NUEVA TEMPORADA
A estas alturas (o acaso en las alturas) te preguntarás cómo es posible que más de 200 pilotos chinos de vuelos comerciales hayan falsificado o alterado los datos de su CV sin haber sido descubiertos. El escándalo se ha producido en medio de las investigaciones abiertas tras el accidente de un avión de Henan Airlines. Esta es otra prueba que el rápido despegue de la economía china también está experimentando aterrizajes forzosos.
Abandoné Jiegu cuando empezó a caer la primera nevada. Ya había visto lo suficiente y los víveres se estaban esfumando. El chofer y el intérprete me preguntaban cuándo nos iríamos. Los monjes me preguntaban por las últimas declaraciones del Dalai Lama. Los pobladores me preguntaban si era cierto que el gobierno convertiría a Jiegu en una zona turística. Conté las pastillas en el frasco de la etiqueta “contra el mal de altura”. Y entonces, nos despedimos.
Incluso, cuando ya no existía la mínima posibilidad de encontrar alguna persona con vida en Jiegu, el ejército de azafrán continuaba de pie, buscando vivos o muertos entre los escombros. Miles de monjes budistas llegaron desde distintos monasterios de la planicie tibetana para rescatar a los sobrevivientes, incinerar a los muertos, repartir agua y comida a los damnificados, orar y consolar a sus pobladores. Diez días después de la tragedia, las autoridades han ordenado que todos los monjes que no son de Jiegu, abandonen la zona. ¿Por qué prescindir de ayuda tan útil?
Cuenta el “Cantar del Rey Gesar” que en tiempos de catástrofes naturales y desastres provocados por el ser humano, Tuiba Gewafa, hijo de un dios, vino a la Tierra para someter a los demonios, reprimir la violencia, ayudar a los débiles y rescatar al pueblo tibetano sumido en un abismo de sufrimiento. Desde el siglo XII las gestas del rey Gesar se recitan o se cantan en las zonas habitadas por la etnia tibetana, mongola y el grupo etnico Tu. En el poblado de Jiegu, la zona más devastada por el terremoto, una gigantesca estatua negra del rey Gesar ocupa la plaza. Nunca antes pareció estar más viva.
Marcho sola a la zona devastada por el terremoto de magnitud 7,1. Más de 2.000 personas han muerto y la cifra sigue ascendiendo. Vuelo desde Beijing hasta Xining, capital de la provincia de Qinghai con una altitud de 2.275 metros. De aquí parto hacia la prefectura tibetana de Yushu, donde se encuentra Jiegu, un pueblo de pastores de la misma etnia del Dalai Lama donde el 85 por ciento de las construcciones se ha desplomado. El viaje por carretera demora 16 horas en promedio y hay que atravesar la meseta tibetana que en ciertos puntos supera los 4.000 metros de altura. Y yo de pequeña, me mareaba hasta en Chosica.
Este post nunca debió aparecer. En su lugar tenía planeado colgar otro sobre el Festival de los Faroles en Tianjin, un puerto a pocas horas de la capital china. De allí volvía la noche del lunes, desparramada en mi asiento de bus y revisando mis fotos, cuando un terrible incendió consumía uno de los edificios del complejo arquitectónico de la CCTV.
Por esas cosas del destino, todo ocurría cerca de mi nueva casa.
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China no es un país sino un planeta. Vivir en el “Reino del Centro” –traducción en castellano de su nombre en chino Zhongguo - puede resultar para cualquier mortal una experiencia de otro mundo. Hace algún tiempo emprendí una misión marcopoleana al planeta de los chinos. Estacioné mi nave “Oriente X-Press” en Beijing con el cargo de corresponsal de este diario. Previo al Año del Buey he abierto este blog, un cuaderno de bitácora para apuntar el rumbo, la velocidad, las maniobras y demás accidentes de esta navegación. Cada post tiene el objetivo de recolectar material para ser analizado en el laboratorio. Quizás algún día logre juntar las piezas del rompecabezas que me permitan comprender el pasado, el presente y el futuro de China. Por ahora, enfundada en mi traje espacial exploro “Planeta China”.