Santa Lima

Junio 2009

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La camisa menguante

Jun
30
2009

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Ocurrió hace cuatro años. Por entonces yo salía con una artista plástica de pelo muy largo, dientes de conejo y perenne parpadear en los ojos. Ella me trajo a Polvos Azules por mi cumpleaños, toda linda. Éramos jóvenes, arrogantes, felices y, por supuesto, teníamos poco dinero. El arte alimenta y el talento seduce: uno no necesita nada más. Así que vinimos aquí el día de mi santo y ella me dijo que escogiera una camisa (tenía un sencillo porque acababa de ganar un premio por un cuadro). Caminamos por pasajes largos y tupidos. En breve, se hizo evidente que ella conocía mejor el lugar que yo: de hecho, caminaba rápido, tan rápido que yo la perdía de vista. Ella manejaba la hipótesis de que una pareja de enamorados siempre es más vulnerable a los asaltos a mano armada pues los delincuentes aprovechan el vínculo afectivo, así que me instó a andar un metro detrás suyo (bienvenidos a Lima freak). Al final, me decidí por una camisa negra con rayas grises (ver foto), que se amoldaba bien a mi entonces flaco torso de chico andrógino. La tela tenía truco: la estirabas y volvía a su sitio original. La chica que vendía le llamó a eso stretch.

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Los pro y los anti

Jun
27
2009

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Foto: Musuk Nolte

Vaya, un solo post ha bastado para crear dos bandos: los defensores y los anti. Eso me gusta, por supuesto. Polvos Azules genera pasiones y fobias. Algunos acusan directamente a los hinchas de este centro comercial de ir por la vida con un negro parche en el ojo. Otros van a los hechos: compradores de San Isidro y Miraflores llegan en sus carrazos a este emporio comercial y luego dicen que compran en Hiraoka o Ripley, así que no nos hagamos los hipócritas. Hace algunos meses compré en Polvos mi nueva grabadora digital Sony. La mujer que me la vendió almorzaba cau cau mientras hacía la transacción. Dijo que no tenía la caja original, pues “esto llega así nomás joven”, así que tomó una bolsita transparente y puso allí el diminuto artefacto. ¿Y el manual de instrucciones?, pregunté y la señorita rebuscó por entre cartones y cajas y me dio una fotocopia (bastante bien encuadernada, hay que decir). Ni modo, me dije: al fin y al cabo, ¿quién lee los manuales?

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Polvos mágicos

Jun
22
2009

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Hace poco hice esta pregunta entre mis contactos de Facebook.¿Qué es para ti Polvos Azules? Nunca imaginé la cantidad y variedad de respuestas que recibiría. “Antes, casacas de cuero al alcance del bolsillo”, dijo una amiga del norte. “Lo mejor de Lima; y x lejos”, dijo una colega argentina que crea páginas web. “El mejor lugar para conseguir cualquier cosa a buen precio. Aunque ya ni tanto...”, dijo una estudiante de arquitectura y modelo profesional. “PARAÍSO para conseguir películas que nunca veré en pantalla grande”, dijo una diseñadora gráfica. “Lugar de peregrinación. Pero también, algo así como describió Lou Reed en Waiting for the men, donde parado en una esquina de Harlem esperaba al "hombre" que le traía la merca. En Polvos tengo mi dealer y mi rica merca: videos caletas”, dijo una periodista guerrera. “El lugar perfecto para salir de ignorante en cuanto a cine, y para comprar mis Hi Tec a 40% menos que en Ripley!”, dijo una redactora de Economía de este diario. “De acá a dos mil años será un lugar bíblico...”, dijo un ilustrador nada creyente. “Películas caletas”, dijo una abogada. “Eternidad”, dijo un hombre que se hace llamar Perro Black. “Utopía”, dijo Marco Sifuentes, amo y señor del ciberespacio, más conocido como Ocram.

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Confesiones y chao gym

Jun
17
2009

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Foto: Okko Pyykkö

Empecé a ir al gimnasio luego de una discusión con la que entonces era mi novia. Fue un rapto que no pude controlar, un impulso que, supongo, se mezcló con la crisis de los treinta. Luego nos amistamos y cuando le confesé que había comenzado a ir al gym, me miró con incredulidad y franca decepción. ¿Tú? ¿Para qué? “Tú no eres así, Juanma”, me dijo. Ella me había conocido leyendo este blog (una lectora ávida) y nunca había cuestionado algo tan pedestre como mi masa magra. Le parecía risible. Un tanto pretencioso. Banal.

Hoy he recordado eso al subirme a la balanza electrónica, siguiendo las órdenes de una menuda mujer con mandil blanco. Junio me pone nostálgico, la fina garúa de Lima es como el llanto de los depresivos: está allí pero nunca estalla en gotas gruesas, en aguaceros que desahoguen. Pietro me dijo que mi hiciera una medición para cambiar la rutina y yo solo espero que las largas horas de pedaleo tengan algún efecto en mi armazón corporal. No pago poco.

La menuda mujer del consultorio saca el ticket y me lo da. Lo veo con la premura de quien revisa un examen de admisión (o un test de Elisa).

El papel dice 70.5 kilos. He bajado cuatro desde la última vez (cinco en total desde que entré) pero el maldito porcentaje de masa grasa (que aparece, nítido, más abajo) solo descendió un punto: 24%. El doble del ideal.

Soy un cerdo.

Salgo del consultorio sin palabras, voy al vestuario, me quito el polo, me miro al espejo y me pregunto qué estoy haciendo en este lugar. Cierta voz resuena con el eco de los tiempos: “Tú no eres así, Juanma”. La verdad, el gimnasio me ha hecho bien a la salud, respiro mejor y me siento más saludable en general. Pero no tengo tiempo ni energía para dedicarle a mi cuerpo dos horas y media cinco días a la semana.

Así que se acabó, supongo. Haré como mi amigo el escritor: solo vendré para el spinning. Si hay tiempo, algo de pesas, pero nunca más pasaré en el gimnasio más de una hora al día. No vale la pena.

Salgo del gym con hambre. Tengo el ticket arrugado dentro mi puño. Lo miro una vez más mientras la garúa rebota en mis mejillas (Chabuca Granda dijo que la garúa de junio “besa”, pero yo no soy José Antonio). Instintivamente, camino rumbo al templo de la perdición, que no esta muy lejos. En lo alto de la construcción amarilla, un cartel dice Bembos.

—Deme una Mexicana grande y media docena de Cheese fingers.

No sé si mañana volveré al gym, sospecho que sí (tengo que mostrarle el ticket a Pietro), pero en lo que respecta a este blog, con esto termino. Adiós a la serie. Ha sido un gusto tenerlos una vez más como lectores.

Antes de irme, hago algunas confesiones de esta temporada.

1. Durante todas las clases de spinnig, me he dedicado a mirar tetas, con fruición y detenimiento. Sin ese estímulo, creo que no llegaría a la meta.
2. Nunca me di un duchazo en el gym. Vivo demasiado cerca y odio estar calato en lugares públicos.
3. Me “pegué” tanto con el tema de los músculos que usé el premio Cemex Nuevo Periodismo —un pesado trofeo de cemento que gané en calidad de finalista— para hacer bíceps, alternadamente.
4. Compré un par de revistas especializadas en músculos e imité sus ejercicios.
5. Hice abdominales en mi cama.
6. Fracasé en el intento de usar esferas gigantes. Me caí de una un par de veces.
7. Tuve calambres cuatro veces haciendo spinning. Dolieron.
8. Más de una vez, alguna mujer me corrigió porque ejecutaba mal los ejercicios de bíceps con pesas.
9. Utilicé el sexo con explícitos fines aeróbicos.

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Levantarse el polo

Jun
12
2009

Pietro me mira y me dice que he bajado de peso, que ahora es tiempo de pensar en una rutina para subir agresivamente la masa muscular. Me toco la barriga y soy feliz. Paso los siguientes minutos subiéndome y bajándome el polo frente al espejo de la zona de mancuernas. Así se hace, pienso. Pero en eso se aproxima Johan, mi ex trainer gigantón, y al verme exclama: “¡Asu, cuánta chela!”. Lo miro atónito, con un desconcierto que rápidamente se convierte en odio. ¿Qué se cree para decirme esas cosas? Aunque sus palabras me duelen, continúo con el polo dignamente subido, como para que mire bien y no lance conclusiones apresuradas. Al ver el reflejo, me parece obvio que mis abdominales se marcan (aunque también es posible que esté viendo lo que quiero ver, del mismo modo en que uno detecta conejitos y espirales en las nubes). Johan insiste en despreciar mis tejidos. Como para que me quede claro su punto, se para a mi lado y se levanta él el polo.

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Dos yuppies conversan

Jun
07
2009

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Foto: akeg

Supongo que si mi vida hubiera sido lo que mis tías anhelaban, hoy yo sería un yuppie con fotocheck, seguro, cts, utilidades, metas cumplidas, camioneta y una tarjeta de cartón en la que mi nombre impreso (el apellido familiar) se recostaría, límpido, sobre la palabra GERENTE. A los treinta, debes haber obtenido ciertas cosas. Pero fracasé: no tengo auto ni trabajo estable, carezco de propiedades y ando por la vida con un talonario de recibos al que se le doblan las esquinas de tanto apachurrarlo en la casaca —la misma Benetton de gamuza negra que me compré hace ocho inviernos—. Y cada vez que vengo al gym, me encuentro con esas vidas que no quise o no pude tener. Hay que verlos: su testosterona se mezcla con las ansias competitivas. Son líderes. Son protagonistas del cambio. Tienen mi edad y ya piensan en el depa propio, revisan revistas de autos para ver cuál comprarse con el crédito preferencial que la empresa les facilita, son sujetos de crédito, beneficiaros directos del boom. Pero claro, también tienen grasa y paltas de autoestima. Por eso coincidimos, mirándonos de lejos, intercambiando (frías) mancuernas.

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