
Un curioso miembro de esta cofradía me planteó el tema hace un par de semanas. “Hay un desorden de los sentidos que permite a algunas personas escuchar las imágenes o ver los sonidos (tipo efecto LSD)”, decía el comentario. Ahora le estoy agradecido porque la indagación ha sido fascinante. El fenómeno es cierto. Se llama sinestesia y supone tal mezcla de percepciones que una persona que la experimenta puede incluso sentir el sabor de las palabras. Un caso especialmente extremo es el del estadounidense James Wannerton: cada lunes tiene la sensación de que todo le sabe a goma; los martes, a frutella; y los sábados, a tocino. Wannerton asegura vivir en una casa con sabor a puré de papas, en un pueblo que le sabe a chicle de frutilla. Cuando visita Alemania, su paladar parece cubrirlo todo con gusto a mermelada y si va a España, el día le despierta un sabor agradable que no sabe definir. Si allí quedara todo ya sería alucinante, pero sus sensaciones también están asociadas a nombres de personas. Y no siempre son agradables.
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La pregunta no es retórica. Si la resurrección es posible, como vimos la semana pasada, resulta natural la curiosidad de algunos visitantes de este club que me pidieron indagar con más detalle sobre la experiencia de quienes aseguran haber estado camino al otro mundo. Estamos hablando de gente que estuvo sin vida, al menos por unos minutos, según criterios médicos. La cultura popular suele asociar a estos casos la clásica imagen de la luz al final de un túnel o ciertos estados místicos. Pues bien, puedo decir ahora que, según un estudio científico, la gente que regresó de ese viaje ha pasado por eso y por mucho más.
Cronista. Es editor de publicaciones. Fue editor general de la revista Etiqueta Negra. Es autor del libro de no ficción: «Sombras de un rescate: tras las huellas ocultas en la residencia del embajador japonés» (2007), publicado el sello editorial Planeta. Ha sido becario del Edward R. Murrow Program for Journalists, organizado por el Departamento de Estado de los Estados Unidos y el Aspen Institute, y de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. En diciembre del 2006 recibió el premio anual de Derechos Humanos y Periodismo otorgado por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos del Perú. Una de sus crónicas fue escogida por la revista colombiana Gatopardo entre las diez mejores historias publicadas en diarios de América Latina en el 2004. Es coautor de: «La muerte se escribe sola» (2006), una novela basada en hechos reales publicada por Agenciaperu y la editorial Aguilar. Es uno de los cronistas incluidos en la antología «Locos, malos y virtuosos» (2007), de Editorial Recreo. Trabajó como reportero en los diarios El Comercio y La República.