Confesiones de Taxi
24.12.07 1:28:01 AM

El Volkswagen de Papá Noel

Comentarios: 22

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Desde hace muchos años tenía pendiente escribir esta anécdota, pero hasta ahora no se dió, o no busqué con suficiente ahínco, la ocasión para compartirla. Cada fin de año venía a mi mente este acontecimiento y reanimaba mi deseo de plasmarlo y publicarlo. Llegado este mes de diciembre la mencionada historia volvió una vez más a mis preocupaciones navideñas. En esta ocasión, afortunadamente, me encontró conduciendo este blog y, coincidentemente, es un taxista el protagonista de la historia. No había mejor oportunidad para relatarla, convertirda en un post. Aquí va.

Lima 24 de diciembre del 2007.- Aunque oficialmente el verano recién había comenzado, el calor azotaba la ciudad desde hacía ya largas semanas. Quienes conocen el norte del país pueden atestiguar que el sol no anda con bromas por allá y si han vivido en aquellas latitudes, sabrán que es una calurosa cuestión de costumbre adaptarse a las altas temperaturas de la temporada. Para mí, que había respirado ese sopor desde mi niñez, y posteriormente otros vientos aún más cálidos, la tibia brisa de aquella tarde no era ninguna novedad.

En casa, jamás me hiceron creer en ese viejito que baja por las chimeneas llevando regalos los 25 de diciembre. En lugar de ello, aprendí a valorar directamente el cariño de mis padres y familiares a la hora de los obsequios. Considero como una opción válida aferrar a los pequeños a vivir la ilusión de Papá Noel, pero yo disfruté inmensamente conociendo la realidad, sobre cualquier fantasía de renos voladores y viejitos regalones.

En esa época del año compadecía a aquellos personajes disfrazados, rellenos de calurosa espuma, que con cascabeles en mano animaban las calles y locales comerciales de la ciudad. Envueltos como tamales en trajes de franela roja barata, imagino su caluroso sufrimiento bajo la barba blanca de algodón y el respectivo gorro con pompón, obligados a aullar de alegría con estruendosos “jo-jo-jo-jo”, atizados por el sol chiclayano.

Sin contar a aquellos sudorosos tamales rojos -que seguramente en esos instantes deseaban verdaderamente vivir en el polo norte-, ni a los personajes de televisión o películas, desde siempre supe que no había ningún Papá Noel. Pero esa cálida tarde de verano me daría una curiosa sorpresa en qué pensar.

Aquella no era cualquier tarde estival, era la tarde de un 24 de diciembre, a mediados de los 80. A pesar de que en casa me recomendaban no salir al centro de la ciudad en esa fecha debido a la gran congestión de gente y vehículos, yo sentía atracción por ese inusual movimento que obligaba al alcalde a cerrar una de las principales calles comerciales (Elías Aguirre), dejándola exclusivamente como vía peatonal. La medida edil despertaba comentarios diversos, desde los desaprobatorios, hasta los graciosamente ostentosos, que especulaban que el burgomaestre convertiría esa calle en un boulevard, mismo jirón de la Unión en Lima. Tal vez no se habían enterado que esplendor de ese paseo ya había caducado hacía varios lustros. Tal boulevard nunca se construyó, al menos en los casi 10 años posteriores en los que aún transité por esas calles.

No sabía por qué, pero me llamaba la atención esa mezcla de empujones con estridentes villancicos que salían hasta la calle desde de los altorparlantes de las tiendas, confundiéndose con toda clase de pregones ambulantes que ofertaban “candelillas” (bengalas o chispitas mariposa, como se conocen acá), panetones, ropa, champán, chocolate, juguetes, y por supuesto las infaltables empanadas de viento que hoy extraño cada Navidad en Lima. Había una infinidad de artículos para la festividad, inclusive hasta pavos en pié se podían encontrar en alguna calle poco vigilada por los municipales (aun no se había institucionalizado el serenazgo en esa época).

Yo no iba a comprar nada, solo recorría extasiado, una y otra vez, las calles más ajetreadas, sorteando canastas de empanadas, brillantes guirnaldas que se estiraban y encogían entre las manos de los vendedores; y panetones por doquier. Además debía cuidarme de no pisar accidentalmente alguna Barbie, un peluche o un camioncito de plastico o de tirar al piso las botellas de licor que hacían equilibrio sobre alguna caja – mostrador, en la pista clausurada para los vehículos. Creo que tuve suficiente dosis de tugurio para los años venideros, pues en la actualidad evito las aglomeraciones.

La gente entraba y salía de las tiendas, cargada de paquetes, se cerraban transacciones en segundos sobre las veredas y frecuentemente explotaban cohetones, cohetecillos, o se escuchaba el típico sonido de los rascapiés reventando como popcorn. El olor a pólvora quemada se sumaba a la amalgama de aromas y, aunque muy apurados, todos parecían felices. Parecía que todos vivían ese espíritu de fraternidad -a veces transformado en sensiblería- que emerge en esta fecha especial. Podría haber dicho entonces que se respiraba Navidad.

Fuera del improvisado “boulevard”, en una álgida esquina, los conductores renegaban de los peatones y de los semáforos, y los taxistas cobraban ya desde el medio día un recargo del 50% en las carreras. El tráfico y el gentío convertían esas calles en un inusual pandemonio, pero yo pensaba salir de aquel laberinto caminando muchas cuadras, así que no tenía que preocuparme del caos vehicular y disfrutaba de la feria en la que se había convertido el centro de la ciudad.

En medio de aquella mixtura de espíritu navideño, polvorín al aire libre, corral ambulante de pavos y prisa por comprar y vender, un Volkswagen, un destartalado bolocho anaranjado se apagó en el caldeado cruce de la Av. Luis González con la calle Elías Aguirre. Los gritos y los cláxones de impaciencia de los demás conductores no se hicieron esperar. Apremiado por la situación, el chofer de aquel taxi anaranjado bajó del vehículo e intentó empujarlo para hacerlo arrancar, pero sus solas fuerzas no eran suficientes. El armatoste rodaba muy lentamente con el esforzado conductor tratando de impulsarlo. A todas luces necesitaba de alguna o algunas manos más.

Yo observaba la escena desde algo más de media cuadra de distancia y me disponía a correr en su ayuda, pero decidí detenerme por unos instantes para ver lo que sucedía. Fue entonces cuando ese aire navideño de pronto solo olía a grasa pegoteada de pavo horneado. Los villancicos perdieron el compás y solo eran estridentes chillidos y la gente ya no parecía feliz, solo eran irritables transeúntes haciendo compras contra el reloj.

Durante casi un par de minutos nadie ayudó al conductor de la chatarra naranja, que había logrado avanzar casi toda la cuadra. Con cierto candor de adolescente me preguntaba: ¿Y el espíritu navideño? ¿Y el tiempo de paz, armonía, hermandad y reconciliación? ¿No es esta la "ciudad de la amistad"?

Dejé mis reflexiones para más tarde y corrí, con el vigor del quinceañero que era, en ayuda del chofer. Al aproximarme al Volkswagen quedé sorprendido al ver de cerca al regordete conductor de cabello totalmente cano y barba blanca mediana, prominentes pómulos y una imborrable sonrisa en el rostro -a pesar del trance que pasaba.

Era Papá Noel, o al menos se parecía demasiado al viejito de los renos. Pero este no traía un lujoso traje rojo y relucientes botas negras, sino un bolsudo pantalón que le dejaba al descubierto el elástico del calzoncillo al empujar el automóvil y usaba unos desgastados zapatos que adivino estarían a punto de romperse. Además, su descuidada humanidad se zangoloteaba mientras hacía el esfuerzo al lado de la puerta del chofer empujando el carro.

Este Papá Noel tampoco tenía a Rodolfo, el reno de la nariz roja, ni a los otros que tiraran de su trineo. Pero claro, estaba yo. No me dijo nada, solo sonrió agradecido cuando me vió posar las manos en el bolocho y disponerme a ayudarlo a empujar. A pesar de que la avenida rebalsaba de gente, nadie más prestó otra mano.

Escupiendo ruidosos gases explosivos, el vehículo se zamaqueó al primer intento por encenderlo, pero no arrancó. Volvimos a empujar varios metros hasta que agarramos más velocidad y el regordete Papá Noel tuvo que luchar de nuevo por subir a la volada a su trineo. Felizmente, esta vez el auto arrancó.

Con el vehículo en marcha, y la retahila de carros piteando detrás, el chofer se apresuró a cerrar la puerta, sacó la mano por la ventana saludándome, intentando mirar hacia atrás, pero creo que la prominente grasa abdominal le impedía efectuar un giro tan drástico a su voluptusidad. El bolocho-trineo comenzó a alejarse cuando escuché al viejito gritarme: “Feliz Navidad”. No hubo “jo-jo-jo-jo”, pero cuando recuerdo esta historia prefiero imaginar que esa risa fue el epílogo de mi encuentro con Papá Noel.

22 Comentarios

24.12.07

Linda anecdota, entendamos el verdadero espiritu de la navidad.
felicidades

Publicado por: roy ramos loarte
24.12.07

JAJAJA,linda historia,suerte con estás fechas...Bye.

Publicado por: Luis Andres Miranda Mendoza
25.12.07

Chevere la historia, yo habria hecho lo mismo que tu... ayudar a ese Papa Noel... saludos

Publicado por: Juan Carlos
25.12.07

Aprecio con una gran felicitación tu historia que no hace sino poner al descubierto la actitud negativa de los mirones circunstanciales que en el marco de nuestra escasa cultura y de nuestra indiosincracia corroboran nuestra realidad. Muchas felicitaciones y que tengas mucha suerte...Lo de la ciudad de la amistad, es puro cuento...

Publicado por: mariano saavedra gazco
26.12.07

Es una historia muy interesante, creo que nos puede ayudar a entender el sentido de la navidad. Si me lo permites me gustaria ponerla e mi blog... solo si me lo permites.

OSCAR DICE:
¡Hola! Gracias por preguntar. Puedes utilizar el post, pero citando la fuente (Oscar Lora en el blog Confesiones de Taxi) y el medio (www.elcomercio.com.pe).
Saludos.

Publicado por: Sid Vicious
27.12.07

Qué buena historia!
El espíritu navideño es derrotado muchas veces por el espíritu comercial. Triste, pero muy cierto.
Me has hecho recordar a los colectivos en esa época, subiendo la tarifa. Y en el parabrisa, la respuesta a nuestra sorpresa: "Feliz Navidad:50%"
Un abrazo, y Felices Fiestas!

Publicado por: Rafa
27.12.07

hola, primera vez q entro a leer tu blog y me parece interesante y entretenido, en este caso siento q la gente ha cambiado lo q es el espiritu de la navidad, solo ve regalos y cosas materiales, porque en lugar de ayudar a esa persona lo único q hicieron fue reclamar y gritarle, mas nada, deberiamos recordar el verdadero significado de esta fecha, para los cristianos en nacimiento de nuestro salvador y para los q no, un dia en que recordar la bondad, la generosidad y las buenas cualidades q tenemos escondidos

Publicado por: karla
27.12.07

He encontrado esta historia que haz escrito muy grata y reconozco que se está perdiendo el verdadero espítitu de Navidad en la mayoría de los peruanos; que no sabemos ayudar cuando alguien necesita una mano.
Te felicito en esta Navidad y espero que el espíritu de ese quinceañero se contagie a todos los peruanos.

Mucha suerte.....jojojo

Publicado por: Mery
27.12.07

Qué bacán tu historia! se me han humedecido los ojos dibujando en mi imaginación a ese regordete de pelo cano sonriendo a pesar de todos los gritos y estruendos de los cláxons.

Y para Sid Vicious, ¿cuál es la dirección de tu blog?

Publicado por: Ericlea
28.12.07

Me has emocionado, buenisima historia. Feliz Navidad y buenisimo año nuevo¡¡¡¡

Publicado por: Mujer
29.12.07

Pucha hubiera sido mas bacan si el volkswagen hubiera explotado en medio de la pista y tu hubeiras ayudado a sacar al fercho de los fierros retorcidos,ojala ke pasen un super feliz año y feliz navidad.

Publicado por: Javier g.
29.12.07

Un par de críticas constructivas:
1) Te extendiste en demasiadas descripciones antes de relatar la anécdota. Nueve párrafos de preámbulos es una mala estrategia. Tuve que emplear mis reservas de paciencia para acabar de leer tu nota.
2) Debes revisar tu ortografía, cometes muchos errores y no deberías cometer ninguno.

Saludos.

Publicado por: JRP
30.12.07

Hola Oscar, espero que te acuerdes de mí, estudiamos juntos en el colegio :)
Así que eso hacías en Navidad, es bueno saberlo. Yo era de los que corrian contra reloj.
Bueno creeme que cuando hay nieve la idea de la Navidad y el "calor del hogar", toma una perspectiva real y todo cobra sentido. Desde que vivo en New York, es que entendí el verdadero sentido de la Navidad, que nunca pude encontrarlo en Chiclayo con noches a 28 grados centígrados.
Feliz Navidad y Prospero Año 2008.

Publicado por: Volkan Rivera
30.12.07

Osquitar, me encantó tu historia y me hiciste recordar "aquellos" tiempos en nuestro Chiclayo!!!

Yo también tengo un par de años que no paso Navidad ahi.

Que tengas un maravilloso cierre del 2007 y una espectacular apertura del 2008 al lado de la family y tus seres queridos, sobre todo, colmado de bendiciones!!!

Un abrazo desde Aruba,

Publicado por: Maritza L.
1.01.08

Espectacular historia, realmente es en estas fechas que debemos hacer un alto, para entender y vivir el verdadero espíritu de la navidad.

Pd.- También extraño las empanadas de aire por Navidad.

Publicado por: Katia
3.01.08

Oscar, gracias por la cortesía.

Para Ericlea. Mi blog:
http://sid-garden.blogspot.com/

Saludos.

Publicado por: Sid Vicious
3.01.08

Alguna vez se han preguntado porke los taxis tienes ke ser de color amarillo?

Publicado por: Javier g.
4.01.08

Linda historia... Nunca hay que olvidar el espiritu navideño...

y bueno ahora... FELIZ AÑO..
cuando vienen nuevos posts??

Publicado por: Patty
5.01.08

Bellisima historia, y sobretodo hacernos recordar el gran segnificado q tiene la navidad, no es cuestion de obtener algo material para esas fecha sino estar mas unidos y que este mundo sea cada vez mas humamo. Como no olvidar esas aglomeraciones que uno vive en estas epocas navidenas en chiclayo,ya que pesar de estar fuera del peru ,uno anhela vivir el verdadero sentido de la navidad en su pais.

Publicado por: esteban
7.01.08

Pues, les digo que tambien me lo encontre al mismo Papa Noel relato, tambien era un 24 de Dic. quiza hace mas de 5 años, estaba con mi enamorada; el Sr. de la historia nos hizo un taxi en su wolskwagen, estabamos en Barranco, fue tan lindo el encuentro que nuestro papa Noel nos conto historias lindas de Navidad, hablo de sus renos y el caracter de cada uno y hasta nos dijo que tenia su traje en una bolsa, justo que estabamos mirando. Fue una linda Navidad, volvi a ser niño,y quedo como una historia magica con mi, en ese entonces enamorada.
Puedo decir que conoci a Papa Noel, y este si se rio con su clasico jo,jo,jo.......
FELICIDADES, NUNCA DEJEN DE SOÑAR !!

Publicado por: ALEXANDER
7.01.08

Excelente historia!... enternecedora y a la vez muy critica de una sociedad que poco a poco se hace añicos... Felicidades x tu blog, sigue asi

Publicado por: Dwight Saenz
8.01.08

ES AGRADABLE LEER ANECDOTAS PERSONALES DE PERSONAJES QUE NO SON REALES , PERO QUE ALIMENTAN NUESTRA ILUSION DE LO QUE ES UNA VERDADERA NAVIDAD: DE PAZ, ARMONIA Y AMOR ENTRE TODOS NOSOTROS .
AUNQUE LA REALIDAD QUE VIVIMOS ES OTRA , SIEMPRE HABRA ESOS INSTANTES MARAVILLOSOS QUE NOS HARA REFLEXIONAR DE LO QUE REALMENTE ES VIVIR ...... VIVIR EN PAZ CON LOS DEMAS SIEMPRE .

Publicado por: RODDY JERICKO