Debido a su entrega, a su honestidad, creyó que eso jamás le iría a pasar, pero ocurrió: la despidieron. Lloró un día, al otro se levantó. Hoy factura millones (y agradece a su ex empleador).
La oportunidad había estado siempre allí, ante sus ojos. Margoth no la vio sino hasta que la echaron de una empresa estatal en vías de privatización. La necesidad hizo que por fin viera ese camino que estaba aguardando por ella y que la ha convertido en una mejor profesional, en una mejor persona, en una mejor mamá. Con ustedes, el ‘motor y motivo’ del éxito de Service Prorecove, una empresa que crece y crece de la mano de cientos de ferreteros.
En el 94 usted tenía 40 años y, después de dos décadas trabajando en Sider-Perú, la despidieron…
Sí, para mí fue muy difícil.
¿Cuánto la impactó?
Mucho. Sentí que el mundo se me derrumbaba… ¡Yo no entendía! Decía: “He trabajado tanto, he dado tanto, he sido tan honesta… ¡no entiendo por qué me botan!”. Fue en la época de Fujimori, con la privatización.
No solo la echaron a usted, sino también a su marido.
A los pocos meses. En el fondo, yo pensaba que a mi esposo sí lo iban a botar…
¡Por qué!
(Ríe) Porque yo trabajaba en la oficina y él en el mantenimiento de la planta. Yo decía: “Si bien hay mucha gente (en la empresa), aquí, en Ventas, a mí me requieren”.
Se sentía segura.
Segura de que me quedaba. Pero no fue así.
Vende carteras desde los 7 años. Como su madre, fue ambulante. A los 13 se hizo cargo de su familia (preparó y vendió comida). Fue cambista, lo perdió todo una y otra vez. Al final, ella triunfó
Se acabaron las excusas. Después de conocer la historia de Flor Soto, no existe ya espacio para los lamentos. ¡No se diga más! Con ustedes, la mujer que forjó la marca de carteras Tizza (a quien, a partir hoy, seguro recordará cada vez que piense que ya no puede más).
¿Cuántas veces se ha caído?
(Ríe) Varias veces… En ese momento, cuando a uno le pasa, uno no lo entiende… Yo lloraba mucho. Decía: “¿Por qué me pasa a mí esto?”.
¿Cuál fue la peor?
En mi infancia, cuando por necesidad tuve que hacer muchas cosas. Mi madre enfermó y yo, a temprana edad, tuve que salir a vender comida.
Creció en un arenal, a los 8 años vendía hilos como ambulante y era feliz. Su madre es su luz, juntas escuchaban las arengas de María Elena Moyano. Ha vencido a la pobreza (como a los 8, ella hoy es feliz).
Doris Huamán ama las ventas. El Fenómeno de El Niño frenó el desarrollo que venía gestando junto a su madre y hermanos. Quebrados, probó suerte en un espacio mínimo en Gamarra. Vendía las prendas de hilo que ella misma confeccionaba (hasta que el destino entró a tallar -una vez más- y terminó vendiendo zapatos). Hoy, al mes, comercializa unos 4.000 pares. Hace poco, mientras seguía un diplomado en ESAN, Doris descubrió que tenía mucho que enseñar.
En su historia, su madre es fundamental.
La base de mi vida es mi madre. Ella no solo nos enseñó lo que es el trabajo duro y sacrificado, sino también a ser justos y honestos. Eso lo llevamos sus cuatro hijos.
El divorcio de sus padres cambió radicalmente su vida.
Nos hizo más fuertes.
Pasaron de la comodidad de vivir en Magdalena a un arenal en Villa El Salvador.
Exacto. Esa fue una mala decisión de mi padre (levantó una casa de madera en el arenal y ahí dejó a su ex mujer y a sus hijos). Yo le he dicho a mi mamá: “¿Cómo te pudiste haber dejado embaucar por mi papá?”. Ella era profesora, ¡tejía maravillas! Ella nos mantuvo.
¿Cómo vivió ese cambio?
No lo sentí. ¿Sabes por qué? Era muy niña. Tenía 5 años.
Allá empezó su historia de lucha: su madre tenía un puesto.
Vendíamos hilos y lana… Yo he vivido allá el terrorismo: nunca hubo un ratero. He vivido el trabajo comunal: los domingos la gente hacía las pistas, pese a que no había agua ni luz. Conocí a María Elena Moyano. Mi mamá fue una activista del Vaso de Leche. ¡Muy metida era mi mamá! Y yo con ella me iba a escuchar a María Elena: “Las mujeres no nos debemos dejar vencer, las mujeres somos muy capaces, tenemos que estar unidas…”. En ese entonces, la Policía no entraba a Villa El Salvador y nosotros ¡sabíamos quiénes eran terrucos! Había uno -que se escapó con Polay (del penal de Canto Grande, junto a más de 40 emerretistas durante el primer gobierno de García)- que su mamá ¡era clienta de mi mamá!
Sí, ella es la primera dama, pero ese es quizás su título menos trascendente. Con madres de comunidades altoandinas ella está sembrando una mejor calidad de vida. La ONU planea replicar su trabajo
CHANCAHUASI. Irónico. El viernes último, el mismo día que el reportero gráfico Juan Ponce y yo nos despedimos de Pilar Nores convencidos de haber compartido tres días con una mujer con un liderazgo y voluntad de diálogo indiscutibles, el Ejecutivo y demás miembros del partido de su marido demostraron carecer precisamente de ello. Y Bagua ardió.
“Disculpen los inconvenientes”, y nos estrechó la mano. Lo que ella llamó nuestros ‘inconvenientes’ –veloces recorridos en 4x4 por trochas rompecolumnas, frío extremo, almorzar a las siete de la noche- no eran más que parte de su labor al frente de Sembrando. Pese a todo, comunidad a la que llegó, ella explicó -siempre con dulzura- los favores de contar con una cocina y letrina mejoradas.
En Tantará, el alcalde del distrito invitó a la primera dama a ser parte de la fiesta patronal. “Hemos venido a trabajar”, lo paró la emprendedora social. “Craso error”, pensé. Esa no era una respuesta políticamente correcta”. Las madres tantarinas –tal como ocurrió en cada una de las ocho localidades huancavelicanas a la que llegamos- la aplaudieron.
Gracias a Sembrando, y a la labor conjunta con madres de comunidades altoandinas, desde el 2006 se han reducido drásticamente las enfermedades respiratorias y diarreicas en las zonas donde trabajan. Sin embargo, más que reconocimiento lo que usted últimamente ha recibido son comentarios suspicaces sobre el origen de los fondos del programa.
Bueno, es que hay que saber leer esas suspicacias: yo creo que son un reconocimiento. Sembrando es una de las pocas instituciones que está haciendo un trabajo que ya muestra resultados positivos en zonas donde hay pobreza extrema y exclusión total por parte del Gobierno. Se está rescatando de una situación de olvido y de falta de integración a la sociedad a un sector muy alto de la población.

Foto: Fernando Fujimoto
La enfermedad de su madre consumió lo ganado en su floreciente negocio. Cambió de rubro, hizo eso que detestaba (pero que le salía tan bien: coser). Con sus hijas, hoy conquista mercados
Dicen que sus jeanes son la salvación para aquellas que carecen de aquello por lo que es famosa JLo. Pese a ello, repetidas veces Renée Cruz y sus tres hijas han pretendido –sin suerte- cambiarle de nombre a su marca. No les gusta. Su público siempre se los ha impedido (está convencido de que solo Jeans Roy ofrece esa tan ansiada -y redondeada- facultad).
Vamos, descubra qué hay detrás de esta pujante empresa familiar…
Usted maneja una empresa con 15 tiendas en el país, socios en Colombia y Venezuela, y que exporta a España, entre otros países; y todo empezó con una máquina de coser y una remalladora.
Mi remalladora era nueva, la conseguí a plazos. La máquina sí era de segunda.
¿Con cuánto de capital arrancó?
Con cuánto habrá sido, pues… Nada, prácticamente (ríe)… En un principio yo compraba retazos (de telas). En el Jr. Huallaga (en el Cercado) vendían retazos de 50 centímetros. Fabricaba alguito y lo vendía.
En mayo del 2004, cuando aún no estallaba la euforia actual por haber nacido en esta hermosa tierra del sol, apareció Ejecutivas, página de entrevistas en la sección Economía & Negocios a mujeres emprendoras que, precisamente, pretendía doblarle el brazo a la torpe creencia de que ser peruano era, en realidad, una maldición. Desde entonces han desfilado más de 200 emprendedoras, más de 200 ejemplos que han servido de inspiración no solo a sus congéneres. ¿Cómo entenderlo? Sencillo... es que ellas ¡valen un Perú!
Antonio Orjeda
Periodista de El Comercio y autor de "Mujeres Batalla" (Editorial Norma, 2007), libro del que este año ha sido publicada su segunda edición.