
La embarcación se acerca a la Estatua de la Libertad. Hay un alboroto. El yate —tres pisos— contiene a los nuevos alumnos de los diversos programas de graduados que empezarán a asistir a New York University en el otoño. Algunos traen su fotocheck. Deben ser más de cien, todos con cervezas y sonrisas y ganas de hacer amigos y amigas, you know what I mean. Hay música a todo volumen, esto es una fiesta sobre el río Hudson. Hay un DJ. Entonces empieza a sonar Billie Jean de Michael Jackson y todo el mundo delira porque Michael era tan grande, tan virtuoso, tan mágico, tan él, que ya no importa si tuvo nariz o solo una prótesis: es la leyenda más nueva en el frondoso escaparate nacional. Disfrutémosla. El yate avanza y la estatua de la libertad aparece más cerca que nunca, con su antorcha que ya se enciende porque casi es de noche y al caer la noche Manhattan se ilumina toda. Los parlantes retumban... Billie Jean is not my lover / Shes just a girl who claims that I am the one… La estatua es tan grande que todos la miran y la saludan: levantan la mano derecha como diciendo “chócatela” y gritan “huuuuuuuuu” de esa forma en que se rinde pleitesía a una estrella de rock… But the kid is not my son / She says I am the one, but the kid is not my son... Michael Jackson, la Estatua de la libertad, las cervezas, las cámaras digitales.
La estatua de la libertad pesa 225 toneladas. Michael Jackson pesa más o menos lo mismo. No es casual que coincidan.
(Esto es USA, pues, no se les olvide).
Pronto llegaré de vuelta a Harlem, Manhattan, donde estoy viviendo desde hace unos días. Subiré al metro y aprovecharé para hacer una de las cosas que más me gusta y que aquí puede hacerse sin problema: hablar conmigo mismo en voz alta. Teniendo una idea previa excesivamente ruda acerca de NYC, he sido muy rudo con la gente que ha venido a pedirme ayuda, a preguntarme qué línea del metro lo lleva a donde quiere ir: “I really have no idea”, he dicho fuerte, claro, sin mirar. Hoy manejé bicicleta (Lima’s style!) Hace dos días pedí una pizza por primera vez. Ya saben, la pizza de NY, ohhh. Grande y con Coke zero. Cuando trataba de explicarle al encargado que quería solo un “slice”, no una pizza entera él alzó la mirada y entonces vi en sus ojos el gesto inequívoco de un cómplice: el hombre hablaba español. Él de México, yo de Perú. Sonreí y le dije que quería una de pepperoni sin pollo. Afuera, un auto de la policía (NYPD) pasaba lento, una mujer negra caminaba con headphones rojos que parecían campanas y una rubia atravesaba el firmamento de mi espacio visual en patines. Las botas de otoño le van ganando el lugar a las sandalias gladiadoras (que se resisten a pasar de moda). Las balerinas ya fueron…
Les contaría más pero es tiempo de hacer un alto. Una pausa.
Empecé este blog el 27 de marzo de 2007 y lo hice abordando un tema que algunos recuerdan: la combi. No me parecía un buen asunto cuando me lo propusieron, admito que el editor web tuvo que convencerme. El primer post, titulado “I love my combi”, llegó a los 70 comentarios y en esos días iniciales todavía recuerdo haberle hecho a mi amigo Renato Cisneros una pregunta ingenuamente competitiva: “¿Qué tal van tus comments?” (con el tiempo, el blog de Renato sería un megafenómeno de proporciones industriales). ¿A qué voy? A que desde entonces, Santa Lima no se ha detenido. Han sido diez temporadas como uno de los tres blogs de autor más leídos de El Comercio, cosa que agradezco y que ha sido el principal impulso para seguir (no mantendría un blog sin lectores).
Pero es momento de parar. Debo guardar silencio y dejar de escribir, al menos un tiempo. ¿Volveré? No podría asegurarlo, en todo caso, no depende solo de mí.
Las circunstancias han cambiado.
Para no ponerme triste, paso a utilizar el registro de un futbolista local mirándolos a la cámara: agradecer a toda la hinchada que me sigue, nosotros nos debemos a ustedes, lo que más quiero yo cada semana es llevar una alegría a toda esa gente, uno prácticamente se frustra cuando las cosas no salen pero yo pido paciencia, y a esos que insultan les diría que sean más concientes, que se pongan la camiseta y empujar, empujar, empujar…
—Excuse me, ¿Ya terminó?
(Está bien que sea NYC, pero una pizzería no es un café Internet).
Adiós. Dejo tres videos que, por diversos motivos, me tocan especialmente en este momento.

El otro día salí a almorzar con unos amigos de Cosas, la revista en donde estuve trabajando a medio tiempo para hacer caja chica —tarde me he dado cuenta de la fórmula mágica para hacer dinero: chambear—. A alguien se le ocurrió comer un cebiche y a todos nos pareció una buena idea. Fuimos a Don Bigote, en Miraflores. Mientras miraba la carta, me di cuenta de que estaba a punto de darle curso al que, muy probablemente, era mi último cebiche. Lo pedí mixto. Lo comí con devoción y placer, con su canchita más. Alguien —creo que fue mi amigo Gabriel— pidió una chela y no me opuse. En eso, en la acera, un grupo se puso a tocar la guitarra y el cajón (ustedes me entienden). Las lágrimas por el ají se confundieron con unas anticipadas lágrimas de nostalgia. Dios, qué rico se come en esta ciudad horrible. Qué deliciosos son esos valses de letras tan malas.
Así que, como para preparándome psicológicamente, haré un recuento de las cosas que comí en estas últimas semana en Lima. Son platos cotidianos que aquí tragamos como si nada, pero que no encontraré en Nueva York (o no tendré el dinero para comprarlos si los veo).
No es que hiciera un esfuerzo particular por comer estos últimos bocadillos. Simplemente, viví como lo he venido viviendo en los últimos años. Veamos. Sanguche de jamón del norte en el Juanito de Barranco (martes, 10.48 p.m.). Arroz con pato en el Señorío de Sulco. Tiradito con salsa de ají en la fiesta de cierre del festival de cine (sábado, 9.30 p.m.). Sánguche de Lomo Saltado en el Café Café (miércoles, 1.10 p.m.). Arroz chaufa en uno de los chifas de por mi casa (vivo por Aramburú, hay como veinte pero recomiendo el que está al lado del Caldo de gallina donde, por cierto venden un lomo saltado espectacular). Una puka picante preparada por Magaly Solier (jueves, 4.30 p.m.). Una hamburguesa a lo pobre en el Bembos de Larco. Una empanada de tamalito verde en Tanta de Reducto. Un sánguche de chicharrón oriental en La Antojería.
La carapulcra de mi tía Sonia (no Sonia la del restaurante, mi tía de verdad) en mi despedida.
Y ahora, a poco menos de dos horas de partir, aparece en la mesa un pollo a la brasa. Estoy en el aeropuerto Jorge Chávez. Es el último banquete con sabor nacional. Hay chicha morada en vasitos. A lo lejos, una voz anuncia mi vuelo.
Es la hora.

Me quedé picón, con ganas de darlo de nuevo. A diferencia del Toefl, que es un engorroso test de dominio de inglés, el GRE te desafía. Es como volver a dar un examen de ingreso: razonamiento verbal, razonamiento matemático y un par de ensayos hechos a la velocidad de la luz (media hora). A mí NYU no me pedía un gran puntaje pero cuando empecé a revisar los materiales de preparación me dije: sí se puede. Es cierto que la parte de matemáticas ahuyenta a muchos de mis colegas del mundo de las letras, pero ahí tenía yo una ventaja oculta: estudié ingeniería de sistemas dos años. Nunca tuve problemas con el Cálculo y el Álgebra Lineal. De hecho, pasé esos cursos a la primera. Siempre me divirtió encontrar el ángulo beta, el segmento X, la cantidad de horas que necesitan tres hombres para cavar una piscina de Z metros cúbicos si dos lo hacen en 8 horas 20 minutos 45 segundos; siempre tuve claro que (a+b) (a-b) es aa – bb y que la perfecta diagonal que corta en dos un cuadrado de lado X, es X√2.

Desde que me enteré que me voy a Nueva York, soy adicto al Google Earth. Como muchos, había descubierto este navegador varios años atrás y siempre me divertí detectando cosas, por ejemplo, las manchas azules que eran prueba irrefutable de la existencia de piscinas en la clasemediera cuadra en la que vivo, la chacana perfecta que dibujan los cuatro edificios principales de la residencial San Felipe, las medialunas verdísimas de Parque Sur y Norte, los 67 cuadraditos negros que describen las losetas del Jirón de la Unión —que uno pisa sin reparar en su forma—, el Estadio Nacional y la palabra PERU pintada en Oriente; cada una de las casas de mis ex novias (sus tejados borrosos, ¿habrán estado ellas allí cuando el satélite capturó la imagen?). En fin: el GE puede volverte un zángano. Pero recién cuando mi viaje se hizo inminente entendí el verdadero poder del divertido programa. Para empezar, en Manhattan casi todos los edificios tienen proyección 3-D y fotografías de 360 grados, lo que permite hacer una caminata virtual por la ciudad, observar sus fachadas y hacerse una idea vaga de su atmósfera. Al recibir mi carta de aceptación no tenía la más remota idea de la ciudad, ahora sé qué a pocas cuadras de donde viviré está la catedral de St. John the Divine, que por allí hay una estación de metro donde pasa la línea B, y que esa línea me deja a una cuadra de la universidad.

Foto: twiga269 ॐ FREE TIBET
Por momentos, me siento como cuando tenía 14 años y estaba por salir de La Paz y venir a Lima a vivir, dejando a mis padres y hermanos. Yo quería terminar los dos últimos años de colegio en Perú, pues pensaba que eso me dejaría mejor preparado para la universidad. Mi padre dijo que era muy chico para irme. Mi madre, en cambio, aprobó el viaje. Luego de múltiples preparativos, las últimas semanas recuerdo haberme hecho la misma pregunta que ahora me hago: ¿por qué me voy? Una noche antes de tomar el avión para Lima, fui a mi primera fiesta de quince años. Vi a mis amigos por última vez. Dormí con tristeza. Al día siguiente, estaba en Lima, en la casa de mi tía, en la misma habitación en la que he vivido todos estos años. Las fotos que tengo de mi familia en mi mesa de escritorio son las que me traje en esos días de nostalgia. Han permanecido intactas. En esas fotos, mi hermano menor tiene cinco años y, la menor, tiene tres. Ahora, él tiene 21 y ella, dieciocho. Llegaron a vivir a Lima hace cuatro años con toda mi familia y, aunque no vivo con ellos, trato de recuperar el tiempo perdido yendo a casa con frecuencia, llevándolos al cine, tomando lonche los domingos, recogiendo a la menor de sus cada vez más madrugadoras fiestas.
En el verano de este año, mi hermano se fue a trabajar tres meses a los Estados Unidos. Cargaba maletas en un lujoso resort de sky en Colorado. Cuando tomó la decisión de irse, me di cuenta de que ya no era un niño (hace mucho que no lo era). De algún modo, supe que era el momento de irme de nuevo. Tengo claro que me llevaré las mismas fotos.
(La imagen que está arriba corresponde a La Paz, bella ciudad en la que viví siete años).

La taza de Land Rover que mi tía me trajo de Inglaterra y en la que debo haber tomado 1,672 cafés desde que empecé a escribir. La cafetera italiana express que mi padre me compró en La Habana cuando cumplí 19. El diccionario Cambridge del estudiante que usé para pasar el Toefl. El morral rojo marca Crumpler que mi hermana me trajo de Australia. Mi toalla de Mickey Mouse. Mi llavero de radio Planeta. El edredón de plumas que de tan chico no alcanza para dos (¿te acuerdas, guapa?). Mi viejo pasaporte (foto de chibolo y visa Schengen negada). Mi cargador de pilas. Mi Ventolín. La navaja suiza que tengo desde la Navidad de 1989, con la que armo y desarmo cosas (cada vez desarmo menos cosas, no sé por qué). El recetario Nicolini para hacer el ridículo. Los retratos de mis cuatro hermanos. La bandera del Perú. La camiseta de la U. Un disco criollo.
Creo que no estoy haciendo una lista de objetos. Sospecho que lo que busco es llevarme sensaciones como si pudiera encerrarlas en frasquitos. Retazos de una vida que siento alejarse.

Cuando revisé los requisitos para estudiar en la Universidad de Nueva York, me enteré de que tenía que dar el TOEFL y el GRE. Fue una terrible noticia que casi me hizo desistir de cualquier plan. Mi relación con el inglés nunca ha sido buena. En el colegio donde estudié, Los reyes rojos, no enseñaban la segunda lengua, supongo que por ese asunto de evitar la alienación (en mi época, tampoco dejaban llevar zapatillas de marca o relojes caros). De manera que a los 16 años descubrí que apenas si sabía conjugar el verbo to be. Al terminar el cole, estudié en el Británico de la bajada Balta. Era un curso madrugador y superintensivo, de siete a diez. Me quedé hasta terminar el nivel básico solo porque me enamoré de la hija de la señora que atendía en la cafetería. Yo tenía 17. Ella, 15. A ella no la olvido hasta ahora. Lo poco de inglés que aprendí, en cambio, lo olvidé al toque.

Foto: Kahunapulej
Estoy en la cola de las ilusiones. O de la desesperanza. Son las seis y media de la mañana y ya hay gente que se aglomera en la puerta cargando formularios, fotocopias, sobres amarillos. Los pasaportes guindas se asoman bajo la garúa. Nunca he viajado a Estados Unidos, así que es la primera vez que vengo a este bunker. Desde que recibí la carta de aceptación de New York University, he estado completando el ineludible papeleo para obtener la visa F-1. Perdí la cuenta de los envíos que hice por DHL. Los formularios me marearon al principio. Luego fui entendiéndolos y creo llegar con todo lo que necesito.
De todos modos, estoy nervioso.

Foto: Malias
Tengo algo que decirles y no veo mejor lugar para hacerlo que el sitio donde estoy parado: en la sección maletas del emporio comercial más querido de la ciudad. He pasado una hora viendo maletas, abriéndolas, tocándolas, oliéndolas. La mayoría son chinas. Todo viene de China: lo firme y lo bamba. Necesitaré una grande, supongo. ¿O no? No lo sé. Las cosas han ocurrido muy rápido. Pero de eso les hablo en un rato. Ahora estoy aquí, escuchando la exposición de un vendedor tenaz. Los globos rojos y blancos todavía adornan este centro comercial con P de Perú, P de patria y P de Polvos. El local está reventando.
—Golpea aquí.
Dice Giovanni luego de abrir una maleta verde marca Aeromax. Quiere que golpee con fuerza para que yo mismo vea que aquel es un producto de calidad, que no se rompe, que resiste al impacto de las otras maletas que le caerán encima. Me gusta la forma que tiene de vender, de afanarse, de abrir las maletas baratas en dos para mostrarme los puntos débiles y compararlos con esas mismas partes en las maletas caras. Me ha mostrado una maleta aparentemente sólida que tiene las paredes de tripley. “El tripley no se ve porque está detrás del forro. Que no te vayan a engañar”, me dijo mientras pelaba la fina lámina y dejaba ver la madera beige. También me dijo que en las buenas maletas las ruedas son de silicona y en las malas, de plástico. Y que es mejor mirar por dentro si la estructura está con tornillos. No hay nada como los tornillos.
Como casi todos en esta sección de Polvos Azules, Giovanni tiene varias marcas de maletas y, con frecuencia, tiene en stock la misma marca en versión bamba y en versión original. Te muestra ambas. Te invita a descubrir las diferencias (como en esos juegos de la sección amenidades de los periódicos). Le divierte ir mostrándotelas, poco a poco.
No me decido. Sospecho que las marcas “originales” también tienen algunas trampitas escondidas en su estructura. Pero claro, Giovanni no me va a mostrar esos defectos. Su sabiduría es selectiva.
Pero ustedes haciéndose hace rato la misma pregunta: ¿Qué hago buscando maletas?
Bueno, les cuento. Tengo en mi bolso la carta que recibí por correo postal hace unas semanas, una carta que me obliga a cambiar el tono de este blog (pues ha cambiado el tono general de mi vida):
“I am delighted to tell you that you have been acepted as a Master of Fine Artes candidate in the Department of Spanish and Portuguese Languages and Literatures…”
O sea, me aceptaron. Estudiaré becado dos años en una universidad de la Gran Manzana. Pasaré todo ese tiempo escribiendo cosas que hace mucho quiero escribir. Seguiré talleres literarios y me mantendré gracias a un estipendio mensual. Así que, si todo sale bien, me voy en algunas semanas a Nueva York. Debo encontrar donde vivir en Manhattan, una ciudad que apenas he atisbado gracias a la literatura, y que solo visto en el cine. Hanna y sus hermanas. El Padrino. Mi pobre angelito 2. Spiderman...
—Llévatela amigo. Te hago rebaja…
Giovanni me devuelve a la realidad. Me gusta una maleta, pero haré más consultas para no meter la pata. No sé nada de maletas. He pasado los últimos años viajando con mi Dionite negra. Pero esa es muy chica. Lo que sí sé —y me paltea saberlo— es que estar aquí buscando un contenedor de equipaje es una señal irreversible: la partida está cerca.
Bye bye, Polvos. Bye bye, Perú.

Muy de vez en cuando, a Polvos Azules llegan matones de verdad que hacen que los vendedores se asusten y atrincheren —los recuerdos del incendio del antiguo local aún sobresaltan a los más viejos—, pero eso ocurre poco. Mucho más frecuentes son los disparos virtuales y las explosiones gordas que suenan como relámpagos y hacen un montón de fuego líquido dentro de las pantallas LCD preciosas, carísimas. Ahora, el ruido de la guerra —o la guerrilla— me lleva hacia el pasaje 7. Allí están los chibolos y los no tan chibolos, sentados largamente en el trono del vicio como quien se sienta en un water. Viéndolos así, uno podría decir que antes de empezar ya se anotaron una victoria: han encontrado una vida y tienen el control.
En el local hay cinco PlayStation 3 encendidos debajo de las pantallas líquidas. Si uno de los Play se malogra, es reemplazado inmediatamente y el aparato averiado pasa a revisión técnica. La operatividad de los equipos está garantizada. Ciertas cosas en el Perú funcionan bien.
—Chesumadre.
El tipo tiene unos 30 años, lleva un rapado militar en la cabeza y ahora dispara a los malos. Viste un pantalón caqui camuflado y con manchitas, como el de los soldados gringos que conquistan desiertos. Su concentración me perturba (el ceño fruncido / la boca abierta). Se halla en una especie de azotea y se esconde detrás de una columna para que no lo mate una máquina voladora-aniquiladora-futurista. Solo se ve el arma. La metralleta del hombre es efectiva y muy moderna, parece haberla obtenido tras una progresiva acumulación de puntos, pero la pantalla está salpicada de sangre y no hay que ser un experto para darse cuenta de que, cuánta más sangre, más cerca está la muerte.
El tipo saca el lanzacohetes y hace pum, pero a la máquina voladora no le pasa nada. Vuelve a esconderse (el hombre virtual). Suda (el hombre real). Hay un resplandor (v / r). Luego, una gran mancha roja y todo se acabó. El tipo reniega, se amarra los zapatos y vuelve a empezar. Pide media hora más. El control del PlayStation brilla lustrosamente. Es la grasita.
Al lado, un niño con lentes se trepa a un helicóptero y desde allí dispara a terroristas mientras una mujer pasa corriendo con una bandeja de suspiros a la limeña. Esto es un sancochado. Imágenes virtuales y reales se alternan con demasiada frecuencia en Polvos, se salpican unas a otras. Más allá, otro niño con lentes determina la formación del Barcelona FC. Incluye a Messi. Me sorprendo al ver, muy cerca, a un adolescente abriendo fuego. Aquí todo el mundo comete asesinatos con el suave gatillo del adecuado botón ( ❍ ), pero lo que me asombra del muchacho es que su guerra sea en Marte.
Es cierto. Aunque la chica que trata de atraer clientes en el puesto de camisas de al lado no lo sospeche, Marte ha sido tomada por una corporación criminal. Esas dos cosas —estar en otro planeta y ser dominado por criminales— son motivos más que suficientes para justificar la matanza y la destrucción absoluta. Hay que liberar Marte y, de paso, dinamitarla. Tal es la premisa de Red Faction: Guerrilla. En una página web de aficionados elogian así al juego: “Si bien es cierto que se puede derrumbar edificios a base de martillazos, hay otra opción más contundente y pirotécnica; colocar un par de explosivos en el pilar maestro de una torre de comunicaciones cercana, de forma que ésta caiga encima del edificio, convirtiéndolo inmediatamente en escombros debido a su peso y velocidad”.
Al inicio del juego, un sello advierte: Blood Srong Language Violence.
El tipo de corte militar camina por las ruinas del planeta. Al parecer, está solo en los dos mundos, el virtual y el real. Camina y se esconde. Más tarde, me entero de que, en la aventura que está viviendo, le entregan un premio si llega a los 10 mil asesinatos.
Recientemente, todos los estados federales de Alemania coincidieron prohibir los juegos de video violentos, luego de una matanza protagonizada en el mundo real por un chico de 17 años. La idea de los políticos es acabar los juegos en los que “la temática principal sea asesinar de forma realista y cruel a personas”. Por supuesto, los chicos se quejaron: hay 56 mil pedidos de reconsideración en la web del Parlamento.
Yo no sé que tanto alboroto. En mi adolescencia, jugué Mortal Combat y Doom, o sea, arranqué la cabeza de mi enemigo —Fatality!— y usé una sierra eléctrica para cortar a mi prójimo. Y soy normal. Lo soy, ¿no?
Se hace tarde (en el mundo real). Messi se falla un gol y el niño protesta. La chica que vende camisas recoge las cosas para cerrar el quiosco. Llama a un amiguito, le sonríe, se meten en el puesto y cierran la persiana metálica hasta la mitad. Solo se ven sus piernas. Ella con balerinas, él con zapatillas Converse. Escuchan música en un mp3 con parlantes. Las ráfagas y las bombas no parecen llegarles.

Foto: David Tarazona
La muchacha del ganchito me intercepta y me roza con su mandil de plástico diciéndome que tiene arroz con pollo y lomito saltado, pase joven por acá. Sonrío, paso de largo y otra chica más joven y coqueta me dice que hay tacu tacu, siéntese amigo, y arrastra una diminuta silla de madera / de juguete. El viejo de la guitarra canta tonderos que no reconozco (me precio de conocer la música criolla, pero estos no los conozco) y lo acompaña un cajonero sentimental con lentes de poto de botella. El aire huele a cosas orgánicas fritas y a guisos ricos con jugos de cebollas gratinadas. Una tercera chica se acerca diciendo que hay cebiche de bonito, bonito así como usted. El cajón criollo truena. Mi estómago vacío, también.

Foto: Daniel Silva / Revista Etiqueta Negra
La actriz Magaly Solier no era tan famosa la primera vez que pisó Polvos Azules. Le habían hablado mucho del lugar, así que, un día, decidió salir de casa y venir hasta el emporio, sola. En eso, mientras caminaba por los pasadizos, encontró un puesto de películas y se asomó, intrigada por la contundencia animal de las imágenes en la pantalla del televisor. Magaly no sabía de la existencia del porno como género y el espectáculo la dejó paralizada (aunque no quitó la vista de allí). Era tan… real.

En Polvos Azules, hay mucho más porno del que uno podría consumir en la vida. Son DVDs que reposan en lúgubres puestos de venta, fríos y ardientes en su simpleza material (fantasía enlatada). Dar el paso de comprar esas películas puede ser toda una odisea, al menos para los que no nacimos con la sangre tan fría. La primera vez, tuve que merodear varios días seguidos antes de detenerme y acercarme y hacer click con la palabra mágica con que dos machos limeños —no estoy diciendo que yo lo sea, pero a veces hay que aparentar— rompen el hielo en la urbe: “Habla”. Estarán de acuerdo conmigo en que comprar películas triple equis no es lo mismo que comprar corazones de chocolate o medias Nike. Yo no tengo ninguna reputación que defender, soy un mañoso a tiempo completo, pero qué roche da elegir tetas —esta sí, esta no— mientras te ve todo el mundo.

La que ven aquí es la mascota de Polvos Azules. Su bicho insignia, su símbolo juguetón. Es también una muestra de que este centro comercial tiene una cúpula pensante que se encarga de darle a la organización una buena imagen (por si alguien lo dudaba). Polvos Azules posee razón social, sitio web y algo parecido a un equipo de prensa que redacta textos a favor de las múltiples causas del emporio. Es obvio que el insecto azul, aun cuando se trate de una burda imitación del protagonista del filme "Bichos", fue dibujado por un diseñador medianamente capaz. En la web, incluso se lo puede ver guiñando coquetamente el ojo, gracias a la magia del Adobe Flash (15 soles en Wilson).

Ocurrió hace cuatro años. Por entonces yo salía con una artista plástica de pelo muy largo, dientes de conejo y perenne parpadear en los ojos. Ella me trajo a Polvos Azules por mi cumpleaños, toda linda. Éramos jóvenes, arrogantes, felices y, por supuesto, teníamos poco dinero. El arte alimenta y el talento seduce: uno no necesita nada más. Así que vinimos aquí el día de mi santo y ella me dijo que escogiera una camisa (tenía un sencillo porque acababa de ganar un premio por un cuadro). Caminamos por pasajes largos y tupidos. En breve, se hizo evidente que ella conocía mejor el lugar que yo: de hecho, caminaba rápido, tan rápido que yo la perdía de vista. Ella manejaba la hipótesis de que una pareja de enamorados siempre es más vulnerable a los asaltos a mano armada pues los delincuentes aprovechan el vínculo afectivo, así que me instó a andar un metro detrás suyo (bienvenidos a Lima freak). Al final, me decidí por una camisa negra con rayas grises (ver foto), que se amoldaba bien a mi entonces flaco torso de chico andrógino. La tela tenía truco: la estirabas y volvía a su sitio original. La chica que vendía le llamó a eso stretch.

Foto: Musuk Nolte
Vaya, un solo post ha bastado para crear dos bandos: los defensores y los anti. Eso me gusta, por supuesto. Polvos Azules genera pasiones y fobias. Algunos acusan directamente a los hinchas de este centro comercial de ir por la vida con un negro parche en el ojo. Otros van a los hechos: compradores de San Isidro y Miraflores llegan en sus carrazos a este emporio comercial y luego dicen que compran en Hiraoka o Ripley, así que no nos hagamos los hipócritas. Hace algunos meses compré en Polvos mi nueva grabadora digital Sony. La mujer que me la vendió almorzaba cau cau mientras hacía la transacción. Dijo que no tenía la caja original, pues “esto llega así nomás joven”, así que tomó una bolsita transparente y puso allí el diminuto artefacto. ¿Y el manual de instrucciones?, pregunté y la señorita rebuscó por entre cartones y cajas y me dio una fotocopia (bastante bien encuadernada, hay que decir). Ni modo, me dije: al fin y al cabo, ¿quién lee los manuales?

Hace poco hice esta pregunta entre mis contactos de Facebook.¿Qué es para ti Polvos Azules? Nunca imaginé la cantidad y variedad de respuestas que recibiría. “Antes, casacas de cuero al alcance del bolsillo”, dijo una amiga del norte. “Lo mejor de Lima; y x lejos”, dijo una colega argentina que crea páginas web. “El mejor lugar para conseguir cualquier cosa a buen precio. Aunque ya ni tanto...”, dijo una estudiante de arquitectura y modelo profesional. “PARAÍSO para conseguir películas que nunca veré en pantalla grande”, dijo una diseñadora gráfica. “Lugar de peregrinación. Pero también, algo así como describió Lou Reed en Waiting for the men, donde parado en una esquina de Harlem esperaba al "hombre" que le traía la merca. En Polvos tengo mi dealer y mi rica merca: videos caletas”, dijo una periodista guerrera. “El lugar perfecto para salir de ignorante en cuanto a cine, y para comprar mis Hi Tec a 40% menos que en Ripley!”, dijo una redactora de Economía de este diario. “De acá a dos mil años será un lugar bíblico...”, dijo un ilustrador nada creyente. “Películas caletas”, dijo una abogada. “Eternidad”, dijo un hombre que se hace llamar Perro Black. “Utopía”, dijo Marco Sifuentes, amo y señor del ciberespacio, más conocido como Ocram.

Foto: Okko Pyykkö
Empecé a ir al gimnasio luego de una discusión con la que entonces era mi novia. Fue un rapto que no pude controlar, un impulso que, supongo, se mezcló con la crisis de los treinta. Luego nos amistamos y cuando le confesé que había comenzado a ir al gym, me miró con incredulidad y franca decepción. ¿Tú? ¿Para qué? “Tú no eres así, Juanma”, me dijo. Ella me había conocido leyendo este blog (una lectora ávida) y nunca había cuestionado algo tan pedestre como mi masa magra. Le parecía risible. Un tanto pretencioso. Banal.
Hoy he recordado eso al subirme a la balanza electrónica, siguiendo las órdenes de una menuda mujer con mandil blanco. Junio me pone nostálgico, la fina garúa de Lima es como el llanto de los depresivos: está allí pero nunca estalla en gotas gruesas, en aguaceros que desahoguen. Pietro me dijo que mi hiciera una medición para cambiar la rutina y yo solo espero que las largas horas de pedaleo tengan algún efecto en mi armazón corporal. No pago poco.
La menuda mujer del consultorio saca el ticket y me lo da. Lo veo con la premura de quien revisa un examen de admisión (o un test de Elisa).
El papel dice 70.5 kilos. He bajado cuatro desde la última vez (cinco en total desde que entré) pero el maldito porcentaje de masa grasa (que aparece, nítido, más abajo) solo descendió un punto: 24%. El doble del ideal.
Soy un cerdo.
Salgo del consultorio sin palabras, voy al vestuario, me quito el polo, me miro al espejo y me pregunto qué estoy haciendo en este lugar. Cierta voz resuena con el eco de los tiempos: “Tú no eres así, Juanma”. La verdad, el gimnasio me ha hecho bien a la salud, respiro mejor y me siento más saludable en general. Pero no tengo tiempo ni energía para dedicarle a mi cuerpo dos horas y media cinco días a la semana.
Así que se acabó, supongo. Haré como mi amigo el escritor: solo vendré para el spinning. Si hay tiempo, algo de pesas, pero nunca más pasaré en el gimnasio más de una hora al día. No vale la pena.
Salgo del gym con hambre. Tengo el ticket arrugado dentro mi puño. Lo miro una vez más mientras la garúa rebota en mis mejillas (Chabuca Granda dijo que la garúa de junio “besa”, pero yo no soy José Antonio). Instintivamente, camino rumbo al templo de la perdición, que no esta muy lejos. En lo alto de la construcción amarilla, un cartel dice Bembos.
—Deme una Mexicana grande y media docena de Cheese fingers.
No sé si mañana volveré al gym, sospecho que sí (tengo que mostrarle el ticket a Pietro), pero en lo que respecta a este blog, con esto termino. Adiós a la serie. Ha sido un gusto tenerlos una vez más como lectores.
Antes de irme, hago algunas confesiones de esta temporada.
1. Durante todas las clases de spinnig, me he dedicado a mirar tetas, con fruición y detenimiento. Sin ese estímulo, creo que no llegaría a la meta.
2. Nunca me di un duchazo en el gym. Vivo demasiado cerca y odio estar calato en lugares públicos.
3. Me “pegué” tanto con el tema de los músculos que usé el premio Cemex Nuevo Periodismo —un pesado trofeo de cemento que gané en calidad de finalista— para hacer bíceps, alternadamente.
4. Compré un par de revistas especializadas en músculos e imité sus ejercicios.
5. Hice abdominales en mi cama.
6. Fracasé en el intento de usar esferas gigantes. Me caí de una un par de veces.
7. Tuve calambres cuatro veces haciendo spinning. Dolieron.
8. Más de una vez, alguna mujer me corrigió porque ejecutaba mal los ejercicios de bíceps con pesas.
9. Utilicé el sexo con explícitos fines aeróbicos.

Pietro me mira y me dice que he bajado de peso, que ahora es tiempo de pensar en una rutina para subir agresivamente la masa muscular. Me toco la barriga y soy feliz. Paso los siguientes minutos subiéndome y bajándome el polo frente al espejo de la zona de mancuernas. Así se hace, pienso. Pero en eso se aproxima Johan, mi ex trainer gigantón, y al verme exclama: “¡Asu, cuánta chela!”. Lo miro atónito, con un desconcierto que rápidamente se convierte en odio. ¿Qué se cree para decirme esas cosas? Aunque sus palabras me duelen, continúo con el polo dignamente subido, como para que mire bien y no lance conclusiones apresuradas. Al ver el reflejo, me parece obvio que mis abdominales se marcan (aunque también es posible que esté viendo lo que quiero ver, del mismo modo en que uno detecta conejitos y espirales en las nubes). Johan insiste en despreciar mis tejidos. Como para que me quede claro su punto, se para a mi lado y se levanta él el polo.

Foto: akeg
Supongo que si mi vida hubiera sido lo que mis tías anhelaban, hoy yo sería un yuppie con fotocheck, seguro, cts, utilidades, metas cumplidas, camioneta y una tarjeta de cartón en la que mi nombre impreso (el apellido familiar) se recostaría, límpido, sobre la palabra GERENTE. A los treinta, debes haber obtenido ciertas cosas. Pero fracasé: no tengo auto ni trabajo estable, carezco de propiedades y ando por la vida con un talonario de recibos al que se le doblan las esquinas de tanto apachurrarlo en la casaca —la misma Benetton de gamuza negra que me compré hace ocho inviernos—. Y cada vez que vengo al gym, me encuentro con esas vidas que no quise o no pude tener. Hay que verlos: su testosterona se mezcla con las ansias competitivas. Son líderes. Son protagonistas del cambio. Tienen mi edad y ya piensan en el depa propio, revisan revistas de autos para ver cuál comprarse con el crédito preferencial que la empresa les facilita, son sujetos de crédito, beneficiaros directos del boom. Pero claro, también tienen grasa y paltas de autoestima. Por eso coincidimos, mirándonos de lejos, intercambiando (frías) mancuernas.

Arriesgándome a quedar en ridículo, un día acordé con mi amigo Américo Luna meternos juntos a una clase de spinning. Américo es adicto al pedaleo y es escritor, un nabokoviano para ser más exactos, o sea, es amante de los detalles y de la búsqueda de la prosa perfecta. Es también un hombre discreto al que no le gusta andar por allí divulgando esta desconocida y aeróbica faceta de su personalidad (eso es de escritores frívolos, me dice con la mirada). De modo que adivinaron: Américo Luna no es su verdadero nombre. Hace tiempo que quería llamarlo. Pero no quise hacerlo hasta por lo menos haber conseguido terminar una clase entera con cierta dignidad. Américo hace spinning cinco veces a la semana hace varios años.

Hoy me acordé de Constantino Carvallo, el director del colegio en el que terminé la secundaria. Era un hombre público —escritor iluminado, maestro sagaz, filósofo a tiempo completo— así que es probable que sepan de él por la prensa. Pensé en Carvallo mientras hacía sentadillas en el gym. Me explico. Mi trainer ha incluido sentadillas en mi nueva rutina, por eso tuve que doblar las piernas hasta abajo una y otra vez. En ese momento, recordé de golpe cuánto odiaba las clases de educación física en Los Reyes Rojos. Y lo recordé a él, a Constantino, haciéndonos saltar como batracios. Su cara de malo. Su voz áspera. Su rigor.

Foto: Roberto Rizzato
Se llama Rubén, tiene unos cincuenta años y es médico. Va a por lo menos dos clases de spinning cada día, y siempre se mete unas pastillas misteriosas antes de entrar. Chorrea como un litro de sudor en el piso, es un charco transparente tan grande que en él aparece su reflejo invertido. En cada sesión, lleva sus zapatillas duras en la mano y una funda para el asiento de la bici. "Es la funda prostática”, dice. Yo no entendí al principio. Pero luego recordé a una antigua amiga que hace años me metió en el ciclismo. Ella me comentó que si montaba bici con mucha frecuencia tenía que ponerle un asiento especial. Por la próstata. Hay que cuidar la próstata: el asiento de la bicicleta aprieta la entrepierna y machuca tus órganos. Con el tiempo, orinas raro.

Fueron días de infierno, de charcos de sudor en el piso y de piernas temblando como un diapasón. Recién evoco esos episodios hoy, cuando la vergüenza se ha disipado un poco. En el gimnasio siempre tienes la oportunidad de hacer la finta, poner peso pluma en las máquinas, convertir la serie de 30 en serie de 20. Pero en la sala de spinning no hay forma de evadir el deber. No hay escapatoria porque siempre habrá alguien vigilándote. Sigamos con el recuento de algunos de los profesores de esas terribles primeras clases.

Como ya dije antes, el spinning me daba miedo, un miedo a lo desconocido muy similar al que me sigue causando, por ejemplo, la maratón Nike o la demencial práctica del “puenting”. Pero me convencieron de practicar spinning de la misma forma en que te convencen de beber alcohol o tener una Macbook: dijeron que lo iba a disfrutar tanto que, una vez que lo probase y viera los efectos, nunca podría volver atrás. Dijeron que era tan cool.

Foto: semihundido
La ley impone límites injustos al homicidio en defensa propia: uno no puede matar con un puñal a un hombre que lo está atacando si ese hombre no tiene, a su vez, un puñal. Uno no puede pegarle un tiro a un agresor a menos que ese hombre tenga también una pistola. La ley prevé estas restricciones en aras de la equidad, pero olvida algo: una cosa es un hombre común desarmado y otra cosa es un hombre con los pectorales de Robocop, un hombre grande e indestructible… como Johan. ¿Qué haces si un tipo así te ataca? ¿No hay una evidente desproporción? ¿El exceso de músculos no es una forma de arsenal? ¿Andar así por la vida no es como estar armado? Desde que vengo al gimnasio, me hago con más frecuencia estas hondísimas preguntas. Porque resulta que, aun en 2009, con la civilización, el iPhone y todo eso, la fuerza pura determina la forma de relacionarnos.

Foto: loungerie
La gripe porcina no ha creado ni el menor asomo de pánico entre los miembros del gimnasio al que voy. El miércoles, mientras por radio y televisión el ministro de Salud anunciaba el primer caso de AH1N1 en el Perú (luego tuvo que desmentirlo), la gente seguía en el gym mirándose los bíceps, doblando el dos el cuerpo para hacer el abdomen más duro, lanzando ruidos orgásmicos al levantar pesas. El gimnasio estaba lleno. Nada de precauciones o sobresaltos. En un momento, algunos voltearon al ver estornudar a Johan, pero inmediatamente el buen trainer se llevó el grueso brazo a la cara (sonrisa), demostrando ser un aplicado seguidor de las recomendaciones sanitarias.
No hay influenza a la vista. Aparentemente, lo único porcino aquí siguen siendo ciertos hábitos.

Foto: Kaptain Kobold
Pietro es muy distinto a Johan. Tiene músculos, pero también formación universitaria y sentido del humor simbólico-verbal. No me llama “campeón”, cosa que agradezco. Además, es un abierto enemigo de los adictos al gimnasio, a quienes considera gente enferma. “Si entre salir con los amigos y el gym eliges el gym, estás mal”, dice con serenidad mientras me sugiere que vaya al ambiente de la nutricionista y traiga un reporte de mi evolución. Han pasado dos meses desde que entré. Quiere ver en qué ando y empezar a chambear en mí.

No hay instante más poético en el gimnasio que encontrarte con un viejo camarada que recordabas gordo y que casi no reconoces de lo flaco que está. Eso me pasó con Gonzalo, a quien solía ver en la universidad con camisas XL que le quedaban ajustadas y se mojaban de la transpiración (la gente gorda siempre parece estar agitada). Fue él quien me reconoció, yo tardé un poco. Nos saludamos y me contó brevemente su historia. El médico le dijo que tenía que bajar de peso o moría, más o menos (los médicos siempre saben decirlo con eufemismos), por eso había venido meses atrás. Ahora, era un hombre flaco y tenía en la mirada una arrogancia que le desconocía. Alternamos una máquina de pesas. Dijo que ya iba a acabar, pues pronto empezaría su clase de spinning.
—¿Tú no entras?
—¿Yo? No. ¿Spinning?
—Qué. ¿Nunca has ido?
—No, jamás. ¿Qué tal?
—Llevo cuatro meses aquí. Nada se compara al spinning.

Foto: mrflip
Un día, cuando aún no empezaba a hacer la serie Vida Gym del blog, recibí este mensaje en el Facebook. Era una lectora que yo no había visto nunca, pero que al parecer me había leído con atención, al punto de reconocerme (no soy un hombre público):
“Te he visto tres veces este año. Me gusta mucho lo que escribes. Pero me pareció raro verte en el gimnasio. No fuiste tú el que escribió algo sobre por qué no te gustaban los gimnasios? No recuerdo bien dónde lo leí pero terminaba así como "escúchenlo bien chicas lindas: cien horas en el gimnasio no les darán una sonrisa como esa"”.

Hacía años que no veía a Rocío, mi prima hermana que un día se volvió modelo y echó a volar. Tenemos casi la misma edad. De adolescentes, solíamos correr por los verdes jardines de su departamento familiar en Jesús María. Siempre dijeron que nos parecíamos harto, pero ella es muy guapa como para creer que eso es cierto. Los parientes se extravían, hacen sus vidas, luchan sus batallas y emprenden en sus viajes, así que sin darnos cuenta pasamos seis años sin vernos. Hasta que el Facebook me llevó directamente hacia una imagen suya. Era una imagen insólita, rara. Ella lucía su cuerpo ganador en un podio de mujeres musculosas. Era un concurso de body fitness. Entendí entonces que de algún modo ahora estábamos nuevamente emparentados. Decidí escribirle. Una semana después, nos encontramos para tomar un lonche sano, bajo en calorías.