No creo mucho en el calendario chino. Sin embargo, cuando hace un mes mi hermano Luis Federico –de paso por Lima– me habló con tanto entusiasmo del 2010 refiriéndose a él como el Año del Tigre, y repitiéndome hasta el cansancio que había que ser valiente y asumir las próximas alteraciones sin temor, me sentí persuadido por completo. Porque este atigrado 2010, no cabe duda, viene propiciando cambios por demás significativos (y estoy seguro de que no solo a mí).
Ya tengo un amigo en el edificio. Es el chico del 304. Quizá decirle amigo sea todavía prematuro, pero digamos que se ha convertido en un interlocutor confiable, divertido, cercano. No conozco mucho a los demás moradores de este inmueble, así que, por ahora, él es el único con el que me provoca compartir los lentos viajes verticales en el ascensor.
Trepado en el carrito metálico, deslizándome sobre él como si fuera un scooter, entro raudamente al Wong de Chacarilla.
Como ya se me ha hecho costumbre, vengo a comprar artículos de limpieza personal, un pack de bebidas alcohólicas, otro de rehidratantes y un aromatizador para el carro. Esos son los únicos cuatro rubros a que se limitan mis intereses en el Supermercado.
Cruzo el umbral de la puerta y digo hola. Hay harta gente en la sala, pero nadie responde. Solo recibo miradas anestesiadas, sin emoción. Me refugio en la primera silla vacía que encuentro y consulto mi reloj. Capto que es tarde. La reunión de propietarios empezó hace más de treinta minutos y al frente –barbita candado, lentes redondos– Eduardo Bernaola, el arquitecto, explica algo sobre las áreas comunes del edificio.
Hay una grave errata en mi reseña biográfica de La Antiagenda 2010. Quienes ya la tienen pueden advertirla. Ahí donde dice: “lleva tres semanas viviendo solo” en realidad debería decir “dentro de tres semanas comenzará a evaluar la posibilidad de vivir solo”.
No es que no tenga un lugar donde mudarme. Es más, ya conseguí un departamento, el mismo que pagaré durante los próximos catorce años. (Con lo poco que me gusta hacer planes muy proyectados, me aturde pensar que tengo pactado un compromiso hasta el 2024, que será cuando cancele la última cuota del préstamo. Para entonces tendré 48 años. Seré un viejo de mierda. Casi un cincuentón. ¿Seguiré viviendo en ese inmueble? ¿Habré escrito los libros que quisiera escribir? ¿Viviré solo? ¿Se me habrá muerto alguien? ¿Me habré muerto yo?).
[ÚLTIMO CAPÍTULO COMPLETO. SÍ, AHORA SÍ TERMINÓ]
La de Ayahuasca no fue la única vez que salieron los tres. Amanda. Gabriel. Renato. Después de unos días repitieron el plan por lo menos cuatro veces. Eso sí, ya no más en grupo. Solo los tres, como hacían algunas tardes de hace quince años, cuando después del colegio se iban a comer sándwiches a la calle Salguero.
Ahora también salían a comer, pero sobre todo a tomar y a conversar. La pasaban bien hablando, reconstruyendo momentos antológicos del pasado, debatiendo temas del presente, chismeando, comentando sus cosas. Había entre los tres una onda particular, un carisma, un algo indefinible que los hacía sentirse extrañamente cómodos, sintonizados.
Cual si fuese un compendio de reflexiones soltadas al vacío, pero cual si fuese también una antología de dibujos infantiles y perversos, Robotv y yo presentaremos este sábado 28 LA ANTIAGENDA 2010.
¿Por qué? ¿Con qué objeto? ¿A santo de qué necesidad? A ver, les cuento un poco.
[LA NOVELA VIRTUAL LLEGA A SU DECIMOSEXTA ENTREGA. A PARTIR DE AHORA, ENTRAMOS A LA RECTA FINAL. QUE SEA LO QUE TENGA QUE SER]
¿Te estás cuidando no?–le preguntó Gabriel a María Pía en la cama, mientras arremetía contra ella, levantándola un poco por la espalda, en una variante de la posición del misionero.
Minutos antes había visto que en el segundo cajón de su mesa de noche los paquetitos de condones se amontonaban vacíos. Hubiese preferido colocarse uno, pero no pensó un segundo en detenerse, pues desde que se acostaban ella también tomaba las precauciones del caso.
–Sí, claro–balbuceó María Pía, sofocada, sin abrir los ojos, dejándose embestir, moviendo las caderas en círculos para alcanzar un orgasmo antes de que él acabara
[DECIMOQUINTA SECCIÓN DE ESTA HISTORIA SERIADA QUE NO LLEGARÁ A ENERO]
María Pía quiso darle una sorpresa a Gabriel pero la sorpresa acabó llevándosela ella.
Un viernes salió temprano del trabajo y fue a buscarlo a la agencia. Gabriel le tenía prohibidos esos arrebatos desde aquella vez en que lo visitó sin avisar, pero ella hizo caso omiso a sus advertencias: estaba segura de que, una vez que estuviesen frente a frente, doblegaría con sus encantos cualquier regla que él se esforzara en imponer.
Manejó con dirección a Salaverry y se detuvo en el Wong de la avenida 2 de Mayo para comprar un vino blanco. Varias veces había oído a Gabriel comentar cuánto le gustaba el vino blanco, así que supuso que sería buena idea llevarle uno. Su plan era obsequiárselo con una única condición: que lo tomara con ella esa misma noche, noche que desde luego esperaba que pasaran juntos.
[DECIMOCUARTO CAPÍTULO DE ESTA ATRAPANTE NOVELA VIRTUAL. MUCHAS GRACIAS POR NO ABANDONARLA]
Gabriel hubiera preferido contarle a Renato la historia con Amanda en otro lugar, bajo otras condiciones, no en ese sombrío bar, en cuyo aire se mezclaban el barullo de la multitud y esa estruendosa música electrónica que lo obligaba a forzar la garganta todo lo que podía.
A pesar del ruido nefasto, se dio maña para hilvanar los acontecimientos nuevamente. Esta vez se preocupó en proporcionar detalles más explícitos de los que había dado a Martín, que hasta ese instante era el único que sabía todo (o casi todo). Pormenorizó cada episodio para que Renato –que tenía la enorme ventaja de conocerlos a él y a Amanda desde el colegio– comprendiera a cabalidad lo denso de la situación.