Descubrió su interés por estimular el desarrollo de los sectores menos favorecidos y se unió a otra especialista para traer a voluntarios extranjeros que trabajen por el país. Salió embarazada y vislumbró una oportunidad de negocio. Además, está al frente de dos programas que vienen empoderando a miles de emprendedoras

Tiene tres meses de embarazo y Miranda –hermoso nombre- está a punto de cumplir 2 años. Fue por ella, su primogénita, que Ximena Querol supo que en Lima no había un lugar dónde la ocupadísima futura mamá ejecutiva pudiera –en una- comprarlo todo facilitándole de esta manera la vida hasta el arribo del más importante de sus días. Así gestó la idea de lo que meses después fue Nanaluna, empresa que resuelve estos avatares, que este año prevé facturar US$2 millones y que, obviamente, no estaba en los planes de esta administradora, pues lo suyo son los temas de desarrollo. Cinco años atrás, Ximena fundó Nexos Voluntarios. A la psicóloga clínica Carolina Benavides, su socia, la conoce desde los días en el San Silvestre. Juntas trabajan para unir los esfuerzos de la empresa privada, el gobierno y las ONG para, a través de voluntarios extranjeros, desarrollar programas a favor de comunidades necesitadas. En especial, en el valle del Urubamba, en el Cusco.
Estudiaba en EE.UU. cuando decidió usar sus vacaciones para irse a trabajar como voluntaria en Pymes en Nicaragua.
Me fui el 99. Yo estaba haciendo mi maestría en Desarrollo y quería poner en práctica eso que estaba aprendiendo: cómo promover negocios a través del desarrollo; y una de las formas que recién estaba empezando era las microfinanzas. Me contacté con alguien con quien aquí había trabajado en PricewaterhouseCoopers y que entonces estaba en una ONG, le dije que quería ser voluntaria, trabajar el tema de microfinanzas y desarrollo. Me dijo que había una oportunidad en Nicaragua. ¡Mostro! Y me fui para allá.
¿Recuerda adónde?
Masaya. Un pueblo que no queda muy lejos de Managua –está a unos 40 minutos-, pero donde realmente no hay nada.
Creó juguetes de madera que fueron sensación en Dédalo, diseñó ropa para niños que brilló en Saga, ninguno de sus emprendimientos prosperó. Contra ella conspiraba su nulo talento para el marketing. Persistió. Hizo granola, también movilidad escolar. Hoy, con productos orgánicos, ha dado con la tan ansiada alternativa
Katia Pásara está convencida de que, de ser por ella, Mi Parcelita hace rato habría quebrado. Tras años ejerciendo mil oficios, hoy se siente feliz, dice haber encontrado la chamba a la que piensa dedicarse de ahora en adelante. Junto a ella labora la responsable de que este servicio de envío a domicilio de frutas, verduras y demás productos orgánicos, sea pura sonrisa: Jeni Martin. Katia confiesa que aún le cuesta relacionarse con los clientes, lo suyo es la logística, el trato con los proveedores. Juntas, llevan nueve meses invadiendo esta plástica ciudad con productos 100% naturales.
Cinco años atrás, a raíz de una serie de alergias que empezó a desarrollar su hijo fue que usted se interesó por el mundo de los alimentos orgánicos.
El médico me dijo: “Tienes que suprimirle tales y tales alimentos, Lucas tiene que comer todo orgánico”. Así empezó; y yo comencé a consumir orgánico –¡todos en casa!-, y no solo las alergias de Lucas, yo también me comencé a curar de las mías. Alergias con las que yo ya me había acostumbrado a vivir.
Si Alan García hubiese hecho por Pisco lo que ella ha hecho, en el universo no habría cupo para su ego colosal. Estudió arquitectura en Londres, trabajó en el empoderamientode las mujeres en Senegal; el terremoto que tumbó el puerto peruano, la capturó. Llegó como voluntaria, tiene un proyecto que es la revolución.

Foto: Juan Ponce
Lima soporta días de intenso frío. En Pisco, niños que hace cuatro años tenían una casa, duermen entre esteras. Allá, tras el terremoto del 15 de agosto del 2007, aún hay 48 mil familias viviendo en esas condiciones. Sí, todos ellos podrían llenar el hoy remozado y bello Estadio Nacional.
Espacio Expresión es una asociación sin fines de lucro que se creó en Pisco pocos meses después de ocurrido el siniestro. La psicóloga Zurín Díaz se dedicó a contrarrestar los cuadros de salud mental que este generó; la arquitecta extranjera Elizabeth Ontaneda llegó para poner en práctica sus conocimientos en desarrollo organizativo. Ambas se unieron a Claudia Amico, quien en octubre del 2007 se hizo presente en el lugar también para brindar ayuda. Con Narda Devescovi fundó Espacio Expresión. Claudia tenía solo meses en el país. Tenía 9 años cuando con su familia partió a España. Ellos regresaron el 2001, mientras ella se hacía arquitectura en Inglaterra. Llegó en junio del 2007, tras haber pasado siete meses en Senegal preparándose –sin ella saberlo- para lo que se le venía…
¿Dónde estaba el 15 de agosto del 2007, cuando empezó el terremoto?
En un onceavo piso, en el departamento de mi hermana. La estaba visitando, su hija tenía una semana de nacida (ríe)… No pasó nada, felizmente. El edificio se iba de un lado para otro y yo les decía: “Está bien que se mueva, tiene que absorber el impacto. Vamos a pararnos debajo de una puerta, y ya”.
Empezó a trabajar a los 17. A los 21 se casó y no laboró más sino hasta hace cuatro años en que decidió asumir la fábrica que había gestado su esposo y desarrollado su hijo. El sentido común, el buen gusto y la obsesión por los buenos acabados, son sus armas. Ella sabe que se ha ganado el cariño de su gente, pese a que a veces estalla

Julieta tenía 21 años cuando con su hermana decidieron visitar La Habana antes de aterrizar en EE.UU. Allá las acogería una tía lejana. Una amiga de esta comprometió a sus hijos para que las lleven a pasear. El menos interesado era Salvador. Cuando la vio, se disculpó por estar en mangas de camisa, pidió que lo esperen, que no se vayan, que regresaba en un minuto. “Se fue a poner la cosa más elegante que uno se ponía en La Habana: una guayabera (ríe); y nos llevaron a El Tropicana… Después de la tercera noche, le dije a mi hermana: ‘Mira, me voy a quedar porque me gusta el de lentes’. ‘Oye, ¿no te has fijado en que los tres usan lentes?’… Y dos meses y medio después, nos casamos”. Era el verano de 1953.
Salvador había iniciado una fábrica de colchones con su padre y hermano. La hermana de Julieta trabajó allá con él cuatro meses. Ya en Lima acompañó a su padre a tentar un negocio con el gerente general de Sears. Terminaron ella y él hablando de colchones. En el Perú no había entonces quien los fabricara con resortes. Entonces el ejecutivo supo de Salvador. Julieta y su esposo dejaron La Habana en 1955. En Recuay 855, Breña, él abrió su primera planta. La demanda fue tal, que cuatro años después ya operaba en la actual, en el Callao. En 1983, falleció. José, el tercero de sus hijos, justo acababa de graduarse de administrador de empresas en la Universidad de Tulaine (EE.UU.), y asumió la entonces ya reconocida fábrica de colchones Komfort. Hasta entonces, Julieta no había tenido mucho que ver con esta, salvo en el período entre la partida de Salvador y el arribo de José, cuando tuvo que supervisar la culminación de un área de la planta. Todo cambiaría décadas después, el 2005, y aún mucho más el 2007, cuando decidió asumir la gerencia general. Hecho que, según hemos podido comprobar, sus trabajadores agradecen. Detalle adicional: en estos últimos cuatro años con Julieta al timón de Komfort, las ventas han crecido en un 81%. ¿Qué tal?
Está por cumplir 80 años…
¡No pues! Di que todavía tengo 79, si pones 80 van a creer que se trata de una señora con bastón.
Estudió comunicaciones pero partió a Chile y desarrolló una empresa automotriz. Estando en la universidad abrió una tienda de confecciones y después una fuente de soda en el Centro de Lima. Sin que ella supiera, su padre compró una heladería. Sin que ella supiera, la vida tenía planeado traerla de nuevo al país.

Su padre es libanés y tendría 15 años cuando se escapó de una misa en su colegio y se fue a pasear por los jardines. Un cura lo vio, un importante visitante estaba por retirarse pero antes quería tomarse una fotografía con un alumno. El cura lo llamó. Cuando la revelaron, entre ellos aparecía un espectro. Aseguran que se trataba de San Charbel, un santo de ese país. A la fecha esa debe ser la imagen más reproducida en el Líbano. Desde entonces el papá de Ana María Bugosen a toda empresa que crea le pone el nombre de ese religioso. Entre ellas, Alimentos San Charbel, dueña de la cadena de Cafeladerías 4d, la cual tomó Ana María en 1998, cuando esta era un caos. Hoy, gracias a ella, esta marca ha recuperado y expandido el brío de sus primeros y mejores años.
¿Si su papá no compraba 4d usted jamás habría terminado en esto?
Igual hubiera sido heladera, porque cuando me casé y me fui a vivir a Chile -allá yo tenía un hermano que trabajaba en el sector automotriz, al que entré y terminé mandando combis al Perú, Argentina y Bolivia-, yo le paraba diciendo a mi papá: “Quiero abrir una heladería, ¡siento que soy heladera!”. Él me decía: “¡Ana María! Cuando estabas en la universidad decías que te querías ir a París a estudiar pastelería, ahora que estás en Chile y estás en el sector automotriz ¿me dices que quieres abrir una heladería?”. “Sí, papá”.
No había terminado el colegio y ya estaba casada. Si iba a tener hijos, para qué quería estudiar, sentenció su esposo. A escondidas vendió lápices de labios, tras sazonadas broncas puso una bodega, hizo movilidad escolar… El 85 abrió un restaurante sin prever que este se terminaría convirtiendo en una institución

Jueves 28 de julio. La arequipeña Blanca Chávez ha regresado del velorio de Teresa Izquierdo. La mayor lección que le dio quien forjara “El Rincón que no conoces” fue su humildad, sostiene. “¡Cállate! Yo soy una cocinera ¡y nada más!”, le contestaba cada vez que la llamaba maestra. Y es que varias de las recetas que Blanca sabe como pocos preparar las aprendió siendo ya madre de cuatro chicos y después de haber tentado mil y un formas de dejar atrás la pobreza. Tenía buena sazón, sí, pero además un ingrediente vital: entrega total. Así, lo que ella inició con la idea de que fuera una pundonorosa picantería hoy es un restaurante que la ha convertido en pieza clave de la selección nacional de nuestra gastronomía. Con ustedes, la dueña de El Rocoto.
¿En qué momento se dio cuenta de que su obra era uno de los mejores restaurantes del país?
Aunque no lo creas, fue hasta que en una conversación, en un directorio de AHORA (la Asociación de Hoteles, Restaurantes y Afines) –hace tres años, no más-, comenté que me habían dicho para aparecer en la publicidad de un producto; y uno de los miembros, el dueño de la agencia de publicidad Mayo, me dijo: “Blanca, ¿tú estás loca? ¿Tú sabes lo que significas para nosotros?”. “Claro, soy una amiga”. “¡No! Eres mucho más, tú eres muy importante para la cocina peruana…”. Me hablaron ¡tan lindo! “Tú no puedes aceptar, a menos que te paguen tanto”. Uno siempre siente que vale para sus hijos, para su familia, para sus amigos, pero ¿tanto valgo?
Sus carteras se exhiben y venden en museos de arte de Lima y París, tiene por socios a artesanos de alejadas comunidades y de penales de máxima seguridad. No estudió para esto, siguió más bien Literatura, Filosofía y Geografía. Antes de aterrizar su idea de negocio pasó cinco años volando como aeromoza de American Airlines

Como estudiante de Geografía Susan Wagner recorrió el país y desde un principio los textiles, bordados y tejidos atrajeron su atención. Ya casada, partió a Arizona, y viendo los bordados mexicanos decidió experimentar. Partió a España, para entonces ya había dado a luz a Eliseo. Una vez en Lima lanzó una colección de carteras. Ocurrió el 2005, año que en ella determinó un volver a empezar. Su nombre es hoy su marca, y es además sinónimo de una tendencia que cada vez tiene mayor aceptación: la moda ética.
Ingresó a la Católica para seguir Literatura y Filosofía y terminó llevando además cursos de Geografía, pero lo dejó todo para irse de aeromoza durante cinco años; de ahí regresó a la universidad, pero antes de terminar se casó y partió a vivir a EE.UU. y después a España. ¿En qué momento se dio esta aparente pausa en su vida?
Siempre fui nómade, y me estabilicé cuando regresé al Perú ya con Eliseo. Ahí paré, dije: “Acá me quedo, y ¡ya!”.
Con su esposo forjó una empresa que exporta productos de madera a tres continentes. Él a cargo de la parte operativa, ella de la administración, su secreto era el diálogo. El 2000, él falleció. A sus espaldas murmuraban que ella no era capaz de sacar adelante el negocio. Con su trabajo le ha tapado la boca a todos
Ella secretaria de gerencia, él jefe del Departamento de Producción de Textil Amazonas; Isabel y Giacomo se conocieron y se casaron en 1961. Nacido en Iquitos, él siempre había sido atraído por la madera y, el 68, inició un negocio al que ella en el acto se sumó. Desde entonces juntos saborearon los embates y las alegrías. Maderas Peruanas estaba rompiendo el mercado cuando Giacomo falleció. Con sus hijos, ella siguió adelante. Siempre recia, hoy afirma que ya no hay crisis que la tumbe.
Asumió el control del negocio el 2000, a raíz de la muerte de su esposo. Esto, sin embargo, no era nuevo para usted.
Así es, ya lo conocía. Mi esposo siempre fue bien participativo. Nunca me limitó, y eso fue lo que me hizo aprender.
No era feliz, sufría siguiendo una carrera solo por complacer a sus padres. En busca de alivio, probó el yoga. Vio la luz. Hubo un cataclismo el día que anunció que no ejercería su profesión. Al llegar a casa, su pareja la encontraba dando clases en la sala. Hoy él es su socio, juntos están sembrando salud

Alex vestía saco y corbata y, los fines de semana, el fútbol era su pasión. Hoy, día de semana y en plena hora de oficina, viste sandalias y un polo fuera del pantalón. Gabriela Sologuren, ella es la feliz responsable de la transformación del padre de sus dos hijos. El yoga le salvó la vida, y ella ahora vive para difundirlo (y, cómo no, también para beneficiarse de esta disciplina que resulta urgente en estos días de alta tensión). Lima Yoga, así bautizó a su empresa. ¿Sabe alguien qué fue del cartón ese que la certifica como bachiller en Biología?
Y entonces, la Biología quedó en el camino.
Quedó en el camino. Aunque se relacionan (con el yoga), porque si yo acepté seguir Biología fue por el tema del ser humano, del funcionamiento del cuerpo, de la naturaleza; y el yoga es eso: cómo te relacionas con tu cuerpo, cómo te relacionas con la naturaleza y con el medio ambiente.
Partió con sus tres hijos a EE.UU. huyendo de la pobreza, al año los mandó de regreso (su entorno allá era muy negativo). Trabajó por ellos, se rompió el lomo, no quería pensar (le dolía recordarlos). Aprendió el oficio en el que aquí –junto a su prole- hoy destaca (y ello, pese a que tantas veces pagaron mal a su confianza)

Llegó a Nueva York y trabajó de niñera, al tercer año regresó al Perú como cosmiatra. Brilló en el salón de belleza de Gisela Valcárcel, un lustro después se prestó mil dólares y se independizó. Nuevo Milenio, su centro de estética, es hoy –además- una atractiva franquicia. El mes pasado Gladys Dubois recibió –en el Salón Dorado de Palacio de Gobierno- el Premio Presidente de la República, que reconoce la constancia y coraje de la peruana y del peruano emprendedor.
¿Qué es ser pobre?
Ser niña y no poder comprar chocolates… Yo recuerdo que decía: “Cuando sea grande, voy a comer ¡todos los chocolates!”. Éramos muy pobres, pero tuve unos padres maravillosos.
En mayo del 2004, cuando aún no estallaba la euforia actual por haber nacido en esta hermosa tierra del sol, apareció Ejecutivas, página de entrevistas en la sección Economía & Negocios a mujeres emprendoras que, precisamente, pretendía doblarle el brazo a la torpe creencia de que ser peruano era, en realidad, una maldición. Desde entonces han desfilado más de 200 emprendedoras, más de 200 ejemplos que han servido de inspiración no solo a sus congéneres. ¿Cómo entenderlo? Sencillo... es que ellas ¡valen un Perú!
Antonio Orjeda
Periodista de El Comercio y autor de "Mujeres Batalla" (Editorial Norma, 2007), libro del que este año ha sido publicada su segunda edición.