre todo, las olas gigantes, a las que empezaron a enfrentar cuando tenían apenas 5 años.

Pero el estereotipo elitista no es el único, digamos ‘olón’, contra el que los surfer han tenido que remar. También han debido superar el prejuicio ‘pastrulo’ que se cernía sobre este deporte.

“Si entras drogado al mar te mueres”, dice Gabriel Villarán, a manera de mensaje a quienes aún asocian la tabla con las drogas. El tablista de 24 años –que además es ‘profe’ en una de las más de 20 academias de surf desperdigadas desde Máncora hasta Cerro Azul– opina que pese a “nuestra amplia costa” el deporte no se podrá masificar mientras el IPD siga creyendo que “regalando tablas ya cumple con su labor”.

Tal parece que la ola peruana ha crecido, principalmente, por la mística de familias que creyeron en su deporte. Lo bacán es que a los De La Rosa, los Mulanovich, los Villarán y los De Col, se han sumado estirpes humildes como los Urcia y los Gómez. Al parecer, la marea alta y la corriente seguirán arrastrando nuevos apellidos. Chévere, que así sea.

Habla el que sabe

EL SERF PERUANO

Óscar Montezuma y José Luis Gargurevich 
(administradores del blog http://www.choledadprivada.com/)

La pichanguita, el piscinazo, las olitas, las quinelas y toda excusa sociodeportiva que reúne a los patas alrededor de un ritual competitivo es, sin duda, una práctica que reproduce identidad en chorreo. Cómo puede el deporte decirnos quiénes somos: buscar encontrarnos en las Sofi, los Ñol y los Horna; reunir a peruanos haciendo suya la victoria patriótica sin necesidad de que los encontremos libando pisco o cual tapadas limeñas con el pabellón nacional.

Y no va a surf, pues. Las olas funcionan como el Xanax que seda esa alicaída manera que tenemos los peruanos de enfrentarnos a los traumas de las guerras perdidas. Las tablas reivindican y abren mares a todos los sectores (conviven las Málagas con las Gómez, los Urcia y los Swayne), sí, pero no más que la pelota, ya que democratizan la cancha oceánica del mismo modo como una losa deportiva provee el escenario de la pichanga pelotera.

Entonces, ¿qué hace del surf nuestro nuevo juguete peruanizador? Por un lado, que nuestras féminas hayan convertido el océano en un matriarcado, mientras que pisando tierra, el machismo perucho milenario les hace la resistencia. Por otro lado, que se haya roto con el estereotipo fármacodependiente del surfista y que ahora venda celulares, se tome antigripales y gaseositas veraniegas. Y por otro –el más delicioso– porque nos recuerda qué se siente ese saborcillo ayahuasquero y alucinador de ganar, algo que en los últimos años nuestro mal llamado deporte rey se ha encargado de sepultar entre ampayes y hoteles, deporte que ha terminado transformándose en el bufón pichanguero de la corte deportiva.

Esto, claro, no se trata de construir identidades en base a nombres que luego podamos colgar en los laureles de cemento del Estadio Nacional. Personificar la práctica de un deporte libre como es el cabalgar sobre las olas podría convertir nuestra necedad de buscar héroes en el tiro por la culata peor pensado de la historia. Aplaudir y pifiar es algo que hacemos contra nuestros héroes, no contra nuestras victorias.

 

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2 Comentarios

Tradicionalmente, las raíces del arte de surcar olas se remontan directamente a los antiguos miembros de la realeza hawaiana, quienes corrían olas sobre unas tablas construidas por ellos mismos con materiales oriundos de la isla. Desde entonces, se conoce al arte de surcar olas como "el deporte de los reyes", y la mayor parte de la historia contemporánea, con frecuencia basada en estudios hechos en el Bishop Museum de Hawai, acostumbra a ubicar su origen en las azules aguas de Oahu y sus islas aledañas.


Sin embargo, existen dos antiguas culturas, Mochica y Chimu, que se desarrollaron en el norte del Perú hace más de dos mil años y que fueron descubiertas gracias a la evidencia de enormes ruinas o complejos arqueológicos.

Estas sociedades fueron las primeras en estar relacionadas activamente con zonas de mareas poderosas, a través de actividades como el transporte, la pesca, y los rituales. Nos han dejado numerosos ejemplos de diseños "protagonizados" por olas en la iconografía religiosa y el arte graficado en sus tejidos, frisos y cerámicas, muchos de las cuales son modelos a escala de las primeras embarcaciones utilizadas para correr olas.


Los primeros hombres que experimentaron el placer de surcar olas, entonces, fueron pescadores que tenían que enfrentarse a la fuerza de las olas para conseguir alimento. La valentía necesaria, en combinación con el instinto de supervivencia, dio lugar a un ritual de paso similar a otros rituales de guerreros o de lucha en la historia, siendo éste el más temprano ejemplo de un hombre utilizando una balsa creada específicamente para salir y entrar del mar. Estos hombre aún siguen utilizando los “caballitos de totora” en nuestros días; es posible encontrarlos en Trujillo, en el balneario de Huanchaco, el cual es famoso por esto.
Porque deslizarse sobre las olas fue una de las partes más importantes en el aprendizaje de todo pescador, ya que del completo conocimiento de las olas dependía en buena parte el éxito de la jornada pesquera.

Publicado por: Anonymous | 20 Ago del 2008

el mejor post de todos...en verdad admiro mucho a este escritor va a llegar lejos!!

Publicado por: anonimisima | 21 Ago del 2008

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