Espera lo inesperado... el 31
Las fiestas de año nuevo siempre se terminan convirtiendo en un verdadero show de la ‘impro’. Todo a última hora, no hay forma de que un 28 de diciembre sepa exactamente qué haré a las doce del 31. Ayer, por ejemplo, acordamos con los amigos de siempre (los del barrio) que nos quedaremos en Lima. Será una fiesta a lo grande, pero en la capital, en una casa inmensa que siempre nos recibe bien. Este año no iré a la playa, tampoco volaré al Cusco ni mucho menos cenaré con mi familia. Saldré de casa muy temprano para los clásicos previos, saldré de casa con la ilusión de que este 2009 supere todo lo vivido antes.
Y eso será más que difícil.
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Llamó a la medianoche, con esa puntualidad inglesa que nunca pude aprender de él. Estaba aún apenado por haber perdido el boleto del autobús que debió traerlo desde el Cusco. Papá intentó, llegar –según me contó incluso “tiró dedo” por Arequipa– pero cerca de las once de la noche asumió su ausencia y se comunicó desde un hotel en Ica. Era la Navidad de 1987 y mientras él me hablaba yo abría el regalo de aquel año: una pelota Viniball algo desfasada pero llena de banderas y colores que decía: México 86.
–¿A qué hora vienes?–es lo único que le pregunté.
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Todos alguna vez hemos sido coleccionistas. Hemos elogiado sin cansancio a esos ‘cachivaches’ que nos ayudan a construir santuarios personales donde le rezamos con devoción al mejor pasado. En cajones de cartón y en bolsas de todos los colores he guardado discos de vinilo con estilos y ritmos que iban desde Menudo (con el sello de Pantel) hasta “Siembra” de Rubén Blades. También mi foto a los dos años con el Tío Johnny, una colección de muñecos G.I. Joe y álbumes de los mundiales de fútbol. Todos tan entreverados como esos días que pasaron y de los cuales solo nos quedan lejanas referencias.
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No quería ir. Acostado en una vieja cama y cubierto por todas las sábanas que encontré en mi cuarto, me negaba a responder los desesperados llamados de mi familia y de mis amigos. Faltaba un día para mi fiesta de promoción y pensaba que me había quedado sin pareja. Cuando tienes 16 años, un simple malentendido puede convertirse en una sentencia de muerte. Estuve a horas de perderme la que fue una de las mejores noches de mi adolescencia. Todo era cuestión de esperar una llamada. Pero cuando tienes 16 años no esperas. Ese día de la fiesta, mi hermana Pilar tocó mi puerta no solo para despertarme sino para devolverme a la vida en medio de la más prematura de mis muertes.
–Te llamó la mamá de C. (mi pareja), dejó su dirección para que la vayas a recoger en la noche.
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PROGRAMAS CONCURSOS DE TODOS LOS TIEMPOS
Si estás leyendo esto, por lo que más quieras, trata de ser mi cómplice pero en silencio. No digas nada. Será un pacto entre tú y yo. No me falles, nada te cuesta, nada te vale. Yo confieso que uno de mis secretos mejores guardados descansa en el archivo televisivo de canal 9 (ATV). Quizá nunca me perdone por contarlo. Han pasado once años desde aquella tarde de agosto de 1997. Recién había ingresado a San Marcos y dos de mis mejores amigos del colegio: Maykol y el ‘Pato’ Javier, tenían entradas para ir a “Campaneando”, ese programa de concursos que animaba Gianmarco, hoy blogger de moda y cantante bandera. Después de dudarlo mucho al final me animé a ir con ellos. Lo que nunca imaginé (puedo jurarlo) fue el papelón monumental que me esperaba esa tarde.
Leer másSoy un joven nostálgico porque hace diez años veo televisión solo para conocer las noticias o para seguir un partido de fútbol. Soy nostálgico, también, porque no escucho radio y porque siempre siento escepticismo cuando algo viene disfrazado de novedad. Vivo en blanco y negro, porque a blanco y negro Charles Chaplin hizo sus mejores películas y porque Los Beatles empezaron a pelearse después de que la pantalla tuvo color. Me acuerdo de todo, de los pasos de Menudo, de las coreografías de Michael Jackson, de los libretos del Chavo del Ocho, de cada reflexión de Kevin Arnold. Esta es la historia de un joven nostálgico que siempre se resistió al futuro hasta que se encontró con la modernidad de un blog que le permite detener el tiempo.