Cada vez que escucho una canción de Yola Polastri coquetea conmigo una existencia completamente ajena. Un alma traviesa que amenaza y que, a veces, termina ganando. Un burbujito imposible que sabe las coreografías más difíciles y que canta los tonos altos a pesar que desafina con descaro e impunidad. Como Linda Blair en "El exorcista", me siento poseído por un demonio inquieto que no descansará en paz hasta encontrar un escenario dónde ser aplaudido.
