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Manhattan mental
8.02.10 12

Actividad paranormal (2)

El blogger intenta dormir pero extraños sucesos en su nueva habitación de Chelsea lo atormentan justo la noche previa a su debut como profesor.

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Foto: Davezilla was taken

Chelsea. 2.59 AM (Leer post anterior previamente).

Sé que la percepción puede jugar malas pasadas. Una mancha no es una mancha: es el molde infinito de todos los demonios posibles, de cuerpos al acecho, de ojos que se abren. Cuando era niño, en mi cuarto había un punto negro en la pared: De noche, bajo la débil luz de la luna, ese punto negro adquiría patitas y se movía —me sentaba en la cama a contemplarlo—. Pura ilusión niña. Y entonces uno trata de pensar en eso, en la explicación razonable, y cierras los ojos olvidando los ruidos de una vieja habitación de Manhattan, pero cuando despiertas la luz del cuarto está encendida. Se encendió sola. La percepción puede hacer muchas cosas, pero no activar un foco de 100 watts.

Me senté en la cama. Vi la hora. No eran más de las tres. Un hilo de agua discurría del caño en el lavabo. Ya no sabía si había dejado el caño mal cerrado al lavarme los dientes. Sospechaba que sí. Pero: ¿y si no? Nada tenía sentido. Cerré el caño y me vi a mí mismo agachándome en el espejo de cuerpo entero. Sentí algo parecido a la lástima por ese sujeto.

Apagué la luz rapidito, con cierto temor y con una firmeza que sentí ridícula. ¿A quién quieres darle un mensaje, Juanma?, me pregunté. ¿A quién vas a putear ahora?

Volví a la cama con la luz apagada. Cerré los ojos pero los ruidos continuaron perturbándome. Entonces me hice la pregunta del millón: ¿Qué puede pasarme si esto sigue? No lo sabía. Nadie lo sabe. Nadie sabe a ciencia cierta qué hacen los fantasmas aparte de joderte de la vida, y la vida de alguien que se levanta a las seis de la mañana es bastante jodible. Eso ya sería bastante: hacerme llegar con retraso a la primera lección de Español: el profesor de Perú llegando tarde al salón de los chicos de la superpotencia, todo un estereotipo cumplido. Permanecí sentado, mirando el foco. Reprimí mi impulso de hablar —decir algo así como “mira, tengo que dormir, ¿puedes dejarme en paz esta noche?”— y hasta ahora no sé si lo reprimí por un triunfo interno de la razón o por miedo a que lo que fuera que estaba causando los sucesos no lo tomara bien. Llámenle respeto, si quieren.

Como no quería verme a mí mismo hablando en voz alta y la pasividad había demostrado ser inútil, preferí apelar a cierta sensatez física. Si había ruidos estos debían combatirse con otros ruidos, más específicamente con música suave. Tomé mi laptop, la puse al lado mío en la cama —es una cama ancha, en Manhattan los cuartos son una ratonera pero las camas son siempre enormes— y abrí iTunes. Puse algo de Belle and Sebastian y el random me llevó por Os mutantes, Wave of mutilation de Pixies, Hero de Regina Spektor, Magaly Solier, por qué me miras así. Funcionó: los demás sonidos, incluido el bote de la pelota de básquet del presunto niño, fueron opacados por la música. Quedaban pocas horas para dormir, cerré los ojos.

(Volví a recordar la vez en que fui al neurólogo. Como me pareció que la doctora me había hecho una revisión muy corta, insistí en el tema del hormigueo en la cabeza. Lo señalé con el dedo para que ella pudiera encontrar con precisión el síntoma en su extenso repertorio de trastornos. No lo hizo, me miró con compresivo cansancio y concluyó que los hormigueos no existían. Era parte de lo que mi dañado sistema nervioso central construía. Fantasmas).

Y ya estaba durmiendo, al menos en la primera fase del sueño, la fase en que Freddy recién ronda sereno con su chompa negra y verde, cuando la computadora dejó de colocar canciones para emitir chirridos como los de una radio policial que trata de captar frecuencias en el aire. Se intercalaban pedacitos de voces entre las pequeñas explosiones y me pareció que una voz era mía. Desperté. Tuve un segundo de pánico. La computadora tenía la pantalla en stand by —negra— y tardó en mostrarme qué pasaba.

Era una vieja grabación digital que tenía guardada en el escritorio. De hecho, era una entrevista que hace meses le hice a Gustavo Espinoza, un congresista al que luego echaron del parlamento por bocón. Una diferencia de formatos entre la grabadora y la mac creaba esa defectuosa reproducción. Oír la voz de Espinoza a las tres de la mañana es ciertamente tenebroso, pero al saberlo sonreí.

Todo tenía una explicación racional. Todo debería tenerlo. Al menos, nadie iba a robarme el alma esa noche.

♥♥♥♥♥

Al día siguiente, mientras caminaba hacia mi clase a – 2 grados, con ojeras de panda, pensé que lo realmente paranormal era pagar 900 dólares por un cuarto viejo. Le di la espalda al Epire State y me puse el iPod. Felizmente, Espinoza Soto no se asomó.

29.01.10 45

Actividad paranormal (1)

Conseguí una habitación amplia en la calle quince, cerca de la sétima avenida. Un lugar divino en el sur de Manhattan, a diez minutos caminando de NYU. Pero no todo podía ser tan maravilloso.

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Foto: stuant63

Chelsea. 1.09 AM

Por una serie de coincidencias, conseguí una habitación amplia en la calle quince, cerca de la sétima avenida. El lugar parecía ideal por su cercanía a NYU. El precio no era malo. La casa es amplia, antigua, y la dueña es una mujer española que peina canas, vive en el sótano y no hace demasiadas preguntas (solo me pidió llenar una ficha por si desaparezco, o algo). No lo pensé mucho, pues lo que menos tenía era tiempo: tuve que irme corriendo de Harlem, unas horas antes de que mi antigua compañera de departamento viajara a Londres con su gata Simone —a quien extraño un montón—. Me mudé traumáticamente en dos horas apresuradas, con la ayuda de mi amigo Benny, que me dio una mano bajando conmigo cajas y bolsas por cinco pisos, sin ascensor.

Al caer la noche, ya tenía todos los paquetes en el cuarto. Justo antes de desempacar, me puse a contemplarlo todo. La ventana lucía amplia y daba a un patio sereno. Una puerta en la pared conducía al clóset, que resultó ser suficientemente espacioso para contener mis cada vez más gruesos abrigos de invierno. Una cómoda de madera vacía me sirvió para guardar polos y suéteres. El librero fue ocupado por mis pocos libros y el escritorio por mis documentos (pasaporte, social security card, I-20). El saldo de la mudanza resultaba positivo: el baño estaba afuera, pero en el cuarto tenía un lavabo para el aseo. Había también una refrigeradora mediana y un espejo de cuerpo entero donde me miré con cierto enigma.

La primera noche no la recuerdo. Me quedé dormido encima de una ruma de ropas puestas sobre el colchón, pues aún no tenía cubrecamas ni sábanas. Justamente por eso, al día siguiente fui a Bed, Bath & Beyond de compras. Me gusta comprar cosas, me relaja. Con una limpieza profunda y las sábanas nuevas, mi cuarto quedó divino.

Pero al día siguiente tenía que dar clases de Español a las ocho de la mañana.

Debido a la falta de costumbre (ya hablé sobre el jet lag), no podía conciliar el sueño. A pesar de la penumbra, de afuera entraba una molesta luz proveniente de los pasillos del edificio más próximo. Las rejas de mi ventana hacían sombras largas en la pared, el viento movía unas ramas que se proyectaban como manchas (pensé en el negativo de una nube).

No me alarmé cuando llegaron los primeros ruidos. Era obvio que provenían de las entrañas de la casa. Las tuberías viejas son refinadas cajas de resonancia que multiplican cualquier murmullo microscópico. Con el insomnio, esos ruiditos se hacían más perceptibles. Era lunes. Cada vez que empezaba a quedarme dormido, me despertaba un eco, una reverberación, un golpe. ¿Un golpe? Sí, aquello era un golpecito continuo contra el piso. Tug, tug, tug, tug, tug. No sé cuánto tardó en mi mente en formarse la figura concreta —alguna figura concreta—, pero de pronto me descubrí a mi mismo imaginando una pelota de básquet contra el piso. Tug, tug, tug,

El básquet es un juego. En una casa, quienes juegan son los niños. Esta casa tenía, pensé, suficientes años para que hayan vivido en ella muchos niños.

(Los niños son siniestros).

Pero no soy un tipo asustadizo y menos frente a cosas tan cinematográficamente infantiles. No creo en nada de eso. Lo que más me perturbaba era el hecho muy terrenal de que tenía que levantarme a las siete de la mañana para ir a dar mi primera clase de español. Debía dormir pero los minutos pasaban. El silencio se había vuelto un artículo de lujo. El Tug, tug, tug, me taladraba el cerebro.

Y en eso, se abrió la puerta del clóset.

Abrí los ojos. Un hueco oscuro había quedado entre la madera blanca y la pared. Me paré y cerré la puerta. Me eché de nuevo en la cama a tratar de dormir y, extrañamente, lo logré. Quince minutos después, desperté y vi la puerta del clóset abierta, otra vez. Me dije a mí mismo que tenía que ver las cosas desde un punto de vista físico. En un clóset tan cerrado y denso el aire quedaba comprimido: una pequeña variación podía empujar la puerta y hacerla girar, considerando que no había cerrojo ni llave y que las bisagras eran viejas —toda bisagra vieja es un poco antojadiza—. “Si cierro la puerta asegurándola con un cartón grueso en el borde, será imposible que se abra”, pensé desde la quietud fisgona de mi cama. Pero —me dije inmediatamente después—: “¿y si así y todo vuelve a abrirse?”

No estaba dispuesto a probarlo, no cuando lo que tenía que hacer era descansar para la mañana que vendría. Decidí dejar la puerta así, con su hueco negro densísimo. Me volteé y le di la espalda.

Y entonces lo tuve claro: no podría dormir si detrás de mí pasaban esas cosas. Tuve una estúpida sensación de vulnerabilidad: uno no puede dar la espalda al peligro. Viré entonces de nuevo a la puerta, pero con los ojos cerrados (como si así vigilara algo). Volvió a sonar la pelota de básquet. A veces uno cierra los ojos para no ver nada, pero cuando yo lo hacía, el ruido de la supuesta pelota iba vistiéndose de colores, de formas, un brazo aquí, unas piernas allá, unas zapatillas, una risa. La imaginación es juguetona. Los niños también.

(Hace varios años, en Lima, fui al neurólogo porque sentía lo que definí como un “hormigueo” en la cabeza. Como el centro médico era público, hice una cola larga y fui atendido expeditivamente por una profesional. Le expliqué los síntomas. Ella me hizo cerrar los ojos y dijo: “tus pestañas tintinean involuntariamente incluso con los párpados cerrados”. ¿Y eso qué quiere decir? , pregunté. “Daño irreparable al sistema nervioso central”, explicó. Me dio unas pastillas e hizo pasar al siguiente).

Y ahora, en Nueva York, imaginaba la invisible palpitación de mis párpados (alas de una mariposa enjaulada, escribí alguna vez) en medio de esa oscuridad inconclusa. Daño irreparable. Dormir. Dormir. Dormir. Dormir. Dor

Desperté dos horas después: la luz del cuarto estaba encendida.

(Continuará)

26.01.10 8

Entrevista en Manhattan

La revista digital Número Zero me hizo una entrevista en Nueva York. Nos juntamos en el Washington Square Park y aquí está el video. Si luzco un poco serio, es por el resfriado.

21.01.10 36

Jet lag

Nunca he creído que Dios ayude al que madrugue. Si uno tiene que madrugar eso se debe, de hecho, a que el altísimo nos ha abandonado. Madrugar es la peor condena, y ahora yo debo vivirla en la capital del mundo.

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19 University Place. 7.50 AM

Hace unos meses me dieron dos noticias, una buena y la otra mala. La buena era que iba a enseñar español en la universidad e iba a ganar un dinero por hacerlo. La mala era que me habían asignado el horario de las ocho de la mañana. Fue un momento terrible, creo que lloré. Incluso pensé en renunciar, volver a Lima, replegarme. He pasado los últimos diez años de mi vida levantándome a las once, a lo mucho a las diez y media de la mañana, y eso me ha permitido escribir, juerguear o amar hasta las tres de la madrugada (momento que estimo por su silencio). ¿Cómo iba a hacer para tener abiertos los ojos antes de las siete?

Lo primero fue la negación. Pensé que muy probablemente había un error, nadie en el mundo era capaz de semejante maldad contra mí. Envié un email a departamento de Español preguntando por el asunto. Tardaron en responderme. Pasé dos días sin poder dormir, presa del pánico. Luego vino la confirmación, como un telegrama siniestro: sí, señor Robles, las ocho de la mañana.

Envié una carta para ver si podían cambiarme de horario, aduciendo que vivía muy lejos —¡en Harlem!— y que las clases de mi maestría eran en la noche. Expliqué que no le convenía a nadie que un mal horario bajara mi rendimiento como estudiante y como profesor. Me respondieron que lamentablemente nada se podía hacer, salvo que yo encontrara a alguien que estuviese dispuesto a trocarme el horario, cosa que ellos mismos creyeron improbable, dado que “como comprenderá, nadie desea enseñar a esa hora”. Me recordaron muy cordialmente que era perfectamente libre de declinar del programa de enseñanza

Hablé con mi amigo Benny, el otro peruano de la maestría, y le dije que mejor renunciaba a la posibilidad de ser profesor en Nueva York para vivir modestamente solo con el estipendio que me dan. Eso implicaría mudarme a un lugar muy pero muy barato y muy muy lejos —en alguna zona imposible del Bronx, por ejemplo— y pasar todas las semanas comiendo hot dogs y falafels carretilleros, pero ya nada me importaba: la vida me había dado el peor de los golpes y no podría resistir. Benny respondió con una chela en la mano: “¿Tú estás huevón?”. Lo dijo de una manera muy peruana, casi como un personaje de la buena época de Lombardi.

Al final, decidí aceptar la realidad. ¿Qué opción me quedaba? La vida como la conocía había terminado, pero bueno, supongo que vivir en Nueva York es atenuante.

El martes 19 de enero me desperté a las seis y media de la mañana después de más de diez años de no haberlo hecho. Fue como la continuidad de un sueño: las imágenes de todas las cosas parecían elásticas. Vi con asombro al sol asomándose por mi ventana cuando salí de la ducha (a la que me metí aún de noche). Salí a la calle y noté la luz oblicua, las chicas corriendo por el Central Park, los taxis vacíos y disponibles, los perros a paso animado, los yuppies presurosos, los diners con sus desayunos recién servidos, los edificios y sus sombras largas que dan más frío.

Llegué al salón a las 7.55 de la mañana. Todos los alumnos estaban allí. Eran más de quince. No entendí cómo podía haber tantos a esa hora.

Otro día les cuento sobre las clases (aún debo procesar la experiencia). Ahora me limitaré a decir que desde ese día, me convierto en un zombi cuando dan las cinco de la tarde. Cabeceo en mis cursos, me quedo dormido en la oficina y la otra noche, cuando salimos a cenar comida thai, Benny me preguntó si me pasaba algo.

—Pucha, es el jet lag. —le dije. Él se cagó de la risa:
—Juanma, si le dices “jet lag” a levantarte temprano, estás jodido, loco. Jo-di-do.

18.01.10 6

Subway pills (2)

La experiencia cotidiana de viajar en el metro de Nueva York siempre trae escenas estimulantes, visiones inspiradoras, diálogos deliciosos…y harta mugre. He aquí un vagón al azar, una noche cualquiera.

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125 ST y Broadway. 3.02 AM.

Son las tres de la mañana. El hombre sube al metro con una mochila gorda. Tiene un abrigo grueso y guantes, mide más de metro ochenta, luce desgarbado pero no al punto de parecer un homeless. Hay apenas cinco personas en todo el vagón. Yo leo un libro de Jason, un dibujante irlandés a quien recomiendo con furor por esa mezcla humor negro y ternura. Lo leo pero más allá, desenfocado, el hombre consigue distraerme, sobre todo en el momento en que hace equilibrio sin agarrarse de los tubos —nos movemos a alta velocidad— y saca de su mochila una botella de plástico trasparente. He aprendido a mirar sin ser visto: el rabillo del ojo puede ser un telescopio digital de alta definición, eso es algo que los newyorkers saben bien. El hombre toma la botella de plástico y se dirige a la puerta que conecta un vagón con el otro. Abrir esta puerta está prohibido, pero siempre hay gente que lo hace. De hecho, yo lo hago a veces, luego de unos cuantos whiskeys, pues la sensación que se siente al cruzar —el ruido multiplicado por el eco, el viento frío en la cara— es increíble. Ahora en cambio el hombre no pasa, se queda en el breve espacio que hay entre los vagones. Desde donde estoy solo puedo ver su rostro a través de la ventana de la puerta. Vuelvo a Jason, pero no me concentro. Miro de rato en rato. De pronto, el hombre abre la puerta y sale de nuevo. Lleva la botella en la mano derecha: la botella está llena de un líquido amarillento espumoso. El hombre cierra bien la tapa rosca y vuelve a guardar el envase en su enorme mochila. En la siguiente estación, se bajará.

Nadie hará ningún gesto ni dirá nada. Esto es Nueva York.

15.01.10 31

Mujer soltera renta cuarto

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Foto: biketrouble

Macdougal ST. 3.50 PM

Salto de emoción cuando leo en mi bandeja de entrada que ofrecen un cuarto en Macdougal, entre Houston y Prince, a solo cuatro cuadras de Washington Square Park, la zona de mi universidad. Macdougal es una bonita calle llena de cafés y restaurantes. 950 todo incluido, una habitación serena, con ventana. Internet de alta velocidad. Ella se llama Alison.

Le escribo en inglés un correo de respuesta. “Hola, Alison, estoy interesado en la habitación que ofreces. ¿Puedo ir a echar un vistazo? Tengo tiempo mañana por la tarde”. Alison me responde fríamente: “No programo visitas sin antes hablar con la gente, pues tengo que estar segura de que la persona es compatible conmigo y resulta adecuada como roommate. Puedes llamarme mañana entre 9 y 10 am”.

La llamo.

(Antes de continuar, debo decir que pasé como una semana sin atreverme a llamar a nadie, porque mi inglés es aún demasiado imperfecto y tengo miedo de que los prejuicios de los caseros me nieguen toda posibilidad de entrada. No lo olviden: soy un inmigrante, soy un alien. Soy E.T. Soy Alf)

Pero los días pasan y debo conseguir pieza, así que marco. La mujer contesta el celular. Me entiende bien y parece buena gente.

—Verás, este es un cuarto muy tranquilo y privado, la zona es muy segura, puedes dejar tus cosas sin problemas, nunca ha pasado nada. ¿Estudias?
—Sí, estudio en NYU. El cuarto me interesa porque está cerca.
—Oh, sí, está realmente cerca.
—Good.
—Y quizás tú estás buscando una roommate que habla inglés, así aprendes.
—Bueno, en realidad… No.
—¿No?
—Mire, tengo amigos que solo quieren vivir con gente de aquí por eso del inglés. A mí me da igual, le soy sincero.
—Entiendo. A mí me da mucha curiosidad el español, me gustaría hablarlo algún día. Pero claro, no te voy a pedir que me enseñes, jajaja
—…
—Bueno, Guan, debo decirte una cosa más.
—Sí, claro.
—Tengo tres gatos, soy lesbiana y judía.
—Cool!
—O sea, pertenezco a dos minorías. Obviamente, quiero a alguien que no tenga problemas con eso.
—No tengo problemas. Además, this is New York!!!
—Bueno, Guan, ven mañana. “Ste loego!”


♥♥♥♥♥


Hace frío en la ciudad. Ando con guantes, gorro y una chaqueta de plumas que acabo de comprarme en Duffy’s. Llego a la dirección indicada. Subo cinco pisos. Una puerta se abre. La mujer tiene ojos azules asustadizos y mide uno sesenta. Me hace pasar a la cocina. Dejo los guantes en la mesa y ella me mira con una sonrisa protocolar. Resume lo que ya me ha dicho y cubre el vacío de mi rostro con una frase obvia sobre el clima. Cold.

Miro alrededor. La cocina es chica, pero vamos: ¿Qué cocina en Manhattan no lo es? En el departamento de Harlem en el que he vivido estos meses la cocina es un kitchenet tipo habitación de hotel. Esta la cocina es más grande, tiene hasta mesita. En la esquina, hay una construcción en forma de prisma, una especie de cabina telefónica con ventanas blancas. Me da curiosidad pero no pregunto nada. Alison me dice que sus gatos están durmiendo y señala una puerta, una puerta que parece dar a la sala principal. Me desanima pensar que compartiré el living con gatos, pienso que al menos quisiera conocerlos antes. Pero no hay tiempo de hablar de gatos, la mujer voltea rápidamente al lado opuesto, donde hay una cerrada puerta de madera.

—Bueno, ¿quieres ver el cuarto?

La puerta se abre. Doy un paso (desde que llegué solo he dado cuatro pasos en total). Es de día: instintivamente, busco la luz. La luz es una ventanita que da directamente a un muro de ladrillos. “No es la mejor vista, pero una ventana es una ventana”, dice Alison. Volteo entonces a mirar el clóset, que es un tubo largo lleno de sacos, pantalones y camisas. “El inquilino aún no se va”, dice la mujer. Abajo, arrimados al rincón, hay zapatos y zapatillas. También hay una maleta Samsonite.

—¿Dónde está la cama? —pregunto.
—Allí.
—¿Dónde?
—Just above you.

Resulta que la cama está arriba: ¿Cómo no la vi antes? Se sostiene en un camarote a escasos cuarenta centímetros del techo. Está conectada con el piso por una escalera de mano barnizada. Subo y hundo mi mano estúpidamente en el colchón (¿qué trato de confirmar?). Es una king size. “Aquí puedes trabajar”, interrumpe Alison desde debajo de la cama, mientras desdobla una tabla que mágicamente se transforma mesita. Pienso en Optimus Prime.

—Lo que más me gusta es la luz. —dice la mujer. Es cierto, hay luz: el celeste de sus ojos se enciende con el brillo solar.

La gente amable como yo desconoce totalmente el arte de salir corriendo. Así que continúo allí. Ella me invita a salir de nuevo a la cocina. Por alguna extraña razón, sonríe, y el contraste entre su sonrisa y los ojos asustadizos me da miedo. Instalados de nuevo entre las ollas, advierte muy seria que allí no hay “kokarchas”. Dice también que la otra puerta cerrada no es la sala, sino su cuarto. Luego señala con la mano el prisma o cabina telefónica.

—Esta es la ducha. Puedes bañarte todos los días con total comodidad. Es agua a presión.
La gente amable ignora el arte de salir corriendo, pero todo tiene un límite. Muchas gracias, le contesto esta misma noche, bye bye. Y en ocho segundos he bajado cinco pisos. Pienso que la próxima vez seré más explícito en mi anuncio de Craigslist. Camino por el pasadizo hacia la salida. De pronto, escucho la voz de la mujer:
—¡Guan, Guan!
Trato de abrir la puerta sin éxito, pues solo se abre con el intercomunicador. Los pasos se escuchan cada vez más contundentes en los peldaños viejos —¡Guaaaaan!—. Empujo la puerta, pero nada. Empujo otra vez. Mi nombre sigue sonando como una sirena, como las sirenas que uno escucha a toda hora en esta ciudad. La mujer aparece por el pasillo y se acerca, con pasos firmes anglosajones. Sus ojos ya no son asustadizos.
—Olvidó sus guantes y su gorro, Guan. No juegue con el frío de Nueva York.

9.01.10 29

2010: Sin piso

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No place. No time.

El nuevo año puede agarrarte de muchas maneras en Manhattan y creo que a mí me toco la peor: soy un roomless. No tengo habitación y cuento con menos de un mes para buscarla y encontrarla. Esa es la última novedad, meus caros amigos. La cosa es grave. Vivo en una de las ciudades más caras de mundo para rentar un cuarto. De hecho, el cuarto en el que he vivido, que no tiene un área mayor a la de un arco de fútbol, cuesta 900 dólares mensuales: solo imaginen todo lo que se puede comprar y hacer en Lima con esa fortuna. Pero, como me dijo un amigo al venir aquí: tú paga nomás y no mires, no pienses. Si sacas cuentas, te vas a terminar pegando un balazo.

Pero empecemos por el principio. Tras cinco años de vivir en Nueva York, mi roomate chilena ha decidido irse de viaje con su esposo. Su destino es Londres. Ella me dice que debo abandonar el departamento, a menos que pueda pagar —yo solo— los dos mil dólares de la renta. Me da la noticia cuando vuelvo a casa, me sorprende con las bolsas en la mano (pan, huevos, papel toalla, naranjas). No sé si lo he dicho, pero me gusta ir de compras a Harlem, caminar calle arriba, me relaja ver a toda la gente hablando alto, saludándose a voz en cuello como se hace en mi muy zalamera ciudad. Y justo ahora, cuando empiezo a acostumbrarme al barrio, me doy con la novedad. Mi roomate está feliz: hace mucho sueña con Londres. Su gata también se quita. La meterán en una bolsa.

So happy new year, Juanma. You are a roomless.

Trato de no pensar en eso mientras espero que pasen los días. Ya se arreglará todo, mejor me despejo yendo a beber unas cervezas con Benny. El sol brillará mañana, huerfanito. Hay quienes salen de viaje para aprender a ordenarse, para adquirir disciplina y ser más productivos. No es mi caso. Yo sigo teniendo los mismos vicios —llegar tarde, despertarme a las doce, dejar las tareas para el último día (“deadline”, linda palabra) —, no me gusta el estrés y huyo de él… so don’t pressure me.

Pero bueno, es obvio que tengo un problema.

Y antes de que me lo digan en los comentarios, chicos listos, debo informarles que sí sé lo que es Craigslist. Los clasificados virtuales en línea más exitosos de Estados Unidos ya están en mi menú de Favoritos. Después de haber oído historias alucinantes sobre Craigslist, una cosa me queda clara: casi nada es como te dicen que es.

Como odio navegar y buscar entre el océano de ofertas y fotos —recuerden siempre, chicos: el formato JPG no transmite olores—, pongo un anuncio. Lo corrijo varias veces. Estudiante y profesor de NYU busca cuarto amplio en un departamento de no más de dos ocupantes. Cocina compartida, baños compartidos, living compartido. Soy limpio, soy joven, soy.

Cuando termino de escribir el anuncio, me pregunto si acaso no pido demasiado. Pero esa noche, mi bandeja de entrada se llena. Ofrecen cuartos en Harlem, en Washington Hights, en Upper East Side, en Brooklyn.

Mañana empiezo mi búsqueda. ¿Me acompañan?

2.01.10 3

Cerrado por vacaciones

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Foto: Howard G Charing

Larcomar, Lima. 15.32 pm

He recibido muchos comentarios preguntándome por qué he dejado de escribir tantos días. Pues bien, les cuento. He hecho un viaje relámpago a Lima, para sorpresa de mi familia y unos pocos amigos. La idea era “cortar” el invierno, algo que me recomendó más de un amigo latinoamericano de la universidad. Como este blog es sobre Manhattan, no quería hablar mucho sobre el trip en cuestión, pero ya que he notado que son muchos los peruanos que viven aquí y no ven Lima hace tiempo, dejo abiertos los comentarios por si tienen alguna curiosidad o pregunta, que responderé lo mejor que pueda. El viaje ha sido de verdad corto, no tengo ideas claras sobre casi nada, pero bueno, Lima siempre te da cosas de qué escribir.

24.12.09 42

Navidad mental

Herald Square. 34 ST y 6 av. 6.31 PM

Tengo el olor a pinos en la nariz. Cierro los ojos y las lucecitas se quedan un rato. Mi boca sabe a chocolate caliente, en Manhattan los hay de todos los tamaños y dulzores y hasta hay uno con picante (!) que, por supuesto, me negué a probar. Me saco los guantes para tomar fotos y la mano se me congela hasta el dolor, he aprendido el difícil arte de machucar el botón diminuto a través del cuero. Oigo por todas partes notas que sé navideñas, cinematográficamente navideñas —como esa que dice I'm dreaming of a white Christmas— y hoy cuando bajé del subway en Penn Station había un escocés con falda típica que tocaba la gaita: we wish you a merry Christmas. Lo hacía francamente mal, sonaba como esas cajitas verdes de plástico cuando les cae agua (garúa limeña).

Lo que quiero decir es que aquí la Navidad te entra por los cinco sentidos. Y más cuando estás caminando por la calle 34 entre séptima y quinta avenida. Yo no sabía que Macy’s era tan grande. Pero es cierto: la fachada de la tienda por departamentos más famosa de Nueva York se adorna e ilumina en estas fechas. Sale en las guías como atractivo turístico. Alzo la vista y me quedo sin armas: “Believe”, grita suavemente un letrero. Instintivamente me toco la billetera con los guantes. Capturo la imagen. Es curioso: en Nueva York la gente te empuja si te quedas parado, o te dicen “excuse me” con rudeza, pero cuando estás tomando fotos los transeúntes respetan tu espacio, tu encuadre, tu momento Kodak.

Es sabido que en el centro de Manhattan hay que ver las cosas por capas horizontales. Abajo está el metro con sus músicos y vagabundos. Arriba están los edificios que dan una especie claustrofóbica calidez al caminante. Al frente están resumidas las caras de toda la humanidad. Pero si miras un poco más abajo verás un festival más vistoso: las bolsas. Macy’s. Duffys. H & M. Y claro, la bolsa más deseada del mundo, la bolsa fucsia de Victoria Secret. Según Village Voice, muchos marineros mercantes gastan las pocas horas que tienen en Nueva York en ir a la tienda de lencería y llevarle las bolsas a sus novias, quienes las recibirán felices, como el más lujoso de los regalos. Ya vi diecinueve.

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¿En qué cree toda la gente que ha venido hoy hasta aquí? En el consumo, obvio. En Manhattan, la Navidad es la exaltación del consumo. Consumo al cuadrado (al Square) y gasto corriente convertido en estética. Un paraguas es abandonado en la calle y en ese preciso instante alguien compra uno nuevo. Los pinos son apilados en las veredas y los American daddies vienen en sus Chevrolets grandotototas para llevárselos a casa. En enero todos esos árboles estarán en la basura. Cruzo la quinta avenida. Ya van 25 bolsas de Victoria Secret.

Pero subamos la mirada media capa más por encima de las bolsas gordas y encontraremos a los niños. Todos tienen ese brillo en los ojos, esa excitación fantasiosa, ese contar las horas al ritmo acelerado de un pequeño corazón. Hoy leí en el periódico acerca de un papá que llevaba a su hija a ver a Santa porque en la escuela unos niños “la estaban convenciendo de que Santa no existe”. Y el Santa Claus que trabaja en Macy’s lleva 25 años haciendo esa chamba, o sea que algo conoce del arte de las apariencias, de persuación dramática. Quizás —pienso— en eso consiste ser un buen padre: en amortiguar la caída y retrasar los desengaños.

Lo cual me lleva a pensar en la familia. En mi familia. Pasaré la Navidad sin ellos, no habrá cena conjunta ni abrazos. No habrá risas ni pavo. Veo pasar la bolsas V.S. número 36. A lo lejos, se escucha la sirena de los bomberos. De una carretilla de hot dogs sale un olor a aceite quemado. La carretilla tiene un cartel de neón. Todo brilla en Nueva York, hasta lo que huele mal.

Vuelvo a subir la vista y veo el Empire State, el edificio más grande de la ciudad. Su punta está iluminada de rojo y verde. Me doy cuenta de que estoy a unos pasos de la entrada. No sabía que costaba, pero igual subo. Ochenta pisos en ascensor. Contemplo la ciudad ensimismado. Miro al sur. Pienso que el Empire State debe sentir que le hacen falta sus dos amigas gemelas. Es demasiado alto. Nada le hace frente. Tengo frío.

Media hora después estoy de nuevo en casa. Mi roomate toca la puerta y me dice que por si acaso, si quiero, vaya a Brooklyn, donde ella y su hermana pasarán la noche buena. Le digo que ya, sonrío y, aunque no quiero, recuerdo esa terrible canción del chico que está lejos de su familia, de su tierra, de su hogar… Y aquí acabo porque si no voy a empezar a sacar los kleenex. Feliz Navidad para todos.

19.12.09 35

Patinaje para dummies

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Rockefeller Center. 51 st y 6th Av. 8.06 PM

De modo que esto era el invierno, pienso tendido de espaldas en la nieve. El tiempo se congela —¿qué otra palabra puedo usar?— y aunque para el resto ha pasado solo un segundo (lo que tarda una torreja en estrellarse contra el teflón), yo me detengo a pensar en la vida, en la muerte, en la suerte, en lo lejos que estoy de Limamanta y de su verano cándido lleno de playas, de cevichitos, de helados Donofrio, de luaus redentores y comerciales curvilíneos. Hoy he venido al Rockefeller Center. Ya saben, el del arbolito y la pista de patinaje. Ignoro por qué vine hasta aquí, quizás fue que no queda muy lejos de Harlem, de donde salí por la tarde preguntándome qué tanta alharaca con la nieve, qué tanto barullo, qué tanto festín. Hoy nieva por primera vez en este invierno. Hoy hace frío, frío de verdad. Los copitos me pegan en la cara, son como las diminutas bolas de papel que salían disparadas del bolígrafo PILOT convertido en cerbatana (oh santa preadolescencia). Joden.

Nunca antes había visto la nieve, pienso ahora tendido de espaldas. No, no he muerto, allí está el arbolito, los niños que gritan… Pero empecemos por el comienzo. El clóset.

El clóset se ha vuelto de vital importancia en mi vida en estas últimas semanas y no precisamente porque haya decidido salir de él. No. El clóset es el depósito sagrado donde guardo el arsenal, el almacén de armas que, a diferencia de Sadam Hussein, yo sí tengo. Dos calzoncillos largos, tres camisetas, dos suéteres, tres sacos gruesos apretados hasta debajo del poto, ocho chalinas de alpaca bebé, un gorro rasta, un par de guantes y unas botas “de montaña” gigantes, obscenamente gigantes: tanto que cuando estoy con ellas puedo ir en el subway sin necesidad de agarrarme del tubo aún en las curvas más cerradas y en las frenadas más bestias. Esas botas me parecían una exageración hasta hoy: cierro la puerta del edificio y en vez de acera encuentro dunas blancas. Me hundo en la nieve a cada paso. Da palta.

Bordeo el Central Park por el norte, atravieso montículos con mis botas de oso y bajo a la estación del metro. Comparo la escarcha de mi saco con la de los otros. Me sacudo, como un perrito.

Hoy la ciudad es blanca y el Rockefeller Center está lleno. Todo el mundo quiere tomarse fotos, sentir la cercanía de la Navidad y ganarse con el espíritu de Nueva York. Demasiada gente, loco. Avanzo en medio del tumulto y veo, blanquísima, la pista de patinaje más famosa del mundo. No hay gente adentro aún, un chico sale al hielo junto a la que parece ser su chica. La gente los mira, expectante. Se hablan. Súbitamente, el chico se pone de rodillas y la gente grita de emoción —el “uuuuuuh” gringo es realmente escandaloso—. El resto de la historia es predecible: el chico saca un anillo y se lo pone y todo el mundo aplaude y yo me pregunto cuánto tiempo puede permanecer esa pobre chica sin guantes con este frío. La temperatura es de cuatro grados bajo cero. Sin guantes, las manos dejan de pertenecerte.

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El tumulto avanza lentamente. La hora de patinar ha comenzado. Niños y grandes se deslizan. De vez en cuando, alguien cae y todos reímos desde arriba. Un tipo alto, guapo, de mediana edad, habla en portugués con su hija, una niña rubia. Es un portugués que se me hace aristocrático (prejuicios tengo). De pronto, el hombre me saluda en inglés, me entrega a su hija y me guiña en ojo. Lo miro con cara de no entender nadita. Luego veo alrededor y me doy cuenta de que estoy en la fila para patinar. Y el hombre que habla un portugués aristocrático quiere colar a su niña. Es una niña rubia bonita con cara de si-no-me-das-lo-que-quiero-hago-pataleta. No sé como reaccionar. Le digo que yo no estoy en la fila pero él no entiende.

—En verdad, es la primera vez que estoy aquí. —trato de disuadirlo.
—¿La primera vez?
—Sí.
—Oh, no te preocupes, esto es muy fácil. Ella te puede enseñar. Es muy buena patinando. —En este punto, señala a su hija y vuelve a guiñarme el ojo. Los de detrás de la fila me miran feo, sobre todo una gringa tetona. Pero no dicen nada.

Supongo que ya no hay marcha atrás. Queda poco y cualquier retroceso, hasta el más sigiloso, sería visto como una huida. El tipo resulta ser de Sao Paulo (ajá) y me cuenta campechanamente que acaba de estar en Lima (“muy rico cechivo”, dice). Caminamos. La niña me dice en inglés que patinar es “just as walk”. Perfecto: una chibola me dará el ABC del patinaje. Eso es mejor que nada. Llegamos al camerino los tres. Alquilo mis patines y él le alquila los suyos a la niña.

Recién ahora me doy cuenta de que el paulista huele a alcohol.

Salimos a la pista del Rockefeller Center. Para mí, es como saltar a la arena de la plaza de toros de Acho, no sé ni cómo plantarme. La niña rubia hija del paulista se larga raudamente y empieza a patinar, ultrasónica y grácil ella, como si fuera una rusita. Me quedo solo en la baranda, aterrado, dando pasitos tembleques. Entiendo que estoy en aprietos. Mierda. Por probabilidades, sé que hoy debería caerme al menos una vez. Pero bueno, ¿qué tan fuerte puede ser una caída en patines? Relájate. Además, se siente tan rico deslizarse por el hielo, caminar como flotando, vamos, ¿qué puede pasar?, ¿ves? ya soltaste la baranda y ahora el camino es solo tuyo (la niña paulista rusita pasa como una bala al lado, pero quién la necesita) y sigo, sigo, y wow, qué mostro, el frío ni se siente aquí, pero no, oh dios, ¿cómo freno?, puta madre, ahh

a
         
                       den
                          meeeee...

                                              H               E       L            P !



Mi cuerpo es una masa horizontal que se eleva un instante y luego cae de espaldas en la nieve. Los pulmones han sido el colchón, lo sé porque no puedo respirar. ¿Dónde están los paramédicos? Copos de nieve caen del cielo hasta mis ojos en cámara lenta. Pienso que no es una mala visión para morir.

Pero no he muerto, ni siquiera me he desmayado. Siento de pronto una cachetada de escarcha. Alguien está limpiando la nieve allá arriba. Me incorporo.

Cuando llego al camerino, me encuentro con el padre de la niña rubia. Parece que se ha acercado más de la cuenta a la gringa tetona, que también ha salido de patinar. El novio de la gringa sale en defensa del honor, lo empuja, y el caballero paulista que huele a alcohol amenaza con golpearlo, grita, arma un alboroto. Tienen que reducirlo entre varios para que no provoque una desgracia. La niña rubia rusita rompe a llorar. Trata de detener a su papi con sus manitas. Todavía lleva puestos los patines talla 33.

(Mi dolor de espalda recién va a empezar).

10.12.09 50

El escritor y las ratas

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Foto: Genista

Borough Hall. 2.51 AM

Hoy he descubierto que las ratas ya no me dan asco. Las sigo con los ojos como se sigue la trayectoria de cualquier ridículo pez en un cubo de vidrio lleno de agua. Observo sus gestos, sus manías, sus ojos negros. A pocas semanas de llegar a Manhattan, me encontré en Union Square con una escena que juzgué inverosímil: dos chicas regias, rubias, hiper fashion, caminaban en la plataforma de la estación cuando, de pronto, una rata se posó altanera en el campo visual de ambas. Entonces una chica le dijo a otra: “check it out!” y las dos se pusieron a mirarla, a sonreírle, a hacerle saluditos con las manos —ese tipo de saludo en que no se mueve el antebrazo, solo los dedos— como quien se dirige a un cachorro, o peor, a un bebé.

(Por cierto, es lo más cercano al instinto maternal que he visto en Nueva York.)

Pero si entonces la escena me pareció alucinante, ahora la veo normal, cotidiana, lógica. Es más, ahora me pregunto: ¿Qué de sensato puede haber en un femenino ataque de nervios —uñas clavadas en algún sujeto cercano— solo por la irrupción imprevista de un roedor? La rata no es solo la rata: es su desmesurado símbolo. Una vez entrevisté a un militar vinculado a un gobierno corrupto. Ese militar, que purgaba condena, me dijo a modo de excusa: “vivir entre ratas es solo cuestión de costumbre”. Mala fama tienen las ratas. Se las vincula a inmundicias que ellas nunca podrían realizar. Haríamos mejor si nos detuviéramos a verlas, como veo yo ahora a una en la estación de Borough Hall, Brooklyn. Es gorda. Traza círculos elegantes. Saluda. Su muy agudo sistema sensorial le permite detectar el tren a kilómetros de distancia. Así, me avisa que el tren viene con una certeza horaria que el MTA jamás podría ofrecer.

Por supuesto, tomó su tiempo tolerarlas. Las primeras semanas, las odié. En la estación 4 West vi una rata mirarme desde arriba mientras yo subía hacia la plataforma. Me detuve un instante, paralizado. ¿Subo? (Entonces uno ensaya la telepatía biligüe: “go back rata de mierda, go back”. En la 125 de Harlem dos ratas se subieron a la plataforma con la intención de cambiar de rieles, mientras yo dormía a pierna suelta (nervios) en la larga banca de madera. No puedo asegurarlo, tampoco quiero, pero creo que la densa bola de viento que me acarició el empeine no fue solo viento. (Desperté y solo vi, a lo lejos, una colita)

Ahora trato de tomarle una foto a la rata que hoy me toca ver. Pero la luz es baja. Enciendo el flash y me doy cuenta de que la rata al flash se ve terrible, como rostizada. Además, daña sus ojitos. Pienso que el siguiente, terrible paso será darles de comer, lanzarle cosas con el entusiasmo de un Defensor de la Naturaleza. Pero nunca he visto a nadie que lo haga y empiezo a temer que eso esté regulado. Es tarde. El piso comienza a temblar. Lanzo una mirada llena de comprensión hacia los rieles.

—Good bye, friend. My train is coming.

5.12.09 8

Rosa mexicano

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14. Astoria Place.

Ella dice que no puedo besarla porque tiene novio, que no la tiente por favor (carita de súplica / pestañas intermitentes). Dice que su novio es checo y que lo quiere, luego sonríe y dice que no sea tan Fausto. ¡Hey! Hemos bebido un poquitín. Estamos en un vagón de la línea 6 sentados uno al lado del otro, cerca muy cerca, la distancia justa para que su piel no empiece a desenfocárseme. Tiene lunares. He pasado mucho tiempo mirándole el polo. Ella no suele usar esos polos tan pegados pegadizos, esta noche es una bendita excepción.

—¿Me dejas caminar en tu polo fucsia?
—Ay Fausto… Ya te dije que no es correcto. Además, esto no es fucsia.
—Sí lo es. Déjame ver.
—¡Hey! Que no puedo…
—Tu polo es fucsia.
—No es fucsia, Juan, es rosa mexicano.
—No soy Juan, soy Juan Manuel. ¿Rosa qué?
—Rosa mexicano. Se usa en los vestidos de las fiestas tradicionales de mi país.

Media hora más tarde, caminamos presurosos bajo la lluvia: con tacos y lluvia y en Manhattan ella se siente Carry, ¿no me digas que también veías Sex and the City, Juan? Sonrisas y otra vez un zarpazo trémulo que desemboca en la nada (como un escupitajo). Ya en la puerta de su casa, ella insiste en que soy Fausto, que no debo tentarla porque eso no está bien. Imagínate si subes, cómo me voy a sentir mañana... Me da un beso maternal en el cachete y se va: la calle se traga su alma; queda solo su estela, una brisa a crema humectante. Trato de consolarme pensando en una canción de un trovador de mi país apellidado Madueño: no es amor / son solo manchas en el pantalón.

Tomo un taxi y vuelvo a casa. Busco en Google Image el fucsia y el rosa mexicano. Resultan ser casi casi iguales. Resultan parecerse.

Ambos colores dominan los pasadizos de mi sueño esa noche.

1.12.09 64

Infiltrado en la ONU

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1st Ave y 44th St. 1.47 PM

En el centro de Manhattan, al borde del río Este, se yergue impetuosa la sede de las Naciones Unidas. Oh, Dios, cuánta vibra. Llego aquí gracias al pase de una amiga boliviana con quien suelo compartir recuerdos de La Paz, ciudad en la que viví varios años. Ella trabaja en la ONU hace más de una década y bueno, me invitó. Me sumerjo entonces en los pasadizos de la historia mundial y, al cabo de unas vueltas largas que incluyen un vitral de Marc Chagall —y un solemne retrato de Pérez de Cuéllar—, llego a la Asamblea General de la ONU. La expresión física más grande del esfuerzo de las potencias por entenderse… y a la vez una aceptación monumental de nuestra condición de asesinos por naturaleza. Un desesperado nudo hecho en el cañón de una pistola /

para no matarnos.

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22.11.09 78

Limeña en Soho

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Foto: Ewan-M

Prince St. 6.03 AM

Uno que viene escapando de ellas a ver si se puede purificar un poco el alma. Pero allí están, en cualquier rincón del mundo encuentras alguna, y este no es un rincón del mundo, sino su mismísimo centro. Termino un café en un local llamado Esperanto, un nombre bien pavo pero bastante honesto en sus intenciones: el paisaje aquí será siempre una perfecta fotografía Benetton. Leo el periódico. Sale la historia de un pobre chico que como no tenía amigos se volvió bombero —el glorioso cuerpo de bomberos de NYC— y, como seguía sin tener amigos, provocó un incendio para aparecer de pronto y ser un héroe, pero su incendio le salió mal y unos niños murieron, por lo que ahora está en la cárcel. Gente loca. Salgo para la universidad. Camino y de pronto un espectro con botas me detiene en la calle. Detenerse de golpe en NY es algo más violento que en el resto del mundo.

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15.11.09 49

Suicidas

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Foto: davidsilver

Bobst Library. Washington Square South. 12.09 AM

Es lunes y me quedo hasta tarde escribiendo en la biblioteca. La biblioteca de NYU tiene doce pisos y un inmenso hall interior que visto desde arriba hipnotiza por su entramado de mosaicos que combinan el negro, el gris y el blanco de tal forma que de lejos da una sensación tridimensional. Profundidad de mentira, ilusión óptica, como la de esas láminas en las que, relajando la vista, aparecen figuras de aves y osos o dragones y caballos. En hall también hay asientos largos y curvos, en forma de paréntesis. Se ven muy chiquitos desde arriba. Se ven así:

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6.11.09 47

Subway pills (1)

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14 Street y 7ma. 2.20 AM

Estamos en el primer vagón, es sábado y es muy tarde. Después de la medianoche, el sistema de metros de Nueva York es un desastre, las líneas se demoran un siglo en pasar, las ratas hacen reuniones sociales —llegan a subir a la plataforma— y es normal que ocurran cosas como la que ocurre justo ahora: El tren está detenido y con las puertas abiertas. La gente se mira sin saber qué decir. Los minutos pasan. El único que habla es un adolescente bastante afectado por el alcohol. Es un tipo blanco, achorado, que habla en voz alta con su amigo gordo también adolescente, también ebrio, le dice qué carajo pasa con este tren, que él mismo irá a ver qué pasa. Es el primer vagón y solo habría que traspasar la puerta para ver al hombre que controla la cosa. El adolescente se arma de valor. Se pone de pie.

Justo en ese momento, se abre la puerta de la cabina y sale un negro con lentes protectores de plástico y dreads. Me recuerda a Edgar Davids, el ex futbolista de la Juve. El chibolo se queja. Trata de ser amable pero no puede evitar alzar la voz ante esta especie de maquinista. El negro lo mira, lo tasa, lo escucha atentamente pero no dice nada. Al final, saca de su bolsillo la llave y se la ofrece con el brazo extendido, alzando las cejas.

El chico blanco hace exactamente lo que ustedes se imaginan: arruga. Se pone nervioso, alza los hombros, se agacha y se sienta de nuevo. El maquinista vuelve a guardar las llaves, sale caminando a orinar y regresa en silencio.

Nadie dice nada. Diez minutos después, todos empezamos a movernos, juntos, como hermanitos.

2.11.09 50

Blanco y negro

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Foto: MR.119th. STREET

Lenox Av y 112 St. 5.43 PM (Home)

Mi post anterior sobre el crimen fue un tanto alharaquiento, tampoco es que viva en una lugar donde las pandillas dancen libérrimas como en una alocada pista de patinaje pistolero, vivo en un barrio acogedor, tradicional, lindo para pasear y para ver gente en las calles, gente chévere que vagabundea o camina o habla entre sí: negros y latinos y blancos. Y a veces, en ciertas tardes, se puede ver niños rubios —colorados de tanto correr— jugando por la acera con niños negros crespos que hablan más alto y se ríen, juntos y revueltos, revueltísimos, como en cierto sueño de un hombre que hace muchos años murió mal: lo mataron por negro y porque hablaba mucho y agitaba a las masas. Un balazo en la garganta y sanseacabó.

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1.11.09 23

Halloween thoughts

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Brooklyn. Beverley Road. 11.39 PM

Al final, conseguí disfraz de V, o sea, el uniforme de extraterrestre. Lo encontré navegando por eBay y me lo puse en las fiestas del viernes y el sábado. Bajé con el traje puesto por la estación de Central Park North y me encontré con Jason —dos segundos mirándonos a los ojos—, con una enfermera latina apretadita —se rebalsaba toda del corpiño—, con una mujer bebé —con chupón permanente en la boca—, con Robin de Batman (versión shorcito al cuete), con Robin Hood. Todo el mundo disfrazado en los asientos del metro. Qué cool. Esto confirma mi impresión inicial de que Halloween es aquí una especie de versión local del carnaval, el momento en que todos reservan para suspender parte de la sensatez y el recato. De hecho, algunos amigos me había advertido: cuidado con la noche de brujas, la gente se pone loca.

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25.10.09 45

Viene Halloween

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Times Square. 42 ST. 11.08 PM.

Mi amigo Luis viene desde Lima cargado de ilusiones. Acaba de ganarse una beca Fulbright, y ahora ve más cerca que nunca el sueño de ir a Columbia, la universidad en que fue aceptado hace unos meses. Nos encontramos en la avenida Amsterdam, en un bar subterráneo muy cerca de la que será su universidad. Tomamos unos tragos. Llegan sus amigos gringos. Luis tiene la capacidad de hacer amigos y amigas en cuestión de minutos, incluso en los viajes más pasajeros. Así es él. Habla con gente que no conoce, aborda a otros seres humanos sin que haya un nexo previo, sonríe a sujetos que nunca en su vida ha visto. Es un ser sociable. Yo no. Yo me encierro en mí mismo. Luis está fascinado con la ciudad. Me lleva a caminar por Times Square, un sitio que no soporto por el exceso de luces y pantallas que me hacen recordar a Tokio (no conozco Tokio). Tomamos un café y me pregunta. ¿Ya sabes qué harás en Halloween?

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20.10.09 75

Comida chilena

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Harlem.112 St. (Home). 11.42 AM

Mi roommate es chilena y se dedica a la danza. Una mañana, cuando llevo pocos días en la ciudad, me meto a la cocina del departamento. Ella se asoma y me observa hirviendo papas. Mi roommate es muy buena onda y deja que use todos sus utensilios y ollas, además de la vajilla. Yo sigo con lo mío, vigilando las papas que he comprado en un supermercado de la 116 ST donde hay un montón de latinos y te atienden en español. Saco un choclo. No sé bien qué haré con el choclo, pero lo pelo. Mi roommate me mira sin decir nada. Es tan sigilosa como su gata, que la sigue a todas partes.

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15.10.09 51

Sueño americano [781 calories]

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Foto: Paulsburgers.com

ST Marks con 2 AV. 2.11 p.m.

No se debe decir “ilegal” a alguien por el hecho de vivir al margen del ordenamiento migratorio del US Government. Debemos decirle “indocumentado”. “Suena horrible cuando decís eso de ilegal, no lo hagás”, me dice amablemente mi amigo M., un argentino con quien me encuentro para comer carne. Hasta entonces, yo no había reparado en el detalle. La corrección política siempre me ha importado un pepino, pero no puedo evitar pensar en la palabra, en su carga discriminatoria, en su truco retórico, y de pronto me siento un poco facho.

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ACERCA DEL AUTOR

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Juan Manuel Robles R.

Escritor y periodista. Ha publicado LIMA FREAK. Vidas insólitas en una ciudad perturbada (Planeta, 2007) y Zaraí Toledo. La hija patria (Sarita Cartonera, 2009). Historias suyas han aparecido en las antologías Crónicas de otro planeta (Debate, 2009), Las mejores crónicas de Gatopardo (Debate, 2006), Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina (UAI-Uqbar, 2009), en los libros Huancaína freak y otros cuentos para comer y Pequeños dictadores (Mesa Redonda, 2009) y en revistas de América Latina y Europa. Fue finalista y nominado del Premio Cemex - FNPI 2008 y ganó el primer y el segundo premio del Concurso de Cuento Gastronómico Matalamanga - 2007. Ha sido becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano —que dirige Gabriel García Márquez— para asistir a los talleres de Ryszard Kapuscinski (2002) y Tomás Eloy Martínez (2004). Creó y dirigió la revista Helio (2005). Fue coeditor de la revista Cosas Festín. Es colaborador de las revistas Etiqueta Negra y Soho. Vive en Nueva York gracias a una beca de NYU.

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