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Manhattan mental
5.03.11 9

Homofobia: Resultados.

Aquí algunos resultados interesantes del Urtak sobre la homofobia entre los lectores del blog.

El 7% declara ser gay.

El 30% porciento de los lectores que se declaran gays piensa que los niños no deben ver parejas de gays o lesbianas besándose en el parque.

EL 14% de los que declaran no ser gays han tenido alguna experiencia homosexual.

El 16% de quienes declaran no ser gays piensa que sería de su agrado tener un hijo maricón (término de la pregunta).

Solo el 33% de los lectores que declaran no ser gays dice tener amigos gays o lesbianas.

Uno de cada 10 lectores piensa que los gays deberían andar con un brazalete que los identifique.

La pregunta más respondida fue “¿Has tenido una experiencia homosexual?, con 371 respuestas (98% de preguntas afirmativas o negativas, 2 % de “No me importa”).

(Al momento de publicado este post: 5,152 respuestas, 290 respuestas por cada pregunta, con más de 350 respuestas en cada una de las seis preguntas más relevantes)

Recuerden que Urtak funciona sobre la base de las preguntas que ustedes hacen, no las que impone el administrador del blog. Todos estos datos —y otros cruces entre preguntas— pueden ser consultados en Urtak.com.

3.03.11 3

Urtak: El whisky

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En medio de una campaña-estupefaciente, donde encontrar sustancias en la sangre de los candidatos parece más importante que saber si hay cadáveres en sus clósets o borrones en sus registros contables, se acaba de revelar que durante el gobierno de Alejandro Toledo se compró mucho, pero whisky. (Vaya primicia). Abrimos este Urtak para detenernos un rato a pensar en nuestro amigo Juan Caminante. Recuerden. Urtak está hecho no solo para contestar preguntas, sino para que USTEDES hagan las preguntas que quieran.


Whisky

26.02.11 59

Falladitos

Uno siempre dice que no hay que sentir vergüenza del país que te vio nacer y crecer, el lugar que te permitió ser quien eres. Pero ninguna buena disposición te prepara para ver un video en el que unos policías le pegan a la gente por besarse en la plaza más pública de Lima.

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Alguien me pregunta en los comentarios cómo veo desde aquí los incidentes homofóbicos de mi ciudad. Con roche, obvio. Uno siempre dice que no hay que sentir vergüenza del país que te vio nacer y crecer, el lugar que te permitió ser quien eres. Uno prefiere alzar los hombros, reírse un poco y pensar que somos lo que somos porque nos hicieron así, que nuestras ridiculeces son tenaces porque llevan siglos formándose. Nos anteceden. Pero ninguna buena disposición te prepara para ver un video de Youtube en que unos policías le pegan a la gente por besarse en la plaza más pública de Lima. No hay contexto posible en el cual uno pueda contar eso aquí y sentirse orgulloso. No existe parafraseo capaz de convertir en eufemismo la bestialidad. Tampoco lugar para la ironía. Y da roche, sí. Da vergüencita. Porque es más difícil ser alguien que vale la pena cuando vives en un país en el que la fuerza pública comete una golpiza ‘de odio’ al frente del Palacio de Gobierno, y lo justifica aduciendo que se “impacientaron”. Es difícil contar que eso pasó en tu país y no provocar sospechas de ser, tú también, un troglodita que anda por ahí amenazando con patear homosexuales. Un loquito con cola de cerdo. Un fallado.

Y no es que viva en el mejor de los países para los gays y las lesbianas. Pero aquí cuando un adolescente se suicida porque algún Felipe Mantequilla en potencia —los hay en todas partes— publicó en Internet un video del chico teniendo sexo con otro chico, la comunidad LGBT, una comunidad que incluye a varios de los más insignes actores, productores, directores, escritores y artistas de la escena, lanza a nivel nacional un mensaje de apoyo a todos los adolescentes gays, a todas las adolescentes lesbianas, diciéndoles que la vida no es una maldición (aunque lo parezca), que no están solos y que cada vez estarán menos solos.

Aquí, cuando estas catástrofes pasan, se genera lo que podría llamarse una ola de solidaridad que une al país y mantiene a los intolerantes con la boca cerrada. Porque claro, después de varias luchas y conquistas, en este país no es que puedas burlarte de un gay por ser gay, en vivo, a nivel nacional; y si, siendo conductor de un programa de radio, se te ocurre la genialidad de decir que agarrarías a patadas a dos gays si se besan al frente de tu casa, ten por seguro que esa será tu última transmisión. Porque puede que en este país abunde la doble moral (o la triple, o cuádruple, la quíntuple moral), pero nadie es tan estúpido de patrocinar a un homofóbico confeso.

16.02.11 47

Urtak: Homofobia

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El tema de moda en el Perú —oh sorpresa— es la homofobia. Abrimos este Urtak para ver qué piensan nuestros lectores. Ya saben: cuando terminen de responder, dejen ustedes su propia pregunta para que los lectores la contesten. Pueden hacer la pregunta que quieran (ojo, partimos del principio de que no existe pregunta tonta).


Homofobia

15.02.11 1

Lo nuevo R-Tronika

Mis amigos de R-Tronika me envían su nuevo videoclip. El grupo, liderado por el peruano Renzo Ortega, lleva años en Nueva York juntando el techno, el punk, el hip hop, el rock y ritmos andinos con letras desobedientes y divertidas. Ortega es más peruano que el ceviche y su polo de Túpac Amaru versión Cherman resume la explosiva irreverencia con la que camina por el mundo (o por las calles de Brooklyn, que viene a ser lo mismo).

13.02.11

Primer Urtak

Como saben, hace tiempo soy fan de la herramienta Urtak, que han desarrollado dos profesionales, un historiador y un ingeniero de sistemas, ambos de Harvard. Urtak es una interfase muy sencilla de usar, que no solo permite difundir preguntas, sino que los mismos lectores (ustedes), las elaboren de acuerdo a sus interrogantes y sus curiosidades personales. En Estados Unidos, Urtak es utilizado por gente como el best seller James Patterson (les dejo el link de su página web para que se den una idea del tipo de preguntas que la gente hace). No hay pregunta tonta cuando se trata de medir en serio cómo piensa la gente. Así que los invito a mandarse.


Febrero

13.02.11 2

Juegos de memoria en un café de Fort Greene (1)

En mi infancia hubo un viaje, una mudanza a otro país. Un viaje es siempre un hito, una compuerta pesada y ruidosa como la de una represa abriéndose. La sola imagen de un avión y una familia que entra en él, su puesta en narrativa, carga todo de dramatismo, atrapa la atención de un solo golpe, le da energía a las cosas: digamos que es la misma energía de un tren en marcha en medio de una niñez.

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En mi infancia hubo un viaje, una mudanza a otro país. Un viaje es siempre un hito, una compuerta pesada y ruidosa como la de una represa abriéndose. La sola imagen de un avión y una familia que entra en él, su puesta en narrativa, carga todo de dramatismo, atrapa la atención de un solo golpe, le da energía a las cosas: digamos que es la misma energía de un tren en marcha en medio de una niñez. O casi. Durante muchos años he empezado a contar mi vida, o algo que se parece a mi vida, desde ese viaje. Una noche lluviosa en un aeropuerto y papá y mamá abrazándome para que no me dé frío. Papá decidió un día que todos nos íbamos y todos nos fuimos a Bolivia. Fue en 1985. Con los años, tuve conciencia de que el viaje, el traslado y lo que pasó después, iba a ser el centro magnético de mucho de lo que escribiera. También entendí que cada vez sería más difícil contar mi historia sin mencionar el pequeño éxodo. Por eso prefiero empezar esta vez deteniéndome en los años previos a la partida, esos años gaseosos, años en círculo que no llevaban a ninguna parte.

De niño, tenía lo que llamaba “mi primer recuerdo”. En ese entonces, era una idea nítida y poderosa, algo que podía decir con la certeza con la que uno dice, por ejemplo, su edad. Hoy sé que lo que retengo de ese recuerdo viene del ejercicio de recordarlo. La imagen: estoy sentado en la faldas de una mujer, la mujer no es mi madre, es la chica que trabaja en la casa y yo termino de colocar una pieza de lego en una estructura geométrica simple. Vivo en un departamento, en un piso tres. El papi y la mami han ido a trabajar. Sé que la mujer está allí porque la imagen de mis dedos en la pieza de lego se intercala con la de su sonrisa. Comprendo que esto es una reconstrucción, porque me veo a mí mismo junto a ella, en plano abierto, al borde de una mesa redonda de hierro con panel de vidrio. Nadie puede verse desde afuera. Si muchos recuerdos son así —un juego de desdoblamiento, una película privada— es porque de algún modo la narrativa nos vence. Contar tanto una cosa la vuelve puramente virtual. Termino de poner una pieza de lego, es una pieza plana, que no permite acoplar otra más, creo que la uso para simular un piso. Brilla, ese plano del plástico está pulido. En mi memoria, mi comprensión de que estoy construyendo algo es mayor que la de la mujer, es algo que no puedo entender racionalmente pero que siento.

Aunque puede que ese no sea el primer recuerdo.

Mientras terminaba la primera infancia apareció lo que he dado en llamar una controversia interior. Empecé discutir conmigo mismo si el primer recuerdo era ese del niño constructor o era otro, ubicado en la misma locación, a unos pocos metros. Tengo claro en mi mente el plano del departamento porque viví muchos años allí, y luego, de adulto, lo he visitado en varias ocasiones. La residencial Santa Catalina quedaba en la calle Paruro, a pocas cuadras de la Morgue de Lima y del Barrio Chino. Sucesivos terremotos habían llenado de grietas los balcones. El segundo posible primer recuerdo ocurre en el baño del departamento. Veo mi propia mierda irse por el inodoro. Es solo eso, un remolino difuso, blanco y marrón. Y ya. Más tarde, se me aparece en la misma locación la imagen de la mujer en cuyas faldas armaba legos, pero esta vez ella me descubre comiendo un plátano sentado en el water. Me pregunta si no me da asco hacerlo. La mujer —acaba venírseme el dato a la mente— se llama Berta.

Berta tenía un hijo algo menor que yo. Era un niño trigueño con cara asustadiza y chapas. Lo sigo viendo con un auto amarillo en la mano, soplando los labios cerrados para hacer el ruido que supuestamente hacen los carros. El auto me había pertenecido. Era de mi pista de carreras —una pista de carreras eléctrica— pero dejó de funcionar, sus luces se apagaban débiles y apenas se movía, por eso mi padre me compró otro igual y mi madre le regaló el viejo auto al niño. Imagino la forma en que esta transacción se produjo y siento las vibraciones posibles de la voz de mi madre, su imagen leve, la sonrisa de Berta. Me daba algo de pena ver al niño tratando de que el auto rodara por el parquet. Los autos de este tipo tienen dos apéndices duros de plástico que los mantienen dentro en la ranura de la pista. Si los pones contra el piso, las ruedas quedan en aire. Pero él insistía. Brrrrrr.

Le quité el auto con violencia. La imagen del puchero que puso cuando lo hice me persigue hasta hoy. No es que sea un trauma, es solo una imagen que me persigue. El suyo era un puchero histriónico que brillaba por la saliva. Un brillo rosado, persistente. Berta llegó de la cocina y me dijo una cosa. Hay ruido en este recuerdo —interferencias múltiples convierten las imágenes en puntitos— y no sé si Berta me dijo que no sea malo o simplemente se llevó a su hijo a otra parte.

La segunda de mis hermanas mayores, Pamela, decía que yo había aprendido a hacer puchero por ese niño. Me lo repetía como una forma de decirme que mi tristeza no era genuina. Años después, muchos años, estuvimos juntos, mi hermana y yo, al pie de la cama donde mi abuela acababa de morir de cáncer. La miramos, volteé hacia ella e hice un puchero largo, un puchero que no tenía nada de natural, un puchero consciente de su signo, un gesto: era la única forma que en ese momento encontré para decirle a mi hermana que estaba triste. Ella me miró y empezó a matarse de risa.

Llevo algún tiempo escribiendo una novela sobre un personaje que vive una niñez parecida a la mía. La novela tiene que ver con el viaje. Es un adulto que recuerda y narra y vive. Por diversas razones, descubre que su memoria atesora una verdad que es importante para alguna gente. Una verdad de la infancia, algo que pasó en La Paz, Bolivia. El personaje no quiere recordar pero los que quieren saber la verdad le preguntan muchas cosas. Le hacen entrevistas. Le preparan toda clase de dispositivos para despertar sus recuerdos. Un día llegan con una imagen satelital de la pequeña escuela en la que estudió, la escuela en la que transcurrieron los hechos. Es como si hubieran usado un Google Earth, solo que más poderoso. Mientras escribía esa parte de la novela, resistí la tentación de buscar el lugar, que existe y es fácilmente localizable. No quise que la realidad se interpusiera. No me ocurre lo mismo con la residencial Santa Catalina, que he decidido buscar en Google Earth mientras escribo. La búsqueda me ha tardado 55 segundos, tomando como referencia la Vía Expresa, la avenida Grau y la Morgue y considerando que Lima está en mis Lugares Favoritos. Navego ahora en mi laptop. Muevo la ventana de Skype en la que mi novia se ha quedado dormida y me acerco al sitio. Hago zoom. Me da vértigo, esa cosa en la barriga.

La residencial, el lugar donde pasé seis años, es como un callejón largo que se va cerrando hacia final. O sea, es un triángulo isósceles con un vértice de unos siete grados. Ese vértice es insignificante en la vista de la pantalla pero —lo recuerdo ahora— nos sirve de punto de reunión para los juegos, allí todo es más chico, más abarcable, y las ventanas de ambas alas de la quinta están más cerca unas de otras. Yo vivo lejos de allí, en el G. Todos los balcones tienen barandas de hierro verde con una trama de rombos. Cuando estoy de pie en mi balcón, a ambos lados puedo ver una imagen simétrica, equivalente a la mía. Un balcón iluminado que entra completo en la vista. Es usual conocer a niños así, gritándoles y haciéndoles señas y jugando a pensar que así de chiquito también se ve uno a los ojos de ellos. Es una forma —otra— de aprender a desdoblarse.

Supe del esplendor de la residencial por las fotos de el papi y la mami caminando con pantalones pata de elefante entre las vallas de madera que protegían la vegetación. Las vallas hacían noventa grados con el piso y estaban rojísimas, quedaban muy bien como escenografía para dos recién casados. Pero eso había sido hacía tiempo. Para cuando yo empecé a tener conciencia, las tablas ya estaban despintadas y chuecas, ya algunas bailaban en los alambres y podíamos meternos como quien entra a una cueva a buscar cantutas para chuparles el jugo.

Hoy en la vista aérea —del 2008, muy reciente— se pueden notar los techos sucios llenos de hollín y grietas… aunque creo que estoy exagerando. Ver mucho rato la imagen borrosa de Google Earth es como ver nubes. Encuentras cosas, símbolos y, si pasa más tiempo, te encuentras a ti mismo. En la otra ventana, mi novia da vueltas en su cama. Debe tener pesadillas, pienso.

12.02.11 5

¿Has golpeado alguna vez a un cobrador de combi?

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La pregunta fue hecha el 5 de octubre de 2010 entre mis lectores. Hubo 673 votos. El 11% dijo que sí. Osea, uno de cada diez visitantes del blog ha usado la violencia contra uno de estos sujetos.

http://urtak.is/ghf5uP

12.02.11 7

Segunda vuelta

He dejado de escribir porque no tengo tiempo de hacerlo. No tengo tiempo de escribir siguiendo una agenda o algo parecido, o porque el ejercicio de retratar la ciudad termina quitándome energía. Pero la otra vez me puse a releer el blog, desde sus comienzos. Leí comentarios que nunca había visto o que había olvidado. ¿Quién le escribe quinientas palabras a un tipo que no conoce? Eso me hizo extrañar el espacio.

Les advierto que esta etapa será la más hermética y personal. No necesariamente escribiré de la ciudad, sino de lo que pase dentro de mi cabeza. No escribiré necesariamente textos largos, algunos post parecerán más twiteos. Tampoco quiero garantizar ninguna frecuencia. Eso sí, trataré de abrir el espacio a algunos amigos escritores que tengan algo que decir. También abriré la herramienta Urtak de encuestas, que ya usé en los últimos posts del año pasado.

Al ser menos concreto, dudo tener promoción en carátula, así que pido a los que lean que me ayuden a ir difundiendo el blog.

7.10.10 53

Nuestro Nobel en Nueva York

Acabo de ver a Vargas Llosa entrar al Instituto Cervantes, acabo de verlo pasar con una cara que no es la de siempre, es decir la de los medios, la del hombre rígido que parece cansado de circular tantas veces por las mismas verdades. Algo se ha alivianado en el rostro del escritor. Veo paz, cierta liberación, como si de pronto se hubiera sacado de la espalda una mochila de treinta kilos y ahora se sorprendiera de la facilidad con la que mueve los hombros.

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Acabo de ver a Vargas Llosa entrar al Instituto Cervantes, acabo de verlo pasar con una cara que no es la de siempre, es decir la de los medios, la del hombre rígido que parece cansado de circular tantas veces por las mismas verdades. Algo se ha alivianado en el rostro del escritor. Veo paz, cierta liberación, como si de pronto se hubiera sacado de la espalda una mochila de treinta kilos y ahora se sorprendiera de la facilidad con la que mueve los hombros. Es que a Vargas Llosa no le pesa el Nobel, nunca le pesará. Lo que le pesaba era no tenerlo, pasar años sin conseguirlo, jugar la ruleta absurda que nunca que llega a detonar. Le pesaba, sí, aunque él no dijera que le pesaba, aunque su respuesta a las sucesivas frustraciones fue siempre un puntual recogimiento de hombros, sin palabras. Vargas Llosa no es un hombre al que le guste quejarse. Pero no hace falta. Sus resentimientos, que los ha tenido, siempre se notaron a leguas. De frente y de perfil.

Pero hoy no había lugar para nada de eso. Su gesto era una aceptación tácita que era este el juguete que necesitaba para sosegarse. Hoy tenía humor, hoy era un hombre que se permitía la ironía, la ironía de la que sus grandiosas novelas carecen. “Recibí la noticia a las cinco y de la mañana. Me habló por teléfono un señor cuya voz no entendía muy bien. Pero cuando escuché “swedish academy”, me dije: ajá, aquí hay que parar la oreja”, contó y todo el público se rió con él. El público, por supuesto, era una ensalada total. Esto es Nueva York, el Cervantes está a solo tres cuadras de las Naciones Unidas y nunca faltan los que preguntan sobre el conflicto en Palestina, sobre el futuro de América Latina, sobre la esclavitud en China. Es decir, nunca faltan los que le hacen a Vargas Llosa preguntas del tipo “premio Nobel”. Conciencia del mundo. Reserva moral del planeta. Y eso que lleva menos de un día.

—¿La literatura no les interesa, no? —se queja Patricia, la esposa, en la primera fila y en voz baja.

Pero en la conferencia también hay peruanos. Esos sí son peligrosos. A esos hay que tenerlos a raya. Como mi amigo Sandro Mairata, que se inmoló haciéndole la pregunta que nadie más se iba a atrever a hacer (pero que todos hubiesen querido). “¿Qué tiene que decir sobre García Márquez?” Durante la mañana, habían circulado rumores sobre supuestas palabras de García Marquez, su eterno rival literario. “Cuentas iguales”, habría dicho el colombiano en su Twitter (ya que estamos entre escritores, sería bueno hacer aquí una nota al pie sobre la inverosimilitud de la imagen de Gabo twitteando). ¿Qué tiene que decir sobre Gabo? Hubo un silencio en la sala. “No estamos aquí para hablar de eso. Pero debo decir que me enteré de sus palabras cariñosas y las agradezco”. Punto, siguiente pregunta. Hoy día, todos los fantasmas de Vargas Llosa están bajo control. Pero eso no quiere decir que haya que invitar a Gabo a la fiesta. Tampoco tampoco.

El otro día, en la radio, una especialista en hacer identikits para el FBI contaba cómo la memoria es antojadiza es sus fijaciones. “Es muy probable —le decía al entrevistador— que tú recuerdes muy bien dónde estabas cuando murió la princesa Diana de Gales con lujo de detalles, que incluso recuerdes cómo vestías”. Pues bien, creo que por muchos años recordaremos qué hacíamos este día, cómo nos enteramos, qué bebíamos, qué oíamos en las calles. Qué escenografía nos cobijaba. A mí, me tocó la puerta un amigo colombiano que vive en el piso de arriba, en mi casa de Brooklyn. Abrí. En una mano tenía el New Yorker, que tuvo la amabilidad de recoger para mí. Con la otra mano hizo un intento de abrazo: “Felicidades”. Ambos teníamos sayonaras y pijamas. Ambos estábamos despeinados y teníamos ojeras. Ambos habíamos pasado la noche escribiendo.

Mi primera reacción fue preguntarme por qué me felicitaba. ¿Era algo de lo cual felicitarse? Luego me dije a mí mismo en voz alta. “Tenemos un Nobel de literatura. ¡Un Nobel!”. Entendí que estaba viviendo algo parecido al entusiasmo. Mi amigo colombiano me dijo que en breve el escritor iba a estar en el Cervantes. Nos cambiamos rápido y salimos corriendo. Hacía sol en Nueva York, la línea verde estaba repleta. La sala del Cevantes, también. Vargas Llosa apareció liviano, en traje gris, y dijo: “Este no es solo un triunfo mío, es un triunfo de la lengua castellana y un reconocimiento de la importancia de la literatura Latinoamericana”.

Entonces empecé a entender por qué este día era también importante para mí, para todos los que tratamos de encontrar en la escritura una forma de resistencia. Porque ver a Vargas Llosa ahí sentado es entender también que la única lucha que importa es la que empieza con la primera página en blanco y termina con miles de tachaduras. Me vi adolescente sintiendo piedad por el periodista miope, fascinación por la Barbuda, terror por el perro que mochó a Pichulita Cuéllar, compasión por Varguitas, respeto por el Jaguar. Vi una cabina de radio y un chiquillo que embellecía noticias. Vi a la brasileña. Vi todo eso y recordé un viejo chiste: el del escritor latinoamericano que se despierta a las once de la mañana y se hace una pregunta culposa: ”Qué tarde. ¿Cuántas páginas habrá escrito ya Mario Vargas Llosa?”

La conferencia siguió con su inevitable dosis de política, pero en un punto llegamos al Perú. Porque siempre hay que hablar sobre el Perú, porque ya pasaron esas feas épocas en que el escritor no contestaba a ningún periodista peruano. “¿Qué tiene que decir sobre el Perú?”. Vargas Llosa, sonriente, sacó la capucha que mejor le queda, la de Flaubert.

—El Perú soy yo.


Manhattan Mental

4.10.10 13

Laundry day

Me gusta el procedimiento, el olor del detergente líquido, la colocación puntual de ocho monedas de 25 centavos cada una. La máquina que se traga tu billete de un dólar y te escupe cuatro monedas. La vejez herrumbrosa de la tecnología en Nueva York.

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Foto: tjdewey P

Benny no entiende por qué lavo yo mismo mi ropa en la lavandería. Dice que puedo dejarla allí y recogerla al día siguiente. Argumenta que pierdo el tiempo. Me pongo a pensar en eso cada vez que llevo mi bolsa gorda. Hoy llevé mis sábanas y mis toallas, lo cual hizo todo más pesado. ¿Por qué vengo? Le he dicho a Benny que prefiero ahorrar, aunque sé muy bien que, haciendo sumas y restas, el ahorro es mínimo. Pienso que la verdad es que disfruto estar aquí. Me gusta el procedimiento, el olor del detergente líquido, la colocación puntual de ocho monedas de 25 centavos cada una. La máquina que se traga tu billete de un dólar y te escupe cuatro monedas. La vejez herrumbrosa de la tecnología en Nueva York. Disfruto ver cómo mi ropa da vueltas. Es como un revoltijo de mi cotidianidad. Retazos de historias mías y vacías, retazos de jueves y miércoles y lunes y martes. Flashes de Juanma. Abunda el color rojo.

Pienso que la escena más neoyorkina de El Hombre Araña es la de Peter Parker lavando su traje en laundry, cuando tiñe su ropa interior blanca de rojo y azul.

- Les dejo una sorpresa. Es lo último en tecnología web, ha sido desarrollado por dos chicos de Harvard (ahora que están de moda los chicos de Harvard que juegan con Internet). La idea es que respondan pero también y que formulen preguntas que puedan ser respondidas afirmativa o negativamente (sí o no). Las preguntas que quieran, el objetivo es saber qué hay en la cabeza de los lectores de este blog.

4.10.10 10

Regreso

No estoy muerto. Tampoco estoy en Lima. No me han echado de la universidad. No estoy en la cárcel. No estoy en la cárcel aunque el último email que envié antes de viajar de vacaciones a Lima estaba dirigido a una persona que metieron a la cárcel. Me enteré en las noticias. Así es la vida, supongo. No estoy en Manhattan, estoy en Brooklyn, renté un cuarto en la casa de un gay maduro que pone muchas reglas pero también pone una sonrisa. Se llama Jim, tiene unos gatos y discute horas con los pastores que llegan a la puerta de la casa. El mío es un cuarto gigante que da a la calle y tiene una chimenea que quizás funcionó hace cien años. He dejado de escribir porque ya no tengo tiempo. Si escribo acá, en el blog, me siento culpable por no avanzar mi novela.

A partir de ahora, mis post van a ser así de cortos y sin figuritas.

(Aunque probablemente haya más posts).

30.07.10 81

Mi accent, my 'mote'

Camino por Nueva York con mi acento a cuestas, aunque nunca podré saber exactamente en qué consiste mi acento, qué puntos exactos en la partitura musical del mi habla son los que me delatan y me etiquetan como un hispano.

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Soy peruano y cuando hablo inglés lo hago con acento. Mi acento, que puede percibirse en cualquier monosílabo que sale de mi boca, aun en el minúsculo “hi” o un mecánico “thanks”, me pone una etiqueta, es una marca más profunda que un hierro caliente, una señal auditiva que permite detectar a kilómetros de distancia mi origen (no mi origen exacto, eso no importa un pepino, pero si mi lugar en el hemisferio, mi realidad). Digo dis is con la d demasiado nítida y ya está. A veces arruina lo que ha sido un promisorio contacto visual. Las gringas son muy gestuales y no pueden ocultar la transformación facial que opera en ellas cuando el alma sufre una desilusión. Los 52 músculos de la cara entran en alerta máxima, al unísono. Bastan dos palabras. Look at her face, man. Forget it.

Y eso fue todo.

Conozco el fenómeno del acento. En mi país, un país bastante racista, se le denomina “mote” a las manías que arrastran quienes han crecido hablando quechua y aprenden el español como segunda lengua. Los limeños tienen una idea mental del mote, todos pueden imitarlo si se lo proponen. Y vaya que se lo proponen. En mi experiencia, no he visto limeño que alguna vez no haya hecho mofa del habla serrana. De hecho, una vez asistí a un espectáculo conmovedor en casa de un amigo: el momento de los chistes de la empleada (aquí hay que aclarar, para los que nunca han vivido en el Perú, que en Lima las familias contratan por un precio irrisorio personal de asistencia doméstica que proviene de zonas pobres del Ande). En la mesa, los amigos de mi amigo contaban una anécdota real que daba cuenta cuan ingenua, desubicada y cándida podía ser la chica que tenían en casa. Y cada relato, por supuesto, venía con la imitación. Los limeños pronuncian la s como j, dicen mojca en vez de mosca, conjugan mal la segunda persona —tú dijistes—, maltratan adverbios —Fulana es media antipática—, pero no parecen ser concientes de eso cuando ejecutan su stand up comedy criollo para hacer un chiste que involucre al motoso Mrs. Brown. El mote no es un asunto menor en mi país. De hecho, la otra vez vi en Youtube una serie llamada Al fondo hay sitio, en la que Gustavo Bueno, interpretando a un ayacuchano (creo), tenía como misión cenar con la muy limeña Ivonne Frayssinet y dejarle una buena impresión. Para conseguirlo, debe permanecer mudo durante toda la cena.

Yo camino por Nueva York con mi acento a cuestas, aunque nunca podré saber exactamente en qué consiste mi acento, qué puntos exactos en la partitura musical del mi habla son los que me delatan y me etiquetan como un hispano. Una vez, al final de clase, conversando sobre un trabajo práctico, una alumna de Español se rió en mi cara por la forma en que pronuncié “obviously”. No puedo decir que haya habido mala onda en su mirada, la mirada firme, fresca y arrogante de una jugadora del equipo de básquet de NYU descendiente de irlandeses, full proteínas, una chica de 1.85 que una vez confesó, en clase, haberle roto la nariz a una rival porque “se lo buscó”. No puedo decir que la chica se hubiera estado riendo de mí, o de mi pueblo, creo, pero me dejó pensando en lo que en los días siguientes di en llamar The Accent Isssue.

Le conté el episodio a Mabel, una profesora de Español que tiene más experiencia y siempre me da consejos. “Yo nunca —me dijo— hablo en inglés con ellos, ni siquiera después de clase. No me gusta ponerme en esa situación”. ¿Cuál es exactamente esa situación?, me pregunté. “Te voy a dar un consejo, es mejor que no te escuchen hablar”. Ajá. The Accent Issue. La gente va a pensar de ti lo que tú dejes que piensen. No hay nada más terrible que una chica de 19 años que te escucha hablar igual que su idea mental de un vendedor de frutas.

Justo por esos días leía la novela Native Speaker, de Chang Rae Lee. Allí, la esposa del personaje principal se dedica a hacer terapia de lenguaje para niños. En la novela, casi todos los alumnos de la mujer son hijos de inmigrantes, hispanos, asiáticos, europeos del este, y van a la terapia no porque tengan algún problema para hablar. Van porque necesitan corregir el acento que oyen en casa. Porque son ciudadanos, primera generación nacida de Estados Unidos, y necesitan hablar como tales para que la vida no sea igual de complicada de lo que fue para sus padres. Borrar todo rastro del origen con cientos de ejercicios fonéticos. Como dice el autor, son chicos que llegan al primer día de clase al colegio y lo primero que la profesora les enseña es a pronunciar su nombre correctamente. Johnes y Scottes y Peters y Charles y Mary Janes.

Por supuesto, la corrección del acento es un negocio enorme. Y la gente paga, mucho, la gente siempre va a pagar mucho por parecer lo que no es. Yo no quiero parecer lo que no soy, aunque sí me interesa mejorar la pronunciación, un poco, solo un poco, así que a veces, en la soledad de mi cuarto, he repetido frases enteras de los podcast que escucho. Ira Flatow y su viernes de la ciencia. David Edelstein y sus críticas de cine. Hablar solo, no sé si lo he dicho, me relaja.

Mi amigo Benny, por su parte, me dijo que la una vez probó hablar inglés con un caramelo en la boca y todo se le hizo más fácil. Pensé en probar la dulce tecnología, pero al imaginar todas las implicancias prácticas desistí. Tampoco hay que perder la perspectiva.

The Accent Issue acabó para mí cuando, el otro día, escuché una entrevista a Ruben Blades —bleids, para el locutor— en la radio, a propósito de su última película. La entrevista era en inglés. Y Blades, el gran Rubén Blades, escupió el acento latino más chirriante que había escuchado nunca. Moraleja: cuando tienes algo bueno que decir, la gente hará el esfuerzo de entenderte. And dat is ol.

15.07.10 16

La alumna que sonríe

Una joven californiana viaja por el planeta con una cámara para hacer el mayor banco de sonrisas grabadas de Internet de la historia.

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Se llama London y le enseñé español durante cuatro meses en NYU. Tuvimos que compartir el terrible horario de las ocho de la mañana. A ella eso parecía afectarle menos que a mí: quizás porque London estudiaba Danza y entrenar el cuerpo, convivir con la elasticidad, suele cargarte de inagotables energías, reconciliarte con los eléctricos pájaros del amanecer. No sé. En todo caso, ella siempre llegaba antes que yo. En realidad, todos llegaban antes que yo. Sigo sin creer que pude dar clases tan temprano, en un invierno en que la temperatura a veces llegaba a menos ocho: tuve que aprender a caminar sobre la nieve con zapatos gigantes, pues a esa hora aún no han pasado las máquinas removedoras. Más de una vez temí perder los cachetes por congelamiento. En serio. Lo bueno es que durante el semestre uno puede ver la transición del invierno a la primavera: ya saben, el florecimiento de las especies :) Terminado el curso, London me habló del proyecto al que pensaba dedicar en los próximos meses. El proyecto Smile.

La idea es esta: London se pasea por el mundo con una cámara filmadora. Pasea por ciudades, por plazas y parques de Londres, Bruselas, Amsterdam o Zurich, buscando al azar gente a la que hacerle la misma pregunta: “¿Qué es lo que siempre te hace sonreír?”. Ella graba la respuesta, que puede ser corta y concisa, pero que también puede ser oceánica, filosófica. Llena de humor o de amor. Luego guarda la cámara y te regala un pin que dice SMILE!. El pin ha sido patrocinado por alguien, vía la página web del proyecto. Por ejemplo, alguien en Nueva York patrocina una sonrisa y esa sonrisa le llega alguien de Bruselas y esa persona sonríe por culpa de un desconocido del otro lado del mundo. Patrocinar una sonrisa cuesta 10 dólares. Puedes ver a quién le llegó tu sonrisa en la web. “Esa persona sonríe por ti”, dice London.

London O’ Donnell tiene 24 años y es de L.A., California, donde no hay invierno y la gente sonríe mucho. Cuando se dio cuenta de que estaba por graduarse, pensó que no tenía ganas de trabajar para otros ni hacer algo que no disfrutara. “Quería viajar y hacer a la gente feliz”, dice. Terminadas las clases de español, ya tenía comprado el boleto para Europa. El objetivo ahora es llegar a grabar cientos, miles de personas sonriendo, y que esas tomas sean la base de un documental que los podrá bajarse por iTunes. Lo suyo es un proyecto audiovisual pero también un movimiento. Una cadena. Un virus de buena vibra.

—¿La gente sonríe lo suficiente? —le pregunté un día, poco después de enterarme de su proyecto.
—Creo que sí. Pero creo que no todos se dan cuenta de las muchas razones que hay para sonreír. Los pensamientos negativos opacan a los positivos. Por eso, haciendo una pregunta muy simple, “¿Qué es lo que siempre te hace sonreír?”, la gente se ve forzada a pensar en esas pequeñas cosas que hacen todo mejor.

A estas alturas, London ya ha hecho un primer recorrido por Europa y tiene una interesantísima base de datos con respuestas en varios idiomas. En su blog, uno puede seguir su recorrido por varias ciudades. Ella me dice que una de las respuestas más comunes —"extremely common"—de los chicos cuando la ven es: “¡Tú, London, tú eres lo que me hace sonreír!”. No hay que olvidar que London es, al fin y al cabo, una rubia de California. Editar horas de piropos será parte de la chamba.

Las respuestas más raras, por supuesto, fueron las del recorrido de London por Nueva York, ciudad en la que hizo las primeras tomas del proyecto. La gente de esta ciudad confiesa ante cámaras que sonríe por cosas extrañísimas. “El color naranja”; “Los tríos”; “El futuro”; “La palabra queso”.

En estos momentos, London ya lleva más de 500 entrevistados y el número sigue creciendo. A ver si se dan una vuelta por su web y ven qué onda. A mí me dio harta satisfacción ver que, en la Euroferia de Bruselas, London se encontró con la delegación española. "Estaba tan feliz... pues aunque no soy una experta, me siento cómoda con el idioma: puedo comuncar las palabras y frases necesarias".

Bueno, al menos yo puedo dormir tranquilo. Esas terribles clases de invierno repitiendo a-e-i-o-u, sirvieron para algo.

13.07.10 6

Receso forzado

Como muchos se habrán dado cuenta, dejé de escribir. Como muchos también se habrán dado cuenta, eso se debió a la ineludible circunstancia del mundial de fútbol, que concentró toda la atención durante el tiempo que duró (o que tardó en acabarse, como prefieran verlo). Nadie puede competir contra el mundial de fútbol. El mundial de fútbol hace que sucedan cosas extrañas: que la soberana de un reino rico en historia se meta en un vestuario de hombres, que Uruguay renuncie al crimen organizado y se ponga a bailar samba, que el alcalde de la ciudad más insegura de Sudamérica ponga una pantalla gigante en la Plaza Mayor. ¿Qué podía hacer? Nada. No tengo nada que decir si en la otra ventana de Internet Maradona está llorando porque perdió mientras el técnico alemán se come los mocos. Tengo poco que decir si un reportero pipiléptico llega a la casa de la tetona del Mundial (¿Riquelme no era un jugador?). No tengo cómo defenderme frente al pulpo Paul.

Pero nada, ya volví.

16.06.10 29

Gracias, España

Una breve reseña de mi primera y probablemente última incursión como apostador en el Mundial de Sudáfrica.

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Ayer vi a Marc, un amigo canadiense que tiene corazón español porque su padre es de Navarra. De hecho, habla castellano a la perfección. Lo vi con Juan, mi broder colombiano, un tipo que usa lentes oscuros, sombrero y guayaberas, la clase de sujeto que hace que los patrulleros de la Policía de Nueva York disminuyan la velocidad. Marc nos invitó a subir a la azotea de su piso en Chinatown para tomar unas cervezas y ver el atardecer. Allí, empezó a hablar del maravilloso equipo español. Yo le dije lo que pensaba del equipo español. De hecho, le hablé de las cosas que me disgustan del Mundial: el llanto argentino y la ridiculez española. Marc se ofendió. “Yo sí respeto a Cubillas y tu no respetas España”, dijo. A lo lejos, el Empire State se tornaba anaranjado.

Juan le dio la razón. Dijo que España era realmente bueno y que no tenía fundamentos para hablar como hablaba, que estaba siendo un bocazas. Marc es historiador —de hecho, es historiador de Harvard—, y demostró una habilidad tremenda para recordar resultados del mundiales y Eurocopas. Mencionó, entre otros datos, que Inglaterra, aparte del Mundial que organizó y ganó (1966), solo pudo llegar a semifinales una vez más, en el 90. “Después de este Mundial, vamos a estar por encima de ellos”.

España jugaba al día siguiente. O sea, hoy. Jugaba contra Suiza. No sé nada de Suiza, no he visto un solo partido del Mundial. Pero la cara de Marc ya la conocía de sobra. Era la cara del optimismo y la autosuficiencia ciega. La seguridad. La anulación total de la duda. España no va a ganar mañana, le dije. Quería joderlo un poco.

—¿Quieres apostar? —me respondió, para mi sorpresa. Bebí un sorbo.

Marc es inteligente, pero es como cinco años menor que yo. Siempre he creído en la edad, en la sabiduría de los años. No hay nada más vulnerable que un chico atolondrado con una idea fija.

—Ya pues, apostemos.
—¿Treinta dólares?
—No, cincuenta dólares. Yo digo que empata o pierde.
Marc se rió, como celebrando algo. Luego dijo:
—Hecho.

Juan me interrumpió: “Oye, man, estás loco. Suiza es una mierda, y por lo que sé, no tienes plata”.

En efecto, no tengo plata. Lo recordé de pronto. En mi mente traté de encontrar algún referente del país de la cruz neutral, pero solo se me apareció Chapuisat, que a estas alturas debía ser una estampita del recuerdo. Pero en fin, ya era tarde para retroceder.

Juntamos los dedos meñiques.

Luego Marc siguió hablando de España y Suiza. Mencionó con precisión matemática las veces que se han enfrentado. Conclusión: España siempre le ganó a Suiza. Escucharlo hablar de estadísticas, lejos de inquietarme, me puso más tranquilo.

—Yo siempre defenderé causas perdidas —dije.

Juan alzó los hombros y me dijo: “si estás tan seguro, deberías apostar más por si pierde. Cincuenta si empata pero setenta si pierde”. Lo miré: me di cuenta de que Juan tiene competencias que yo no poseo. Es un rufián bogotano en medio de Washington Heights. Nos despedimos al anochecer.

No veo el partido, obviamente. Siempre duermo hasta las doce y no me voy a levantar temprano por un juego de fútbol. Me despierta un mensaje de texto de Marc.

“Compañero, eran dólares gringos o canadienses?”

14.06.10 11

Silvio, el maestro

Algunos apuntes a propósito de la visita de Silvio, el más grande cantautor en español de todos los tiempos, en Nueva York. Como siempre, llenó el auditorio.

El ajustón me impidió ir al concierto de Silvio Rodríguez en Nueva York. Por suerte, ya había ido a verlo a Lima hace tres años. También por suerte, en estos tiempos todo el mundo porta su camarita y luego uno puede ver lo que pasó en YouTube. Y pasó lo de siempre, nadie pudo resistírsele, hubo gritos y lágrimas palmas y almas vibrando, y todos volvieron a creer por un segundo en... en él. Silvio llegó a Manhattan tras una ausencia de treinta años. Le negaban la visa por apoyar a Castro (casi puedo imaginar la cara de todos esos funcionarios gringos al hacerle las entrevistas). Silvio es política pura. Aprendió a cantar como si estuviera en guerra. De hecho, estaba en guerra. El mundo estaba en guerra. La guerra era una declaración de amor: “te doy una canción como un disparo, como un libro, una palabra, una guerrilla”, o este otro fragmento de Fusil contra fusil: “todo el mundo tercero va / a enterrar su dolor / con granizo de plomo hará / su agujero de honor”. La gente dice que Silvio hace bellas metáforas. “Granizo de plomo” es una buena metáfora, aunque también es una es una imagen bastante literal y cruda. Porque en el fondo, Silvio hizo su grandeza refiriéndose a cosas tangibles, a luchas concretas. Unicornio, su canción más célebre, fue compuesta para un hombre que perdió a su hijo en la guerrilla centroamericana. Está en el mismo LP de la Canción Urgente para Nicaragua, una apología al movimiento que tomó el poder en ese país en 1979 —apoyado en armas y en entrenamiento militar por Cuba y el Departamento América, una organización militar que llegó a ser admirada por la propia KGB soviética debido a su eficiencia—. Silvio, como gran parte del planeta, creía en un camino. Sus canciones —sus maravillosas canciones— hablan de eso.

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Foto: Isabel Cadenas

Cuando fue a dar un concierto en Lima, me colé en la conferencia de prensa. En la rueda preguntas, le pregunté al trovador por Bush y sus amenazas, si él volvería a hacer cosas como ir a Angola (Silvio fue a acompañar a las tropas cubanas que murieron en la cruzada internacionalista). El cubano respondió: “Poco antes de ir a Bolivia, el Che dijo en una carta: ‘haré esto ahora porque cuando tenga cincuenta años ya no voy a poder’. Esas cosas ya no las hago. Ahora, no creo que Bush invada Cuba, pero si lo hace, no me quedaría otra alternativa que buscar mi fusil, como cualquier hijo de vecino, sin que eso tenga un mérito especial”.

Confieso que imaginar al viejo Silvio con un fusil, cercado por marines invasores me hizo llorar de emoción. Silvio es así: saca el adolescente que llevas adentro. Lo sabemos todos los que nos hicimos callos aprendiendo a tocar Ojalá en guitarra en algún campus universitario. Oh dios, ahora que me acuerdo: ¡llevaba una boina!

El otro día hablaba con un amigo cubano sobre la canción El Necio, de Silvio. Esa canción fue lanzada en 1991 y fue una respuesta directa a las presiones de Miami contra el régimen de Fidel Castro, tras la caída del bloque comunista. En la canción, Silvio dice, básicamente, “yo me muero como viví” a todos los que le piden de rompa con la Revolución. Mi amigo y yo nos reímos del tema, sobre todo de esta parte: “Dicen que me arrastrarán por sobre rocas, cuando la Revolución se venga abajo, que machacarán mis manos y mi boca, que me arrancarán los ojos y el badajo”. ¿Saben lo que es badajo, no? Allí, escuchando esa canción, nos preguntamos qué hubiera pasado si Silvio se unía a Estefan en esos años inciertos. “Pucha, ahí sí se acababa la Revolución”, le dije.

“Es probable”, me dijo, con su acento cubano.

Luego, mi amigo me preguntó si quería escuchar algo de verdad fuerte. Abrió su laptop y me mostró la única versión de La Maza que nunca hubiera querido escuchar en mi vida. ¿Es Mercedes Sosa?, pregunté. Sí —me respondió—, pero hay alguien más. Escucha. Escucha con atención. ¿Reconoces esa voz?

Silvio, maestro, ¿cómo pudiste cederle los derechos a esa? ¿Cómo pudiste? Eso sí no te lo voy a perdonar. ¡Maestro!

11.06.10 41

Lejos de Sudáfrica

Hay cosas que me disgustan de la fiebre mundialista, sobre todo viviendo en una ciudad donde hay gente de todo el mundo: La ridiculez española —siempre creen que pueden ganar—, la alegría fronteriza de los brasileños, el llanto argentino, la bulla de los italianos. Nueva York los juntó y el fútbol puede separarlos —y nadie querrá estar cerca cuando eso ocurra—.


Ver mapa más grande

Hace tiempo que detesto el fútbol y todo lo que representa. El fútbol me recuerda en qué mundo vivo y también en qué país nací. El Perú no está en el mundial hace casi treinta años, pero allá, por razones que no logro entender, siguen siendo fanáticos del deporte, fanáticos del campeonato local, fanáticos a morir y a matar. En Lima, la gente celebra cuando gana un “equipo hermano” en el mundial. De hecho, celebran por Brasil en el Parque John F. Kennedy; se visten de amarillo. (No comments). Qué dirá Cubillas. No quiero ver el Mundial. El fútbol de hoy no me gusta. El fútbol se parece cada vez más a Materazzi bloqueando a Zidane, y a Zidane haciendo lo único que haría un varón de siete años cuando no hay solución. “Insultó a mi hermana”, explicó luego en elegante francés. Eso resumió para mí el Mundial de 2006. El fútbol se parece cada vez más a Italia y su sarta de gladiadores crónicos, supersónicos, biónicos. Neutralizar la belleza, ese es el triste devenir de los creadores del Renacimiento.

Mi amigo cordobés me dice que podemos ir a un bar a ver el Mundial de fútbol. En Manhattan hay muchos. Vean nomás el mapa. Mi amigo cordobés no es fanático, eso me consta, pero los argentinos que no tienen corazón de pelota son como los alcohólicos rehabilitados. Nunca puedes confiar en ellos. ¿Y si golean a Argentina? No quiero ni imaginar lo que ocurriría si golean a Argentina. Mi amigo cordobés mide un metro noventa y seis. Tiene una honda cicatriz en el pómulo derecho. Nunca le hemos preguntado qué pasó.

No es casual que en Manhattan haya gran cantidad de sitios ideales para ver el Mundial. En Nueva York y en todo Estados Unidos, los bares suelen estar llenos de pantallas LCD. Son cinco, ocho o diez pantallas gigantes —de hecho inciden a la iluminación de cada local—. Por lo general, hay béisbol, básquet o fútbol americano, y siempre puedes ver algún tipo solitario que sigue con la mirada el juego. A veces, cuando ha tomado algunas cervezas, celebra una maniobra y se atreve a decirle algo al hombre solitario de al lado. Varios de esos locales cambian el switch y anuncian en las pizarras su programación especial por la World Cup.

En el primer partido, me entero recién en la red,  jugará México. La ciudad va a estar insoportable.

Hay cosas que me disgustan de la fiebre mundialista, sobre todo viviendo en una ciudad donde hay gente de todo el mundo: La ridiculez española —siempre creen que pueden ganar—, la alegría fronteriza de los brasileños, el llanto argentino, la bulla de los italianos. Nueva York los juntó y el fútbol puede separarlos —y nadie querrá estar cerca cuando eso ocurra—. No sé quién dijo que el fútbol hermana. Por lo general, ocurre exactamente lo contrario. Me inquieta también ver ciertas noticias-tipo, que van y vienen con cada Mundial. Por ejemplo, Fidel Castro saliendo de sus aposentos otoñales para elogiar a Messi, Cristiano Ronaldo visitando a Nelson Mandela. Imágenes de archivo de Maradona en México 86, contra los ingleses. Shakira. Las caderas de Shakira. La extendida costumbre de vestir a modelos con trapos alusivos a las selecciones, darles una pelota para que juegue, tomarles fotos y titular algo así como “ellas también juegan su mundial”. Tetas.

Pero bueno, supongo que al final me pasará lo de siempre: cederé. En cuartos de final suele haber sorpresas y la verdad no puedo resistirme a ver a los grandes caer. Mi amigo cordobés me envía un mensaje de texto. Mi celular vibra por culpa del Mundial (y yo que pensaba que estaba tan lejos)

28.05.10 53

Conexión con Berenson

El blogger narra un encuentro inesperado cerca del Washington Square Park, entre vinos, fotografías y recuerdos.

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En el hall del Centro King Juan Carlos de la Universidad de New York, están expuestas desde el año pasado las fotos principales de la colección Yuyanapac de la Comisión de la Verdad. Son fotos cargadas de tensión histórica, de premoniciones y fantasmas y ruinas, y llegar allí con estudiantes de otros países es raro, porque es como si tuvieran acceso a la sección más fea de nuestro álbum familiar. A nuestros muertos, nuestra guerra. Miran las fotos y luego te miran a ti, y entonces no te queda más remedio que alzar los hombros como diciendo sí, eso fuimos, somos eso. Allí están las imágenes y como el espacio es chico, es también allí donde se realizan los cocteles y los vinos y los bocaditos de honor que vienen después de las lecturas y disertaciones. El ingreso es libre.

Allí llegué hace unos meses para escuchar una charla de José Pablo Baraybar, el jefe del Equipo Peruano de Antropología Forense, un hombre ha visto muertos y fosas en sitios como Huanta, Sebrenica y o Ruanda. Conocía a Baraybar por una entrevista que le hice en Lima en el 2001. “Lo que distingue al ser humano como especie es su capacidad de desarrollar una ingeniería de la muerte”, me dijo esa vez. Dijo también una frase que hasta ahora recuerdo como un eco: “con el entrenamiento adecuado, cualquier hombre es una estupenda máquina de matar”. Baraybar estaba ahora un poco más canoso, un poco más sereno, más académico. Se había convertido en una autoridad mundial en asuntos de atrocidades. Cuando conversamos, le recordé las frases de aquella entrevista. Levantó las cejas y dijo que seguía pensando exactamente lo mismo.

Había ido a verlo con una de mis nuevas amigas. Ella es hija de un abogado famoso y poderoso en el Perú, una chica con la que difícilmente coincidiría en Lima alguna vez —Asia me queda muy lejos—, pero que en esos meses de Nueva York se hizo la compañía lúcida y divertida. De pronto, casi al mismo tiempo, escuchamos a hablar a un hombre calvo, delgado y eléctrico. El tipo usaba una retórica llena de vigor, movía las manos y el torso cuando argumentaba, como una suerte de Fidel Castro joven, solo que en inglés. El hombre era maduro y todavía atractivo, y tenía la cualidad de mirarte como si te comprendiera en lo más hondo —en veinticinco años, un perfecto Santa Claus—. Pero no nos hubiera llamado la atención de no ser un detalle: lo mucho que sabía de la actualidad peruana. Nos acercamos. Leía —nos confesó rápidamente— siete diarios peruanos al día.

Teníamos un vino. No sé si brindé con él. Creo que sí.

Por esos días había asumido como ministro Rafael Rey. Mi amiga y yo detestábamos la idea, nos dolía desde lejos que cosas así estuvieran pasando en nuestro país. Mi amiga y yo tenemos muchas diferencias, pero nos une el convencimiento de que Fujimori fue un desastre moral y que sus secuaces no deberían volver a la administración pública nunca más. Nos habíamos acercado al hombre y el hombre tuvo el buen tino de hablar mal de Rey, recordando su trayectoria con asombrosa fidelidad. Reímos. Cuchicheamos. ¿Más vino?

Al final, mi amiga, que tiene un inglés británico exquisito, preguntó:

—¿Cómo es que sabe tanto del Perú? Estoy sorprendida.
—Soy Mark Berenson. Probablemente han oído hablar de mi hija.

Mi amiga y yo recurrimos a un truco muy viejo. Nos escudamos en el vaso de vino. Mi amiga tiene un entrenamiento en situaciones sociales mucho más avanzado que el mío —mi amiga es una lady y yo solo soy esto—, pero tampoco ella sabía qué hacer. He pensado después que el hombre estaba acostumbrado a este tipo de silencios, estos témpanos repentinos. A pocos metros, en la pared que quedaba justo en nuestro campo visual, podía verse la foto de un muro pintarrajeado con la V, la V de la porra y el fusil pintadas de rojo. El llamado a las armas de Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. Lima, 1983.

No íbamos a discutir con el padre, eso nos quedaba claro. Pero cuando llamó “injusticia” al hecho de que su hija esté en la cárcel tanto tiempo, tuve ganas de agarrarlo a patadas. Una cosa es que a los nos caiga quaker Giampietri, pero otra muy distinta es que vaya a solidarizarme con tu causa, causa. A ver. Pensemos. ¿Qué me pasa a mí, un chico joven, buena onda y sensible, si conspiro para tomar por las armas el Capitolio y el FBI descubre mi plan? Pongamos que no soy cabecilla, ni siquiera segundo, solo cómplice de un asalto frustrado contra la Cámara de Senadores. ¿Qué me pasaría? ¿280 años? ¿Mucho? ¿139 después de una apelación?

Mi amiga y yo nos escabullimos en silencio y salimos a la calle. En shock.

El señor Berenson es un hombre carismático, no puedo decir que me haya caído mal. Y tiene mucha, mucha suerte de que su hija haya salido libre. Pero espero, de verdad, no encontrármelos en el Rockefeller Center la próxima Navidad.

(Eso sí, en todo país civilizado la gente que sale de la cárcel tiene derecho a que la sociedad la deje en paz. Nuestra justicia, o sea, todos nosotros, hicimos pagar 15 años a Lori Berenson por lo que hizo. Ya está)

13.05.10 20

Mis nuevos amigos (2) El cordobés en skate

G. es quizás el más adaptado a Nueva York de mis amigos latinos. Ha vivido siete años en la ciudad. Tiene conclusiones inteligentes y no se deja llevar por axiomas fáciles ni sociologías de café. Su inglés es exquisito, preciso, elegante.

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Foto: Adrian Miles ©

Mi amigo G. me cae bien porque es argentino de Córdoba, lo cual es siempre un atenuante. Mi amigo G. se viste divinamente y más de una vez le he pedido que me pase los nombres de las tiendas que visita. Fue él quien incluyó por primera vez Zappos en mi vida. Con frecuencia, nos comparamos los morrales y los anteojos (los suyos son Prada, los míos Vogue), aunque él sale ganando, pues el arsenal de su clóset es infinito. Eso sí, G. siempre dice las cosas con sencillez. A diferencia de gente de otras regiones de su país, mi amigo no habla mucho ni muy alto: es un hombre que mide sus palabras y mide un metro noventa y seis.

G. es quizás el más adaptado a Nueva York de mis amigos latinos. Ha vivido siete años en la ciudad. Tiene conclusiones inteligentes y no se deja llevar por axiomas fáciles ni sociologías de café. Su inglés es exquisito, preciso, elegante. Se hace escuchar. Sabe ver mujeres sin que lo vean a él, sabe ser discreto, irse a tiempo cuando bebemos juntos, asistir exactamente a los eventos que importan y ahorrar. Disfruta cruelmente viendo taras latinoamericanas que una vez fueron también suyas. “Dejá de mirar a esa mina, boludo, qué acá no funciona así”, dijo.

En Lima tampoco funciona así, pero igual miro.

Todos los sábados, G. monta skate en un parque cerca de donde vive, en Brooklyn. A sus 36 años, consigue que el skate despegue del piso. G. tiene cuatro skates y una esposa rusa. Él y su esposa se conocieron en una empresa de traducción. Ella es tan alta como él, cuando uno les habla siempre parece estar pidiéndoles algo. Para Hallowen, la esposa rusa de G. se disfrazó de tenista rusa (lentes, falda y raqueta). El disfraz quedaba tan natural que resultaba autoparódico, hiperrealista. En vez de celebrar, todos se quedaban pensando, como si hubieran visto arte conceptual y no una mujer disfrazada. Mi amigo G., en cambio, estaba con un disfraz-disco. Tenía pelo falso afro, una camisa chillona, una pistola de plástico.

(En algunas estaciones de metro hay letreros que advierten que portar pistolas de plástico que parezcan reales está prohibido. Está prohibido, además, pintar pistolas reales para que parezcan de plástico.)

Mi amigo G. paga 99 centavos para descargar fotos de adolescentes japonesas en ropa interior. Luego ve las fotos en el iphone. A veces me las muestra, para lo cual tiene que encorvarse un poco. La última vez que vimos fotos juntos, estábamos cerca de la universidad. Él llevaba unas zapatillas Le Coq Sportif —la marca que usaba Maradona cuando jugaba en Italia— y un morral de la misma marca australiana que el mío. De pronto alzó la mirada hacia la calle llena de juventud y me dijo:

—No sabes lo sabroso que se pone esto en primavera.

10.05.10 11

Mis nuevos amigos (1). Un caso de podofilia

Inevitablemente, la vida se puebla de gente nueva en Manhattan. Uno se va adaptando. Y de pronto, sin que uno se dé cuenta, ya hay un campo magnético de amigos. O algo así.

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Foto: Auntie P

M. dejó sus zapatos en la mesa del bar más antiguo de Nueva York, un bar irlandés, y dijo que iba al baño. Mi amigo B. y yo nos quedamos mirando el paquete. Eran los zapatos rojos que ella acababa de reemplazar por un par nuevo que se había comprado en el Soho —y que llevaba puestos—. De hecho, sus zapatos nuevos chocaban contra el piso a medida que se alejaba y atraía las miradas de los gringos. Los que estaban en la mesa eran los zapatos viejos. De tacón, también.

Nos quedamos mirándolos. Mi amigo B. me dijo de pronto que debíamos beber una cerveza usándolos como recipiente. Yo visualicé rápido la acción propuesta y le dije que no era una mala idea. Ya habíamos bebido un poquitín. Hacía calor. A mí siempre me han gustado los pies. Los pies de M. no son tan lindos (he tenido oportunidad de estudiarlos), pero ella sí y entonces creía que sería bueno hacerle un homenaje. En el bar más antiguo de Nueva York, te sirven la cerveza de dos en dos, te tiran los chops rudamente. Alguna cerveza siempre se rebalsa y por eso la mesa está siempre pegajosa. La cosa se presta para la suciedad.

Cuando M. volvió, le dijimos que habíamos bebido cerveza en sus zapatos. “Pero no te preocupes, limpiamos bien”, la tranquilizamos. Ella se rió al principio pero al notar nuestro tono serio cambió de cara y preguntó: “¿En verdad?”. “Sí —respondimos—, es que nos dio ganas, sorry”. Ella dudó y sonrió. “Me están tomando el pelo”, dijo. “No”, dijimos. Entonces M. sacó los zapatos de la bolsa y empezó a mirarlos. Les dio vueltas, los puso a la luz, los escudriñó con sus enormes ojos de pestañas acentuadas, los olfateó y al olerlos los pegó a sus labios, que estaban pintados del mismo rojo. Exactamente (R=250, G=11, B=13).

La imagen era demasiado hermosa. Pedimos una ronda más.

ACERCA DEL AUTOR

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Juan Manuel Robles R.

Escritor y periodista. Ha publicado LIMA FREAK. Vidas insólitas en una ciudad perturbada (Planeta, 2007) y Zaraí Toledo. La hija patria (Sarita Cartonera, 2009). Historias suyas han aparecido en las antologías Lo mejor del periodismo de América Latina II (FNPI, 2010), Crónicas de otro planeta (Debate, 2009), Las mejores crónicas de Gatopardo (Debate, 2006), Historia de una mujer bomba y otras crónicas de América Latina (UAI-Uqbar, 2009), en los libros Huancaína freak y otros cuentos para comer y Pequeños dictadores (Mesa Redonda, 2009) y en revistas de América Latina y Europa. Fue finalista y nominado del Premio Cemex - FNPI 2008 y ganó el primer y el segundo premio del Concurso de Cuento Gastronómico Matalamanga - 2007. Ha sido becado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano —que dirige Gabriel García Márquez— para asistir a los talleres de Ryszard Kapuscinski (2002) y Tomás Eloy Martínez (2004). Creó y dirigió la revista Helio (2005). Fue coeditor de la revista Cosas Festín. Es colaborador de las revistas Etiqueta Negra y Cosas. Vive en Nueva York gracias a una beca de NYU.

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