
Hoy es un día caluroso, alegre y qué mejor momento para referirnos a las comas, compañeras inseparables de nuestros textos, cómplices de nuestras aventuras literarias, testigos de nuestras primeras equivocaciones y borrones... Puede parecer exagerado expresarse así de un pequeño (pero poderoso) signo. ¿Por qué poderoso? Porque puede ser causante tanto de alegrías como de disgustos; de éxitos como de tragedias… y no es exageración. Una coma mal ubicada, por ejemplo, en un contrato puede cambiar el significado de toda una cláusula, por eso hay que saber cómo usarla.
Acá, en el diario, nos esmeramos día tras día en el correcto uso de las comas. Varias veces hemos tenido que parar la rotativa (lo que significa una inversión grande de dinero) con el único propósito de que ustedes, nuestros lectores, no reciban el feo espectáculo de una coma mal puesta. Les cuento esto porque se oye referirse a la coma con desdén. “Por una coma me bajaron puntos”, “Una maldita coma malogró mi texto”, “Por una coma rechazaron mi proyecto”. Quienes se expresan así de la coma no la aprecian y, como dicen, no se puede amar lo que no se conoce.

Hace un año se fue Alfredo Valle Degregori y nos dejó su ejemplo de corrector nato, de estudioso del idioma y también su colección “Borrones”. Pero, sobre todo, nos dejó su amor por el lenguaje y el recuerdo de sus bromas interminables. Y entre sus muchas enseñanzas heredamos su concepto de coma criminal. ¿Por qué coma criminal, doctor? “Porque es mala, muy mala: es perversa”, decía abriendo los ojazos, expresando con las manos lo que le dictaba su sangre italiana.
Esta entrega es un homenaje al maestro y amigo, un agradecimiento al lingüista querido y admirado no solo en el diario “El Comercio”. Señoras y señores, con ustedes la coma criminal…

Últimamente, los estrenos de renombrados filmes son a la medianoche. No sé ustedes, pero ahora, y con este clima tan extraño, pasar media noche enfriándome en el cine no me provoca. Será que tengo el recuerdo (trauma, más bien) de las películas que sudosos motociclistas llevaban en rollos de un cine a otro (por ejemplo de El Pacífico al Colina; o del Maximil al Primavera) y había que esperar a que cambiaran la cinta ¡a oscuras! Otro de mis traumas en cines son los incendios. Una vez, en el viejo cine Leoncio Prado de Surquillo, hubo un cortocircuito. Todos los chiquitos que entonces estábamos viendo una película mexicana (no habrá sido muy buena, pues no recuerdo el nombre) recorrimos el corto circuito que nos conducía a la puerta de salida gritando, era un loquerío. Nunca más mi mamá me dejó ir a la matinal (palabra que no se usa más, otro día hablamos de las palabras fuera de uso), menos al cine del jirón Dante, porque, además, circuló el rumor de que había murciélagos que en pleno día atacaban a sus ‘víctimas’.
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No, no voy a referirme hoy a la última novela del gran Alonso Cueto, El susurro de la mujer ballena, obra de lectura obligatoria, más bien responderé una duda muchas veces no resuelta: Por qué algunas palabras en el castellano se usan solo para una determinada especie.
Todos los seres vivos se reproducen, pero (aunque suene tierno) una ballena no se embaraza. La del gráfico, que diseñó mi hijo de 12 años, se ve linda con su ropita materna, pero es solo un dibujo. Tampoco se embarazan las monas, perras, ranas, etc. El idioma refleja la cultura, por eso, culturalmente hablando (y con la venia del diccionario de la RAE), tendríamos que cambiar el título de este post por “La ballena preñada”, pero lo dejo así porque es mi homenaje a las 262 ballenas preñadas que fueron cazadas en la Antártida en julio último. Curiosamente, los cables de todas agencias llegaron con el título: “De las 505 ballenas capturadas en el continente blanco, 262 eran hembras embarazadas”. Un buen corrector (o quien asume sus funciones) tendría que haber cambiado el verbo embarazar por preñar, pues el primero les confiere únicamente a las damas humanas el derecho de engendrar o procrear (estos últimos válidos para todas las especies, incluida la mujer). Lo mismo pasa con estar y quedar encinta: solo para Evas.
Leer másEstudié Lingüística en San Marcos, pues siempre me interesó el lenguaje. Siempre digo que corrijo desde que tengo uso de razón y es cierto. En el diario El Comercio me convencí de que corregir es mi vocación, pues trabajo en lo que me gusta. No la paso mal, leo todo el tiempo, de paso estudio la gramática normativa. En el estricto sentido de la palabra, no soy normativista, puesto que un lingüista sabe que el lenguaje es libre. Los errores, fallas o gazapos son parte de la diversión; además, me sirven para preparar mis clases, mi otra pasión, como buena hija de un maestro. Mi vida es simple, tengo un hijo adolescente al que adoro, una familia que es lo más importante para mí. Entre el diario y el blog Ideas y Palabras transcurren mis días. Por ahora, espero seguir escribiendo sobre el castellano y que lo aprovechen quienes desean mejorar su redacción.