
Cuando se trata de las relaciones de mis amigas tengo dos reglas básicas: tratar siempre de llevarme bien con el susodicho y nunca meterme en medio de alguna de sus peleas. Lo primero es porque obviamente quiero que él también sea mi amigo, que podamos hacer cosas los tres, en parejas o en grupo y porque no me gustaría que por no llevarme bien con él, mi amiga y yo nos terminemos alejando. Y lo segundo es porque siempre he tenido claro que una relación es de dos, no de tres y porque he aprendido que cuando una mete su cuchara, aunque sea con la mejor intención del mundo, generalmente sale mal parada.

Conoces a un chico que rápidamente se convierte en el típico amigo que te hace reír, que siempre está dispuesto para ir al cine, a comer o a tomar algo y que tiene la facilidad de poder escucharte horas de horas. Él te entiende y te aconseja, te trata súperbien y tiene muchas cosas en común contigo.
Hasta ahí todo bien, ¿no? Parece que el susodicho perfectamente podría ser el hombre perfecto que muchas mujeres quisieran tener como enamorado, ¿verdad?
Pero no. Para ti no es así. Por más que con el transcurso de los días y con la frecuencia de las saliditas en aumento, él se esté mostrando cada vez más cariñoso e interesado en ti, tú no te das por aludida y te haces la del calzón con bobos. ¿Por qué? Porque simplemente el susodicho “no te llama”.

Hace algún tiempo un chico me pidió que le respondiera algo con la sinceridad de obrero de construcción civil que me caracterizaba (o algo así). Al principio no supe si reírme u ofenderme por el eufemismo. Luego, dándole vueltas a la frase, me di cuenta que algo de verdad tenía: decía las cosas muy de frente, de manera un poco demasiado directa, brutalmente, como quien escupe las palabras porque no puede soportar el sabor que le producen. Entonces, pasé de sentirme una mujer que no tiene reparos en decir lo que piensa y siente, a saberme alguien que a veces hablaba de más.