
Cuando lo conocí, ya sabía que las cosas iban a tener que ser así. Quizás por eso lo cancelé a última hora y nunca me junté con él para tomar un café, conversar y saber más el uno del otro. Inconscientemente no quería empezar a ilusionarme con algo que, en ese momento, para mí no podía ser: Al día siguiente él partía a Madrid y si bien iba a estar de vuelta en un par de meses, sus planes eran regresar y hacer su postgrado allá; lejos, muy lejos.
Entonces, nunca lo llamé para salir a tomarnos ese café. Le escribí un mail disculpándome y dándole una excusa tonta. Cuando él la leyó, ya estaba del otro lado del Atlántico.
Así como en los tiempos de mi abuelita, en el que se intercambiaban cartas y telegramas de amor, ese mail dio paso a una constante, divertida y creativa correspondencia electrónica. Él descubría España y la compartía conmigo a través de sus historias y fotografías. Yo lo descubría a él y cada día me arrepentía más de no haber salido con él ese día a tomar un café.
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Uno:
Una noche Chica conoce a Chico, se atraen, conversan, se gustan, se divierten. Chico le pide su teléfono, le dice que la va a llamar “en estos días” para verse y hacer algo. Ella accede encantada, agarra el celular de Chico y ella misma graba su número. Se despiden con un coqueto beso en la mejilla.
Al día siguiente, Chica se despierta, se acuerda de él y no puede evitar sonreír. Lo que pasó –y lo que sintió- no es cosa de todos los fines de semana. Definitivamente hubo una conexión, ¿él habrá sentido lo mismo?. El mosquito de la ilusión ya está dando vueltas (fastidiando con su zumbido) e inevitablemente Chica se encuentra a sí misma esperando que suene el teléfono; revisando cada quince minutos que esté prendido, que no esté en silencio, que tenga señal, que no se vaya a quedar sorpresivamente sin batería, y todas aquellas pequeñas ridiculeces que somos capaces de hacer en medio de esas insoportables horas de espera, como llamarte para cerciorarte que el bendito aparato está, efectivamente, funcionando. ¡Qué tortura!
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Tengo un sueño recurrente: De la nada, un día el Gobierno promulga una ley de emergencia y todos debemos regresar al colegio; alguien en el Ministerio de Educación se dio cuenta que durante años hubo un error en la currícula escolar y hay cosas que nos falta aprender. Entonces ahí me tienen, dejando de lado mi carrera y desempolvando la falda a cuadros (a la que tengo que correrle los botones unos cuantos centímetros para que me quede), la blusa blanca y las medias azul marino hasta la rodilla, y entrando de nuevo a mi salón de clases como si fuera un día más de todos los que pasé en quinto de secundaria. A partir de ahí, los sueños varían, y las cosas más extrañas y graciosas pueden pasar.
Quizás si Freud leyera esto diría que mis sueños reflejan mi añoranza a los años escolares. Y sí, puede que tenga razón porque la verdad es que la pasé bien en el colegio. Pero no siempre fue así. Los primeros años de primaria fueron algo tormentosos. Felizmente todo eso cambió y tengo la suerte de decir que, en general, me divertí bastante.
Viéndolo en retrospectiva, muchas veces el colegio fue más una suerte de club en el que los cursos y las clases eran solo una suerte de requisito a cumplir para poder pertenecer a él. Y no me malentiendan, no es que haya sido una vaga ni que haya tenido malas notas, todo lo contrario. Fui buena alumna, pero tampoco fui una ‘chanconcita’. Una vez aclarado este punto, prosigo…
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Crecí rodeada de hermanos y primos hombres. Gracias a ellos (o por su culpa) no salí ‘lady’, pero sí algo engreída… Hay que aceptarlo. Un año en Estudios Generales Ciencias bastó para que me diera cuenta de que la ingeniería no era lo mío. Di un giro de 180 grados, me cambié de universidad y decidí estudiar comunicaciones. Así que, aquí me tienen de periodista. En el 2006, llegué –en calidad de practicante- a la sección Vida & Futuro de El Comercio. Pasaron los meses, terminé la universidad y entré a la redacción de esta página web, una redacción en la que predomina la presencia masculina. La verdad es que escucharlos todos los días me ha hecho pensar que sí, las mujeres tenemos mil detalles y puede ser un poquito difícil comprendernos.