Él es el Ken del fútbol peruano, un muñeco con el pelo parado embadurnado en gel que atrapa pelotas sobre un campo de grass, un chico fashion cuya sonrisa combina –extrañamente- la inocencia y espontaneidad de un niño con el gesto estudiado y calculado de un modelo.
De alguna manera, George Forsyth es para el fútbol peruano lo que David Beckham es para el mundo. Le pregunto si cree que está siguiendo sus pasos, me dice que seguramente sí, pero se apura en marcar la diferencia: “Me considero más un empresario que un modelo”.
Tiene razón, actualmente Forsyth está dentro de la industria de la moda, pero no porque alguna marca le pague por prestar su cara bonita para una campaña. El negocio es similar, pero al revés: él mismo está sacando su línea de ropa y accesorios, G&F, y a la vez está utilizando su imagen –y su físico- para promocionarla.
Por Tatiana Perich
Fotos: Sergio Sicheri
Hace varios años entraste al mundo del modelaje, ¿qué fue lo primero que hiciste?
A los 14 hice algo rápido: una sesión de fotos nada más. Me vinculé más a la moda y todo eso a los 16 o 17 años, cuando hice catálogos para diferentes empresas. También hice uno que otro desfile, pero no era lo mío, así que hice más fotos.
¿Cómo así empezaste?
El tema de la moda y la ropa me ha interesado desde siempre, pero nunca me identifiqué mucho con el modelaje. Sin embargo, a esa edad era una manera fácil de hacer dinero y, como cualquier chico, aproveché las oportunidades que me dieron. No lo hice tanto, pero me sirvió para conocer un poco más de ese mundo.
Se podría decir que en su nuevo unipersonal, Fabiola Arteaga es la Alessandra Rampolla de los clauns. A través de la ridiculización de escenas como las del primer beso, la primera punteada, la primera vez y de situaciones como el tipo de ‘chichis’ y las razones por las que las mujeres fingen orgasmos, Fabiola aborda el tema del sexo con la intención no solo de divertir y hacer reír, sino de dejar un mensaje: “El sexo me parece superpositivo (…). Te abre un montón de caminos para comunicarte de un montón de maneras”.
“Humorbo… lo que te quedas calladita” es un show en el que la palabra tabú no existe.
Por Tatiana Perich
¿Cómo así entraste al mundo de la comedia?
Trabajé muchísimos años en publicidad, escribiendo comerciales para televisión y radio, y siempre mi estilo de escribir era con humor. Cuando la agencia de publicidad y el horario me cansaron horrible, pensé en hacer otra cosa y me puse a escribir por mi cuenta. Siempre lo había hecho, pero sin cobrar, ¡se lo hacía a mis amigas gratis! Luego, me di cuenta que podía vivir de eso y que además podía enseñarlo en Pataclaun. Es muy entretenido. Descubrí lo que realmente me apasionaba: hacer reír a la gente y reírme de mí misma también.
Estudiaste en el Villa María, ¿eres de la promoción de Johanna San Miguel?
No, Johana es mucho mayoooooooor que yo, ¡no te pases! No, mentira chata. Sí, somos amigas del colegio, pero ella es varias promociones mayor que yo, pero he trabajado con su mamá, ella también ha trabajado en Pataclaun.
Son dos ex alumnas del Villa que han terminado en el mundo del humor riéndose del estereotipo de la chica de ese colegio: ‘nice’ y ‘lady’.
¡La chicas ‘nice’ y ‘lady’ que somos! Para Johana y para mí, que somos superobservadoras y críticas de eso, es una fuente de humor inagotable.
El primer recuerdo que la gran mayoría tiene de Roberto Moll es su papel de profesor conservador y tímido que se enamora perdidamente de una loca jovencita de grandes dientes (Patricia Pereyra). Sí, hablamos de la telenovela ícono de la década de los ochenta, “Carmín”, que lo catapultó a la fama como galán.
Pero de aquella experiencia ha transcurrido varios años y el actor ya tiene una larga lista de trabajos en el Perú y el extranjero. Incluso tiene dos academias de actuación en las ciudades venezolanas de Caracas y Portocabello.
Ahora nuevamente se encuentra en Lima, más socialista y crítico que nunca, para interpretar a ‘Papá Pitufo’, un periodista de prensa chicha en la serie nacional “El enano”.
Por Yanina Manrique Llerena
Fotos: Jorge Luis González
¿Desde cuándo vive en Venezuela?
Hace 32 años que resido en Caracas. Viví un tiempo en Estados Unidos, pero no me gustó a pesar de que tengo nacionalidad norteamericana.
¿Y por qué no le gustó?
No es como yo concibo que deba ser el mundo. Creo mucho en la solidaridad, en el amor al prójimo, en compartir y, lamentablemente, eso está ausente allá. Por eso me siento muy feliz en Venezuela, es una país que está haciendo historia en el mundo y estamos luchando por crear los Estados Unidos de Latinoamérica y la Unidad Latinoamericana, y sé que lo vamos a lograr. Me siento parte de la historia.
Motivado por paralelos que inevitablemente crea entre la niñez de su hija y la suya, Carlos Galdós vuelve a la carga con un nuevo espectáculo unipersonal en el que hace un recorrido por la década de los ochenta, aquellos años que significaron parte de su infancia, su pubertad y adolescencia.
En “Nadie me quita lo bailado”, que se presenta el próximo 11, 12 y 13 de junio, Galdós habla de todo: de la música, la moda, los programas y dibujos animados, las costumbres y el enamoramiento, así como de lo que le tocó vivir durante el primer gobierno de Alan García y en los inicios del terrorismo.
Durante nuestra conversación, Galdós se reveló como un niño al que le gustaba estar solo y que tenía gran facilidad para abstraerse de su entorno, sobre todo cuando estaba en el colegio. Un chico que, a diferencia de los demás, en las fiestas no quería que el momento de las “lentas” llegara. Un adulto que ahora dice que sus canciones preferidas de esa época son la del dibujo animado “Marco” y “Hombre lobo en París” de La Unión; la primera es como “para cortarse las venas” y la segunda es sumamente nostálgica. Un exitoso artista que se sabotea a sí mismo cuando está nervioso y que no tolera estar esperando tras bastidores a que sea la hora de que empiece el show; él tiene que llegar un minuto antes.
Por Tatiana Perich
Después de "Yo amo a mi suegra", al parecer este nuevo show viene cargado de nostalgia. ¿Qué te motivó a hacerlo?
Como viene ocurriendo de un tiempo a esta parte, fue por mi hija. Mis actividades de padre hacen que en todo momento yo establezca paralelos con lo que viví, con mi infancia. Me es imposible no comparar y mi cerebro automáticamente dijo “por aquí puede ir el show de este año”. En todo momento se me presentan oportunidades, figuras en las que retrocedo a la era en la que cumplía exactamente 6 años y se terminó cuando tenía 16.