
Fotos: Archivo Diario El Comercio
Y adiós a la TV
Fue la renuncia en vivo más célebre de la televisión peruana. Los motivos de tan explosivo desenlace oscilan entre la indignación y la vanidad pero hay algo cierto: César Hildebrandt le dijo a Genaro Delgado Parker todo lo que alguna vez hemos soñado decirle a un jefe abusivo. Y eso vende. Eso pone. Es la fantasía máxima del empequeñecido trabajador común. Nadie se despegó de la pantalla. Los días previos, la tensión entre Hildebrandt y los directivos de Astros crecía y en círculos periodísticos se rumoraba que el del lunes 1 de diciembre iba a ser el último programa del 'Chato'. Pero nadie imaginó el diálogo brutal en que todo acabaría.

El fin de una era
“Piensa en lo más vergonzoso que hayas hecho en tu vida y luego imagínate que eso sale en televisión, que las imágenes dan la vuelta al mundo. Piensa en lo que más bochornoso que recuerdes, no sé, cuando untaste miel en los testículos para que te lamiera tu perro… o cuando le bajaste plata a un sereno para que le diera bocado al perro de un vecino. Piensa que eso lo graban y lo pasan en la tele, en Perú, en Europa, en Japón. Todo el planeta te ve. Bueno, así es como me sentí yo”, me dijo Alberto Kouri Boumachar una mañana de sol al recordar el famoso video en el que se le veía recibiendo un soborno de 15.000 dólares de Vladimiro Montesinos. Kouri todavía estaba en la cárcel y yo había ido a visitarlo para hacerle una entrevista que, obviamente, tenía como leitmotiv el video que Kouri protagonizó el 14 de setiembre del 2000. Esa cinta, que todos vimos con estupor, terminó de echarse abajo al régimen de Alberto Fujimori y convirtió a Kouri en un símbolo.

Foto: Revista Caretas
¿Perdón?
Tres palabras bastaron para hacer trizas lo poco que quedaba de una vieja amistad. Hoy recordamos el episodio como un momento inolvidable, surrealista, una alucinación febril capaz de dejar boquiabiertos a los televidentes más legañosos. Algo de fantástico hubo en todo aquello. Y no es que celebremos tamaña insolencia contra el más universal de nuestros novelistas, pero vamos, escuchar a Hernando de Soto decir lo que le dijo a Mario Vargas Llosa el domingo 25 de abril de 1993 fue uno de las mayores delicias que nos pudo dar el periodismo televisivo en los noventa. Cuánta elocuencia. Cuánta claridad. Cuánta desfachatez e inclemencia revelándose contra el aletargado espíritu de una ciudad acostumbrada a hablar bajito. En el país de las medias tintas y los murmullos, De Soto había tomado el otro sendero.

Bochorno en vivo
Nicolás Lúcar nunca podrá olvidar esa noche, la noche en que estuvo a punto de tirar su carrera por el acantilado y convertirse en el primer periodista de televisión que se suicida en vivo y en directo, ante la perpleja mirada de millones de espectadores. De hecho, muchos pensaron que, después de lo ocurrido, nunca más lo veríamos en las pantallas. Pero ya ven, a Lúcar lo encuentran todos los domingos a la misma hora con las pilas puestas y qué mejor homenaje para una trayectoria tan fructífera que este video, este hito de la televisión nacional, la “cuadrada” más famosa que jamás se transmitió en vivo. Valentín Paniagua al teléfono fono con Lúcar.

Caricatura de guerra
La propaganda es un arma de guerra que no mata, solo te vuelve imbécil: llega al cerebro como un virus pequeñito capaz de destruir el sentido común. La propaganda es el arte de eliminar los matices, de simplificar el universo en verdades duras (el bien y el mal, lo bello y lo feo). La propaganda exagera y miente. Tiranos y sátrapas la han fomentado para erigir un falso mundo de fantasía que adormile a las masas. Por eso, en muchos sentidos, la propaganda apesta. Pero hay momentos en que la propaganda es música y dan hasta ganas de dejarse llevar por su simpleza de caricatura. Uno de esos instantes ocurrió el 24 de setiembre de 1992, cuando el gobierno no tuvo mejor idea que presentar al ideólogo de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, con un traje a rayas, en una jaula que parecía sacada del Parque de Las Leyendas.

El golpe por TV
Creímos tanto en el Chino. Aquel 5 de abril de 1992 se apareció el la tele con su corbata, tan serio, tan preocupado, tan paternal y seguro de sí mismo, tan valiente que hasta su sola imagen parecía la confirmación de que, al cabo de tantas escrituras, periódicos amarillos y profetas falsos, el elegido estaba por fin entre nosotros (Fujimori Reeves que detiene el tiempo). ¿Disolver el congreso? ¿Dijo disolver? Sí, lo dijo. Abrazos y risas. Y aunque entonces no se había inventado el uso del término “otorongo” para insultar a los congresistas, ser diputado o senador no era precisamente un cargo de prestigio. Al contrario, la televisión les había hecho fama de holgazanes, chacoteros, y los había acusado de cometer el que, en la sensibilidad del ciudadano común, es el peor de los crímenes: ganar mucho dinero. Por fin alguien se ponía los pantalones y mandaba a esos comechados a su casa, por fin alguien alzaba la voz, alguien se encargaba de protegernos. Fujimori no era jefe de Estado, era un excelso anime japonés: cuando le tocaba pegar, salían chispas y relámpagos y truenos.

Cierra los ojos
Fue la transmisión en vivo más dramática y sangrienta de la historia de la televisión peruana, la más perturbadora, la más brutal, y la que despertó como ninguna el morbo inevitable de millones de espectadores. Rara vez la pantalla chica puede mostrar tan crudamente los límites de la condición humana en tiempo real y esta fue una de esas ocasiones. La mañana del martes 27 de marzo de 1984, doce presos del penal de El Sexto tomaron 15 rehenes para exigir que se les diera las facilidades necesarias para una fuga. Lo que parecía un motín de rutina a ser resuelto rápidamente por las fuerzas del orden terminó con disparos, cuchillazos y asesinatos en vivo. Algo que los medios de entonces definieron como una “orgía de sangre”.
Foto: Renzo Giraldo / El Comercio
Un broadcaster con esquina
Genaro Delgado Parker es un hombre de acción, o sea, suele hacer realidad casi todo lo que imagina. La vida le ha enseñado que no hay sueños imposibles. “El dinero está en la mente”, dijo alguna vez cuando todavía era capaz de cautivar a jóvenes que repletaban auditorios solo para escuchar sus enseñanzas. Basta imaginar algo para conseguirlo, chicos. No se necesita dinero para hacer negocios, señores. ¿Saben donde empecé yo a hacer Panamericana? Esa misma filosofía existencial apareció la mañana del 11 de julio de 2003, cuando Delgado Parker se supo zafar con destreza de una circunstancia que habría desalentado a cualquier mortal simple: perder un juicio. Cuando una sentencia le ordenó retirarse de Panamericana Televisión, Genaro se resistió a la ley y provocó una gresca callejera que pareció calcada de los sketchs más aparatosos de Guillermo Guille. Esa mañana, hubo puñetes y patadas en plena esquina de la televisión. Recordarlo hoy causa asombro, risa y una buena dosis de vergüenza ajena.

El humor como antídoto.
El 29 de abril de 1993 los cardiólogos tuvieron más trabajo de costumbre, las enfermeras atendieron más pacientes con la presión alta y los desmayos domésticos por hogar se dispararon dramáticamente en Lima y provincias. Ese día, por la mañana, la Superintendencia de Banca y Seguros intervino Clae y destapó a ojos del público lo que era un secreto a voces en el mundo financiero: que la empresa operaba bajo la modalidad “pirámide”, o sea, se sostenía con el flujo continuo de dinero sin respaldo. No había que buscar la plata porque la plata no existía. Fue terrible. Aquel era el Perú post shock económico, el de los despidos masivos con el premio consuelo de la indemnización, y mucha gente sin empleo había puesto la plata en ese chanchito superpoderoso que pagaba “más intereses que los bancos”. El hasta entonces respetado Carlos Manrique pasó a ser el impresentable ejecutor de una estafa gigantesca. Pero en medio del desorden, de las colas y los llantos, surgió el humor. El actor Arturo Álvarez concibió en Risas y Salsa una imitación de Manrique que hizo reír a esos miles de peruanos que lo habían perdido todo, una imitación que recordamos con más nitidez que la triste versión original.

¡Poder de los gemelos fantásticos, actívese!
La televisión ha sido siempre montaje y farsa, pero a veces las actuaciones de sus estrellas son tan burdas y los diálogos, tan falsetes, que la cosa deja de dar risa: alguien nos está tomando el pelo, alguien nos alucina imbéciles, alguien nos huevea de lo lindo. Descubrirlo es horrible porque te sientes súbitamente embaucado, timado, herido en tu orgullo palomilla criollazo. Y bueno, esa fue la sensación que recorrió el cuerpo de millones de televidentes la noche del 2 de mayo de 1999, cuando La Revista Dominical, el programa periodístico más sintonizado de la época, lanzó la parodia más recordada en los anales de la propaganda desinformativa peruana. Hablamos de la presentación en sociedad de Fujimori y Montesinos, en vivo y en directo, juntos, y por cortesía del reportero de moda, Álamo Pérez Luna.

Al medio, padrino.
El 27 de julio de 2003, Cromwell Gálvez alcanzó uno de los más caros anhelos del hombre común: la celebridad. El maquillador Carlos Cacho tuvo la primicia y la anunció en estudios con una pizza en la mano. “Esta noche sale el primer cromwellvideo”, titularon periódicos chicha desde las primeras horas de la mañana. ¿Quién era Cromwell? Técnicamente, nadie. Solo un funcionario del Banco Continental acusado de apropiarse ilícitamente, durante cinco años, de los fondos de la entidad para la que trabajaba. Otro malabarista contable en la telaraña delincuencial de una sociedad corrupta. Pero había un detalle. Cuando la Policía de estafas investigó a Gálvez, los nombres de los beneficiarios de sus transferencias ilícitas resultaron ser todo menos personajes anónimos. Las vedettes más cotizadas de la farándula chicha estaban enredadas en el escándalo. Una de ellas, Eva María Abad, había protagonizado con Cromwell este entrañable documento audiovisual, un delirante conato de orgía unánime.

Arde, papi
A veces la televisión es alta sociología y dice más de nosotros que una conversa chelera entre Julio Cotler y Nelson Manrique. Son momentos de honestidad brutal que debemos atesorar en el recuerdo como auténticas joyas. Una de esas páginas de la vida tuvo lugar la mañana del 26 de marzo de 2001, cuando la candidata Lourdes Flores apareció con su señor padre, César Flores, en las pantallas del 5. A los políticos no les gusta que los investiguen pero sí les gusta la tele: hace tiempo descubrieron las propiedades milagrosas de un enlace microondas bien negociado con algún canal amigo. Dada su apariencia espontánea, la microondas con cámara a domicilio es la mejor vía para infundir en las masas esa ilusión del político como hombre común, o sea, el padre de familia ejemplar que desayuna tamales o la mujer exitosa que departe con su papito: armonía familiar en estado puro, risitas. Todo iba conforme a lo planeado, Lourdes habló con fluidez y dijo lo suyo. Pero los planes se arruinaron cuando papá decidió abrir la boca: “No voy a hablar del auquénido de Harvard”, soltó refiriéndose a Alejandro Toledo. Y después dicen que la película “Dioses” es exagerada.

El excéntrico entrañable
Kiko Ledgard había pasado toda su vida haciendo piruetas, encaramándose en techos sin arnés a la vista, volando mismo Tarzán con una liana, saltando elástico por encima de los pudores, convenciones y recatos de un mundo al que nunca ingresó totalmente: el mundo de los adultos. Su época no era propicia para salir a un estudio con manga corta y jeans, pero en todas las imágenes de archivo, su esmoquin parece siempre a punto de estallar, arrugado y diminuto en un cuerpo demasiado propenso a moverse. Ledgard pertenecía a una categoría que hoy casi no existe: la del hombre de múltiples aficiones que prueba varias vidas (fue campeón de box, atleta, publicista) y termina en la televisión por casualidad, con la única arma de la energía interior. Así, como jugando, el ex boxeador se convirtió en un peso pesado de la pantalla. Pero en mayo de 1981 ese mismo espíritu chonguero, ese afán de cometa a la deriva, nos daría uno de los pasajes más estremecedores de la historia de la televisión peruana. La última pirueta de Kiko. Su caída y su silencio.

Todo por dinero
Seamos justos: Laura en América fue un programa legendario. La fina construcción de sus escenarios, la doméstica hondura de sus entuertos, la procaz ironía de sus diálogos, la indigencia documental de sus invitados, los llantos precisos, el milimétrico control de los tiempos de cada una de las rabietas de la conductora, la ira incontenible, todo eso era el insumo de una producción que dio al Perú y a su gente la oportunidad de ser famosos en más de veinte países. Porque no hay que ser mezquinos, Laura fue célebre y nos puso en el ojo del mundo. Hasta en la Cuba de los hermanos Castro circulan hoy DVDs que compilan los mejores episodios de un programa que, como una gran terapia en vivo, logró que los peruanos sacaran a flote sus más íntimas paltas. El sábado 27 de noviembre de 1999, Laura Bozzo no hizo más que confirmar esa vocación por la antropología en vivo. “Haría cualquier cosa por dinero”, se llamó el episodio. Casi nadie ha podido olvidarlo.

El día que apareció la Señito
En 1987 la televisión local era como vieja quinta: prendías el aparato y te encontrabas las caras de siempre. Roxana Canedo te despertaba a las seis de la mañana con las noticias (malas), luego Club 700 y su moralina, a las once la cocina de Teresa Ocampo en el 4 y al mediodía la repetición de La casa de enfrente, previo paréntesis con el Hermano Pablo e himno nacional de rigor. Así parecían divertirse las amas de casa entonces. Pero el miércoles 28 de octubre de ese año iba a ocurrir algo inesperado. “Se lanza Aló Gisela” fue todo lo que dijo El Comercio ese día, en la pequeña página de RADIO / TV. Eran pocas palabras para un fenómeno inmenso.

Hay golpes en la vida
La noche del domingo 12 de octubre de 1997, millones de peruanos encendieron su TV poseídos por el ciego fervor del optimismo: era como si por primera vez en décadas alguien nos hubiera dado licencia para soñar. La selección peruana de fútbol se encontraba en cuarto lugar de la tabla y solo faltaban dos fechas para el fin de las Eliminatorias a Francia 98. Una clasificación no había estado tan cerca desde 1981, cuando solo un empate con Uruguay en Lima nos daría el boleto de avión a España. Esta vez, Perú tenía tres puntos de ventaja con respecto a su más cercano perseguidor. Solo debía empatar y mantener el cuarto puesto para empezar a hacer las maletas. Pero había un detalle: el partido era de visita y se jugaba contra el más histórico de nuestros rivales. La selección de Chile nos esperaba en Santiago dispuesta, literalmente, a matar.

Quien siembra vientos
Aunque muchos analistas sobones trataron de negarlo a los cuatro vientos, en el verano del año 2000 el país estaba al borde del desastre. Crecían los rumores de que las elecciones próximas iban a ser solo una fachada, un montaje con ganador de antemano, pero en los canales nadie hablaba de eso, ya saben, este era un país con futuro. El oficialismo había copado todas las instancias del aparato estatal, los jueces eran títeres del poder y a los candidatos de oposición Andrade y Castañeda apenas se les daba la cobertura de los noticieros, pues la señal abierta había sido capturada por Vladimiro Montesinos (luego sabríamos cómo). ¿Por qué demoro tanto en arrancar con el tema? Porque el contexto, en este caso, sí importa. El 1 de febrero de 2000, mientras miles de peruanos luchaban por devolvernos algo de la decencia perdida, Magaly Medina escribió desde su cubil de producción el peor capítulo de la TV peruana, un ampay casi pornográfico que superó con creces la más mínima noción de escrúpulos profesionales: el escándalo de las prostivedettes.

Foto: Arkiv Perú
¡De rodillas!
Antes del cable y su zapping-metralleta, la vida era más simple: uno ponía la antena en forma de V para captar bien el 5, o la giraba un poco para que la imagen del 4 no brincara locamente, o le pegaba una cachetada al aparato National para que en el 2 la lluvia cesara y volviera la calma. Eran otros tiempos, el apartheid social no determinaba el contenido de la televisión en casa y casi todo el mundo veía lo mismo: pitucas y calatos reíamos democráticamente con Risas y Salsa los sábados por la noche, por primera vez la vi /no me pude controlar / hasta me puse a pensar que sería para mí. Corrían los albores de los ochenta, la televisión privada renacía tras largos años de control militar. Entonces apareció en las pantallas el mafioso más pequeño y carismático de la historia, un criminal vestido de esmoquin con un puro en la boca y los más temibles secuaces al servicio del hampa.

(O la flexión de la rodilla para empujar infiltrados)
La política peruana es, a veces, una pollada demencial llena de chavetazos y tacles, casi nada nos asombra, pero ya saben, Alan García siempre encuentra la forma de ser memorable. Y no hablamos de la versión 1.0 del estadista que entre el 85 y el 90 provocó que tantos lectores de este blog abandonaran para siempre jamás la tierra del inca que sol ilumina (o debiera decir, el Inti), aquel que manejó la nación como si se tratara de un veloz y descarrilado tren eléctrico. No. Hablamos del individuo que diez años más tarde volvió al Perú con perfume socialdemócrata y una maleta cargada de lecciones mercantiles, un hombre nuevo en busca de redención, un candidato febril que, luego de perder las elecciones del 2001, se dio de lleno a la abnegada tarea de ser la voz del pueblo ante al régimen de Alejandro Toledo. Y en esas andaba cuando ocurrió algo catastrófico. El 14 junio de 2004, García vivió una de esas experiencias que el azar esculpe con juguetón esmero solo en las biografías de grandes hombres. Lo peor: todos lo vieron por la tele.

Un comercial y no regreso
Ya habíamos pasado la mitad de los noventa, la década del optimismo idiota, de la paz recobrada y del mercado libre con olor a Cajita Feliz, pero en el estudio de televisión de Augusto Ferrando nada se movía de su sitio. Parecía una máquina del tiempo, una cápsula anacrónica inmune a los vientos globales, a los espectaculares cambios de la industria del espectáculo. En el set todo seguía igual. Los mismos chistes bobos, la misma cortina coral de presentación, el mismo maleteo al negro del grupo (Tribilín), la misma forma de anunciar productos de pie frente a un micrófono —rezago de los días de radio— que había caducado varias décadas atrás. ¿Quiénes veían a Ferrando entonces? Casi nadie. Mi abuelita, telemaníaca como pocas, ya no lo sintonizaba por aburrido y vulgar. El raiting le era esquivo. Pero el sábado 11 de junio de 1996 todos parecían quererlo otra vez, como si enterarse de su partida hubiera bastado para sacar nuevas cuentas y darle la final absolución. Ese día, Ferrando congregó al país para lanzar el adiós más triste de la historia de la tv peruana.

La melodía tenebrosa
No podemos olvidar lo que realmente nos atemoriza y por eso, porque tuvimos miedo, todos recordamos bien estas imágenes. Han pasado dieciséis años desde la captura de Abimael Guzmán, pero el líder de Sendero Luminoso todavía consigue perturbarnos: pocas cosas en nuestra historia son tan espeluznantes como este pedazo de cinta en el que Abimael baila la danza del Syrtaki con Elena Iparraguirre y la cúpula de su movimiento fanático. El jueves 7 de febrero de 1991 el país conoció por primera vez a los protagonistas del más grande movimiento terrorista peruano de todos los tiempos, y vaya forma de conocerlos: en plena juerga de camaradería y con su ‘presidente’ pasado de copas.
Video: El Blog de Cayo

Nos cuidamos como adultos
Estas imágenes son de hace muy poco pero ya hicieron historia. El martes 6 de mayo de 2008, a hora de almuerzo, Tula Rodríguez hizo un alto a su rutina televisiva para lanzar un mensaje a la nación. El tema a abordar no carecía de trascendencia: había que revelar ante la opinión pública lo que acababa de ocurrir en lo más recóndito su vientre interior por obra y gracia de un gerente de saco y sonrisa. Sentada en el set de televisión, Tula se dirigió a sus miles de seguidoras (cuántos caldos se habrán quemado ese día) no solo para contarles de su embarazo, sino para decir muy alto que el cuento de la Cenicienta existe, que si ella puede usted también, Señito, que vale la pena soñar.

La nalga por una curul
Borges dijo que la democracia era una exceso de la estadística y la verdad, viendo estas imágenes, da ganas de creerle. La vedette Susy Díaz no era precisamente una gran lectora del escritor argentino, pero vaya forma de convertirse en la confirmación material de todos los temores que despierta ese Godzilla esquizofrénico al que llamamos “voto libre”. En el verano de 1995, Susana Ivonne Díaz Díaz se pintó un número 13 en la nalga y se lanzó al Congreso de la República. Casi nadie la tomó en serio, los políticos viejos se rieron de ella, pero 10.280 ciudadanos libres con Libreta Electoral al día valieron más que cualquier argumento. Y todo con un número que nadie quería, el 13.

Indignémonos, pues.
Alejandro Toledo nunca supo manejar a la prensa: al contrario, cada esfuerzo por dominar al potro lo hacía salir disparado y caer con roche, de bruces en el fango. Pero a pesar de la permanente tensión, no fue hasta octubre de 2004 que el ex presidente dejó bien claro, en vivo y en directo, cuánto podía molestarle una investigación periodística. La noche del domingo 3 el programa Cuarto Poder, de América Televisión, difundió un video a la cúpula País Posible celebrando en torno a una mesa después de conseguir una inscripción supuestamente irregular ante el Jurado Nacional de Elecciones. No era un video contundente ni mucho menos una bomba capaz de hacer tambalear al régimen, pero el presidente perdió los papeles y cogió su celular para dejarnos uno de los momentos más explosivos de la tv peruana.

Foto: Revista TV +. Archivo El Comercio.
El caballero de la noche
Como bien saben los amos del raiting, Lima se escandaliza con asombrosa facilidad. O sea, es la ciudad perfecta para que un tipo en moto cocainómano y seductor se convierta en el héroe maldito juvenil que llenará de inspiración la mente de toda una camada de chibolos soñadores. En 1993, la televisión peruana emitió el grito de batalla más recordado de su historia: “¡Que empiece la juerga!”. Era el actor Julián Legaspi en el papel que con solo veinte años lo lanzaría a la fama: un chico malo con chaqueta de cuero inspirado en Fernando de Romaña, más conocido como Calígula, atractivo delincuente juvenil asesinado en 1992 en circunstancias que hasta hoy son un misterio. La serie se llamó El Ángel vengador y nunca antes los adolescentes anhelaron con tal vigor la motocicleta propia.

Ella era un travesti
Alegrémonos: la televisión peruana estuvo alguna vez peor de lo que está (y eso es mucho decir). En el verano del 2002 la pantalla se convirtió en el jardín inexplorado donde emergieron las flores más venenosas. Cómo olvidar a Carlos Cacho, el maquillador predilecto de la farándula devenido de pronto en temible conductor de televisión gracias al encanto creativo de Michelle Alexander. Desde sus inicios en la tele, Cacho fue un gay confeso que predicaba el amor libre y la tolerancia sexual, vendiéndose sensible y moderno, un peruano de avanzada, un chambeador. Pero lo que no imaginaba es la pequeña ciudad de Lima podía tolerarlo gay, pero no travesti. Beto Ortiz lo sabía y sacó a la luz los videos de Cacho vestido y maquilado como una mujer en diversos concursos de belleza de ambiente. Se veía linda, pero ese pasado lo condenó.

El mejor premio consuelo
El fútbol peruano solía tener momentos de gloria. Pero desde mediados de los ochenta los triunfos escasearon y en los noventa el pobre campeonato local tuvo que resignarse a otro tipo de escenas de alto impacto. Uno de esos instantes llegó el sábado 21 de mayo de 1994, en pleno clásico Alianza Lima - Universitario de Deportes. Dado el buen momento blanquiazul, estaba en los cálculos que ese día iba a ser memorable para los hinchas de Alianza, que, en efecto, ganaron un clásico en Matute después de cinco años sin lograrlo. Sin embargo, nadie imaginó que esa tarde dibujaría para siempre una sonrisa en la enorme hinchada crema, que tuvo el mejor premio consuelo de la historia: un derechazo de Jorge Amado Nunes directo al rostro de la estrella rival, Juan Carlos Kopriva. De paraguayo a argentino, para el fútbol peruano con amor.
La imagen más triste
Incluso hoy, 14 años después de su muerte, las imágenes de Mónica Santa María provocan una ansiedad melancólica, como si a pesar de la distancia uno sintiera que alguien —uno mismo— pudo gritar o correr o decir algo y evitar la tragedia. En 1994, la “dalina chiquita"? cogió una pistola y se pegó un disparo en el paladar. Fue el clímax de una penosa depresión que llenó de neblina todo ese mundo de colores. Pero mientras la noticia corría y llenaba a conmocionados niños de preguntas, en los estudios de televisión la tristeza se mezclaba con auténtico pánico. Los ejecutivos sospechaban que Mónica Santa María era un órgano vital en ese fructífero negocio de la fantasía llamado Nubeluz. Y no se equivocaron.
La labia es un arte
1998 fue un año de mucho calor, pero hubo un hecho que dejó helados a los televidentes. El dirigente aprista Javier Valle Riestra demostró cabalmente lo que significa ser un viejo zorro de la política. Trepidante en el verbo, lúcido para las citas de memoria, anecdotario caminante, orador a la antigua, Valle Riestra siempre hizo con la palabra lo que Cubillas hacía con un balón, y eso ya es mucho decir en el escenario político nacional, lleno de ágrafos, tartamudos y limítrofes. Lo que hasta entonces muchos no conocíamos cuán goloso podía ponerse este hombre, ya entonces sexagenario, si le ponían una mujer pulposa en el asiento de al lado.

Nueva temporada
La televisión nos ha hecho lo que somos. Qué miedo. Hemos aprendido a sentir con ella, nos ha prestado sus gestos, sus libretos: digamos que la tevé estuvo a cargo de nuestra educación sentimental. No es broma. La tele nos embrutece, dice el lugar común, pero yo creo que en verdad nuestra inteligencia no puede con su impredecible lucidez: sabemos que todo es montaje pero también que existe un ventana eventual para la sorpresa, para lo insólito, para la bomba. Me atrevería a decir que las verdaderas sorpresas de nuestro tiempo son televisivas. Todo lo demás, lo ven solo cuatro gatos.