
La mayoría de nosotros tenemos un defectillo llamado “orgullo” que a veces no nos permite darle paso a la humildad para aceptar una equivocación. Unos más que otros nos hacemos los ciegos, los tontos, los tartamudos antes de reconocer que hemos cometido un error que merece una bajada de cabeza y un pronunciamiento de esa palabra que no sé por qué cuesta tanto escupirla. Ppppp… Pppp… Perrr… Perrrr… Perdón. ¡Por Dios, no es tan difícil!, es una palabra, una simple palabra como “coliflor”, “regadera”, “calamar”, “esternocleidomastoideo”, ¿por qué cuesta tanto pronunciarla? ¿Cuál es el problema? ¿Será que a las mujeres nos cuesta más disculparnos o será que a los hombres les es más difícil? ¿Quién necesita más escuchar esa palabra? Y finalmente, y disculpen el folclore de mi lírica, pero ¿quién la para cagando más seguido y por ende quién debe sentirse más obligado a pedir disculpas?

Piensa en tu mejor amigo, en ese que estuvo a tu lado en las buenas y en las malas; en el que te cubrió cuando la embarraste y te prestó plata cuando estabas misio. Piensa en ese amigo que nunca te dijo que no y que siempre estuvo dispuesto a echarte una mano cuando la necesitabas. Pongámosle a ese amigo un nombre… ¿qué te parece Tito? Me gusta Tito. Pues bien, resulta que el buen Tito ha decidido pedirle a su novia de toda la vida que se case con él. Si bien la noticia te ha caído como un balde de agua fría, y a pesar de haberte opuesto públicamente a tremenda decisión, Tito está profundamente enamorado de… de… Geraldine, una joven estudiante de dermatología que lo único que desea en esta vida, además de quitarles el acné a un gran número de adolescentes, es casarse y tener hijitos con Tito… “qué lindos”. Así que por lo visto no hay mucho que hacer para evitar la consumación del acto; tu pata se te casa.