Agosto 2009
30
2009

El otro día salí a almorzar con unos amigos de Cosas, la revista en donde estuve trabajando a medio tiempo para hacer caja chica —tarde me he dado cuenta de la fórmula mágica para hacer dinero: chambear—. A alguien se le ocurrió comer un cebiche y a todos nos pareció una buena idea. Fuimos a Don Bigote, en Miraflores. Mientras miraba la carta, me di cuenta de que estaba a punto de darle curso al que, muy probablemente, era mi último cebiche. Lo pedí mixto. Lo comí con devoción y placer, con su canchita más. Alguien —creo que fue mi amigo Gabriel— pidió una chela y no me opuse. En eso, en la acera, un grupo se puso a tocar la guitarra y el cajón (ustedes me entienden). Las lágrimas por el ají se confundieron con unas anticipadas lágrimas de nostalgia. Dios, qué rico se come en esta ciudad horrible. Qué deliciosos son esos valses de letras tan malas.
Así que, como para preparándome psicológicamente, haré un recuento de las cosas que comí en estas últimas semana en Lima. Son platos cotidianos que aquí tragamos como si nada, pero que no encontraré en Nueva York (o no tendré el dinero para comprarlos si los veo).
No es que hiciera un esfuerzo particular por comer estos últimos bocadillos. Simplemente, viví como lo he venido viviendo en los últimos años. Veamos. Sanguche de jamón del norte en el Juanito de Barranco (martes, 10.48 p.m.). Arroz con pato en el Señorío de Sulco. Tiradito con salsa de ají en la fiesta de cierre del festival de cine (sábado, 9.30 p.m.). Sánguche de Lomo Saltado en el Café Café (miércoles, 1.10 p.m.). Arroz chaufa en uno de los chifas de por mi casa (vivo por Aramburú, hay como veinte pero recomiendo el que está al lado del Caldo de gallina donde, por cierto venden un lomo saltado espectacular). Una puka picante preparada por Magaly Solier (jueves, 4.30 p.m.). Una hamburguesa a lo pobre en el Bembos de Larco. Una empanada de tamalito verde en Tanta de Reducto. Un sánguche de chicharrón oriental en La Antojería.
La carapulcra de mi tía Sonia (no Sonia la del restaurante, mi tía de verdad) en mi despedida.
Y ahora, a poco menos de dos horas de partir, aparece en la mesa un pollo a la brasa. Estoy en el aeropuerto Jorge Chávez. Es el último banquete con sabor nacional. Hay chicha morada en vasitos. A lo lejos, una voz anuncia mi vuelo.
Es la hora.
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Santa Lima: Bye Bye Perú25
2009

Me quedé picón, con ganas de darlo de nuevo. A diferencia del Toefl, que es un engorroso test de dominio de inglés, el GRE te desafía. Es como volver a dar un examen de ingreso: razonamiento verbal, razonamiento matemático y un par de ensayos hechos a la velocidad de la luz (media hora). A mí NYU no me pedía un gran puntaje pero cuando empecé a revisar los materiales de preparación me dije: sí se puede. Es cierto que la parte de matemáticas ahuyenta a muchos de mis colegas del mundo de las letras, pero ahí tenía yo una ventaja oculta: estudié ingeniería de sistemas dos años. Nunca tuve problemas con el Cálculo y el Álgebra Lineal. De hecho, pasé esos cursos a la primera. Siempre me divirtió encontrar el ángulo beta, el segmento X, la cantidad de horas que necesitan tres hombres para cavar una piscina de Z metros cúbicos si dos lo hacen en 8 horas 20 minutos 45 segundos; siempre tuve claro que (a+b) (a-b) es aa – bb y que la perfecta diagonal que corta en dos un cuadrado de lado X, es X√2.
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Santa Lima: Bye Bye Perú21
2009

Desde que me enteré que me voy a Nueva York, soy adicto al Google Earth. Como muchos, había descubierto este navegador varios años atrás y siempre me divertí detectando cosas, por ejemplo, las manchas azules que eran prueba irrefutable de la existencia de piscinas en la clasemediera cuadra en la que vivo, la chacana perfecta que dibujan los cuatro edificios principales de la residencial San Felipe, las medialunas verdísimas de Parque Sur y Norte, los 67 cuadraditos negros que describen las losetas del Jirón de la Unión —que uno pisa sin reparar en su forma—, el Estadio Nacional y la palabra PERU pintada en Oriente; cada una de las casas de mis ex novias (sus tejados borrosos, ¿habrán estado ellas allí cuando el satélite capturó la imagen?). En fin: el GE puede volverte un zángano. Pero recién cuando mi viaje se hizo inminente entendí el verdadero poder del divertido programa. Para empezar, en Manhattan casi todos los edificios tienen proyección 3-D y fotografías de 360 grados, lo que permite hacer una caminata virtual por la ciudad, observar sus fachadas y hacerse una idea vaga de su atmósfera. Al recibir mi carta de aceptación no tenía la más remota idea de la ciudad, ahora sé qué a pocas cuadras de donde viviré está la catedral de St. John the Divine, que por allí hay una estación de metro donde pasa la línea B, y que esa línea me deja a una cuadra de la universidad.
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Santa Lima: Bye Bye Perú15
2009

Foto: twiga269 ॐ FREE TIBET
Por momentos, me siento como cuando tenía 14 años y estaba por salir de La Paz y venir a Lima a vivir, dejando a mis padres y hermanos. Yo quería terminar los dos últimos años de colegio en Perú, pues pensaba que eso me dejaría mejor preparado para la universidad. Mi padre dijo que era muy chico para irme. Mi madre, en cambio, aprobó el viaje. Luego de múltiples preparativos, las últimas semanas recuerdo haberme hecho la misma pregunta que ahora me hago: ¿por qué me voy? Una noche antes de tomar el avión para Lima, fui a mi primera fiesta de quince años. Vi a mis amigos por última vez. Dormí con tristeza. Al día siguiente, estaba en Lima, en la casa de mi tía, en la misma habitación en la que he vivido todos estos años. Las fotos que tengo de mi familia en mi mesa de escritorio son las que me traje en esos días de nostalgia. Han permanecido intactas. En esas fotos, mi hermano menor tiene cinco años y, la menor, tiene tres. Ahora, él tiene 21 y ella, dieciocho. Llegaron a vivir a Lima hace cuatro años con toda mi familia y, aunque no vivo con ellos, trato de recuperar el tiempo perdido yendo a casa con frecuencia, llevándolos al cine, tomando lonche los domingos, recogiendo a la menor de sus cada vez más madrugadoras fiestas.
En el verano de este año, mi hermano se fue a trabajar tres meses a los Estados Unidos. Cargaba maletas en un lujoso resort de sky en Colorado. Cuando tomó la decisión de irse, me di cuenta de que ya no era un niño (hace mucho que no lo era). De algún modo, supe que era el momento de irme de nuevo. Tengo claro que me llevaré las mismas fotos.
(La imagen que está arriba corresponde a La Paz, bella ciudad en la que viví siete años).
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Santa Lima: Bye Bye Perú10
2009

La taza de Land Rover que mi tía me trajo de Inglaterra y en la que debo haber tomado 1,672 cafés desde que empecé a escribir. La cafetera italiana express que mi padre me compró en La Habana cuando cumplí 19. El diccionario Cambridge del estudiante que usé para pasar el Toefl. El morral rojo marca Crumpler que mi hermana me trajo de Australia. Mi toalla de Mickey Mouse. Mi llavero de radio Planeta. El edredón de plumas que de tan chico no alcanza para dos (¿te acuerdas, guapa?). Mi viejo pasaporte (foto de chibolo y visa Schengen negada). Mi cargador de pilas. Mi Ventolín. La navaja suiza que tengo desde la Navidad de 1989, con la que armo y desarmo cosas (cada vez desarmo menos cosas, no sé por qué). El recetario Nicolini para hacer el ridículo. Los retratos de mis cuatro hermanos. La bandera del Perú. La camiseta de la U. Un disco criollo.
Creo que no estoy haciendo una lista de objetos. Sospecho que lo que busco es llevarme sensaciones como si pudiera encerrarlas en frasquitos. Retazos de una vida que siento alejarse.
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Santa Lima: Bye Bye Perú07
2009

Cuando revisé los requisitos para estudiar en la Universidad de Nueva York, me enteré de que tenía que dar el TOEFL y el GRE. Fue una terrible noticia que casi me hizo desistir de cualquier plan. Mi relación con el inglés nunca ha sido buena. En el colegio donde estudié, Los reyes rojos, no enseñaban la segunda lengua, supongo que por ese asunto de evitar la alienación (en mi época, tampoco dejaban llevar zapatillas de marca o relojes caros). De manera que a los 16 años descubrí que apenas si sabía conjugar el verbo to be. Al terminar el cole, estudié en el Británico de la bajada Balta. Era un curso madrugador y superintensivo, de siete a diez. Me quedé hasta terminar el nivel básico solo porque me enamoré de la hija de la señora que atendía en la cafetería. Yo tenía 17. Ella, 15. A ella no la olvido hasta ahora. Lo poco de inglés que aprendí, en cambio, lo olvidé al toque.
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Santa Lima: Bye Bye Perú03
2009

Foto: Kahunapulej
Estoy en la cola de las ilusiones. O de la desesperanza. Son las seis y media de la mañana y ya hay gente que se aglomera en la puerta cargando formularios, fotocopias, sobres amarillos. Los pasaportes guindas se asoman bajo la garúa. Nunca he viajado a Estados Unidos, así que es la primera vez que vengo a este bunker. Desde que recibí la carta de aceptación de New York University, he estado completando el ineludible papeleo para obtener la visa F-1. Perdí la cuenta de los envíos que hice por DHL. Los formularios me marearon al principio. Luego fui entendiéndolos y creo llegar con todo lo que necesito.
De todos modos, estoy nervioso.


