
Como dice el personaje interpretado por Emma Stone en la película Easy A: “John Hughes did not direct my life” (John Hughes no ha dirigido mi vida) refiriéndose a su deseo de que el director de tantas películas pajas de los ochenta, también hubiese dirigido su vida. Yo siempre he querido que algún fragmento de mi vida parezca la escena de una película. Bueno, hace un par de meses pasó. Y quizás, eso lo cambió todo.
Levanten la mano (y si están en una posición cómoda tipo yoga, los pies también) las que han pensado o creen con firmeza que en este planeta –o en esta vida-, NO HAY HOMBRES. Es más, quizás sea la frase más repetida del milenio. Hoy me sumo al coro de las multitudes y digo: es cierto, no hay hombres. Se extinguieron, la ley de la evolución de las especies los fulminó, se casaron en un matrimonio masivo mundial y dejaron al resto de solteras tirando cintura. Es un hecho comprobado por las estadísticas del emparejamiento moderno, la cantidad de solteras renegonas, el incremento de corazones rotos y por supuesto, las que buscan y solo encuentran ripio. No hay hombres. ¿Esperanza cero? Esa nunca se pierde, dicen.

Algunos comentarios me han acusado de ser despectiva con los hombres; hasta me han acusado de ser parcial y echarles la culpa de absolutamente todo lo que me pasa en la vida. Nada más lejos de la verdad. Crecí literalmente con un hombre a mi lado (mi hermano, que tiene casi mi misma edad), siempre he tenido más amigos hombres que mujeres y además, me gustan los hombres. No creo que por haberme cruzado con un par de cretinos –bueno, más que un par- en esta vida, me haya hecho jamás odiar al género en su totalidad. Es simple, escribo desde mi perspectiva y eso no me excluye de lo basuras que podemos ser las mujeres algunas veces. Nosotras también le damos al amor un mal nombre.

Aunque ahora ando bastante razonable, soy consciente que las decisiones que tienen que ver con nuestra vida emocional son las más trancas de todas. Aunque la lógica y la razón deberían imponerse también, están atravesadas como palo de manzana de caramelo nuestras emociones. Eso a veces lo hace difícil, pesado, confuso y otras, nos hace meter la pata. Aquí va un pequeño anexo de las que yo creo son mis razones para decir: contigo siempre no, muchas gracias.

Existe una especie de relación que muchos conocemos y en la que caemos como Alicia cayó persiguiendo a un conejo, solo que nosotros caemos siguiendo al chico que creemos que nos la pasamos esperando. Así conocí a Alejandro, justo en una maratón en la que los dos corrimos. Ese día, cuando le estampé un glacial de mango en la camiseta blanca, pensé que estaba en pleno comercial de Ña Pancha, no en el comienzo de una relación con el hombre perfecto.
![lo-que-el-viento-se-llevo1[1].jpg](http://blogs.elcomercio.pe/busconovio/lo-que-el-viento-se-llevo1%5B1%5D.jpg)
La otra noche iba al teatro con mi mejor amigo que andaba de visita en Perú, cuando de pronto vi a alguien que me miraba de lejos. Sí, era el tipo que me enseñó lo que es la violencia; claro, todo menos cómo salir de ella. Estaba a unos metros de mí sobre la misma vereda. Empecé a caminar más lento. Y me encontré en la clásica encrucijada en la que la violencia te ubica. Tenía que tomar una decisión rápida: ir por el camino corto o por el largo.

No sé si es una moda reciente, o siempre ha sido una costumbre de muchos hombres gilear, coquetear y afanar a una chica soltera estando con enamorada, novia o en peores casos, esposa. ¿Soy solo yo o en la tierra ha habido una invasión de conchudos?

Cada vez que me entrevistan, el tema de la edad es una pregunta obligatoria. Me imagino que los conceptos “edad” y “busco novio” para una sociedad llena de creyentes en los 30 años como edad límite para recibir el santo sacramento o el certificado de la municipalidad, no pegan ni con goma. Para muchos de ellos, yo en vez de ir a una fiesta el sábado en la noche, debería estar tejiendo y escuchando radionovelas con mis gatos.

La otra noche, daba vueltas en mi cama como un pollo a la brasa. Algo me fastidiaba y no eran las picaduras de las hormigas de fuego que me traje de la selva, ni los mosquitos que me atacaron en un matrimonio el sábado pasado. Acababa de ver a una de mis mejores amigas, una de esas mujeres fuertes e inteligentes que tanto admiro, en pleno en estado de shock emocional. ¿Por qué? La clásica, pues. Su novio –bueno, ahora ex novio- al parecer se había olvidado que hasta hace poco la había amado y adorado, y en un híper récord de tiempo ahora estaba amando y adorando a otra. Ella se deshacía de dolor como gelatina bajo el sol de febrero. Pero claro, eso solo lo sabíamos ella, yo y su gata Marcela. De la puerta para afuera, para él y el resto del mundo, ella estaba radiante y dispuesta a ocupar el lugar que él le diera en su vida; lo que sea, con tal de no perderlo.
¿A qué mujer fuerte e independiente esto le suena a historia conocida?

Sí, todo es maravilloso cuando recién comienza. Todo parece nuevo, hasta la casa vieja en la que vivo. La batería de nuestro celular esta siempre cargada, así como nosotros con cara de tontos mirando la pantallita a ver si se asoma una nuevo mensaje; como si a nuestros días los hubieran pasado por un filtro de Instagram, uno que se llama #AlfinLlegó. Bueno, momento de echar cable a tierra.