Cualquiera que vive de servir al público, sea caserita, ambulante, banquero o comerciante, conoce el valor de adecuarse a las necesidades de sus clientes, incluyendo horarios y modalidades de atención. A ninguno se le ocurriría cerrar en horas punta, hacer mantenimiento en todas sus dependencias a la misma vez o mandar al personal de vacaciones por todo un mes. Claramente para ellos, el cliente es el rey.