Novedades en la categoría Polvos Azules
31
2009

Foto: Malias
Tengo algo que decirles y no veo mejor lugar para hacerlo que el sitio donde estoy parado: en la sección maletas del emporio comercial más querido de la ciudad. He pasado una hora viendo maletas, abriéndolas, tocándolas, oliéndolas. La mayoría son chinas. Todo viene de China: lo firme y lo bamba. Necesitaré una grande, supongo. ¿O no? No lo sé. Las cosas han ocurrido muy rápido. Pero de eso les hablo en un rato. Ahora estoy aquí, escuchando la exposición de un vendedor tenaz. Los globos rojos y blancos todavía adornan este centro comercial con P de Perú, P de patria y P de Polvos. El local está reventando.
—Golpea aquí.
Dice Giovanni luego de abrir una maleta verde marca Aeromax. Quiere que golpee con fuerza para que yo mismo vea que aquel es un producto de calidad, que no se rompe, que resiste al impacto de las otras maletas que le caerán encima. Me gusta la forma que tiene de vender, de afanarse, de abrir las maletas baratas en dos para mostrarme los puntos débiles y compararlos con esas mismas partes en las maletas caras. Me ha mostrado una maleta aparentemente sólida que tiene las paredes de tripley. “El tripley no se ve porque está detrás del forro. Que no te vayan a engañar”, me dijo mientras pelaba la fina lámina y dejaba ver la madera beige. También me dijo que en las buenas maletas las ruedas son de silicona y en las malas, de plástico. Y que es mejor mirar por dentro si la estructura está con tornillos. No hay nada como los tornillos.
Como casi todos en esta sección de Polvos Azules, Giovanni tiene varias marcas de maletas y, con frecuencia, tiene en stock la misma marca en versión bamba y en versión original. Te muestra ambas. Te invita a descubrir las diferencias (como en esos juegos de la sección amenidades de los periódicos). Le divierte ir mostrándotelas, poco a poco.
No me decido. Sospecho que las marcas “originales” también tienen algunas trampitas escondidas en su estructura. Pero claro, Giovanni no me va a mostrar esos defectos. Su sabiduría es selectiva.
Pero ustedes haciéndose hace rato la misma pregunta: ¿Qué hago buscando maletas?
Bueno, les cuento. Tengo en mi bolso la carta que recibí por correo postal hace unas semanas, una carta que me obliga a cambiar el tono de este blog (pues ha cambiado el tono general de mi vida):
“I am delighted to tell you that you have been acepted as a Master of Fine Artes candidate in the Department of Spanish and Portuguese Languages and Literatures…”
O sea, me aceptaron. Estudiaré becado dos años en una universidad de la Gran Manzana. Pasaré todo ese tiempo escribiendo cosas que hace mucho quiero escribir. Seguiré talleres literarios y me mantendré gracias a un estipendio mensual. Así que, si todo sale bien, me voy en algunas semanas a Nueva York. Debo encontrar donde vivir en Manhattan, una ciudad que apenas he atisbado gracias a la literatura, y que solo visto en el cine. Hanna y sus hermanas. El Padrino. Mi pobre angelito 2. Spiderman...
—Llévatela amigo. Te hago rebaja…
Giovanni me devuelve a la realidad. Me gusta una maleta, pero haré más consultas para no meter la pata. No sé nada de maletas. He pasado los últimos años viajando con mi Dionite negra. Pero esa es muy chica. Lo que sí sé —y me paltea saberlo— es que estar aquí buscando un contenedor de equipaje es una señal irreversible: la partida está cerca.
Bye bye, Polvos. Bye bye, Perú.
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Polvos Azules29
2009

Muy de vez en cuando, a Polvos Azules llegan matones de verdad que hacen que los vendedores se asusten y atrincheren —los recuerdos del incendio del antiguo local aún sobresaltan a los más viejos—, pero eso ocurre poco. Mucho más frecuentes son los disparos virtuales y las explosiones gordas que suenan como relámpagos y hacen un montón de fuego líquido dentro de las pantallas LCD preciosas, carísimas. Ahora, el ruido de la guerra —o la guerrilla— me lleva hacia el pasaje 7. Allí están los chibolos y los no tan chibolos, sentados largamente en el trono del vicio como quien se sienta en un water. Viéndolos así, uno podría decir que antes de empezar ya se anotaron una victoria: han encontrado una vida y tienen el control.
En el local hay cinco PlayStation 3 encendidos debajo de las pantallas líquidas. Si uno de los Play se malogra, es reemplazado inmediatamente y el aparato averiado pasa a revisión técnica. La operatividad de los equipos está garantizada. Ciertas cosas en el Perú funcionan bien.
—Chesumadre.
El tipo tiene unos 30 años, lleva un rapado militar en la cabeza y ahora dispara a los malos. Viste un pantalón caqui camuflado y con manchitas, como el de los soldados gringos que conquistan desiertos. Su concentración me perturba (el ceño fruncido / la boca abierta). Se halla en una especie de azotea y se esconde detrás de una columna para que no lo mate una máquina voladora-aniquiladora-futurista. Solo se ve el arma. La metralleta del hombre es efectiva y muy moderna, parece haberla obtenido tras una progresiva acumulación de puntos, pero la pantalla está salpicada de sangre y no hay que ser un experto para darse cuenta de que, cuánta más sangre, más cerca está la muerte.
El tipo saca el lanzacohetes y hace pum, pero a la máquina voladora no le pasa nada. Vuelve a esconderse (el hombre virtual). Suda (el hombre real). Hay un resplandor (v / r). Luego, una gran mancha roja y todo se acabó. El tipo reniega, se amarra los zapatos y vuelve a empezar. Pide media hora más. El control del PlayStation brilla lustrosamente. Es la grasita.
Al lado, un niño con lentes se trepa a un helicóptero y desde allí dispara a terroristas mientras una mujer pasa corriendo con una bandeja de suspiros a la limeña. Esto es un sancochado. Imágenes virtuales y reales se alternan con demasiada frecuencia en Polvos, se salpican unas a otras. Más allá, otro niño con lentes determina la formación del Barcelona FC. Incluye a Messi. Me sorprendo al ver, muy cerca, a un adolescente abriendo fuego. Aquí todo el mundo comete asesinatos con el suave gatillo del adecuado botón ( ❍ ), pero lo que me asombra del muchacho es que su guerra sea en Marte.
Es cierto. Aunque la chica que trata de atraer clientes en el puesto de camisas de al lado no lo sospeche, Marte ha sido tomada por una corporación criminal. Esas dos cosas —estar en otro planeta y ser dominado por criminales— son motivos más que suficientes para justificar la matanza y la destrucción absoluta. Hay que liberar Marte y, de paso, dinamitarla. Tal es la premisa de Red Faction: Guerrilla. En una página web de aficionados elogian así al juego: “Si bien es cierto que se puede derrumbar edificios a base de martillazos, hay otra opción más contundente y pirotécnica; colocar un par de explosivos en el pilar maestro de una torre de comunicaciones cercana, de forma que ésta caiga encima del edificio, convirtiéndolo inmediatamente en escombros debido a su peso y velocidad”.
Al inicio del juego, un sello advierte: Blood Srong Language Violence.
El tipo de corte militar camina por las ruinas del planeta. Al parecer, está solo en los dos mundos, el virtual y el real. Camina y se esconde. Más tarde, me entero de que, en la aventura que está viviendo, le entregan un premio si llega a los 10 mil asesinatos.
Recientemente, todos los estados federales de Alemania coincidieron prohibir los juegos de video violentos, luego de una matanza protagonizada en el mundo real por un chico de 17 años. La idea de los políticos es acabar los juegos en los que “la temática principal sea asesinar de forma realista y cruel a personas”. Por supuesto, los chicos se quejaron: hay 56 mil pedidos de reconsideración en la web del Parlamento.
Yo no sé que tanto alboroto. En mi adolescencia, jugué Mortal Combat y Doom, o sea, arranqué la cabeza de mi enemigo —Fatality!— y usé una sierra eléctrica para cortar a mi prójimo. Y soy normal. Lo soy, ¿no?
Se hace tarde (en el mundo real). Messi se falla un gol y el niño protesta. La chica que vende camisas recoge las cosas para cerrar el quiosco. Llama a un amiguito, le sonríe, se meten en el puesto y cierran la persiana metálica hasta la mitad. Solo se ven sus piernas. Ella con balerinas, él con zapatillas Converse. Escuchan música en un mp3 con parlantes. Las ráfagas y las bombas no parecen llegarles.
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Polvos Azules23
2009

Foto: David Tarazona
La muchacha del ganchito me intercepta y me roza con su mandil de plástico diciéndome que tiene arroz con pollo y lomito saltado, pase joven por acá. Sonrío, paso de largo y otra chica más joven y coqueta me dice que hay tacu tacu, siéntese amigo, y arrastra una diminuta silla de madera / de juguete. El viejo de la guitarra canta tonderos que no reconozco (me precio de conocer la música criolla, pero estos no los conozco) y lo acompaña un cajonero sentimental con lentes de poto de botella. El aire huele a cosas orgánicas fritas y a guisos ricos con jugos de cebollas gratinadas. Una tercera chica se acerca diciendo que hay cebiche de bonito, bonito así como usted. El cajón criollo truena. Mi estómago vacío, también.
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Polvos Azules18
2009

Foto: Daniel Silva / Revista Etiqueta Negra
La actriz Magaly Solier no era tan famosa la primera vez que pisó Polvos Azules. Le habían hablado mucho del lugar, así que, un día, decidió salir de casa y venir hasta el emporio, sola. En eso, mientras caminaba por los pasadizos, encontró un puesto de películas y se asomó, intrigada por la contundencia animal de las imágenes en la pantalla del televisor. Magaly no sabía de la existencia del porno como género y el espectáculo la dejó paralizada (aunque no quitó la vista de allí). Era tan… real.
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Polvos Azules12
2009

En Polvos Azules, hay mucho más porno del que uno podría consumir en la vida. Son DVDs que reposan en lúgubres puestos de venta, fríos y ardientes en su simpleza material (fantasía enlatada). Dar el paso de comprar esas películas puede ser toda una odisea, al menos para los que no nacimos con la sangre tan fría. La primera vez, tuve que merodear varios días seguidos antes de detenerme y acercarme y hacer click con la palabra mágica con que dos machos limeños —no estoy diciendo que yo lo sea, pero a veces hay que aparentar— rompen el hielo en la urbe: “Habla”. Estarán de acuerdo conmigo en que comprar películas triple equis no es lo mismo que comprar corazones de chocolate o medias Nike. Yo no tengo ninguna reputación que defender, soy un mañoso a tiempo completo, pero qué roche da elegir tetas —esta sí, esta no— mientras te ve todo el mundo.
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Polvos Azules07
2009

La que ven aquí es la mascota de Polvos Azules. Su bicho insignia, su símbolo juguetón. Es también una muestra de que este centro comercial tiene una cúpula pensante que se encarga de darle a la organización una buena imagen (por si alguien lo dudaba). Polvos Azules posee razón social, sitio web y algo parecido a un equipo de prensa que redacta textos a favor de las múltiples causas del emporio. Es obvio que el insecto azul, aun cuando se trate de una burda imitación del protagonista del filme "Bichos", fue dibujado por un diseñador medianamente capaz. En la web, incluso se lo puede ver guiñando coquetamente el ojo, gracias a la magia del Adobe Flash (15 soles en Wilson).
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Polvos Azules30
2009

Ocurrió hace cuatro años. Por entonces yo salía con una artista plástica de pelo muy largo, dientes de conejo y perenne parpadear en los ojos. Ella me trajo a Polvos Azules por mi cumpleaños, toda linda. Éramos jóvenes, arrogantes, felices y, por supuesto, teníamos poco dinero. El arte alimenta y el talento seduce: uno no necesita nada más. Así que vinimos aquí el día de mi santo y ella me dijo que escogiera una camisa (tenía un sencillo porque acababa de ganar un premio por un cuadro). Caminamos por pasajes largos y tupidos. En breve, se hizo evidente que ella conocía mejor el lugar que yo: de hecho, caminaba rápido, tan rápido que yo la perdía de vista. Ella manejaba la hipótesis de que una pareja de enamorados siempre es más vulnerable a los asaltos a mano armada pues los delincuentes aprovechan el vínculo afectivo, así que me instó a andar un metro detrás suyo (bienvenidos a Lima freak). Al final, me decidí por una camisa negra con rayas grises (ver foto), que se amoldaba bien a mi entonces flaco torso de chico andrógino. La tela tenía truco: la estirabas y volvía a su sitio original. La chica que vendía le llamó a eso stretch.
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Polvos Azules27
2009

Foto: Musuk Nolte
Vaya, un solo post ha bastado para crear dos bandos: los defensores y los anti. Eso me gusta, por supuesto. Polvos Azules genera pasiones y fobias. Algunos acusan directamente a los hinchas de este centro comercial de ir por la vida con un negro parche en el ojo. Otros van a los hechos: compradores de San Isidro y Miraflores llegan en sus carrazos a este emporio comercial y luego dicen que compran en Hiraoka o Ripley, así que no nos hagamos los hipócritas. Hace algunos meses compré en Polvos mi nueva grabadora digital Sony. La mujer que me la vendió almorzaba cau cau mientras hacía la transacción. Dijo que no tenía la caja original, pues “esto llega así nomás joven”, así que tomó una bolsita transparente y puso allí el diminuto artefacto. ¿Y el manual de instrucciones?, pregunté y la señorita rebuscó por entre cartones y cajas y me dio una fotocopia (bastante bien encuadernada, hay que decir). Ni modo, me dije: al fin y al cabo, ¿quién lee los manuales?
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Polvos Azules22
2009

Hace poco hice esta pregunta entre mis contactos de Facebook.¿Qué es para ti Polvos Azules? Nunca imaginé la cantidad y variedad de respuestas que recibiría. “Antes, casacas de cuero al alcance del bolsillo”, dijo una amiga del norte. “Lo mejor de Lima; y x lejos”, dijo una colega argentina que crea páginas web. “El mejor lugar para conseguir cualquier cosa a buen precio. Aunque ya ni tanto...”, dijo una estudiante de arquitectura y modelo profesional. “PARAÍSO para conseguir películas que nunca veré en pantalla grande”, dijo una diseñadora gráfica. “Lugar de peregrinación. Pero también, algo así como describió Lou Reed en Waiting for the men, donde parado en una esquina de Harlem esperaba al "hombre" que le traía la merca. En Polvos tengo mi dealer y mi rica merca: videos caletas”, dijo una periodista guerrera. “El lugar perfecto para salir de ignorante en cuanto a cine, y para comprar mis Hi Tec a 40% menos que en Ripley!”, dijo una redactora de Economía de este diario. “De acá a dos mil años será un lugar bíblico...”, dijo un ilustrador nada creyente. “Películas caletas”, dijo una abogada. “Eternidad”, dijo un hombre que se hace llamar Perro Black. “Utopía”, dijo Marco Sifuentes, amo y señor del ciberespacio, más conocido como Ocram.


