Abril 2009
30
2009

Foto: loungerie
La gripe porcina no ha creado ni el menor asomo de pánico entre los miembros del gimnasio al que voy. El miércoles, mientras por radio y televisión el ministro de Salud anunciaba el primer caso de AH1N1 en el Perú (luego tuvo que desmentirlo), la gente seguía en el gym mirándose los bíceps, doblando el dos el cuerpo para hacer el abdomen más duro, lanzando ruidos orgásmicos al levantar pesas. El gimnasio estaba lleno. Nada de precauciones o sobresaltos. En un momento, algunos voltearon al ver estornudar a Johan, pero inmediatamente el buen trainer se llevó el grueso brazo a la cara (sonrisa), demostrando ser un aplicado seguidor de las recomendaciones sanitarias.
No hay influenza a la vista. Aparentemente, lo único porcino aquí siguen siendo ciertos hábitos.
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Vida gym27
2009

Foto: Kaptain Kobold
Pietro es muy distinto a Johan. Tiene músculos, pero también formación universitaria y sentido del humor simbólico-verbal. No me llama “campeón”, cosa que agradezco. Además, es un abierto enemigo de los adictos al gimnasio, a quienes considera gente enferma. “Si entre salir con los amigos y el gym eliges el gym, estás mal”, dice con serenidad mientras me sugiere que vaya al ambiente de la nutricionista y traiga un reporte de mi evolución. Han pasado dos meses desde que entré. Quiere ver en qué ando y empezar a chambear en mí.
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Vida gym21
2009

No hay instante más poético en el gimnasio que encontrarte con un viejo camarada que recordabas gordo y que casi no reconoces de lo flaco que está. Eso me pasó con Gonzalo, a quien solía ver en la universidad con camisas XL que le quedaban ajustadas y se mojaban de la transpiración (la gente gorda siempre parece estar agitada). Fue él quien me reconoció, yo tardé un poco. Nos saludamos y me contó brevemente su historia. El médico le dijo que tenía que bajar de peso o moría, más o menos (los médicos siempre saben decirlo con eufemismos), por eso había venido meses atrás. Ahora, era un hombre flaco y tenía en la mirada una arrogancia que le desconocía. Alternamos una máquina de pesas. Dijo que ya iba a acabar, pues pronto empezaría su clase de spinning.
—¿Tú no entras?
—¿Yo? No. ¿Spinning?
—Qué. ¿Nunca has ido?
—No, jamás. ¿Qué tal?
—Llevo cuatro meses aquí. Nada se compara al spinning.
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Vida gym16
2009

Foto: mrflip
Un día, cuando aún no empezaba a hacer la serie Vida Gym del blog, recibí este mensaje en el Facebook. Era una lectora que yo no había visto nunca, pero que al parecer me había leído con atención, al punto de reconocerme (no soy un hombre público):
“Te he visto tres veces este año. Me gusta mucho lo que escribes. Pero me pareció raro verte en el gimnasio. No fuiste tú el que escribió algo sobre por qué no te gustaban los gimnasios? No recuerdo bien dónde lo leí pero terminaba así como "escúchenlo bien chicas lindas: cien horas en el gimnasio no les darán una sonrisa como esa"”.
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Vida gym12
2009

Hacía años que no veía a Rocío, mi prima hermana que un día se volvió modelo y echó a volar. Tenemos casi la misma edad. De adolescentes, solíamos correr por los verdes jardines de su departamento familiar en Jesús María. Siempre dijeron que nos parecíamos harto, pero ella es muy guapa como para creer que eso es cierto. Los parientes se extravían, hacen sus vidas, luchan sus batallas y emprenden en sus viajes, así que sin darnos cuenta pasamos seis años sin vernos. Hasta que el Facebook me llevó directamente hacia una imagen suya. Era una imagen insólita, rara. Ella lucía su cuerpo ganador en un podio de mujeres musculosas. Era un concurso de body fitness. Entendí entonces que de algún modo ahora estábamos nuevamente emparentados. Decidí escribirle. Una semana después, nos encontramos para tomar un lonche sano, bajo en calorías.
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Vida gym06
2009

No sé por qué, en un mundo en que está muy claro que no le importas a nadie —y que la confianza excesiva puede llevarte directamente a un embargo judicial—, la gente se entrega tan rápido a los brazos de un personal trainer. Vean por ejemplo a Johan, que ahora se pasea por el gym mientras todos se arremolinan en torno a él solo por un minuto de su tiempo y sus consejos. Y él da respuestas breves pero concisas y ellos acatan las indicaciones presurosamente, dóciles, como los practicantes de una gran firma que son felices sacando fotocopias y sellando huevadas porque, en el fondo, creen que lo que hacen cambiará sus vidas.


