Novedades en la categoría Playas
02
2008

No más arena
Ya se me fue el verano. Supongo que me faltó tiempo y que la costa se hizo larga (y ancha), y aunque hoy pienso que también pude hacer un inventario rápido, corriendo por cada playa para llevarles fotos de todas, creo que fue buena idea haberme quedado un poco más en cada lugar; en algunos casos, mucho más.
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Playas29
2008

De postal
Salgo de Chimbote y llego a Tortugas, una playa rodeada de cerros y grandes bloques de rocas. Lo primero que uno busca al llegar aquí, creo, son esos seres de caparazón verdoso, pero uno se entera rápido que estos se extinguieron en la primera mitad del siglo pasado: eran unas tortugas marinas muy grandes. Hoy este balneario conserva el atractivo del paisaje, la tranquilidad de sus serenos visitantes y la lentitud con que transcurren todas las cosas. La playa, de piedras y no de arena, contribuye a dar a Tortugas un carácter hermético de escondite secreto, pendientes en los cerros y en los cerros sombra, humedad, sobre un mar azul quieto que contrasta con los colores vivos de los botes de los pescadores. Perfecto para perderse.
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Playas24
2008

A cuerpo de rey
Huanchaco el lunes es otra cosa. Eso me había advertido la belga Anne Kesh. Y es cierto. El sábado, cuando llegué, apenas si tuve tiempo de alejarme del barullo y refugiarme en el Club Colonial para tomar unas copas, exhausto por un viaje largo con temperaturas que bordeaban los treinta grados. Por la noche, salí a una fiesta de esas que organizaba Barena, a pocas cuadras de la Municipalidad, ya saben, una de esas juergas con un grupo que canta covers pop y éxitos de los noventa. En el clímax de la noche, los visitantes se ponían a cantar y los de Lima gritaban “bravazo” y los argentinos coreaban cosas como si estuvieran en un estadio de fútbol. Fue horrible. Anne Kesch me dio la llave con la condición de hacer ruido al llegar al Club. “Haz lo que quieras, pero sin escándalos”, dijo. Empiezo a creer que es un ángel.
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Playas18
2008

El loquerío
La combi me deja en Huanchaco un sábado por la tarde. El aire está caliente. Quienes frecuentan el norte y leen estas líneas deben estar pensando en algo que yo todavía no sé: que el sábado es un pésimo día para conocer esta parte de la costa, porque es verano y el sol arde y la gente viene en mancha a la playa más famosa de Trujillo: Huanchaco en fin de semana es un loquerío, un alud, un enjambre permanente de niños y niñas y grandes y gordos y flacos que saturan la orilla con su entusiasmo demencial, juegos de voley y fulbito que conviven y se superponen unos sobre otros en minúsculas porciones de arena. Y aquí estoy, caminando por el malecón con un papel doblado. El papel dice “Club Colonial”, un alojamiento que me recomendó mi buen amigo �?ñigo Maneiro, un vasco bonachón adicto a las rutas del Perú. “Busca a Anne Kesh, es de puta madre, muy paja”, me dijo �?ñigo con ese acento suyo que parece una ensalada. La mochila me pesa. Tengo hambre.
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Playas13
2008

La ola más larga
El megáfono anuncia que el circo se quedará un día más: la voz llega desde lo alto de un mototaxi que da vueltas y vueltas por el pueblo. El pueblo es colage de bullicio, casas de puertas cerradas y alguna salsa de Héctor Lavoe sonando por ahí. Estoy a Puerto Chicama. Hace sol y poco viento. Los surfistas suelen maravillarse cuando vienen a este balneario, dicen que esta es la fracción de la costa con la ola más larga del planeta —veo que Magoo de La Rosa le acaba de dedicar un post—, pero yo me iré de aquí sin saberlo a ciencia cierta. Prefiero concentrarme en las luces largas del atardecer, en el caminar lento de la gente, en los chicos jugando fulbito en la loza deportiva o en la arena, calmadamente, como si esto fuera un domingo de relajo y no un miércoles hecho para la chamba.
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Playas06
2008

Playa lúgubre
Al fin, al cabo de treinta minutos de interminable lucha contra la arena, el mototaxi me deja en Puémape, balneario-fantasma a medio construir, con rocas oscuras hasta lo tétrico y casas que nadie habita. De Puémape se cuenta que fue escenario de civilizaciones antiguas y que por eso te carga de energías buenas, que es una playa espiritual. También te hablan de sus estupendas olas, muy tubulares y largas, que atraen a tablistas de todo el mundo. Lo cierto es que esta mañana lo único que veo es un montón de neblina y el contorno difuso de las casas, al fondo una familia pescando en absoluto silencio, como en una especie de velorio frente al mar. Acaso sea por mi escepticismo urbano, pero la verdad no le encuentro magnetismo espiritual a esta soledad pura y dura, playa gótica sin risas, sobre todo cuando yo mismo no tengo la menor idea de cómo voy a regresar.
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Playas06
2008

El motor humano
Eso de no escuchar los consejos de los mayores es un defecto terrible. Lothar Busse me dijo que me informara bien cómo llegar a Puémape, y lo único que hice fue preguntarle a un vendedor de artesanía y a un mozo. El resultado: llego a San Pedro de Lloc y allí tomo un mototaxi para que me leve e Puémape. En medio del camino, sé que he cometido un error. El tramo hacia la playa es una trocha imposible, áspera, bélica, y el descampado al que me voy acercando podría ser la escenografía perfecta para un asesinato sin testigos. No hay una sola alma y el mar parece estar más lejos que nunca. De súbito, el mototaxi se detiene. El chofer arranca de nuevo pero solo hay ruido, el ruido bobo de algo que gira y gira. La llanta da vueltas y no nos movamos.
—Una ayuda, amigo.
Y sí, ocurre lo que imaginan: aquí me tienen, empujando un mototaxi que varó en la arena. El chico logra salir adelante y corro detrás de él. Subo de nuevo. Repito la gracia dos veces más antes de llegar a mi destino. Me duele el trasero. Pienso que los choferes de mototaxi deben tener la próstata doscientos años más envejecida que un hombre común.
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Playas05
2008
La magia del atardecer
A estas alturas sufro una especie de sobredosis de mar, ya saben, una resaca playera que se nota en mi piel tostada —jamás en mi vida la he tenido tan así—, acaso también en mi forma de mirar y caminar. Sin embargo, Pacasmayo consigue surtir ese efecto hipnótico de la primera vez, como cuando eres niño y te llevan a descubrir la arena. Nunca antes estuve aquí, y me arrepiento de pasar tanto tiempo sin visitar este pueblo chico donde la luz miel del atardecer unta de amarillo las casonas y callejuelas, como una arquitectura transitoria repleta de efectos especiales que duran lo que el sol tarda en hundirse. Como siempre, hay chibolos en tabla pero también historias qué contar. En el mar de Pacasmayo pescaron los súbditos de Pakatnamú; en sus orillas atracaron los barcos chilenos durante la invasión de 1880, y en sus olas se bañó más de una vez Marina Mora Montero, alguien cuyo solo nombre hincha de orgullo el ego local, representado en folletos turísticos que, con cierta candidez, invitan a disfrutar “la belleza femenina de estas tierras”.
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Playas03
2008

Del muelle a la caleta
A veces, me gusta sentirme Michael J. Fox en su alocada máquina del tiempo e imaginar las secuelas terribles de un viaje al pasado sin la mínima planificación. Por ejemplo: si me hubiera parado en este mismo muelle a esta hora cincuenta años antes, correría el riesgo de tropezar con un pesado vagón de carga y caer de bruces al piso, insignificante en medio de los rieles largos del progreso. Pero es el verano de 2008: ya casi no hay rieles en el muelle de Pimentel, y el progreso se fue hace décadas a la velocidad de un tren en marcha, sin dar aviso, como una brisa sepia de la Historia.
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Playas29
2008

Escala técnica
Este soy yo en la heladería El Chalán de Piura. No podía perderme el helado de lúcuma con cholate. Le ponen además una ensaladita de frutas fresquísima. Como se habrán dado cuenta los más observadores, llevo el pelo corto. Muy corto. La historia es simple: hacía demasiado calor en el ambiente como para seguir soportando una pesada melena. Y no podía esperar hasta llegar a Lima y ver a José, mi estilista de confianza. Así que, nada: mochada por cinco soles en el centro.
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Playas27
2008
Cuestión de fauna
Llego a Colán cuando la tarde pinta de azul azul el cielo y unas aves negras empiezan el sonoro ritual de devorar un delfín que quedó varado a la orilla. Los buitres vuelan en círculo y descienden y los niños se apretujan en torno a los restos del animal para contemplarlo como si fuera el cadáver de Bob Esponja, fascinados y felices (con la misma fascinación niña de abrir un chanchito de jardín por la mitad). Algunos adultos se acercan al animal para sacarle un pedazo y llevarlo a casa y comerlo fresco en el almuerzo. Está prohibido cazar delfines, pero, como bien dice un pescador, cuando la mar vara un delfín ya eso no es culpa de nadie.
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Playas24
2008

La furiosa decadencia
Estimados lectores: ya no los entiendo, aunque —créanme— trato. Trato desde lejos, desde el sol y la playa, en medio de este viaje que me demuestra que escribir vale la pena, que te da cosas, que no tengo auto pero sí gente que al leerme se sube a mi moto (a lo Menudo), o más bien, a mi bus EPPO con película de Van Damme incluida. Ahora estoy en Cabo Blanco y decir que no leen a Hemingway los ha ofendido. ¿Qué puedo hacer? Seguir caminando, supongo. Ver cosas y apuntarlas en mi libreta. Tomar fotos con mi cámara digital. Estar aquí sabiendo que contaré lo que vivo es como andar con cientos de ojos en la nuca. Han convertido el acto de hacer crónicas en una especie de Quinta Vergara donde cada oración se teclea con el riesgo de una rechifla general, un cargamontón, un huaicazo. Escribir en la era de los blogs es como tener un Sindicato Único de Lectores en Línea. Hay que tener cuero de chancho.
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Playas21
2008

Sin Hemingway, por favor
Supongo que traiciono con roche mi condición de escritor si les digo que hoy me dirijo a Cabo Blanco sin ganas de pensar en Papá. Hablo de Papá Hemingway, ojo, alguien que el 85% de mis lectores no ha leído ni leerá nunca, pero que es para todos los colegas literarios una superestrella, el american idol del periodismo del siglo XX, el ícono robusto del hombre que recorre el planeta y cubre guerras y avista corridas de toros y desciende en el �?frica ardiente para cazar liebres y leones y que, ya en calma otoñal, se da una vuelta por la costa del Pacífico Sur buscando merlines inmensos. No existe guía turística de Cabo Blanco que no te hable de la ruta de Hemingway. Y eso, estar tan cerca, debería ponerme a temblar de emoción. Pero no. Me interesa poco lo que Hemingway haya conversado con los peces, y siento algo de conmiseración por el viejo barman que lo atendió de joven en el Fisching Club, un hombre taciturno condenado por décadas a contar la misma historia entrecortada (“yo vi al señor, muy amable el señor”) y a quien se suele ver caminar por el malecón con su esposa, lentamente, lejos de toda la gloria y los años dorados. Lejos de Hemingway.
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Playas17
2008

Hechizado y encantado por ti
Los parlantes suenan gordos y la música retumba en mi barriga vacía. La arena es una pista de baile en medio de un atardecer rojizo como el neón. He llegado a Los Órganos y aquí hay una fiesta, o más bien, un rumbón dominical con papis y mamis y sobrinos y primas, y Raíces Mancoreñas cantando los temas del ayer, de hoy y de siempre. En la orilla, algunos bañistas le roban a la tarde los últimos minutos al sol y los perros corren ansiosos detrás de las pelotas que han dejado escapar los niños. Me acerco al local. No sé qué es Raíces Mancoreñas pero, al borde de la pista de baile, no veo mejor forma de pasar una tarde perezosa en la playa que quedarme aquí.
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Playas14
2008

Apuntes ociosos
Jueves. Cierro los ojos y veo olas. Me voy a dormir y siento el rumor del mar. En mis sueños hay arena y cada que amanezco siento que la brisa que me refresca y hace soportable el calor. No puedo evitarlo: estoy ha pocos metros del océano y eso es como permanecer en una calibración distinta de la conciencia. Pienso que durante mucho tiempo el mar ha sido para el hombre la frontera final, el espacio exterior desde el cual pueden venir “los otros”, seres con una piel distinta y malas intenciones, del mismo modo en que ahora soñamos con Mr. Alien. Me pregunto si al mirar al océano, esta tarde de verano de inicios del siglo XXI, sobreviva en mí ese temor que moldeó el estilo de vida de mis antepesados: ese miedo infinito a que la quietud oceánica sea la señal de un cataclismo, una invasión, el fin del mundo.
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Playas11
2008
Seguro me has embrujado
Como se habrán dado cuenta, he permanecido en Máncora demasiado tiempo. Como también se habrán dado cuenta, eso es posible gracias a la hospitalidad del hotel Claro de Luna, oasis del remanso y serenidad. Pero bueno, es cierto, ya va siendo hora de seguir mi camino y no quiero irme sin colocar estas cuantas fotos. Nos vemos pronto.
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Playas10
2008

Viajar para tragar
Para trabajar hay que alimentarse. Con las disculpas del caso a mi estimada Frieda Holler por la foto que ilustra este post, me permito compartir con ustedes algunas de las experiencias culinarias que voy viviendo en estos días mancoreños. El de la primera imagen es un tiradito de mero con crema de ají. En la costa norte todo pescado fresco es buenazo, pero un plato que lleve mero, atún o robalo es extraordinario. Este tiradito de buen corte (cero escamas) se sirve en el restaurante del hotel Claro de Luna.
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Playas07
2008

Foto: Peru.21
Riquezas de Máncora
Se llama Niove y esta es una foto que tomó un inspirado artista del diario Peru.21 en su paso por el norte. Pueden encontrarla cualquier noche detrás de la barra del Surfers Club Bar de Máncora. Su pisco sour es más que aceptable, sobre todo si antes la ves moviendo la coctelera al ritmo de los latidos dementes de la música. Acaso la imagen no lo capte, pero tiene una sonrisa comparable a la de Cameron Díaz (en sus mejores días). Ojo, no quiero que piensen que incentivo alguna forma de turismo sexual, no quiero cartas de Manuela Ramos, pero ver a esta chica en vivo vale la pena. Lo único malo: administra el bar en compañía su novio, un mancoreño de corazón con una espalda muy ancha que se dedica a dar clases de surf.
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Playas06
2008

No no rompas este embrujo
En Máncora hay 600 mototaxis debidamente registrados, y unos mil entre formales e informales. Ahora voy en uno cuyo chofer se jacta de estar empadronado como Dios manda. “Acá hay gente vigilando todo, cada unidad que entra se apunta”, dice, aunque no aclara quién vigila, quién apunta. Miro el número: 411. Estoy harto de tragar polvo una y otra vez cada que voy del pueblo a mi hotel, en Pocitas, o de mi hotel al pueblo. El mototaxi no está hecho para la trocha (y viceversa). El mototaxi no está hecho para el hombre. Saltar demasiado hace daño, mis vísceras se revuelven, mis testículos se descuadran. Y esto recién comienza. Pienso que el tiempo es relativo: diez minutos en mototaxi sobre una trocha equivalen a la eternidad.
—Siéntate un poco más a la derecha, amigo —grita el chofer.
—¿Así está bien? —grito yo.
—Un poco más… Ahí.
—Dime. ¿Para qué me pongo más a la derecha?
—Nada, es que sino nos volcamos.
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Playas04
2008

El buen mal vivir
En Máncora se junta un montón de gente que viene huyendo de algo. No (necesariamente) de la Policía, aunque a veces sí: la frontera con Ecuador está cerca y más de un prófugo pasa por Máncora para darse un último chapuzón ritual antes de abandonar para siempre este país ingrato. En Máncora abunda gente que salió disparada por la onda expansiva de algún Hiroshima personal y catastrófico. O eso parece. El barman del Lone Star Bar (local amplio, baños deplorables, malabaristas con fuego que amenizan al público antes de la medianoche) prepara el pisco sour colocando una redondela de azúcar en el borde del vaso, como la sal en un Margarita. Cuestiono su técnica y le pido que limpie el vaso, please. Lleva lentes oscuros. Dice que vivía en Cusco, tenía unos bares allá y en Quillabamba. Pero “hubo problemas”. Su socio lo estafó —o eso sostiene— y tuvo que salir disparado. No habla mucho. No es cálido. Ha venido a Máncora a empezar de nuevo. Aunque también quiere ir a Colombia. Allí —dice— puede que haya perspectivas.
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Playas30
2008

Lo justo, tío Pacori
Tampoco hablen mal de Máncora. Ya quisiéramos encontrar una arena así de blanca y un mar así de tibio en alguna de las playas que ofrece el litoral limeño, helado hasta la tragedia. Es curioso que la gente le haga ascos a la muchedumbre, al enjambre, al choclón. Todos quieren estar solos, o casi solos, tener por única compañía el horizonte, las aves, una nube que viaja, algún pescador a lo lejos (bien lejos) y ya. Los limeños tienen complejo de náufragos: quieren descubrir en la arena suave la soledad que no hallan en la ciudad-combi. La paradoja es evidente: si una playa te parece bonita, es probable que no seas el único piensa así. Y Máncora es la playa de moda en el Pacífico sur, o sea, un montón de gente la admira desde lejos. Los yuppies de Chile y Argentina saben de Máncora y corren tabla aquí. Los nuevos ricos belgas que no alcanzaron a comprarse una propiedad en la riviera francesa miran hacia Máncora. Una turista gringa pasa por Máncora y escribe en su blog: “Is a little slice of beach heaven”. Llamémosle posicionamiento: se corrió la voz y aquí estamos, somos un montón. La naturaleza humana es muy simple.
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Playas28
2008

Primeros olores
Máncora no es un balneario, es un símbolo demencial que te pone ansioso de solo oír el nombre, como el perrito de Pavlov que saca la lengua cuando le dicen “carne”. He escuchado sobre Máncora desde que llegué a Tumbes. Los taxistas del aeropuerto te preguntan si vas a Máncora. Ofrecen llevarte. Te hablan de Máncora y te dicen dónde comer en Máncora. Te cuentan historias de Máncora. Hay una película que se llama Máncora, la están rodando, sale Jason Day. Lady Bardales estuvo en Máncora. El día que llegué a Zorritos, veinte noruegos jóvenes cruzaron la frontera de Ecuador para visitar Máncora. La guía turística que los atendió les dijo que anduvieran siempre en grupo, pues “es un lugar de desenfreno”. En Punta Sal, los mozos te dicen “aquí todo es tranquilo, no como en Máncora”. La televisión en Lima habla (mal) de Máncora. La combi en que voy sentado ahora se detiene en un puesto de Aduanas. Unos tombos revisan el equipaje. Husmean en mi mochila. Quieren ver si hay contrabando.
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Playas26
2008

Por la ruta de Toledo
Alejandro Toledo es un hombre sensible. No sé si su gobierno fue bueno o malo, no sé si tiene culpas que pagar (el sol es demasiado hermoso para pensar en eso ahora), pero hoy, luego de tirarme de panza en la piscina del hotel, pienso que nadie puede reprocharle al ex mandatario su buen gusto playero. La hizo linda, el cholo. Punta Sal es vida, y su hotel emblema, lo más parecido a un gran resort-paraíso que puede encontrarse en un balneario del Perú. Solo una advertencia. Aquí la belleza es cara. Bien cara. Salgo de la piscina y pienso en lo hermoso que debe ser venir a este hotel en el avión presidencial y no como lo hice yo, en combi y mototaxi.
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Playas22
2008

Más allá de Zorritos
Mi amiga Jimena Lynch está alojada en el mismo hostel al que llegué anoche, y es raro verla tan cerca, como si nada, mientras tomo desayuno a más de mil kilómetros de Lima la horrible. Conozco a Jimena hace diez años, ya saben, las épocas del Pollo Pier y las marchas estudiantiles contra Fujimori. Le cuento mi periplo y me dice lo que dicen todos los amantes del mar: que linda tu chamba. Como para rematar la escena limeña, a los pocos minutos viene a buscarla Lucía Olivera, una compañera del colegio que estudió biología. La última vez que vi a Lucía fue durante un viaje por los albergues de Tambopata, en Madre de Dios. Allí me enteré de que estudiaba aves y pájaros. Ahora, Lucía vive en Zorritos con su esposo y ambos tienen una agencia que promueve el turismo en la zona. Tienen además una niña llamada Luna que va al colegio y ya se aprendió la letra “El embrujo”.
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Playas21
2008

En el hostel Tres Puntas, alimentándome de los inspiradores rayos del sol de una tarde bella. Buscar la palabra perfecta demanda horas de concentración. Así es la vida de blogger y hay que aceptarlo. Hasta mañana.
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Playas20
2008

Foto: Biosfera Tours
A comer
Llego a Zorritos en bandera roja, aunque no es necesario que alguien diga con símbolos lo que el mar grita claramente, o sea, que está furioso y te puede matar si desafías su mal humor. He llegado de la peor forma, una que no recomiendo: caminar de Caleta Grau a Zorritos implica pasar por un Puesto de La Marina en el que el acceso de arena está obstruido por las rocas: no sé bien cómo crucé, pero aquí estoy. Zorritos asombra por su belleza, por sus sombrillitas, por sus aves que silban bajo, por su tranquilidad y porque no hay problemas de “espacio individual”. Quiero meterme al mar, pero estoy cansado por la caminata. Suena la barriga. Voy a comer.
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Playas19
2008

Seguimos camino a Zorritos
Lima te vuelve paranoico. No nos damos cuenta, pero buena parte de los recursos de nuestro sistema nervioso se malgastan en mantenernos alerta ante cualquier ataque enemigo. Me he alejado de La Cruz y mis huellas se pierden diminutas cuando miro hacia atrás. He pasado una bonita playa llamada Nueva Esperanza (cangrejos, arena limpia, hotel Amotape) y he seguido mi camino. Ahora, creo estar solo. Pero no. Alguien acelera el paso desde atrás y me alcanza. Tiene mi misma estatura, o eso creo por su sombra. Comienza a hablarme y ahora soy yo el que avanza más rápido. Pienso coger una piedra.
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Playas18
2008
Las playas lindas son de todos
Saliendo de la ciudad de Tumbes, hay un instante colosal en que la carretera Panamericana se va acercando a la costa y la vista se aclara y de pronto puedes ver las olas en total plenitud, como en la primera fila de uno de esos cines viejos en que las imágenes son tan grandes que te devoran. La presencia del mar es lo de menos: lo que perturba son esos tonos turquesa tan vivos, tan intensos, tan mar, tan amor. ¿Alguna vez les ha pasado que observan un color cuya existencia desconocían? No puedo contener la compulsión de tomar fotos. Pero es inútil. La pantalla digital no captura ese tono. Lo intento dos, tres veces y nada, así que lo que ven ahora es solo una aproximación muy burda, cortesía de RGB producciones. Pero decía: si el viajero va por la carretera al sur y de pronto el mar se hace visible, es porque está llegando a La Cruz.
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Playas17
2008

Empiezan los contrastes
Algunos cangrejos no huyen, dan la cara. No arrancan despavoridos cuando te asomas a verlos. ¿Serán vanidosos? ¿Subnormales? La mayoría se meten a sus huecos, pero unos pocos se quedan y te miran. Este se quedó posando un buen rato para la cámara. Creo que se fue a los dos minutos, o eso recuerdo ahora que lo escribo. Esto de sentarse a teclear en Tumbes no es tan sencillo como pueden imaginarse. Después de pasar varias horas buscando una máquina en que poder bajar las fotos por el usb, miro la imagen del cangrejo y vuelvo al instante. Estoy caminando hacia El Bendito. La arena me quema. Me arrepiento de haber elegido este tramo pero ya está, echemos pa’ lante. Un dos, un dos. Manuel acelera con sus pies duros como cascos y se detiene a ratos para esperarme. Esta vez, no me he retrasado por lento. El cangrejo me ha dejado un tanto idiota.
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Playas16
2008
Ese esquivo arte de capturar buenas imágenes
Como habrán podido notar, no soy fotógrafo. Así que mis amigos de Biosfera Tours (luego les cuento cómo me contacté con ellos), me pasaron estas fotos que pueden ilustrar un poco todo lo que vi en mi viaje a Punta Capones. Espero que las disfruten tanto como yo. Son fotos del Santuario Nacional de los manglares de Tumbes. Como he podido confirmar en los comentarios, hay gente de la misma ciudad que desconocía la playa. Recibo estas fotos en una cabina de Tumbes, o sea, en un horno donde los cepeús no tienen puerto usb. Ya nos vemos.
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Playas15
2008

La primera
El que ven en la foto soy yo llegando triunfal a Punta Capones, después de un viaje matador por los manglares en el que, según mi guía Manuel, vi al menos dos especies de pajarracos que los birdwatchers matarían por encontrar. Manuel es excesivamente entusiasta de los manglares, me hace meterme en las islitas, coger semillas, oler peces, avistar cangrejos, pero la verdad es que la última media hora yo solo quería pisar la playa, y por eso ahora, al llegar, exhibo el rostro de felicidad que pueden ver. La isla que se ve al fondo es el afamado puesto de vigilancia en que nuestras Fuerzas Armadas se mantienen alertas ante cualquier movimiento del enemigo. El enemigo está cerca, pude fotografiar su bandera desde el canal internacional. Yo no creo que Ecuador sea a estas alturas un peligro, pero bueno, en algo deben ocupar su tiempo los militares. En todo caso, eso de llamar Matamonos al puesto de vigilancia nacional me suena feo: un tanto anacrónico y otro tanto pretencioso.


