La isla San Lorenzo es un tesoro. Pero es un tesoro así como está: Con sus cientos de aves que han encontrado allí refugio natural frente a la Lima de cemento. Por sus cientos de especies marinas que aún proveen a la ciudad de pescado y marisco para hacer realidad nuestros cebiches, mientras le dan sustento a miles de pescadores artesanales venidos del Callao.

Por sus playas vírgenes que, si son explotadas ecológicamente con ecohoteles, pueden generar una importante actividad económica no solo a los que tengan la suerte de invertir en hotelería sostenible, sino también a pescadores que pueden proveerles de pescado y enriquecer la experiencia turística con un hermoso cebichito recién salido del mar, a transportadores que podrían pasear al público en hermosas jornadas de playa y a proveedores del Callao que ofrezcan en todo lo necesario para que se desarrolle esta actividad de manera adecuada.
Quien haya parado alguna vez en Barranca seguramente habrá escuchado hablar de su mítico tacu tacu. Quien ha vivido alguna vez en Barranca habrá frecuentado regularmente su famoso restaurante al borde del malecón. Sin embargo, son solo aquellos que han nacido y crecido en Barranca los que podrán saber cuáles son las más nobles virtudes del gran Tato, el inventor del tacu tato.
Hablar de su plato emblemático sería redundar en algo que hoy casi todo el mundo sabe. Que va relleno de picante de mariscos y una suculenta tortilla de lenguado. Que es el más grande del mundo. Que está rociado con una generosa porción de aceite de oliva. Esto es algo que miles pudieron descubrir en Mistura, en donde Tato se ha ganado la presencia eterna.

Siempre he admirado a los solitarios. Quizás porque uno de mis sueños fue vivir para siempre en un cuarto de hotel, o porque disfruto como nadie mis solitarias escapadas al cine un lunes en matiné.

El hecho es que siempre a lo lejos, desde la orilla de mi hermosa e inseparable familia, desde el cobijo de mis entrañables amigos o desde la dicha del cariño de la gente, en el fondo he mirado con cierta nostalgia la figura de aquel hombre que, en un gesto casi épico, decide instalarse en medio de la nada, siguiendo solo su instinto, haciéndole caso a su natural vocación por la soledad.
Qué bonito está Huanchaco, sus playas, sus caballitos de totora retornando con la pesca diaria al caer la tarde, su gente siempre sonriente y, por supuesto, su sazón precisa y afinada. Ya lo decía mi madre, trujillana de pura cepa: “No hay como un cebiche en el Pisagua de Huanchaco”, y la verdad es que no le falta razón.
Si tuviera que elegir un pueblo norteño en donde pasar mis últimos días, ese sería Pacasmayo. Su viejo muelle de madera, su malecón de casas de otros tiempos -quién sabe, quizás habitadas por algún fantasma-, sus callecitas en pendiente caminadas sin prisas por gente que parece no tener ni horario ni destino, sus olas que revientan sin desmayo frente a caballitos de totora siempre erguidos cual vigilante soldado moche. Querido Pacasmayo, refugio de mis últimos días, en donde todo parece dibujado por alguien bendecido por la dulce melancolía.

Y aquí estamos una vez más, en este hermoso pueblo de los mares del norte, en donde, nada más al llegar, el vivir se convierte en dulce vivir y en donde el comer, gracias a lugares como el Tabaris, se convierte en prueba viva de que las cosas simples suelen terminar siendo las más bellas.
Un cocinero peruano visitando Chiclayo es como un niño al que han dejado solo en medio de una tienda de juguetes. El corazón se le alborota al saber que está en la tierra en donde la gastronomía peruana empezó a escribir sus primeras historias. Nervioso ante la exuberancia de sus mercados, sus sentidos se le agudizan queriendo tocar, oler y probar todo lo que encuentra a su paso. Camina y camina casi sin rumbo simplemente dejándose llevar por las señales culinarias de un pueblo que vive y lleva su gastronomía en lo más hondo de su corazón.
Pero hoy soy un cocinero más afortunado aún. Mi anfitrión en Chiclayo es nada menos que Héctor Solís: tercera generación de la familia Solís, actual comandante del restaurante Fiesta y apasionado como ninguno de los tesoros culinarios de su tierra.
Junto a él recorreremos la ciudad y sus pueblos cercanos en busca de ese aprendizaje permanente que es la vida de un cocinero. A su lado, como un actor privilegiado de la más hermosa de las películas vivas, podré descubrir los más guardados tesoros de estas tierras del Señor de Sipán.
Los cocineros solemos cargar dos canastas que dan vida a nuestra cocina. En una llevamos ingredientes de la naturaleza: vegetales, frutas, aves, carnes, especias. En la otra cargamos sentimientos y emociones: recuerdos vividos, nostalgias y melancolías, pasiones, anhelos, sueños.
Es en la alquimia de ambas en donde una cocina logra adquirir dimensiones superiores al mero acto de alimentarse. Es en el abrazo de los tesoros de la naturaleza exterior con los sentimientos de la naturaleza interior de cada cocinero en donde los sabores adquieren esa capacidad de conmover que todos conocemos.
Los Nolivos es una hermosa familia que representa mejor que nadie esta manera de ejecutar y sentir la cocina.

En este largo viaje buscando los verdaderos poderes del cebiche, hemos ido descubriendo, aprendiendo y contando muchas cosas. Huariques, recetas, historias de héroes anónimos, de productos, de aventuras y leyendas. Todo un cúmulo de momentos intensos y emotivos que van tocando el alma hondamente, y que seguramente ameritarán en su momento una reflexión más profunda.
Sin embargo, sentimos que en esta etapa del viaje ya va apareciendo una suerte de verdad común, que merece una reflexión importante que nos ayude a comprender cuál es el verdadero rol del cocinero en el Perú.

A lo largo de todo el camino, hemos conocido muchos cocineros. En los mercados, en las esquinas, en las playas, en la ciudad. Si bien todos tienen un estilo, un carácter y una especialidad, hemos podido comprobar que todos tienen algo en común: Todos son empresarios.
Llego a Lambayeque con emoción. Con la emoción de saber que fue aquí, en estas tierras del Señor de Sipán, del Señor de Sicán y de todos esos nobles que impregnaron sus vidas de refinamiento, se empezaron a gestar los primeros sabores del cebiche.
Llego aquí emocionado de sentirme parte de una cultura que rendía culto a sus alimentos y que tenía a un cocinero, Ochocalo, entre los personajes míticos de su corte.
Llego emocionado también por poder sentir en cada esquina que, a pesar de los siglos, ese sentimiento por cultivar y amar lo suyo no solo no se ha perdido sino que se ha instalado en el corazón de un pueblo lambayecano que hoy valora su cocina con la misma veneración que aquellos grandes señores de antaño valoraban sus tesoros.

Ramón García es uno de esos hombres que parecen venidos de otros tiempos. De mirada transparente, andar pausado y maneras caballerosas, parece como si la rudeza de trabajar la tierra durante 60 años hubiera tenido en él un efecto inverso. No hay duda: Ramón es un hombre de sangre elegante.

Su fundo San Pedro no es grande, solo tiene tres hectáreas. Es el típico ejemplo de uno de los cientos de miles de pequeños agricultores del Perú. Aquellos que representan a la última trinchera de nuestra biodiversidad. Aquellos que, con su trabajo diario, dan vida a nuestra hermosa gastronomía, cosechando cientos de productos diferentes, en todos los rincones y climas del Perú, a partir de una relación casi mágica de respeto y dialogo entre su trabajo y la naturaleza. Porque ellos, más que nadie, saben escucharla, respetarla y sacar lo mejor de ella sin necesidad de avasallarla.