
Cumplir un mes con alguien es celebrar la ilusión de la relación y lo haces con la emoción que caracteriza los días de luna miel, sin todavía saber a ciencia cierta en qué o con quién te has metido.
Pero cuando llegas al primer aniversario ya festejas la realidad con la seguridad de que has logrado construir algo, de que eres capaz de vencer obstáculos y solucionar problemas. Cumplir un año con alguien definitivamente es un hito.

Hace una semana que empecé con las benditas compras navideñas (gran logro porque generalmente soy de las personas que deja todo a última hora) ¡y ya no doy más!
Estoy cansada. Cansada y aburrida de caminar todo el día buscando regalos; de recorrer ene veces los pasadizos de ferias y centros comerciales, viendo una y otra vez las mismas cosas sin encontrar lo que estoy buscando… ¡porque no sé qué diablos comprar!
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Ni te atrevas a preguntarme porque es una indiscreción… Está bien, te lo digo, pero júrame por la Sarita que no se lo vas a decir a nadie… ¿No me crees? ¡Pero si es verdad! Si quieres te enseño mi DNI, pero tendrá que ser otro día porque justo hoy me lo he olvidado… ¿Que parezco de más? ¡Ay, gracias! Debe de ser por la ropa. Tú sabes, a la oficina tengo que ir súper formal… ¿En serio se me ve como a una chica de 20? Sí pues, yo y mi cara de niña. Si a veces para entrar a Aura me piden DNI. Imagínate, ¡a mí!
…
¿Qué tanto lío con la edad? ¿Por qué algunas hacen hasta lo imposible por esconder ese dato? ¡Como si se tratara de un secreto de estado! ¿En qué momento pasamos de querer aumentarnos un año o dos a disminuírnoslos? Y sobre todo, ¿por qué me da la impresión que esto es más común en nosotras que en ellos?
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Esta foto me encanta. Puedo quedarme mirándola por varios minutos y perderme en un sinfín de sentimientos y en cientos de fotografías mentales. Me gusta porque para mí resume y refleja la relación entre mi mamá y yo.
Cuando la permanente estaba de moda, ella era así (mis rulos sí eran naturales, pero en algún momento mientras crecía, desaparecieron). Ahora, tiene el pelo corto y lacio, pero mantiene la misma sonrisa. Una sonrisa que nos contagia de alegría a mí y a mis hermanos, y que nos hace reír y sentirnos bien, tranquilos, seguros.
Esta foto la tengo en versión blanco y negro como fondo de pantalla de mi celular. Y tiene el poder de hacerme sonreír cada vez que la veo, sin importa cómo me esté sintiendo en ese momento.
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Valentín me ha decepcionado. Aquél angelito regordete llamado Cupido que anda revoloteando calato con un arco y una flecha en cada mano, no me suele cumplir. Atrás quedaron los días en los que –en vano- esperaba ansiosa que un repartidor de flores tocara el timbre de mi casa temprano por la mañana o en los que soñaba que al final del día, al llegar a mi casa (o a la suya), un comedor iluminado con velas anunciara una cena sorpresa.
Tampoco voy a exagerar, no todos mis 14 de febrero han sido desastrosos, pero en varios me he sentido desilusionada, triste o sola. De ahí que este tipo de días no me guste.
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Crecí rodeada de hermanos y primos hombres. Gracias a ellos (o por su culpa) no salí ‘lady’, pero sí algo engreída… Hay que aceptarlo. Un año en Estudios Generales Ciencias bastó para que me diera cuenta de que la ingeniería no era lo mío. Di un giro de 180 grados, me cambié de universidad y decidí estudiar comunicaciones. Así que, aquí me tienen de periodista. En el 2006, llegué –en calidad de practicante- a la sección Vida & Futuro de El Comercio. Pasaron los meses, terminé la universidad y entré a la redacción de esta página web, una redacción en la que predomina la presencia masculina. La verdad es que escucharlos todos los días me ha hecho pensar que sí, las mujeres tenemos mil detalles y puede ser un poquito difícil comprendernos.