Foto: Sagaris
Uno va a una tienda y, entre toda la ropa que le gusta, hay una prenda que parece ser la perfecta. Nos la probamos, nos miramos en el espejo de un ínfimo camarín, incluso nos soltamos una sonrisita para ver cómo se nos verá en estados de felicidad, y comprobamos que ese vestido o esa camisa son perfectos para nuestros cuerpos. Hay un enamoramiento entre la persona y el pedazo de tela que viene desde de China o de Tailandia. Ya en la casa, la sacamos de la bolsa, la olemos, volvemos a enamorarnos y esperamos el momento perfecto para ponérnosla. El tiempo pasa y esa prenda que era maravillosa, ya no lo es tanto. El uso constante ha hecho que los puños empiecen a gastarse, perdimos un botón y le cocimos uno diferente, se anchó el cuello y perdió el olor a nuevo. Por supuesto, cualquier otra prenda que veamos expuesta en una vitrina, será mejor que nuestra antes entrañable prenda: hoy, vieja y aburrida.

Juntarme con mis amigas ya no es tan fácil como hace unos años. Necesitamos de una tediosa seguidilla de mails para organizarnos y ponernos de acuerdo en un lugar y una fecha. ¿Pero saben qué? Tanta burocracia vale la pena con tal de pasar unas horas con mis cómplices de siempre. Me imagino que ustedes imaginarán los encuentros femeninos como un té de tías, donde tomamos un tecito de naranja y comemos alfajorcitos de maicena. También imagino que podrían creer que nos juntamos solo para intercambiar nuestras últimas habilidades en el spinning y el Facebook o que nuestros temas oscilan entre los trapos y los tacos. Si imagino bien, pues ustedes imaginan mal. No son reuniones de tappers, son más bien reuniones de destappers, donde cada una es libre de contar lo que quiera y mientras más oscuro y bizarro sea lo que cuente, pues mejor. Por supuesto ustedes siempre son un tema recurrente y si creen que somos sensibles y discretas al mencionarlos, nuevamente se equivocan. ¿Quieren entonces saber de qué hablamos las mujeres cuando estamos solas? ¿Están listos para esta confesión? Yo no, pero ahí vamos.