Viernes Santo, el fin de la veda del camarón, día libre y sol. Estaba realmente antojada. Tanto hablar que el camarón esto, que el camarón así, que ya se puede volver a comer, que más rico se come asá, yo cerraba los ojos y veía camarones y camarones en todas sus formas. Y, si me concentraba un poquito, hasta podía olerlos. Y salivaba, salivaba, pensando en los camarones.
Estaba realmente antojada. Entonces, no se me ocurrió mejor idea que proponer un viajecito a Azpitia, lugar del que siempre había escuchado por sus maravillosos camarones. Todo el mundo había ido a Azpitia a comer, pero yo no, nunca. ¡No podía ser!
Así las cosas, logré provocar a S y contagiarlo de mi antojo (no me costó mucho, la verdad). Y el viernes a mediodía partimos rumbo a San Vicente de Azpitia, sin saber exactamente dónde quedaba, fiándonos de que en la carretera encontraríamos un cartelito indicando el desvío. Felizmente, así fue.

Creo que lo primero que aprendí a cocinar, incluso antes de freír bien un huevo o hacer unos revueltos dignos de ser servidos en un hotel (no sé qué onda tengo con los buffets de los desayunos del hotel que me facinan), fue tallarines con mantequilla.

Recuerdo que no tenía ni idea, en mi cabeza no había noción alguna, de cómo sancochar la pasta. Sabía que tenía que tener una olla y agua, pero eso era todo. Y de verdad que ahorita, contándoles esto me siento algo burra… Pero, bueno, nadie nace sabiendo, ¿cierto?
Como en casa nada se desperdicia, mamá C aprovechó el queso que quedó del pastel de papa para sorprendernos una noche con una rica y suculenta ensalada.

Como buena hija de arequipeña, he comido solterito desde chica. Hasta ahora, me encanta empezar a disfrutarlo cogiendo con la mano un grano de choclo; luego, un pedacito de queso; y, después, otro de aceituna. Tras las picaditas, llega la hora de meterse una generosa cuchara de solterito a la boca… Uhmmmm… ¡la mezcla de sabores y texturas es perfecta!
Mamá C regresó de Arequipa y trajo consigo -además de chocolates de La Ibérica, chancaca y chalona- varias bolas de queso fresco serrano para hacer, como siempre, su riquísimo pastel de papa.

Este es el pastel de papa que mi mami preparó el pasado domingo, aquel que aprendió a hacer mirando a mi abuelita, probablemente en la cocina de la casa de Vallecito en la que creció; aquel que cocina cada vez que tiene alguna comida con sus amigos y cada uno tiene que llevar algún plato; aquel que mis tíos y tías siempre le piden que haga; aquel que me hace recordar a mi Chochi (el hermano de mi abuelito) porque cada vez que mi abuelita venía a Lima y lo preparaba le decía que quería contratarla como cocinera. ¿Quién no se rinde ante un auténtico pastel de papa arequipeño con su rocoto más?
Gran parte de lo que sé cocinar lo aprendí de mi mamá. Y ella sabe lo que sabe gracias a mi abuelita, su mamá.
Composición: Raúl Rodríguez
Me imagino que la mayoría aprendió cómo defenderse entre las ollas y sartenes (ojo, que esto es muy diferente que decir “defenderse a sartenazos”) de la misma manera, aunque mi otra abuela -la Mamamama-, me contó que a ella nadie le enseñó, que solita aprendió mirando cómo cocinaban en su casa. Pero eso sí, ella se encargó de que sus tres hijas, mis tías, sean buenas cocineras, simplemente “porque tenían que saber”.
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