Cada vez que escucho una canción de Yola Polastri coquetea conmigo una existencia completamente ajena. Un alma traviesa que amenaza y que, a veces, termina ganando. Un burbujito imposible que sabe las coreografías más difíciles y que canta los tonos altos a pesar que desafina con descaro e impunidad. Como Linda Blair en "El exorcista", me siento poseído por un demonio inquieto que no descansará en paz hasta encontrar un escenario dónde ser aplaudido.

Soy un joven nostálgico porque hace diez años veo televisión solo para conocer las noticias o para seguir un partido de fútbol. Soy nostálgico, también, porque no escucho radio y porque siempre siento escepticismo cuando algo viene disfrazado de novedad. Vivo en blanco y negro, porque a blanco y negro Charles Chaplin hizo sus mejores películas y porque Los Beatles empezaron a pelearse después de que la pantalla tuvo color. Me acuerdo de todo, de los pasos de Menudo, de las coreografías de Michael Jackson, de los libretos del Chavo del Ocho, de cada reflexión de Kevin Arnold. Esta es la historia de un joven nostálgico que siempre se resistió al futuro hasta que se encontró con la modernidad de un blog que le permite detener el tiempo.