
Arde, papi
A veces la televisión es alta sociología y dice más de nosotros que una conversa chelera entre Julio Cotler y Nelson Manrique. Son momentos de honestidad brutal que debemos atesorar en el recuerdo como auténticas joyas. Una de esas páginas de la vida tuvo lugar la mañana del 26 de marzo de 2001, cuando la candidata Lourdes Flores apareció con su señor padre, César Flores, en las pantallas del 5. A los políticos no les gusta que los investiguen pero sí les gusta la tele: hace tiempo descubrieron las propiedades milagrosas de un enlace microondas bien negociado con algún canal amigo. Dada su apariencia espontánea, la microondas con cámara a domicilio es la mejor vía para infundir en las masas esa ilusión del político como hombre común, o sea, el padre de familia ejemplar que desayuna tamales o la mujer exitosa que departe con su papito: armonía familiar en estado puro, risitas. Todo iba conforme a lo planeado, Lourdes habló con fluidez y dijo lo suyo. Pero los planes se arruinaron cuando papá decidió abrir la boca: “No voy a hablar del auquénido de Harvard”, soltó refiriéndose a Alejandro Toledo. Y después dicen que la película “Dioses” es exagerada.

El excéntrico entrañable
Kiko Ledgard había pasado toda su vida haciendo piruetas, encaramándose en techos sin arnés a la vista, volando mismo Tarzán con una liana, saltando elástico por encima de los pudores, convenciones y recatos de un mundo al que nunca ingresó totalmente: el mundo de los adultos. Su época no era propicia para salir a un estudio con manga corta y jeans, pero en todas las imágenes de archivo, su esmoquin parece siempre a punto de estallar, arrugado y diminuto en un cuerpo demasiado propenso a moverse. Ledgard pertenecía a una categoría que hoy casi no existe: la del hombre de múltiples aficiones que prueba varias vidas (fue campeón de box, atleta, publicista) y termina en la televisión por casualidad, con la única arma de la energía interior. Así, como jugando, el ex boxeador se convirtió en un peso pesado de la pantalla. Pero en mayo de 1981 ese mismo espíritu chonguero, ese afán de cometa a la deriva, nos daría uno de los pasajes más estremecedores de la historia de la televisión peruana. La última pirueta de Kiko. Su caída y su silencio.

Todo por dinero
Seamos justos: Laura en América fue un programa legendario. La fina construcción de sus escenarios, la doméstica hondura de sus entuertos, la procaz ironía de sus diálogos, la indigencia documental de sus invitados, los llantos precisos, el milimétrico control de los tiempos de cada una de las rabietas de la conductora, la ira incontenible, todo eso era el insumo de una producción que dio al Perú y a su gente la oportunidad de ser famosos en más de veinte países. Porque no hay que ser mezquinos, Laura fue célebre y nos puso en el ojo del mundo. Hasta en la Cuba de los hermanos Castro circulan hoy DVDs que compilan los mejores episodios de un programa que, como una gran terapia en vivo, logró que los peruanos sacaran a flote sus más íntimas paltas. El sábado 27 de noviembre de 1999, Laura Bozzo no hizo más que confirmar esa vocación por la antropología en vivo. “Haría cualquier cosa por dinero”, se llamó el episodio. Casi nadie ha podido olvidarlo.

El día que apareció la Señito
En 1987 la televisión local era como vieja quinta: prendías el aparato y te encontrabas las caras de siempre. Roxana Canedo te despertaba a las seis de la mañana con las noticias (malas), luego Club 700 y su moralina, a las once la cocina de Teresa Ocampo en el 4 y al mediodía la repetición de La casa de enfrente, previo paréntesis con el Hermano Pablo e himno nacional de rigor. Así parecían divertirse las amas de casa entonces. Pero el miércoles 28 de octubre de ese año iba a ocurrir algo inesperado. “Se lanza Aló Gisela” fue todo lo que dijo El Comercio ese día, en la pequeña página de RADIO / TV. Eran pocas palabras para un fenómeno inmenso.