
Cuatro semanas y tres días. Eso fue lo que duró mi dieta. Solo aguanté 744 horas. Una vez que vi que los jeans ya no me reventaban y que podía sentarme tranquila sin sentir que el botón se me clavaba en la panza, claudiqué.
Siempre pensé que era de esas personas que nunca en su vida iban a ser capaces de ceñirse a un régimen alimenticio, que no tenía en mí la fuerza de voluntad necesaria para decirle no a todo lo rico y engordante.
Pero una tarde me sorprendí con el teléfono en la mano sacando cita con una nutricionista que me habían recomendado. Me sorprendí más dos días después cuando entré al consultorio de la doctora dispuesta a empezar a comer sano y a bajar todos esos kilos extras que me acompañaban a todos lados y que ya no podía ocultar más.

Nos hacemos las interesantes cuando detectamos una pizca de interés en algún chico que busca acercarse a nosotras y conocernos. Nos hacemos las difíciles porque, por alguna razón, creemos que esa es la fórmula mágica para que se vuelvan locos por nosotras.
¿Pero qué pasa cuando la historia es al revés, cuando somos nosotras las que queremos conocer a un chico que nos llama la atención? Pues, calladitas doblamos en ocho nuestro certificado de orgullo y amor propio, lo guardamos en el bolsillo trasero y nos sentamos –en él- a pensar nuestra estrategia, invocando todos los poderes del arte manipulador femenino, ese del que siempre nos declaramos libres (¡ja!), para lograr nuestro objetivo. Porque no lo podemos negar, la mayoría, al menos una vez en su vida, ha manipulado situaciones, a terceros y hasta a su propia consciencia… todo por un chico.

He llegado al punto de interrumpirlo mientras bailaba con una amiga, jalarlo a un costado y reclamarle su actitud “traicionera”. Me he expuesto a que sus amigos piensen que soy una psicópata y lo he llamado cada cierto tiempo, siguiéndole los pasos cada vez que salía con ellos o iba a una reunión sin mí, para comprobar dónde estaba, qué hacía y con quién.
Lo he sometido a ridículos interrogatorios cada vez que una amiga suya lo llamaba. Y ni qué decir de los minutos de angustia que he vivido revisando a escondidas las llamadas y mensajes de texto de su celular .

Me dices que me quieres mucho y te pregunto qué es mucho. Me dices que te preocupas por mí y te pido que me lo demuestres. Me dices que me extrañas y te pregunto cuánto. No me doy cuenta de que por épocas me pongo demasiado exigente y te presiono a cada instante para que me demuestres tus sentimientos con acciones, “porque las palabras se las lleva el viento”. Estar conmigo debe ser algo realmente agotador, pero yo no pienso en eso. No, yo quiero más, más y más.

Han pasado quince días. Quince días de vacaciones en los que me desconecté, me relajé, dormí, me divertí, me envicié, comí rico, me emborraché, viajé y disfruté. Quince días, en su mayoría espectaculares, en los que, sobre todo, aprendí.

Cuatro mujeres, una al costado de la otra, compiten por ser la más independiente, la que tiene más novios o la que disfruta más hacerse la cera (¿?). Se emocionan, exageran, se sienten amenazadas, se inventan cosas, se sienten orgullosas… En ese momento el único propósito que tienen es “ganarle” a la que habló antes que ella. Y sí que la cosa se pone difícil.
Es sábado en la noche y las Marías provocan sendas carcajadas en el público del Satchmo. Realmente son divertidas. Pero una vez que acaba el espectáculo, después de haberme tomado un trago con las amigas con las que fui, luego de que me volví a reír recordando algunos de los sketchs más hilarantes, justo cuando estoy a punto dormir, se me vienen a la cabeza las escenas de la competencia y finalmente, entrando a la nebulosa, puedo admitir que las mujeres, consciente o inconscientemente, competimos entre nosotras.

Llegué a mi casa totalmente intranquila. No cabía en mi pellejo; y no de felicidad, sino de angustia. Las doce cuadras que separaban su casa de la mía las había caminado rápido, a un solo ritmo, sin fijarme en la gente con la que me cruzaba o en los carros que pasaban, concentrada en lo que había pasado minutos antes, en la pelea que habíamos tenido. Estaba cansada físicamente, pero sobre todo, emocionalmente.
La casa estaba vacía, todos habían salido. Había empezado a oscurecer y las sombras, refugiadas en las esquinas de los pasadizos y en los quiebres de las escaleras, empezaban a invadirlo todo. Nunca me había gustado estar en casa sola. La sentía muy grande y me daba algo de miedo.
Prendí todas las luces y entré a mi cuarto. Encendí un cigarro y me senté a fumarlo en mi cama. ¿Por qué habíamos peleado? ¿Por qué me había dejado salir de su casa molesta sin retenerme? ¿Había sido mi culpa? Ahora, ¿qué iba a hacer? El humo entraba a mis pulmones y sentía que cada vez me faltaba más aire. De pronto me pareció escuchar bulla en la cocina. Me asusté. Dejé de respirar para poder escuchar mejor. A los pocos segundos, escuché otro ruido. Alguien se ha metido en la casa, pensé.

- Y… Cuéntame, ¿llegaste a hacer algo anoche?
- Sí
- ¿Qué?
- Salí con unos amigos.
- ¿Quiénes, ah?
- De la universidad. No los conoces.
- Pero dime quiénes son.
- José, Pedro y Juan
- Y, ¿qué hicieron?
¿Les suena familiar? A mí sí. Esa era yo, la inquisidora, la entrevistadora, la cuestionadora, la preguntona. Y sí, era, porque ya no lo soy (ya no tanto); porque aprendí… A la mala, pero aprendí.
Dándole vueltas a todos los recovecos del rollo femenino, la imagen de Scarlett O’Hara (Vivien Leigh en “Lo que el viento se llevó”) se me vino a la cabeza. Ella es uno de mis personajes femeninos favoritos, y dejando de lado que es manipuladora y excesivamente caprichosa, algunas de sus características se me hacen comunes: Es fuerte y decidida, pero a la vez, frágil; es independiente, pero quiere y necesita a un hombre a su lado; es bonita y elegante, pero no es la típica señorita de sociedad.
Recordarla me hizo pensar en lo contradictorias que podemos ser las mujeres. Así que, quizás sea bueno ponernos la mano al pecho y analizar con sinceridad nuestro –a veces- zigzagueante comportamiento: