
El último grito de la moda funeraria podría causar un cambio en el lenguaje. Llegará el momento en que la gente ya no use la palabra enterrar para referirse al rito universal de despedir a los muertos. Se utilizará sumergir, anclar, quien sabe hasta fondear, si su actual connotación siniestra llegara a ser barnizada de nuevos sentidos. Semejante revolución léxica es un tema de fondo. De fondo marino. Ha empezado en un antiguo banco de arena frente a las costas de Miami, convertido ahora en un camposanto de la nueva era: los creadores lo diseñaron con la idea de que tuviera cierto parecido a la Atlántida, la legendaria ciudad perdida en las aguas de la mitología occidental. Al final se ha convertido en el único parque temático del mundo donde la membresía es póstuma y supone que tus restos se conviertan en parte de un decorado mortuorio a ciento cincuenta metros bajo la superficie del mar: El Arrecife Conmemorativo Neptuno.

En el escalafón de los asesinos en serie se da la macabra coincidencia de que varios de los más prolíficos han resultado ser médicos. El peor de todos ha sido el británico Harold Shipman, quien en enero del 2004 se ahorró con una sábana al cuello el tedio de cumplir las quince cadenas perpetuas que le aplicó un juez británico por el asesinato de igual número de personas. Algunas investigaciones indican que pudo haber matado al menos a doscientas más entre 1974 y 1998. Jack Kevorkian, el médico que poco antes lo precedió en el título, organizó el suicidio de 130 de sus pacientes y se promocionó como un activo defensor de la eutanasia hasta que se le ocurrió filmarse mientras participaba en el suicidio de un hombre y lo hizo pasar por televisión. Un jurado de Michigan lo condenó en 1999 por asesinato en segundo grado. Al año siguiente, un estudio reveló que el 70% de sus voluntarios no tenía enfermedades terminales, como se pensó en un momento. Alguien dirá que entre uno y otro hay muchos matices por considerar, pero es de matices diversos, casi todos macabros, que está cubierta la lista de los doctores de la muerte.
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Pocas cosas garantizan la posteridad como una falaz declaratoria de muerte. El episodio adereza el currículum vitae con una dosis de excentricidad que, se diría, enriquece la vida del difunto vivo. En marzo de 1999, el mundo musical europeo fue remecido con la supuesta muerte del extraordinario pianista austríaco Friedrich Gulda. Un fax con la noticia se había esparcido hacia muchos destinatarios poco antes de un concierto que Gulda, un devoto del escándalo -llegó a dar un concierto calato-, debía dar a sala llena. A la hora indicada, el músico se presentó como si nada ante su auditorio y dijo: “Qué lástima, hay más de uno que seguramente se puso contento antes de tiempo”. Él mismo había esparcido la broma.
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Hay una regla del espía que se resume en la explicación de Umberto Eco sobre James Bond: "No tiene reparos en derrotar al enemigo empleando el juego desleal, haciendo trampas al tramposo o haciéndole chantaje". Alexander Valterovic Litvinenko, protagonista del último episodio trágico del recontraespionaje a la rusa, negaba haber ejecutado extrajudicialmente a alguien. Ahora figura en la lista de los agentes muertos con esos mecanismos delirantes que parecen especulaciones literarias hasta que estallan en las páginas policiales, políticas o internacionales de los periódicos. No queda claro -todavía- si él empleó esos procedimientos, pero es casi fijo que figuraban en los mismos estuches que compartía con ex compañeros de oficio. Entonces, tal vez, convendría decir de personajes así: con las mismas técnicas que dominan, pueden ser dominados.
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Cierta experiencia en estos temas misteriosos me hace suponer que una lectura astrológica del nacimiento de Cristo le amargará los labios a más de un dogmático. Una vez entrevisté a una hermosa chica que decía traer un mensaje del cielo y por cada dos interesados, alguien llamaba para acusarme de hereje. En otra ocasión escribí sobre una secta que anunciaba la venida de un Mesías Negro y un funcionario municipal me pidió su dirección para cerrarles el templo. A los ortodoxos los marea la lógica y en ocasiones se erizan por el sentido común. Por eso supongo que no les va a gustar esta reseña, pero es que, para empezar, varios indicios señalan que Cristo no nació el 25 de diciembre. Con el perdón de abuelas, fervorosos y mercaderes navideños.
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El mejor estímulo para la carcajada es la seriedad de una cara como la de Marc Abrahams: a muchos les resultaría imposible mantener un gesto casi anodino mientras cuenta del estudio científico sobre el primer caso de necrofilia homosexual en patos. Es la misma serenidad que le permite contar de otra investigación que comprobó la preferencia de los pollos por las personas bonitas. Abrahams puede referir sin muecas la historia de un hombre de la India que inició un movimiento político porque había sido declarado legalmente muerto o la de tres médicos que desarrollaron una guía de procedimientos para cuando alguien se pellizca el pene con el cierre del pantalón. Esas historias no son las más extrañas de las que ha conocido . Parece curtido de escucharlas, pero en realidad tiene un apetito voraz por descubrirlas. El creador del premio Anti-Nobel (Ig Nobel en inglés) es un hombre sensatamente divertido. Ahora que se acaba de realizar una nueva entrega, conviene rescatar este perfil del creador.
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Quizá el mayor vuelco que se avecina sobre la humanidad sea la abolición de los ataúdes. La especie que ahora destruye el planeta siempre ha rendido cuenta de sus miedos con su cadáver. Una explicación atribuida a Plinio, el viejo, dice que los sarcófagos deben su nombre –que en griego significa “el que devora carne” – a que los primeros ejemplares estaban hechos de una piedra que facilitaba la descomposición del cuerpo. En la segunda mitad del siglo XVIII, cuando todavía no se tenía certeza sobre el signo definitivo de la muerte, el médico austriaco Johann Peter Frank se obsesionó con prevenir embalajes prematuros y propuso que antes de comprar ataúdes se construyera edificios llamados Totenhaus, “casa para muertos”, donde reposarían los cuerpos hasta que la putrefacción evidenciara que en realidad habían perdido el alma. La propuesta, que generó entusiasmos funerarios en varias ciudades europeas, se diluyó pronto entre hedores espantosos.
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Su poder nacía del polvo y al polvo debía volver. Era como si toda la cofradía de la coca hubiera surgido bajo una condena bíblica, una suerte de extraña sentencia que la conducía del génesis delictivo al más estridente armagedón policial. En el camino dejaban un rastro de episodios delirantes, excentricidades surgidas en la opulencia del crimen, que sólo fueron conocidas cuando cayeron en desgracia. El caso paradigmático fue el de Reynaldo Rodríguez López, 'El Padrino'. Tenía este hombre todos los dudosos méritos de un capo de la mafia. Pero nadie le hizo ascos hasta que su mansión reventó como una ratablanca y pasó a la historia como Villa Coca. Rodríguez López desarrolló un estrambótico gusto por los licores. Su colección sobrepasaba las dos mil piezas, de treinta países de procedencia.
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La poeta británica Vita Sackville-West escribió que "no se precisa de matemáticas ni conocimientos especiales para apreciar a los santos". Pero ciertos casos de misticismo exacerbado desafían cualquier escala de credulidad. El santoral registra el caso del italiano San José de Cupertino, conocido por su torpeza, que entraba en unos estados de éxtasis de los que no lo podían despertar ni a palos. Sus compañeros incluso lo pinchaban con alfileres y nada. Pero sus raptos más insólitos eran los de la levitación. "No podía dejársele decir misa ni tomar parte en las procesiones, ni siquiera comer junto a la comunidad, porque en cualquier momento podía alzarse en el aire y permanecer suspendido un buen rato", señala Sackville-West en el libro "El águila y la paloma", un estudio sobre la vida de algunos hombres y mujeres místicos. Otro caso -que no ha llegado a la canonización- es el de la iluminada María Villani, quien decía tener una herida interna provocada por una espada de fuego. Nueve horas después de muerta, en 1670, el médico que hizo la autopsia encontró que su interior despedía un calor tan espantoso que fracasó varias veces antes de extraerle el corazón. Está claro que la santidad es pariente cercana del misterio.
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El hecho ocurrió de madrugada, como es de esperarse en los episodios tenebrosos. Fue a las cuatro de la mañana del 30 de noviembre de 1694. Una joven limeña llamada Teresa Girón, de 19 años, tuvo un parto terriblemente difícil. La comadrona que la atendía supo que el bebe no estaba en buena posición, pero no tenía manera de intuir lo que se venía. "Salió afuera una pierna con movimiento... le echó agua la comadrona y procuró inclinar el parto a mejor figura y situación, cosa que no pudo conseguir... pues apenas recibido el sacro baño del bautismo... dejó de moverse el pie y la pierna, saliendo la otra pierna en igual estado, absolutamente falta de todo movimiento", dice el informe de los hechos. Los presentes debieron quedar aturdidos con la criatura que salió del vientre de esa mujer: tenía dos cabezas, cuatro brazos, dos piernas.
Leer másCronista. Es editor de publicaciones. Fue editor general de la revista Etiqueta Negra. Es autor del libro de no ficción: «Sombras de un rescate: tras las huellas ocultas en la residencia del embajador japonés» (2007), publicado el sello editorial Planeta. Ha sido becario del Edward R. Murrow Program for Journalists, organizado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y el Aspen Institute, y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. En diciembre del 2006 recibió el premio anual de Derechos Humanos y Periodismo otorgado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos del Perú. Una de sus crónicas fue escogida por la revista colombiana Gatopardo entre las diez mejores historias publicadas en diarios de América Latina en el 2004. Es coautor de: «La muerte se escribe sola» (2006), una novela basada en hechos reales publicada por Agenciaperu y la editorial Aguilar. Es uno de los cronistas incluidos en la antología «Locos, malos y virtuosos» (2007), de Editorial Recreo. Trabajó como reportero en los diarios El Comercio y La República.