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    <title>La tormenta en el vaso</title>
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    <updated>2008-09-15T23:14:46Z</updated>
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Dante Trujillo RuizÂ¿Perfil? No, perfil no: de frente. He trabajado en una ferreterÃ­a y en una fÃ¡brica de pintura. DejÃ© dos carreras a medias y terminÃ© una tercera. Lo que dejÃ© a medias allÃ­ fue la maestrÃ­a. He trabajado en publicidad, vendido textos de Walt Disney para niÃ±os y tenido una librerÃ­a. He sido periodista, cronista y crÃ­tico de libros en el Ã?rea de Publicaciones y Multimedios de El Comercio, donde lleguÃ© a editor adjunto. Desde hace cuatro aÃ±os dirijo Solar, una empresa de desarrollo editorial y multimedia.
Escribo en la mente por falta de tiempo para hacerlo en papel. Vivo con A, y mis hijos, V y M, quienes me hacen todo lo feliz que puedo ser. Realmente mucho mÃ¡s</subtitle>
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    <title>Yo, el peor de todos</title>
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    <published>2008-07-22T23:20:46Z</published>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="dedoscruzados.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/dedoscruzados.jpg" width="343" height="400"></div>
<div style="text-align: center;"><strong>Foto: <a href="http://www.flickr.com/photos/jasonmichael/40127683/" target=_blank>Jason Michael</a></strong></div>

<p>Todos escribimos a diario, todos somos fabuladores. Cuando contamos un chiste. Cuando contamos un chisme. Cuando le decimos a nuestro profesor que no hicimos la tarea porque nuestra madre tuvo un accidente. Cuando le decimos a nuestra madre que llegamos tarde porque el auto en el que Ã­bamos tuvo un accidente. Cuando le mentimos a nuestras esposas, a nuestros hijos, a nuestros amigos. Mentimos a nuestros electores, a nuestros clientes, a quienes se acercan a nuestra ventanilla, a nuestros proveedores, a nuestros socios, a nuestros conocidos, a nuestros desconocidos. Les mentimos a los curas y a las putas. Mentimos cuando rezamos y cuando soÃ±amos. Mentimos con odio y con compasiÃ³n. Mentimos para herir y para sanar. Mentimos a quienes confÃ­an en nosotros, y a quienes ya no lo hacen. Nos mentimos a nosotros mismos. Mentimos piadosamente. Mentimos despiadadamente. <br />
Mentir es narrar algo que no ha ocurrido, pero que pudo. Lo mismo que escribir ficciÃ³n.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Yo he sido un mentiroso consuetudinario, incontenible. QuizÃ¡ por complejo, quizÃ¡ porque la imaginaciÃ³n se me desbordaba. QuizÃ¡ porque no me gustaba la vida que la vida me habÃ­a dado. Pero mentÃ­a. Desde niÃ±o. Cuando aprendÃ­ a escribir, pongamos que a los cinco aÃ±os, recuerdo que aprovechaba los domingos por la maÃ±ana, cuando todos en mi casa dormÃ­an, para bajar y escribir historias de vampiros con colmillos de veinte centÃ­metros y de gente tristÃ­sima: urdÃ­ la historia de una seÃ±ora cuyos dos hijos habÃ­an muerto, uno de cÃ¡ncer, el otro de capricornio. Por supuesto, siempre se trataba de historias en primera persona. Ahora, debo decir que nunca, o sÃ³lo muy pocas veces, he mentido por cobardÃ­a o con mala leche: mis mentiras solÃ­an ser divertimentos, juegos que a veces resultaban sumamente intrincados y que me han llevado a situaciones divertidÃ­simas, en la medida que puede resultar divertidÃ­simo dar pena o risa. He fanfarroneado, he inventado cuentos sobre mi edad, mi procedencia, mi iniciaciÃ³n sexual, mi capacitaciÃ³n, mi incapacidad. Le he mentido a mi mujer cuando la conocÃ­ y sÃ³lo el diablo sabe lo que me costÃ³ sostener esa mentira: como esos malabaristas/equilibristas chinos que soportan una silla, sobre la cual hay otra silla, sobre la cual hay una mesa, sobre la cual hay una pelota, sobre la cual hay un mono con gorrito que hace malabares... Me perdonÃ³, creo, por puro romÃ¡ntico. Porque hay que ver cÃ³mo son de mentirosos los romÃ¡nticos. Le he mentido a todos los miembros de mi familia, y cuando escribo estas lÃ­neas, que no sÃ© a dÃ³nde me llevarÃ¡n, siento la palabra mentira como la palabra moco y sÃ³lo me da asco, y siento que casi me tengo que limpiar las manos en el pantalÃ³n. QuizÃ¡ por eso (por eso y porque de alguna manera siento que envejezco) que he dejado la fÃ¡bula para la zona liberada de la escritura, donde puedo seguir contÃ¡ndole al taxista mis aventuras cuando traficaba hachÃ­s entre Marruecos y MÃ³naco, saltando del desierto a los salones exclusivos, cambiÃ¡ndome el turbante por el smocking con la misma facilidad con la que las mujeres exÃ³ticas por las sofisticadas, una actividad que lamentablemente tuve que abandonar porque extraÃ±aba demasiado a mi viejita. (Es increÃ­ble la debilidad que me generan los taxistas. Al respecto supongo que a) estÃ¡n tan aburridos que esperan con ansias cualquier historia y, en ese sentido, son los mejores lectores potenciales; b) no me creen un carajo, pero por deformaciÃ³n profesional simplemente me dejan ser; o c) esperan que me baje para contarle el mismo cuento a un tercero, dando origen a una leyenda urbana. Antes tomaba unos ocho taxis al dÃ­a. Hoy no tomo ninguno. QuizÃ¡ por eso escribo peor). </p>

<p>Les miento a ustedes cada vez que les digo que voy a poner un post nuevo y no lo hago, pero la verdad es que, repito, no quiero mentirle a nadie nunca mÃ¡s. Al menos no como yo mismo, como el yo real. Entonces me estreso, me angustio, y eso no me resulta saludable. Ya no. CrÃ©anme. Pero por favor, hÃ¡ganlo (â€œen boca del mentiroso hasta lo cierto se hace dudosoï¿½?). Cuando comencÃ© este blog pensÃ© que tendrÃ­a mÃ¡s tiempo disponible, pero la verdad es que toda mi vida me la he pasado rezÃ¡ndole a mi dios personal para que me regale dÃ­as de mÃ¡s horas, horas de mÃ¡s fuerzas, y fuerzas de mÃ¡s luz. Pero al que le toca la suerte loca, ni modo, y como encima he sido pecador (porque hasta a mi dios le he mentido, siempre sin mala fe) mis dÃ­as son como los de cualquiera, aunque quizÃ¡ con mÃ¡s trabajo. Pero les juro que quisiera postear mÃ¡s seguido, y que cuando les digo que lo voy a hacer es porque realmente creo que lo voy a hacer.</p>

<p>Me siento muy afortunado de tenerlos ahÃ­. Yo, por mi parte, voy a seguir aquÃ­, mientras me aguanten, pero quiero que quede claro algo: voy a colgar historias cuando pueda y hasta que me saquen de la parrilla de bloggers. Y como para redimirme por tanto tango, a continuaciÃ³n voy a colocar las fotos de cuatros de nuestras cinco reuniones. Debo agradecer a Jota, Abraxas, Andagi, Vida, Coco, Alexandra y Franco por pasarme muchas de ellas, y a JoaquÃ­n, en El Comercio, por haberlas convertido en slideshows: simplemente para mÃ­ hubiera sido imposible.</p>

<p>Siento que he armado un post de nada. Y me gusta que asÃ­ sea.</p>

<p>PRIMER ENCONTRONAZO<br />
<div><br />
  <embed src="http://widget-e6.slide.com/widgets/slideticker.swf" type="application/x-shockwave-flash" quality="high" scale="noscale" salign="l" wmode="transparent" flashvars="cy=h5&il=1&channel=72057594050076646&site=widget-e6.slide.com" style="width:426px;height:320px" name="flashticker" align="middle"/><br />
</div></p>

<p>NOCHE RÃšSTICA<br />
<div><embed src="http://widget-bf.slide.com/widgets/slideticker.swf" type="application/x-shockwave-flash" quality="high" scale="noscale" salign="l" wmode="transparent" flashvars="cy=h5&il=1&channel=72057594050076607&site=widget-bf.slide.com" style="width:426px;height:320px" name="flashticker" align="middle"/></div></p>

<p>TARDE LÃšDICA<br />
<div><embed src="http://widget-67.slide.com/widgets/slideticker.swf" type="application/x-shockwave-flash" quality="high" scale="noscale" salign="l" wmode="transparent" flashvars="cy=h5&il=1&channel=72057594050076519&site=widget-67.slide.com" style="width:426px;height:320px" name="flashticker" align="middle"/></div></p>

<p>TOUR NIPÃ“N<br />
<div><embed src="http://widget-8b.slide.com/widgets/slideticker.swf" type="application/x-shockwave-flash" quality="high" scale="noscale" salign="l" wmode="transparent" flashvars="cy=h5&il=1&channel=72057594050076555&site=widget-8b.slide.com" style="width:426px;height:320px" name="flashticker" align="middle"/></div><br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>CortÃ¡zar en Kuala Lumpur</title>
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    <published>2008-07-07T07:00:03Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:15:14Z</updated>

    <summary> Foto: Archivo El Comercio Si Julio CortÃ¡zar viviese tendrÃ­a 94 aÃ±os aunque parecerÃ­a de 70 y probablemente medirÃ­a como 2.40 metros. Si estuviera dentro de una de dos torres gemelas (pongamos la Torres Petronas de Kuala Lumpur) CortÃ¡zar podrÃ­a...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="cortazar.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/cortazar.jpg" width="248" height="350"></div>
<div style="text-align: center;"><strong>Foto: Archivo El Comercio</strong></div>

<p>Si Julio CortÃ¡zar viviese tendrÃ­a 94 aÃ±os aunque parecerÃ­a de 70 y probablemente medirÃ­a como 2.40 metros. Si estuviera dentro de una de dos torres gemelas (pongamos la Torres Petronas de Kuala Lumpur) CortÃ¡zar podrÃ­a pararse, por ejemplo, en el piso 87 y ver, al nivel de sus ojos, lo que ocurriese en el piso 88 de la torre de al lado. PodrÃ­a espiar lo que pasara allÃ­, mirar quizÃ¡ a un matrimonio joven, Ã©l ejecutivo de una transnacional y ella ama de casa. </p>]]>
        <![CDATA[<p>PodrÃ­a ocurrir, por ejemplo, que Ã©l sea malayo y ella norteamericana, que se conocieron en alguna universidad del este de los Estados Unidos adonde ella llegÃ³ desde un pueblo de Wisconsin y Ã©l de una dinastÃ­a de hÃ¡biles hombres de negocios, una raza de nuevos tigres. Ã‰l trabaja durÃ­simo y ella, que es rubia y bonita, aun cuando uno se puede fÃ¡cilmente imaginar que lo fue mÃ¡s en el pasado, va al gimnasio, al supermercado, a las librerÃ­as, pero bÃ¡sicamente se pasa horas sola en casa viendo la tele u hojeando revistas. Son, por supuesto, un matrimonio joven y exitoso normal. Y lo son durante esos cinco minutos o cinco meses que lleva CortÃ¡zar mirando, apoyado en el antepecho de su ventana pues es la Ãºnica manera de ver la ventana del piso superior de enfrente que refleja el cielo celeste y, ahÃ­ donde lo ve, una nube que parece un conejo gordo. Pero de pronto ocurre que esa realidad a la que todos debÃ­amos estar acostumbrados se rompe cuando una maÃ±ana, luego de que Ã©l partiera al trabajo, y ella (pongamos que se llama Cecilia), de pie, mirando el piso de la cocina, las pelusillas suspendidas en el rayo de luz que entra por la ventana, recuerda que ha parido un bebÃ© que naciÃ³ muerto. No entiende por quÃ© lo acaba de recordar, seguramente producto del shock. Pero lo ve todo. Se ve a sÃ­ misma: en el Ã¡rea infantil de una tienda por departamentos, mirÃ¡ndose la panza en la tina, leyendo en la cama un libro de nombres para niÃ±as. Porque era niÃ±a. Y tambiÃ©n lo ve a Ã©l (que no tiene nombre todavÃ­a) besÃ¡ndole la barriga, hablÃ¡ndole a la bebÃ©. Y ya no recuerda nada mÃ¡s. Y se queda todo el dÃ­a sentada en el piso de la cocina, incapaz de llorar siquiera, y por la tarde se duerme y sueÃ±a con su hija, ya mayor, quizÃ¡ de 20 aÃ±os, que es igual a ella misma. AsÃ­ la encuentra el esposo cuando vuelve de la oficina. Se agacha, preocupado, a despertarla, y ella le increpa llorando y dÃ¡ndole golpes por quÃ© se lo han ocultado, quÃ© le han hecho, por quÃ© le estÃ¡ ocurriendo aquello. Y Ã©l trata de calmarla, pero ella no deje de llorar, y Ã©l se queda por un instante congelado mirando su rostro increÃ­blemente descompuesto, lleno de lÃ¡grimas y mocos, y llama a un mÃ©dico. Ã‰ste llega en menos de 15 minutos y casi de inmediato le da a Cecilia 15 gotas de Rivotril y la pone a dormir. El esposo la acompaÃ±a en la cama, tomÃ¡ndole la mano, hasta que ella se duerme. Le asombra lo pronto que lo hace. Luego la tapa con una manta de polar y se va a la sala. AllÃ­ Ã©l, el mÃ©dico y un amigo que ha llegado, conversan preocupados sobre lo sucedido porque en la realidad aquella mujer nunca, jamÃ¡s, estuvo encinta. Pero CortÃ¡zar cree que podrÃ­a ser verdad. Enciende un cigarrillo. Sospecha que esa revelaciÃ³n (que podrÃ­a narrar ya en primera persona) es cierta. Que tambiÃ©n es cierta. Y ella duerme y sigue soÃ±ando mientras los hombres le echan la culpa al hecho de estar tan alejada de su familia, en una ciudad que no entiende, tantas horas sola. Ã‰l estÃ¡ preocupado. Realmente la quiere y estÃ¡ consternado. Piensa quÃ© hacer, pedir vacaciones, viajar a ver a su familia, mientras ella sigue soÃ±ando con su hija. Su hija que tambiÃ©n se llama Cecilia. EstÃ¡ desencadenando de un Ã¡rbol su bicicleta cuando se da cuenta de que se le ha salido la cadena. Putea ante la perspectiva de tener que ensuciarse las manos con la grasa y comienza a buscar hojas en los arbustos para usarlas como guantes cuando, de la nada, aparece un muchacho guapo, oriental, que se ofrece a ayudarla. El muchacho tiene una sonrisa francamente cautivante y entonces casi todos sabemos que aquello va a acabar muy mal cuando ella despierte, o por lo menos dejarnos con la sensaciÃ³n de que va a acabar mal. CortÃ¡zar no tiene dÃ³nde botar la ceniza de su cigarrillo y con una mano hace un cenicero de papel con el recibo de una tienda. Observa con orgullo su cenicero: parece hecho por un maestro fumador del origami. El recibo. El recibo es el recibo que le dieron en una de aquellas tiendas de muchas cosas distintas de la capital de Malasia encontrÃ³ esta misma maÃ±ana una pieza capaz de una seducciÃ³n excluyente: un robot hecho de lata que si le das cuerda puede tocar la baterÃ­a. Pero estÃ¡ todo hecho de piecitas de lata (es decir, de latas y tapas de latas de distintos tamaÃ±os). Y toca bien la baterÃ­a, muy bien.</p>

<p>Por un segundo se olvida de dÃ³nde estÃ¡ y mira hacia abajo y supone que el espectÃ¡culo deberÃ­a llevarle a una asociaciÃ³n mental: la de esos hormigueros con paredes de vidrio que sÃ³lo existen en los documentales pero visto desde arriba. Pero en realidad no ve eso porque no se ve casi nada desde tan arriba y entonces recuerda bien por quÃ© estÃ¡ allÃ­, quÃ© ha venido a hacer. Le duele un poco la espalda. Una pena, piensa, que no se puedan abrir las ventanas, pero con seguridad es porque el viento entrarÃ­a al departamento como un huracÃ¡n, llevÃ¡ndose consigo papeles, libros, mobiliario, quizÃ¡ hasta a Ã©l mismo. Y levanta la vista y allÃ­ estÃ¡ la mujer. Puede tener 20 aÃ±os, pero tambiÃ©n 30. Ã“ 35. La ve hablando por telÃ©fono mientras pasea por el departamento. EstÃ¡ en pijama, descalza. Cuelga, se queda un momento mirando el vacÃ­o y antes de irse a la cocina ocurre algo que ni ella ni CortÃ¡zar se hubieran imaginado: se ven.</p>]]>
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    <title>Uno que pudo llamarse Carlos Randolph</title>
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    <published>2008-06-10T16:15:42Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:15:50Z</updated>

    <summary> â€œCalulo es un tipo macanudo, no sabes. Desde chiquillo. Pucha, si a Ã©l lo conozco, uuuuuh, hace aÃ±os. Ã¿bamos al mismo colegio, y mi viejo era pata o primo segundo o algo asÃ­ de su mamÃ¡. En verano Ã­bamos...</summary>
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        <![CDATA[<p><img alt="post_poder.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post_poder.jpg" width="400" height="301"></p>

<p>â€œCalulo es un tipo macanudo, no sabes. Desde chiquillo. Pucha, si a Ã©l lo conozco, uuuuuh, hace aÃ±os. Ã¿bamos al mismo colegio, y mi viejo era pata o primo segundo o algo asÃ­ de su mamÃ¡. En verano Ã­bamos juntos a Santa MarÃ­a, tenÃ­amos patas en comÃºn, nos veÃ­amos en las fiestas, tÃº sabes. Era un flaco bien plantado, buen pata, deportista. Pero no cojudo, ah. Era un pendejazo. Una vez estÃ¡bamos en una fiesta, un luau, creo, en el Waikiki, y Calulo se cogiÃ³ el carro de su viejo, un Volvo de esos grandazos, y nos escapamos con lasâ€¦ no, eso no se dice (risas). Y nos chocamos subiendo por La Herradura. Nos cruzamos con un taxista de miÃ©rcoles y se armÃ³ un escÃ¡ndalo. Pucha, una vaina que casi le friega la vida, imagÃ­nate, un muchacho. Luego se fue a estudiar a Estados Unidos y, no sÃ©, como volviÃ³, de pronto. LlegÃ³ hecho un capazo, y de ahÃ­ no lo parÃ³ nadie. Se casÃ³ con la Susy Souza Ferreira, que habÃ­a sido su novia desde jovencitos. Y no lo parÃ³ nadieâ€¿.</p>]]>
        <![CDATA[<p>â€œSeÃ±or, Â¿me puede traer otro Campari? Gracias. Mira, lo que te voy a decir es off the record, Â¿ya? El tipo tiene algo, un no sÃ© quÃ©, que da miedo y a la vez te perece asÃ­ como sexy, como animal, no sÃ© si me entiendes. A mÃ­ me encanta, para quÃ© te lo voy a negar. Pero te pone esa sonrisita y es como si le pudieses ver los cachitos (risas). Y es tan trabajador, tan hombre, tan dueÃ±o de sÃ­ mismo, no sÃ©. Me encantaba, yo era chiquillaâ€¦ AdemÃ¡s, estaba casado, y Susy con el tiempo se hizo mi amiga, y los chicos, tÃº sabes. Â¿DÃ³nde me dijiste que va a salir esto?â€¿.</p>

<p>â€œNo me interesa hablar de ese tipo. Eso que Ã©l hace no es empresa. Ã‰l se llena la boca diciendo que le da trabajo a mucha gente, que cumple con la â€œresponsabilidad socialâ€¿. QuÃ© carajo: Ã©l lo que es un nosequÃ©, un desgraciado. No sabes, no tienes ni idea de cÃ³mo ha comprado licitaciones, las chanchadas que tiene. Y eso que dicen que sacaba coca en sus contenedores no me extraÃ±a. Â¿Has visto cÃ³mo es la vaina? Les paga una basura a los campesinos, rellena sus vegetales de pesticidas, le rompe la mano a medio mundo para que le compren sus vainas y, encima, es medio narco. No, pues. Ese pata no es un empresario. Es un delincuente. Y se lo digo en su caraâ€¿.</p>

<p>â€œMire, le voy a decir una cosa de Carlos Randolph, y ojo que se lo digo con conocimiento de causa: se trata de una persona extraordinaria. Y un padre y un esposo ejemplar, comprometido. Un tipo Ã­ntegro, que siente el deber de devolverle a la vida lo que la vida le ha brindado, y lo hace con entrega, discretamente, pero con un gran sentido prÃ¡ctico, moderno. Es empresario, pues. Y uno bueno. Sus hijos son chicos muy listos, tambiÃ©n. Buenos chicos, son. Un poco palomillas, pero buenos chicos, y muy populares, sabe. Es increÃ­ble: el mayor es un vivo retrato suyo, de cuando corrÃ­a por ese mismo patio. Igual de bandido. No sÃ© si sabe lo que pasÃ³ el aÃ±o pasado que los de cuarto se fueron de retiro. Yo entiendo que no fue con mala intenciÃ³n, que fue una travesura de muchachos, pero igual nos metimos todos un sustazo, JesÃºs. No fue nada. Y luego Carlos hablÃ³ con la seÃ±ora, la mamÃ¡, y ayudÃ³ a la chica bastante. Ahora estÃ¡ estudiando enfermerÃ­a, creo. Todo quedÃ³ atrÃ¡s. Y tambiÃ©n nos ayudÃ³ para que la municipalidad no nos quite los terrenos en Pachacamac. Y hasta nos pusieron luz y agua. No sabe lo agradecidos que estamosâ€¿.<br />
 <br />
â€œNunca, nunca vuelvas a mi casa a decirme nada de ese maldito, de ese malnacido. Hace treinta aÃ±os que vivo en esta silla de ruedas, dentro de esta casucha que se cae a pedazos. He visto a mis hijos crecer sin poder jugar con ellos, ni los he podido defender, ni los he podido acompaÃ±ar a la calle, a jugar pelota. A nada. SÃ³lo he sido una carga. He debido vivir dando lÃ¡stima, luchando cada vez que intento subir una vereda o limpiarme el culo. Mi mujer ha tenido que hacer cosas que nunca hubiera querido sÃ³lo por mantenernos, por cuidarnos. Y nunca me abandonÃ³. Estoy seguro de que me dejÃ³ de querer (porque quiÃ©n quiere un hombre a medias), pero nunca me abandonÃ³. Se quedÃ³. Todo por culpa de ese maldito. Una madrugada me iba a trabajar y me tocÃ³ mi maldita mala suerte. Me estaba yendo a trabajar. Yo era pobre, y ahora sÃ³lo soy mÃ¡s pobre. Soy un despojo. Yo me estaba yendo a trabajarâ€¿.</p>

<p>â€œUn joyÃ³n. Un joyonazo. Caracho, si te contara. Â¿Te acuerdas del velero Carisma?â€¿.</p>

<p>â€œMira, Susy es mi hermana, y no quiero que nada de lo que te digo se sepa, Â¿no? Pero ahÃ­ donde los ves, juntos, no sÃ©, en un cÃ³ctel, en una parrillada o en Cosas, nada es lo que parece. Â¿Que como quÃ©? Bueno, para empezar, a mÃ­ Calulo siempre me ha parecido coquero. Mi esposo dice que es un tic, pero a quiÃ©n le pregunto, pues, si seguro que se pichanguean juntos. Y siempre es asÃ­, como pendex. Yo me sÃ© varias. Pero vaaaarias. Sin ir muy lejos, Â¿has visto la rufla que tiene de secre? Un dÃ­a a Richie se le escapÃ³ que entrÃ³ a su oficina y la encontrÃ³ trepada en el escritorio, ya sabes. No, si el pata es un jugadorazo. Y con la pinta que tiene, pues ya te imaginas. Ahora, mi hermana tampoco es que sea una santa. Pero es mÃ¡s caleta. TÃº sabes, los chicos. AdemÃ¡s, hace unos aÃ±os hicieron un arreglo. Pero de que ella se da sus escapadas, se las da. Â¿Por quÃ© crees que se pasa cuatro horas todos los dÃ­as en el gimnasio?â€¿</p>

<p>â€œBueno, muchas gracias por su tiempoâ€¿, le dije, y apaguÃ© la grabadora, apretando quizÃ¡ con demasiada fuerza el botÃ³n de stop. No me puedo ver a mÃ­ mismo, pero sÃ­ consigo imaginarme inflando los cachetes, resoplando lo mÃ¡s discretamente posible, despeinado de tanto mecerme el pelo durante los tres cuartos de hora que durÃ³ la entrevista. No sabÃ­a quÃ© hacer, no podÃ­a dejar de pensar en lo que sabÃ­a, mientras le sonreÃ­a con la misma sonrisa estÃºpida con la que salgo en todas las fotos. Y Ã©l me miraba complacido. Si supieras, pensaba, aun cuando estaba claro (y quizÃ¡ Ã©l supiera esto, mÃ¡s bien) que el lunes debÃ­a desgrabar mi entrevista y armar, bÃ¡sicamente, el recuento de las batallas y la gloria ganadas, las obras, las empresas, la responsabilidad social. De pronto me distraigo mirando los garabatos que estuve haciendo mientras oÃ­a hablar al hombre: dibujÃ© varios retratos de Elvis de perfil, unas figuras sin ningÃºn sentido y un perro que parecÃ­a un perro y una vaca. <br />
</p>]]>
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    <title>El no tema</title>
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    <published>2008-05-20T16:27:18Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:16:22Z</updated>

    <summary> Foto: Cle0patra Son las ocho de la noche. Estoy sentado en un cafÃ© del Ã³valo GutiÃ©rrez esperando a Pedro: vamos al cine. Hace un frÃ­o que pela y yo, que suelo sentirme asfixiado por todo, no me he abrigado...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="cafe.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/cafe.jpg" width="400" height="300"><br />
<strong>Foto: <a href="http://www.flickr.com/photos/cle0patra/2482748120/" target=_blank>Cle0patra</a></strong></p>

<p>Son las ocho de la noche. Estoy sentado en un cafÃ© del Ã³valo GutiÃ©rrez esperando a Pedro: vamos al cine. Hace un frÃ­o que pela y yo, que suelo sentirme asfixiado por todo, no me he abrigado lo suficiente. SÃ© que cuando me enfrÃ­o, cuando me enfrÃ­o de verdad, tiemblo y me castaÃ±etean los dientes y ya no puedo hacer nada salvo meterme a la cama o bajo una ducha hirviente para que se me pase. Ya estuve resfriado. Pero ni aun asÃ­. Las chompas me pican, las casacas me agobian. La pelÃ­cula empieza a las ocho y cuarenta. Pedro no llega. Me voy a tomar un cafÃ©: creo que ya pasÃ© un tiempo mÃ¡s que prudente sentado sin consumir nada y me avergÃ¼enza, aun cuando sÃ© (porque lo sÃ© bien) que no deberÃ­a. En fin.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Son las ocho y siete minutos. Pedro dijo que llegaba a las ocho. He pedido un expreso doble (que, por alguna razÃ³n, aquÃ­ no se llama doble, sino â€œdoppioâ€¿. Es mÃ¡s, el expreso es, en realidad, un â€œespressoâ€¿. Es decir, no me estoy tomando un expreso doble, sino un espresso doppio. Por eso cuesta lo que cuesta, supongo: debe ser importado). La chica que me atendiÃ³ en la barra me preguntÃ³ cÃ³mo me llamaba y se lo dije. EscribiÃ³ Daniel. Tiene, sin embargo, una bonita letra. La semana pasada tambiÃ©n me atendiÃ³. Entonces tambiÃ©n me preguntÃ³ cÃ³mo me llamaba. Se lo dije. Â¿Dante?, me preguntÃ³. Â¿Como Dante Alighieri? SÃ­, le respondÃ­. Por suerte no le contÃ© que me apellidaba Trujillo, porque las referencias geopolÃ­ticas, estoy seguro, no se hubieran hecho esperar. </p>

<p>En mi creencia de que usando edulcorantes voy a poder quitarme los diez kilos de sobrepeso, he tomado dos sobres de la barra, pero el cafÃ© me ha quedado amargo. Estoy pensando si levantarme a coger uno mÃ¡s â€“realmente necesito sÃ³lo medio sobre: lo Ãºnico que me gusta menos que el cafÃ© demasiado amargo es el cafÃ© demasiado dulce)â€“ pero temo perder la mesa. Â¿Y si dejo mis cosas encima? No, me las podrÃ­an robar. AdemÃ¡s, por supuesto, corro el riesgo de que llegue Pedro (que ya lleva once minutos de retraso) y no me vea. Pedro asegura que tener un celular es transar demasiado con la modernidad y que sin Ã©l conservarÃ¡ mejor su privacidad, su propio ritmo de vida. Decido tomarme el cafÃ© como estÃ¡, aunque no me haga mucha gracia. Recuerdo que ya van como veinte dÃ­as que no posteo nada en el blog. Estoy quedando mal con todo el mundo (editores y, principalmente, lectores), pero no puedo hacer mucho por remediarlo, pues ocurre que entre la gripe y el trabajo no he tenido tiempo de mucho. Y digo de mucho por no decir de nada. Estoy pensando escribir sobre la gente que va todos los dÃ­as por dos o tres horas al gimnasio, se amanece para hacer la cola del spinning, pesa todo lo que come y se pone a mil con quemadores de grasa. Creo que puede ser un buen tema, pero tambiÃ©n que deberÃ­a escribir algo sobre mÃ­ mismo, algo sobre mis propias manÃ­as, aunque resulte difÃ­cil sacar algo de ello. Algo interesante. Â¿QuÃ© podrÃ­a escribir sobre mÃ­ que encaje con lo que he venido colgando desde febrero? AdemÃ¡s, no estoy seguro de que a nadie le importe. Me siento como un personaje de un cuadro de Hopper.<br />
 <br />
Creo que ya lo dije, la pelÃ­cula empieza en veintinueve (realmente, ya son sÃ³lo veintiocho) minutos. En la mesa de al lado hay una pareja. Ella es bonita y parece contenta. Debe tener unos treinta aÃ±os. De Ã©l no puedo decir mucho porque estÃ¡ de espaldas. Puede tener treinta y cinco. O cincuenta: por alguna razÃ³n, pienso, mientras las mujeres se ponen mÃ¡s guapas con los aÃ±os, se cuidan de lucir y vestir bien, los hombres (vamos, algunos hombres, limeÃ±os, de determinado sector socioeconÃ³mico y a cierta edad) se entregan a los blue jeans cuadrados, las camisas tipo Dockers y los mocasines. O, ya decididamente, a los zapatos pennies. Lo que sÃ­ puedo decir de Ã©l es que se muerde las uÃ±as como si encerrasen un sabor Ãºnico y agotable, una ambrosÃ­a cuticular. Ella, por su parte, hace bolitas con las servilletas. Trato de no prestar atenciÃ³n a ello, pese a que me angustia, cuando de pronto la veo echando la ceniza de su cigarrillo en la taza y el asco me revuelve el estÃ³mago. Me ha quitado las ganas de fumar. Ya no me parece ni bonita ni simpÃ¡tica ni nada. Tengo que mirar a otra parte. Volteo y estÃ¡ Pedro. Le digo que llega tarde y Ã©l me dice que no, que no son ni las ocho y media. Faltan diez minutos para la pela, Â¿no? No le respondo nada, pero Ã©l sonrÃ­e porque sabe que si hubiera tardado un poco mÃ¡s, no habrÃ­a ido a ver ninguna pela: no puedo entrar al cine si Ã©sta ha comenzado. No hay forma. AdemÃ¡s (pero esto no lo sabe), detesto perderme los avances.<br />
EstÃ¡ pensando comprarse un capuchino (perdÃ³n, capuccino), pero tiene que haber leÃ­do mi expresiÃ³n, porque me aclarÃ³ que lo pedirÃ­a para llevar. Ni modo.</p>

<p>Caminamos al cine y me cuenta que su empleada ha tenido un niÃ±o y le ha llamado Stevie. Stevie Huaroto. Ocho y treinta y ocho. Compramos las entradas, subimos casi corriendo (yo), y por suerte encontramos dos sitios en la octava fila. Realmente pudimos habernos sentado en cualquier parte porque el cine estÃ¡ medio vacÃ­o. Me siento, como siempre, en la butaca que da al pasillo. Pasan los avances y no me puedo sacar de la cabeza el nombre Stevie Huaroto, y luego me acuerdo, no sÃ© por quÃ©, que el hombre que firmaba los brevetes se llamaba JosÃ© CeseÃ±o y pienso en quÃ© razones habrÃ¡n llevado a sus padres a llamar a su hijo JosÃ© si se apellidaban CeseÃ±o. SecesÃ©. O Stevie, a sus padres<br />
 <br />
Aparece Naomi Watts en la pantalla. Â¿CÃ³mo se llama esa pela de Cronemberg, de los dos hermanos, en la que sale Jeremy Irons?, me susurra Pedro. Tuve que decirle que se calle. Ã‰l me sonriÃ³, porque sabe que no permito que nadie me hable cuando veo una pelÃ­cula.<br />
Pero ya era demasiado tarde. Â¿CÃ³mo se llamaba la maldita pelÃ­cula?</p>]]>
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    <title>Escalera real</title>
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    <published>2008-04-29T22:27:09Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:16:55Z</updated>

    <summary> Las luces son amarillas, parpadeantes, pero tambiÃ©n son rojas y azules, y lo envuelven todo, y se lo llevan todo por delante, las bocas que se abren y se cierran muy despacio, vocalizando os y as; y las frutas...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="casino.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/casino.jpg" width="400" height="301"></p>

<p>Las luces son amarillas, parpadeantes, pero tambiÃ©n son rojas y azules, y lo envuelven todo, y se lo llevan todo por delante, las bocas que se abren y se cierran muy despacio, vocalizando os y as; y las frutas o las flores o lo que sea que gire, gira, sin parar, arriba, abajo, arriba, abajo. La reina siente que la alfombra cobra vida, y de repente es como un mar crispado. Y sonrÃ­e. Y quisiera llorar, o quedarse dormida o estar en otro lugar. En MÃ©xico, por ejemplo. En alguna playa de MÃ©xico. Pero no puede.</p>]]>
        <![CDATA[<p>VeintisÃ©is minutos antes, a sÃ³lo unos metros de allÃ­, en un salÃ³n privado pero visible desde cualquier punto del lugar, Ace pierde las llaves de su casa de Kalapala. En sentido figurado, por supuesto, pero las pierde, como perdiÃ³ previamente quince mil y el Audi de su mujer. Los coreanos con los que estuvo jugando desde las ocho hablan entre sÃ­, pero al menos tienen la delicadeza de no reÃ­rse de su desgracia. Eso sÃ­ que no podrÃ­a permitirlo. O no le quedarÃ­a mÃ¡s remedio que permitirlo, pero serÃ­a sido demasiado para Ã©l. Hunde la cara entre sus manos y se frota los ojos hasta ver manchas de colores. Ya no tiene a quiÃ©n llamar. Ya no hay nadie que lo saque de Ã©sta, que le deposite de inmediato y como por arte de magia en su cuenta. Â¿CÃ³mo va a decÃ­rselo a su mujer? Â¿CÃ³mo le va a explicar a sus hijas que se acabÃ³, que ya no hay mÃ¡s casa en Asia? Levanta el rostro: ahÃ­ estÃ¡n los coreanos y, tras ellos, mÃ¡s manchas de colores, fuera de sus ojos. Â¿QuÃ© le va a decir a su contador? Ace sonrÃ­e, se pone de pie, se ajusta el nudo de la corbata y se aleja de la mesa de pocker. Quiere ir al baÃ±o. Un hombre grande lo acompaÃ±a. El tipo lo espera en la puerta. Ace se encierra en uno de los excusados, abre una bolsita ziploc en miniatura y se sirve un montoncito de coca. Inhala. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Sale. Evita mirarse en el espejo. Se lava la cara y se seca con toallas de papel. Â¿QuÃ© le va a decir a sus socios? Â¿Que es un adicto al juego, al whisky, a la coca, a las putas? Â¿QuÃ© no puede sino arruinar todo lo que importa, todo lo que ama? Â¿QuÃ© quisiera estar muerto? Abre la puerta del baÃ±o. El hombre grande lo espera. Le sonrÃ­e. Caminan.</p>

<p>Casi cinco horas antes, Jota estaciona en la playa privada del hotel y se da unas palmadas en las mejillas con colonia. Luego el portero lo saluda por su apellido y le franquea el ingreso. Jota sonrÃ­e, estrecha manos, besa, es besado. Cambia en la caja veinte dÃ³lares. Una camarera pasa a su lado, Ã©l le guiÃ±a un ojo y le pide una gaseosa. La chica se la trae, Jota saluda a alguien mÃ¡s, una ex estrella de la televisiÃ³n, y por fin se sienta en una banca alta frente a su mÃ¡quina favorita. A su mÃ¡quina de todas las noches. Ã‰sta tiene dibujada una escena de piraterÃ­a, un galeÃ³n invadido, una bandera negra, un bravo corsario blandiendo su cimitarra frente a un ejÃ©rcito de salvajes, un cofre rebosante de doblones, una isla, una muchacha rubia que no queda claro si es vÃ­ctima, pareja o tambiÃ©n pirata, pero que en cualquier caso le recuerda a su hija. Le recuerda tambiÃ©n a su esposa, pero cuando tenÃ­a la edad de su hija. No la mujer que en este mismo instante estarÃ¡ durmiendo, o viendo la televisiÃ³n. En su cama. En su casa. Piensa en su hija mientras introduce las fichas, jala la palanca, mira las figuras de doblones y calaveras y pistolas girando en las pantallas. Otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Pasan las horas, que igual podrÃ­an ser minutos o dÃ­as. Como cada noche. De pronto cada una de las tres pantallitas le muestra un doblÃ³n, y la mÃ¡quina comienza a escupir monedas. Escupe y escupe monedas, y Jota presiente la algarabÃ­a a su alrededor, el tintineo de las monedas cayendo al piso, y mira a la chica del dibujo. Su hija no es rubia, ni es tan bonita, pero da igual. <br />
Ahora Jota estÃ¡ en su auto recogiendo su DNI, pues es necesario para recabar tanto dinero. Abre la guantera y lo encuentra debajo del cartel autoadhesivo de taxi. Piensa en su mujer: la ve roncando. Vuelve al lugar.<br />
  <br />
Once minutos antes llega Rey. Solo. Antes iba con su esposa, cada noche, desde que descubrieron que pasaban mÃ¡s tiempo despiertos que dormidos en la cama, y que ambos realmente preferÃ­an estar en ese sitio donde todo el mundo era tan amable, habÃ­an hecho amigos de su edad, les invitaban cosas ricas y, con un sencillo, podÃ­an pasarse la noche entera tranquilos, distraÃ­dos. Rey aspira fuerte y siente que traga frÃ­o y olor de cigarrillos. Piensa que debiÃ³ ponerse un cardigan. Su esposa siempre se preocupaba por esas cosas, abrigarlo, peinarlo, tenerlo guapo. Pero hace tres meses que ha muerto, y reciÃ©n hoy vuelve. EstÃ¡ nervioso. Y porque estÃ¡ nervioso, y porque tiene frÃ­o, y porque extraÃ±a a su esposa, o por todo ello a la vez, le tiemblan las manos. Ligeramente, pero le tiemblan, y no sabe siquiera si podrÃ¡ introducir las monedas, tirar de la palanca, sostener un vaso. Quiere irse de allÃ­. No soporta las luces, ni el ruido. No se atreverÃ­a a abandonar el lugar con el frescor celeste de la maÃ±ana. Y se alegra de no haber llevado el cardigan, y se siente satisfecho de su decisiÃ³n, y comienza la retirada cuando ve a la mujer. Es guapa pero luce avejentada. Se la ha encontrado antes allÃ­. Como en una escena en cÃ¡mara lenta que nadie quiere mirar, observa cÃ³mo apoya ambas manos en una banca, la cartera se le cae y se desparraman una billetera, un estuche de anteojos, un pastillero que se abre y comienza a despedir pÃ­ldoras celestes sobre la alfombra. Rey decide acercarse a socorrerla, pero se tropieza con un hombre grande. El hombre grande le tapa todo. Se excusan. Entonces ve que junto al hombre grande hay otro, un tipo con camisa y corbata que suda mucho. Ve que el hombre que suda mucho y la mujer cruzan una mirada. Se reconocen. El hombre que suda tambiÃ©n estÃ¡ dispuesto a ayudarla, pero el grande se lo lleva discretamente del brazo. La mujer ya estÃ¡ en el piso.   </p>

<p>Las luces son amarillas, parpadeantes, pero tambiÃ©n son rojas y azules, y lo envuelven todo, y se lo llevan todo por delante, las bocas que se abren y se cierran despacio, vocalizando os y as; y las frutas o las flores o lo que sea que gire, gira, sin parar, arriba, abajo, arriba, abajo. Como las luces que rebotan en las alfombras, en las araÃ±as del techo, en los vasos, en las pupilas vidriosas de los demÃ¡s. La reina estira los mÃºsculos de su cuello, se retira el cerquillo de la frente y de repente abre otro de sus sentidos, y comienza tambiÃ©n a oler, el aliento, el humor, el sudor de cientos de personas que la rodean, y le sonrÃ­en. Se aferra a su cartera. Ella tambiÃ©n sonrÃ­e. Reconoce a un hombre que se le acerca, pero no sabe quiÃ©n es ni de dÃ³nde lo conoce. El hombre se va. Y para cuando comienza a oÃ­r las mÃ¡quinas que retumban y chillan y lo son todo y lo llenan todo, ella comienza tambiÃ©n a irse, comienza a girar, hacia abajo: se entrega al calidoscopio como la vÃ­ctima de un sacrificio. O como esos tipos que se lanzan desde lo alto de una peÃ±a al mar, en MÃ©xico. Una vez estuvo en MÃ©xico. Vuelve a sonreÃ­r. Fue con el que luego serÃ­a su esposo, y mÃ¡s tarde su ex esposo, y aun mÃ¡s tarde su nada. Todo se funde en ruido y brillo. Se desvanece. Se va.</p>

<p>Diecinueve minutos despuÃ©s, el hombre que conocemos como Jota se apea de su auto, abre la puerta del copiloto, y deja a la mujer en la recepciÃ³n del hospital Casimiro Ulloa. EstÃ¡ consciente. Vuelve de inmediato a su auto, se toca el bulto de billetes en el bolsillo y sonrÃ­e. Bosteza. Se va a su cama. A su casa. Las cuculÃ­es anuncian el amanecer.</p>

<p><br />
</p>]]>
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    <title>CajÃ³n desastre 3</title>
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    <published>2008-04-18T22:37:47Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:17:34Z</updated>

    <summary> 1. Magritte RenÃ© Magritte es uno de mis pintores favoritos, por cuadros como el de la pipa, que pintÃ³ en 1928. Su pintura siempre es divertida, siempre es lÃºdica, y, sobre todo, transgresora. Magritte asombra y desconcierta. &quot;El Arte...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="Pipa Magritte.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/Pipa%20Magritte.jpg" width="400" height="279"></p>

<p><strong>1. Magritte</strong></p>

<p><a href="http://www.magritte.be/" target=_blank>RenÃ© Magritte</a> es uno de mis pintores favoritos, por cuadros como el de la pipa, que pintÃ³ en 1928. Su pintura siempre es divertida, siempre es lÃºdica, y, sobre todo, transgresora. Magritte asombra y desconcierta. "El Arte evoca el misterio, sin el cual el mundo no existirÃ­a", dijo una vez. Y otra vez: â€œUno no puede hablar acerca del misterio, uno debe ser cautivado por Ã©lâ€¿. Y por eso mismo no digo mÃ¡s.<br />
Sobran las palabras. Los invito, especialmente a quienes no conocÃ­an su obra, que lo hagan. Ya mismo.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p><strong>2. Fobias</strong></p>

<p>Resulta facilÃ­simo crear una fobia: sÃ³lo tienes que juntar un prefijo, usualmente griego, equivalente a cualquier objeto temido, y aÃ±adirle el sufijo â€œfobiaâ€¿, que viene de <em>phobos</em>, lo que significa miedo. <br />
Algunos ejemplos:</p>

<p>A pensar: Frenofobia / Al colegio: Didaskaleinofobia / A coquetear: Sarmasofobia / Al sexo: Erotofobia / A las gallinas: Alektotofobia / A los ajos: Alliumfobia / A las picaduras: Acarofobia / A ser tocado: Hafefobia    / A las abejas: Apifobia / A las estrellas: Siderofobia / A los Ã¡rboles: Dendrofobia / A oler mal (uno mismo): Autodisomofobia / A los genitales: Colpofobia / A sangrar por la nariz: Epistaxiofobia / A los mÃ©dicos: Iatrofobia /A las computadoras: Logisomecanofobia / A baÃ±arse: Ablutofobia / A la muerte: Tanatofobia / A ser quemado: Tafefobia / Al nÃºmero 13: Triscadecafobia / Al viernes 13: Parascevedecatriafobia / A las arrugas: Ritifobia / A tomar medicinas: Farmacofobia / A hacer amistades o enamorarse: Filofobia / A los ancianos: Gerontofobia / A los peces: Ictiofobia / A la fealdad: Cacofobia / A la suegra: Penterafobia / A la cÃ¡scara del manÃ­: Araquibutirofobia / Al cuco: Bogifobia / A las mujeres hermosas: Caliginefobia / A ir a la cama: Clinofobia / A la naranja: Crisofobia / A las palabras largas: Sesquipedalofobia (el nombre real es Hipopotomonstrosesquipedalofobia)  / Al frÃ­o: Cheimafobia / A las fobias: Fobofobia / A todo: Panofobia.</p>

<p>Al respecto, pueden visitar <a href="http://www.fobias.net/" target=_blank>www.fobias.net</a><br />
Sin embargo, lamento informarles que, en 1974, el psicÃ³logo estadounidense Martin Barclay afirmÃ³ que nada de esto tenÃ­a sentido. â€œEl contexto en el que se usaban semejantes etiquetas sugerÃ­a que distintas â€˜enfermedadesâ€™ constituÃ­an la base de cada caso. Sin embargo, el anÃ¡lisis psicolÃ³gico indica que el rasgo comÃºn es la uniÃ³n del miedo a ciertos estÃ­mulos. PrÃ¡cticamente cualquier cosa puede servir a una fobia y resulta ocioso entonces bautizar cada una de ellasâ€¿, dijo Barklay. Y sÃ­ pues, sospecho que tenÃ­a razÃ³n.</p>

<p><strong>3. Quiroga, Ribeyro, BolaÃ±o</strong></p>

<p><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Horacio_Quiroga" target=_blank>Horacio Quiroga</a>, <a href="http://www.sololiteratura.com/rib/ribeyro.htm" target=_blank>Julio RamÃ³n Ribeyro</a> y <a href="http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/robertobolano/index.htm" target=_blank>Roberto BolaÃ±o</a> son tres escritores que ocupan un lugar especial dentro de mi parnaso particular. No pienso extenderme en los motivos tÃ©cnicos, estilÃ­sticos o discursivos que justifiquen mi preferencia porque, simplemente, no viene a cuento. Quiroga muriÃ³ en 1937) y, por supuesto, no lo conocÃ­, pero sÃ­ a Ribeyro y a BolaÃ±o: al peruano lo abordÃ© una noche en Barranco. No me confundieron los bigotes que se habÃ­a dejado crecer (y que le quedaban fatal) y me acerquÃ© y le estrujÃ© la mano huesuda hasta hacerla crujir. Sin embargo, lo que mÃ¡s me asombrÃ³ fue su voz: la de Ribeyro era espantosa, nasal, lejÃ­simos del tono cavernoso de fumador inveterado que suponÃ­a. Al chileno lo conocÃ­ en Barcelona una tarde de mayo de 2001, cuando tuvo la gentileza de regalarme unas horas de paseo por el Barrio GÃ³tico. BolaÃ±o vivÃ­a en Blanes, un pueblo costero, pero por suerte tuvo que ir un dÃ­a a la ciudad y quedÃ© con Ã©l y ya. Los tres fueron individuos que miraron, vivieron y escribieron mucho. Y que, a su manera, fueron vÃ­ctimas de su pasiÃ³n y de sÃ­ mismos.</p>

<p>Que yo recuerde, el padre de Quiroga muriÃ³ en un accidente de caza; luego su padrastro y despuÃ©s su madre se suicidaron. MÃ¡s tarde Quiroga, en un suceso bastante confuso, disparÃ³ y dio muerte a un amigo. Por Ãºltimo, sabiÃ©ndose vÃ­ctima de cÃ¡ncer, se matÃ³ con cianuro. Estoy seguro de que hubo mÃ¡s muertes en su vida, pero no lo recuerdo y ojalÃ¡ me estÃ© equivocando. Pero marcado claramente por la fatalidad, por el mal genio y por una inabarcable tristeza, oxigenÃ³ el modernismo y Ã©l mismo fue una vanguardia.<br />
A Ribeyro le dijeron los mÃ©dicos que si querÃ­a seguir viviendo, debÃ­a dejar de fumar. SegÃºn Ã©l mismo relatÃ³, ello no hubiera sido tan grave de no haberse dado cuenta de que, sin un cigarrillo en la mano, no escribÃ­a. No le salÃ­a. Entonces tuvo que escoger entre vivir y no escribir mÃ¡s, o morirse y seguir haciÃ©ndolo. FalleciÃ³ en 1994, dejando un legado de libros, especialmente de cuentos, magnÃ­ficos: nadie como Ã©l vio y entendiÃ³ y sintiÃ³ tanta compasiÃ³n por la gente comÃºn y corriente, por los que no ganan, por aquellos que no figuran en las pÃ¡ginas sociales. Por los mudos.</p>

<p>BolaÃ±o era un hombre en llamas. A Ã©l le debemos la Ãºltima gran revoluciÃ³n de las letras latinoamericanas y en sus escasos cincuenta aÃ±os de vida, escribiÃ³ un puÃ±ado de novelas, cuentos y poemas increÃ­bles, de aquÃ©llos que te quitan el aliento, que te asombran, que te dejan la piel de gallina y la sensaciÃ³n de estar leyendo algo poderoso y, de alguna forma, devastador. BolaÃ±o se enterÃ³ de que sufrÃ­a un mal hepÃ¡tico y que su vida terminarÃ­a pronto, a menos que se cuidase mucho. Lo que ocurriÃ³ fue que dejÃ³ de beber (pero no de fumar) y, sabiendo que le quedaba poca vida, escribiÃ³ aun con mÃ¡s intensidad durante todos los dÃ­as, sin parar, maÃ±anas, noches y madrugadas enteras, tratando de terminar su obra mÃ¡s ambiciosa que, ademÃ¡s, le permitirÃ­a mejorar el porvenir de su mujer y sus hijos. SÃ³lo, puteando, dejando sudor y nervio en cada una de sus pÃ¡ginas. </p>

<p>Del primero recomiendo su <em>Cuentos de amor, de locura y de muerte</em>; <em>La gallina degollada y otros cuentos</em>; y <em>Anaconda</em>. Del segundo, cÃ³mo no, todo <em>La palabra del mudo </em>(cuatro tomos), las <em>Prosas apÃ¡tridas</em> y los <em>Dichos de Luder</em>. Del tercero, al menos, las novelas <em>Los detectives salvajes</em>, <em>2666</em> y <em>Estrella distante</em>, y los cuentos de <em>Putas asesinas</em>.</p>

<p>Un detalle curioso de estos hombres es que, a su estilo, los tres escribieron un decÃ¡logo para cuentistas, muy Ãºtiles, dicho sea de paso. Los transcribirÃ­a pero lo dejo como tarea para los interesados. Este soliloquio ya excediÃ³ la extensiÃ³n aconsejable. </p>]]>
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    <title>Los seres imaginarios</title>
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    <published>2008-04-11T17:28:53Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:18:11Z</updated>

    <summary> Cuando Ã©ramos chicos, yo querÃ­a ser doctor de tiburones y Salvador militar. Entonces Ã©l me contaba que tenÃ­a un amigo pequeÃ±ito que vivÃ­a en su cuarto, y que por las noches se acurrucaba en su ombligo. No me acuerdo...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="post-imag.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post-imag.jpg" width="400" height="301"></p>

<p>Cuando Ã©ramos chicos, yo querÃ­a ser doctor de tiburones y Salvador militar. Entonces Ã©l me contaba que tenÃ­a un amigo pequeÃ±ito que vivÃ­a en su cuarto, y que por las noches se acurrucaba en su ombligo. No me acuerdo cÃ³mo se llamaba, pero me lo podÃ­a imaginar perfectamente, como en esas escenas de las pelÃ­culas gringas en las que, sÃ³lo con mÃºsica de fondo, vemos a dos amigos divirtiÃ©ndose, jugando a la Guerra de las Galaxias, montando bicicleta, yendo al estadio, jugando fÃºtbol. Salvador y su amigo enano que, no sÃ© por quÃ©, lo suponÃ­a exacto a Ã©l, pero de tres centÃ­metros. Aquello me generaba celos y envidia: nunca tuve un amigo que no fuera real. En fin, crecimos un poco mÃ¡s, y yo ya aspiraba a bombero y arqueÃ³logo; Ã©l, a millonario. Luego salimos del colegio y yo no tenÃ­a ni idea de quÃ© querÃ­a, pero Salvador sÃ­: habÃ­a decidido ser estrella de rock. Para entonces ya habÃ­a recortado su nombre a â€˜Salvaâ€™ y convencido a su padre para que le pagase un curso de inglÃ©s de tres meses en Estados Unidos. Y un dÃ­a, a principios del otoÃ±o de 1991, se marchÃ³, sin pena pero con gloria. Secreta, privada, mas gloria al fin y al cabo. <br />
Del Salvador portÃ¡til no hablamos mÃ¡s.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Y ocurriÃ³ que los tres meses se convirtieron en aÃ±os, y sus cartas, al principio frecuentes y divertidas, se comenzaron a espaciar. SÃ³lo llamaba por telÃ©fono de vez en cuando: hablaba y hablaba y yo tenÃ­a que esforzarme mucho para seguirle el hilo. Me contaba historias de chicas que de pronto se convertÃ­an en yeguas y luego en brujas y luego en diosas hindÃºes y luego desaparecÃ­an en el aire, sin mÃ¡s; de conciertos con bailarinas exÃ³ticas que eran partidas por la mitad por leÃ±adores enmascarados; de trabajos en los que duraba dÃ­as, a lo mucho semanas; de drogas sintÃ©ticas; pero, sobre todo, me contaba de la mÃºsica que oÃ­a, los grupos que descubrÃ­a, y las bandas que Ã©l comenzaba y terminaba como sus trabajos. Ã‰l no tocaba ningÃºn instrumento: para ser estrella de rock bastaba con tener buena voz y una mejor pinta. Ya se llamaba sÃ³lo â€˜Salâ€™.</p>

<p>Una noche llamÃ³ tardÃ­simo desde una estaciÃ³n de la Greyhound: se largaba de Pensilvania. El futuro estÃ¡ en Washington, me dijo. Recuerdo que pensÃ© en el mismo George Washington y en un montÃ³n de vejetes con pelucas blancas y que mÃ¡s probablemente serÃ­a el pasado el que lo esperarÃ­a allÃ­, pero pronto me dijo que tenÃ­a un amigo en Seattle que trabajaba en una radio y que le habÃ­a conseguido un puesto en un pub, pero que tenÃ­a que irse ya, porque la cosa estaba en Seattle. Â¿QuÃ© cosa? Â¿QuÃ© es Seattle? La comunicaciÃ³n se cortÃ³. Indefinidamente.</p>

<p>Pasaron los aÃ±os, que lo mismo pudieron ser minutos o eras: tengo un recuerdo borroso o mÃ¡s bien desenfocado de mis primeros aÃ±os de persona adulta. EmpecÃ© y abandonÃ© carreras, trabajos, amistades y costumbres. Me enamorÃ© perdidamente, rehice mi hoja de ruta con tachaduras, ubiquÃ© mi vocaciÃ³n, abrÃ­ y precipitÃ© un negocio, encontrÃ© y perdÃ­ y volvÃ­ a encontrar el camino: creo que crecer se trata un poco de todo eso. Y asÃ­, con mi historia del PerÃº personal,  lleguÃ© a la noche de1998 en la que me lo volvÃ­ a encontrar en un bar de Barranco. Yo salÃ­a y Ã©l entraba. Al principio no lo reconocÃ­, aun cuando sabÃ­a que era Ã©l desde antes de verlo, quizÃ¡ lo supe o lo adivinÃ© unos segundos antes. TenÃ­a el pelo muy largo, barba, la ropa bastante vieja. SonreÃ­a, y pese a que tenÃ­a los dientes marrones, algo en su sonrisa brillaba. Era totalmente otro y furiosamente el mismo. Has cambiado mucho, me dijo Salvador. Ã‰ste es mi cuerpo, le respondÃ­, sabiendo que lo Ãºnico que habÃ­a hecho yo, a diferencia suya, fue envejecer con moderaciÃ³n. Nos abrazamos, salimos del baÃ±o y nos marchamos del bar sin despedirnos de nadie. TenÃ­amos mucho de quÃ© hablar.</p>

<p>La historia que me contÃ³ esa noche fue que, efectivamente, llegÃ³ a Seattle, pero que no durÃ³ mucho en el pub: pronto comenzÃ³ una nueva banda, influido por el sonido de la ciudad, por el rollo de la ciudad, por sus nuevos amigos (y me mencionÃ³ nombres que nunca habÃ­a escuchado pero algunas bandas que sÃ­, bandas muy conocidas, ademÃ¡s: Mudhoney, Meat Puppets, Soundgardenâ€¦ Â¡Nirvana!). Durante los aÃ±os del furor grunge Salvador (Sal, perdÃ³n) se habÃ­a codeado con esa gente que pronto pasÃ³ del barrio al mundo entero, de la tristeza lÃ¡nguida del desempleo a los millones de dÃ³lares y seguidores. Y Ã©l fue parte de eso, Ã©l y su banda. Y teloneaban a Pearl Jam, y grabaron un disco, y salieron de gira, y fue increÃ­ble, viejo, increÃ­ble. Y las flacas, no sabes las groupies que tenÃ­amos, una locura. SalÃ­amos en las revistas, pero no sÃ³lo las chicas, ah: RollingStone, Spin, Les Inrockuptiblesâ€¦ Y continuÃ³ hablÃ¡ndome de su vida, y de pronto todo se convirtiÃ³ en un calidoscopio de fotografÃ­as y riffs de guitarra. Ya tarde, poco antes de despedirnos le preguntÃ© si me podÃ­a regalar su disco, o al menos dejarlo grabar. Y estaba eufÃ³rico y triste a la vez y me puso, no sÃ© por quÃ©, triste y eufÃ³rico a la vez. Ya te lo voy a pasar, me dijo Pero lo que pasÃ³ fue que no pasÃ³ nada. Nunca oÃ­ el disco. Nunca vi una reseÃ±a. Nunca nadie me confirmÃ³ que hubiera existido esa banda. Pero todo eso yo ya lo sabÃ­a, aun sin saberlo.</p>

<p>A la gente le contaba siempre su verdad: la banda se habÃ­a desintegrado porque el baterista se habÃ­a muerto por inyectarse mostaza; que rehusÃ³ la presiÃ³n de las disqueras; que extraÃ±aba demasiado el paÃ­s; que lo suyo era la mÃºsica y no la famaâ€¦ habÃ­a venido a formar un nuevo grupo, a reforzar la escena alternativa local, a producir conciertos, a traer grupos. Mientras, vivÃ­a en la casa de sus padres y durante un tiempo pareciÃ³ entusiasmado, pero pronto comenzÃ³ a levantarse a mediodÃ­a, a pasarse las tardes sobre el skate o en la bodega, donde se la pasaba tomando cervezas y contÃ¡ndole su historia a quien se pusiera a tiro. Lo que siguiÃ³ fue que de los proyectos no quedÃ³ ni el recuerdo, y Salvador no hacÃ­a mÃ¡s que dormir y emborracharse casi todas las noches: podÃ­as verlo cualquier dÃ­a de la semana en La Luna, en El MÃ¡s AllÃ¡, siempre rodeado de gente, de chicos menores, sobre todo, que parecÃ­an hechizados con sus palabras mientras le pagaban las cervezas o la coca o los cigarros. Siempre vestÃ­a igual, con camisas de cuadros, jeans rotos y chancabuques. Se hizo famoso, una celebridad barranquina. Un antihÃ©roe. Un gurÃº. Cada vez, sin embargo, yo lo saludaba con mayor distancia. Cada vez, si lo veÃ­a, me hacÃ­a el loco. Me daba pena que Salvador pensara que lo estaba evadiendo, cuando la verdad era que ya no tenÃ­amos muchas cosas en comÃºn. <br />
Pero la verdad mÃ¡s verdadera era que me partÃ­a el corazÃ³n. Hasta que cerrÃ© los ojos y volviÃ³ a desaparecer.</p>

<p>VolviÃ³ en forma de correo electrÃ³nico: para el 2001 ya existÃ­an, lo mismo que Los Seres Imaginarios, su nueva banda. Fui a verlos. Sonaban pÃ©simo y anticuados. Kurt Cobain se habÃ­a volado los sesos hacÃ­a aÃ±os, pero nada de eso importaba: se trepÃ³ al techo del bar, gritÃ³, se dejÃ³ arrastrar por las manos de los pocos asistentes. Algo de la salud de nuestra niÃ±ez habÃ­a vuelto. Algo de sus cuentos se hizo real. <br />
Al final del concierto se dejÃ³ caer sobre el escenario, y mientras le gente se retiraba y los mÃºsicos â€“prÃ¡cticamente unos niÃ±osâ€“ recogÃ­an sus instrumentos, me acerquÃ© adonde estaba. AbriÃ³ los ojos como platos y pude ver toda la tristeza del mundo y toda la alegrÃ­a del mundo en su mirada. Y ya no era un tipo gordo y sucio, un farsante, un fraude de casi treinta aÃ±os. Ã‰ramos sÃ³lo nosotros dos, como cuando tenÃ­amos siete aÃ±os: yo y mi amigo imaginario. </p>]]>
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    <title>AutodestrucciÃ³n masiva</title>
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    <published>2008-04-03T11:04:20Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:18:39Z</updated>

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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<p><img alt="post-bla.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post-bla.jpg" width="400" height="301"></p>

<p>Ã‰l, en su defensa, dice que sÃ³lo pensaba en sus ojos. Le parecÃ­an de una miel ligera y verde, como una miel de pino. Es mÃ¡s, toda ella tenÃ­a algo de miel, y de verde, y de rÃ­o, y de hierba. De rocÃ­o sobre la hierba. Dice que durante dÃ­as no se pudo sacar de la cabeza la idea de volver a ver sus ojos, albergando incluso la ilusiÃ³n de estar allÃ­ cuando esa miel se derritiese, cuando sus ojos se volcasen de placer. Le creo. Como tambiÃ©n que realmente no esperaba nada, que pensara que era demasiado bueno para ser cierto</p>]]>
        <![CDATA[<p>En su defensa asegura tambiÃ©n que lo estaba estrangulando la culpa. Pero el hecho es que, luego de un par de correos en los que con frases ingeniosas no decÃ­an mucho, Ã©l decidiÃ³ hacerse el interesante y dejarlo pasar. O dejarlo pasar. Es decir, lo puso en manos del destino. Mientras, se tomÃ³ una semana lejos del trabajo para pasarla con su familia en la playa. Con su mujer y sus hijos. En la playa. El verano y el trabajo se encargarÃ­an de regresarlo a la realidad. A la realidad sin ella. A la realidad real. </p>

<p>Pero cuando volviÃ³ y se dio cuenta del ardor que le provocaba la ausencia de una mujer que sÃ³lo habÃ­a visto, hacÃ­a casi tres semanas, durante media hora; y se comenzÃ³ a hartar de revisar su bandeja de entrada esperando hallar un correo suyo, ocurriÃ³ el milagro (una palabra tuya bastarÃ¡ para salvarme). â€œÂ¿QuÃ© es de tu vida?â€¿, le decÃ­a. Y Ã©l no pudo mÃ¡s y le propuso encontrarse. Algo casual, como quien no quiere la cosa, tomar algo y seguir charlando del proyecto que los reuniÃ³ en la oficina de un cliente comÃºn. Siempre segÃºn su versiÃ³n, fue como una escena de cine negro: en su recuerdo, el cliente y su asistente habÃ­an desaparecido y sÃ³lo estaba Ã©l en la oficina cuando ella entrÃ³, se sentÃ³ enfrente, encendiÃ³ un cigarrillo, lo mirÃ³ por primera vez (con lo ojos de miel verde), sonriÃ³ y sÃ³lo entonces saludÃ³ y comenzÃ³ a hablar. Pero Ã©l no entendiÃ³ nada de lo que dijo. SÃ³lo supo que nada volverÃ­a a ser igual. <br />
La descripciÃ³n es asÃ­: era pequeÃ±a, llevaba un vestido de verano rojo y floreado, ceÃ±ido, corto, y que por arriba estaba sujeto apenas con unas tiritas. Estaba muy bronceada. La luz que entraba por la ventana hacÃ­a que su clavÃ­cula izquierda pareciera hÃºmeda. Cuenta que no pudo evitar imaginarla desnuda, pero dejÃ³ la fantasÃ­a para despuÃ©s: no querÃ­a desconcentrarse del tema que los reunÃ­a, y ya tenÃ­a bastante luchando con sus ojos. En un momento de la reuniÃ³n, el cliente y la asistente los dejaron solos de verdad. Entonces Ã©l comprendiÃ³ que, en efecto, nada volverÃ­a a ser igual, y mientras articulaba las palabras se iba arrepintiendo de ellas. Pero no pudo evitarlo: le dijo lo bonitos que eran sus ojos, a lo que ella respondiÃ³ tapÃ¡ndoselos con un papel y una sonrisa. Luego le preguntÃ³ algo tan absurdo como si ella se cortaba el pelo sola. Y ella respondiÃ³ que sÃ­. Luego la reuniÃ³n continuÃ³, pero Ã©l, que estaba y no estaba allÃ­, continuÃ³ mirÃ¡ndola con descaro. Y a ella parecÃ­a gustarle.<br />
Intercambiaron correos. Ã‰l pensÃ³ que parecÃ­a un poco loca, y eso sÃ³lo consiguiÃ³ fascinarle mÃ¡s.</p>

<p>La noche que quedaron le dijo a su esposa que se reunirÃ­a con amigos de la universidad. No tenÃ­a experiencia engaÃ±Ã¡ndola y se sintiÃ³ aun mÃ¡s culpable. Por otro lado, la noche empezÃ³ mal: ella no bebÃ­a y Ã©l, que habÃ­a previsto sorprenderla, la estaba llevando al BolÃ­var a tomar pisco sours. Ã‰l recordaba el sitio mÃ¡s bonito, pero la verdad es que estaba ajado y deslucido, no se veÃ­a la Plaza San MartÃ­n desde la terraza (cosa que Ã©l lo jurÃ³ que se podÃ­a) y, en su lugar, tenÃ­an la visiÃ³n panorÃ¡mica de una pollerÃ­a y de un hostal, y de dos hombres desnudos, en sendas ventanas. Uno oteaba la calle. El otro, dos pisos arriba, parecÃ­a mirar la televisiÃ³n, aburrido. Hombres solos. <br />
Ã‰l se habÃ­a preparado con informaciÃ³n recogida en Internet sobre ella y su trabajo. Era talentosa y, por lo que podÃ­a imaginarse, osada. Audaz. Valiente. Ella le dio a entender pronto que gozaba de la vida, de su independencia, de su tiempo y de su cuerpo. Y venÃ­a aun mÃ¡s linda que la primera vez. Pese a sus nervios, la cosa iba bien. Ã‰l tomÃ³ dos pisco sours y ella una limonada. Estaban animados. Se miraban mucho, y se tocaban mientras se hablaban, las manos, los brazos. Y se miraban mucho. Y se reÃ­an. Y Ã©l sÃ³lo se habÃ­a tomado dos pisco sours pero se sentÃ­a felicÃ­simo. Y se miraban. Y se contaron muchas cosas. Y fueron ingeniosos, y agudos, y rÃ¡pidos, y negrÃ­simamente divertidos. Y ella habÃ­a resultado sÃ­ ser el personaje que se habÃ­a imaginado, pero aun mejor. Y Ã©l no podÃ­a mÃ¡s. Todo esto en una hora y media, en la que incluso Ã©l se animÃ³ a proponerle un proyecto comercial. Estaba desbocado. No podÃ­a mÃ¡s.</p>

<p>Entre seguir la noche por el centro y volver a casa de ella (cosa que Ã©l no sabÃ­a quÃ© significaba en realidad, si el fin o el inicio de algo), decidieron salir y caminar un rato. Caminaron por el JirÃ³n de la UniÃ³n, casi vacÃ­o: los miÃ©rcoles por la noche resulta mÃ¡s triste que sÃ³rdido. En un momento Ã©l le paso el brazo por encima del hombro, pero algo no funcionÃ³, asÃ­ que terminÃ³ llevÃ¡ndola del brazo, a la antigua. Ella incluso se ladeÃ³ sobre su cuerpo. No recuerda de quÃ© hablaron, pero supone que siguiÃ³ contÃ¡ndole su vida. Cuando llegaron a la Plaza de Armas ella le preguntÃ³ si podÃ­a abrazarlo y Ã©l aceptÃ³. Y dice que estaba emocionado, y que luego de confirmar que el Cordano estaba cerrado volvieron a la plaza y se sentaron en una banca. Y le dijo cuÃ¡nto habÃ­a pensado en ella durante esas semanas. Le dijo que quizÃ¡ podrÃ­an combinar, que la cosa podrÃ­a funcionar. RecordÃ³ algo que le contÃ© sobre unos alojamientos y, de pronto, le propuso escaparse unos dÃ­as a Buenos Aires, solos, y vivir y estar juntos. Ella le respondÃ­a con risas y con una mirada que Ã©l no pudo o no supo o no quiso entender, o que entendiÃ³ y se hizo el que no, porque sÃ³lo conseguÃ­a ofrecerle un plan estupendo y divertido, con desayuno por las maÃ±anas, (Â¿te gusta el jugo de naranja? Â¿Las tostadas francesas?) y salidas a bailar salsa y paseos y cenas deliciosas y noches inolvidables, por intensas y apasionadas. Y mientras decÃ­a esto pensaba en que querÃ­a estar con ella, acostarse con ella, porque por el carril contrario viajaba esa imagen suya acostÃ¡ndose con cualquiera, viajera libÃ©rrima y soltera y gozadora. Y Ã©l no sabÃ­a cÃ³mo iba a hacer para llegar a su casa demasiado tarde, quizÃ¡ por la maÃ±ana. Un dÃ­a de semana. Y encima querÃ­a orinar. Estaba emocionado, el pisco sour lo ponÃ­a asÃ­, le dijo, pero estaba bien decir la verdad, Â¿no? Decirse las cosas desde el principio. Porque somos adultos, Â¿no? Y le tomÃ³ la mano. Y Ã©l estaba feliz y ella estaba. Se subieron a un taxi y llegaron al Queirolo de Quilca. Y como el mozo no les abrÃ­a ella lanzÃ³ un chiflido que hizo que todo el bar se diera la vuelta y Ã©l, dice, no podÃ­a mÃ¡s, de ganas de orinar y de besarla. <br />
En el sitio estuvieron una hora mÃ¡s. Ella se animÃ³ a tomar un poco de cerveza y Ã©l pensÃ³ que se trataba de una buena seÃ±al. Y no podÃ­a parar de decirle cosas que sabÃ­a que no debÃ­a. Pero no podÃ­a parar. Y le dijo que no podÃ­a parar, que sabÃ­a que eso resultaba poco estratÃ©gico, poco seductor. Pero que como sentÃ­a que la conocÃ­a de siempre, ella entenderÃ­a. Porque entiendes, Â¿no? Y ella seguÃ­a riÃ©ndose y bebiendo pese a que no bebÃ­a, y diciÃ©ndole cosas que Ã©l no pudo o no supo o no quiso entender, o que entendiÃ³ y se hizo el que no.<br />
Igual, al salir, la abrazÃ³ y la besÃ³. No estuvo mal, me asegura. Pero ella le estaba enviando unas seÃ±ales que Ã©l, lo entiendo yo y ahora, no captÃ³.<br />
No lo entendiÃ³. O no supo. O no pudo. O no quiso. O sÃ­, pero daba igual.<br />
Pero cuando llegaron en el auto hasta la puerta de su casa no se sorprendiÃ³ cuando ella se bajÃ³ y le dijo, apenas un susurro: te llamo.<br />
</p>]]>
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    <title>CajÃ³n desastre 2</title>
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    <published>2008-03-26T11:33:36Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:20:12Z</updated>

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        <![CDATA[<p><img alt="reu1.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/reu1.jpg" width="400" height="300"></p>

<p>1. Ã‰stos son, aquÃ­ estÃ¡n. Por fin, el miÃ©rcoles de la semana pasada nos juntamos con motivo del tan esperado Primer Encuentro LTEEV. SegÃºn me han informado los editores de la web del diario, se trata de un hecho sin precedentes (o sin prece-dantes): nunca antes se habÃ­a dado una reuniÃ³n entre blogger y comentaristas. Al menos no dentro de la baterÃ­a de blogs de El Comercio. Perfecto, un punto mÃ¡s para nuestra valiente y atÃ­pica trinchera. A continuaciÃ³n hago mi confesiÃ³n de parte. De parte mÃ­a, claro. </p>]]>
        <![CDATA[<p>Cuando ya la suerte estaba echada y la cita tuvo fecha y locaciÃ³n, me atacaron las dudas. Las dudas y mi hermana. Me explico: no sabÃ­a si realmente resultarÃ­a una buena idea esto de juntarme con un grupo de ciudadanos que, hasta el momento, habÃ­an gozado a sus anchas de la impunidad que les brindaba el anonimato. Un anonimato por demÃ¡s relativo, porque muchos de nosotros â€“el sentimiento es sorprendentemente compartidoâ€“ nos hemos ido conociendo y reconociendo en los comentarios de este Ãºltimo mes y medio. Pura quÃ­mica, cero fÃ­sica. (Al respecto quiero comentar un detalle que me llamÃ³ mucho la atenciÃ³n: creo que supuse que se iban a presentar con sus nombres reales pero, salvo algunas excepciones, todos mantuvieron, conmigo y con el resto, sus seudÃ³nimos. Me parece un dato revelador e interesante). Bueno, de lo que dudaba, lo que me preocupaba, era que la fÃ­sica le volteara la tortilla a la quÃ­mica, que se perdiese la magia, que nos cohibiera estar sentados uno al lado del otro, sabiendo quiÃ©n era quiÃ©n y las verdades que nos habÃ­a compartido. TemÃ­, finalmente, que una vez que me conocieran comenzaran a buscar bloggers mÃ¡s, no sÃ©, algo que no sea yo. Eso era lo que pensaba y temÃ­a yo solito. Mi hermana, a que una secta de chalados me descuartizara en el marco de un ritual canÃ­bal, previa ingesta de un polvito que, entre comentarios y carcajadas, me trasegarÃ­an en el vaso. Y ahÃ­ ya tendrÃ­a yo mi verdadera tormenta. O tormentos.</p>

<p>SÃ© que entre ustedes hubo buena onda, muchas risas, mucha emociÃ³n. Lo mismo recibÃ­ de todos. TambiÃ©n puedo dar fe de que nadie me fileteÃ³, asÃ­ que sÃ³lo me queda la duda de saber si satisfice lo que se imaginaran encontrar de y en mÃ­, si es que se imaginaban algo. Creo que fue una buena idea porque â€“y discÃºlpenme por ser tan reiterativo con este tema; y es que me parece fascinanteâ€“  nuestro proceso de socializaciÃ³n es un caso verdaderamente atÃ­pico: nos hemos conocido por el lado oscuro, por las zonas que uno deja de iluminar deliberadamente cuando conoce a alguien, sea quien sea (contacto que, en casi todos los casos, se realiza fÃ­sicamente, viÃ©ndole la cara al otro). Establecer contacto por vÃ­a alterna. Y funcionÃ³. Y funciona. Y por eso fui muy feliz el jueves. Porque conocÃ­ a Vida, y a Abraxas, y a Rick_h, y a Franco, y a Diana, y a Jeem, y a La Comechanchitos, y a Carelo, y a Mitchell y a Jota (como saben, a Leslie ya lo conocÃ­a: de ella sÃ­ sabÃ­a que estaba recontra rayovac). Y a algunas de sus parejas (la esposa de Mitchell, como algunos de ustedes recordarÃ¡n, serÃ­a la ganadora automÃ¡tica de nuestro ranking luego de que confesara, ella sÃ­ en nuestra cara pelada, que le mordÃ­a la lengua a su perro). Fue muy especial, y me siento aÃºn mejor alimentado, refrescado, oxigenado. Y ya no la hago mÃ¡s larga porque todo lo que diga ya fue contado por algunos de ustedes en sus comentarios (Â¡buena, Jota! El conejo loco te manda saludos). Tengo mÃ¡s cosas que compartir.<br />
Un placer.  </p>

<p><img alt="reu2.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/reu2.jpg" width="400" height="300"></p>

<p>2. Andeuinerisâ€¦ Ya, despuÃ©s de leerme nuevamente los comentarios del ranking confirme que a) la mayorÃ­a de ustedes sÃ­ estÃ¡ un poco loco; y b) la votaciÃ³n ha demostrado una pluralidad de criterios riquÃ­sima. Debo indicar que aprecio mucho los comentarios que me han mostrado otras opciones de clasificaciÃ³n que, quizÃ¡ con mÃ¡s tiempo, hubiera podido presentar, asÃ­ como a Pepe que me seÃ±alÃ³ que en realidad eran 57 y no 58 los textos escogidos (vamos, si te lo dice un tÃ­o que no puede vivir sin saber si un nÃºmero es mÃºltiplo de once o, cuanto menos, primoâ€¦). Asimismo, me he reservado mi voto (pero no mi voz: algunos e los que fueron el viernes saben cuÃ¡les eran mis favoritos). Y la cosa quedÃ³ asÃ­: <br />
â€¢	En el 5Âº puesto hubo un cuÃ¡druple empate entre las opciones 29 (â€œDe chiquita paseaba por el jardÃ­n de la casa, atrapaba los chanchitos de tierra y me los comÃ­aâ€¿. La comechanchitos); 39 (â€œNo puedo dormir o estar echado en mi cama si hay una puerta del clÃ³set abierta. Tengo que pararme y cerrarla. Se llama clÃ³set porque estÃ¡ hecho para estar "closed", Â¿no?â€¿. Frani); 56 (â€œJabones, pues. Â¿Que mÃ¡s voy a robar?â€¿. Grace.); y 58 (â€œAl momento de tender la cama, la sÃ¡bana debe voltearse por encima de la frazada en aproximadamente 10 cm. (nunca los he medido, pero sÃ© cuÃ¡l es la proporciÃ³n adecuada). AdemÃ¡s, el lÃ­mite de la frazada debe estar exactamente debajo de la almohada, sin alcanzar a ser cubierta por la Ãºnica almohada que puedo usar. Adicionalmente la frazada debe estar colocada (a lo ancho) en proporciÃ³n simÃ©trica... no se debe tener un lado de la cama con mÃ¡s frazada que el otro. Finalmente, tengo que meter la frazada debajo del colchÃ³n (serÃ¡ algo relacionado con la inseguridad, no sÃ©). Incluso durante la primera semana de trabajo de una nueva empleada en casa la capacito en cÃ³mo debe ser tendida mi cama (y si no lo hacen bien, le suelo decir y ejemplificar en la noche, hasta el hartazgo). Incluso en los hoteles, me tomo el trabajo de destender las camas para luego tenderlas a mi gustoâ€¿. CÃ©sar).<br />
â€¢	En el 4Âº lugar empataron 18 (â€œDetesto cuando hago el amor con mi enamorada y me blanquea los ojos. Por eso siempre se los cubro con algoâ€¿. InFiBulaDor); y 42 (â€œCuando hago el amor le pido a mi chica que no se baÃ±e. AsÃ­ es mejor, sino, se pierde toda la sazÃ³n. Y si ha tenido una jornada laboral intensa, mucho mejorâ€¿. CARELO).<br />
â€¢	El 3Âº va para 24 (â€œYo la Ãºnica manÃ­a que tengo es que cuando hago el amor necesito que la TV estÃ© encendida. Pero lo que mÃ¡s me gusta es tener sexo viendo Goku. No sÃ© pero me fascina ver a Pikoro Tai Maku. Â¿Eso es raro?â€¿. Javier g).<br />
â€¢	El 2Âº lugar estÃ¡ ocupado por 10 (â€œTambiÃ©n trato de encontrarles formas interesantes a mis deposiciones. Recuerdo que tome una foto memorable a una que hizo mi hijito. La titulÃ© Seco de polloâ€¿. Omar Aulestia); y 17 (â€œDesde los 12 aÃ±os me gusta comer jabÃ³n. Lo muerdo cual ratÃ³n, en pedacitos pequeÃ±os. Antes me lo tragaba (literalmente), ahora sÃ³lo lo muerdo, lo siento un momento en la boca y lo escupo. Hasta tengo preferencias. Por ejemplo, no paso el Dove, mientras que los de lavar ropa con fragancia para bebÃ©s son mis preferidosâ€¿. Grace). <br />
â€¢	And the Oscar goes toâ€¦ (tatatatÃ¡aan)â€¦ 40 (â€œPara probar algo, lo lamo pero solapa. Una vez lamÃ­ a mi perroâ€¿. Fifirisnice). <br />
Respecto a la chifladura ganadora democrÃ¡ticamente, debo decir sÃ³lo que luego de escuchar el cuento de la esposa de Mitchell (sÃ­, la que le muerde la lengua a su perro), Ã©sta me parece chancay de a medio. Felicidades a todos los ganadores (?) y gracias por participar.</p>

<p>3. Ranas. Para cerrar este post, que igual quedÃ³ bastante largo, querÃ­a dejarlos con esta maravilla del escritor hondureÃ±o-guatemalteco-mexicano Augusto Monterroso, un verdadero prodigio de las letras latinoamericanas, maestro de la ironÃ­a y del relato corto que era tan pequeÃ±o que decÃ­an que no le cabÃ­a la menor duda. (Muchos lo conocen por ser el autor del mÃ¡s famoso cuento breve; sÃ­, el del dinosaurio). Esto que comparto con ustedes se llama La rana que querÃ­a ser una rana autÃ©ntica, incluido en su libro <em>La oveja negra y otras fÃ¡bulas</em>, y dice asÃ­:<br />
 <br />
HabÃ­a una vez una rana que querÃ­a ser una rana autÃ©ntica, y todos los dÃ­as se esforzaba en ello. <br />
Al principio se comprÃ³ un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecÃ­a encontrarla y otras no, segÃºn el humor de ese dÃ­a o de la hora, hasta que se cansÃ³ de esto y guardÃ³ el espejo en un baÃºl. <br />
Por fin pensÃ³ que la Ãºnica forma de conocer su propio valor estaba en la opiniÃ³n de la gente, y comenzÃ³ a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demÃ¡s la aprobaban y reconocÃ­an que era una rana autÃ©ntica. <br />
Un dÃ­a observÃ³ que lo que mÃ¡s admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicÃ³ a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentÃ­a que todos la aplaudÃ­an. <br />
Y asÃ­ seguÃ­a haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana autÃ©ntica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comÃ­an, y ella todavÃ­a alcanzaba a oÃ­r con amargura cuando decÃ­an que quÃ© buena rana, que parecÃ­a pollo. <br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Cuatro historias de la sala de fumadores</title>
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    <published>2008-03-18T12:27:50Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:21:16Z</updated>

    <summary> Mi abuelo, cuando no tenÃ­a tabaco para liarse sus propios cigarrillos, fumaba Inca. Pero le gustaba tanto su tabaco (y supongo que era tan poco el que conseguÃ­a), que guardaba las colillas, las reciclaba y formaba con ellas nuevos...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="post-cigarro400.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post-cigarro400.jpg" width="400" height="301"></div>

<p>Mi abuelo, cuando no tenÃ­a tabaco para liarse sus propios cigarrillos, fumaba Inca. Pero le gustaba tanto su tabaco (y supongo que era tan poco el que conseguÃ­a), que guardaba las colillas, las reciclaba y formaba con ellas nuevos cigarros. TambiÃ©n fumaba puros. Yo lo querÃ­a muchÃ­simo, pero eso no impidiÃ³ que le diera cÃ¡ncer al pulmÃ³n y se muriera. Entonces decidÃ­ que nunca fumarÃ­a.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Cinco aÃ±os despuÃ©s, en plena adolescencia, acampaba en un sitio cercano a Santa Eulalia. En ese tiempo fumaba como un apostador jugÃ¡ndosela toda a un caballo, y ocurriÃ³ que se me habÃ­an acabado los cigarros (Premier, de hecho). Mi amigo Paco habÃ­a mencionado que morÃ­a por una sopa caliente. AdivinÃ© una esperanza donde otros vieron un antojo de friolento y, juntos, el hambre y la necesidad, enrumbamos a las alturas. Paco tras su sopa, y yo buscando una bodega. Primero hallamos la sopa, exactamente la que buscaba Paco: uman caldo, que no es otra cosa que agua, arroz, papas, chuÃ±o, hierbabuenaâ€¦ Â¡y una cabeza de carnero! AhÃ­ estaba el bicho, mirÃ¡ndome de frente mientras mi amigo saboreaba el menjurje verdoso y espeso que lo acompaÃ±aba. PodrÃ­a jurar que tenÃ­a pasto entre los dientes. Ya sin ganas de fumar (ni de nada que no fuera vomitar), seguimos camino. Finalmente llegamos a un quiosco en el medio exacto de ninguna parte. EntrÃ©. Y tuve este brevÃ­simo diÃ¡logo con la dependienta:<br />
-SeÃ±orita, Â¿hay cigarros en cajetilla?<br />
-SÃ­, sÃ­ hay â€“me respondiÃ³â€“. Pero yo no vendo.<br />
Fue la segunda vez que decidÃ­ no fumar mÃ¡s.</p>

<p>Por esa misma Ã©poca corrÃ­a un mito urbano que afirmaba que si juntabas un kilo (o cinco o diez) de las cintillas que sellan las cajetillas, y lo llevabas a San Juan de Dios, Tabacalera Nacional le brindaba una silla de ruedas a alguien que no pudiera costearla. No sÃ© cÃ³mo me enterÃ© de una nueva versiÃ³n del mismo: para esta misiÃ³n, sin embargo, debÃ­as juntar cinco mil cajetillas. Y seguramente me pareciÃ³ mÃ¡s factible. Y lo que pasÃ³ fue que juntÃ© las cinco mil cajetillas: me ayudaron mis hermanas, y las amigas de mis hermanas, y mis demÃ¡s familiares y amigos y conocidos. RecogÃ­a cajetillas del piso, de los basureros de las bodegas, de cualquier lugar que no las maltratase demasiado. El proceso era asÃ­: tomaba la cajetilla, la desproveÃ­a de todo lo ripioso y me quedaba con el envoltorio estiradito. MÃ¡s o menos lo mismo que hace un fileteador de pescado en el mercado: esos eran los requisitos.  Armaba paquetes de cien, los amarraba con una liguita y lo iba guardando en cajas. Y asÃ­, llegÃ³ el dÃ­a en que sumÃ© los cinco mil envoltorios. Estaba orgulloso de mÃ­ mismo, y estoy seguro de que mi familia tambiÃ©n. Quien me acompaÃ±Ã³ a llevarlas al hospital fue Paco (luego de la experiencia antes narrada se convirtiÃ³ en mi mejor amigo). Finalmente llegamos a San Juan de Dios con unas bolsas inmensas que comenzamos a arrastrar por los pasadizos del lugar, aun cuando desde el momento en que puse un pie sabÃ­a que nada, pero absolutamente nada, tenÃ­a sentido.<br />
Luego de recorrer el hospital escuchando lo que sabÃ­a que iba a escuchar y, de paso, visitando la tristeza mÃ¡s indescriptible, la mÃ¡s injusta, la mÃ¡s limeÃ±a, nos fuimos sin decir una palabra. Afuera nos esperaba la violencia de la calle, la fealdad, el cielo sin cielo de esta ciudad. Arrojamos las bolsas en un cerro de basura. <br />
Creo que fue demasiado para mis quince aÃ±os. <br />
Vi una bodega. CorrÃ­.</p>

<p>Una maÃ±ana estaba sentado en el patio techado de mi facultad, seguramente esperando una clase. Yo estaba sentado en una banca y a mi lado, en un macetero, un muchacho. Uno que conocÃ­a de vista: sabÃ­a cÃ³mo se llamaba, que estudiaba FilosofÃ­a, que editaba (creo) una revistita literaria y que era el engreÃ­do de un profesor muy respetado. Seguro yo estaba leyendo o estaba pensando o simplemente estaba en blanco, pero sÃ³lo despuÃ©s de un buen rato de estar allÃ­ me di cuenta de que algo no andaba bien con mi vecino: cada vez que levantaba la mirada pasaba algo y yo no sabÃ­a quÃ©. Estaba a medio metro de mÃ­. Hasta que caÃ­ en la cuenta de que cada vez que lo veÃ­a, estaba fumando. Siempre el pucho, ya no el cigarro. El pucho. Pero eso no era asombroso. No en San Marcos, al menos. Lo asombroso era que cuando mirÃ© el piso contÃ© veintiÃºn puchos blancos quemados. <br />
Le preguntÃ© si le pasaba algo y por suerte me respondiÃ³ que no (aunque era evidente que le pasaba algo. Algo muy malo, probablemente) porque yo ya me estaba levantando para largarme de allÃ­.   <br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Andeuinerisâ€¦</title>
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    <published>2008-03-11T02:49:02Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:23:08Z</updated>

    <summary> El blog ha cumplido un mes, y desde casi el principio se me ocurriÃ³ proponerles un rÃ¡nking: los comentarios que recibÃ­a a diario eran demasiado. Tanto, que marcaron de alguna forma la pauta de nuestra relaciÃ³n, la que ustedes...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="post-oscar400.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post-oscar400.jpg" width="400" height="301"></div>

<p>El blog ha cumplido un mes, y desde casi el principio se me ocurriÃ³ proponerles un rÃ¡nking: los comentarios que recibÃ­a a diario eran demasiado. Tanto, que marcaron de alguna forma la pauta de nuestra relaciÃ³n, la que ustedes y yo hemos ido estableciendo.<br />
Me he releÃ­do, completitos, los 563 comentarios recibidos buscando las manÃ­as mÃ¡s desopilantes para luego compartirlas nuevamente entre todos. Y volver asÃ­ a reÃ­rnos. Y volver asÃ­ a asombrarnos.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Ã‰ste es un ranking sÃ³lo de manÃ­as y costumbres, digamos, atÃ­picas. Divertidas. Raras. ExcÃ©ntricas. Humanas. Nuestras. AlgÃºn dÃ­a, cuando realmente me sobre el tiempo, me encantarÃ­a hacer una lista de las frases que mÃ¡s risa me han dado. Pero la verdad no creo que ocurra. Por el tiempo, vamos.</p>

<p>He tenido que obviar algunos comentarios porque simplemente eran nuevas versiones de historias ya contadas, o por muy escatolÃ³gicos o perversos. He privilegiado lo que me ha parecido mÃ¡s ingenioso y no me he valido de ningÃºn criterio, digamos, psicolÃ³gico. He celebrado tambiÃ©n la narraciÃ³n eficiente y la capacidad para desconcertar en pocas palabras. Y he seleccionado sÃ³lo datos en primera persona (no amigos, no familiares, no parejas: ustedes solitos). Los salvajemente honestos. Y me reÃ­do muchÃ­simo haciÃ©ndolo, especialmente con los raptos de creatividad mÃ¡s feroces. </p>

<p>Me di la chamba de seleccionarlos y pegarlos en un documento de Word que, con este texto, llegaba a las ocho pÃ¡ginas en Times 12 (la Ãºnica letra que uso). SeleccionÃ© 104. Eran tantos que pensÃ© en hacer algo asÃ­ como semifinales, pero me pareciÃ³ una chambaza, asÃ­ que, como editor implacable que soy, me he quedado con lo mÃ­nimo (58), para que ustedes voten mencionando sus favoritos o la combinaciÃ³n ganadora, empleando los respectivos nÃºmeros. No me la pongan muy difÃ­cil porque soy medio taba con los nÃºmeros. TambiÃ©n indico que los he editado, es decir, revisado, recortado, corregido ortogrÃ¡fica y o sintÃ¡cticamente, conservando totalmente el sentido.<br />
Los resultados saldrÃ¡n en el prÃ³ximo cajÃ³n de sastre. Ha resultado ser, por lejos, el post mÃ¡s largo que he escrito y, sin duda, que escribirÃ©. Voten.</p>

<p>Sigo alucinado: no les conozco las caras y me siento muy amigo de varios de ustedes. Incluso en algunos casos no sÃ© si son hombres o mujeres. Estoy pasado de vueltas. Alucinado. La selecciÃ³n, aun cuando pudo ser temÃ¡tica, es simplemente cronolÃ³gica: del principio al dÃ­a de hoy. Espero que la disfruten, como lo hice yo.</p>

<p><br />
<strong>1.</strong>	â€œMe gusta oler cosas que huelen mal, sabiendo que huelen malâ€¿.<br />
Alquimista</p>

<p><strong>2.</strong>	â€œDetesto el sonido del tecnopor, peor si se trata de una caja con comida adentroâ€¿.<br />
Mila</p>

<p><strong>3.</strong>	â€œOdio las personas que hablan con diminutivos, especialmente si los utilizan con palabras que no son sustantivos (el otro dÃ­a alguien me dijo: "el doctor estÃ¡ ocupadito", y te juro que me dio un vÃ©rtigo)â€¿.<br />
Mila</p>

<p><strong>4.</strong>	â€œLe hablo a todos los objetos que me rodeanâ€¿.<br />
H</p>

<p><strong>5.</strong>	â€œHace tiempo vi la telenovela Roque Santero. Un personaje movÃ­a su reloj de pulsera, y de ahÃ­ se me quedo esa manÃ­aâ€¿.<br />
IvÃ¡n Aguirre</p>

<p><strong>6.</strong>	â€œEs inevitable que, luego de haber ido al baÃ±o, me quede apreciando el tamaÃ±o, forma y color de la excreta respectiva. SÃ³lo despuÃ©s de ello puedo jalar tranquilo la cadenaâ€¿.<br />
BillyShears</p>

<p><strong>7.</strong>	â€œMe desagradan los jardines. Y las personas que se pasan la vida cuidÃ¡ndolosâ€¿.<br />
Rober</p>

<p><strong>8.</strong>	â€œCuando me baÃ±o, al enjuagarme tapo el orificio del desagÃ¼e para observar cuÃ¡nto de mugre tenÃ­aâ€¿.<br />
Alquimista</p>

<p><strong>9.</strong>	â€œMe gusta hablar con propiedad y usar mÃ¡s de una palabra rebuscada y rimbombante que adorne mi expresiÃ³nâ€¿,<br />
Omar Aulestia</p>

<p><strong>10.</strong>	â€œTambiÃ©n trato de encontrarles formas interesantes a mis deposiciones. Recuerdo que tome una foto memorable a una que hizo mi hijito. La titulÃ© Seco de polloâ€¿. <br />
Omar Aulestia</p>

<p><strong>11.</strong>	â€œMe da pÃ¡nico y a la vez me gusta el sonido de los taladros elÃ©ctricos y de los de los dentistas. Incluso me gusta cuando me perforan los dientesâ€¿.<br />
IvÃ¡n Aguirre</p>

<p><strong>12.</strong>	â€œMe da pÃ¡nico pasar por una alcantarilla: pienso que debajo hay cocodrilosâ€¿.<br />
IvÃ¡n Aguirre</p>

<p><strong>13.</strong>	â€œLe temo a la gente tonta, a la gente totalista, a la gente religiosa, a las mujeres, a la gente demasiado inteligente, a la gente extrovertida; en general, le tengo mÃ¡s miedo a la gente que a cualquier otra cosaâ€¿.<br />
Luis AndrÃ©s Miranda Mendoza</p>

<p><strong>14.</strong>	â€œCuento mentalmente de cinco en cinco cuando estoy en medio de una conversaciÃ³n muy aburridaâ€¿.<br />
Ã¿ngela R</p>

<p><strong>15.</strong>	â€œMe gusta tener relaciones con mediasâ€¿.<br />
IvÃ¡n Aguirre</p>

<p><strong>17.</strong>	â€œDesde los 12 aÃ±os me gusta comer jabÃ³n. Lo muerdo cual ratÃ³n, en pedacitos pequeÃ±os. Antes me lo tragaba (literalmente), ahora sÃ³lo lo muerdo, lo siento un momento en la boca y lo escupo. Hasta tengo preferencias. Por ejemplo, no paso el Dove, mientras que los de lavar ropa con fragancia para bebÃ©s son mis preferidosâ€¿.<br />
Grace</p>

<p><strong>18.</strong>	â€œDetesto cuando hago el amor con mi enamorada y me blanquea los ojos. Por eso siempre se los cubro con algoâ€¿.<br />
InFiBulaDor</p>

<p><strong>19.</strong>	â€œNo soporto ver al Puma Carranza en ningÃºn medio, me da tirria. El otro dÃ­a salio en portada en un diario, y le compre los 30 ejemplares que tenÃ­a la seÃ±ora de mi esquina para luego incinerarlos junto con una colonia que me regalaron en Navidad (con esencia de pachuli) y unos calzoncillos amarillos (que me regalaron en AÃ±o Nuevoâ€¿.<br />
InFiBulaDor</p>

<p><strong>20.</strong>	â€œNo puedo dormir si antes no me tomo tres vasos de yogurt. Uno tiene que ser de lÃºcuma, otro de guanÃ¡bana y, por ahora, acepto que el otro sea de cualquier sabor. Antes era de frambuesaâ€¿.<br />
InFiBulaDor</p>

<p><strong>21.</strong>	â€œMe despierto todos los dÃ­as a las 7:10. No puede ser ni un minuto antes ni uno despuÃ©s. Y si por algÃºn motivo mis chanclas no estÃ¡n en la misma posiciÃ³n en que las dejÃ©, no me levanto todo ese dÃ­a. Eso sÃ³lo ha pasado en seis oportunidadesâ€¿.<br />
InFiBulaDor</p>

<p><strong>22.</strong>	 â€œNo me gustan las aves porque parece que no parpadeanâ€¿.<br />
FK</p>

<p><strong>23.</strong>	â€œHe molestado y me gustarÃ­a golpear a las personas que se disfrazan de muÃ±ecos infantiles y otrosâ€¿.<br />
B</p>

<p><strong>24.</strong>	â€œYo la Ãºnica manÃ­a que tengo es que cuando hago el amor necesito que la TV estÃ© encendida. Pero lo que mÃ¡s me gusta es tener sexo viendo Goku. No sÃ© pero me fascina ver a Pikoro Tai Maku. Â¿Eso es raro?â€¿.<br />
Javier g</p>

<p><strong>25.</strong>	â€œLas mujeres embarazadas me incomodanâ€¿. <br />
Lu</p>

<p><strong>26.</strong>	â€œMe encanta inflar los cachetes y decir 'Ã±i'â€¿.<br />
Lu</p>

<p><strong>27.</strong>	â€œMe excitan las mujeres velludas, pero no las que tienen pelos en el pecho (sÃ­, he conocido a una, y parecÃ­a que le estabas haciendo el amor a AndrÃ©s GarcÃ­a)â€¿.<br />
Luis</p>

<p><strong>28.</strong>	â€œCuando digo "tengo hambre" y alguien me contesta "come fruta", me provoca golpearlos. No considero la fruta comida para nadaâ€¿.<br />
s.i.x.</p>

<p><strong>29.</strong>	â€œDe chiquita paseaba por el jardÃ­n de la casa, atrapaba los chanchitos de tierra y me los comÃ­aâ€¿.<br />
La comechanchitos</p>

<p><strong>30.</strong>	â€œMe gustaba lamer una pared reciÃ©n tarrajeada. Tanto la textura como el sabor son indescriptiblesâ€¿. <br />
La comechanchitos</p>

<p><strong>31.</strong>	â€œMe gusta tomar Inca Kola con lecheâ€¿.<br />
La comechanchitos</p>

<p><strong>32.</strong>	 â€œMe encanta y saboreo muchÃ­simo la cÃ¡scara de huevoâ€¿.<br />
sandy E</p>

<p><strong>33.</strong>	â€œParticularmente no he pasado de comerme la ceniza del cigarro. Ah, pero eso sÃ­, del Winston Rojo Americano, de otra marca y otra procedencia nada que ver... Pero como ya no ingresan al PerÃº, dejÃ© ese vicioâ€¿.<br />
Rick_h</p>

<p><strong>34.</strong>	â€œDe niÃ±o abrÃ­a las bolsitas de Chocomel y me las empujaba de una para luego tomar aire y casi ahogarmeâ€¿.<br />
Josemiguel</p>

<p><strong>35.</strong>	â€œTengo la manÃ­a de tocarme la pie, estÃ© limpia o no tanto, y olerme los dedos. Lo mismo pasa al sacarme los mocos o la cerilla de las orejas. Ya sÃ© que no es muy agradable, pero trato de hacerlo sin que se notÃ©â€¿.<br />
Ed</p>

<p><strong>36.</strong>	â€œCuando estaba en el colegio solÃ­a dibujar y pintar con plumones en papel, por ejemplo, una "hamburguesa de papel": pintaba de marrÃ³n un poco (lo que vendrÃ­a a ser el pan y la carne), otro de verde (la lechuga o la ensalada), y asÃ­ me la comÃ­a, con todos los ingredientes. DependÃ­a mucho de los colores que tenÃ­a a la manoâ€¿.<br />
DxtO</p>

<p><strong>37.</strong>	â€œSi hablamos de borradores NADA como el de papa. O el limpiatipo. O las bolitas de jebe lÃ­quidoâ€¿.<br />
Leslie</p>

<p><strong>38.</strong>	â€œMe gusta la palta con leche condensada, los tallarines rojos con mermelada de fresa (aunque con la de mango no quedan tan mal, tampoco), la leche evaporada con limÃ³n, el tomate con azÃºcar, el Desenfriolito o el Panadol infantil (que no es mismo, pero en fin), el Aceptil rojo y lo jarabes para la tos, el AfrÃ­n y las nebulizaciones con cortisonaâ€¿.<br />
Leslie</p>

<p><strong>39.</strong>	â€œNo puedo dormir o estar echado en mi cama si hay una puerta del clÃ³set abierta. Tengo que pararme y cerrarla. Se llama clÃ³set porque estÃ¡ hecho para estar "closed", Â¿no?â€¿.<br />
Frani</p>

<p><strong>40.</strong>	â€œPara probar algo, lo lamo pero solapa. Una vez lamÃ­ a mi perroâ€¿.<br />
Fifirisnice</p>

<p><strong>41.</strong>	â€œLo que no se me ha quitado y hasta ahora busco (aunque con menos Ã©xito que antes) son los cuartos cerrados, sin ventilaciÃ³n, donde hayan echado BaygÃ³n una semana atrÃ¡s. Y abrirlo de golpe para quedarme extasiado con el olorâ€¿.<br />
Coco</p>

<p><strong>42.</strong>	â€œCuando hago el amor le pido a mi chica que no se baÃ±e. AsÃ­ es mejor, sino, se pierde toda la sazÃ³n. Y si ha tenido una jornada laboral intensa, mucho mejorâ€¿.<br />
CARELO</p>

<p><strong>43.</strong>	â€œLo que sÃ­ es agradable de fumar es orÃ©gano (ya tostado) con ajinomoto. NingÃºn efecto alucinÃ³geno, sÃ³lo un gusto a pizza quemadaâ€¿.<br />
N</p>

<p><strong>44.</strong>	â€œCada vez que salgo de mi jato, vuelvo a entrar para ver si dejÃ© la plancha enchufada. Lo curioso es que yo nunca plancho nadaâ€¿.<br />
Leslie</p>

<p><strong>45.</strong>	â€œYo de chibolo me comÃ­a el borrador de papa, seguramente en la creencia de que tenÃ­a algo del tubÃ©rculoâ€¿.<br />
Salvador</p>

<p><strong>46.</strong>	â€œDe chica me comÃ­a los gusanos negros y peludos que viven en la planta de la maracuyÃ¡â€¿.<br />
Mapi</p>

<p><strong>47.</strong>	â€œDebo trabajar en un informe, pero en vez de eso estoy leyendo y releyendo blogs, posts y comentarios. SÃ­, cuando tengo que hacer algo, me paso el 60% del dÃ­a haciendo cualquier cosa, 10% comiendo o buscando comida y el 30% que me resta me lo duermoâ€¿.<br />
aLexandra</p>

<p><strong>48.</strong>	â€œNo soporto ver un nÃºmero sin tratar de averiguar si es mÃºltiplo de 11, Ã³ en su defecto si es un nÃºmero primoâ€¿.<br />
Pepe</p>

<p><strong>49.</strong>	â€œMe gusta el olor a pasto cortado y caca de vaca en el jardÃ­n. Y el del arroz chaufaâ€¿.<br />
Mala hierba: margarita</p>

<p><strong>50.</strong>	â€œCuando era chiquita me gustaba tomar agua con Ace mezclado en mi batidora de jugueteâ€¿.<br />
Mala hierba: margarita</p>

<p><strong>51.</strong>	â€œY yo que pensaba que era raro porque me gusta ver el programa de Jeanet Barbosaâ€¿.<br />
B</p>

<p><strong>52.</strong>	â€œVas en la combi, suena tu celular, contestas, pero inmediatamente los demÃ¡s pasajeros sacan los suyos, aunque ellos saben que ninguno de sus aparatitos ha timbrado. Confieso que tambiÃ©n saco el mÃ­o, cuando escucho una timbrada ajenaâ€¿.<br />
CARELO</p>

<p><strong>53.</strong>	â€œCuento las letras de las palabras y por mÃ¡s que sepa cuantas tiene, tengo que contarlas para cerciorarme de que estÃ©n completasâ€¿.<br />
AnÃ³nimo</p>

<p><strong>54.</strong>	â€œMi mamÃ¡ me contaba que cuando iba al nido a recogerme, al final de la clase nos encontraba cantando una canciÃ³n en el salÃ³n. Y no era mÃ¡s que la veÃ­a por la ventana y soltaba una sonrisa y me orinaba allÃ­, de pie, sin la menor culpabilidadâ€¿.<br />
Territoriedad</p>

<p><strong>55.</strong>	â€œMe da miedo morir en la combi, odio el calor y el olor. Pero me encanta cuando pasan una clÃ¡sica, por ejemplo de Miriam HernÃ¡ndez, y todos los pasajeros cantamos juntosâ€¿.<br />
C</p>

<p><strong>56.</strong>	â€œJabones, pues. Â¿Que mÃ¡s voy a robar?â€¿.<br />
Grace.</p>

<p><strong>57.</strong>	â€œSÃ³lo para comentar que por estos dÃ­as me estoy agenciando los panecillos, bocaditos (dulces y salados), gaseosas, pizzitas y demÃ¡s que estÃ¡n comprando aquÃ­ en la empresa para las reuniones de Ventas, Marketing o AuditorÃ­aâ€¿.<br />
Alexator</p>

<p><strong>58.</strong>	â€œAl momento de tender la cama, la sÃ¡bana debe voltearse por encima de la frazada en aproximadamente 10 cm. (nunca los he medido, pero sÃ© cuÃ¡l es la proporciÃ³n adecuada). AdemÃ¡s, el lÃ­mite de la frazada debe estar exactamente debajo de la almohada, sin alcanzar a ser cubierta por la Ãºnica almohada que puedo usar. Adicionalmente la frazada debe estar colocada (a lo ancho) en proporciÃ³n simÃ©trica... no se debe tener un lado de la cama con mÃ¡s frazada que el otro. Finalmente, tengo que meter la frazada debajo del colchÃ³n (serÃ¡ algo relacionado con la inseguridad, no sÃ©). Incluso durante la primera semana de trabajo de una nueva empleada en casa la capacito en cÃ³mo debe ser tendida mi cama (y si no lo hacen bien, le suelo decir y ejemplificar en la noche, hasta el hartazgo). Incluso en los hoteles, me tomo el trabajo de destender las camas para luego tenderlas a mi gustoâ€¿.<br />
CÃ©sar<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title><![CDATA[Bonnie &amp; Clyde, dirigida por Woody Allen]]></title>
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    <published>2008-03-03T14:44:33Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:24:00Z</updated>

    <summary> Pongo las luces intermitentes, sobreparo y Jimena se baja. Durante los tres segundos que le tomÃ³ apearse tronaron todas las bocinas de todas las combis asesinas de Lima. Ella sonrÃ­e y me pregunta con los labios si necesito algo...</summary>
    <author>
        <name>Dante Trujillo</name>
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    </author>
    
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/">
        <![CDATA[<p><img alt="op5-post2.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/op5-post2.jpg" width="400" height="301"></p>

<p>Pongo las luces intermitentes, sobreparo y Jimena se baja. Durante los tres segundos que le tomÃ³ apearse tronaron todas las bocinas de todas las combis asesinas de Lima. Ella sonrÃ­e y me pregunta con los labios si necesito algo para luego desaparecer corriendo. Â¿Por quÃ© no me lo preguntÃ³ antes de bajarse? Avanzo. Luego de darle dos vueltas a la manzana por fin consigo un sitio donde cuadrarme. Bajo el sol, claro. Ahora no me queda sino esperar, sin despegar la vista de la puerta del supermercado. </p>]]>
        <![CDATA[<p>Como creo que el aire acondicionado me irrita los ojos y me da una alergia rasposa en la garganta, llevo las cuatro lunas abiertas: el calor se puede ver, literalmente. Casi me estoy ahogando, asÃ­ que no puedo ni leer. SÃ³lo esperar. Miro el aparato del aire acondicionado y me imagino a Jimena burlÃ¡ndose de mi decisiÃ³n de no encenderlo porque adivinarÃ­a que, ademÃ¡s de la irritaciÃ³n y la alergia, hay una parte de mÃ­ que me impide consumir gran parte de la gasolina alimentando la ventilaciÃ³n. Para mÃ­ solo. Esa parte de mÃ­ que, segÃºn ella, ha heredado el trauma de la posguerra civil espaÃ±ola. De eso hablaba minutos atrÃ¡s, mientras la traÃ­a. No entiendo cÃ³mo me convenciÃ³, pero lo logrÃ³: estoy tapado de cosas que hacer y ella consiguiÃ³ que la llevase al supermercado. Tiene la capacidad de atarantarme con todo lo que dice y yo la de no saber decir que no. Ahora la espero. A mi abuela, que soportÃ³ esa guerra hasta que no pudo mÃ¡s y se subiÃ³ a un barco y cruzÃ³ el mar con sus cinco hijos, la atropellÃ³ una combi en la avenida Alfonso Ugarte. Su cuerpo saliÃ³ disparado diez metros por el aire. Eso no se lo contÃ©, porque hubiera dado pie a una perorata inagotable sobre un tema que conozco perfectamente y con el que convivo. AdemÃ¡s fue hace muchos aÃ±os. En otra vida. Ahora mismo espero en la avenida Benavides, pero las combis siguen siendo las mismas. Y Jimena que no sale. </p>

<p>Unos metros mÃ¡s allÃ¡, un auto, hasta entonces protegido por la sombra de un flamboyÃ¡n, se va. Antes de que me termine de incorporar y poner la llave en el contacto llega otro y lo toma. Una camioneta con las lunas cerradas, fresquÃ­simo, con el aire acondicionado al mÃ¡ximo. Y Jimena que no sale. De pronto tengo una idea: me bajo, tomo el libro que llevo en el morralito y decido pararme debajo del flamboyÃ¡n (resulta increÃ­ble cÃ³mo lo mÃ¡s sencillo muchas veces resulta tan invisible a los ojos. A mis ojos, al menos). Me acomodo, enciendo un cigarro y, ahora sÃ­, Jimena puede demorarse cuanto le dÃ© la gana. El Chino ha vuelto a su casa, en Mar del Plata, y espera en la penumbra de la sala a que su hijita se despierte. Su esposa duerme con el amante. El Chino espera. Se quiere llevar a la nena. En una bolsa de papel lleva una muÃ±eca que le ha comprado y que se le acaba de partir. Y un revÃ³lver. Y justo entonces escucho la voz nasal de Jimena que me llama y sÃ³lo me queda maldecir y cerrar el libro. La busco con la mirada y ella a mÃ­ con la voz, pero tardamos en cruzarnos. Finalmente la veo. Una vez mÃ¡s me dice algo con los labios. Me dice â€œvamosvamosvamosâ€¿ y yo, casi a propÃ³sito, me demoro, pero entonces noto que estÃ¡ apurada y tiene un gesto desencajado y ahora repite la orden, pero sonoramente. Lleva apenas una bolsa de la tienda, pero su cartera es inmensa y realmente debe pesarle. Ahora sÃ­ lleva prisa. Nos encontramos en el auto. Sin embargo, cuando intento quitarle la alarma, el control remoto se niega a emitir el pitido. El carro no se abre y, tras una cortina de calor que parece deformarlo todo, me encuentro con la cara de Jimena, al otro lado del auto, como podrÃ­a ser al otro lado del mundo. Sigo intentando con el control. Una idea como un rayo blanco y frÃ­o me atraviesa la mente: Â¿por quÃ©, si sabÃ­a que se estaba acabando la pila, no la cambiÃ© a tiempo? Â¿Por quÃ© espero hasta el Ãºltimo minuto siempre? Ella sigue mirÃ¡ndome, cada vez mÃ¡s fuera de sÃ­.<br />
-Â¿QuÃ© coÃ±o pasa? â€“me pregunta.<br />
-No sÃ©, no abre. <br />
-Â¿CÃ³mo que no abre?<br />
-No lo sÃ©, quizÃ¡ se le ha gastado la pila.<br />
-Â¿Y ahora?<br />
Estaba a punto de mandarla al diablo cuando el dedo de la divinidad se abriÃ³ paso y, como un rayo luminoso, seÃ±alÃ³ la tienda. En verdad, simplemente se me ocurriÃ³, sin mÃ¡s.<br />
-Nada â€“le dijeâ€“. SÃ³lo tenemos que entrar y comprar una pila nueva. No creo que seâ€¦<br />
-Â¿Entrar?<br />
En ese momento veo que salen por la puerta dos empleados del supermercado, una cajera y un gondolero. Los acompaÃ±a un hombre sin mÃ¡s uniforme que una radio inmensa prendida del cinturÃ³n. EstÃ¡n buscando algo y, sÃ³lo cuando la muchacha seÃ±ala en nuestra direcciÃ³n, comprendo que lo que buscan es a Jimena. Jimena los mira rÃ¡pido, me mira. Ella, siempre pÃ¡lida y perfecta, ahora luce pÃ¡lida pero tambiÃ©n histÃ©rica y sudorosa. El calor se despeja para dejarme ver todo muy claro. No quiero leerle los labios. El hombre de seguridad se acerca, ya estÃ¡ casi a nuestro lado, llamÃ¡ndola (â€œseÃ±orita, seÃ±oritaâ€¿), y yo evito la cara de Jimena, los ojos de Jimena, sus labios suplicantes, su temblor. Hoy debe ser el dÃ­a mÃ¡s caluroso del verano.<br />
-SeÃ±orita â€“le dice el hombre de seguridad cuando llega a su lado. Es oscuro y parece no tener cuello. Resuella de agitaciÃ³nâ€“. SeÃ±oritaâ€¦ olvidÃ³ su vuelto.<br />
Me refriego los ojos hasta ver manchas verdes y azules y, sin mirarla, le digo a Jimena que me espere allÃ­ quieta mientras voy a la tienda a por la maldita pila.</p>

<p>Vuelvo diez minutos despuÃ©s, abro la puerta. Entramos. Jimena deja la bolsa del supermercado en el piso. Su rostro, su voz, todo ha vuelto a su ritmo habitual. Aun en el estacionamiento abre su carterÃ³n y saca una lata de fÃ³rmula para bebÃ©s, un energizante con extra taurina, un paquete de paquetes de fÃ³sforos, un queso de cabra, una caja de edulcorantes. <br />
-Â¿TÃº tomas estos edulcorantes? Son buenÃ­simos. Y deberÃ­as, si es que no vas a hacer ejercicio. Oye, hablando de eso, Â¿me jalas un ratito a la farmacia?</p>]]>
    </content>
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    <title>CajÃ³n desastre 1</title>
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    <published>2008-02-27T15:15:47Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:24:43Z</updated>

    <summary> A la espera de la siguiente historia (que, si me alcanza el tiempo, hallarÃ¡n posteada el jueves), querÃ­a compartir con ustedes algunas cosas sueltas, una miscelÃ¡nea, como un pequeÃ±o cajÃ³n de sastre. En realidad mÃ¡s desastre que de sastre....</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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    </author>
    
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/">
        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="flor_roja.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/flor_roja.jpg" width="400" height="300"></div>

<p>A la espera de la siguiente historia (que, si me alcanza el tiempo, hallarÃ¡n posteada el jueves), querÃ­a compartir con ustedes algunas cosas sueltas, una miscelÃ¡nea, como un pequeÃ±o cajÃ³n de sastre. En realidad mÃ¡s desastre que de sastre. Un nuevo formato, incluso con hipervÃ­nculos que, eventualmente, encontrarÃ¡n en Ã©ste, su blog amigo. Ahora sÃ³lo tienen que hacer clic en â€˜Continuar leyendoâ€™.</p>]]>
        <![CDATA[<p>1.  He descubierto una linda casa inglesa en la calle San MartÃ­n, en Miraflores (porque sÃ­, aÃºn quedan unas cuantas, sobreviviendo a la estolidez, la avidez y el mal gusto de quienes quieren ver el distrito convertido en un foco de cemento, vidrio y trÃ¡fico). En realidad la descubriÃ³ A, mi compaÃ±era. Ella no lee este blog porque no tiene tiempo (trabaja durisisÃ­simo), aun cuando yo creo que pesa mÃ¡s su angustia por los despropÃ³sitos que pudiera compartir con ustedes. El hecho, sin embargo, es que la mantengo muy informada de los avances en estas dos semanas de vida bloggeril y de los comentarios que recibo. Entre ellos, le hablÃ© de las florcitas rojas que muchos hemos chupado de chicos, y de las que hemos hablado reiteradamente aquÃ­. Ella la vio y me contÃ³ de la casita. Yo sÃ³lo fui y cogÃ­ unas cuantas. Ya no me interesa saber cÃ³mo se llaman, me basta con saber que siguen siendo deliciosas. Y como pueden ver en la foto, a mi hijo tambiÃ©n le gustan mucho. La historia se repite. El eterno retorno.</p>

<p>2.  Alguna de las historias de bichos narradas en los comentarios me iluminÃ³ una parte del cerebro, pero reciÃ©n ayer entendÃ­ el motivo. Flashback: en 1997 Ã³ 1998 hubo un encuentro internacional de narradores organizado por la Universidad de Lima. En una de las conferencias participÃ³ <a href="http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/matute/home.html" target=_blank><strong>Ana MarÃ­a Matute</strong></a>, una escritora espaÃ±ola que conocÃ­a desde muy joven. Esa tarde de 1997 (Ã³ 1998) la Matute leyÃ³ con su voz de abuelita que todos quisiÃ©ramos tener, esta piecita de su libro <em>Los niÃ±os tontos</em>, una brevÃ­sima obra maestra: </p>

<p>HabÃ­a un niÃ±o que no sabÃ­a jugar. La madre lo miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caÃ­das a los dos lados del cuerpo. Al niÃ±o, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardÃ­n, a la tierra sin techo, con sus manecitas, pÃ¡lidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extraÃ±as campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niÃ±o, que iba y venÃ­a con una sombra entre los ojos. "Si al niÃ±o le gustara jugar, yo no tendrÃ­a frÃ­o mirÃ¡ndole ir y venir". Pero el padre decÃ­a, con alegrÃ­a: "No sabe jugar, no es un niÃ±o corriente. Es un niÃ±o que piensa".</p>

<p>       Un dÃ­a, la madre se abrigÃ³ y siguiÃ³ al niÃ±o, bajo la lluvia, escondiÃ©ndose entre los Ã¡rboles. Cuando el niÃ±o llegÃ³ al borde del estanque, se agachÃ³, buscÃ³ grillitos, crÃ­as de rana y lombrices. Iba metiÃ©ndolos en una caja. Luego, se sentÃ³ en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uÃ±itas sucias, casi negras, hacÃ­a un leve ruidito, Â¡crac! y les segaba la cabeza.</p>

<p>3.  Hace unos dÃ­as alguien me mando un link con el siguiente comentario: â€œCreo que esta pastrulada estÃ¡ como para tu visitadÃ­simo blogâ€¿. Se trata del video de la canciÃ³n â€˜No hay nada mÃ¡s triste que lo tuyoâ€™, del grupo espaÃ±ol Hidrogenesse (dedicado a los que tienen la manÃ­a del sufrimiento gratuito). No sÃ© si es en serio, o si sÃ³lo se trata de una joda. Pero es de verdad una pastrulada de aquÃ©llas.</p>

<p><object width="425" height="355"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/h968ZSvkU4w&rel=1"></param><param name="wmode" value="transparent"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/h968ZSvkU4w&rel=1" type="application/x-shockwave-flash" wmode="transparent" width="425" height="355"></embed></object></p>

<p>4.  Cuando comencÃ© este blog no imaginÃ© el curso que las cosas iban a tomar, ni la respuesta de ustedes, los lectores. SÃ³lo quiero decirles que les agradezco muchÃ­simo que estÃ©n allÃ­, que sus comentarios sÃ³lo me enriquecen y me animan. Y les recuerdo que, a tono con la APEC, ya se viene el primer ranking, elaborado con sus disparates personales. Es decir, 100% producto peruano para el mundo.<br />
</p>]]>
    </content>
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    <title>Sara a travÃ©s del espejo</title>
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    <published>2008-02-22T19:18:50Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:25:07Z</updated>

    <summary> A diferencia de los neonatos comunes, quienes suelen asomarse a la vida hinchados y grises, Sara fue preciosa desde que naciÃ³. Su padre aseguraba que el milagro de su belleza se debÃ­a a la ilusiÃ³n con la que esperaba...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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    </author>
    
    
    <content type="html" xml:lang="es" xml:base="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/">
        <![CDATA[<p><img alt="post4.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post4.jpg" width="400" height="301"></p>

<p>A diferencia de los neonatos comunes, quienes suelen asomarse a la vida hinchados y grises, Sara fue preciosa desde que naciÃ³. Su padre aseguraba que el milagro de su belleza se debÃ­a a la ilusiÃ³n con la que esperaba una princesa; su madre, a los pÃ©talos de rosa que comÃ­a por puÃ±ados, antojada, durante el embarazo. Lo cierto fue que la niÃ±a que naciÃ³ ese dÃ­a en la ClÃ­nica Italiana era tan bonita que los mÃ©dicos y enfermeras del lugar buscaban pretextos para acudir a la habitaciÃ³n a mirarla, y se quedaban ahÃ­, embobados. </p>]]>
        <![CDATA[<p>Sara era la Ãºltima hija de un matrimonio ya mayor, que previamente habÃ­a producido cuatro varones, casi unos muchachos, cuya fealdad contrastaba con la cada dÃ­a mÃ¡s luminosa belleza de la benjamina. Sara era simplemente adorable, de esas niÃ±as que uno mira a los ojos (verdes, inmensos, enmarcados bajo unas cejas largas y como pintadas con un delicado plumÃ³n dorado oscuro) para luego aferrarse a la idea de que el mundo puede, pese a todo, ser un buen lugar para vivir. Que no todo estÃ¡ perdido en miseria. Algo de esto Ãºltimo tambiÃ©n lo sintieron sus padres, quienes la llenaron de mimos, atenciones y regalos que casi no podÃ­an permitirse. Lo mismo sus hermanos que, lejos de los celos, vivÃ­an hechizados por la pequeÃ±a, y la colmaban de cariÃ±o y protecciÃ³n. AsÃ­, la infancia de Sara transcurriÃ³ como una fiesta perpetua, un cumpleaÃ±os permanente. El suyo, claro. Pero como casi todo en exceso intoxica, la niÃ±a, que al principio complementaba su belleza exterior con una dulzura y una ternura equiparables, comenzÃ³ pronto a mostrar los primeros sÃ­ntomas de una arrogancia que no la abandonarÃ­a jamÃ¡s. A los seis aÃ±os ya llamaba feos a sus hermanos (quienes, en lugar de ofenderse, parecÃ­an reverenciarla aun mÃ¡s: el hombre es como el oso y demÃ¡s consuelos). A los ocho negaba a su familia delante de sus amiguitos del parque. A los diez la convocaron para hacer un comercial de champÃº y en la mirada del productor descubriÃ³ el poder de su hermosura. EntendiÃ³ por quÃ© la miraban como la miraban las chicas, por quÃ© torcÃ­an el cuello los muchachos, porque los pajaritos se estrellaban contra los edificios. Y si los otros se derretÃ­an ante su imagen, comprendiÃ³ que lo mÃ­nimo que ella podÃ­a hacer era imitarlos.</p>

<p>Fue asÃ­ que la prepÃºber Sara desarrollÃ³ en simultÃ¡neo la habilidad de cuidar de su belleza, y el goce de contemplarla. Para lo primero dejÃ³ de lado las muÃ±ecas y comenzÃ³ a jugar a ser una diosa enana: comenzÃ³ a maquillarse sola, a pintarse las uÃ±as, a escoger ropa y accesorios finos y, por supuesto, caros, que sus padres encargaban, entre divertidos y asustados, a los familiares que viajaban al exterior, aun cuando toda la parafernalia fuese innecesaria. Y es que la simetrÃ­a de su rostro, el poder de sus ojos, su frente, su nariz respingada, sus labios â€“cada dÃ­a mÃ¡s largos y gruesos, que al sonreÃ­r formaba hoyuelos y detenÃ­an el tiempoâ€“ demostraban que la belleza natural sÃ­ cabÃ­a en la raza humana. Y ella lo tenÃ­a clarÃ­simo. </p>

<p>Por eso Sara decidiÃ³ rehusar la vulgar fealdad de la ciudad y sus habitantes y comenzÃ³ a refugiarse de ella pasando horas frente al espejo de su cÃ³moda. Sin embargo, como Ã©ste no podÃ­a acompaÃ±arla por doquier (cosa que era su sueÃ±o recurrente, segÃºn me contÃ³ muchÃ­simos aÃ±os despuÃ©s) y los espejos de bolsillo le resultaban mezquinos, comenzÃ³ a buscarse por todos lados. A los doce aÃ±os Sara se necesitaba, se perseguÃ­a en cuanta superficie reflectiva se le pusiera a tiro: el televisor apagado, la tapa del Milo, las cucharas, los platos, los charquitos de agua, el aluminio que enchapaba el ascensor del edificio, las ventanillas del auto de su padre, el retrovisor, las ventanas, los guardafangos cromados de su bicicleta, los lentes de sol de sus hermanos, las pupilas de los demÃ¡s. AdemÃ¡s, claro estÃ¡, de cualquier espejo. Necesitaba verse: podÃ­a pasar horas observÃ¡ndose y sufrir verdaderos ataques de ansiedad si no se miraba en mucho tiempo. Se encerraba en el baÃ±o, abrÃ­a la ducha y se quedaba prendida al espejo-botiquÃ­n, hasta que el vapor la envolvÃ­a.</p>

<p>Sara exigiÃ³ volver a pie a su casa desde el colegio cuando aÃºn no hubo cumplido los catorce. Le encantaba sentirse observada, devorada por miles de ojos, pero, aun cuando intuÃ­a ya el futuro de placer que la vida le tiene reservado a la bellas y exquisitas, postergaba sus mieles con otra intuiciÃ³n: mientras mÃ¡s larga la espera, mayor el placer. Como le ocurriÃ³ esa maÃ±ana de fines de octubre, cuando habÃ­a resistido desde el primer recreo para volver a observarse, aguardando llegar a su casa para regalarse una merecida sesiÃ³n de sÃ­ misma ante en espejo de la cÃ³moda, para entonces equipado con potentes foquitos, como en los camerinos de las estrellas de las pelÃ­culas en las pelÃ­culas. Pero ocurriÃ³ algo que no habÃ­a previsto: en esos dÃ­as estaban por concluir los trabajos de lo que serÃ­a el Centro Comercial Camino Real. Y no fueron los maniquÃ­es vestidos a la Ãºltima moda lo que llamaron su atenciÃ³n, ni las vitrinas que, decÃ­an, superaban las de Miami. No fue el ruido, ni el bullicio. Sara, adicta a sÃ­ misma, se encontrÃ³ con dos obreros que cargaban un espejo inmenso donde parecÃ­a estallar todo el furor de la primavera. No podÃ­a permitir que dos hombres toscos y desagradables ensuciasen su superficie. No podÃ­a permitirle a la primavera quitarle su derecho de verse y brillar. CruzÃ³ a la calle para entregarse a Ã©l y, por supuesto, no vio el Volkswagen celeste que se la llevÃ³ por delante. <br />
El piloto era un taxista llamado Juan Chocce. Fue un 29 de octubre, dÃ­a de San Narciso.</p>

<p>Su padre consiguiÃ³ un permiso para que, ademÃ¡s de los huesos partidos, le practicasen una cirugÃ­a plÃ¡stica en Brasil, siendo aÃºn menor de edad. Hoy, casi 25 aÃ±os despuÃ©s, resulta obvio que reemplazÃ³ los espejos por la el botox, la silicona, el tinte, el maquillaje permanente y los implantes. Esto lo supe bien hace poco, cuando fui al aeropuerto a recoger a alguien al amanecer. No habÃ­a terminado de aclarar la maÃ±ana pero la reconocÃ­ de inmediato saliendo de un casino en Miraflores. ParecÃ­a una estrella de teatro kabuki. <br />
</p>]]>
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    <title>Â¿QuÃ© hay para comer?</title>
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    <published>2008-02-18T16:26:18Z</published>
    <updated>2008-09-15T23:25:31Z</updated>

    <summary> Se estima que entre un 10% y un 30% de los niÃ±os menores de seis aÃ±os consume tierra. Esta manÃ­a se llama geofagia. TambiÃ©n se presenta en personas con retraso mental y en mujeres embarazadas, ademÃ¡s, claro, de voluntarios...</summary>
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        <name>Dante Trujillo</name>
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        <![CDATA[<div style="text-align: center;"><img alt="post3-goma350.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/latormentaenelvaso/post3-goma350.jpg" width="350" height="264"></div>

<p>Se estima que entre un 10% y un 30% de los niÃ±os menores de seis aÃ±os consume tierra. Esta manÃ­a se llama geofagia. TambiÃ©n se presenta en personas con retraso mental y en mujeres embarazadas, ademÃ¡s, claro, de voluntarios comunes y corrientes. Como ustedes y como yo. Las causas son aÃºn un enigma para los investigadores, aunque el gusto por consumir sustancias no comestibles (usualmente) parece estar relacionado con la falta de determinados minerales en el organismo, aunque todavÃ­a no se ha llegado a una razÃ³n cientÃ­fica demostrada. Y mientras la esperamos, sabiendo que el tema da para muchÃ­simo y que esto es sÃ³lo un tentempiÃ©, quiero compartir con ustedes, lectores sensibles, dos historias llegadas al blog a travÃ©s de sus comentarios: a continuaciÃ³n, tras clicar 'Continuar leyendo', los cuentos de Patricia y Grace. Provecho.</p>]]>
        <![CDATA[<p><strong>La alumna de Patricia: el escritorio estÃ¡ servido</strong><br />
â€œUna vez, hace aÃ±os, cuando enseÃ±aba en la pre del IPP (asu, supongo que eso ya no existe), me di la vuelta para explicar la oraciÃ³n que habÃ­a escrito en la pizarra y en ese momento vi cÃ³mo una de mis alumnas se comÃ­a un lÃ¡piz.</p>

<p>Ya sÃ© que todos hemos mordido lÃ¡pices en nuestra vida, pero esta chica, literalmente, se lo devoraba como si fuera un plÃ¡tano. SeguÃ­ dictando mi clase sin decir nada, y al poco rato la vi engullirse un borrador de mediano tamaÃ±o (de esos que tienen la mitad roja y la otra azul). La verdad, me empecÃ© a poner nerviosa, pero callÃ© nuevamente porque esta chica lo hacÃ­a con tal naturalidad que cohibÃ­a. Finalmente, cuando sacÃ³ su goma UHU y se la tragÃ³ como un chupete, me ataquÃ© de nervios y le preguntÃ© quÃ© le pasaba. </p>

<p>Hasta ahora recuerdo su cara de desconcierto. No entendÃ­a mi alarma. Su compaÃ±era de carpeta me mirÃ³ con esa indiferencia tÃ­pica de los 16 aÃ±os y me dijo que no me asuste, que ella sÃ³lo comÃ­a porquerÃ­as. Cuando le preguntÃ©, por quÃ© hacÃ­a eso, mi extraÃ±a alumna me contestÃ³ muy suelta de huesos que la comida normal le parecÃ­a insÃ­pida. </p>

<p>El menÃº diario de esta chica consistÃ­a en una mezcla explosiva de Ãºtiles de escritorio, tÃ©mperas (le fascinaba la azul), pegamentos no tÃ³xicos, y confesaba haber consumido cera y alguno que otro artÃ­culo de limpieza pero le daba miedo morirse de una intoxicaciÃ³n.</p>

<p>Durante los meses que durÃ³ el ciclo la vi comer pintura, pegamento, lÃ¡pices, chupar plumones, lamer papeles... Lo hacÃ­a un poco caleta, como cuando en el colegio te escondes para que la profesora no te vea comer galletas en clase. Salvo este detalle alimenticio que, segÃºn propia confesiÃ³n su familia habÃ­a intentado combatir sin Ã©xito, era una muchacha totalmente normal, hasta algo nerd dirÃ­a yo. Eso sÃ­, siempre andaba preocupada por dos cosas: cÃ³mo hacer para que sus dientes y lengua no se quedaran impregnados de su exÃ³tico menÃº; y por cÃ³mo convencer a sus compaÃ±eros de que ella no tenÃ­a nada que ver con las mÃºltiples desapariciones de Ãºtiles en el salÃ³nâ€¿.</p>

<p><strong>Grace: pureza interior</strong><br />
â€œVoy a hacer una confesiÃ³n luego de analizarla y basÃ¡ndome en la posibilidad de que serÃ­a casi imposible que alguien pudiera reconocerme por mi relato. AquÃ­ va: desde los 12 aÃ±os me gusta comer jabÃ³n. No me pregunten por quÃ©, pero es asÃ­: lo muerdo cual ratÃ³n, en pedacitos pequeÃ±os. Antes me lo tragaba (literalmente), ahora sÃ³lo lo muerdo, lo siento un momento en la boca y lo escupo.<br />
Hasta tengo preferencias. Por ejemplo, no paso el Dove, mientras que los de lavar ropa con fragancia para bebÃ©s son mis preferidos.</p>

<p>Cuando estoy en un supermercado y paso por la secciÃ³n correspondiente, tengo que apretar los dientes para no lanzarme a morder uno. A veces he tenido que comprar alguna barra sin necesitarla por que le he dado una mordida sin que me vean.<br />
SÃ³lo mi mamÃ¡ (porque dejaba las huellas del delito en los jabones de la casa) y dos primas saben de esto, pero como ellas estÃ¡n reciÃ©n casadas y con hijos pequeÃ±os, no creo tengan tiempo de leer los blogs.</p>

<p>Me estÃ¡ entrando pÃ¡nico de que alguien pueda descubrirme, pero segÃºn Freud, el enfrentarnos a nuestros miedos nos libera. Â¿SerÃ¡?â€¿.</p>

<p>SÃ³lo algo que apostillar a la historia de Grace: estoy seguro de que si no le gusta el jabÃ³n Dove es porque estÃ¡ compuesto, segÃºn su publicidad, por Â¾ de crema humectante. Es decir, no se trata de jabÃ³n-jabÃ³n. Es como si uno fuera fan del lomo saltado, y se lo sirvan de pollo. <br />
Y sÃ­, pues: yo creo que en eso Freud sÃ­ tenÃ­a razÃ³n.<br />
</p>]]>
    </content>
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