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    <title>Busco Novia</title>
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    <updated>2009-10-30T18:11:16Z</updated>
    <subtitle>

Renato Cisneros. Tengo 33 años. Desde muy chico he tenido la impresión de ser uno y varios al mismo tiempo. Hoy tengo claro que el Renato que escribe poesía es diferente del periodista que se deja la barba para parecer un cronista serio; y distinto también del profesor silencioso que usa camisas de manga larga para insinuar autoridad en las Universidades en que enseña. Todos llevan el mismo nombre, pero ninguno responde a los mismos deseos ni a los mismos objetivos. El Renato que escribe este blog apareció hace un año y medio. Desde niño sufre febrilmente por mujeres que no le hacen caso. Ha buscado novia toda su vida. La búsqueda se suspendió dos veces: durante los años en que estuvo metido de narices en un par de relaciones. El 2007 se la pasó reseñando impúdicamente su vida sentimental en Internet. El juego le entretuvo. Por eso ha vuelto. Y no les ha pedido permiso a sus homónimos para hacerlo. A partir de ahora (abril 2009), puesto nuevamente en una relación, escribirá sobre lo que se le antoje</subtitle>
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    <title>14. Por favor, ya no llores</title>
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    <published>2009-10-30T05:20:08Z</published>
    <updated>2009-10-30T18:11:16Z</updated>

    <summary> [DECIMOCUARTO CAPÍTULO DE ESTA ATRAPANTE NOVELA VIRTUAL. MUCHAS GRACIAS POR NO ABANDONARLA] Gabriel hubiera preferido contarle a Renato la historia con Amanda en otro lugar, bajo otras condiciones, no en ese sombrío bar, en cuyo aire se mezclaban el...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_14_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_14_blog.html','popup','width=650,height=578,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_14_blog-thumb-420x373.jpg" width="420" height="373" alt="nov_14_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[DECIMOCUARTO CAPÍTULO DE ESTA ATRAPANTE NOVELA VIRTUAL. MUCHAS GRACIAS POR NO ABANDONARLA]</strong>  </p>

<p><br />
<big>Gabriel hubiera preferido contarle a Renato la historia con Amanda en otro lugar, bajo otras condiciones, no en ese sombrío bar, en cuyo aire se mezclaban el barullo de la multitud y esa estruendosa música electrónica que lo obligaba a forzar la garganta todo lo que podía.  </p>

<p>A pesar del ruido nefasto, se dio maña para hilvanar los acontecimientos nuevamente. Esta vez se preocupó en proporcionar detalles más explícitos de los que había dado a Martín, que hasta ese instante era el único que sabía todo (o casi todo). Pormenorizó cada episodio para que Renato –que tenía la enorme ventaja de conocerlos a él y a Amanda desde el colegio– comprendiera a cabalidad lo denso de la situación.   <br />
</big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Gabriel habló sin remilgos, con absoluta confianza. Renato sabía perfectamente cuán puras y leales habían sido sus intenciones con Amanda desde la adolescencia. Sabía cómo se había originado en él ese creciente deseo por estar a su lado. Era quizá el único testigo que quedaba de sus viejos sentimientos. Los demás amigos del colegio no figuraban, así que no había otra persona que compartiese con él ese archivo de secretos escolares. </p>

<p>Renato se equivocaba al pensar que Gabriel lo veía como un interlocutor cualquiera. Todo lo contrario. Él era un personaje clave y su reacción, sus consejos y opiniones no serían de ningún modo anodinos ni coyunturales, sino que tendrían el enorme valor de la perspectiva del tiempo. Por eso Gabriel se esmeró en contarle todo con puntilloso énfasis, desde el reencuentro en <em>Huaringas</em> hasta la temporal separación de Amanda y Jaime, con todo el relleno de en medio: el primer beso en el auto, las primeras fugas al hotel, los chateos, las citas clandestinas, la complicidad en las conversaciones, los juramentos de amor, la inconmensurable sensación de haberse tomado una esperada revancha con la vida.  </p>

<p>Gabriel también le habló de María Pía, del papel subalterno que venía jugando en su vida, pero sobre todo se enfocó en Amanda, en la relación accidentada que había construido con ella y en el escenario de posibilidades que a raíz de eso se abría enfrente.    </p>

<p>La cara de Renato fue mutando de expresiones a medida que el relato de Gabriel avanzaba. Su rostro pasaba repentinamente de la suave sorpresa a la perplejidad, de la intriga a la incertidumbre, de la duda a la sospecha, de la ansiedad a la comprensión y de la comprensión otra vez a la sorpresa. </p>

<p>Gabriel invirtió más de cuarenta minutos en reconstruir los hechos, y al hacerlo –gracias ese mágico vínculo que existe entre las palabras, la memoria y la inteligencia– fue comprendiendo mejor el lugar en que estaba ubicado. Contar su historia una vez más era un modo de tomar distancia de su posición para poder apreciarla, como quien se retira unos metros para contemplar el paisaje del que ha estado formando parte minutos antes, y solo así consigue juzgar la vastedad de la escenografía: sus colores, su luz, su belleza o su precariedad.   </p>

<p>Después del vómito mental que significó la ininterrumpida narración, Gabriel tomó un largo sorbo de cerveza, mientras Renato, todavía boquiabierto, acusaba recibo del testimonio que acababa de escuchar</p>

<p>–Me cagaste, huevón<br />
–Qué locura, ¿verdad?<br />
–Es una historia alucinante, Gabriel. Una historia circular y alucinante.<br />
–Lo peor es que no sé qué hacer, estoy como paralizado<br />
–Bueno, pero tú qué quieres…<br />
–No sé. Amo a Amanda. La amo. Y quisiera que fuera una relación normal, pero no puede serlo…<br />
–Te refieres a que tiene esposo e hijo<br />
–Exacto. Eso no es normal<br />
–Si no los tuviera, estarías con ella, supongo…<br />
–Sí, supongo que sí<br />
–Lo que me parece increíble es el modo en que la vida, el destino o la mera casualidad pone frente a frente a dos personas que en algún momento creyeron tener resuelta su historia afectiva. Es decir, debe haber habido días, muchos días, en que Amanda se levantaba de su cama convencida de que su matrimonio con Jaime era el punto culminante de su expediente amoroso. De la misma manera, en paralelo, debe haber habido días en Buenos Aires en que tú pensabas lo mismo respecto de Natalia después de estar cuatro años con ella. </p>

<p>–¿Y a qué vas con eso?<br />
–A que nunca nada está dicho por más que uno crea que sí. El matrimonio no es lo suficientemente fuerte como para imponerse al deseo…<br />
–Pero ojo que esto no es solo obra del deseo o la pasión<br />
–Yo sé, yo sé, es solo un modo de decirlo. Me refiero a que hoy casarse no tiene mayor peso ni solidez. Antes, llegar al matrimonio era como llegar a un punto sin retorno. Era el pico de la cima, la meta de la carrera, la cima de la montaña. Y divorciarse era, pues, un terremoto, un tsunami, un cataclismo. Hoy no, hoy la gente se mete al matrimonio como quien se mete al mar: si está rico, se quedan; si no, se van y no pasó nada.<br />
–¿Y eso es malo o bueno?<br />
–Ni una cosa ni la otra. Es revelador y sintomático. La repetida fragilidad de esos pactos religiosos me parece que deja en claro, por fin, que no todas las personas están hechas para el matrimonio, aunque les cueste aceptarlo. Muchos no aceptan su espíritu singular, quieren ir contra él, se casan y, al final, acaban dándose cuenta de que la vida en pareja no era para ellos. <br />
–Lo dices por Amanda…<br />
–Por Amanda y por todos los que se comprometen creyendo que casarse los beatifica, los embellece o los limpia.<br />
–¿No estás siendo muy duro? Yo creo que hay gente que se casa simplemente porque quiere hacer las cosas bien, y al momento de ir al altar está convencida de que esa es la mejor manera de hacerlo.<br />
–Alguna gente sí. Pero hay otros que no. Hay gente que muy por dentro sabe que su forma de ser –independiente, libre, autónoma, solitaria, egoísta– no cuadra con el perfil del casado promedio. Saben que su naturaleza los traicionará tarde o temprano, pero aún así dan el paso, cruzan el charco, esperando que el matrimonio revierta su egoísmo o, como dicen las viejas, los haga sentar cabeza. Y el problema es que la naturaleza siempre se impone. Si por dentro eres un caballo encabritado, no puedes aspirar a ser un ponny. Puedes fingir que lo eres, pero a la larga tu esencia (o lo que eso signifique) te cobrará la factura. Disculpa la metáfora ecuestre, pero es lo único que se me ocurrió para ilustrarlo. </p>

<p>–Te entiendo. Pero qué tiene que ver Amanda con todo eso…<br />
–Que Amanda era en el colegio una chica intensa, activa, con una opinión de las cosas y una manera de ser bastante independiente. No era ninguna de esas mocosas cojudas que quieren casarse sin haber vivido, solo por cumplir el tradicional libreto femenino. Y por todo lo que me cuentas sospecho que ella sigue siendo así: impulsiva, libre, apasionada. No es una mujer para estar casada. Puede tener un novio, que quizás seas tú, pero se me ocurre que es del tipo de chicas que se sentirían secuestradas al lado de un marido machista y sobreprotector. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_botlltas.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_botlltas.html','popup','width=250,height=149,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_botlltas-thumb-150x89.jpg" width="150" height="89" alt="deta_botlltas.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Gabriel y Renato continuaron esa conversación hasta quedar medio borrachos. La música electrónica de <em>El Dragón</em> se convirtió en rock y luego el rock en salsa dura, y la gente se fue animando a bailar un poco más. Ellos cruzaron distintos temas, sin dejar de administrarse vodkas y cervezas, y sin dejar de celebrar tan inesperado reencuentro. </p>

<p>–Salud por tu libro, dijo Gabriel<br />
–Qué libro ni que mierda, salud por tu historia…<br />
–Bueno, salud por las dos cosas<br />
–Oye, y dime una cosa. A la otra chica, a María Pía, dónde dices que la conociste…<br />
–En el matrimonio de un pata, Juan Pablo…<br />
–¿Juan Pablo qué? <br />
–Juan Pablo Nieto…<br />
–Aguanta, aguanta. ¿Juan Pablo Nieto? ¿Uno alto, blancón, con dientes de conejo?<br />
–Sí, ese mismo. No lo has podido describir mejor. <br />
–Qué cague. ¡Yo estuve en ese matrimonio! Fue en Cieneguilla ¿no? Hace, qué, ¿dos meses más o menos?<br />
–¡Sí, claro! ¿Pero cómo que estuviste?<br />
–Claro, estuve allí. ¿Dices que un amigo tuyo que se emborrachó horrible?<br />
–Sí, Martín. Se quedó privado en una mesa. <br />
–No puedo creerlo. Alucina que lo vi. Es más, me acuerdo que estaba caminando hacia el baño y pasé por una mesa donde había un tío muy mamado, borracho hasta su culo, que hablaba solo. Me vio, se me quedó mirando y de la nada me preguntó: <em>tú qué harías si tu mejor amigo se gilea a tu hembra</em>. Luego, plum, se quedó muerto. Yo me reí y me seguí de largo. En el momento no sabía de qué chucha me estaba hablando, pero –qué cague de risa– se refería a ti. ¡Y nosotros ni nos vimos! </p>

<p>–Qué bestia. Qué tal coincidencia. Ya no sé cuál es más alucinante: mi historia con Amanda o esta que me acabas de contar<br />
–O sea que nos hemos cruzado sin saber que estábamos en la misma fiesta…<br />
–¿Raro no?<br />
–Hay un escritor que me gusta mucho, se llama Paul Auster. Tiene un libro titulado <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/CM_337" target=blank>“Creí que mi padre era Dios”</a>, es un compendio de historias curiosas como esta, llenas de coincidencias y situaciones improbables que son ciertas, reales. Es bien paja. <br />
–Fácil esa noche viste a María Pía, era la más linda del tono. Estaba con un vestido…<br />
–¿Un vestido rojo? <br />
–Ajá<br />
–Uy, claro que la vi. Ahora te entiendo. Con razón andas tan confundido…<br />
–Bueno, no es una confusión propiamente dicha. Me gusta. Pero Amanda es otro lote, viejo, es la mujer que marcó mi pasado y quizá la única a la que haya querido seriamente<br />
–Te debe haber removido todo…<br />
–Todito, compadre<br />
–¿Y, fuera de vainas, por qué no intentas estar con ella? ¿No era eso con lo que soñaste siempre? Ya sé que las circunstancias no son las mejores, pero, carajo, Gabriel, tampoco se puede tener todo en la vida<br />
–Vamos a ver qué pasa… </p>

<p>A lo lejos, desde la pista de baile, la chica alta saludó a Renato con una mano. Se había quitado el saco y lucía unos pechos erguidos que, si bien no competían con los de la mesera tetona, le sumaban un atractivo más. Renato le devolvió el saludo con una sonrisa.  </p>

<p>–Uy, ¿Y esa? ¿Una fan? Ja, ja.<br />
–La conocí en la puerta. Dice que lee el blog. <br />
–A lo mejor te quiere levantar…<br />
–Sí, pero tendría que hacerlo literalmente, porque me lleva una cabeza<br />
–Ja, ja. Aprovecha que está en algo…<br />
 <br />
Casi a las 2 y 30 de la mañana Gabriel decidió retirarse. Andaba un poco mareado y en solo siete horas debía estar otra vez en la oficina. Al momento de despedirse, él y Renato prometieron seguir en contacto. “Ha sido mostro verte, conversar contigo”–le dijo Gabriel. “Eso sí, no vayas a contar nada en tu blog ah, ja, ja”–le pidió bromeando. Renato solo se río e hizo un gesto con las manos como diciendo “no te preocupes”. Gabriel le dio un segundo abrazo y luego desapareció tras la puerta de El Dragón.   </p>

<p>Solo en el bar, Renato esperó que la chica alta se sentara para abordarla. Sentado, le resultaba más fácil intentar seducirla. Una vez a su lado le empezó a coquetear y a hablarle de cualquier cosa. Ella le hacía preguntas sobre el blog que él respondía con una simpática arrogancia. Renato quería darle un beso, pero no encontraba el momento de encaramarse sobre ella, así que apeló al burdo método del <em>Halls</em>, cuya efectividad era, aproximadamente, del 70%. </p>

<p>Extrajo un caramelo de su bolsillo y se lo metió en la boca. Lo chupó unos segundos hasta que consiguió que la chica alta le pidiera uno. ¿Me invitas?–preguntó ella, pisando el palito–. Renato se colocó el caramelo entre los dientes delanteros, puso cara de mosquito muerto y respondió: “pucha, solo tengo este, pero podemos partirlo por la mitad”. La chica alta –que a esas alturas también quería sentir una lengua viboreando en el interior de su boca– se acercó y mordió el <em>Halls</em> apenas, pegando sus labios a los labios de ese bloguero borracho. </p>

<p>Segundos después se trenzaron en un beso largo y mañoso. La estrategia había surtido efecto. </p>

<p>Siguieron chapando ante la mirada atónita de las amigas de la chica alta, que veían con algo de desprecio a ese chato ebrio que se había colado en su grupo sin pedirle permiso a nadie. </p>

<p>Alcoholizado, sin miedo, y con una erección que le abultaba el calzoncillo, Renato le dijo a la chica alta para ir a otro lado, no sin antes hacerle saber lo bonita que la encontraba (una belleza que, por supuesto, había sido atizada por los efectos de la cerveza). Ella se sonrió y, con un rictus de poquedad, le contestó que le encantaría pero que le resultaba imposible. ¿Por qué?, preguntó él, intrigadísimo. Ella se negó a responder. ¿Por qué?, insistió él.</p>

<p>“Es que no me he depilado las piernas”, le confesó ella al oído. </p>

<p>Renato se quedó callado, pero luego contraatacó. Aunque la sola imagen de sus manos abriéndose paso entre esa tupida selva de vellos le producía asco, la arrechura lo cegaba. “No importa, vamos nomás”, reaccionó él, acicateado por esa verdad poética que acude a la mente de los hombres desesperados cuando tienen una opción de tener sexo gratis con una extraña: <em>un hueco es un hueco</em>.</p>

<p>La chica alta se disculpó otra vez, provocando la ira de Renato, que, sin modales para disimular su enojo, se paró y se fue. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_peluda.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_peluda.html','popup','width=250,height=149,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_peluda-thumb-150x89.jpg" width="150" height="89" alt="deta_peluda.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Amanda no se acostumbró tan rápido a la ausencia permanente de Jaime. No solamente porque el pequeño Emilio le preguntaba a cada rato dónde estaba su papá, sino porque no lograba despojarse de la sensación de culpa que le hacía añicos la conciencia y le impedía dormir bien. No amaba a Jaime. Se había dado cuenta de que amaba a Gabriel y que a su esposo le tenía cariño, pero esas certezas, lejos de consolarla, venían acompañadas de una fulminante intranquilidad.</p>

<p>Cuando conversaba con Gabriel, esa intranquilidad se traducía en pequeñas crisis de nervios, que la hacían quebrarse de la nada y empozarse en un llanto prolongado. Al inicio fino y después copioso. Cuando superaba esos momentos de turbación, todo era magnífico entre ellos, pero bastaba que algún resquicio de culpabilidad reapareciera en su subconsciente para que ella petrificara la sonrisa y se quedara sumida en unos gimoteos que Gabriel no sabía cómo vencer.</p>

<p>A pesar de las flaquezas de Amanda, ella y Gabriel vivieron algunos días inolvidables, sin esconderse, actuando como los enamorados que eran.</p>

<p>Había, desde luego, algunas cláusulas que cumplir. Por ejemplo, Gabriel solo podía visitar la casa de Amanda cuando Emilio no estuviera. Por lo demás, todo transcurría sin grandes apremios. Iban al cine, tomaban desayuno, se encontraban en un café, almorzaban, paseaban, follaban riquísimo en el departamento de Gabriel.</p>

<p>Una tarde, mientras almorzaban en el San Antonio de Miraflores, Gabriel le contó que se había encontrado hacía unos pocos días en un bar con Renato Cisneros, el del colegio.</p>

<p>–¿No le habrás contado nada no?, fue la primera inquietud de Amanda.<br />
–¿Qué habría tenido de malo, amor?<br />
–No sé, qué vergüenza, pues…<br />
–Qué es lo que te da vergüenza exactamente, ¿estar conmigo?<br />
–No, eso no. La situación. No me gustaría que nadie saque conclusiones sobre cómo llevo mi vida…<br />
–El famoso qué dirán<br />
–No es eso, Lombardi–le dijo Amanda, que llamaba a Gabriel por su apellido con tierna cordialidad cada vez que quería evitar un altercado<br />
–¿Entonces?<br />
–Es que soy una mujer casada, y una cosa es vencer el miedo, salir contigo y exponernos juntos, como ahorita, y otra, muy diferente, es que todo el mundo se entere de lo nuestro<br />
–No es todo el mundo, Amanda. Solo se lo conté a Renato…<br />
–Ya sé, y tienes el derecho de contárselo a quien quieras, pero te pido ser un poco cuidadoso. No me gustaría que le llegaran chismes a Jaime, acuérdate de que aún no le he dicho nada…<br />
–Renato no va a irse de boca…<br />
–No sé, pues. En el colegio era bien callado, pero no sé ahora<br />
–Despreocúpate…<br />
–Bueno. ¿Y cómo está él ah? ¿Le va bien no? Hasta en la televisión lo he visto…<br />
–Sí. Él dice que esa es una clara señal de que la televisión peruana es una mierda. Ja, ja. Está muy bien, lo vi contento. Dice que está escribiendo sus cosas. De hecho hemos quedado en vernos de nuevo. Le prometí que un día saldríamos los tres. ¿Te animas?<br />
–Ay, no sé. No creo, amor. Sal tú con él nomás…<br />
–Pero sería divertido<br />
–Sí, pero con todo lo que ha pasado me sentiría rara<br />
–Amanda, no puedes estar escondiéndote siempre<br />
–No me escondo, Gabriel. No digas eso.<br />
–Mira, te iba a pasar la voz para ir este viernes a Aura, porque es cumpleaños de una chica de la agencia y ha hecho una lista, pero ya no sé si podamos ir juntos: a lo mejor no te provoca o te da miedo<br />
–¿Aura? Uf, amor, ya sabes que no me gustan mucho esos sitios<br />
–Bueno, pero vamos a estar los dos juntos…<br />
–¿Y si alguien nos ve?<br />
–No te entiendo, Amanda. Quieres que mantengamos una relación normal, pero al mismo tiempo quieres que seamos invisibles<br />
–Estás siendo muy injusto–replicó Amanda</p>

<p><br />
(…)</p>

<p><br />
Las conversaciones entre Amanda y Gabriel, que jamás desembocaban en pleitos, se fueron infectando con discusiones como esa. Ella buscaba un cambio gradual en su vida social, un cambio que no afectara, por ejemplo, la estabilidad de su hijo, pero Gabriel se desesperaba y sentía que le costaría trabajo adaptarse a sus necesidades. El veneno de esas riñas, sin embargo, demoraría en inocularse.</p>

<p>Aquel viernes terminaron yendo a Aura y compartieron una mesa con un grupo de doce personas. A pesar de su nerviosismo, Amanda se divirtió mucho. Gabriel la presentó sin especificar quién era, pero a todos les quedó clarísimo que era su enamorada por la manera en que bailaba con ella, por cómo la miraba, pero sobre todo por el voluptuoso modo en que la besaba en medio de la discoteca, apretándola contra su cuerpo.</p>

<p>“Somos unos irresponsables de porquería”, le dijo Amanda a Gabriel después de uno de esos besos, mientras bailaban una cumbia. “Dame otro beso, chica irresponsable”, le contestó él, que disfrutaba como un puerco ese riesgo, ese caminar en el filo mismo de lo permitido, ese actuar sin medir las consecuencias.</p>

<p>Los posteriores a esa noche fueron días muy raros.</p>

<p>Jaime quiso volver a la casa, pero Amanda se negó a aceptarlo. A Gabriel, por algún motivo difícil de explicar, le gustaba que Jaime continuara rondándola. La presencia periférica del marido arrepentido le resultaba extrañamente satisfactoria: era una presencia –menor, pero latente– que le confería a la relación un encanto gris, siniestro, que excitaba a Gabriel, y que era el encanto siniestro y gris que las prohibiciones siempre le habían suscitado.</p>

<p>Para Amanda, en cambio, la insistencia morosa de Jaime solo contribuía a hacer todavía más terrible su depresión. Cada vez que colgaba el teléfono después de hablar con él, rompía en llanto. No porque lo extrañase, sino por la irreversible sospecha de haberlo echado todo a perder. Antes de la separación pensaba que tendría más fuerzas para afrontar ese momento, pero no: la actual situación la derrumbaba y la ponía cara a cara con la negritud de su alma.</p>

<p>Por eso comenzó a visitar a una psicóloga dos veces por semana, decisión que a Gabriel le produjo un callado temor: no porque desconfiara de esas terapias, sino porque a partir de ese momento empezó a alimentar la idea de que tal vez Amanda podía, en un futuro cercano, ser potencial víctima de algún desequilibrio emocional.</p>

<p>También por esos días reapareció María Pía.</p>

<p>Para mala (o buena) suerte de Gabriel, cuando mejor estaban las cosas con Amanda, María Pía volvía al ruedo para tentarlo. Gabriel no sabía cómo torearla ni ofrecer resistencia a sus encantos. Lo volvía loco su belleza, su cuerpo, su disposición, su manera tan entregada y sometida de dejarse hacer el amor. María Pía había sido la primera mujer que le había permitido penetrarla por detrás, algo a lo que ni Natalia ni la propia Amanda habían accedido. Cuando lo hicieron por primera vez de ese modo, María Pía pegó unos terribles gritos de placer que Gabriel, desconcertado, juzgó de dolor. Ella le suplicaba lloriqueando que no se detuviese, que siguiera, y él gozaba explorando con su falo esas cavidades oscuras y vírgenes.</p>

<p>Aunque no los buscaba ni fomentaba, Gabriel celebraba esos encuentros porque le daban el gusto de la promiscuidad caleta y porque, además, no le exigían mayor compromiso. Estaba seguro de que María Pía era una mujer liberal que no esperaba nada serio de su parte. En eso último, desde luego, se equivocaba, ya que, después de acostarse con él, María Pía salía del departamento soñando, no con estudiar en Nueva York (adonde ya no estaba segura de querer ir), sino con ser su novia.</p>

<p>Nunca lo decía, pero lo pensaba.</p>

<p>Y lo siguió pensando aún cuando Gabriel le advertía que sus refriegas y revolcones no debían interferir en su relación con Amanda. “Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”, teorizaba Gabriel para separar la paja del trigo.</p>

<p>A María Pía esas advertencias la entristecían pero al mismo tiempo le daban ánimos para seguir alargando su travesura rebelde e irracional, para seguir comportándose mal, jugando a la amante paciente y trepadora. Aunque no conocía la historia completa, ella estaba segura de que Amanda volvería en algún momento con su esposo y así Gabriel quedaría libre para continuar protegiéndola y deslumbrándola. </p>

<div style="text-align: center;"><img alt="deta_ella_.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_ella_.jpg" width="150" height="108"></div>

<p>Todas las semanas, Gabriel llamaba a Renato para juntarse. No solo lo hacía porque confiaba en la interpretación que él pudiera hacer de sus problemas, sino porque además estaba cada día más escaso de amigos. Ernesto era su jefe, pero no su confidente. Juan Pablo no era lo suficientemente cercano. Y Martín –por más que se identificara con él y pareciera comprenderlo luego de su apasionada aventura con Daniela– no volvió a ser el de antes. Aunque retomaron las conversaciones por teléfono y hasta se vieron un par de veces, nada fue lo mismo: María Pía se había interpuesto entre ellos como un inexpugnable bloque de cemento.</p>

<p>Renato, sin quererlo, se convirtió en el exclusivo depositario de su confianza. Gabriel le contaba cómo prosperaba la historia con Amanda, pero también compartía con él sus dudas más tormentosas respecto del desenlace que esa historia podía tener. Renato lo oía y enriquecía esas pláticas con sus recuerdos personales de la época en que Gabriel empezó a obsesionarse con Amanda.</p>

<p>Una noche, tomando unas chelas en el Juanito de Barranco, rememoraron una escena:</p>

<p>–¿Te acuerdas de esa vez, en casa del Gordo Germán, que te animamos para que llamaras a la radio y le dedicaras una canción?<br />
–Puta madre, qué papelón. Ni me hagas acordar<br />
–Ja, ja. Llamaste a Radio A, a un programa que se llamaba El Club de los Osos Enamorados<br />
–¡Cállate que me da vergüenza ajena! No sé cómo acepté hacerlo<br />
–Ja, ja. Dijiste que te llamabas Esteban y pediste una canción de Gloria Estefan, creo…<br />
–No, peor: de Daniela Romo<br />
–Ja, ja. ¡Sí, sí, de Daniela Romo!<br />
–Escuchaba puras cojudeces en esa época.<br />
–¿Cómo se llamaba la cancioncita?<br />
–Ya me olvidé ya<br />
–Ja, ja. No te creo nada. Dime, pues.<br />
–Qué ladilla eres. Se llamaba De mí enamórateç<br />
–Ja, ja, ja. Qué buena.<br />
–Mientras yo hablaba por teléfono con el paparulo del discjockey y le mandaba saludos a Amanda, el Gordo Germán se puso a mi costado y comenzó a tirarse unos pedos infernales<br />
–¡Claro! Me acuerdo de que yo estaba grabando la llamada en la sala y los pedos del Gordo se escuchaban a través de la radio</p>

<p>Gabriel y Renato se rieron un buen rato. Una vez que las risas cesaron y la respiración se normalizó, continuaron...</p>

<p>–Ay, ay, ay. Hace rato que no me reía tanto–reconoció Gabriel<br />
–Te noto un poco tenso…<br />
–Es que, no sé, a veces me parece que fuésemos dos personas completamente diferentes…<br />
–¿Amanda y tú?<br />
–Sí, pero completamente.<br />
–¿Tanto así?<br />
–En el colegio, yo era un idiota que no se animaba a nada. Ahora tengo mucha más confianza en mí, en mis opiniones, en mi capacidad, en fin. Con Amanda sucede algo parecido…<br />
–Yo la recuerdo recontra alegre, sonriente…<br />
–Exacto. Hasta hace unas semanas, a pesar de los problemas, jamás perdía la sonrisa. Pero de un tiempo a esta parte no hace más que quedarse callada, hablar poco y llorar<br />
–¿Llora mucho?<br />
–Llora, llora, llora. Todo el día llora…<br />
–Bueno, Gabriel, ponte a pensar. Es lógico. Apareces tú, el marido se va de la casa, el hijo no entiende nada. O sea, su mundo ha dado un vuelco completo. Esa no es una vida, es una película hindú. Lo pienso y hasta a mí me dan ganas de moquear.<br />
–Llámame insensible o lo que quieras, pero hay algo de ese llanto que me saca de quicio, me enerva, me pone de mal humor. No sé si es el llanto mismo, o la inmediata sensación que tengo al escucharlo: la sensación de que soy el principal responsable de todo su desastre…</p>

<p>Los ojos de Gabriel enrojecieron. Una minúscula lámina acuosa los cubrió. Se mordió la lengua y reprimió las lágrimas</p>

<p>–¿Estás molesto no?<br />
–Rabioso, la palabra es rabioso. Adoro a esa mujer pero a veces, solo a veces, me pongo a pensar en que quizá hice mal en interferir en el destino. Quizá lo mejor era dejar la historia como estaba, no alterarla.<br />
–Estás metido en la historia, Gabriel. Metido hasta el cuello. Lo último que puedes hacer es pensar en saltar y escaparte. Sería una cabronada.<br />
–Sí, tienes razón. Sería una cabronada. </p>

<p><img alt="cont.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/cont.jpg" width="394" height="100" class="mt-image-left" style="float: left; margin: 0 20px 20px 0;"/></p>

<p><strong>[ILUSTRACIONES: Alfonso Vargas Saitua (el marmotero Robotv)]</strong></p>

<p>[Esta es la canción de Daniela Romo que Gabriel pidió en la radio aquella vez, en la casa del Gordo Germán. En el vídeo actúan la propia Daniela y el hoy abuelito Salvador Pineda]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/lX_o4oT3p6k&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/lX_o4oT3p6k&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Gracias a todos por estar pendientes de LA ANTIAGENDA 2010. El que sigue es un video filmado hace una semana en la imprenta (vean hasta el final). Más abajo, más información sobre este nuevo libro que ya está en librerías]</strong></p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/H6gBXAA970A&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/H6gBXAA970A&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Este es el mail que me mandó el Gerente de ventas de Santillana. Lo copio y pego textualmente. Espero que absuelva todas sus dudas. Renato: Como te comenté, tu Antiagenda estará en las librerías a partir de este MIERCOLES 28, los principales puntos de ventas son:Librerías Crisol, Zeta Bookstore, Iberos, La Familia, Special Book Service - SBS, El Virrey, Época, La Casa Verde, Univ. PUCP, Univ. Pacífico, Univ. Lima, Univ. UPC. El próximo fin de semana estará en Supermercados Wong y Metro. La distribución a nivel nacional estaría en un par de días más, y las ciudades son:Piura, Chiclayo, Cajamarca, Trujillo, Huancayo, Iquitos, Cusco, Arequipa. Para compras en otras ciudades o del extranjero, tenemos un cliente que vende a través de internet en www.perubookstore.com.. Y con respecto a la Feria Ricardo Palma, la presentación será, en principio, el sábado 28 de noviembre]</strong></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 3: Atención con esto. El lector(a) que envíe a esta dirección (blogbusconovia@gmail.com) una foto de cuerpo entero en pijama entrará al sorteo de un ejemplar de LA ANTIAGENDA 2010 firmada por nosotros. La foto más original se llevará el premio. La imagen y el nombre del ganador serán dados a conocer en el próximo post]</strong></p>

<div style="text-align: center;"><img alt="porta_antiage.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/porta_antiage.jpg" width="278" height="420"></div>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 4: El martes pasado publiqué esta crónica en EL COMERCIO. Trata sobre mi triste periplo en la búsqueda de un buen disfraz para el Halloween que ya no celebraré. Espero que les guste]</strong></p>

<div style="text-align: center;"><img alt="disfrázate2.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/disfr%C3%A1zate2.jpg" width="237" height="420"></div>

<p>Hagan clic <a href="http://e.elcomercio.pe/101/impresa/pdf/2009/10/27/ECEE271009a14.pdf" target=_blank>aquí</a></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 5: Ya está en los Starsbucks el segundo número de LADO B, la revista gratuita que en esos locales se reparte. Ahí encontrarán un texto mío con ilustración de Robotv. Aquí la imagen]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/ladoB__II.jpg"><img alt="ladoB__II.jpg" src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/ladoB__II-thumb-460x291.jpg" width="460" height="291" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/></a></p>]]>
    </content>
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    <title>13. ¿Qué me ibas a decir de ella?</title>
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    <published>2009-10-21T09:01:04Z</published>
    <updated>2009-10-27T21:01:52Z</updated>

    <summary> [CAPÍTULO NÚMERO TRECE DE LA NOVELA MÁS CELEBRADA DE LA RED (SEGÚN SU AUTOR)] Con el permiso del narrador, asumo fugazmente la conducción de este relato. Lo hago únicamente para contar desde mi perspectiva lo que ocurrió aquella noche...</summary>
    <author>
        <name>Renato Cisneros</name>
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    </author>
    
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_013_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_013_blog.html','popup','width=950,height=607,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_013_blog-thumb-420x268.jpg" width="420" height="268" alt="nov_013_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[CAPÍTULO NÚMERO TRECE DE LA NOVELA MÁS CELEBRADA DE LA RED (SEGÚN SU AUTOR)]</strong></p>

<p><br />
<big>Con el permiso del narrador, asumo fugazmente la conducción de este relato. Lo hago únicamente para contar desde mi perspectiva lo que ocurrió aquella noche en <em>El Dragón</em>, cuando encontré a Gabriel en la barra del local. ¿O fue él quien me encontró a mí? </p>

<p>Era un miércoles 30 de julio, pasadas ya las 11:30. Lo recuerdo con absoluta claridad. </p>

<p>Había sido una noche larga y agitada. La presentación del libro <em>Busco Novia</em> en el <em>Jockey Plaza</em> se extendió impensadamente. Hubo cientos de personas que hicieron una cola larguísima para que Robotv y yo firmáramos sus ejemplares. Fue una locura. Una locura inédita. No creo que ninguna futura presentación sea tan espectacular como la de aquel día (aunque ahorita, mientras lo descarto, crece en mí el íntimo deseo de que se repita el desmadre). </big>  </p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Después de firmar libros seguimos la celebración en <em>Patagonia</em>, un restaurante en Miraflores, adonde cayeron algunos amigos y familiares. La gente andaba un poco cansada, así que el festejo acabó temprano, pero fiel a mi naturaleza noctámbula y excesiva me empeñé en continuar los agasajos por mi cuenta. <br />
 <br />
No necesitaba estar acompañado de gente para brindar por la publicación de esos relatos que, después de todo, habían sido escritos en privado, sin la menor compañía. Irme por ahí a beber algo era una indirecta manera de homenajear el disciplinado aislamiento del que nacieron esas palabras. Irme a chupar por ahí era un acto justiciero que restauraba el orden de mi universo y ponía las cosas en su debido lugar. Irme por ahí a emborracharme era, en buena cuenta, ensayar una metamorfosis inversa: una donde la mariposa –abochornada por las numerosas miradas que sus colores reclaman– optaba por convertirse en la mugrosa larva que la engendró. <br />
 <br />
Era un buen día para caer en <em>El Dragón</em>. La música electrónica que ponen ahí los miércoles se me hace por lo regular intolerable, pero aquella noche me dio lo mismo. Solo quería calmar la mezcla de alegría y desamparo que me agobiaba, esa emoción híbrida que, según dicen, solo conocen y comparten escritores y embarazadas, que reaccionan así al misterio que supone el lanzamiento de un libro y el alumbramiento de un hijo (aunque eso solo se lo he oído decir a los escritores, nunca a las embarazadas, que tal vez no están muy de acuerdo con la metáfora). <br />
 <br />
En la cola de la entrada, una chica muy linda –y muy alta– pareció identificarme. <br />
 <br />
–¿Tú no eres el chico del blog?, me dijo, dejando que en su cara de intriga se abriera paso una sonrisa incandescente que hizo la noche más memorable todavía. <br />
 <br />
Su pregunta me arrastró en fracción de segundos a una serie de cavilaciones que demoraron mi respuesta. Pensé, por ejemplo, en lo extraño que era llevar encima la etiqueta del <em>chico del blog</em>. Eso me produjo un hincón de fastidio en el huesito del ego. A continuación, sin embargo, pensé que no importaba mucho llevar esa etiqueta si eso iba a permitir que una buena parte de las chicas lindas y sonrientes de Lima me trataran con la fantástica delicadeza y discreta coquetería con que ahora me trataba este mujerón de casi metro ochenta. <br />
 <br />
–¿De qué blog hablas?, indagué, haciéndome el tonto, solo para engreírme<br />
–El de <em>Busco Novia</em>, contestó ella, sin perder su magia. ¿Eres tú no? <br />
 –Ah, sí, soy yo. Justo vengo de la presentación del libro, respondí, apoyándome en la pared de la fachada del local con estúpida soltura, como quien cuenta que acaba de venir del mercado, del gimnasio o de pasear al perro.  La noche había sido increíble, sensacional, única, pero la presencia inquietante de esa mujer hechicera me embruteció, me hizo actuar de modo subnormal, tanto que me puse a hablar como un autor trajinado, supuestamente habituado a esos rutinarios encuentros con los lectores.<br />
 <br />
–Qué mostro. ¿Fueron muchas personas?<br />
–Sí, algo de seiscientas, respondí, más cacaseno que nunca<br />
–¡Es un huevo!<br />
–Gracias, gracias…<br />
–Bueno, fue un gusto conocerte. Nos vemos adentro, dijo la chica alta y se inclinó casi 90 grados para darme un beso en la mejilla. <br />
 <br />
Fue un instante deshonroso. Las demás personas de la cola no pudieron reprimir la risita de burla que la escena exigía. El gesto de la chica, casi una genuflexión, me hizo recordar a mis profesoras de Primaria, que agachaban medio cuerpo para despedirme en la puerta del colegio, colgándome la pesada mochila en la espalda, embutiéndome la lonchera bajo un bracito y colocándome un rollo de cartulina bajo el otro. Así me hacían traspasar la puerta de salida, convertido en un ekeko inestable, un pindongo tembloroso que en cualquier momento iría a parar al suelo. <br />
 <br />
–El gusto es mío. Nos vemos adentro, le contesté al oído, empinándome<br />
 </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_libro.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_libro.html','popup','width=220,height=184,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_libro-thumb-150x125.jpg" width="150" height="125" alt="deta_libro.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Una vez que crucé las puertas de <em>El Dragón</em> y di los primeros pasos entre las mesas y entre los grupos de gente tuve la sensación de ser un hacendado, un capataz que avanzaba en sus dominios. Tantas veces había estado allí, tantas aventuras había disfrutado en ese antro, que no pude dejar de sentir el alivio de quien regresa a casa después de un corto viaje. <br />
 <br />
Todos estaban concentrados en la música electrónica, o al menos eso parecía. Quizás nadie sabía que acababa de presentar mi libro ante unas 600 personas; y quizás nadie había leído nunca una puta línea de las muchas putas líneas que había escrito en mi vida, pero estaba bien, no me molestaba, al revés: era en esa invisibilidad en la que buscaba moverme después de haber vivido el breve espejismo del supuesto éxito libresco. <br />
 <br />
Me acerqué entonces a la barra a pedirme un vodka y fue justo ahí que escuché que alguien gritaba mi nombre. </p>

<p>–¡Renato!    </p>

<p>La primera vanidosa idea que vino a mi mente mientras giraba la cabeza para identificar al autor del llamado fue la siguiente: <em>claro, es inevitable pasar desapercibido, seguramente es un lector fanático del blog que me ha seguido desde la Feria y me quiere felicitar</em>. <br />
 <br />
Mientras terminaba de girar la cabeza, apuré una sonrisa matadora de galán de pollada. Como en los dibujos animados, una estrellita invisible marcaba el lustre de mi dentadura. </p>

<p>Me sentí un completo cojudo un segundo después, cuando noté, desengañado, que quien me pasaba la voz  no era en absoluto un lector–hincha, sino Gabriel, Gabriel Lombardi, un amigo del colegio al que no veía hacía como ocho años. Lo miré, lo reconocí, lo saludé con falsa emoción y me abrí paso entre los parroquianos para llegar hasta su posición.  </p>

<p>Es curioso cómo, al encontrarte con alguien después de mucho tiempo, durante esos instantes que hay entre el primer saludo y el establecimiento del diálogo de rigor, vas repasando mentalmente las escenas del pasado compartidas con esa persona. Es inevitable. Mientras avanzas para estrecharle la mano o darle un abrazo, en tu cabeza se produce un estallido de imágenes que se suceden vertiginosamente, como en un videoclip, como cuando avanzas una película en el DVD a la máxima velocidad y ves a los personajes moviéndose sin parar.  </p>

<p>Eso me pasó con Gabriel aquella noche del año pasado. Él se tomaba una cerveza y yo me acerqué con mi vodka. Al saludarnos, me atrapó con un abrazo que yo encontré exageradamente afectuoso. Habíamos sido muy buenos patas en el colegio, pero tampoco era para tanto. Noté rápidamente que el abrazo de Gabriel tenía que ver menos con la nostalgia colegial y más, mucho más, con alguna urgencia emocional del presente. Sentí que me abrazaba de la manera eufórica en que un náufrago abrazaría al misionero extraño que ha llegado a rescatarlo a la Isla del Miedo. </p>

<p>–¿Qué ha sido de ti, compadre? ¿Estuviste en Buenos Aires, verdad? ¿Cómo te fue?, le dije, sin comprender exactamente cuál era la necesidad de hacerle tres preguntas que en el fondo eran solamente una. </p>

<p>Gabriel comenzó a responder y de un tirón actualizó la versión que yo tenía de su vida. Su narración me envolvió: no tanto por los hechos que contaba como por el modo humorístico y socarrón en que eran convertidos en palabras. Gabriel hablaba de sus vivencias como si se tratara de un chiste inacabable, y cada tramo del relato lo sazonaba con una moraleja repentina que, a pesar de su espontaneidad, más parecía un lema o un aforismo cuidadosamente elaborado. </p>

<p>Por ejemplo, después de hablarme de Natalia, su novia argentina, se tomó un respiro y, tras aplicarle un sorbo a la botella de cerveza, mirando hacia ninguna parte, me dijo: “si alguna vez vas para Rosario, cuídate de las mujeres, tienen la hermosura provinciana de un fotogénico volcán a punto de la erupción”. Escuchándolo no me pareció nada raro que se haya dedicado a hacer eslóganes publicitarios.  </p>

<p>La última vez que lo había visto fue en un almuerzo de ex alumnos del colegio, pero ese día hablamos tan poco que fue como si no nos hubiéramos visto. En esos almuerzos, además, a nadie le interesa saber realmente cómo les va a los demás: la mayoría de asistentes solo quiere beber rápido para escapar de sus vidas y volver a ser, durante lo que dure la borrachera, los adolescentes de antaño, que eran felices sin deudas, ni hijos, ni calvicie, ni sobrepeso.   </p>

<p>Mientras oía hablar a Gabriel en <em>El Dragón</em>, una mitad de mi cerebro se concentró en su monólogo, pero la otra mitad, desobediente, voló hacia el pasado, a esos días de Secundaria en que las grandes preocupaciones existenciales se limitaban a los cursos jalados y a los quilombos amorosos en los que cada quien se aventuraba. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_pizarra.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_pizarra.html','popup','width=250,height=209,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_pizarra-thumb-150x125.jpg" width="150" height="125" alt="deta_pizarra.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Y ahí estaba, pues, el buen Gabriel, anclado en mi memoria. Gabriel Alonso Lombardi Moncada. Lo recordaba flaco, con su cara de palta, entrando siempre tarde a las clases, con el pelo mojado, terminando de devorar el pan con mantequilla del desayuno. </p>

<p>Lo recordaba jugando fulbito, ganando los concursos de verbos en inglés (<em>break, broke, broken; come, came, come</em>), marchando con desgano en las aburridas asambleas de Fiestas Patrias.  </p>

<p>Lo recordaba también sufriendo más de la cuenta con Química y Física. El pobre se quedaba hasta tarde en el laboratorio, empeñado en descubrir una incierta vocación de científico, pero ni las fórmulas ni los símbolos le entraban en la cabeza. </p>

<p>Una vez, en la Feria de Ciencias, su experimento futurista –un motor que funcionaba con gas y que hacía andar un trencito– causó revuelo. No por su brillantez, precisamente, sino porque estaba tan mal diseñado que provocó una terrible fuga y hubo que encender las alarmas y evacuar a todos los padres de familia que habían ido a ver los trabajos de los alumnos. Recuerdo a Gabriel, desesperado, persiguiendo su trencito, mientras la multitud huía despavorida del laboratorio, temiendo asfixiarse con los nubarrones de gas que se formaron. Al fondo del salón, el profesor Darwin Soria se jalaba los pocos pelos que le colgaban de la frente, tratando infructuosamente de llamar a la calma al público, y puteando con la mirada (sí, se puede putear con la mirada) al sin dudas desaprobado alumno Lombardi.  </p>

<p>Pero por sobre todas las circunstancias lo recordaba plena y eternamente enamorado de Amanda Di Lorenzi, su musa en las sombras. Amanda era una de las chicas más guapas de la promoción. No solo era rica, de buen cuerpo, sino linda, buena gente y por eso mismo medio colegio babeaba por ella, desde los mayores hasta los chibolos de Primero, que soñaban con desposarla. Eso sin mencionar a los profesores mañosos que la hacían sentarse en la primera fila, no para que atendiera mejor las lecciones, sino para poder mirarle el magnífico par de yucas que la niña se manejaba. </p>

<p>Amanda tuvo cerros de pretendientes, pero el único enamorado que le conocimos fue Braulio, Braulio Cantuarias, un chico mayor que la persiguió y afanó desde que él estaba en quinto y nosotros en tercero. No había fiesta ni actividad extracurricular en la que el idiota de Braulio no se apareciera para estar cerca de Amanda. A ella le gustaba, pero recién aceptó ser su enamorada dos años después, cuando él ya era cachimbo de la de Lima y nosotros estábamos a punto de egresar del cole. </p>

<p>Hasta antes de eso, Gabriel –que era muy amigo de Amanda– guardaba la esperanza de que algún día ella lo mirase con ojos que no fuesen los del compañerismo asexuado. No lo decía abiertamente, pero se le notaba. </p>

<p>Todos los patas de su grupo –un grupo en el que yo me sentí siempre un advenedizo– sabíamos que él se recontra cagaba por ella. Más de una vez  le sugerimos que se mandara de hacha, pues no perdía nada confesando lo que sentía. Él se negaba, arrugaba todito por temor a que Amanda lo choteara con las consabidas y temidas palabras con que las mujeres de dieciséis años se deshacían de los chicos indeseables: <em>solo te quiero como amigo</em>. </p>

<p>El único día en que Gabriel consideró la posibilidad de declararse fue el domingo de la última <em>kermés</em> de quinto de media. Faltaban apenas dos meses para que acabara el año y en un recreo lo rodeamos entre cuatro para convencerlo de que se jugara el pellejo. “No seas huevón, no puedes terminar el colegio con ese clavo metido en  el pecho”, le dijo el Gordo Germán Garro, que sabía mejor que ninguno lo que era sufrir de amor. “La duda te va a torturar el resto de tu vida”, le advirtió Piero Fernández, el tenista de la promoción. “Eres un cabro: en el fondo te apuesto a que tienes miedo de que ella te diga que sí”, lo retó el Flaco Julio Aldana, quien siempre andaba secándose los mocos con la manga de la chompa. </p>

<p>En aquella cuadrada, yo me limité a decirle lo que siempre le había dicho: “Si te dice que no, te desapareces y punto”.   </p>

<p>Al final, lo convencimos. </p>

<p>Para mala suerte de todos, justo el día de la <em>kermés</em> Amanda se apareció muy sonriente de la mano con Braulio, y entonces todos supimos que ese inútil, ese ocioso manganzón –que había logrado ingresar a la de Lima solo porque Dios era grande (y porque la de Lima era fácil)– se había convertido en el hombre más afortunado del mundo. </p>

<p>Recuerdo que cuando la nueva parejita entró en escena yo estaba al costado de Gabriel, haciendo la cola para participar en el popularísimo juego de lanzarles tomates a los profesores. Al verlos juntos, Gabriel se quedó estático. Le dije que se calmara, que no los mirara, pero no pudo controlarse. Se puso tan furioso que cuando le tocó el turno de lanzar los tomates –en vez de arrojarlos débilmente, como hacían los demás concursantes– los aventó con toda la fuerza de su rabia y con una excelente puntería, haciéndolos estallar en el medio de la regordeta cara del profe de Química, Darwin Soria, que al final no podía respirar por todo el tomate que tenía encima, y que salió indignado de la kermés, limpiándose los ojos, la boca y la papada con un pañuelo, acusando en voz alta a Gabriel de haberse vengado de esa violenta manera por el desaprobado que obtuvo en aquella caótica e inolvidable Feria de Ciencias.     </p>

<p>Nunca pensé que Gabriel acataría mi consejo tan a pie juntillas. Yo le había sugerido que desapareciese para olvidar a Amanda, pero era una figura retórica. Él, sin embargo, se lo tomó a pecho ni bien nos graduamos. Creo que lo vi un ratito en la fiesta de promoción (a la que me parece que fue con una gordita bien espesa) y luego se hizo humo, pero humo de verdad. Tal vez estaba dolido por lo de Amanda, tal vez no le perdonó que se haya puesto de novia con Braulio. No sé. Lo único que sé es que tuvo que pasar mucho tiempo para verlo otra vez. Fue en ese almuerzo de ex alumnos de hace ocho años, pero, como ya dije, ni siquiera pudimos conversar.   </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_tomates.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_tomates.html','popup','width=220,height=184,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/deta_tomates-thumb-150x125.jpg" width="150" height="125" alt="deta_tomates.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
La noche de <em>El Dragón</em>, Gabriel me contó que su papá había muerto de cáncer, me habló de la vida de artista infiltrado que llevó en Buenos Aires y me comentó que ahora dirigía el área creativa de una agencia de publicidad. </p>

<p>Cuando por fin me tocó hablar a mí, fui menos detallista. Él recordaba que yo andaba metido entre la poesía y el periodismo, así que le hice un resumen poco generoso de mis actividades. Cuando le conté que venía de presentar el libro de <em>Busco Novia</em>, se sorprendió. </p>

<p>–¡Manya! Sabía de tu blog, pero no que habías sacado un libro. Felicitaciones. ¡Te has vuelto famoso, Renatillo! <br />
–Nada que ver. Famosos son Gianmarco o Tongo. Yo solo soy conocido entre mis sobrinos…<br />
–¿Y sigues escribiendo poemas? <br />
–Hace tiempo que no escribo nada de poesía, pero espero volver a hacerlo. <br />
–Me acuerdo que en cuarto de media ganaste un concurso y luego todos te pedían que escribieras poemas por encargo para sus enamoradas…<br />
–Ja, ja. Sí, pero les escribía cualquier cosa y ellos ni cuenta. A Fico Dávila, por ejemplo, le escribí un poema que en verdad era de Gustavo Adolfo Bécquer. El muy bruto le dijo a la chica que le gustaba que él mismo se lo había compuesto. Lo malo fue que la chica conocía el poema de memoria y lo mandó a volar, decepcionada.   </p>

<p><br />
<strong>(…)</strong></p>

<p><br />
Después de esos minutos de lógicas recapitulaciones, volvimos al presente. Brindamos por el reencuentro y nos pusimos a comentar intrascendencias respecto del local, de la música, y de las tetas llamativas de la mesera que circulaba entre el gentío, en cuyos macizos pechereques todos depositábamos nuestras miradas más ardientes. </p>

<p>De la nada Gabriel me preguntó cómo andaba sentimentalmente. </p>

<p>Era obvio que quería hablar del tema. Cuando alguien te pregunta por algún asunto muy particular no lo hace porque en verdad quiera saber cómo te va en esa materia: lo hace para que luego tú le preguntes lo mismo y pueda despacharse.  </p>

<p>Yo no tuve muchas ganas de contarle nada de mis recientes tragedias amorosas, así que me hice el sueco, el distraído y me fui por la tangente: </p>

<p>–Si quieres saber, puedes leerte mi blog. Ahí está todo escrito<br />
–Ja, ja. Está bien, está bien…</p>

<p>Por esos días del 2008 mi vida sentimental atravesaba un momento demasiado convulsionado. No me daba el cuero para improvisar una didáctica sinopsis en medio de un bar a medianoche. Eran días de emociones súbitas y encontradas. Aún no me cruzaba con la bella y joven OC, pero otras mujeres habían pasado por mi vida con la prisa y la incertidumbre con que se pasa por un callejón oscuro. (Si revisan los post de la época, repararán en que mis penurias, sin ser muchas, eran infinitamente hondas). </p>

<p>Por eso, porque quería mantener conmigo las rotundas penas que entonces atravesaban mi corazón como un anticucho –y porque intuía que lo que Gabriel pretendía en el fondo era contarme algo de sus propios apuros y desdichas–, preferí cederle la posta:</p>

<p>–¿Y tú, cómo vas? Cualquiera que te ve aquí, chupando solo, creería que andas maldiciendo a alguna ingrata. ¿O me equivoco?<br />
–No, no maldigo a nadie, pero sí ando un poco cabezón… <br />
–Uy, qué pasó. ¿No me digas que el volcán rosarino está en actividad nuevamente?  <br />
–No. Natalia se quedó en Buenos Aires. No sé nada de ella. Me refiero a otra persona…<br />
–¿La conozco? <br />
–Mira, te voy a contar algo, pero tienes que prometer que se quedará contigo, dijo Gabriel<br />
–Sí, claro, te prometo…</p>

<p>En realidad, la promesa era lo de menos. Gabriel necesitaba hablar con alguien: podía ser yo como hubiera podido ser el barman o cualquier fulano que pasara por allí con ganas de escucharlo. Cuando tienes atragantada una historia que no te deja respirar, tienes que vomitarla, contarla, sin discriminar al auditorio: bien puedes contársela a tu amigo del alma como a un desconocido (un desconocido del alma). </p>

<p>En este caso, yo era un poco de las dos cosas. Gabriel era mi amigo del colegio, acaso uno de los más entrañables, pero había pasado tanto, tanto tiempo desde la última vez que hablamos con mínima sinceridad, que también nos habíamos convertido en desconocidos. El colegio había quedado tan atrás que sería más apropiado decir que éramos dos extraños que se habían conocido en una vida anterior. </p>

<p>Me ha tocado en otras circunstancias toparme con personas a las que me sentí muy unido diez o veinte años atrás pero,  al hablarles y oírles de nuevo, descubrí –con más asombro que decepción– que ya no tenemos nada en común. En algún momento –es difícil precisar cuándo– la distancia entre las personas que fuimos y las personas en que nos convertimos se amplió hasta hacerse insalvable. Los temas que en el pasado nos aliaron se volvieron una mera cuerda floja que apenas sirve para que podamos comunicarnos sin frialdad. </p>

<p>Con Gabriel me ocurría algo parecido. Le guardaba cariño, pero no podíamos comportarnos en la barra de <em>El Dragón</em> como nos comportábamos en el salón del colegio. Éramos otras personas, con biografías llenas de capítulos sublimes y amargos que el otro ignoraba y que habían modificado nuestro carácter, alejándonos de aquella versión adolescente que alguna vez interpretamos. </p>

<p><br />
<strong>(...) </strong></p>

<p><br />
Cuando Gabriel me dijo <em>te voy a contar algo</em> me resultó clarísimo que no me lo contaba porque yo fuera Renato Cisneros, el del colegio, sino porque la historia lo estaba volviendo loco, y si no la verbalizaba, si no la reconstruía con palabras para comprenderla mejor, podía acabar enfermándose. </p>

<p>–¿Te acuerdas de Amanda?, me dijo<br />
–¿Amanda Di Lorenzi? ¿Tu Amanda? ¿La del cole? Claro, nadie puede olvidarse de una chica así…<br />
–¿Qué has sabido de ella?, curioseó Gabriel, postergando unos segundos la confesión que estaba por hacer, recordándome que había estado tantos años en Argentina que le había perdido el rastro…</p>

<p>–Bueno, no mucho, la verdad. Supe que se casó y creo que tiene un hijo. Nunca la volví a ver, porque nunca ha ido a los almuerzos de ex alumnos, pero dicen que sigue espectacular. Me late que es una de las pocas chicas de la prom que se mantiene bien, porque la mayoría se desinfló o engordó. ¿Te acuerdas de Janine Heinze, por ejemplo? <br />
–Sí, claro, la más linda de Quinto A<br />
–Ya, el otro día la vi comprando en <em>Wong</em>. Estaba inmensa, mofletuda. La vi tan obesa que pensé que se estaba robando algo de la tienda debajo del vestido. No era ni la sombra de la sombra de lo que fue. <br />
–Bueno, pero eso le habrá pasado a todas…<br />
–No, ah. Aunque no lo creas, hay otras que han mejorado un culo. Ahí tienes a Vanessa Silvino... <br />
–¿Qué? ¿La <em>Pollo Crudo</em>?<br />
–Sí, alucina. Está fuertota. La vi en bikini el verano pasado y no sabes: está para meterle el pollo crudo más bien…<br />
–Ja, ja. No quiero ni imaginar lo que dirían ellas de nosotros si nos vieran…<br />
–No es por tirarnos flores, compadre, pero nosotros pasamos piola…</p>

<p>–¿Y qué sabes del Negro Zurita?, preguntó Gabriel, entusiasmándose con ese inventario de nombres y olvidándose momentáneamente de Amanda y de la historia que quería compartir conmigo. <br />
–Fue a uno de los almuerzos recientes, pero no hablamos. Alguien me contó que tuvo problemas judiciales, que estuvo en la cárcel, que salió con vara, que se llenó de hijos y que acabó de chofer de una combi en La Marina. Ese Negro, carajo. Era chueco desde chibolo, jamás se reformó.<br />
–Yo le tenía cariño. No sé por qué, pero me caía bien…</p>

<p>–¿Él no fue el que te bajó el pantalón en medio del patio una vez? <br />
–Sí. claro, él fue. ¿Cómo te acuerdas? <br />
–Es que yo estaba exactamente al frente de ustedes. Vi la secuencia completita, junto con Marissa Ibárcena y con Amanda.<br />
–Amanda...<br />
–Franco, en eso nos quedamos. ¿Qué me ibas a decir de ella? </big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html','popup','width=394,height=100,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/09/conti-thumb-394x100-thumb-394x100.jpg" width="394" height="100" alt="Imagen Thumbnail para conti.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el moscólogo Robotv)]</strong></p>

<p></p>

<p>[Aquí otro tema ochentero para ponerle imaginario soundtrack a la novela: "Do you really want to hurt me" de Culture Club] <br />
 <br />
<object width="445" height="364"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/XEWSAXdAdMs&hl=es&fs=1&rel=0&border=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/XEWSAXdAdMs&hl=es&fs=1&rel=0&border=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="445" height="364"></embed></object></p>

<p></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Desde esta semana, la última página de El Comercio se llama LA ÚLTIMA. Todos los martes la sección adopatará el nombre de TE SOBRA CALLE (me adelanto al chiste: no, no me sobra calle, me falta). Esta crónica salió publicada ayer. Para que puedan leerla bien denle click al link que aparece debajo de la imagen]</strong> </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/bot%C3%B3n_cronica_polis.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/bot%C3%B3n_cronica_polis.html','popup','width=475,height=836,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/botón_cronica_polis-thumb-240x422.jpg" width="240" height="422" alt="botón_cronica_polis.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a><br />
                                    <a href="http://e.elcomercio.pe/101/impresa/pdf/2009/10/20/ECEE201009a16.pdf" target=blank>HACER CLICK AQUÍ </a></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: La Antiagenda 2010 está por salir de la imprenta. En unos días más la verán en librerías y supermercados. Este videito casero promocional fue grabado ayer en casa de Robotv. Se ve un poco oscuro, pero es que queríamos transmitir algo de calidez. Abrazos. Nos vemos en la Feria de Noviembre (fecha por confirmar). Saludos. RC]</strong> </p>

<p><br />
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</p>]]>
    </content>
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    <title>12. La vida es un Carrusel</title>
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    <published>2009-10-14T07:18:05Z</published>
    <updated>2009-10-27T21:03:02Z</updated>

    <summary> [AQUÍ LA DUODÉCIMA PARTE DE LA NOVELITA DIGITAL DE MODA. ESTA VEZ, MÁS POLÉMICA QUE NUNCA] Pero dejemos un rato a Gabriel y a su retaco amigo colegial en esa barra colmada de figuretis noctámbulos y borrachosos comunes. Concentrémonos...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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    </author>
    
        <category term="Tercera Temporada" scheme="http://www.sixapart.com/ns/types#category" />
    
    
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_012_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_012_blog.html','popup','width=850,height=668,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_012_blog-thumb-420x330.jpg" width="420" height="330" alt="nov_012_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[AQUÍ LA DUODÉCIMA PARTE DE LA NOVELITA DIGITAL DE MODA. ESTA VEZ, MÁS POLÉMICA QUE NUNCA]</strong> </p>

<p><big>Pero dejemos un rato a Gabriel y a su retaco amigo colegial en esa barra colmada de figuretis noctámbulos y borrachosos comunes.</p>

<p>Concentrémonos en Martín, el irritado Martín, que estaba en su casa viendo algo de fútbol cuando entraron a su celular las llamadas que Gabriel hizo mientras manejaba hacia El Dragón. Él vio y oyó timbrar su teléfono hasta en ocho ocasiones, pero no quiso contestar. No le dio la gana. </p>

<p>Ignoraba realmente si entre María Pía y Gabriel ocurría algo, pero su intuición le decía que sí, y su intuición fallaba por muy estrecho margen en casos como ese. Algo dentro de él –una especie de sensor o detector– presentía que Gabriel y María Pía se venían acostando hacía rato y, por más que intentaba dominarse las veces en que ese presentimiento lo conturbaba, no podía evitar sentir que era objeto de una traición, una burla, una estafa.</big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Por eso cuando un instante después de la última timbrada escuchó el mensaje de voz que Gabriel le había dejado ––<em>Maricón, llámame, no sé nada de ti hace días, un abrazo</em>–, tuvo un prolongado acceso de furia que acabó en un monólogo destemplado, un soliloquio cargado de bilis, un estallido de cólera. </p>

<p>“¿<em>Maricón</em>? Todavía tiene la soberana concha de decirme <em>maricón</em> este hijo de la guayaba. Maricón él, que se brinca a la flaca que me gusta y ni siquiera tiene los huevos para decírmelo a la cara. <em>Llámame</em>, dice el imbécil. ¡Qué te llame tu vieja, mamón! No sabes ni sabrás nada de mí en un buen tiempo, puto de mierda. Y encima me manda un abrazo el muy pendejo. ¡Métete tu abrazo al ojete!”</p>

<p>Martín le vociferaba esas ignominias al celular, como si el pobre artefacto fuese una imagen, una extensión o representación física de Gabriel. Tanto gritó Martín que se agitó y sus pulmones de asmático se obstruyeron. Por eso tomó un respiro, abrió las ventanas de su cuarto, inhaló y exhaló largas bocanadas de aire. Luego, sí, frunció las cejas y prosiguió con su quejoso discurso contra el celular, al que le hablaba en segunda persona, como si dentro de la maquinita, debajo del chip, estuviera atrapado el fantasmagórico espíritu de Gabriel.</p>

<p>“Segurito que me llamas porque Amanda te ha choteado. Ojalá que te haya mandado a volar. Bien hecho ahí. Eso te pasa, pues, por dártelas de cachero, por meterte, primero, con una huevona casada y después con la flaca que yo, tu <em>amigo</em>, estaba afanando. Ojalá que el marido de Amanda se entere de tu pendejada, te reviente las pelotas con sus palos de golf y te deje estéril para siempre. Ahí te quiero ver. Y ni vengas a buscarme para que te ayude, porque por mi madre que te meto más taba que San Puta”.</p>

<p>Martín estaba acelerado, histérico, y expulsaba toda su indignación en cada grito que profería. Sintió asco, claustrofobia y de repente se dio cuenta de que necesitaba salir de su casa por un buen trago que apaciguase su estado de ánimo. </p>

<p>Apagó el televisor, se puso una casaca y –renegando contra el mundo– salió rumbo a <em>La Noche</em> de Barranco, con la única misión de sentarse en la barra y pedirle a Luchito, el barman, un buen <em>Chilcano</em> de pisco que le purgara el hígado viciado por la mala sangre. A diferencia de otras ocasiones, esta vez le pidió a Luchito no solo uno, sino tres <em>Chilcanos</em>. Después del último se paró, pagó con un billete que excedía la cuenta y se largó sin esperar el cambio. </p>

<p>Andaba medio zampado por el bulevar de Barranco, caminando hacia el parque central solo por inercia. </p>

<p>Jamás hubiera imaginado Martín que esa misma noche tendría que empezar a tragarse todas las palabras condenatorias y oprobiosas que había lanzado contra Gabriel, sobre todo aquellas con las que buscaba amonestarlo y descalificarlo por meterse con una mujer casada. <br />
Jamás hubiera imaginado Martín que en un bar muy cercano –a menos de un kilómetro de donde él acababa de estar ingurgitando bolitas de cancha salada y administrándose esos <em>Chilcanos</em> matadores– estaba Daniela Rabines, su ex enamorada, terminando de celebrar el cumpleaños de una amiga.</p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/cancha_salada.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/cancha_salada.html','popup','width=250,height=149,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/cancha_salada-thumb-150x89.jpg" width="150" height="89" alt="cancha_salada.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Habían pasado cinco años desde la noche aquella en que Martín, poseído por la ira, se presentó en su casa a gritarle que era una perra malagradecida por haber estado paseando de la mano con un sujeto por el <em>Óvalo Gutiérrez</em>. Se lo había ladrado con un odio y una hostilidad muy parecidos a los que sentía ahora por culpa del traidor de Gabriel. Así de virulenta era su reacción cada vez que comprobaba que alguien muy querido le fallaba, pasándolo por alto, como si no existiese, como si no valiera la pena.</p>

<p>Ahora, cinco años más tarde de esa noche descontrolada, Martín ya no sentía nada por Daniela. La tirria en que se transformó su amor fue desvaneciéndose, cediendo al transcurso de los meses y años, hasta quedar convertida en un sentimiento frío, plano, hueco, algo así como la versión descolorida de un dolor que paulatinamente mutó en indiferencia.</p>

<p>Fue Daniela la que se percató de su presencia al otro lado del bulevar. Ella iba caminando con su patota de amigos y él venía, solo, zigzagueando, tropezando con las baldosas del suelo y con los vendedores ambulantes. Lo reconoció de inmediato: no tanto por la cara, que la traía gacha, sino por la casaca, esa casaca roja acolchada que ella le había regalado la última Navidad en que fueron novios. </p>

<p>El extraño gusto de verlo de nuevo, sumado al perverso rezago de una culpa anquilosada, la llevó a pasarle la voz.</p>

<p>–¡Martín!, le gritó, cuando pasó a su costado</p>

<p>Él no necesitó voltear para saber quién lo estaba saludando. El timbre chillón de la voz de Daniela estaba plenamente grabado en la memoria de su oído.</p>

<p>–¡Daniela! ¿Qué haces aquí?, reaccionó Martín, aturdido, impresionado, como si lo que tuviera delante no fuese una persona, sino una aparición, un producto de su alcoholizada imaginación. La miró con detenimiento, como si ambos estuvieran, no en medio de ese sobrepoblado jirón barranquino, sino en medio de un sueño o una laguna mental.</p>

<p>–Hola. ¿Estás bien? Parece que hubieras visto un muerto…<br />
–Hola, sorry. Me agarraste de sorpresa. Es que no te veo hace…<br />
–Hace como cinco años y medio…<br />
–Sí, verdad. ¿Y qué haces por aquí? ¿Con quién has venido?, dijo Martín, mirando al círculo de amigas de Daniela, que de lejos lo inspeccionaban con desconfianza<br />
–Estoy con unas amigas del trabajo. Es cumpleaños de una de ellas y quiso ir a <em>Mochileros</em>. De allí venimos. ¿Y tú? ¿Estás bien? Pareces un poco mareado…</p>

<p>Martín se sonrío porque no estaba un poco, sino recontra mareado, pero se encogió de hombros y cambió el tema.</p>

<p>–Y no has venido con…cómo se llama …¿Ricky?<br />
–Sí, Ricky. No, no pudo venir.<br />
–Mirá tú. Y qué tal todo. Quiero decir, el matrimonio. ¿Cómo les va?<br />
–Bien, ahí, con sus cosas, como todos<br />
–Ya son, qué, ¿tres años no?<br />
–Tres años, ocho meses, catorce días…<br />
–Qué bestia… <br />
–¿Estás seguro de que estás bien, Martín?</p>

<p>Martín no estaba muy seguro de nada, pero asintió con la cabeza que se le ladeaba, y continuó con ese interrogatorio que más parecía un test policiaco:</p>

<p>–¿Y todavía no han pensado en…?<br />
–¿Hijos? No. Todavía. Queremos esperar un poquito<br />
–Claro, para qué apurarse. <br />
–No fuiste a la Iglesia ¿no? Conste que te mandé un parte.<br />
–Sí, sí lo recibí. Gracias. Pero ya me conoces: no me provocó.<br />
–Me lo imaginé, pero supuse que era peor no mandarte nada.<br />
–Además, apenas vi que solo me invitabas a la ceremonia y no a la fiesta, lo rompí y lo tiré a la basura…<br />
–Ja, ja. Apuesto a que sí. Qué podía hacer. Ricky no estaba muy de acuerdo con que te invitara a la recepción. Además, yo sabía que no irías, así que preferí usar esa invitación para otra persona. <br />
–Conociéndome, habría hecho algún papelón. Algún brindis idiota o algo por el estilo…<br />
–Ja. Sí, lo pensé…<br />
 <br />
Martín y Daniela se quedaron conversando unos minutos más y al final prometieron verse pronto. Y por supuesto que se vieron. A los pocos días, por <em>mail</em>, pactaron una cita para un viernes por la noche, justo cuando Ricky estaba fuera de Lima. </p>

<p>Martín no sabía muy bien lo que pretendía saliendo con Daniela, pero ese viernes –en el momento en que se pasaba un peine delante del espejo, antes de ir a recogerla– de pronto le pareció que la vida le ofrecía una revancha, y no estaba dispuesto a desaprovecharla. </p>

<p>Ella había sido una novia muy importante, y por eso calculó que encontrarla era un hecho que excedía toda suerte o casualidad y que había que adjudicárselo más bien a la famosa justicia divina. </p>

<p>Martín pasó por ella y propuso ir por unas pastas y un vino tinto al <em>Antica</em> de Barranco. Daniela aceptó encantada.</p>

<p>Pasada esa primera hora de diálogos absurdos y diplomáticos de los que ninguna pareja de ex enamorados se salva, Daniela comenzó a contarle detalles de su verdadera historia matrimonial. Estaba feliz con Ricky, para qué negarlo, pero le molestaba que él fuera tan conformista, tan aburrido y tan poco dado a la vida nocturna. Después de tres años a su lado, había empezado a darse cuenta de que Ricky era un buen tipo, pero no un hombre que sacara lo mejor de ella. </p>

<p>Martín la escuchaba, pero sin tomar partido. Lo peor que podía hacer era aprovecharse, criticar al esposo ausente, hacer leña del árbol caído. Su comprensiva mudez, estaba seguro, rendiría mejores frutos que cualquier otra táctica. A diferencia de todos los atarantados que creían que a las mujeres se les seducía con un chamullo recargado, él pensaba que escuchándolas se podía aspirar a un mejor trato. </p>

<p>Daniela le contó que, para colmo de males, ella se moría por tener hijos lo antes posible, pero Ricky estaba temporalmente impedido. Hacía tres meses le habían detectado un forúnculo horrible en el prepucio. Antes de retirarle ese grano peludo y carnoso, el médico –por precaución– les había ordenado a los dos estar en cuarentena medio año, privándolos de todo contacto inguinal.</p>

<p>Ese asunto, por superficial que pudiera parecer, agudizaba aún más el pésimo momento de la relación.</p>

<p>Martín esperó que ella terminara de hablar para recién dar un giro completo a la conversación. Empezó a hablar de su vida, sus proyectos, y fanfarroneó contándole tanto de los viajes que había hecho como de los que no. Se inventaba situaciones y anécdotas de lo más desopilantes, logrando impresionar a Daniela, que creía cada una de sus invenciones. </p>

<p>No sabía por qué, pero andaba inspirado. Las bromas, las frases ingeniosas, las reflexiones, las palabras atentas y los piropos cautelosos salían de su boca con perfecta fluidez. </p>

<p>En menos de dos horas Daniela y él ya se habían acabado dos botellas de vino y estaban de lo más divertidos. “Ricky jamás tendría conmigo un detalle como este, jamás me traería a un lugar así, ni me retiraría la silla, ni me serviría el vino siquiera”, dijo ella, con un tono de agotada resignación. Él, en vez de machacar a su oponente, se limitaba a hacer un silencioso acopio de sus quejas.  </p>

<p>Al final, fueron los penúltimos comensales en salir del <em>Antica</em> (adentro solo quedó una cariñosa pareja conformada por un presentador de televisión muy galante y una modelo muy ricotona, quienes se entregaban con esmero a ciertos palpamientos indebidos bajo la mesa, roces que muy probablemente habrían merecido la desaprobación de la esposa del presentador de haberse encontrado en el lugar de los hechos). </p>

<p>Aunque Martín odiaba las canciones de la vieja trova, porque le parecían compuestas todas por unos comunistas muy contradictorios y oportunistas, propuso ir a <em>La Posada del Ángel</em>, un pub acogedor en cuyo escenario siempre había un músico bohemio, un guitarrero con pinta de indigente que tocaba los temas de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Él sabía que Daniela –que eran fans (con s) de esos troveros– celebraría la idea, como de hecho la celebró. </p>

<p>Al cabo de unos cuarenta minutos allí estaban los dos: sentados en un sofá de <em>La Posada</em>, vaciando vasos de cerveza (tarea en la que Daniela era un sparring de temer) y trayendo de los escondites de la  memoria los mejores pasajes de su relación. </p>

<p>Cuando se paró para ir al baño, Martín no podía dejar de pensar en Gabriel. Le pareció estar viviendo casi la misma historia que su amigo. Es más, por un momento, le pareció que él era Gabriel y que Daniela era Amanda y que Ricky era Jaime y que el mundo era, no solo una buena y repetida mierda, sino un carrusel que daba vueltas: un tiovivo en el que se paseaban los mismos animales solo que ocupados por pasajeros diferentes. Siempre estaban el mismo elefante con sombrerito ladeado, el mismo caballo de ojos estáticos, el mismo delfín con la sonrisa tallada. Lo único que variaba eran los vaqueros, los tripulantes, los chicos y chicas que se trepaban sobre esas bestias de yeso o madera y que daban vueltas, turulatos, creyéndose domadores de esa fauna de mentira. </p>

<p>La vida era igualita, pensaba ahora Martín, mientras meaba en el baño de <em>La Posada</em> sin caer en la cuenta de que se estaba mojando todo el pantalón: un pendejo se le había pegado en la punta de la pichula, dividiendo en dos el orificio del pene. Con la escotilla trabada por el rizo, el potente chorro de orina se convirtió en dos chorrillos débiles: uno caía, limpio, en el wáter y otro goteaba sobre el pantalón y el zapato izquierdo de Martín, que no se percataba de la cochinada que estaba ocasionando por andar divagando con esa filosofía de cantina que lo hacía concluir que la existencia toda era, pues, finalmente, un carrusel  de caballitos idénticos pero con jinetes intercambiables. </p>

<p>Por eso, por sentirse atrapado en una historia como la de Gabriel, por sentir que podía ser tan puto y tan basura como él, solo por eso, se solidarizó a la distancia con su amigo y le perdonó que se haya agarrado y pachamanqueado a María Pía. Mientras se lavaba las manos meadas, Martín no vio su rostro en el espejo, sino la cara sibilina de Gabriel.  </p>

<p>Afuera del baño lo esperaba Daniela, su ex novia, que aunque llevaba tres años de casada se mantenía igual de bonita, inteligente y sarcástica que en su época de soltera. <br />
Después de acunar toda esa serie de pensamientos raros, para Martín salir de los servicios higiénicos fue casi como salir de un túnel del tiempo. En el sofá ya no vio a la señora Daniela Rabines de Montoya. No. Vio a Dani, su vieja Dani, la chica con la que estuvo dos años y nueve meses, la mujer que lo hizo mierda cuando terminó con él para estar, al poquito tiempo nomás, con ese pelafustán de su universidad que tenía ese nombre tan ridículo, Ricky, y que ahora era su esposo, un esposo sin carisma y cuya única diferencia con el resto de varones del universo era que él llevaba, muy a su pesar, un extraño forúnculo en la punta del pájaro.</p>

<p>Martín volvió adonde Daniela y continuó con su show de chistes y frases zalameras, consiguiendo que ella se ruborizara y al instante siguiente se atragantara de risa. De pronto, ambos cruzaron una mirada llena de torpe melancolía. Martín –macerado, pero tierno– le cogió la mano con delicadeza. Ella se sonrío, abrió la boca y entonces, justo en el preciso instante en que parecía que iba a decir algo que podía cambiar la vida de los dos de modo quizá definitivo, liberó un eructo largo y estentóreo que hizo que los pocos parroquianos del local voltearan, asqueados. Un segundo después, ella y Martín se perdieron en una carcajada monumental que mereció una mirada de riña del pobre guitarrero indigente al que, por cierto, nadie aplaudía.</p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/guitarra.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/guitarra.html','popup','width=231,height=300,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/guitarra-thumb-150x194.jpg" width="150" height="194" alt="guitarra.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Medio borrachos, los dos decidieron marcharse. En el auto, guiados por el instinto, ya no por la razón, se dieron un piquito medio culposo. Ninguno dijo nada. Durante todo el camino hacia la casa de Daniela, Martín solo podía pensar en una cosa: en cuánto deseaba acostarse con ella. Sabía que decírselo era un suicidio, sabía que apenas lo insinuara recibiría una feroz cachetada (y las cachetadas de Daniela dolían como puñetes, pues durante años había sido la matadora estrella de la selección de vóley de su universidad, la Católica).</p>

<p>El temor, sin embargo, no lo detuvo. Asumió de antemano las consecuencias y disparó su temeraria proposición. </p>

<p>Quizá se vio animado a hacerlo por la peregrina ilusión de que la vida aún estaba a tiempo de devolverle algo que él sentía que merecía: una noche con Daniela. Pero no una noche poética, sino una noche de verdad. No una noche para recitarle esos versitos mequetrefes que antes le recitaba y que ahora le parecían dignos de una fogata, sino una noche para por fin probar su sexo. </p>

<p>Durante los dos años y nueves meses en que estuvieron juntos, nunca hicieron el amor. Por inverosímil que parezca, él jamás la penetró. Nunca tiraron. Llegaron a estar varias veces desnudos en diferentes camas, toqueteándose, paleteándose duro y parejo, desplegando todo un repertorio de fricciones, escarceos y cabriolas, pero él jamás logró arrimarle el piano ni, mucho menos, baldearle el callejón. Esa era una deuda imperdonable, un estigma, una cruz que estaba condenado a cargar. </p>

<p>Cuando años después de la ruptura él cometió el error de comentar ese pecado entre sus amigos, sufrió el masivo escarnio de todos ellos. Siempre se burlaban de él, tachándolo de impotente. Martín se defendía airadamente, argumentando idioteces –según él muy científicas y documentadas– como que sí se podía tener relaciones sexuales sin vulnerar el himen de la mujer. “Ándate a la mierda, marica. Si no le has metido huevo, no te las has tirado, pues, así de simple”, razonaban sus amigos, sin espíritu intelectual.</p>

<p>Ni a Daniela ni a él les habían faltado ganas de explorar el sexo, pero ella era virgen, y Martín no supo cómo desvirgarla. No poseía entonces la vasta experiencia de ahora: una experiencia que se la debía a las más de veinte putas con las que se había echado innumerables polvos, y a las que había conocido precisamente durante los accidentados meses que siguieron a su rompimiento con Daniela. Era como si, al terminar con él, Daniela le hubiera dejado un mensaje secreto: anda, piérdete por ahí, aprende a tirar como un varón decente y después regresa.</p>

<p>A muy pocas cuadras de la casa de Daniela, con las dos manos firmes en el timón, Martín sintió que la noche del regreso había llegado.</p>

<p>–Oye…<br />
–¿Sí?<br />
–Quería decirte algo<br />
–Dime<br />
–No te vayas a enojar, es solo algo que se me ocurrió<br />
–¿Qué cosa?<br />
–No, mejor no…<br />
–Ay, ya, pues. ¡Dime!<br />
–Es que la hemos pasado tan lindo que…<br />
–Que ¿qué? ¡Habla! <br />
–Que quería saber si te provocaba que pasemos la noche juntos…<br />
 <br />
Martín cerró los ojos y apretó las muelas. Su frente y su nuca traspiraban un sudor frío. En cualquier momento vendría la cachetada, pensó, y bajó la velocidad para evitar que la segura samaqueada que el golpe de Daniela iría a producirle le hiciese perder el control del auto. Estaba a punto de exclamar sus más rendidas disculpas por haber siquiera pensado en hacerle tan descarada invitación cuando, asombrosamente, Daniela intervino con una frase que era una sinfonía:</p>

<p>–Sí. Sí me gustaría, dijo, y –achispada como estaba– lanzó un segundo eructo que Martín aspiró con amor.</p>

<p>Lo único que ella pidió fue guarecerse en el hostal más lejano posible. Al oír su petición, Martín pensó de inmediato en aquel hotelito miserable de dos estrellas que quedaba en La Victoria, donde una vez terminó revolcándose con una ramera barata que le hizo jalar una raya de coca. Luego consideró que ese no era lugar apropiado para llevar a Daniela, que después de todo era su ex novia y se merecía algo más decente, por muy cabrona que haya sido en el pasado.</p>

<p>Tras algunas negociaciones, acabaron metiéndose en <em>El Farolito</em>, un hostalito samborjino medio caleta, perfecto para la ocasión.</p>

<p>Entraron a las 3 de la mañana, salieron a las 5 y 20 y durante las más de dos horas que permanecieron allí se metieron el polvo más rico que pudieran haber imaginado. Daniela –que no tiraba hacía meses– se mostró muy ardiente, mientras que Martín, que felizmente funcionaba mejor con alcohol en la sangre, supo durar todos los asaltos que tan esperado combate requería. <br />
Cada vez que sentía que estaba por culminar, Martín pensaba en cosas desagradables: el entierro de su abuela, sus visitas al dentista, una película de terror. Solo así conseguía postergar la traicionera eyaculación. Pero una vez que Daniela alcanzó el orgasmo y se estremeció sobre él, Martín la puso boca abajo, se montó sobre ella como un perrito ansioso y la embistió con fuerza, con toda la fuerza que su antigua cólera le permitió. Una vez que acabó, los dos cayeron sobre la cama, tumbados de placer.</p>

<p>–¿Sabes? Es muy difícil que yo tenga orgasmos, le confesó Daniela.</p>

<p>Martín tomó esa frase como un halago, y mentalmente rezó para que Daniela no se calentara ni le pidiera reiniciar las acciones, pues él tenía la pinga muerta, hecha un títere sin vida, sin la más mínima capacidad de reacción.</p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/timon.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/timon.html','popup','width=250,height=209,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/timon-thumb-150x125.jpg" width="150" height="125" alt="timon.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Al día siguiente, sábado, Daniela lo llamó al celular. Martín sabía que sería una conversación larga, tensa, enojosa. Antes de eso, anticipándose a esa charla de la que no tenía escapatoria, intentó recordar lo que alguna vez le había contado su amigo Juan Pablo luego de vivir un episodio muy parecido.</p>

<p>Años atrás, antes de casarse, Juan Pablo viajó a Madrid por trabajo. Allá se encontró con Romina, una ex novia, que llevaba un par de años en España y tenía un novio madrileño. Al ver nuevamente a Juan Pablo, Romina –como muchas mujeres– recayó en una suerte de nostalgia sexual y se las ingenió para volver a acostarse con él, a despecho del novio madrileño que un poco borrico tenía que ser para no darse cuenta de que su chica lo estaba adornando con un peruano y en su propio país. </p>

<p>Romina y Juan Pablo se vieron solo una noche, pero tiraron dos veces. Fueron dos polvos memorables. “Estuviste fenomenal, tío”, le dijo Romina, con un acento español que Juan Pablo halló de lo más ridículo. Al día siguiente, con infinito remordimiento, Romina lo telefoneó para tratar de quitarse de encima algo del peso que le marchitaba la consciencia.</p>

<p>–Juanpa, te llamo por lo de anoche, me siento mal…<br />
–¿Anoche? ¿Qué pasó anoche?, respondió Juan Pablo, fingiendo no recordar nada <br />
–Anoche, que viniste a mi depa y…<br />
–Romina, anoche NO–PASÓ–NADA, dijo él, de lo más cómplice, tranquilizándola de inmediato. Romina captó la intención de esa oportuna amnesia y se sintió, efectivamente, en paz <br />
–Ay, Juanpa, eres un caballero. Gracias por eso</p>

<p>Martín recordó esa historia y supo que, si Daniela lo llamaba sintiéndose mal por lo acontecido la noche anterior, él actuaría del mismo modo, cómplice y caballero, para que ella no sufriera los estragos devastadores de la culpa. Negar lo ocurrido, creyó, sería una conveniente y elegante manera de decirle a Daniela que el secreto que compartían –igual que en el vals–  nadie lo iría a saber.</p>

<p>Cuando finalmente lo llamó, Daniela sonaba harto preocupada.</p>

<p>–Martín, no sé qué hacer. No he podido dormir. Pienso en lo de anoche y me pongo a temblar por miedo a que Ricky se entere<br />
–¿Lo de anoche? ¿Qué pasó anoche?, contestó Martín, remedando perfectamente a Juan Pablo y confiando ciegamente en que sus palabras –compinches y protectoras– le transmitirían a Daniela toda la confianza y el alivio que su corazón reclamaba.<br />
–Lo de anoche, pues, lo que pasó en el hostal al que fuimos…<br />
–Daniela, anoche NO–PASÓ–NADA</p>

<p>Martín sonrió al otro lado del teléfono, esperando que esa frase, dicha así, fuerte y despaciosamente, le procurara calma a la desorientada Daniela. </p>

<p>El efecto, lamentablemente, fue contrario</p>

<p>–¿Cómo que no pasó nada, imbécil? ¡Hemos estado juntos y ahora te haces el loco!, gritó Daniela, sintiéndose más sola en el mundo que nunca y rompiendo a llorar. </p>

<p>Martín no supo qué hacer. Intentó calmarla, intentó explicarle cuál era el sentido de sus palabras, e intentó hasta contarle rápidamente la historia de Juan Pablo y Romina en Madrid, pero fue inútil: Daniela le dijo que era un infeliz, un inmaduro pinga corta y que se arrepentía de haberse metido a la cama con él. Le tiró el teléfono y no lo llamó más.</p>

<p>Martín se quedó atontado, con algo de susto corriéndole por las venas. Un susto que, felizmente, no era superior a la satisfacción que sentía por haber extraído el clavo que tuvo alojado por años en lo más íntimo de su orgullo.</p>

<p>La siguiente noticia que tuvo de Daniela llegó tres meses después. Ahí se enteró de que estaba embarazada y entonces fue él quien la telefoneó, temiendo que el hijo fuera suyo.</p>

<p>Daniela le aseguró que el niño (que en realidad era niña) era sin ninguna duda de su marido. “Puedes estar tranquilo, Martín”, afirmó ella, sin sombra de calidez. </p>

<p>Sin embargo, la auténtica tranquilidad recién llegaría al alma de Martín un año más tarde, al ver unas fotos de la niña en Internet y comprobar que, en efecto, era muy parecida a Ricky: no tanto por las facciones, sino porque en la punta de la barbilla la bebe tenía un pequeño forúnculo, un granito peludo que algún día seguramente irían a extirparle. </big></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html','popup','width=394,height=100,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/09/conti-thumb-394x100-thumb-394x100.jpg" width="394" height="100" alt="Imagen Thumbnail para conti.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el parrillero gráfico de Robotv)]</strong></p>

<p><br />
[Este tema, recontra ochentas, es mi carta musical para este post. Miren bien al cantante, Robin Gibb, y díganme si no parece la versión ruinosa de Renato Rossini]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/D3k3y7dykx0&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/D3k3y7dykx0&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object><br />
 </p>

<p><br />
<big><strong>[GRAN AVISO PARROQUIAL: A lo largo de los últimos meses mucha gente me reprochó demoras supuestamente injustificadas en la actualización del blog. Reconozco las demoras, pero aquí tengo precisamente la justificación. Desde abril de este año el buen Robotv y yo hemos venido trabajando nuestro segundo proyecto editorial compartido (siempre con el auspicio del sello AGUILAR de Editorial Santillana). </p>

<p>Pues, bien, el proyecto --cuya concepción algunas buenas madrugadas nos ha tomado-- está listo para ustedes, lectores cariñosos y severos. Se trata de una antiagenda, LA ANTIAGENDA 2010. Si me preguntan qué es, me costaría definirla, pero digamos que es una agenda con textos y dibujos inéditos que se burlan de la gente que suele agendar su vida. Es una agenda, es un diario, es un libro de relatos, de pensamientos confusos y es también un cuaderno de ilustraciones. Todo al mismo tiempo. </p>

<p>De no mediar inconvenientes, LA ANTIAGENDA 2010 estará en librerías los últimos días de este mes. Se los aviso desde ahora para que descarten esas agendas feas y típicas que salen por montones y prefieran esta AGENDA humilde y rara que, la verdad, nos ha quedado muy bonita. Nos encantaría que tengan un ejemplar de esta EDICIÓN LIMITADA. Aquí les dejo la portada para que la vayan identificando. Ya nos veremos en noviembre para la presentación de rigor. Gracias a todos. En el siguiente post habrá nuevos alcances. Saludos noctámbulos. RC y Robotv]</strong></big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/La_antiagenda_2010.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/La_antiagenda_2010.html','popup','width=420,height=636,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/La_antiagenda_2010-thumb-420x636.jpg" width="420" height="636" alt="La_antiagenda_2010.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>]]>
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    <title>11. Un amigo en El Dragón</title>
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    <published>2009-10-06T06:42:25Z</published>
    <updated>2009-10-12T01:47:22Z</updated>

    <summary> [UNDÉCIMO CAPÍTULO DE LA NOVELA. SÍRVANSE Y EMPÁCHENSE] No mantener relaciones sexuales con Amanda debido al deterioro de su relación no quería decir, por cierto, que Jaime permaneciera genitalmente inactivo. En cada uno de esos viajecitos con la alta...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <category term="Tercera Temporada" scheme="http://www.sixapart.com/ns/types#category" />
    
    
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_011_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_011_blog.html','popup','width=800,height=535,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/nov_011_blog-thumb-420x280.jpg" width="420" height="280" alt="nov_011_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[UNDÉCIMO CAPÍTULO DE LA NOVELA. SÍRVANSE Y EMPÁCHENSE]</strong></p>

<p><br />
<big>No mantener relaciones sexuales con Amanda debido al deterioro de su relación no quería decir, por cierto, que Jaime permaneciera genitalmente inactivo. En cada uno de esos viajecitos con la alta gerencia de <em>Procter</em> –tanto en los internacionales como en los nacionales, tanto en Estados Unidos como en Trujillo–, después de las opíparas comilonas en los restaurantes más exclusivos, él participaba, con deleite y sin mayor culpa, en las comitivas de diversión rumbo a la casa de citas más afamada de la ciudad que los estuviese alojando. <br />
No se trataba de cualquier <em>puticlub</em> –como esos que visitaba Martín en sus épocas de soledad y destrucción– sino de secretas sucursales de agencias de modelos y vedettes que, como cachuelo, ejercían la prostitución de alto vuelo.</p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Allí siempre los esperaba una <em>madame</em> que –previamente contactada por un ujier– les tenía listo un selecto séquito de chicas dispuestas a complacer a los seis o siete exigentes señorones bien trajeados que solían integrar las delegaciones de recreo. Ellas, tan comedidas, les bailaban en un cuarto reservado, donde ellos colocaban billetes de veinte y cincuenta dólares debajo de las tiras de sus bikinis. Si alguno se animaba, podía retirarse con la señorita que más le gustara a una habitación privada. </p>

<p>Esas actividades de solaz esparcimiento eran parte rutinaria de la vida ejecutiva de primera categoría. Al principio, cuando su relación con Amanda caminaba bien, Jaime se limitaba a mirar y aplaudir, pero desde hacía unos meses, una vez que se instauró entre los dos ese altísimo muro de concreto silencio, se le daba por contratar –a nombre de la empresa, por supuesto, y bajo el generoso rubro de <em>gastos operativos</em>– los servicios sexuales de cualquiera de las famosas chicas que trabajan en esos centros. </p>

<p>A la mañana siguiente de cada incursión pipiléptica, Jaime y el resto de gerentes se encontraban en los baños turcos. Colocándose una toalla blanca a la manera de una minifalda, ingresaban a una cámara de vapor y se despanzurraban en las bancas de madera apostadas en cada una de las cuatro paredes. Allí, entre las nubes calientes y el profuso aroma a eucalipto, charlaban sobre la noche anterior y hacían mentirosos resúmenes de sus vidas. A veces hablaban todos, como en una desordenada terapia de grupo, y otras veces se separaban de a dos o tres para tratar temas específicos.   </p>

<p>Fue allí precisamente, en una charla con su jefe, Eduardo Riva Agüero, que Jaime tomó la decisión de irse de la casa. </p>

<p>Todas las especulaciones que se hizo Amanda eran incorrectas. Jaime no tenía ni idea de que ella lo engañaba, es más, si ella misma se lo hubiera confesado, él tal vez ni se lo hubiera creído. Su machismo era tan arrogante que –aún cuando la comunicación sexual con Amanda era casi nula– no consentía la posibilidad de que su esposa pudiera ponerle los cuernos. Habría pensado, más bien, que se trataba de una típica estratagema femenina para provocar su interés, para que ponga más cuidado en su alicaído matrimonio.  </p>

<p>En realidad, Jaime no quería irse de la casa –y por eso lloró al momento de anunciárselo a Amanda–, pero lo hizo para chantajearla de modo tácito. Ella no parecía estar dispuesta a acceder a sus planes, así que la única manera de persuadirla era golpeándola dónde más le dolía: su hijo. </p>

<p>Guiado por los desapasionados consejos de su jefe, Jaime entendió que su ausencia podía ser rentable, ya que provocaría seguros trastornos a Emilio, que era tan apegado a él. Sin su papá en casa, no sería raro que el niño dejara de sacarse las buenas notas que siempre se sacaba y que comenzara a comportarse como un antisocial e involucionara como un autista. Apenas empezara a notar esos cambios en Emilio, a Amanda no le quedaría más remedio que asumir su destino y pedirle a su esposo que regrese. <br />
Era una idea cruel, maquiavélica incluso, pero Jaime pensaba que el costo de esa movida sería, a la larga, muchísimo menor que el beneficio que iba a obtener. Emilio tendría un hermanito, todos se irían fuera del país, reconstruirían la familia poco a poco y olvidarían esta forzosa ruptura temporal.    </p>

<p>El solo hecho de concebir semejante ardid podría llevar a cualquiera a concluir que Jaime nunca estuvo realmente enamorado de Amanda. Pero eso es falso. Al inicio claro que lo estaba, y mucho. Después ya no. Una vez que empezó a ascender en la empresa, a ganar más dinero del que estaba preparado para administrar, su egoísmo devoró sus pálidos sentimientos. Como estilaban hacer los demás altos gerentes del país, él también quería tener una familia más numerosa y largarse unos años del Perú para luego volver convertido en multimillonario y mostrarles a todos lo mucho que había progresado en la vida. Estaba obsesionado con encajar en ese prototipo. Para conseguirlo, primero debía lograr que Amanda accediera a darle un segundo hijo, y si era varón, mucho mejor (los hombres –ya lo decía su padre, don Ramiro Tudela– son los únicos que hacen que el mundo funcione). </p>

<p>Fue calculando todos esos efectos que aquella noche Jaime le avisó a Amanda que se iría. Se echó a llorar con sinceridad y, con un nudo en la garganta, le dijo que se sentía atado de manos, que se había dado cuenta de que no la estaba haciendo feliz y que lamentaba tener un proyecto familiar tan alejado del suyo. Estar fuera un tiempo podría ayudarlos a aclarar sus pensamientos, le dijo. “Piensa bien lo que quieres, Amanda. Por lo menos ya sabes lo que yo quiero para nosotros. Me voy una semana, dos, no sé, lo que sea necesario. Llámame cuando tomes una decisión”, dijo.    </p>

<p>Amanda no tenía ninguna decisión que tomar. En ese instante, con todas las palabras de Jaime dándole vueltas, no atinó ni a moverse. Estaba triste y algo feliz. Triste, por el melodrama mismo de la ruptura, porque sabía lo mucho que Emilio efectivamente sufriría cuando no viera a su papá, y porque no podía dejar de sucumbir a la inevitable sensación de fracaso que se tendía sobre ella. Pero también estaba feliz, porque ahora tendría el campo abierto para estar con Gabriel y porque por fin quedaría liberada de la soberbia y la indiferencia que habían poseído a Jaime durante los últimos años, cambiando su personalidad por completo. También ella había aprendido a ser egoísta en ese tiempo y a buscar la felicidad a su manera, aunque eso significara poner en riesgo lo que hasta ese momento había construido. </p>

<p>–¿Pero a dónde te vas a ir?, le consultó Amanda, secándose las lágrimas con las manos<br />
–No sé, a un hotel tal vez, contestó Jaime, para hacer más dramática la figura de su distanciamiento</p>

<p>Jaime pensaba que a Amanda se le estaba encogiendo el corazón al verlo así, pero la verdad era otra: ella brincaba mentalmente por estar separándose sin haber tenido que confesar ninguno de sus sentimientos hacia Gabriel. Más adelante lo tendría que hacer, seguramente, pero lo importante ahora era que ella no estaba provocando la separación, sino el propio Jaime. Era él quien se iba. Lo que Amanda más había temido era tener que enfrentar a su esposo y decirle que estaba enamorada de otro hombre y quedarse con el pecho apuñalado por la triple culpa que esa confesión le generaría: la culpa de haber roto un matrimonio, la culpa de verlo llorar y la culpa de sentirse, finalmente, una mala mujer, o cuando menos una mujer sin escrúpulos. Hubiera sido un peso insoportable.  </p>

<p>Dentro de todo, Amanda era una mujer sentimental y si –ante un eventual desenmascaramiento suyo– Jaime le suplicaba y le pedía que le diera otra oportunidad, ella no sabía si podría decirle que no y continuar con su vida como si nada. La pena y la lástima, intuía, eran poderosas y podían doblegarla. </p>

<p>Pero ahora era diferente: era Jaime quien tiraba la primera piedra y, si bien el escenario la conmovía y la hacía lloriquear, su conciencia estaba a salvo, tranquila. </p>

<p>Por eso al oír la gran primicia de Jaime, Amanda reprimió una sonrisa de alivio. Lo hizo por respeto. Estaba apesadumbrada por la decisión de su esposo, pero no podía mentirse: dentro de ella se erigía una esperanza. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/edificios_deta.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/edificios_deta.html','popup','width=420,height=235,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/edificios_deta-thumb-150x83.jpg" width="150" height="83" alt="edificios_deta.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>La mañana siguiente fue muy pesada, muy dura. Jaime, que había dormido voluntariamente en el sofá-cama de la sala, se levantó temprano, hizo una maleta y se fue a despedir de Emilio. Por mucho que hubiera un interés detrás de su partida, por mucho que fuera una treta, una jugada táctica, Jaime se quebró al ver la cara extrañada de su hijo, que le preguntaba si su alejamiento significaba que ya no irían a <em>Disney</em> en diciembre. “¿Me he portado mal, papito?”, preguntó el niño, con la voz aflautada y los ojos llorosos. <br />
 <br />
–No hijo, claro que vamos a ir. Me voy un tiempo para trabajar, pero voy a volver, respondió Jaime sin aplomo, soltando un par de lagrimones y volteando a mirar de reojo a Amanda, como diciéndole, mira, mierda, todo lo que provocas por no querer tener otro hijo y largarnos de este país de porquería. </p>

<p>Cuando Jaime cerró la puerta, Emilio se metió a la cama de su mamá y, en medio de gimoteos, le dijo que no quería ir al colegio. Amanda, sollozando, lo tranquilizó, diciéndole que no se preocupara, que se quedara en la casa nomás, y que estuviera calmado, porque su papá volvería pronto. </p>

<p>“¿Va a venir para mi santo?”, preguntó Emilio, que había estado contando los días para su cumpleaños número cinco. “Claro que sí, Emilio. Él y yo vamos a estar contigo, ese día y siempre”, lo consoló ella. Al rato, el niño se quedó dormido; ella en cambio no pudo dormir más.  </p>

<p>Una hora más tarde, harta de pasear por el departamento mordiéndose las uñas y llevando a cuestas unas profundas ojeras negras producto del llanto acumulado y la mala noche, Amanda decidió llamar a Gabriel. Tenía que contarle y hacerle saber lo triste pero también lo desahogada que estaba con todo lo sucedido. </p>

<p>Ese día Gabriel andaba atareadísimo: los Fabulosos Cadillacs llegaban a Lima en solo dos semanas y faltaba definir unos detalles con urgencia para la campaña de publicidad y <em>merchandising</em> del concierto. Esa responsabilidad escapaba, y no poco, de sus labores meramente creativas, pero era una chamba que Ernesto, su jefe, le había confiado y él no quería defraudarlo, entre otras cosas, porque la empresa que traía a los Cadillacs podía convertirse en un cliente importantísimo de ahí en adelante si quedaba complacida con su trabajo.</p>

<p>La llamada de Amanda lo encontró en medio de una reunión privada en la agencia. Estuvo a punto de no contestar, pero al notar que era ella se disculpó con los tres ejecutivos que lo acompañaban para poder atenderla. “Denme un segundo nada más”, anunció, retirándose un par de metros. </p>

<p>–Aló, Amanda. ¿Cómo estás, reina? ¿Qué pasa? Estoy en medio de una reunión clave<br />
–Jaime se fue de la casa…</p>

<p>El anuncio –frío, seco, soltado sin anestesia– hizo que Gabriel se olvidara de dónde estaba y emitiera un gruñido cargado de estupor.</p>

<p>–¿Quéeeeee?  </p>

<p>Los ejecutivos voltearon a verlo, sobresaltados. Luego se miraron entre sí. </p>

<p>–¿Pero por qué? ¿Qué pasó? ¿Qué le dijiste?, dijo Gabriel, ametrallando a Amanda con esas preguntas<br />
–Ahora no puedo hablarte, amor, después te cuento, le dijo ella. Luego cortó súbitamente: el pequeño Emilio se acababa de despertar y no quería desatenderlo ni un segundo. </p>

<p>Gabriel volvió a la reunión. O mejor dicho, su cuerpo volvió, porque su cabeza ya no podía concentrarse más en las cosas que allí se discutían. Se quedó en la oficina como si fuese un maniquí. Cuando le preguntaban si estaba de acuerdo con la propuesta que alguien acababa de hacer, él salía como de un sueño pasajero y respondía: “sí, sí, está bien, que se haga de esa manera”. Las dos primeras veces, los ejecutivos se fiaron de su reacción medio atontada, pero cuando uno de ellos manifestó su curiosidad por saber dónde quedaba el baño de la agencia y él contestó: “sí, ya, estoy de acuerdo”, todos protestaron. La reunión se puso tensa y, tras una breve discusión, fue postergada. “Si tienes problemas personales, Gabriel, consíguenos a otro representante de la agencia y listo. O si quieres, hablamos con Ernesto para que él te busque un reemplazo”, dijo uno de los empresarios, de pie, mientras juntaba sus papeles. Gabriel se deshizo en disculpas, les aseguró que todo funcionaría bien y prometió que en la siguiente cita concluirían con todas las coordinaciones que faltaban. </p>

<p>Apenas se retiraron los ejecutivos, Gabriel reventó el celular de Amanda, que por supuesto lo había puesto en silencio porque necesitaba estar sola, tranquila, con Emilio, el único hombre de su vida que en ese momento le importaba más que ningún otro. </p>

<p>La llamó cerca de diez veces, con nerviosa testarudez. Sabía que ella no le contestaría, pero él, idiota, terco, seguía apretando el botón verde de su celular, topándose a cada rato con la desangelada voz femenina de la grabadora, que le decía que <em>si deseaba podía dejar su mensaje en la casilla de voz</em>. ¿Quién sería la mujer que prestaba sus cuerdas vocales a la red de telefonía móvil? ¿Cuánto le habrían pagado por recitar esa línea que nadie quería escuchar? ¿Dónde viviría? ¿Estaría feliz o tristemente casada? ¿Pondría la misma voz sosa y desabrida al momento de hacer el amor? ¿Haría el amor? Gabriel estaba tan ansioso y contrariado que empezó a perderse en esa clase de desvaríos. </p>

<p>Esa tarde, ni siquiera almorzó. Con las justas y se embutió un chocolate mientras se derrumbaba de estrés delante de su computadora, sin hacer nada más que mirar su celular, esperando que sonara. </p>

<p>De repente el aparato timbró. Gabriel contestó de inmediato. </p>

<p>–¿Aló, Amanda?       </p>

<p>Una voz decepcionada se oyó del otro lado </p>

<p>–Hola. No. Soy María Pía. Creo que no esperabas que fuese yo… <br />
–Sorry, María Pía. Te llamó después ¿sí? Chau.</p>

<p>María Pía ya sabía de memoria lo que eran esos cortes sin elegancia. Gabriel le había hecho lo mismo unas cuatro veces, con distintos pretextos. Esta vez, sin embargo, la choteada le ardió más porque escuchó el nombre de Amanda, que era algo así como su enemiga no oficial, la villana de la telenovela que transcurría en su cabeza, donde por supuesto ella era la muchacha buena de la historia. Apenas Gabriel le colgó, lanzó un “ajjj” cargado de bronca y piconería y arrojó el teléfono contra el suelo. Había pensado en sorprender a Gabriel invitándolo a almorzar, pero ahora se daba cuenta de lo mala que había sido su idea.  </p>

<p>Gabriel no quiso salir de la agencia durante toda la tarde. El temor de que Jaime, enterado ya de la infidelidad de Amanda, le mandara un matón o tomara alguna represalia contra él, lo paralizaba. Nunca en su vida se había liado a golpes con nadie, por lo tanto no sabía bien si esa sensación que le recorría el espinazo era cobardía por los puñetes que podían estrellarse contra su nariz, o miedo por la reacción, violenta y nueva, de la que sería presa si alguien lo provocaba. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/disney_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/disney_blog.html','popup','width=250,height=256,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/disney_blog-thumb-150x153.jpg" width="150" height="153" alt="disney_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Recién a las diez de la noche, Amanda lo llamó para contarle todo. Lo primeo que Gabriel le dijo es que no recordaba haber estado así de angustiado nunca antes (y le mintió, porque la palta que tuvo años atrás cuando a Natalia no le vino la regla por dos semanas y medio competía y hasta superaba su palta actual). </p>

<p>–¿Qué te dijo? ¿Por qué se fue?<br />
–Dijo que se sentía mal viéndome infeliz, y que prefería interrumpir nuestra convivencia hasta que yo supiera qué hacer…<br />
–¿Le contaste algo? <br />
–No, no sé, no me pareció un buen momento. <br />
–Te entiendo…<br />
–Lo más difícil es que me ha pedido que tome una decisión, y yo ya sé qué quiero, quiero separarme. Pero, por otro lado, ver a Emilio triste me descose el corazón. No quiero que me eche la culpa después… <br />
–Te está chantajeando, ¿te das cuenta? <br />
–Sí, al irse me pone contra la pared, como forzándome a hacer las cosas a su manera…</p>

<p>Amanda se puso a llorar de la nada</p>

<p>–Te prohíbo llorar, Di Lorenzi, me duele escucharte así<br />
–Sorry, amor, pero es que no puedo con todo esto. Es demasiado. Lloro de rabia, porque mi matrimonio se fue al diablo, porque te encontré tarde, porque soy una mala madre, porque siento que fui una cobarde al dejar que Jaime se fuera sin decirle nada de lo nuestro. Por lo menos se merece que se lo diga…</p>

<p>Gabriel pensaba exactamente lo contrario, pero no opinó. Lo que menos quería él era que Jaime se enterara de que había un fulano por ahí que se montaba a su esposa desde hacía dos meses. Porque si llegaba a haber un careo, una disputa, un enfrentamiento, por más que Gabriel le contara a Jaime la encantadora historia del colegio, del reencuentro en <em>Huaringas</em> y le dijera lo mucho que él adoraba a Amanda desde los 15 años, por más que desempolvara esa tierna perorata, a Jaime –como a cualquier hombre traicionado– solo le importaría una cosa puntual: que él tiraba con su esposa. Lo demás le valdría un carajo. Él tiraba con su mujer y merecía morir por cabrón, por polizón, por andar metiendo la poronga en un hueco ajeno. Que él ya no follara con Amanda, no quería decir que otro podía venir a remover el pasado con el pendenciero truco del te acuerdas cuando tú y yo, y luego meterse en su cama tan campante. Esa osadía debía ser castigada de manera ejemplar.  </p>

<p>–Lo único bueno de todo esto, Gabo, es que ahora podremos vernos con algo más de libertad, dijo Amanda, recuperando algo de sosiego <br />
–¿Y si te abre un juicio por adulterio? ¿Te acuerdas que eso te preocupaba?<br />
–Sí, pero ya no me importa. Estoy cansada. Ya veré cómo hago. Yo solo quiero estar con Emilio y contigo, amor…<br />
–Sí, Amanda, yo también, yo también</p>

<p><br />
<strong>(…)</strong></p>

<p><br />
Gabriel salió de la agencia esa noche y manejó con rumbo a Barranco. Quería tomar algo. Quería despejarse. Con la presión del trabajo y con lo de Amanda, sus neuronas tenían suficiente. Era miércoles. <em>El Dragón</em>, en la Avenida Nicolás de Piérola, se ponía muy bien ese día. </p>

<p>Mientras manejaba, Gabriel pensó en telefonear a Martín para que lo acompañara. Él era el único que sabía su historia completa y este era un buen momento para conversar y obtener un consejo de su parte. Sin embargo, desde los días posteriores al matrimonio de Juan Pablo, Martín se había mostrado algo distante. Con lo astuto que era, quizás ya se había dado cuenta de que entre Gabriel y María Pía pasaba algo. Quizás la propia María Pía se lo había dicho, para enfrentarlos. Quizás estaba decepcionado de su amigo y prefería evitarlo porque acabaría pegándole una trompada. O quizás solo estaba perdido, como tantas otras veces.  </p>

<p>Cuando al fin decidió telefonearlo, Martín no contestó. Gabriel se topó otra vez con la mujer de la grabadora, y dejó un mensaje:</p>

<p>–Maricón, llámame, no sé nada de ti hace días, un abrazo… </p>

<p>Se sintió un traidor, un rastrero, dejándole un abrazo telefónico a Martín, después de haberle ocultado que tiraba cuando le daba la gana con María Pía, la chica que le gustó primero a él. El mal sabor de su mensaje hipócrita, sin embargo, se diluyó apenas llegó a la playa de estacionamiento. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/dragon_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/dragon_blog.html','popup','width=420,height=262,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/dragon_blog-thumb-150x93.jpg" width="150" height="93" alt="dragon_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<em>El Dragón</em> era uno de los pocos lugares a los que Gabriel le gustaba ir solo. Podía sentarse en la barra, tomarse una cerveza y distraerse con la gente, con la música, y sobre todo con la chica de tetas grandes que atendía allí. Desde que volvió de Buenos Aires había ido tres o cuatro veces y siempre se encontraba con ella. No tenía una cara agraciada y sus piernas eran un poco flacuchentas, pero sus tetas eran de infarto: enormes, redondas, paradas y bien envueltas en unos politos pegados que las hacían verse más abultadas y exuberantes de lo que ya eran. Cada vez que la mesera tetona se le acercaba, Gabriel hundía los ojos en sus pechos y, mientras le preguntaba cómo estaba y le pedía una jarra de cerveza al polo, soñaba con algún día palpar esas ubres, chupetearlas y morderlas. Era, sin duda, el sueño compartido por todos los hombres que iban a <em>El Dragón</em> y que quedaban maravillados y arrechos ante el espectáculo de esas tetas portentosas que parecían tener vida propia y que sacaban la cara por esa muchachita de facciones más bien toscas. </p>

<p>Eran las 10:45 p.m. cuando Gabriel llegó. El local ya estaba un poco lleno. La música electrónica retumbaba. En el escenario la DJ Maysa Lozano hacía bailar al público con sus melodiosas mezclas de <em>tecno–house</em>. Muchos iban los miércoles solo por ir, porque había gente más pituca y más bonita que otros días, y porque quedaba muy bien decir el jueves por la mañana “ayer estuve en El Dragón”. Esa era gente que en muchos casos detestaba la música electrónica, pero amaba la vida social y por eso se bancaba tres horas de ruidos delirantes, fingiendo divertirse.   </p>

<p>Gabriel se sentó en un banco y se atrincheró a un costado de la barra, pegado a la pista de baile. Era su lugar preferido, porque desde allí podía tener una buena vista de los dos ambientes del local: veía a las mujeres que bailaban solas, a las parejas besándose contra las columnas, y a los demás inquietos círculos de chicos y chicas, todos a la caza de alguna aventura. Por manía profesional, Gabriel disfrutaba analizando el comportamiento de los demás. Después de todo, gran parte de su trabajo publicitario consistía en eso, en ver y medir las reacciones de la gente cuando socializaba. </p>

<p>Notó, por ejemplo, cómo un chico abordaba a una gringa que no le prestaba la menor atención. El muchacho, que tenía pinta de estar un poco pasado de vueltas, porfiaba diciéndole vaya uno a saber qué cosas al oído, pero la rubia bailaba con los ojos cerrados, como en un éxtasis introspectivo, sin siquiera inmutarse ante la presencia de ese moscardón humano que le zumbaba en la oreja. Notó también cómo algunos de los chicos menos apuestos se juntaban en grupos pero casi ni hablaban entre ellos. A la distancia era evidente que ellos preferían estar en compañía de alguna mujer, pero se desplazaban así, en manada, porque era su único recurso de subsistencia. </p>

<p>El local entonces ya estaba repleto. La gente enloquecida vibraba con la DJ. La noche prometía durar mucho. </p>

<p>Gabriel estaba por destapar su segunda cerveza cuando se acordó de Amanda, a quien infructuosamente había tratado de mantener alejada de sus pensamientos por un rato. Era inevitable pensar en ella. Ni la música electrónica podía llevársela de su cabeza. Comenzó a preguntarse a sí mismo cómo se sentía con todo lo que acababa de suceder: la salida de Jaime del departamento, y la invitación que le había hecho Amanda para, prácticamente, abandonar las sombras y pasar a la luz: dejar de ser amantes y convertirse en enamorados visibles, comunes y corrientes. “Ahora podremos vernos con algo más de libertad”, le había dicho.</p>

<p>Estaba en esas, tomando un sorbo del pico la botella, cuando vio entrar por la puerta a un viejo amigo. Un amigo del colegio. Hacía bastante tiempo que no sabía nada de él, pero lo reconoció de inmediato porque estaba igualito. Haciendo memoria recordó que la última vez que lo había visto fue antes de irse a Argentina, en una reunión de ex alumnos. Casi ocho años habían pasado desde entonces. En esa época, Gabriel acababa de graduarse del IPP y estaba por viajar a Buenos Aires, y este amigo –que ahora se abría paso entre la multitud de <em>El Dragón</em>, con dirección a la misma barra en la que él estaba–  acababa de terminar Periodismo en la Universidad de Lima y había iniciado sus prácticas en <em>El Comercio</em>. Recordaba ese último detalle con precisión porque, poco antes de ese almuerzo de ex alumnos, leyó una columna suya en <em>El Dominical</em> sobre <em>El Túnel</em> de Ernesto Sábato que le había gustado mucho.        </p>

<p>Cuando lo tuvo al costado, no dudo en pasarle la voz: </p>

<p>–¡Renato!, le gritó</p>

<p>El amigo –un sujeto bajetón, con barba rala y un lunar en el cachete izquierdo– volteó de inmediato y, tras unos segundos de duda, lo reconoció.</big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html','popup','width=394,height=100,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/09/conti-thumb-394x100-thumb-394x100.jpg" width="394" height="100" alt="Imagen Thumbnail para conti.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[ILUSTRACIONES: Alfonso Vargas Saitua (el nuevaolero Robotv)]</strong></p>

<p><br />
[Para seguir con el <em>rush</em> ochentero, este tema de Sheena Easton (China Inston), muy apropiado para esta parte de la historia, llena de llamadas telefónicas]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/Eg_RQSyYarE&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/Eg_RQSyYarE&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Este es el viejo artículo de <em>El Dominical</em> que Gabriel recordaba haber leído y que fue escrito por ese amigo al que se reencontró en <em>El Dragón</em> después de ocho años. Háganle click para verlo mejor. La aviesa cara de marica del autor es imperdonable]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/El-domincal_C%C3%A1ndido-lector.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/El-domincal_C%C3%A1ndido-lector.html','popup','width=550,height=1272,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/El-domincal_Cándido-lector-thumb-420x971.jpg" width="420" height="971" alt="El-domincal_Cándido-lector.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Muchas gracias a la gente de la Feria del Libro de Arequipa. A Fredy Tito y a Gino Bernabé. La pasé realmente bien y quedé sumamente sorprendido con la cantidad de gente que fue a la presentación de Busco Novia. Gracias por eso. Aquí les dejo unas fotos de la conversa sobre blogs con Marco Sifuentes. A propósito, le mando un abrazo a él y lamento la desactivación temporal de su buen <a href="http://utero.pe/" target=blank>Útero de Marita</a>]</strong> </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/diptico_blogosfera.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/diptico_blogosfera.html','popup','width=750,height=264,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/diptico_blogosfera-thumb-420x147.jpg" width="420" height="147" alt="diptico_blogosfera.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 3: Hoy martes, a las 6:30 p.m. en el Congreso de la República le entregarán la Medalla de Honor a mi tío Luis Jaime Cisneros. Si algún lector de este blog lo conoce, fue alumno suyo o simplemente le gustaría acompañarlo, será bienvenido. Aquí va la invitación y una foto en la que salgo con él el día que cumplí 20 años. O sea, hace 13. Joder]</strong>  </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/invitacion.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/invitacion.html','popup','width=566,height=503,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/invitacion-thumb-420x373.jpg" width="420" height="373" alt="invitacion.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/foto_tio.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/foto_tio.html','popup','width=450,height=321,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/foto_tio-thumb-420x299.jpg" width="420" height="299" alt="foto_tio.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 4: Por último, les dejo este entremés del Argentina-Perú de este sábado. Salió hace unos días en DT, pero creo que tiene vigencia. Por otro lado, hoy sale en la Contra de El Comercio una crónica sobre las líneas de Emergencia 105 y 116. Lo único malo fue que me cambiaron el titular original (Teléfono Malogrado) por uno recontra huachafo y de mal gusto. Espero sus rajes. Saludos]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/columna_dt.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/columna_dt.html','popup','width=1137,height=651,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/columna_dt-thumb-420x240.jpg" width="420" height="240" alt="columna_dt.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 5: Son las 10 de la noche del viernes 9. Estoy en la radio (Capital FM) y comparto con ustedes la página que saldrá mañana en la Contra de El Comercio. Espero que les guste. Ojalá puedan ayudar a Frank. Saludos]</strong></p>

<p></big><a href="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/frank_camarena2.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/frank_camarena2.html','popup','width=981,height=1746,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.pe/busconovia/frank_camarena2-thumb-420x747.jpg" width="420" height="747" alt="frank_camarena2.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>]]>
    </content>
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    <title>10. Una ensalada en la cabeza</title>
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    <published>2009-09-25T06:34:44Z</published>
    <updated>2009-10-05T01:51:18Z</updated>

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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/novi_010_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/novi_010_blog.html','popup','width=850,height=607,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/novi_010_blog-thumb-420x299.jpg" width="420" height="299" alt="novi_010_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[AQUÍ LA DÉCIMA ENTREGA DE ESTA TEDIOSA NOVELA DIGITAL, DEDICADA A TODOS LOS LECTORES MASOQUISTAS]</strong></p>

<p><br />
<big>Pasó más de una semana desde el desayuno en el <em>Gianfranco</em>. Amanda y Gabriel retomaron sus asiduas conversaciones por chat como un modo de amainar la pesadumbre de no verse. A veces también hablaban por teléfono, cuidándose –sobre todo ella– de que nadie los escuchara diciéndose esas cosas sucias y bonitas que se cuchichean los enamorados. <br />
 <br />
Amanda trataba de cumplir su rutina con normalidad, pero se le notaba intranquila. Por esos días su relación con Jaime se empozó en una extraña alianza de silencios. Él le dirigía la palabra solo para decirle buenos días o buenas noches. Ella abría la boca solo para responderle esos saludos. Salvo excepciones domésticas muy puntuales, no intercambiaban otras frases. </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>En el fondo, ninguno de los dos se atrevía a iniciar la conversación definitiva que los estaba esperando a la vuelta de la esquina. Jaime quería insistir con su proyecto de ampliar la familia y de irse a vivir fuera, pero dudaba en proponerlo, dado el poco entusiasmo que Amanda mostró la última vez que hablaron al respecto. Ella, por su parte, quería separarse, lo tenía claro, pero algo frenaba su determinación. Como ocurre con esas parejas que saben que su hora ha llegado pero se niegan a aceptarlo, en ellos la mudez era solo un truco distractivo para aplazar el momento de la ruptura.  <br />
 <br />
El más extrañado era Emilio, que notaba claramente que el ambiente de la casa estaba infestado por nubes de tensión y hostilidad, aunque por entonces no tuviera la menor idea de lo que significaban exactamente palabras como <em>infestado</em>, <em>tensión</em> u <em>hostilidad</em>. <br />
 <br />
Aprovechando un viaje corto de Jaime a Trujillo, Amanda y Gabriel decidieron encontrarse la noche de un sábado en un restaurancito italiano más o menos caleta de La Molina, por <em>Molicentro</em>. Ella llegó en taxi. Él la esperaba adentro, en una mesa esquinada.<br />
 <br />
Permanecieron allí cerca de tres horas. Comieron panes al ajo, picaron un <em>Carpaccio</em>, compartieron una pizza napolitana, bebieron casi dos garrafas de vino tinto. Platicaron sin pausa y más de una vez se atracaron de risas. Por muchos tormentos que los cercaran, no había forma de que juntos la pasaran mal. Una vez que comenzaban a darse cuerda mutuamente, los dos se convertían en una sola imparable máquina disparadora de chistes, anécdotas, abrazos, frasecitas dulces y calientes en voz baja. Esa era su manera de quererse, de fortalecer el invisible cerco magnético que los protegía del exterior. <br />
 <br />
Al terminar, subieron al auto y comenzaron a besarse. Gabriel arrancó el motor y, sin anunciar el paradero, comenzó a manejar con rumbo a su departamento. Amanda se dio rápida cuenta de sus intenciones, cogió su mano, y la apretó un poco en señal de aprobación. “¿Y Emilio?”, preguntó él. “Se quedó con mi mamá. Hace tiempo que me había pedido que se lo lleve, así que aproveché hoy para dejárselo”, explicó Amanda. En la primera luz  roja, se fundieron en un nuevo beso. El bocinazo del auto de atrás los interrumpió, obligándolos a reanudar la marcha.  <br />
 <br />
Fue una noche pródiga, cálida e intensa: hicieron el amor dos veces, conversaron muchísimo sobre cómo la vida los había venido tratando, vieron una película comenzada en <em>TNT</em>, y se quedaron entrelazados en la cama hasta que dieron las cinco y media. <br />
 <br />
Antes de eso –durante la serena tregua que separa un polvo del otro–  Amanda se sinceró brutalmente con Gabriel. Le dijo que le costaba imaginarse el futuro sin él, que cada día se sentía más segura, y que ya no temía las consecuencias de sus actos. Si no había hablado todavía con Jaime, era únicamente porque no había encontrado un momento adecuado. “Pero no te preocupes, amor, esa conversación no va a pasar de esta semana”, prometió Amanda, como si Gabriel le estuviera demandando premura en aquel enojoso trámite marital. <br />
 <br />
Al revés de ella, Gabriel fue menos enfático al momento de hablarle de lo que sentía. Le repitió, sí, que también la quería, pero lo hizo sin la suave convicción de otras noches. Amanda no se dio cuenta, pero era más o menos evidente que Gabriel estaba ocultándole algo. <br />
 <br />
Su mutismo era, en realidad, una manifestación de la culpa. La noche anterior, en esa misma cama, Gabriel había estado con María Pía. <br />
 <br />
Por eso ahora, mientras apreciaba la ternura en las confesiones de Amanda, se sentía traicionado por el remordimiento. Ya no solo se trataba de haberle dado a otra muchacha un beso retozón, cuya ocurrencia al fin y al cabo podía achacarse a la tremebunda borrachera de una noche. No. Este no era un desliz: era un incidente más osado y, por lo mismo, más difícil de cargar sobre los tembleques hombros de la conciencia. </p>

<p>¿Cómo pudo suceder? Pues como sucede la mayoría de aventuras ilegales: sin planearlas mucho, como resultado de una cadena de hechos azarosos y violentos. <br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/cama_folleteo.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/cama_folleteo.html','popup','width=145,height=190,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/cama_folleteo-thumb-145x190.jpg" width="145" height="190" alt="cama_folleteo.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>El día anterior, viernes, María Pía se apareció en la agencia de publicidad donde Gabriel trabajaba, justo cuando moría la tarde y la gente comenzaba a irse a sus casas. Al verla en el <em>hall</em> de entrada, Gabriel se sorprendió. La saludó con reservas, pero luego se dio cuenta de que no tenía razones para actuar con descortesía y la invitó a pasar a su oficina. María Pía se había preocupado por acudir especialmente arreglada, y en el camino atrajo las miradas de casi todos los varones con que se cruzó. “Estás alborotando el gallinero”, le dijo Gabriel, riéndose, mientras avanzaba a su lado. “Solo hay un gallo que me interesa”, le especificó ella, clavándole una mirada que ponía claramente sobre la mesa todas las cartas que había ido a jugar. A Gabriel la sonrisita idiota se le esfumó en el acto.  <br />
 <br />
Una vez en la oficina, Gabriel dejó que ella se pusiera cómoda, que encendiera un cigarro y que le describiera el monótono paisaje de su vida intrascendente: el trabajo repetitivo de la fábrica, la aburrida soledad de su casa, las ansias por irse del Perú ya–ya. <br />
 <br />
Conversaron cerca de una hora. Durante ese lapso no mencionaron el único antecedente que compartían: el beso que se dieron después de la fiesta de Juan Pablo. Ni siquiera hicieron referencia alguna a la última llamada que ella le había hecho y que él abortó fingiendo conversar “con un patín de la agencia”. Simplemente charlaron sobre cómo estaban, alternando sus comentarios con las primeras ideas que les cruzaba la mente. <br />
 <br />
Al final, cansado de irse por la tangente, Gabriel sacó los trapitos al aire. <br />
 <br />
 –Bueno, supongo que no has venido hasta aquí para hablar de nuestras banalidades ¿no?, inquirió él, con risueña curiosidad<br />
–Vine a verte…<br />
–Te lo agradezco. Pero, no sé, hay algo en lo que pueda ayudarte…<br />
–No quiero que me ayudes en nada. Solo quería verte, hablar un poco<br />
–Me parece mostro. En serio. Un poco raro, pero mostro…<br />
–Aunque quizá sí tenga una pregunta que hacerte<br />
–Ya decía yo. ¿Cuál es? Dime<br />
–¿Por qué fingiste el otro día cuando hablamos por teléfono? Me hablabas como si fuera un chico de tu oficina, me cortaste, y encima no devolviste la llamada, tal como prometiste… <br />
–¡Verdad! Sorry por eso, María Pía, discúlpame, te juro que se me olvidó<br />
–No importa que se te haya olvidado, pero por qué fingiste…<br />
–No sé, me sentí incómodo. Estaba desayunando con Amanda, la chica con la que salgo…<br />
–¿Con la que <em>sales</em> o con la que <em>estás</em>? <br />
–Bueno, sí, no te voy a mentir, estoy, estoy con ella… <br />
–¿Pero está casada no? <br />
–¿Quién te ha dicho eso? <br />
–Ay, Gabriel, en Lima una se entera de todo cuando quiere…<br />
–¿Fue Martín no? Ese huevón es un imprudente de mierda <br />
–Pero por qué te enojas. Yo no se lo voy a decir a nadie…<br />
–Eso espero<br />
–Eres un vivo, oye. ¿Te has dado cuenta de que hasta ahora no me contestas? ¿Por qué simulaste por teléfono que hablabas con un chico? <br />
–No sé, me puse un poco nervioso, supongo…<br />
–Ja, ja. Eso podría tomarlo como un halago: ¿acaso te pongo nervioso?  <br />
–Quiero decir que me puso nervioso la situación, me muñequeé un poco. <br />
–Intuyo que no le has dicho a Amanda nada de lo que pasó conmigo<br />
–No, no se lo he dicho…<br />
–Mejor así. Hay cosas que es mejor no decir. La verdad está sobreestimada: a veces es innecesaria y solo ocasiona problemas<br />
–Tampoco es que haya pasado tanto, María Pía. Solo nos dimos un beso. O sea, me gustó, pero, vamos, es una tontera…<br />
–No lo digo por lo que pasó, sino por lo que podría pasar <br />
–¿A qué te refieres?<br />
–No sé, uno nunca sabe…<br />
–Ja, ja. No pongas esa carita de inocente. Esa frase es una falacia: una mujer siempre sabe lo que puede pasar<br />
–¿Y a ti qué te gustaría que pase?<br />
–Eres preciosa, María Pía. Sería un mentiroso –o un cabrón– si te digo que no me vacilaría tener algo contigo. Pero estoy con otra persona. No me gustaría cagarla…  <br />
–Si eres un poco discreto, no tiene que enterarse de nada<br />
–¿Me estás haciendo una propuesta indecente? <br />
–No. Solo estoy poniéndole palabras a eso que tú no te atreves a decirme<br />
–Así que ahora sabes leer la mente… <br />
–Ay, por favor. La mente de un hombre es lo más sencillo de leer<br />
–¿Tú también eres discreta? <br />
–Mucho. A veces creo que es un rasgo de las que somos hijas únicas. Como nunca tienes con quien hablar en tu casa, te acostumbras a ser parca, a contar poco o nada…<br />
–Pero yo no diría que eres parca…<br />
–Bueno, sé con quién serlo<br />
–Por cierto, ¿cómo van las cosas con Martín? No lo veo hace días…<br />
–Qué tal cambio de tema… <br />
–No, para nada. Solo preguntaba<br />
–Ya te dije la vez pasada que Martín y yo solo somos buenos amigos de trabajo<br />
–¿Pero hablaste con él? Era obvio que estaba interesado en ti…<br />
–No hubo necesidad. A buen entendedor, pocas palabras<br />
–O sea, con él sí que fuiste parca…<br />
–Muy chistoso<br />
–Un poquito nada más<br />
–¡Tengo un idea!, dijo de pronto María Pía, aplastando contra el cenicero la colilla del cigarro que acababa de fumar<br />
–¿Cuál? <br />
–Te invito un trago… <br />
–¿Ahorita? <br />
–Sí, no seas aguado. Es viernes. Vamos. ¿O tienes algo que hacer? <br />
 <br />
Gabriel quiso inventar algo para salir del paso, pero se demoró. No tenía planes y lo cierto era que tampoco le molestaba irse a tomar un trago con esa chica preciosa que tenía enfrente. María Pía se puso de pie, como para apurarlo. Gabriel la examinó: la falda corta, las pantimedias, las botas chatas, la chompa negra de cuello alto, el pelo rubio, la sonrisa de revista. Qué fuerte que está, pensó hacia adentro.  <br />
 <br />
–Qué dices, pues. ¿Vamos? <br />
 <br />
Qué de malo puede haber en sentarse en un bar con una amiga, se preguntó Gabriel en la fracción de segundos que demoró su respuesta. Era un razonamiento por demás resbaladizo, porque para él –que era un coqueto y seductor incurable– la amistad entre hombres y mujeres resultaba un gracioso despropósito, debido a la milenaria tensión sexual que existe entre ambos géneros. En ese momento, sin embargo, no encontró mejor justificación para su nueva travesura con María Pía.  <br />
 <br />
–Vamos, vamos, dijo, levantándose de su silla con falsa pereza  <br />
 <br />
La agencia quedaba en la avenida Salaverry, en Jesús María. Desde allí fueron a <em>La Calesa</em> de San Isidro, famosa por sus <em>pisco sours</em> dobles que te hacen ver triple. Cuando llegaron eran las siete de la noche en punto y solo había un par de mesas ocupadas por chicas chillonas y chicos con la corbata desajustada y el saco colgado de la silla. Eran grupos de gente que acababa de dejar la oficina y que, aprovechando el ‘sábado chico’, se abandonaba con delectación a ese matutino hábito borrachero que a los huachafos limeños se les da por llamar <em>after office</em>. <br />
 <br />
Una hora y media después, María Pía y Gabriel estaban de lo más entonados. Sentados uno al lado del otro, hablaban y reían con estrépito. Ella sincronizaba sus miradas y sonrisas más sensuales para dedicárselas, produciendo entre ellos una oleada de perversión y deseo que Gabriel no sabía cómo moderar. <br />
Solo minutos antes, tal vez envalentonada por los piscos, ella se había deschavado y puesto en bandeja: le había dicho que le gustaba un culo, que no quería nada serio con nadie, que en cuestión de meses se iría a vivir a Nueva York. </p>

<p>Todo eso, claro, era una verdad a medias. <br />
 <br />
Gabriel despertaba en María Pía mucho más interés del que ella estaba dispuesta a admitir. Para empezar, lo veía distinto al resto, a toda esa sarta de lameculos sin personalidad que la piropeaban y le hacían diarios favores esperando caerle en gracia. Gabriel, en cambio, la trataba con cordial indiferencia, como si fuera una chica bonita del montón. Eso la desconcertaba. Pero, además, lo notaba educado, sensible, creativo, con un fino sentido del humor y un sincero desapego hacia las convenciones. <br />
 <br />
Para una mujer que había saboreado el afecto superficial de sus padres y que recibía el cariño meloso e interesado de casi todos los demás, la tosca honestidad de Gabriel era reconfortante. Con él tenía una esperanza de toparse por fin con algo genuino. Quizá era una esperanza algo lejana, pero bastara que fuera sólida para abrigarla.    <br />
 <br />
María Pía quería tener una relación con él, sin generarle problemas. Quería meterse en su vida a escondidas, por la puerta falsa, sin alterar el orden de su mundo. Por eso utilizó adrede la excusa del viaje a Nueva York y de su desgano en adquirir compromisos. Lo hizo empleando una soltura y un desembarazo exagerados, como para que no quepa duda de su actitud relajada y open mind. Sabía lo irresistible que ese discurso se escuchaba en los oídos de cualquier hombre. Incluso uno como Gabriel.  <br />
 <br />
Sentado a medio metro suyo en <em>La Calesa</em>, él hacía todo lo posible para no sucumbir a las ganas de besarla. No era fácil aguantar. El recuerdo de su boca, de los ondulantes columpiazos de su lengua, y de sus brazos envolviéndolo aún permanecía fresco en la húmeda memoria de su cuerpo. Hacía solo dos semanas que había probado los besos de María Pía y no había podido despercudirse del rumor letal que le dejaron.   <br />
 <br />
Al cabo de unos instantes, cediendo a la tentación de toda esa hermosura concentrada en un solo rostro, acercó su cara a la de María Pía, torció los ojos y colocó lentamente la boca en forma de trompita.   <br />
 <br />
 –Salud, dijo ella, levantando su tercer <em>pisco sour</em>, frenando en seco el impulso besucón de Gabriel…<br />
–¿Ah? Este, sí, sí, salud, salud, contestó él, sorprendido, bajando la mirada por el papelón de haber creído que ella accedería fácilmente… <br />
–Tienes que hacer salud mirándome a los ojos, pues, si no...<br />
–Sí, ya sé, ya sé…siete años de mal sexo<br />
–¿Te imaginas? ¿Qué feo sería eso no?<br />
–Sí qué feo…<br />
–¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste?<br />
–¿Qué hice qué?<br />
–Qué tiraste pues, ganso<br />
–¿Y eso a qué viene?<br />
–¿No puedes contarme?<br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pisco_sours.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pisco_sours.html','popup','width=190,height=145,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pisco_sours-thumb-190x145.jpg" width="190" height="145" alt="pisco_sours.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Gabriel siguió con el juego, pero estaba molesto. Sintió que María Pía era una pendeja, una calentona. Primero lo buscaba en la oficina, después lo llevaba a chupar, lo emborrachaba, le decía que le gustaba <em>un culo</em>, y a la hora de la verdad, –plum– se hacía la sueca y le arrimaba la cara. <br />
 <br />
Como si en verdad pudiera leer su mente, María Pía atacó de nuevo. <br />
 <br />
–¿Te has molestado por algo?<br />
–No, nada que ver, mintió Gabriel, <br />
–Ven, acércate, le dijo ella, con voz de quinceañera desmelenada <br />
–¿A dónde? dijo él, desarreglando su cara con una constreñida mueca de indolencia<br />
 <br />
Esta vez María Pía no se anduvo con miramientos. Si hacía dos semanas fue él quien –de sopetón– la había sorprendido abriéndole la boca de un beso fogoso, ahora ella devolvía el gesto con no menos entrega ni vehemencia. Lo tomó de la nuca y lo jaló hacia adelante, como si fuera a aplicarle un cabezazo.  <br />
 <br />
Los dos comenzaron a boquear y a morderse los labios con los ojos cerrados. De lejos, parecía que se estaban haciendo daño. Eran casi las nueve de la noche. El local estaba impregnado de olor a tabaco. En sus vasos apenas brillaban restos de la espuma seca. <br />
 <br />
Gabriel sintió de repente que su celular vibraba en el bolsillo de su pantalón. Apenas llegaron a <em>La Calesa</em> lo había puesto en opción <em>vibrador</em> para evitar que el <em>ringtone</em> lo interrumpiera. Era también una medida de previsión: no quería que una llamada de Amanda estropeara su cortejo picarón. <br />
 <br />
Cuando reparó en el temblorcito del aparato, tuvo que interrumpir el beso, excusarse con María Pía y retirarse al baño como si de un intempestivo llamado de la naturaleza se tratase. Encerrado en el cuartito de los servicios higiénicos, extrajo el celular. Tal como supuso, era Amanda, que quería confirmar que se verían al día siguiente en el restaurante de <em>Molicentro</em>. Cuando ella le preguntó dónde andaba, Gabriel dijo que estaba cheleando con unos amigos de la chamba. “Bueno, amor, te veo mañana”, se despidió ella. “De todas maneras”, completó él, y salió volando para terminar el trabajito sucio que había dejado a medio hacer. <br />
 <br />
A continuación todo ocurrió con el vértigo de una caída libre: bebieron un último pisco, María Pía sugirió ir a otro lado, y Gabriel la invitó a ir a su departamento, con la misma emocionada incertidumbre con que horas antes la había invitado a pasar a su oficina. En el <em>depa</em> él abrió una botella de vino blanco y puso música en la laptop. Canciones de los ochenta, para variar. Los besos del sofá se repitieron a lo largo del pasillo y se multiplicaron hasta que los dos cayeron en la cama, donde se revolcaron con la torpeza, el desorden y la violencia propios de una ceremonia de apareamiento de otorongos.   <br />
 <br />
Tiraron una sola vez. </p>

<p>El exceso de alcohol en el torrente sanguíneo, le impidió a Gabriel alcanzar una performance alguito más decorosa. Después del primer polvorín, plum, se le murió el payaso. Por más que quiso reanimar al inerte colgajo que le bailaba entre las piernas, aplicándole cachetaditas como si fuera un muchachito desobediente, el miembro no se levantó más. Pese a ello, y gracias al rápido orgasmo conseguido, todos los poros y facciones de que estaba hecho el semblante de María Pía llevaban la inconfundible huella de la absoluta placidez.   <br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pene_machete.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pene_machete.html','popup','width=150,height=171,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pene_machete-thumb-150x171.jpg" width="150" height="171" alt="pene_machete.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a><br />
Gabriel pasó el domingo encerrado, guardando reposo tras el agitado fin de semana. El viernes se había acostado con María Pía, el sábado con Amanda. Por si fuera poco, se había sentido obligado a telefonear a cada una al día siguiente de haberlas visto, como suelen hacer los caballeros más distinguidos para no quedar como unos patanes aprovechados.<br />
 <br />
Su cabeza, no hace falta decirlo, estaba hecha una ensalada rusa.<br />
 <br />
Nunca antes dos mujeres le habían provocado sensaciones tan opuestas y simultáneas. Amanda era la mujer de su pasado. Estaba metida hasta el cuello en su biografía. Con su reaparición, todas las emociones amordazadas de su adolescencia se habían dado abrupta cita en el sistema nervioso de su corazón. La amaba, o por lo menos creía amarla, y era feliz con la idea de quererla desde la defectuosa clandestinidad. A su lado, se sentía como un chico mimado, un jovencito iluso, un quinceañero irresponsable atrapado en el cuerpo de un hombre treintón. <br />
 <br />
María Pía, por otra parte, le suscitaba afectos más rudimentarios. Se había dado cuenta de que, tras su facha de mujercita ricotona y fatal que destruía a su paso el orgullo de los hombres, había una niña tremendamente frágil e insegura, llena de cicatrices y carencias.   <br />
A Amanda se la podía ver débil, pero era mucho más aplomada en su feminidad. Con María Pía ocurría lo contrario: por fuera era un torbellino arrollador; por dentro, un amasijo de miedos. La misma protección sentimental que él recibía voluntariamente de Amanda, se la proporcionaba involuntariamente a María Pía. <br />
 <br />
Por más que se quemó las pestañas aquel domingo, analizando los motivos de su doble actuación, no encontraba razón alguna para sentirse un canalla. </p>

<p>Su relación con Amanda, por muy veraz que fuese, rayaba en lo  surrealista. La adoraba, pero por más correspondido que se sintiera, lo cierto era que ella estaba con otro. Cuando llegaba a ese punto ciego, Gabriel se preguntaba con crudeza: ¿por qué coño debía serle fiel a una mujer que le era infiel a su esposo? Si había un refrán que prometía cien años de perdón al ladrón que robaba a otro ladrón, ¿no habría por ahí algún refrán que prometiera algo parecido al infiel que traicionaba a otro infiel?   <br />
 <br />
Y en cuanto a María Pía, pues ella representaba algo así como un calmante, una píldora para saciar su vanidad. Él le había dicho toda la verdad respecto de Amanda, pero ella había insistido. Y la insistencia de una mujer guapa, ya se sabe, es un irresistible masaje al ego. Además, por último, si la chica se iría pronto, qué tan terrible podía ser vivir con ella una aventura con fecha de caducidad. ¿Quién salía perjudicado con ese triángulo que pronto acabaría? Nadie.  </p>

<p>Cada vez que Gabriel se formulaba la pregunta ¿soy en realidad un pendejo por hacer todo esto?, desde lo más hondo de sí mismo se oía un rotundo NO como respuesta.   </p>

<p>A pesar de su tozuda coquetería, nunca se había considerado un pendejo deliberado, y jamás se había metido en una camisa de once varas como la que ahora lo ahorcaba. Aunque fuera mala pagadora, la fidelidad había sido siempre su norma. Por ejemplo, a Natalia, su novia en Buenos Aires, le fue fiel los cuatro años que duraron juntos y al final ella lo dejó por otro. Hubo noches del pasado –cuando más encabronado se ponía por el recuerdo de las agotadoras mentiras de Natalia– en las que llegó a creer que su mala suerte en cuestiones de amor se debía precisamente a esa noble candidez con la que vivía sus episodios románticos. <br />
 <br />
Por eso cuando regresó al Perú, además de querer establecerse y trabajar en Publicidad, quería asumir la vida social de un pendejo profesional. No sabía cómo iniciarse en el dudoso arte de ser un <em>hijoeputa</em>, pero tenía toda la intención de hacerse respetar por las ingratas mujeres. Sin embargo, ni tiempo tuvo: ahí nomás apareció Amanda en la barra de <em>Huaringas</em> y con una sonrisa desbarató todititos sus planes.  <br />
 <br />
<strong>(…)</strong><br />
 <br />
El martes por la noche, Jaime volvió a casa después del trabajo y encontró a Amanda cansada, viendo en la tele una novela de canal 9. Él le preguntó si podía acompañarlo mientras comía algo. Quiero hablar contigo, le informó. Amanda le pidió que le dijera ahí mismo lo que quería, pues estaba agotada y prefería no tener que moverse de la cama. Dentro de sí, suponía con flojera que Jaime saldría otra vez con el rollo de que había que tener un segundo hijo, o acaso con lo del viaje a Orlando en diciembre, o quizá con lo de ese borroso futuro en Venezuela o Costa Rica. <br />
 <br />
–Puedes apagar la televisión, por lo menos, le dijo Jaime. Su voz tenía un tono de inédita dureza.  <br />
–Ay, ya, ¿por qué tanta cosa?, reaccionó Amanda, pulsando rápidamente el botoncito de ON/OFF en el control remoto <br />
–¿Emilio? ¿Está dormido?<br />
–Sí, hace rato, por qué… ¿Qué pasa, Jaime? Me estás asustando.<br />
–Mira, Amanda …<br />
 <br />
Ella tragó saliva. Por un instante pensó que su esposo se había enterado de su amorío con Gabriel y barajó en su cabeza algunas opciones: me ha mandado seguir con un detective; ha visto en la computadora los chateos que guardé; algún amigo suyo nos pilló en el restaurante de La Molina. Dios, ya me cagué, se dijo a sí misma.  <br />
 <br />
–¿Qué pasa? ¿Qué me quieres decir?<br />
 <br />
En la mesa de noche un reloj digital señalaba la hora. 8:56 p.m. No había ruido en el edificio, tampoco en la habitación. En la cortina de la ventana una polilla inmóvil proyectaba una sombra diminuta.  <br />
 <br />
De pronto Jaime se sentó en el sillón donde solía dejar su abrigo y su maletín. Tomó aire y miró a Amanda con los ojos cargados de una pena sin nombre. <br />
 <br />
–Mañana me voy de la casa<br />
 <br />
Amanda se quedó en una pieza. Jaime fue el primero en llorar. <br />
 <br />
Afuera, en la calle, un vigilante tocó el pito. Un segundo después, un perro ladró dos o tres veces. </big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html','popup','width=394,height=100,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/09/conti-thumb-394x100-thumb-394x100.jpg" width="394" height="100" alt="Imagen Thumbnail para conti.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el amigable y calvo Robotv)]</strong> </p>

<p><br />
[ESTOY SEGURO DE QUE ESTA CANCIÓN FIGURA EN LA CARPETA DE CANCIONES DE GABRIEL. SE LLAMA "BOYS OF SUMMER" Y LA CANTA EL GRAN DON HENLEY]</p>

<p><object width="445" height="364"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/4oR-VGMuiAI&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/4oR-VGMuiAI&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="445" height="364"></embed></object> </p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Hoy viernes viajo por la noche a Arequipa para participar en la Primera Feria del Libro FIL-AQP. Gracias a los organizadores por pensar en mí para este importante evento. Estaré el sábado 26 (mañana) en dos mesas: una para hablar con <a href="http://utero.pe/" target=blank>Marco Sifuentes</a> sobre blogs y otra para presentar BUSCO NOVIA. Espero que la gente de AQP que lee este blog pueda darse un vueltón. Allí anunciaré la <strong>¿GRAN? NOVEDAD EDITORIAL</strong> para este 2009. Les dejo la <a href="http://filarequipa.pe/" target=blank>página web</a> por si les interesa. Nos vemos]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/afiche_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/afiche_blog.html','popup','width=296,height=420,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/afiche_blog-thumb-300x425.jpg" width="300" height="425" alt="afiche_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 2: También comparto con ustedes un dibujo de mi sobrina Adriana. Este es su personaje oficial. Se llama Mongga]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/sobrina_3.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/sobrina_3.html','popup','width=271,height=550,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/sobrina_3-thumb-280x568.jpg" width="280" height="568" alt="sobrina_3.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 3: Por último, los invito a leer el artículo sobre Tarata que publiqué hoy en El Comercio. Hagan clic <a href="http://e.elcomercio.pe/101/impresa/pdf/2009/09/25/ECEE250909a16.pdf" target=blank>aquí</a>. A propósito, ¿ya vieron la película? A mí no me gusto nada. Saludos]</strong></p>]]>
    </content>
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<entry>
    <title>9. Las noches de Martín</title>
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    <id>tag:blogs.elcomercio.com.pe,2009:/busconovia//15.10507</id>

    <published>2009-09-16T06:37:15Z</published>
    <updated>2009-09-23T20:43:49Z</updated>

    <summary> [NOVENO CAPÍTULO DE ESTA ACCIDENTADA NOVELITA DE INCIERTO FUTURO. ¿DIJE QUE SE ACERCABA EL FINAL? LO SIENTO: MENTÍ] Gabriel dejó el tenedor sobre la mesa y atendió la llamada de María Pía. Apenas reconoció su voz, murmuró algunas cautas...</summary>
    <author>
        <name>Renato Cisneros</name>
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    </author>
    
        <category term="Tercera Temporada" scheme="http://www.sixapart.com/ns/types#category" />
    
    
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov_9_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov_9_blog.html','popup','width=1200,height=662,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov_9_blog-thumb-420x231.jpg" width="420" height="231" alt="nov_9_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[NOVENO CAPÍTULO DE ESTA ACCIDENTADA <em>NOVELITA</em> DE INCIERTO FUTURO. ¿DIJE QUE SE ACERCABA EL FINAL? LO SIENTO: MENTÍ]</strong> </p>

<p><br />
<big>Gabriel dejó el tenedor sobre la mesa y atendió la llamada de María Pía. Apenas reconoció su voz, murmuró algunas cautas sílabas (ajá, sí, no, ok) y dio por finalizada la conversación diciéndole: ya, listo, estoy ocupado, te llamo después. </p>

<p>Amanda –por curiosidad, no por celos– preguntó por segunda vez quién era. “Un patín de la agencia. Tenemos una reunión más tarde con el equipo creativo y quería saber a qué hora iba a llegar”, contestó él, con convincente naturalidad. Lo de la reunión era cierto, lo del <em>patín </em>evidentemente no. Gabriel lo dijo tan suelto de huesos que Amanda se olvidó del tema. </p>

<p>El desayuno continuó. En la mesa había huevos revueltos, jugos de naranja y piña, cafés, infusiones, tostadas, <em>croissants</em> y cuadraditos de mantequilla. </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Habían quedado en juntarse por iniciativa de Amanda. Ella necesitaba compartir con Gabriel las grandes conclusiones a que había arribado luego de su soleado acuartelamiento en Los Cóndores. Casi al final del desayuno –en el momento clave de la conversación– dijo que su matrimonio afrontaba una crisis irreversible, y que eso la obligaba a tomar tres tajantes decisiones. </p>

<p>1) Volver a trabajar. Su tío Roberto Gervasi le había hecho una atractiva propuesta la última noche que pasó en Chaclacayo, y podría empezar en dos semanas.El tío era dueño de una importante cadena de tiendas de ropa para bebés. La Gerente de una de las sucursales acababa de renunciar. Ella era ideal para el puesto. </p>

<p>2) La segunda decisión lo involucraba. Le dijo que quería seguir adelante con este romance vital, sincero, tempestuoso que le devolvía la fe y restañaba las grietas de sus ilusiones perdidas. </p>

<p>3) Por último, dijo que se sentaría a conversar con Jaime lo antes posible para afrontar, como los adultos que eran, el desmoronamiento familiar del que eran propiciadores y víctimas. La separación, por lo menos para ella, era la única salida juiciosa.</p>

<p>Amanda fue muy clara. Por un lado, no quería perpetuar una hipócrita doble vida, llena de medias verdades e histrionismo, como hacían muchas mujeres que conocía. Por otro, no se contentaba con tener a Gabriel de amante furtivo. No era ese el trato que sus sentimientos merecían. Quería que fuesen novios de verdad y que pudieran encontrarse en la calle libremente, sin la sensación de ser prófugos de la justicia.</p>

<p>Además, estaba segura –le dijo, mientras sorbía con una cañita la espuma del jugo de piña– que Emilio, su hijo, le agradecería más adelante la honestidad de su proceder. “Prefiero que se moleste conmigo hoy por separarme de su papá y me comprenda mañana, a que se decepcione si descubre que ando contigo y después no haya modo de arreglarlo”, sentenció. </p>

<p>Sus palabras sonaban firmes, seguras, como si fueran el resultado de un largo proceso de estudio, análisis y depuración. Hablaba, no como la mujer titubeante y confundida de los últimos días, sino como la aplicada estudiante de Administración que se había graduado en los primeros puestos de su promoción y que era capaz de hacer un acertado diagnóstico empresarial en cuestión de minutos. Hablaba de su vida sentimental como si fuera, justamente, una vieja empresa sin utilidades ni rentabilidad a la que había que aplicar un rápido proceso de reingeniería y modernización antes de que colapse, quiebre y se hunda.  </p>

<p>A Gabriel le causaba intriga la reacción que Jaime podría llegar a tener al enterarse de los planes de su esposa, pero no hizo ningún comentario a propósito de eso. En el fondo, su único temor era que él quisiera buscarlo para romperle la cara. Sabía que no tendría agallas para enfrentarlo, ni para resistir los furibundos golpes que un marido engañado era capaz de propinar. </p>

<p>A pesar de ese miedo, le dijo a Amanda que estaba de acuerdo con sus decisiones. Y no mentía. Quería continuar. Sus sentimientos hacia ella no estaban puestos en discusión. Cada vez que le decía lo mucho que la quería, lo decía de alma, con el corazón en la mano, sin un gramo de exageración. </p>

<p>Lo de María Pía, por otro lado, no le preocupaba. Íntimamente, sabía que había sido un efímero exabrupto, un hipo juguetón, un beso anecdótico que no traería significativas consecuencias. Estaba seguro de que ella no volvería a llamarlo después del grotesco modo en que la había tratado por teléfono.</p>

<p>Desde luego, se equivocaba. Se olvidaba de que hay veces en que un beso remece fibras del cerebro, provoca una explosión, destapa un forado. Y a María Pía el beso que se dieron la noche del matrimonio de Juan Pablo le había infligido esos tres daños en paralelo. Aún cuando sabía que Gabriel estaba saliendo con otra (o quizá precisamente por saberlo), se encaprichó testarudamente con él. Quería verlo, quería besarlo de nuevo, quería tirárselo. En algo acertaba Gabriel: María Pía ya no lo llamaría. Su siguiente plan era buscarlo directamente en la agencia.</p>

<p>Cuando Gabriel le colgó el teléfono (<em>ya, listo, estoy ocupado, te llamo después</em>), se quedó con el auricular en la mano y se relamió los labios, como diciendo: no sabes con quién te has metido. Ella tomó como una pequeña victoria que él fingiera conversar con otra persona y mantuviera su nombre en el anonimato. Si este pendejo no quisiera nada conmigo, no ocultaría mi identidad cuando está con su chica, pensaba, dándose ánimos.</p>

<p>Amanda y Gabriel salieron del <em>Gianfranco</em> y fingieron no conocerse. Aunque no había rastro de sol, ella se colocó unas gafas negras por pura precaución. Cada uno caminó hasta su respectivo auto. El señor del <em>valet parking</em> le dio a cada uno su manojo de llaves. Ella subió a su camioneta BMW, él a su Volkswagen Gol. Nadie podría haber adivinado que eran amantes. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/desayuno.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/desayuno.html','popup','width=431,height=160,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/desayuno-thumb-350x129.jpg" width="350" height="129" alt="desayuno.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
El que no la estaba pasando nada bien era Martín. Solo un par de breves conversaciones con María Pía le bastaron para darse cuenta de que ella no le correspondía. Esa comprobación lo sumió en un inesperado desaliento. <br />
Primero le había dicho para almorzar juntos en el trabajo, y ella le respondió “ya, déjame pasarle la voz a Laura y almorzamos los tres”. Después la llamó por teléfono a su anexo y le dijo para ir al cine por la noche. María Pía le contestó: “pucha, justo le prometí a mis papás que hoy comería con ellos”. Martín insistió al día siguiente. Ella cambió de excusa: “es que el jueves tengo una <em>reu</em> con unas amigas del <em>cole</em>”. </p>

<p>Era suficiente. </p>

<p>Con los años Martín había aprendido a percatarse a tiempo de los mensajes encriptados que las mujeres sembraban entre líneas. Tal aprendizaje le había costado varios episodios vergonzosos, pues él solía creer que las negativas femeninas eran solo un coqueto engreimiento, una burda estrategia para regodearse con la vehemente insistencia del varón. </p>

<p>Lo creyó sinceramente hasta que en una oportunidad una chica –harta de sus necias y porfiadas invitaciones– no tuvo más remedio que hacerle una durísima aclaración: <em>no–me–gustas, huevón, no–quiero–salir–contigo, ¿no te das cuenta?</em> </p>

<p>Desde ese día se esmeró en estudiar con atención las respuestas que las mujeres le daban luego de que él les hacía una proposición interesada. Estableció categorías y comenzó a diferenciar claramente a las entusiastas de las que se hacían las tercias, y a las que jugaban al misterio de las que eran muy indiferentes. Por ejemplo, si ante una invitación, una chica le decía cosas como “déjame que te confirmo más tarde”, o “ya, yo te llamo y vemos”, él sabía que estaba ante un caso perdido. </p>

<p>Los meses de entrenamiento concluyeron cuando adoptó una verdad tan simple como esta: una chica que quiere salir contigo pues sale y punto, no se anda con rodeos ni pretextos. Y si la chica quiere, pero tiene un verdadero impedimento, pues planteará alguna alternativa y dirá “hoy se me complica, pero qué tal mañana” o algo por el estilo. </p>

<p>Tenía tan sistematizado el repertorio de frases de mujeres que no le costó interpretar las respuestas de María Pía. Simplemente las ubicó mentalmente dentro de una tabla de equivalencias y sacó una rápida conclusión: la chica estaba en otra. Seguro que le gusta algún tarado con plata, renegaba Martín, sin imaginar que el tarado (sin plata) era su queridísimo amigo Gabriel. </p>

<p>A diferencia de otras ocasiones, en que los rechazos le entraban por un oído y le salían por el otro, sin afectarle ningún nervio crucial, esta vez Martín sintió la pegada del rebote. María Pía le gustaba. Y mucho. No la conocía tanto como hubiera querido, pero verla y oírla lo entusiasmaban y lo hacían traspapelar toda su bacanería y facilidad de palabra. </p>

<p>Solo una mujer había logrado en el pasado ejercer una influencia parecida en su humor y su carácter. Su nombre era Daniela Rabines: la única chica de su expediente que llevó el honorable rótulo de enamorada oficial. </p>

<p>La había conocido ocho años atrás, en una reunión. Desde que se la presentaron quedó prendado de ella. Le parecía bonita, graciosa, tierna en su sarcasmo. Se afanó con ella igual que con María Pía. La monumental diferencia, claro, es que Daniela sí le dio el visto bueno para que ingresara en su mundo. Comenzaron a salir, se conocieron y menos de un mes después se declararon enamorados. Martín –que nunca antes había sabido lo que era estar encandilado– se templó hasta el extremo, hasta perder la dignidad, hasta que no quedó vestigio alguno de la simpática rudeza y la ordinariez que lo caracterizaban. No solo cambió radicalmente su vestimenta, sino que también dejó de frecuentar a sus amigos y hasta se acostumbró a decir (y a tener ganas de decir) algunos de esos vocativos cursis que siempre había abominado: <em>"gordinflona”</em>, <em>“reina”</em>, <em>“amorcito”</em>, <em>“chanchis”</em>. </p>

<p>Dos años y nueve meses duró la empalagosa relación. Daniela terminó con él asegurándole que quería estar sola un tiempo, que se sentía un poco saturada. Martín le creyó, confiado en que se trataba de un acceso de mortales y pasajeras dudas. Sin embargo, solo tres semanas después la encontró en la calle de la mano de un fulano que él recordaba haber visto alguna vez en las fotos que Daniela tenía grabadas en su computadora dentro de la carpeta “gente de la chamba”.  </p>

<p>Fue un sacudón. No se lo esperaba. En el instante en que los vio, saliendo del <em>Laritza</em> de <em>Comandante Espinar</em>, escapó de la escena. Recién por la noche la fue a buscar, la encaró y, con un grito lo suficientemente atronador como para que lo oyera todo el vecindario, le dijo que era una perra malagradecida. </p>

<p>Martín lloró de rabia tres días con sus noches. </p>

<p>Una vez concluido el período de duelo no solo desempolvó su vieja tosquedad e incorrección, sino que entró en una imparable espiral autodestructiva. Se iba a los bares de Barranco y Miraflores todos los fines de semana y se emborrachaba hasta quedar convertido en un zombi que balbuceaba disculpas a la gente con la que se tropezaba. </p>

<p>Sus preferidos eran <em>La Noche</em>, <em>Mochileros</em>, <em>Juanito</em> o a <em>El Oso</em>, y cuando cerraban allí caía en <em>Nébula</em>, un antro oscuro y caleta de Miraflores que se distinguía por sus reminiscencias góticas, por privarse de ventanas y por guarecer en sus paredes pintadas de negro a los últimos parásitos de la noche. Hasta allí llegaban los chicos y chicas de 25 años para arriba que se negaban a volver a sus casas antes del alba. Se les veía tumbados en los sillones bajo inmensas volutas de humo, refocilándose en las esquinas, o meciéndose solos en la penumbrosa pista de baile, como alcoholizados muertos vivientes, con la mirada turbia clavada en ninguna parte. </p>

<p>La decepción amorosa era el combustible perfecto para arrojarse de bruces al precipicio del maltrato. </p>

<p>Una noche, en la barra de <em>Nébula</em>, Martín se encontró con David Chicoma, un amigo con el que había estudiado en la Facultad de Administración, al que veía después de siglos. </p>

<p>David era alto, flaco y enjuto como un tubo de ensayo. Tenía siempre puestos unos lentes de carey y hablaba con parquedad. Luego de conversar, de vaciar tres jarras de cerveza y de coincidir en que la vida era una mierda y que era inaudito que la noche se acabara a las cuatro y media de la mañana, David le propuso ir a otro lado. ¿A dónde?, a esta hora ya está todo cerrado, dijo Martín, con la última pizca de sobriedad que le quedaba. </p>

<p> –Vamos al <em>Two Star</em><br />
–Qué chucha es eso. ¿Un bar? <br />
–No, no es un bar. Es un club, un club de putas<br />
–¿Putas? <br />
–Sí<br />
–¿Y qué tales están?<br />
–Hay de todo. Hembrones, normales y rucas de bajo calibre<br />
–¿Y está cerca? <br />
–Sí. En San Isidro. En <em>Rivera Navarrete</em>. <br />
–Pero en esos sitios cobran un culo de billete, y solo me alumbran cuarenta luquitas. Hoy nomás ya me chupé más de cien soles.<br />
–El <em>Two Star</em> es barato. Veinte lucas la entrada y encima te dan una chela <br />
–¿Y las flacas qué? ¿Son gratis?<br />
–No. Te puedes quedar viendo el show o puedes salir con alguna y llevártela a un telo. Las mejores cobran alrededor de 100 o 120 soles. Más el telo, échale unos 170 soles. 200, máximo. <br />
–Veo que eres un experto, Davidcito. Y con lo cara de pelmazo que te manejas. Quién lo hubiera dicho. <br />
–Soy caserito. Me vacila. Me caen bien las putas. Son honestas<br />
–¿Podríamos decir entonces que todas las mujeres son unas putas, pero solo las putas de verdad son honestas?<br />
–Sí, estoy de acuerdo. Pero entonces qué, ¿vamos? <br />
–No estoy seguro. ¿No será muy tarde?  <br />
–Esta es la mejor hora<br />
–¿Por? <br />
–Porque las más ricas están de regreso<br />
–Mierda, te las sabes todas. ¿A cuántas putas te has chifado, huevón? <br />
–No sé, no las he contado. Serán unas… ¿15? <br />
–¿Quince? ¡Eres un arrecho profesional!<br />
–No lo hago solo por tirar. Me gusta conversar con ellas. En serio. Tienen historias interesantísimas, además que, claro, te enseñan en la cama lo que ninguna mujer supuestamente decente te va a enseñar jamás<br />
–¿Y cómo conociste ese submundo?<br />
–Del mismo modo en que lo vas a conocer tú. Alguien me llevó. <br />
–¿Quién? <br />
–Ya, oye, no la hagas larga. Chapa tu casaca y vamos.<br />
–Ya, bueno. Espérate que me seco este vasito y listo. </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/lima_martin2.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/lima_martin2.html','popup','width=431,height=194,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/lima_martin2-thumb-350x157.jpg" width="350" height="157" alt="lima_martin2.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>El <em>Two Star</em> quedaba en un pasaje del primer piso de un edificio altísimo. De día la zona era un circuito comercial donde había pequeñas bodegas, peluquerías, tiendas de compra y venta de dólares. De noche, cuando se bajaban las persianas metálicas de todas las oficinas y bazares, la estrecha puertecita del <em>Two Star</em> –con su alegórica promesa de <em>full discreción</em>– se abría sigilosamente para todo el respetable caballero solitario que quisiera entrar a calmar alguna urgencia.  </p>

<p>Casi en frente había otro local que intentaba dar la competencia: el <em>Peppers</em>. Sin embargo, ese paraba vacío. Se corría la voz de que allí –tal como el mismo letrero de luces parpadeantes insinuaba– abundaban las ‘peperas’, esas mujeres rastreras que atontaban a sus clientes, dejándoles en el fondo del vaso una pastillita de vaya a saber Dios qué somnífero, con la única delictiva finalidad de vaciar sus billeteras y, una vez asaltados, arrojarlos a la calle en paños menores. Las más avezadas incluso pertenecían a mafias que robaban riñones para rematarlos en el mercado negro.   </p>

<p>David le contó a Martín que una vez, cuando salía del <em>Two Star</em> a eso de las seis de la mañana, encontró en plena avenida Rivera Navarrete a un hombre en un calzoncillo diminuto que, atarantado, caminaba sin rumbo, mirando a todas partes. Primero pensé que era un loco, después supuse que estaba mamado, dijo David. Pero no. Cuando me lo crucé, le pregunté si se sentía bien. El hombre me miró con estupefacción, se quedó en silencio y un segundo después se echó a llorar. “Me han pepeado, me han pepeado”, sollozaba todavía inconsciente, mientras con una mano señalaba el callejón en donde se miran ambos <em>nightclubs</em>.  </p>

<p>Esa noche, Martín no hizo nada. Se limitó a examinar el terreno, a contemplar a las mujeres que bailaban en la pequeña barra y a los diversos parroquianos que las devoraban a reojazos. El sitio era pequeñísimo y no había otra forma de avanzar que no fuera apretujando a los demás, cosa que celebraban los clientes pobretones que –sin plata para encamarse con ninguna de las anfitrionas– se contentaban con sentir el roce de sus cuerpos abultados, apenas cubiertos por trajecitos de licra. </p>

<p>“Mira a esos mañosos de la esquina, solo vienen para puntear”, le dijo David, con la sosegada autoridad del viejo maestro que instruye al pupilo principiante, mostrándole las características del agreste territorio en el que va hacer su ingreso. </p>

<p>Adentro no hacía calor ni frío. El ambiente era dominado por un penetrante aroma de perfume de tocador que se impregnaba en la ropa y que la ventilación eléctrica no alcanzaba a disipar. Era un perfume barato, de esos que fracasan en la imitación de alguna fragancia importada. </p>

<p>Martín estaba descuidado, oteando la decoración, cuando una de las chicas se le acercó y, cogiéndole sorpresivamente la entrepierna, le preguntó: “¿hola, papito, por qué no nos vamos a otro lado?”. Martín reaccionó con susto, retirando bruscamente su pelvis de las manos gatunas de tan efusiva vampiresa. </p>

<p>–No, este, no, solo estoy mirando, dijo Martín, como si estuviera en una zapatería y la vendedora le acabara de preguntar si le interesaba probarse algún modelito en especial <br />
–Primera vez que vienes ¿no? Tienes cara de nuevo<br />
–Sí, sí, primera vez<br />
–Esta no es una joyería, por si acaso. Aquí puedes <em>mirar</em> y <em>tocar</em>, dijo la mujer, con la despaciosa sensualidad de una operadora de <em>hot–line</em>. Acto seguido, tomó la tiesa mano izquierda de Martín y la condujo en cámara lenta hacia una de sus tetas infladas de silicona. Él retiró la mano, como si la teta quemara. La mujer rió y persistió en su juego. Martín accedió y, una vez que se sintió más cómodo, palpó con confianza las generosas redondeces de ese seno de mentira. </p>

<p>David lo observaba contento, casi como un papá orgulloso, pero no decía nada. </p>

<p>El barman –que hacía las veces de apurado portero– les dio de probar un trago de la casa: el <em>Doble Orgasmo</em>, un menjunje hecho con vodka nacional, piña colada y granadina. Los dos estaban tan avanzados de copas que ni siquiera sintieron la dudosa calidad del combinado.  </p>

<p>De repente, se oyó a través de los parlantes una voz artificiosa y modulada, como de discjockey jubilado: “Y ahora el exclusivo club <em>Two Star</em> se complace en presentar el último número del programa de hoy a cargo de <em>Cassandra</em>. Un aplauso para ella por favor”. </p>

<p>Los aplausos sonaron débilmente y una mujer retaca, pechugona, de unos 29 años, apareció sobre el escenario, sosteniéndose sobre un par de zapatos de taco con plataforma. Llevaba un bikini con lentejuelas, peluca roja y unas pestañas tan postizas como su nombre. </p>

<p>Cuando la mujer hizo la última acrobacia alrededor del despintado tubo de fierro que estaba clavado en la barra, los amigos se retiraron, tambaleándose.  </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/martin_two_star2.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/martin_two_star2.html','popup','width=431,height=160,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/martin_two_star2-thumb-350x129.jpg" width="350" height="129" alt="martin_two_star2.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>A pedido de Martín, David lo acompañó unas tres veces en las siguientes dos semanas. Una vez que aprendió a ir por su cuenta ya no lo llamó más. Era como esos niños independientes que, una vez que aprenden a montar bicicleta por sí mismos, ya no quieren que nadie los vigile ni les coja el manubrio. </p>

<p>A Martín se le daba por ir a golpe de cuatro de la mañana, regularmente ebrio, proveniente de algún bar, fiesta o discoteca. Por lo general, iba en taxi, aunque a veces llevaba su propio auto. Y, aunque al inicio solo veía el espectáculo desde un banquito, entablaba cariñosas conversaciones y canjeaba caricias con las bailarinas, la curiosidad –en franca sociedad con la arrechura– lo llevó a dar el siguiente gran paso: salir con una de ellas.  </p>

<p>La primera vez lo hizo con Katty. La eligió por su hinchado trasero de vedette. Bajo las sombras rojizas del establecimiento, mientras se contorneaba al son de <em>Lets Get Loud</em>, le notó un cierto aire a Jeniffer López. Desde la barra, en medio de su coreografía, ella le guiñó el ojo y giró sobre su eje, tentándolo con su culo matador. Cuando terminó de bailar, él la mandó llamar con el mozo. </p>

<p>Katty lo saludó con un piquito, se sentó en sus rodillas y le pidió un whisky al mozo sin consultarle nada a Martín. Así funcionaba el negocio: rentabas la compañía de una chica pagándole el trago que ella quisiera. Como ya eran casi las cinco, no demoraron en acordar el precio de la transacción. Ciento veinte soles. Además, Martín debía abonar cincuenta para el local por concepto de <em>salida</em>. Ella se fue a cambiar. Minutos después ambos se dirigían hacia la puerta. </p>

<p>Cuando la vio caminar en la calle, notó que arrastraba una leve cojera, pero no le importó. Tenía tan buen cuerpo y facciones tan agradables que lo demás quedaba de lado. Además, pensó, para qué la quiero: ¿para cachar o para bailar salsa?  </p>

<p>Fueron al motel de Lince que Katty sugirió: el <em>Ambassador</em>. Tomaron la habitación 505, que tenía cable y jacuzzi. Él sabía perfectamente que no utilizaría ninguna de las dos cosas, pero le pareció que su primera vez con una puta merecía la mejor escenografía posible. </p>

<p>Una vez adentro, Martín paseó su mirada por los muros. Sobre la cama, en una pared color verde albahaca, destacaba el cuadro de un recargado paisaje marino que tenía a una maltrecha gaviota y a un dubitativo cangrejo por protagonistas. En la mesa de noche, encima de un rollo de papel higiénico rosado, observó un blanco y diminuto rectángulo de jabón. Por ahí, en una mesa, había también un florero vacío, un teléfono y dos vasos puestos boca abajo. Las cortinas ralas dejaban entrar el sucio resplandor del alumbrado público. Desde el techo, un inmenso espejo duplicaba su cara borrachosa. No había alfombra. </p>

<p>Martín se quedó en calzoncillos y se extendió de golpe en el colchón, probando su resistencia. Katty entró y salió del baño. Bajo los 80 watts de la lámpara central, desprovista de sus apretujadas tangas y con el maquillaje descorrido por el cansancio, Katty ya no se parecía tanto a Jeniffer López. Martín apagó la luz para devolverle su belleza.  </p>

<p>En ese momento, mientras ella se metía desnuda a la cama, él tuvo la impresión de estar en un lugar remoto, corriente, desaseado. Un cuartucho que nada tenía que ver con la asepsia de los hoteles que había pisado antes, ni con los límpidos recintos por los que su vida social discurría. La situación –él, borracho, en ese escondrijo de Lince, acostándose con una puta coja– le pareció desagradable, decadente y le hizo albergar dudas respecto de lo que estaba a punto de consumar. </p>

<p>Necesito un trago, dijo. </p>

<p>Todo su fastidio disticoso se acabó una vez que Katty desapareció debajo de las sábanas y empezó a succionar su pene con magistral técnica. Los ojos casi se le saltan. La respiración se le entrecortó. Martín no tenía cómo saberlo en ese instante, pero en el futuro –una vez que estas escapadas se le hiciesen rutinarias– hasta se encariñaría con toda aquella estética que ahora hallaba sórdida y pringosa. </p>

<p>Katty lo besó en zonas que nunca habían sido visitadas por ningún par de labios. Luego le colocó el condón con la boca y continuó mamándole el pito hasta ponérselo del todo firme, erecto. Él –que siempre presumía de saber besar– quiso premiar esa primera parte de la faena con uno de sus chapes con lengua. Ella lo atajó. “Yo no beso en la boca”, le advirtió. Con los meses comprendería que se trataba de un código. Las putas no dan besos a sus clientes. Los reservan para los hombres de los que se enamoran. Con los meses, también, constató que él podía ser uno de esos hombres.  </p>

<p>Esa primea noche, Katty lo hizo venirse más o menos rápido. Después de alojarlo en la pose del misionero, se le puso encima, dándole la espalda. Una vez sentada sobre él, batió las caderas sin freno. Treinta segundos después, Martín gimió, extasiado. </p>

<p>–“Uf. ¿Qué me hiciste, maldita?”, la reprendió, con cariño. <br />
–“Nada, papi. Se llama La licuadora. ¿No la conocías?”, le preguntó. <br />
–Eres una maestra<br />
–Y tú un buen alumno</p>

<p>Martín estaba exangüe. Acababa de vivir un auténtico hallazgo sexual. </p>

<p>Desde ese minuto echó por tierra su monga teoría de que eran los hombres los únicos que debían tener destreza para hacer el amor. Tantos años pensándolo, creyendo estúpidamente que solo las chicas podían darse el lujo de calificar a sus parejas, diferenciando a los acróbatas sexuales de los que eran torpes en la cama. Pero no. No era así. Nada que ver. Qué ciego había estado. Ahora –tendido en ese lecho, con una sonrisa atravesándole el rostro– reparaba en que existían mujeres que habían sido dotadas de un especial talento para el sexo. Las incansables caderas de Katty se lo acababan de demostrar.   </p>

<p>Ninguna de las chicas con las que había dormido antes pudo ofrecerle nunca ese grado de saciedad. No puedo creerlo, pensó. He llevado casi 25 años de sexo mediocre.   </p>

<p>Mientras Katty se abotonaba la blusa y se alisaba el pelo, él se fundía en una larga exhalación. Del mismo centro del pecho, como si fuese una flor, le brotó una certeza: acababa de olvidarse de Daniela Rabines. </big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.html','popup','width=394,height=100,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/09/conti-thumb-394x100-thumb-394x100.jpg" width="394" height="100" alt="Imagen Thumbnail para conti.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el asado y optimista Robotv)]</strong></p>

<p><br />
[Los conocedores aseguran que esta canción es un clásico de las strippers de puticlubs. Dudo que los tíos de Roxette la haya compuesto con esa finalidad. En general, dudo que la hayan compuesto]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/47vxLNrFRb8&hl=es&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/47vxLNrFRb8&hl=es&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Quería compartir este video con los lectores. Jesús Véliz y yo lo hicimos en la radio la otra noche. Por cierto, hoy Jesús está de cumpleaños. Un abrazo para él. Ya me cuentan qué les pareció el RATAPOLIO]</strong></p>

<p><object width="480" height="295"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/QBbCUFqd02A&hl=es&fs=1showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/QBbCUFqd02A&hl=es&fs=1showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="295" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: La semana pasada estuve con harta chamba en el periódico. Me tocó hacer una crónica sobre los Superhéroes Reales y otra sobre los Pilotos del VRAE, que son superhéroes todavía más reales. Aquí se las dejo. Gracias a quienes las comentaron por el blog]</strong>  </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/diptico_art_comercio.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/diptico_art_comercio.html','popup','width=456,height=392,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/diptico_art_comercio-thumb-456x392.jpg" width="456" height="392" alt="diptico_art_comercio.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>SUPERHÉROES</strong> (<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/Superheroes.pdf">Superheroes.pdf</a>)  <strong>PILOTOS</strong> (<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/PilotosVRAE.pdf">PilotosVRAE.pdf</a>)</p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 3: La gente de la banda Turbopótamos va a sacar nuevo disco. Se llamará 2012. Están convocando a sus seguidores para colaborar con la hechura de la portada. Dénse una vuelta por su web: <a href="http://www.turbopotamos.com/" target=blank>www.turbopotamos.com</a>. La idea está muy buena. Saludos para ellos]</strong> </p>]]>
    </content>
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    <title>8. La hora de los débiles</title>
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    <published>2009-09-05T05:41:50Z</published>
    <updated>2009-09-18T00:00:11Z</updated>

    <summary> [AQUÍ LA OCTAVA PARTE QUE NADIE QUIERE Y NADIE PIDIÓ. PARA DELEITE DE TODOS, LA NOVELA ESTÁ LLEGANDO A SU FINAL] Lo único que se le ocurrió a Amanda aquel miércoles –un día después de parir el kilométrico mensaje...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov8_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov8_blog.html','popup','width=1175,height=486,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov8_blog-thumb-420x173.jpg" width="420" height="173" alt="nov8_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[AQUÍ LA OCTAVA PARTE QUE NADIE QUIERE Y NADIE PIDIÓ. PARA DELEITE DE TODOS, LA NOVELA ESTÁ LLEGANDO A SU FINAL]</strong></p>

<p><big>Lo único que se le ocurrió a Amanda aquel miércoles –un día después de parir el kilométrico mensaje que envió a Gabriel– fue escapar a Chaclacayo. A la casa de su tía Irene, en Los Cóndores. Sí, la misma casa en cuyos amplísimos jardines se había celebrado, siete años atrás, la estruendosa recepción de su matrimonio con Jaime. Había algo un poco mórbido en elegir como escenario de retiro y reflexión el mismo lugar en donde había festejado aquella unión matrimonial que ahora, precisamente, le suscitaba tantos cuestionamientos. Sin embargo, no encontró mejor opción. </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Su desaparición duró tres días. Cuando llamó a su Tía Irene a preguntarle si podía quedarse un <em>tiempito</em>, ella le dio la más calurosa de las respuestas. No sabes lo lindo que sería para mí y para tu tío Roberto tenerte aquí en la casa, Amandita, le había dicho. </p>

<p>En términos precisos, no era una casa, sino un caserón. Algunos visitantes primerizos hasta la confundían con un club. No era para menos. Había una piscina con tobogán, una extensa área de parrilla (llamada <em>barbiquiu</em>), una cancha de fútbol reducida, una pileta de piedra que paraba malograda, y hasta una pequeña laguna, adonde los sobrinos y nietos siempre se acercaban para cazar renacuajos con bolsas transparentes que durante horas se improvisaban como endebles peceras de plástico. Había también animales por todos lados: perros de dos y tres razas, conejos, gallinas y un engreído par de tortugas viejas que pocas veces se dejaban ver. </p>

<p>La Tía Irene –hermana de la mamá de Amanda– y su esposo, Roberto Gervasi, vivían solos en esa especie de búnker campestre, como si fuesen dos reyes ancianos encerrados en un castillo deshabitado. Sus tres hijos se habían casado e independizado casi de golpe, y solo regresaban a Los Cóndores algunos fines de semana, con ocasión de esos almuerzos pantagruélicos que a la Tía Irene le entretenía organizar. </p>

<p>A sus papás, a sus hermanas, a Jaime y hasta a su hijo, Emilio, Amanda les dio una falsa versión de su repentino viajecito a Chaclacayo. Mi Tía Irene me ha invitado a pasar juntas unos días, les inventó. Nadie lo encontró muy raro: después de todo Irene era su madrina y sonaba perfectamente normal que, para no sentirse tan sola en esa bucólica residencia, recurriera a la compañía de su sobrina predilecta. De chica, además, Amanda lo había hecho muchas veces: en una época era típico para ella quedarse a dormir fines de semana enteros en la casa de los Gervasi. A sus papás no les gustaba mucho ese plan, porque Giacomo, el hijo mayor de Irene y Roberto, tenía una extendida fama de drogadicto debido a su afición por la marihuana (por algo en la Universidad lo apodaban <em>Hierbasi</em>). Ahora todo era muy distinto. </p>

<p>Desde un inicio, la tía le ofreció a Amanda toda su complicidad, fraguando así la mentira y librándola de cualquier interrogatorio. Yo no me meto: tú eres una chica inteligente y sabes lo que haces, fue el único juicio que emitió a su llegada. </p>

<p>Para Amanda era importantísimo estar sola. Emilio berreó un poco cuando ella le contó sus planes, pero no le quedó otra salida: llevar al niño habría significado sacrificar el silencio y la independencia que necesitaba para despejar los densos nubarrones que le impedían ver la solución a los jeroglíficos de su futuro sentimental. Le urgía exiliarse de modo temporal, hacer <em>pause</em>, dejar atrás –siquiera por un puñado de horas– su papel de abotagada ama de casa, de mamá consentidora, de esposa desatendida, de disciplinada usuaria del gimnasio. Era mucho, demasiado estrés. Necesitaba ser absorbida por el espacio exterior para distraerse de todas las mujeres que interpretaba a diario, para guarecerse de las identidades que se revolvían bajo su pecho, como una maraña de fantasmas.   </p>

<p>La tarde del jueves (casi a la misma hora en que Gabriel compraba el terno y la corbata que vestiría el sábado, en el matrimonio de Juan Pablo), Amanda se sintió tentada de llamarlo. Fue un instante de conexión psicológica a larga distancia. Mientras en una tienda del <em>Jockey Plaza</em> Gabriel pensaba qué corbata elegiría Amanda si estuviera allí con él, ella –flotando en una colchoneta amarilla sobre el agua celeste de la piscina– evaluaba la conveniencia de marcar su número. Sus cuerpos estaban físicamente alejados pero en sus espíritus nuevamente coincidía el golpe de la nostalgia. </p>

<p>Amanda había visto el mensaje de texto de Gabriel y quería avisarle que todo estaba bien, que lo quería y necesitaba, que solo precisaba de unos días para superar la claustrofobia emocional que había comenzado a padecer. Sin embargo se contuvo. </p>

<p>Parte de su propósito de aislamiento consistía en interrumpir la comunicación con el resto de la humanidad y entablar únicos y episódicos diálogos con las tumultuosas voces de su interior, que –para hacerle la chamba regenerativa más difícil– gritaban mensajes contradictorios desde distintos lugares de su cerebro. Déjalo. No lo dejes. Olvídalo. No lo pierdas. Evítalo. No te vayas de su lado. Lo que tenía entre los sesos era una auténtica chanfaina. </p>

<p>Si por ella hubiera sido, hasta habría apagado el celular, pero eso podía empujar a Jaime y a sus hermanas hacia las sospechas más encarnizadas. Por eso, para evitar intrigas, cada vez que hablaba con ellos impostaba la voz, diciendo algo así como “el clima está riquísimo” o “la estoy pasando regio”, y así les hacía creer que se hallaba con el mejor ánimo del mundo.</p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gallinas.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gallinas.html','popup','width=300,height=176,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gallinas-thumb-300x176.jpg" width="300" height="176" alt="gallinas.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Paseando por los jardines de la casa de Los Cóndores, Amanda no podía dejar de traer a su memoria escenas del día de su matrimonio. La entrenada ejecución del Danubio Azul, la ovación de los invitados, las fotos, los divertidos saludos de los amigos en la cámara de video, la despedida lacrimógena con sus papás. Todo había salido tan perfecto esa noche, se había sentido tan dichosa, y tan invadida por la certeza de que esa dicha le duraría hasta la ancianidad, que ahora le parecía mentira pensar en separarse. El único motivo por el cual se negaba a considerar que había fracasado era la existencia de Emilio. </p>

<p>Probablemente no sería exclusiva culpa suya, quizá Jaime era tan responsable como ella de todo el desaguisado, pero esas excusas de perogrullo no bastaban para librarla de la convicción de que su matrimonio había acabado siendo una enorme interrogante.  </p>

<p>¿Cuántas parejas casadas –pensaba, balanceándose en el rústico columpio que colgaba de un árbol Ponciana– continúan unidas por fuera aunque quebradas por dentro? ¿Cuántas mujeres se quedan atrapadas en relaciones que las hacen infelices solo porque les parece más aterradora la idea de quedarse solas para siempre? ¿Cuántas personas soportan la cobarde mediocridad de una doble vida? ¿Cuánta gente jura, a ojos cerrados, fidelidad irrestricta a una persona, sin saber a ciencia cierta si esa persona merecerá su lealtad un lustro más tarde? </p>

<p>Amanda encendió un cigarro y pensó en sus amigas, en sus expedientes afectivos. Todas tenían historias muy distintas. Empezó por Macarena y Sandra, a quienes conocía desde el colegio y que continuaban solteras a los 30 años. </p>

<p>Macarena –más independiente y liberada– se tomaba bien su soltería. Era fuerte, tenía temple y una soberbia conchudez a la que ella prefería llamar <em>personalidad</em>. Había tenido cuatro novios pasajeros, y había terminado con los cuatro. De los tres primeros nunca acabó de engancharse y los cortó antes de cumplir los seis meses (que era el tiempo de prueba que ella acostumbraba imponerse). Del último, en cambio, sí estuvo enamorada <em>en serio</em> (es decir, de ese modo sufrido, desgarrado y bolerístico en que se enamoran algunas chicas), pero era tan orgullosa que –para no malograr su favorable récord de <em>nocauts</em>– lo cortó el mismo día que presintió que él iba a romper con ella. Macarena era fotógrafa y le encantaba vivir sola, sin <em>roommates</em>, en su bonito departamento de la calle Alcanfores. Sus amigas siempre la asociaban con cuatro objetos a partir de los cuales su vida adquiría una prosaica trascendencia: su computadora, su cámara, su camioneta y su taza de café. Los cuatro, coincidentemente, comenzaban con la letra C.  </p>

<p>Pero lo que para Macarena era soltería, para Sandra era soledad. Allí donde la primera veía una explanada, una planicie, la segunda distinguía una jaula. Estar sola para Sandra era algo así como un demérito, una falla, un error, un defecto social que debía corregirse. Su técnica más pulida para disimular ese disgusto era hablar mal de todos sus ex enamorados. Siempre que se lo preguntaban decía que ninguno valía la pena, que estar con ellos había sido producto de un <em>lapsus</em>, y que no entendía por qué se había demorado tanto en terminar con esos imbéciles (<em>esos pobres imbéciles</em> era la correcta manera de referirse a ellos). Los criticaba en público, pero, curiosamente, no perdía oportunidad de espiarlos a través del <em>Facebook</em>. Se pasaba horas de horas mirando las fotos de los chicos a los que había querido: se comparaba con sus nuevas novias, se fijaba en los países a los que viajaban, y medía cuánto habían evolucionado con respecto a ella. “No sé por qué pierdo el tiempo con estas cojudeces”, se amonestaba a sí misma cada vez que navegaba en esas páginas. “No sé por qué lo hago”, insistía, arrugando la nariz en una mueca de desprecio anónimo.</p>

<p>La tercera de sus mejores amigas, Ximena, estaba divorciada. Por su forma de ser, se ubicaba a una distancia equidistante de Macarena y Sandra. No era tan egoísta como la una, ni tan cínica como la otra. Era, en todo caso, una mezcla de ambas, una criatura mansa y bipolar: así como había días en que aseguraba haberse quitado un peso de encima con el divorcio, había otros en que decía estar estudiando la posibilidad de darle una segunda oportunidad a su ex marido. Los practicantes que trabajaban con ella en el estudio <em>Muñiz</em> –donde era abogada principal– solían comentar a la hora del almuerzo que Ximena era una mujer guapa y culta, pero muy difícil. Ningún hombre soportaría sus excesos de autoritarismo y prepotencia, concluían. Con razón la dejaron, decían a sus espaldas los más chismosos. Luego, por supuesto, le sonreían y hacían todo tipo de favores para ganar su simpatía. Más que respetarla, le temían.  </p>

<p>Aunque salía muy poco de su casa, Amanda tenía claro para qué tipo de actividades podía contar con cada cual. Si se trataba de salir a tomar unos tragos o a visitar una galería, seguramente buscaría a Macarena, que conocía al dedillo la vida nocturna de Lima. Si le apetecía ir al cine o al teatro, Sandra era la acompañante ideal: siempre estaba al tanto de los estrenos y presumía de una intelectualidad que no poseía. Si solo quería conversar, ninguna como Ximena.</p>

<p>Las últimas horas de su retiro campestre las pasó con sus tíos Irene y Roberto. La noche del viernes disfrutaron juntos de una paella, se entonaron con unos vinos tintos, repasaron anécdotas de la familia, revisaron unos álbumes con fotos de hacía años que Amanda no recordaba haber visto, y a la una de la madrugada se retiraron a dormir. Al día siguiente, sábado, Amanda partió temprano hacia Lima. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalle_treschicas.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalle_treschicas.html','popup','width=394,height=178,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalle_treschicas-thumb-394x178.jpg" width="394" height="178" alt="detalle_treschicas.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Apenas regresó de Chaclacayo, tomó un largo baño y salió a almorzar con sus hermanas. Así lo había coordinado por teléfono con Jaime, quien se había llevado a Emilito a una competencia de veleros al Regatas de La Punta. </p>

<p>Les dio el encuentro a Ana Cecilia y Alejandra en el <em>Segundo Muelle</em> de Conquistadores. El local estaba atiborrado de gente, y en la puerta se formaba una larga cola de espera. Amanda entró y encontró a sus hermanas en una mesa de la terraza, justo cuando el mozo les servía unos tiraditos de entrada y dos <em>pisco sours</em>. Ni bien se sentó pidió uno para ella también. “Bien cargadito, por favor”, especificó. Estaba de buen humor. </p>

<p>En el cielo, una resolana le proporcionaba al día un vago pero efectista color veraniego. </p>

<p>Cuatro horas después, las tres estaban de lo más alegres y empachadas. No se dieron cuenta de que habían bebido demasiado hasta que se descubrieron hablando muy didácticamente sobre sus vidas sexuales: la frecuencia, los lugares, las duraciones, los orgasmos fingidos, los antojos pervertidos de sus esposos en la cama. Era la primera vez que tocaban el tema entre ellas con tanta libertad. Más que hermanas en un restaurante, se las veía como amigas en un <em>shower</em>. </p>

<p>La más afanosa y deslenguada era Anacé, quien ventiló detalles tan ilustrativos como que a Felipe, su esposo, le gustaba más la pose de la cucharita, porque se demoraba más. “En cambio, con la del misionero y la del perrito, que a mí me parece horrible, el pobre se viene al toque”. También contó que Felipe llamaba a su pene <em>Chiquitín</em> y que se refería a él en tercera persona. “¿Ya quieres que <em>Chiqutín</em> entre?”, le preguntaba religiosamente, como pidiendo permiso antes de la penetración inicial. </p>

<p>–¿Y en verdad es <em>Chiquitín</em>?, indagó Alejandra, mientras pensaba en los escasos centímetros de pene que poseía su esposo, Jorge. </p>

<p>–Eso es lo peor, de <em>Chiquitín</em> no tiene nada. ¡Es una guaraca! </p>

<p>Amanda soltó una carcajada.</p>

<p>Unos cuarentones las observaban desde una mesa cercana. Al verlas tan parlanchinas y despabiladas, uno de ellos gritó <em>salud, chicas</em>, animándolas a que prosiguieran con una nueva ronda de piscos. <em>Yo invito</em>, ofreció el hombre. Los demás tíos celebraron la iniciativa con una risotada. Amanda y Anacé no supieron negarse, pero Alejandra –en un preciso tic de probidad– respondió en nombre de todas diciendo <em>no, gracias, ya nos estamos yendo</em>.  </p>

<p>Lo primero que hizo Amanda al llegar a su casa fue encender la computadora. Eran las 7 y 30 de la noche. Jaime y Emilio todavía no llegaban. Aprovechó que no había nadie para ingresar a su correo, prender un cigarro y escribirle un mail a Gabriel, contándole sucintamente acerca de su descanso en Los Cóndores. A pesar de ser un mail de corte informativo, no se reservaba ni un ápice de fervor. </p>

<p><em>Todo está muy bien, mi amor. Quiero verte cuanto antes. Te mando un beso grande. <br />
</em><br />
En ese momento Amanda no tenía cómo saberlo, pero mientras escribía esa última línea con tantas expectativas y esperanzas sobre la presencia de Gabriel en su vida, él caminaba junto con María Pía rumbo a la pista de baile, en la recepción del matrimonio de Juan Pablo. </p>

<p>Horas más tarde, mientras Gabriel y María Pía se trenzaban en ese beso subrepticio en la madrugada, Amanda dormía al lado de Jaime, pero soñando con él.  </p>

<p><strong>(…)</strong> </p>

<p>A las cuatro de la tarde del domingo, Gabriel recibió una llamada. Era Martín. </p>

<p>–Alucina que acabo de levantarme. Qué tal tranca, carajo…<br />
–Resucitaste, chivo. Puta qué feo borracho eres…<br />
–No me acuerdo de nada, huevón. Cuéntame, por favor, a qué hora terminó el matrimonio, qué pasó con María Pía. La última imagen que tengo es la de ella diciéndome que iba a bailar contigo. ¿Bailaron?<br />
–Sí, pero un par de canciones nada más… <br />
–¿Y luego?<br />
–Nada, pues, tú moriste en la mesa. Me despedí de Juan Pablo, te trepé al carro, la jalé a María Pía y te llevé a tu casa. Hasta una colcha te puse. Estabas hecho una porquería <br />
–Puta madre. ¿Muy rochoso?<br />
–Recontra rochoso<br />
–¿La cagué con la flaca? ¿Se enojó? ¿Qué te dijo?<br />
–Nada. No se enojó. Se río nomás…<br />
–Tengo que reivindicarme. Mañana en la chamba le pido disculpas y le digo para salir…<br />
–No sé, Martín. Yo que tú me olvido de ella<br />
–¿Por? <br />
–Tú la escuchaste: se quiere ir a Nueva York en un año. Está en la fábrica haciendo tiempo. Ni siquiera le interesa el márketing. Imagínate que te enamoras. ¿Qué chucha vas a hacer cuando se vaya?<br />
–¿Y qué pasa si la que se enamora es ella y no se va a ningún lado? <br />
–No sé. Yo solo te doy mi opinión, pero me pareció que la flaca no está pensando en tener nada serio…<br />
–Bueno, yo tampoco<br />
–¿Seguro? Ayer te querías casar. O de eso tampoco te acuerdas…<br />
–Ja, ja. Franco. <br />
–Ya ves…<br />
–Mira, no te voy a mentir. Sí me gustaría que pase algo chévere con María Pía. Y si me va mal, qué mierda pues, me fue mal. Creo que vale la pena intentarlo. Una chica así no aparece todos los días. <br />
–No la idealices, tampoco<br />
–¿Qué te pasa, ah? Estás todo negativo. Ayer coincidíamos en que era una chica para estar en serio, es más, me alentaste a que no me desesperara, a que caminara despacio, y ahora vienes y –juá– me pinchas el globo… <br />
–Es que no la conocí tanto tampoco, por eso te lo digo, nada más…<br />
–Apuesto a que no te escribe todavía Amanda y por eso estás más Don Pésimo que nunca…<br />
–Al contrario: ya me escribió<br />
–¿Y qué te puso? <br />
–Que todo está bien y que quiere verme. Eso.<br />
–¿Y por qué me lo dices así, con voz de muerto fresco? ¿No era lo que querías? Se supone que deberías estar saltando en una pata. Yo que tú estaría recontra <em>happy</em>. Estaría más contento que guachimán con cable…<br />
–Sí, de hecho me pone bien…<br />
–A ti te pasa algo, idiota <br />
–Nada que ver. <br />
–Ya, sabes qué, chochera, me das flojera, mejor hablamos mañana, cuando se te pase la regla… <br />
–¿Te has asado?<br />
–Chau, chau, déjalo allí<br />
–Ya, bueno, está bien, chau<br />
–Chau</p>

<p>Gabriel estaba muy contento por el mail de Amanda, pero los residuos de la noche anterior neutralizaban su alegría, haciendo estragos en su seguridad. Por eso actuaba así, como a la defensiva. Sentía que, al besar a María Pía, había sido un tanto desleal con Amanda y con Martín. Esa sensación le ocupó el cerebro y prefirió quedarse el domingo encerrado, leyendo, haciendo <em>zapping</em>, cocinando. Abandonarse a las actividades mundanas le ayudó a exterminar de su conciencia las manchas de la supuesta falta cometida. </p>

<p>Por la noche, mientras veía el programa de Jaime Bayly, un pensamiento liberador –producto de todas las deducciones calibradas a lo largo del día– atravesó su mente como un flechazo. Si Martín no tenía mayor relación sentimental con María Pía, es decir, si ella era una mujer completamente libre, y Martín era solo un aspirante a su cariño, qué tan infame podía resultar ese beso travieso que había durado menos que un relámpago. Además, había sido María Pía, y no él, quien preparó el terreno para el chupetazo. De haber sido más avispado, hasta podría haber pasado la noche con ella. Pero si no lo hizo fue, precisamente, porque su nobleza amical lo llevó a desistir. </p>

<p>Después, tras analizar su otra deuda ética, coligió que con Amanda tampoco se había portado mal. Estaban enamorados, sí, pero el suyo era, por definición, un enamoramiento <em>sui géneris</em>, en el que el teórico y recíproco pacto de exclusividad estaba completamente trastocado. Amanda lo amaba, pero dormía con Jaime y de vez en cuando incluso follaba con él. Ella juraba no sentir nada cuando hacía el amor con su marido, y Gabriel le creía, tenía que creerle, porque sabía que el amor es finalmente una superstición, un permanente ejercicio de la fe. Pero entonces, si Gabriel podía aceptar esa incomodidad en nombre de la relación a escondidas, entonces, por qué Amanda no podría mostrarse un poquito tolerante si él una  noche –en un segundo de flaqueza– decidía calentarse en los brazos de otra mujer. </p>

<p>Además, por último, si Amanda le era infiel a su esposo, y si Gabriel le era infiel a Amanda, ¿no estaban ambos <em>infieles</em> en un clamoroso empate técnico? </p>

<p>Finalmente, para acabar de limpiarse los últimos microscópicos restos de culpabilidad, Gabriel invocó uno de los clásicos enunciados con que Martín afrontaba estas disyuntivas: “solo eres infiel cuando metes la pichula, antes no”. Según ese conveniente teorema, los besos no contaban, eran mantequilla.  </p>

<p>Todos eran argumentos fríos y recubiertos por una innegable majadería, pero resultaron sumamente útiles en ese largo acto de tortuosa contrición.  </p>

<p>Solo una vez que quedó en paz consigo mismo, Gabriel tuvo ganas de contestar el mail de Amanda con renovada ilusión. Le escribió y contó pasajes escogidos del matrimonio en Cieneguilla, se mostró comprensivo con la decisión que ella tomó de irse sorpresivamente a Chaclacayo, y le dijo que también quería verla. Su correo terminaba así: </p>

<p><em>Encontrémonos el martes por la mañana en el Café Gianfranco de Angamos. A las 9 a.m. Qué dices. Sabías que eres una maestra para hacerte extrañar.</em></p>

<p><br />
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<p>De regreso de La Punta, con Emilio dormido en el asiento de la derecha, Jaime pensaba en lo buena que había sido la idea de pasar el sábado en el Regatas, viendo los veleros. Durante el minuto y medio de la luz roja de cada semáforo del trayecto contemplaba con una sonrisa a su hijo, cuyo cuerpecito inanimado se chorreaba detrás del cinturón de protección. </p>

<p>Entre ser buen papá y ser un buen esposo, Jaime prefería lo primero.</p>

<p>Desde chico, había respirado en su casa un aire seco y patriarcal. Su padre, Ramiro Tudela, le hizo entender que las mujeres (su mamá, su hermana menor) eran personajes carismáticos, pero escenográficos. “Los hombres hacemos que las cosas funcionen y que las tradiciones se mantengan”, le decía, inoculándole un profundo sentido de la subestimación hacia el género femenino. Para todo efecto, Jaime y su padre eran un equipo. La madre y la hermana conformaban otro. Siempre había sido así. </p>

<p>El día que su padre se fue de la casa, Jaime se sintió víctima del abandono y la traición más flagrantes. Tenía 10 años recién cumplidos. Ninguna de las lecciones que su papá le había dado alcanzó para que Jaime comprendiera su arbitraria decisión. Fue un golpe durísimo que le costó asimilar. Tras la separación, se quedó con su madre y su hermana, pero la convivencia fue una pesadilla: ellas veían en él una extensión del hombrecillo indolente que las había dejado e, inconscientemente, a través de gritos y comparaciones desproporcionadas, hicieron de su adolescencia una variada sesión de humillaciones.   </p>

<p>Pasó muchos años alejado emocionalmente de sus padres, y recién en la adultez pudo iniciar la reconciliación. El día de su matrimonio con Amanda los dos asistieron y, a pesar de que llevaban tiempo sin verse ni hablarse, sonrieron a los invitados y actuaron con una diplomacia que Jaime les agradecería luego en privado. En ninguna de las fotos del casamiento que fueron publicadas en las revistas se les veía como una pareja de divorciados distantes. Al contrario: en algunas imágenes hasta parecía que se adoraban.   </p>

<p>Era por todo eso que Jaime quería que Emilio tuviera lo que a él le faltó: una familia permanente, visible. Él sabía que las cosas con Amanda no marchaban bien y hasta intuía que no tenían arreglo. No era ningún tonto. Sin embargo, estaba dispuesto a soportar ese deterioro como precio a que su hijo los viera juntos, siempre, bajo el mismo techo. Darle a Amanda todas las comodidades y libertades era un tácito modo de convencerla de que permanezca allí, a su lado, obediente. Guardaba por ella un cariño inmenso, pero no la amaba. Difícilmente podía llegar a amar a una mujer. Todo su amor estaba destinado a su hijo y por él era capaz de defender la estabilidad de su hogar, aunque al hacerlo éste quedara convertido en una forzada caricatura de la felicidad que de niño nunca tuvo.      </p>

<p>Tener otro hijo e irse a vivir al extranjero con Amanda podía significar para Jaime un importantísimo triunfo respecto de los magros antecedentes de su biografía familiar. Si él tomaba la decisión de irse de su casa, no lo haría como lo hizo su papá: solo, en puntas de pie, sin dar la cara. No. Él se llevaría a todos y cada uno de los miembros de su rebaño y todo el mundo apreciaría lo excelente padre que era Jaime Tudela. </p>

<p>Por eso estaba tan decidido en reconquistar a Amanda. Sería una conquista calculada, con un plan detrás. Igual a cuando le propuso matrimonio. Casi desde que la conoció él deseaba que Amanda fuera, más que su esposa, la madre de sus críos. </p>

<p>Jaime avanzó por toda la Javier Prado y dobló a la altura de Camino Real. No había mucho tráfico. La noche estaba fresca.</p>

<p>Cuando llegó al departamento arropó a Emilio y lo metió en su cama, dándole un beso en la frente. Enseguida, se metió en la suya. A su lado, Amanda dormía plácidamente. Como ya se dijo líneas arriba, soñaba con Gabriel.  </p>

<p><br />
<strong>(…)</strong></p>

<p><br />
–¿Qué tal el matrimonio?, le preguntó Rocío a María Pía<br />
–Bravazo. Fue en Cieneguilla. Bien ficho, en verdad…<br />
–¿Y qué tal con el chico de la chamba? ¿Martín no?<br />
–O sea, bien. Pero al final se la pegó y me quedé bailando con su amigo<br />
–¿Y cómo estaba el amigo?<br />
–Puta, huevona, me lo chapé<br />
–¿Quéeeee? ¿Frente al otro? ¡Qué pendeja, Pía!  <br />
–No, nada que ver. Fue algo recontra impensado. Martín se quedó borracho en la fiesta y este chico, Gabriel, me sacó a bailar y nos vacilamos y me pareció súper interesante y, al final, cuando me dejó en mi casa, chapamos… <br />
–Pero qué, ¿pasa algo?<br />
–De hecho hubo su química, pero no sé. El huevón sale con una flaca, así que tampoco me alucino nada…<br />
–Bueno, y tú sales con Martín, así que están iguales…<br />
–Yo no salgo con Martín. Salimos ayer, porque me invitó, pero cero, no pasa nada con ese duende…<br />
–¿Te cae mal?<br />
–No, me cae muy bien, pero, no sé cómo explicarlo. ¿Nunca te ha pasado que un chico te demuestra que se muere por ti y la caga? Como que no deja ningún espacio para el misterio…<br />
–Sí, claro. El típico gil que pone sus cartas sobre la mesa demasiado rápido y cree que eso lo hace ganar puntos<br />
–Exacto. Eso pasó con Martín. El huevón es lindo, pero se fue de muelas. Me reventó todos los cohetes que te puedas imaginar. Al final, la verdad, hasta un poquito pesado me cayó…<br />
–¿Y qué vas a hacer cuando te llame?<br />
–Quién, ¿Martín o Gabriel?<br />
–Martín, pues…<br />
–Bueno, a él lo voy a ver en la chamba. Supongo que ahí hablaremos. Sin trámites tampoco, o sea, quiero que todo quede en muy buena onda<br />
–Bueno, reina, te tengo que dejar. Suerte con tus galanes, pues. Un besito<br />
–Un besito, Chío. Cuídate. A ver cuándo nos vemos<br />
–Sí, oye, hace tiempo que estamos con esas. Te llamo el fin, ¿te parece?<br />
–Cerrado. Un beso. <br />
–¡Muac!</p>

<p>Hasta cierto punto, las especulaciones de Gabriel con respecto a María Pía tenían validez. Ella no quería nada serio con nadie. Pensaba irse a Nueva York en exactamente 11 meses, así que lo peor que podía ocurrirle era iniciar un romance que la atara a una ciudad que no quería. </p>

<p>Lamentablemente para ella, Gabriel apareció en su camino y se le metió entre ceja y ceja. </p>

<p>Le acababa de decir a Rocío –su amiga de siempre– que no se alucinaba nada con este chico nuevo que la había besado. Pero era mentira. Claro que se alucinaba cosas. No hacía otra cosa que alucinar. Debajo de esa careta de perfección y desenvoltura había una chiquilla de 23 años deseosa de vivir una historia intensa, diferente, con alguien mayor, de quien pudiera aprender y que la tratara con delicadeza. Un hombre como Gabriel –de 31 años, inteligente, que vivía solo– parecía ser el candidato ideal. Nada que ver con ese par de mocosos inútiles que tuvo por enamorados.  </p>

<p>Además, en el relato que ella les hizo a Gabriel y Martín, sus papás aparecían como un par de señores muy responsables y mimadores, pero la verdad era otra. Sus papás eran el principal motivo por el que María Pía quería largarse de una vez. Nunca se preocupaban por ella. Es decir, la llevaban a fastuosos restaurantes vietnamitas en Nueva York para recibir el Año Nuevo, pero eran incapaces de tocarle la puerta del cuarto y sentarse a conversar con ella sobre cómo estaba o qué necesitaba. Dinero no le faltaba, afecto sí. El beso que Gabriel le dio había activado en su cabeza un <em>switch</em> de turbulentas emociones. Por eso no esperó a que él la llamara. Consiguió el teléfono de la agencia de publicidad, y ahí le facilitaron el número de su celular. </p>

<p>Dejó pasar el lunes y lo llamó el martes, para no parecer tan interesada. Telefonearlo fue lo primero que hizo en la oficina. </p>

<p>Cuando sonó la primera timbrada eran las diez de la mañana. </p>

<p>Justo en ese instante Gabriel le extendía a Amanda un tenedor que simulaba ser un avioncito que llevaba una carga de huevos revueltos con jamón. La boca de Amanda era un hangar. Estaban tomando desayuno en el <em>Café Gianfranco</em>. </p>

<p>Amanda probó el bocado y Gabriel contestó. Quién es, curioseó Amanda, con la boca llena. <br />
</big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pap%C3%A1.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/pap%C3%A1.html','popup','width=170,height=198,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/papá-thumb-170x198.jpg" width="170" height="198" alt="papá.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti.html','popup','width=394,height=100,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/conti-thumb-394x100.jpg" width="394" height="100" alt="conti.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[ILUSTRACIONES: Alfonso Vargas Saitua (el indómito y amenazador Robotv)]</strong></p>

<p><br />
[Aunque Gabriel diga que no, yo lo conozco muy bien. Y sé, por ejemplo, que es fanático del argentino Kevin Johansen. Aquí les dejo una canción suya: La Procesión. Gabriel la debe haber cantado muchas veces en los últimos meses]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/Qm5td0RB7ks&hl=es&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/Qm5td0RB7ks&hl=es&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Este miércoles 9 de setiembre habrá una conversa sobre blogs en la Universidad San Martín. Aquí les dejo el flyer, por si gustan merodear]</strong></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/afiche_final.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/afiche_final.html','popup','width=420,height=579,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/afiche_final-thumb-420x579.jpg" width="420" height="579" alt="afiche_final.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a> </p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Muchas gracias a la gente del colegio San Ignacio de Recalde. Estuve el miércoles pasado por allí aburriendo de lo lindo a los chicos de tercero de media. Saludos para todos y besos para las profes]</strong></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/triptico_recalde.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/triptico_recalde.html','popup','width=850,height=249,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/triptico_recalde-thumb-420x123.jpg" width="420" height="123" alt="triptico_recalde.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a>  </p>]]>
    </content>
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    <title>7. El matrimonio de Juan Pablo</title>
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    <published>2009-08-28T07:27:30Z</published>
    <updated>2009-09-02T08:03:34Z</updated>

    <summary> [AQUÍ LA SÉPTIMA PARTE DE ESTA INTERESANTÍSIMA HISTORIA QUE ABURRE A GRANDES Y CHICOS. NO LA LEAN] Ni siquiera sé hacia dónde diablos estoy manejando. Ni siquiera tengo claro qué chucha voy a hacer. ¿Voy a su casa a...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov7_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov7_blog.html','popup','width=848,height=669,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov7_blog-thumb-420x331.jpg" width="420" height="331" alt="nov7_blog.jpg" class="mt-image-left" style="float: left; margin: 0 20px 20px 0;" /></a></p>

<p><strong>[AQUÍ LA SÉPTIMA PARTE DE ESTA INTERESANTÍSIMA HISTORIA QUE ABURRE A GRANDES Y CHICOS. NO LA LEAN]</strong></p>

<p><big>Ni siquiera sé hacia dónde diablos estoy manejando. Ni siquiera tengo claro qué chucha voy a hacer. ¿Voy a su casa a buscarla? No, ni cagando. Será para que el esposo salga y me aviente una olla con agua caliente. Se supone que a esta hora él trabaja, pero quién sabe: quizá hoy, por azar, decidió tomarse el día. Mejor no. ¿Y si Amanda está en el gimnasio? Claro, ahí la puedo encontrar: entro, le paso la voz y le digo para hablar un ratito. Aunque si está haciendo ejercicios con el instructor o con alguna amiga, podría armarse un chongo y después, la canción criolla. Puta madre, Amanda, qué te pasó. Hace unos días juramos que no perderíamos el contacto, que seguiríamos adelante, que superaríamos el miedo, y ahora me sales con esto. Por qué arrugas, por qué. Qué hago, carajo. A dónde voy. Y encima este tráfico de mierda que no ayuda ni un pincho. </p>

<p>–Clank, clank, clank– </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>–¡Avanza, pues, conchudo! Que me diga algo nomás ese huevón y me bajo y le parto la cara… </p>

<p>Gabriel hizo una maniobra temeraria, giró el timón a la izquierda, aceleró quemando las llantas, pasó al lado del taxi que tenía delante y disminuyó la velocidad de golpe para mirar al piloto a la cara…</p>

<p>–¡Qué me miras. Avanza nomás!, le increpó el conductor, un hombre mestizo, de pelo pajoso y lentes de aumento</p>

<p>–¡Fuera, chuchatumadre!, le gritó Gabriel, con toda su alma, con todo ese desprecio circunstancial que lo embargaba. El hombre, madrugado por el grito, se quedó callado, masticando una rabiosa respuesta que no alcanzó a proferir.  </p>

<p>Gabriel manejó a lo largo de cuadras, sin saber a dónde ir. Cada idea que consideraba era desechada al segundo siguiente. Quería ver a Amanda, pedirle una explicación sensata a su unilateral decisión de romper el pacto y darle <em>tiempo</em> a la relación. Quería verla, sí, pero tampoco deseaba armar un escándalo que fuera a empeorar las cosas.  </p>

<p>Después de una media hora, la locura y el ansia fueron cediendo. Gabriel entró en razón y, tras hacer un veloz análisis de pros y contras, optó por regresar a su departamento. Cuando cruzó la puerta reparó, con amnésico asombro, en que había dejado la <em>laptop</em> prendida y la ventana abierta. Al costado, el café reposaba más helado que frío.    </p>

<p>Al final, el que se tomó el día fue él. Llamó por teléfono a Ernesto Escribens, su amigo y jefe, el dueño de la agencia donde estaba trabajando, y se disculpó aduciendo una jaqueca insoportable. Ernesto le dijo que normal, que no se preocupara. Descansa, le aconsejó. </p>

<p>Sin embargo, eso fue lo último que hizo Gabriel: descansar. Por lo menos su cabeza, más hiperactiva que nunca, se negaba a dejar de maquinar. Internamente, se debatía entre innumerables sospechas y especulaciones, cada una de las cuales repercutía en su estado físico, produciéndole una sensación general de inquietud, aflicción y desasosiego. La jaqueca, después de todo, no resultó ser una excusa del todo falsa. </p>

<p>Gabriel se sentó frente a la <em>laptop</em>, releyó el correo de Amanda unas tres veces y luego –casi como en una catarsis, como en un vómito sobre el que no podía ejercer ningún control– escribió una respuesta de lo más dolida y hepática. Cuando acabó, leyó el texto y se arrepintió del tono que había empleado. “Está muy avinagrado”, observó. Sombreó todos los párrafos con el <em>mouse</em> y apretó <em>delete</em>. Cuando se disponía a empezar de nuevo, el celular sonó. </p>

<p>–¿Aló? <br />
–Chochera, soy Martín. Cómo estás. Te llamaba al toque nomás para saber cómo es lo del sábado. ¿Tú vas a ir con alguien?   <br />
–¿A dónde?<br />
–Me estás hueveando ¿no? Cómo que a dónde. ¡Es el matri de Juan Pablo! ¿No jodas que te habías olvidado?<br />
–Mierda, sí, se me había olvidado por completo. Entre la chamba y lo de Amanda, estoy completamente desenchufado del mundo…<br />
–¿Qué fue con Amanda? <br />
–Nada. Me escribió un mail rarísimo, pidiéndome que no la llame, que me espere un tiempo…  <br />
–Perfecto, pues, gil. No la llames. Haz lo que te pide. ¿Tan difícil es?<br />
–No entiendes, Martín. Hace menos de una semana habíamos quedado en que mantendríamos las cosas tal como estaban y que nos las ingeniaríamos para vernos. Dentro de los contratiempos en que andamos, estaba todo muy claro…<br />
–Bueno, compadre, al parecer los planes cambiaron. Así son las mujeres, cholo. Con ellas, los planes siempre están cambiando. Si un día quieren que las engrías, al día siguiente quieren que las dejes ser. Así son, causa. <br />
–Algo tiene que haber pasado en su casa. Estoy seguro. <br />
–Eso es obvio. Pero no te hagas paltas: no le escribas. Ella misma te lo está pidiendo…<br />
–No puedo con esta intriga… <br />
–Mira, mira, parece que Dios me ha mandando al mundo para desahuevarte. Por un minuto, solo uno, deja de pensar en ese culebrón en el que te has metido y haz foco en esto: el sábado es el matrimonio de Juan Pablo. Juan Pablo –por si se te olvidó– es nuestro PATAZA del barrio, de toda la vida. Ya la cagaste en su despedida, ¿te acuerdas? No vayas a cagarla en su matri, pues huevón. Haznos ese favor a todos... <br />
–Sí, sí. Yo sé. Claro que voy a ir. Estaba un poco desconcentrado, nada más. Tengo que comprarme un terno, una corbata y listo.<br />
–Bueno, me alegro. ¿Y con quién vas a ir? Me dices que con Amanda, y te cuelgo de los boleros…<br />
–Voy a ir solo, bestia…<br />
–¿Solo? Ta madre, me cagas. <br />
–¿Por qué?<br />
–Es que yo también estaba pensando en ir solo, porque Juan Pablo me ha contado que Mariana tiene un montón de primas y amigas solteras…<br />
–Mejor, pues… <br />
–Sí, pero ya le insinué a una flaca de la chamba que me acompañe. Soy un tetudo. Está bien rica, ¿ya? pero no sé…<br />
–Entonces para qué mierda la invitaste…<br />
–Es que me tiene loco. Ha entrado a la fábrica hace poco. Yo le solté la invitación de broma el otro día en el almuerzo. Pensé que no me iba a empelotar, pero contra todo pronóstico aceptó… <br />
–Bueno, míralo de este modo: igual vas a tener con quien bailar. Y si las primas y amigas de Mariana no son muy agraciadas que digamos, no te perderás de nada.  <br />
–Sí, tienes razón. Porque Juan Pablo me dijo “sí, sí, son todas bien ricas”, pero ese huevón tiene el gusto medio retorcido. O sea, si el cachalote de su novia le parece simpático, no me extrañaría que sus amigas sean todos unos mostrobujos… <br />
–Ja, ja. Oe, hueverto, y tú quién chucha te computas. Brad Pitt no eres ah, por si aca… <br />
–Yo sé, yo sé, pero si las tías del tono van a estar así, medio malcriadas de cacharro, entonces mejor voy con María Pía…<br />
–¿María Pía es la chica de tu chamba?<br />
–Esa misma<br />
–¿Y qué tal está? ¿Linda?<br />
–¿Linda? Linda está la mañana, jetón. María Pía está buenísima, es una Diosa. Voy a ser la envidia de la fiesta…<br />
–En cambio, yo voy a ser el aburrido de la fiesta… <br />
–Ya, ya, no te pongas dramático. Más bien, cómo hacemos. ¿Vamos en dos carros? Mucha vaina, ¿no?<br />
 –Si quieres vamos en el mío. Te recojo y pasamos por María Pía<br />
–Ya, pero anda a mi jato a las 11 a.m., cosa que nos tomamos unas chelitas antes. Luego pasamos por ella y arrancamos para Cieneguilla. El matri es al mediodía, pero sobrado llegamos para el inicio del tono. Ni cagando me soplo la misa…<br />
–Puta, qué buena gente que eres con Juan Pablo. Menos mal que él es –¿cómo dijiste?–  “nuestro PATAZA de toda la vida”. Felizmente no te hizo testigo, sino lo dejabas plantado…<br />
–Ah, ¿con cachimba es la cosa? <br />
–Aunque sea hay que llegar al final de la ceremonia y hacer la finta de que estuvimos desde temprano. No seas tan pendeivis. ¿Te gustaría que el día de tu matrimonio falten tus amigos?  <br />
–¿Mi matrimonio? Ja. Primero se acaba el mundo…<br />
–Ya te quiero ver… <br />
–Ya, ya, no me vengas con chantajes sentimentales de última hora. Te espero el sábado a las 11. Ahí decidimos. <br />
–Ya, pues. Un abrazo. Hablamos.<br />
–Chaufa. Y ya sabes: no le escribas</p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/auto.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/auto.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/auto-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="auto.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Gabriel intentó hacer caso a los consejos de Martín, pero no resistió mucho tiempo el asalto de sus ímpetus contradictorios y acabó escribiéndole a Amanda. No le mandó un correo electrónico tan extenso y complejo como el que ella había escrito, pero sí le envió un mensaje de texto por celular. </p>

<p><em>No entiendo qué pasó. Te quiero más que antes. Y si hay que bancarse un lapso de espera, me lo banco. Solo un favor: manifiéstate pronto. No me dejes así. Un beso enorme. G. </em></p>

<p>El jueves y el viernes pasaron sin que Amanda enviara la menor señal de existencia. A medida que transcurrían las horas, la extrañeza de Gabriel fue adquiriendo todos los matices del enfado. Su preocupación se tradujo en molestia; su miedo, en una variedad de la indignación. </p>

<p>¿Qué le costaba a Amanda contestar? ¿Acaso estaba pidiendo mucho? ¿No podía tener un poquito de consideración? ¿Tan complicado era coger el puto celular e invertir un par de minutos, ni siquiera en llamar, sino en escribir un breve mensaje? Gabriel se martirizaba lanzando al espacio todas esas inútiles preguntas. Su fastidio, en el fondo, escondía el naciente temor de perder todo lo que había conseguido. Despotricar furiosamente contra Amanda solo era una manera confusa de admitir que el silencio pertinaz del que ella venía haciendo obscena gala le estaba provocando nuevas escoriaciones en un viejo lado del corazón. </p>

<p>La noche del viernes, antes de acostarse, dio un último manotazo de ahogado. Escribió un lacónico <em>mail</em>, en la pretérita esperanza de que Amanda se compadeciera y reaccionara. </p>

<p><em>Solo quiero saber que todo sigue igual. Tu indiferencia me está haciendo añicos. </em></p>

<p><br />
<strong>(…)</strong></p>

<p><br />
El sábado Gabriel despertó distinto, sin ganas de continuar en una brega emocional que juzgó desigual. “Si ella quiere tiempo, se lo daré”, dijo hacia dentro, como queriendo quitarle gravedad al asunto. <br />
Era una mañana de julio inesperadamente calurosa. El estallido del sol en el cielo repartía rayos que se colaban a través de las persianas del departamento. Gabriel tomó esa agradable curiosidad climática como un indicativo del humor que le correspondía tener. Parado junto a la ventana, contemplando el modo en que las personas se dispersaban allá abajo en la calle, su irritación pasó a mejor vida. Ya me contestará, se resignó.  </p>

<p>Se dirigió luego al refrigerador, abrió una caja de jugo de naranja y bebió un trago largo directamente del envase de cartón. En seguida se despojó del polo viejo que usaba por pijama, puso un disco de canciones ochenteras que Amanda le había quemado y –en un acceso de gimnástico optimismo– empezó a hacer planchas en el suelo. Nunca lo hacía, por eso apenas completó 12 repeticiones. Una vez en la ducha, intensificó su lucha contra el desanimo cantando el tema del CD que sonaba de fondo: <em>Leave a light On</em> de Belinda Carlisle. </p>

<p>Era una canción que activaba de inmediato en su mente el recuerdo de las fiestas del colegio. Por un momento, sin dejar de rascarse la cabeza con las manos embadurnadas de champú, con los ojos cerrados, disfrutando la potencia del chorro caliente sobre su nuca, se vio a sí mismo bajo el toldo levantado en el patio grande de Secundaria, a unos pocos metros de la pista de baile. Era alguna desteñida noche de viernes de 1989. Sobre la multitud de jóvenes parejas, en el centro del techo de tela, pendía una enorme bola giratoria de cristal, y desde los extremos unas luces amarillas, verdes y azules producían cortes longitudinales a lo largo del ambiente oscuro. De pie, murmurando la letra de <em>Leave a light On</em>, Gabriel no despegaba los ojos de Amanda, que bailaba con Braulio al costado del parlante. Estaba esperando que la canción terminara para abordarla y sacarla a bailar la siguiente. </p>

<p>Se había pasado toda la noche sentado en las tribunas, mirando a los demás, atestiguando los pequeños triunfos y derrotas de sus amigos. Si no actuaba rápido, lo iban a atrasar y se convertiría en uno más de los pelagatos sin éxito. </p>

<p>De pronto, sus planes se fueron directo al cacho. Braulio tomó de la cintura a Amanda, puso su cara muy cerca de la de ella y con la mano derecha le acomodó el pelo sobre la oreja izquierda. Gabriel contemplaba la escena con la impotencia de no poder intervenir. Cuando comenzaron a besarse de ese modo impetuoso, torpe y adolescente con que uno besa  a los 15 años, Gabriel no soportó más y se escabulló entre la gente, celoso, picón, montado en una cólera intestina.</p>

<p>Más de quince largos años habían pasado desde ese episodio nocturno. Ahora Gabriel –calato en medio del baño, secándose con la toalla– se reía de cómo el destino se las había ingeniado para ponerlo, de algún modo, con algo de retraso, en el codiciado pellejo de Braulio. Gabriel se miró al espejo, esbozó una media sonrisa y descubrió en ella un punto de malicia. Luego corrigió su gesto y se quedó pensativo, al percatarse de la agridulce paradoja con que se estaban precipitando los acontecimientos: si en aquella noche de 1989 era él quien desaparecía, ahora la desaparecida era Amanda. Si en el pasado fue él quien se marchaba, ahora era ella la que se tornaba invisible.</p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/jugo.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/jugo.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/jugo-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="jugo.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Cuarenta minutos después, con saco, corbata y peinado con gel, llamaba al celular de Martín desde el interior de su carro. </p>

<p>–Martín. Estoy afuera de tu casa. Sal. <br />
–Ando saliendo…<br />
–Trépate. Cómo estás.<br />
–¡Chasa! Qué buen ternero. ¿Qué tal estoy yo? <br />
–Bien, pero estás seguro de que vas a ponerte esa corbata celeste…<br />
–¿Qué tiene mi corbata, compadre? Es un color más tropical. Además, combina con el solcito que ha salido. <br />
–Ja, ja. Ya bueno, ¿dónde vive María Pía?<br />
–Pon primera y arranca. Tú solo sigue mis indicaciones. Yo seré tu GPS. </p>

<p>Apenas María Pía dejó asomar su luminosa humanidad por el portón de su casa, Gabriel se quedó suspendido en una prolongada mueca de asombro. Era una chica preciosa, rubia, de tamaño normal. Tenía una figura poblada de curvas, una sonrisa perfecta y un rostro de ángel apenas maquillado. Traía un ceñido vestido rojo cuya basta le rozaba la parte superior de las rodillas. Por su aspecto (y el aspecto de su casa) parecía una chica de muy buena posición social, de familia <em>decente</em>, que rezumaba sencillez y distinción en partes iguales. </p>

<p>Su biotipo, curiosamente, no correspondía del todo con el de las mujeres que Martín solía frecuentar. Era verdad que a él le gustaba perseguir y corretear a las chiquillas más petulantes de la <em>high socialité</em> que pululaban en las discotecas de Larcomar, pero la gran mayoría de veces se sentía más cómodo flirteando con chicas “simpatiquitas”,  sin mayor roce, que se movían en los estratos bajos de la clase media. Eso por no mencionar lo mucho que disfrutaba sus mensuales escarceos y revolcones con las semidesnudas anfitrionas de los <em>nightclubs</em> más y menos reputados de la ciudad.  </p>

<p>Al evaluar todo eso, y al notar la gracia de los movimientos armónicos con que María Pía se acercaba al auto, Gabriel supo que era demasiada mujer para su amigo. </p>

<p>–¿Qué tal está? ¿Exageré?, le preguntó Martín, pavoneándose… <br />
–Está muy rica, maricón. <br />
–Rica y linda. Porque hay chicas que son solo lindas y otras que son solo ricas, pero María Pía es las dos cosas. <br />
–Más bien, ¿cómo has hecho para que te dé bola?  <br />
–Así somos los grandes, pues, chochera. Con esta carabina y este floripondio, no hay mamacita ni choclona que se resista. <br />
–Hola, hola, saludó María Pía, acomodándose en el asiento trasero<br />
–Hola, qué tal, dijo Gabriel…<br />
–María Pía, estás extraordinaria, agregó Martín, aflautando la voz, con estudiada galantería…  <br />
–Gracias. ¿Estoy bien? Me vine con vestido corto, porque como me dijiste que era de día y en Cieneguilla. ¿Normal no? ¿O me cambio?<br />
–Estás perfecta. No te toques ni una uña, dijo Martín, sentado en el lugar del copiloto, pero con el cuerpo virado hacia atrás, para no darle la espalda a su pareja… <br />
–Estás muy bien, se atrevió a comentar Gabriel <br />
 <br />
A lo largo del camino era Martín quien animaba la conversación y seleccionaba la música. Gabriel, concentrado en manejar, hacía pequeñas acotaciones, sufría las bromas de su amigo y, de vez en cuando, le dirigía miradas relampagueantes a María Pía a través del espejo retrovisor. Cada vez que lo hacía la encontraba más guapa que la vez anterior. Su rostro era una suma de sutilezas. Y su risa, tan fácil, natural y divertida, era un viento fresco venido de otro mundo, un mundo sin lugar para la angustia. <br />
 <br />
María Pía trabajaba en el área de marketing de la fábrica del tío de Martín. Tenía 23 años. La acababan de contratar. Era la más joven de su área. Quería chambear por lo menos un año para luego irse a <em>Nueva York</em> a estudiar cursos de arte. “Estudiar es un pretexto. Me encanta esa ciudad. Los museos, la vida nocturna, el teatro <em>off–Broadway</em>. Trato de ir cada vez que puedo. De hecho, recibí el año allí, con mis papás, en un restaurante de comida vietnamita que quedaba en el piso cincuenta de un edificio, frente al <em>Hotel Plaza</em>, cerquita de <em>Central Park</em>”, dijo, dando cuenta de lo cultivada que era en materia de turismo neoyorquino. <br />
 <br />
Para Martín, toda esa información resultaba completamente nueva. Conocía a María Pía de la oficina pero recién ahora se daba cuenta de que no sabía casi nada de su invitada. Mientras ella relataba sus planes futuros y resumía algo de su biografía con tan encantadora soltura, los dos amigos intercambiaban miradas cómplices y aprobatorias. <br />
 <br />
Cuando María Pía terminó por completar los rasgos de su identikit intelectual (creía en la convivencia, se consideraba <em>apasionada</em> y <em>muy práctica</em>, le gustaban el cine y los deportes, cocinaba bien, odiaba los convencionalismos), hacía rato que Gabriel y Martín querían expectorarse mutuamente del carro para quedarse a solas con ella. Ninguno dijo nada sobre eso, sin embargo. Solamente Martín, en su condición de pareja oficial, se permitía uno que otro piropo zalamero. <br />
 <br />
Si era cierta esa ortodoxa y machista clasificación de la que ambos siempre se jactaban (en el mundo hay cuatro clases de mujeres: las que son para agarrárselas, las que son para tirárselas, las que son para estar con ellas un rato y, finalmente, las que son para estar en serio), María Pía parecía pertenecer, por lejos, al último grupo. Era una chica como para estar en serio.   <br />
 <br />
<strong>(...)</strong></p>

<p><br />
Una vez en la fiesta, después de la ceremonia y del saludo de rigor, los tres se ubicaron en una misma mesa. No estaban solos. En las demás sillas –rechonchas y pálidas en su mayoría– se habían acomodado algunas de las primas y amigas de Mariana Ostolaza, la novia. Al lado de ellas, con su bronceado parejo, su pelo amarillo y sus dientes de hada madrina, María Pía refulgía como una santa, una esfinge, una criatura a la que los Dioses le habían conferido, en exclusiva, de modo perpetuo y por unanimidad, la rebuscada virtud de la belleza. <br />
 <br />
Pasadas unas horas, Gabriel seguía enfocado en dos ocupaciones: revisar su celular cada diez minutos para ver si Amanda le había escrito; y rechazar, con la mayor cortesía de la que era capaz, las insinuaciones que le hacía Juan Pablo para que sacara a bailar a alguna de las varias chicas solteras que rondaban por la fiesta, a la caza de algún acompañante ocasional. Las que no bailaban en grupo estaban desparramadas en sus sillas, sacudiendo los pies al ritmo de la canción de turno. Las otras, las más tacuchis, se parapetaban delante de la mesa del bufete, refocilándose con las lonjas de pavita, los cortes de lomo, los ñoquis en salsa blanca, los arroces árabes, los diversos purés. <br />
 <br />
Martín, acaso nervioso por su tosco deseo de crear un círculo de intimidad con María Pía, se había puesto a beber más de la cuenta. Primero tomó algo de champán, después sorbió unos whiskys que abandonó en distintas mesas, y finalmente secó varios vasos de cerveza. </p>

<p>En un determinado momento, cuando ella se paró para ir al baño, Martín se acercó a Gabriel y le dijo: <br />
 <br />
–¿Sabes si ya se fue el cura que casó a Juan Pablo? <br />
–No tengo idea, ¿por?<br />
–Porque me caso ahorita, compadre. Estoy enamorado…<br />
–¿Lo dices por María Pía?<br />
–No, huevón, por ti. Claro que lo digo por ella. Es espectacular. Si no aprovecho ahora, van a pasar años luz antes de cruzarme con alguien así…<br />
–¿Hablas en serio o ya se te subió el trago?  <br />
–Por mi madre que hablo en serio.<br />
–Se viene el Apocalipsis, entonces…<br />
–¿Tengo que reírme? <br />
–Ah, caracas: te enamoraste. ¡Y de la noche a la mañana! Qué buena. Ya me vas entendiendo, entonces. Con Amanda me pasó lo mismo…<br />
–Con la ENORME diferencia de que María Pía no tiene esposo ni hijo<br />
–¿Y qué pasó con los <em>puticlubs </em> de Buenos Aires que tanto querías visitar? Ya se te pasó la arrechura, pendejo <br />
–Acabo de madurar <br />
–Ja, ja. Sí, claro…<br />
–Es que esta flaquita es…<br />
–No me digas… ¿es especial?<br />
–Exacto<br />
–Hummmf. Me imaginaba que dirías eso<br />
–¿Tú crees que me ligue algo con ella? <br />
–Oye, zopenco. Esta chica es preciosa, se ve que es de la puta madre, no la trates como si fuera <em>Ninoska</em>, la rubia al pomo del <em>Moonlight</em>. <br />
–Ni que fuera retrasado <br />
–Para empezar, no esperes que te ligue nada hoy día. Tú tranquilo nomás…<br />
–Pero algún queco tengo que hacerle<br />
–Sí, pero anda despacio<br />
–¿Me parece o me estás aconsejando?, ironizó Martín <br />
–Ja, ja. No te sulfures, calichín.<br />
 <br />
Lo que Gabriel no le dijo a Martín fue que a él también le gustaba María Pía. Le gustaba por su físico, por su forma de conducirse y, sobre todo, porque estaba disponible, porque no tenía problemas maritales, ni hijos que atender, ni una felicidad que falsificar. Se sentía enamorado de Amanda, la quería, pero María Pía había causado en él una gratísima impresión. Ese, por supuesto, no era un pensamiento que le hubiera provocado compartir con Martín, así que se lo guardó. <br />
 <br />
Por otro lado, lo que María Pía no le dijo a Martín al volver del baño fue que a ella le gustaba Gabriel. No solo lo hallaba guapo, sino que se sentía especialmente atraída por su seguridad, por ese guiño de autosuficiencia tan marcado en los hombres que están metidos de cabeza en una aventura sentimental y que tienen todas sus antenas puestas en una sola mujer. A diferencia de Martín –que invertía todo su desbordado entusiasmo en tratar de conquistarla– Gabriel no parecía querer nada con ella, y eso era precisamente lo que la sacaba de cuadro. </p>

<p>María Pía era consciente del efecto que su belleza solía producir en los hombres y –por muy difícil que le resultara explicarlo– encontraba excitante que alguien la ignorase. Martín le caía bien, y si había aceptado su invitación era porque disfrutaba de su compañía, pero la rápida evidencia de sus pretensiones lo convertía en un sujetillo bufonesco y descartable. Con Gabriel la onda era distinta. A María Pía le parecía un chico con carácter, apantallador. Sus comentarios sobre publicidad le despertaban mucho interés y la coqueta frialdad con que la miraba, la desencuadernaba todita. Casi desde el inicio de la fiesta, captar su atención se convirtió en algo así como un desafío, una competencia secreta.    <br />
 <br />
–Me cae bien Gabriel, le dijo ella a Martín mientras bailaban un merengue de Juan Luis Guerra.<br />
–Sí, es un gran tipo, lástima que sea tan pelotudo, opinó él, guiado por el débil presentimiento de que algo se traía la rubia con su amigo<br />
–¿Por qué dices eso? <br />
–Es que está cagado por una chica casada y con hijo. Míralo, el pobre no deja de pensar en ella. Sigue portándose como cuando teníamos 16.<br />
 <br />
Martín hablaba con un tono cariñoso pero intencionalmente peyorativo. Ni bien intuyó que su utópico romance con María Pía no prosperaría, su estrategia se redefinió con un segundo objetivo: desprestigiar a Gabriel. No era la primera vez que, sintiéndose derrotado ante una mujer que no lo tomaba en serio, les dedicaba comentarios negativos al resto de pretendientes, tirándoles barro sin importar qué tan amigos suyos fueran. Era una actitud cobarde, egoísta e inescrupulosa, pero era también una manera de conservar su orgullo ileso. "Si no es mía no es de nadie” podría haber sido su lema de batalla. </p>

<p>Lamentablemente para él, la información manoseada que descargó contra Gabriel rindió frutos contrarios en los oídos de María Pía. Decirle que Gabriel estaba enamorado de una mujer casada resultó una inmejorable publicidad. María Pía pasó a identificarlo como un hombre que, además de tener carácter y confianza en sí mismo, era sumamente sensible y valiente. Es decir, el vigor y la ternura personificados: una personalidad llena de todas las virtudes por las que ella guardaba profunda admiración.  <br />
 <br />
–¿Te molesta si bailo con él un ratito?, preguntó María Pía, cuando Juan Luis Guerra rumoreaba las estrofas finales de su merengue<br />
–Este, no, normal, claro, bailen, contestó Martín, con un desgano que no supo disimular<br />
 <br />
Al intercambiar roles, Martín se quedó en la mesa en compañía de una botella de Etiqueta Negra que fue vaciando poco a poco. Media hora después, con el cuello de la camisa abierto y la corbata aflojada, su imagen era la de un tipo al que acababan de echar del trabajo, o la de un exhausto jugador de póker que lo había perdido todo en una extensa partida clandestina. A lo lejos, María Pía y Gabriel bailaban de lo más contentos. <br />
 <br />
De repente, el DJ cambió radicalmente de música y se desató una especie de huracanado carnaval. Comenzó a nevar papel picado y salieron joviales arlequines por todas partes, repartiendo globos, máscaras y antifaces entre los asistentes. María Pía cogió un antifaz negro, como de Gatúbela, y Gabriel se colocó un sombrero de copa verde. Los dos saltaban al ritmo de la samba, desechos de risa ante sus nuevas y extrañas fachas. Martín los miraba desde la mesa con el semblante achispado y los ojos torcidos, tratando de vencer esa falsa miopía que todo borrachín experimenta luego del trago decisivo que, como un cuchillo filudo, parte la noche en dos. <br />
 <br />
En un arranque de frenesí, María Pía cogió de las manos a Gabriel y le dio vueltas, como si ella fuese el hombre y él, la mujer. Gabriel se dejó llevar. Estaba apenado por la actitud de Amanda, trataba de comprender la intención de su distancia, pero por un momento resolvió postergar todo ese cambalache y dedicarle un poquito de su interés a esta chica bellísima y seductora que le infundía una alegría que le estaba haciendo falta.    <br />
 <br />
No fue por malos, sino por entretenidos que los dos se olvidaron de Martín, y cuando una hora después al fin le echaron un ojo se toparon con un espectáculo lamentable: Martín yacía recostado sobre la mesa, privado de sueño, con la boca abierta y una mano desfallecida asiendo sin fuerza un vaso de whisky tibio. <br />
 <br />
En lugar de condolerse por el estado de su compañero ebrio, los dos se largaron a reír. <br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/arlequin.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/arlequin.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/arlequin-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="arlequin.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Minutos más tarde, cuando la fiesta ya languidecía, los tres abandonaron el lugar. El cuerpo balbuceante de Martín fue depositado en el asiento posterior del auto de Gabriel como un paquete de supermercado. María Pía ocupó el lugar del copiloto. <br />
 <br />
Antes de encender el auto, Gabriel miró una vez más la pantalla de su celular. Tenía una llamada perdida y un mensaje de voz, pero al rastrearlos vio que eran de Ernesto, su jefe, que quería saber cómo estaba de la jaqueca. Gabriel prendió el motor y echó momentáneamente al olvido la imagen de la extraviada Amanda.<br />
 <br />
El camino de regreso hasta Lima fue una extensión de los bailes que él y María Pía habían sostenido. Eran las 11 de la noche y ella propuso seguirla en algún otro lado. A Gabriel no le faltaban ganas, pero el cadáver etílico de Martín, y la obligación moral de llevarlo a su morada se interponían en los planes.  <br />
 <br />
Al llegar a la casa de María Pía, Gabriel no supo cómo actuar ni qué decir. Apagó el motor, esperando que ella se bajara. Lo que no esperó fue que ella se acomodara en el asiento, que buscara en la radio una canción propicia y subiese el volumen. Era una señal inequívoca de que no deseaba irse todavía. Gabriel se puso más nervioso: sentía que estaba entrando en una espiral de tentaciones de la que sería difícil zafarse. <br />
 <br />
–La pasé muy bien, Gabriel. Ha sido mostro conocerte<br />
–Sí, yo también. Espero verte pronto... O sea, con Martín  <br />
–Mira, Gabriel, yo soy bien directa y te digo algo: Martín es solo un pata de la chamba. Me divierte, pero no me interesa de otra manera<br />
–Bueno, supongo que eso lo desconsolará un poquito<br />
–Pero igual sería mostro vernos…<br />
 <br />
La conversación fluía y Gabriel no hizo nada por oponerse al curso natural de la charla. Lo que hizo a continuación fue pedirle el teléfono. No tenía intenciones reales de llamarla, pero sintió –quizá inspirado por las clásicas comedias románticas del cine– que era lo que correspondía a un momento como ese.<br />
 <br />
–¿Te molesta si fumo aquí? <br />
–Mejor afuera. Te acompaño, si quieres. </p>

<p>Bajaron y ella se apoyó en el auto. Conversaron y rieron. Cada tanto, ella levantaba la cabeza y echaba una columna de humo hacia las nubes. Él se frotaba las manos para calentarlas. De repente, se miraron sin hablar. Era la obvia antesala de un primer beso. Por dentro Gabriel se muñequeaba. No solo estaba el tema de Amanda y sus sentimientos hacia ella. También estaba el tema de Martín, su amigo leal, quien le acababa de confesar solo unas horas atrás que estaba dispuesto a conquistar a María Pía. </p>

<p>Es verdad: María Pía le había aclarado que Martín era solo un compañero de trabajo, pero eso no quería decir que no podrían llegar a ser algo más. Cuántas grandes historias de amor empezaban así: con la actitud esquiva de uno de los protagonistas.   <br />
 <br />
Sin embargo, ninguna treta mental, por muy bien armada que estuviera, podía atenuar el milenario e irrefrenable morbo que Gabriel sentía hacia lo prohibido. Darle un beso a María Pía equivalía a arruinar la poca serenidad que le quedaba. Lo sabía perfectamente. Sabía que apenas tocara esos labios con los suyos abriría la válvula de nuevos inconvenientes. Sería un acto de placer muy costoso. Y a pesar de todo, lo hizo. La besó. La besó con la maestría de un vaquero impasible: la cogió con fuerza por la cintura, la apretó contra él y hundió su lengua epiléptica en la húmeda cavidad de su boca. </p>

<p>La besó y luego se despidió, sin decir nada. María Pía se quedó pasmada, estática, como si acabara de avistar un ovni. </p>

<p>Gabriel manejó en estado de turbación. En el trayecto le hablaba al cuerpo inerte de Martín, en un monólogo en el que le pedía disculpas por lo que acababa de hacer. Se sentía un traidor por partida doble. Martín, desde luego, ni se inmutaba. Sus únicas respuestas eran unos grotescos ronquidos y una que otra ventosidad liberada de modo involuntario. </p>

<p>Luego de rebuscar las llaves en los bolsillos de su amigo, de arrastrar sus pesados restos hasta el interior de su casa y de cubrirlos con una manta sobre un sofá, se marchó a su departamento. </p>

<p>Eran poco más de la 1 a.m., pero no tenía sueño. Se quitó el saco y los zapatos. Encendió el equipo de música y sacó una cerveza del refrigerador. Solo para matar las horas de la vigilia se metió a Internet. Después de revisar un portal de noticias ingresó a su cuenta de <em>Hotmail</em> sin esperar encontrar nada. Hizo <em>clic</em> y los ojos cansados por la rumba se le abrieron como dos platos inmensos: en la bandeja de entrada había un nuevo mail de Amanda. </big> </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137.html','popup','width=450,height=137,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137-thumb-450x137.jpg" width="450" height="137" alt="continuaraaaa-thumb-450x137.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el renegón y tallarinudo Robotv)]</strong></p>

<p><br />
[Esta es la canción que le removía los cables y los conchos a Gabriel: <em>Leave a light On</em> de la tía ricotona Belinda Carlisle. Apuesto a que más de un treintón la bailó de alma]<br />
 <br />
<div><object width="480" height="414" classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000"><param name="movie" value="http://www.dailymotion.com/swf/x1d6vz_belinda-carlisle-leave-a-light-on_music"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowScriptAccess" value="always"></param><embed src="http://www.dailymotion.com/swf/x1d6vz_belinda-carlisle-leave-a-light-on_music" type="application/x-shockwave-flash" width="480" height="414" allowFullScreen="true" allowScriptAccess="always"></embed></object><br /><b><a href="http://www.dailymotion.com/video/x1d6vz_belinda-carlisle-leave-a-light-on_music">Belinda Carlisle - Leave a Light On</a></b><br /><i>Cargado por <a href="http://www.dailymotion.com/hushhush112">hushhush112</a>. - <a href="http://www.dailymotion.com/mx/channel/music">Explorar otros videos musicales.</a></i></div></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Quiero agradecer muy especialmente a Daniel Flores Bueno, el hombre orquesta del sitio web <a href="http://www.tutazacafe.com/" target=blank>TU TAZA CAFÉ</a>, por hacer posible un lejano sueño de fan chupado y salivoso: pasar una tarde con la sensacional Olenka Zimmerman, cuyas fotos y calendarios hicieron de mi cuarto adolescente un lugar menos lúgubre. Para quienes no conocen los antecedentes, les sugiero revisar el post titulado <a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/2009/06/el-mentiroso-y-la-modelo.html target=_blank" target=blank>EL MENTIROSO Y LA MODELO</a>. Gracias, desde luego, a Olenka, quien resultó ser mucho más divertida, bonita e inteligente de lo que había imaginado. Por cierto, su colección de bikinis son de infarto: pueden verlos <a href="http://www.olenkazimmermann.com/" target=blank>aquí</a>. Espero que disfruten el video que grabamos esa tarde]</strong></p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/uvzfFkawQC8&hl=en&fs=1&&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/uvzfFkawQC8&hl=en&fs=1&&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Desde hoy en todos los Starbucks de Lima y balnearios podrán encontrar ejemplares de la nueva revista LADO B. Está muy mona. Les recomiendo todo el contenido, salvo una columna muy afectada escrita por un escritor de poca monta y acompañada por los dibujos risibles de un aspirante a pintor de brocha gorda. Por casualidad, los editores --que son gente muy seria-- tuvieron a bien facilitarme unos adelantos. Ya me cuentan qué les pareció]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/ladoB_portada.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/ladoB_portada.html','popup','width=420,height=538,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/ladoB_portada-thumb-420x538.jpg" width="420" height="538" alt="ladoB_portada.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/001_ladoB.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/001_ladoB.html','popup','width=657,height=420,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/001_ladoB-thumb-420x268.jpg" width="420" height="268" alt="001_ladoB.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>]]>
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    <title>6. Ese maldito correo</title>
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    <published>2009-08-21T09:00:59Z</published>
    <updated>2009-08-21T15:49:29Z</updated>

    <summary> Cuando despertaron, eran casi las dos de la tarde. Amanda reparó en que faltaba poquísimo tiempo para que Emilio regresara del colegio y se ató de nervios. –Gabriel, levántate, rápido, por favor… –Qué pasa, contestó él, sobresaltado, con los...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov6_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov6_blog.html','popup','width=900,height=645,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov6_blog-thumb-420x301.jpg" width="420" height="301" alt="nov6_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><big>Cuando despertaron, eran casi las dos de la tarde. Amanda reparó en que faltaba poquísimo tiempo para que Emilio regresara del colegio y se ató de nervios. </p>

<p>–Gabriel, levántate, rápido, por favor…<br />
–Qué pasa, contestó él, sobresaltado, con los ojos pegados por el sueño<br />
–¡Son la 1:45. Emilito ya viene!<br />
–Me asustaste. Pensé que era temblor…<br />
–Bueno, amor, si mi hijo llega y te ve calato en mi cama, te aseguro que esto va a ser peor que un temblor, así  que apúrate, por fa<br />
–Ya, ya, me cambio y me voy. Pensé que tú lo recogerías… <br />
–Los lunes lo trae la señora de la movilidad. Y siempre llega a las dos, es muy puntual. <br />
–Ojalá que hoy se demore la vieja<br />
–¡Oye!<br />
–¿Y si me escondo en el closet?<br />
–No seas payaso, Gabriel. ¡¡Apúrate!!</p>

<p>Gabriel se vistió con prisa y salió del departamento y del edificio lo más en puntitas que pudo. En la mano llevaba la correa. </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>El martes y el miércoles pasaron muy lentos, llevando una carga de tensión añadida ante el próximo arribo de Jaime. Por el chat y el teléfono, Amanda le hizo saber a Gabriel lo inquieta que estaba por esa inminente situación. Él le pidió encarecidamente que actuara con naturalidad. Haré mi mejor intento, le aseguró ella. </p>

<p>El jueves llegó Jaime y ahí nomás, de modo muy metódico, retomó su rutina de todos los días: salía de la casa temprano, trabajaba hasta las seis y luego, si no iba al gimnasio a correr en una de esas máquinas que tienen una faja eléctrica de velocidad graduable, volvía al departamento. </p>

<p>Con Amanda mostraba algo más de cercanía, con un afecto que no requería de mayores impostaciones. Le había traído de Estados Unidos dos perfumes y tres carteras, regalos costosísimos que ella encontró magníficos, aunque prefirió agradecérselos sin mayor disfuerzo. A Emilio, tal como había prometido por teléfono, le trajo unos palos de golf metálicos y un montón de muñecos de sus dibujos animados favoritos. El niño –tan ajeno a la infelicidad que dominaba los rescoldos más íntimos de su casa– saltó de emoción cuando su papá le entregó todos sus cachivaches. “Mira, mami”, le decía Emilio a Amanda, con esa alegría desbordada que solo se repetía cuando abría paquetes en su cumpleaños y en Navidad.  </p>

<p>Con la presencia de Jaime en Lima, Amanda y Gabriel debieron resignarse a comunicarse por el chat y, más clandestinamente, a través del celular. </p>

<p>El sábado siguiente por la mañana se encontraron en la mesa más escondida del comedor de <em>La Tiendecita Blanca</em>, donde tuvieron que reprimir las ganas de comportarse como los enamorados ilegales en que se habían convertido. Pasaron ahí una hora y media, conversando, riéndose, tanteando el futuro entre jugos de naranja, galletas danesas y omelettes. En un momento Gabriel le cogió la mano sobre la mesa, pero Amanda, cauta, temerosa de que alguien los viese, la retiró velozmente, con pena. </p>

<p>Saliendo del café no resistieron el acecho de las ganas: cada uno subió a su auto y, tras una breve coordinación por celular, se dieron el encuentro en un hostal cercano, limpio y muy discreto. Entraron por separado, se registraron con nombres falsos, se camuflaron en la habitación 401 e hicieron el amor una vez más. <br />
Pudieron haberse refugiado en el departamento de Gabriel, pero había algo divertido, sucio y extremo en encerrarse en una habitación al paso. Tal vez por eso lo hicieron con furor, con una lascivia desatada, recitándose las más floridas procacidades al oído. </p>

<p>Cuando terminaron, la satisfacción se trocó en una suerte de amargura tangible. Los dos se vieron invadidos por el abrumador convencimiento de que a partir de ese instante todo entre ellos se haría más difícil. Sin embargo, se dieron ánimos para seguir adelante con la relación, para robustecerla y oxigenarla a través del gélido Internet y de una que otra llamada furtiva. Sabían que pasarían muchos días, acaso semanas, hasta que pudieran encontrarse, como ahora, al pie de una cama, pero no se dejaron apalear por el pesimismo. Se abrazaron, se dieron un piquito y se volvieron a abrazar, como haría una pareja que se está despidiendo a regañadientes en un aeropuerto. Una vez que salieron del cuarto, entraron juntos al ascensor y allí se perdieron en un largo beso de despedida. En el estacionamiento, cada uno ocupó su auto y se marchó raudamente por su cuenta. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_cafe.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_cafe.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_cafe-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="detalles_cafe.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Al día siguiente, domingo, al final del desayuno, Jaime le pidió a Amanda que se quedase en la mesa un rato más: quería hablar con ella. Amanda se excusó diciendo que tenía que ir volando a Misa. Jaime insistió. </p>

<p>–Es muy importante<br />
–Bueno, si es así, está bien, dime, qué pasa…</p>

<p>Luego de hacer un extenso prólogo en el que incluyó un amago de condolidas disculpas por su reciente comportamiento, Jaime le dijo que quería que las cosas mejorasen entre ellos. Le habló del viaje a Orlando a fin de año y, lo más importante, de la posibilidad de tener otro hijo y de irse a vivir al extranjero más adelante, si su esperado ascenso laboral se producía. Para mala suerte de Amanda, Jaime sonaba muy entusiasmado y, por ráfagas de segundos, sus ojos cobraban aquella lejana sensibilidad que siete años atrás la había cautivado. </p>

<p>–Me coges fría, Jaime. ¿Otro hijo?<br />
–Piénsalo, corazón…<br />
–Sí, de hecho tengo que pensarlo. No quiero empeñar mi palabra ahorita. Sobre todo porque yo también tengo algunos planes personales que quisiera que consideres…<br />
–¿De qué planes hablas?<br />
–Aunque te enojes, Jaime, quiero volver a trabajar <br />
–Ya hemos hablado de eso, Amanda…<br />
–Lo sé, pero he cambiado de opinión. No sé si a <em>Procter</em>, pero quiero volver a chambear…<br />
–Pero no lo necesitas…<br />
– Eso crees tú. Quiero sentirme más útil. Es un tema de autoestima, por último…<br />
–Mira, si todo sale bien y nos vamos afuera, podrías trabajar allá, por qué no… <br />
–Hay que ver, hay que ver, porque también tengo opciones por aquí<br />
–Analicémoslas juntos, corazón…<br />
–Ya, sí, bueno. Pero ahorita no puedo. Me tengo que ir, porque la Misa ya debe haber empezado. <br />
–Anda, pues<br />
–Chau, chau </p>

<p>Amanda manejó hasta la Iglesia sin poder contener las lágrimas. Cuando entró al templo tenía los ojos hinchados. Se acercó a una de las últimas bancas, la menos ocupada, y se dejó caer en un extremo. No le prestaba atención a las palabras del sacerdote ni a la gente que tenía al costado. Ella solo quería un lugar tranquilo para llorar, pensar, rezar un poco. <br />
Si de algo estaba segura, era de no querer irse de Lima, ni de querer tener otro hijo, ni de poder separarse de Gabriel. Desde luego que le interesaba trabajar, pero esa en el fondo era también una coartada. Lo que más deseaba era permanecer en la ciudad. Por eso lloraba, porque sabía que estaba en un callejón en el que no veía escapatoria. Y la actitud de Jaime, tan cambiante, tan calculadora y al mismo tiempo tan impredecible, la mortificaba aún más. </p>

<p>Mientras permanecía con la cabeza gacha cientos de ideas coincidieron en su mente: el divorcio, la separación, la confesión. Amanda se sentía asfixiada por sus miedos. ¿Era buena idea hablar con alguien? ¿Con quién? Su mamá y sus hermanas –o sea, el club de <em>fans</em> de Jaime–  la juzgarían antes o después de mandarla al diablo. Y del consejo de sus amigas divorciadas no se fiaba mucho. Al comprobar lo sola que estaba se consternó más todavía. Se quedó un buen rato así, sobre la banca, con la cabeza hundida entre los hombros, limpiándose la nariz con un pañuelo desechable. Cuando llegó el momento de la comunión, se paró, se escurrió rumbo a la puerta, se persignó y se marchó. Era la primera vez que se retiraba de una Iglesia antes de que terminara la Misa. </p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>Hacia la tarde de aquel domingo, Gabriel se encontró con unos amigos en la cancha de fútbol del colegio <em>Weberbauer</em>. Era un grupo de treintones y cuarentones que siempre jugaban ese día y a esa hora. Para él era la primera vez. Martín le había pasado la voz en la mañana y a él le pareció buena idea hacer algo de ejercicio. “Nada mejor que una pichanga para distraerte, compadre. Alístate, paso por ti en quince minutos”, le había dicho para convencerlo.  </p>

<p>Martín sabía que Gabriel había jugado mucho fútbol en Buenos Aires, así que ni bien hicieron su aparición en el campo lo jaló inmediatamente a su lado y lo presentó. “Por si acaso él se llama Gabriel, es nuevo, no juega ni canicas, así que si quieren arranca en mi equipo”, les mintió a todos. Gabriel sonrío y saludó al grupo levantando la mano. </p>

<p>Todos estaban uniformaditos y calentaban como si fuesen profesionales. Pero a Gabriel lo que más le llamó la atención fueron las esposas y novias de algunos jugadores, que conversaban animadamente en una tribuna levantada al pie de la cancha. Mientras los demás trotaban y decidían la conformación de los equipos, él imaginó a Amanda en ese grupo de mujeres. Sería la más guapa de todas, pensó. Se puso a fantasear e imaginó que metía un gol de media chalaca, que corría a celebrarlo con ella, que trepaba las gradas y que le daba un beso para envidia de todos y todas. La extrañó. De pronto, un grito lo sacó de sus épicas y acojudadas divagaciones. </p>

<p>–“Ya empezó, carajo. Desahuévate”, le espetó Martín. </p>

<p>El partido duró una hora. El equipo de Martín ganó 7-5 y Gabriel metió dos goles. Mejor debut no podía haber tenido. Al final, todos se quedaron a comentar las incidencias de la pichanga y a tomar gaseosas en la tienda del colegio. Martín y Gabriel se despidieron y se fueron juntos. Eran las 5 de la tarde. </p>

<p>–Habla, ¿un par de chelas?, le dijo Martín mientras ingresaban al auto<br />
–Prefiero un <em>Gatorade</em>…<br />
–¿Un qué? <br />
–Un <em>Gatorade</em>…<br />
–Oe, tú estás bien boyo últimamente, ¿no?<br />
–Es que estoy un poco mal de la barriga…<br />
–Uy, qué, ¿estás embarazada? No empieces con las contracciones aquí ah… <br />
–No jodas, no me provoca chupar…<br />
–¿Qué va a ser? ¿Hombrecito o mujercita? <br />
–Ja, ja. Ya carajo, qué necio eres… vamos por un par de chelas <br />
–Ese es mi broder… </p>

<p>Martín manejó con rumbo a Chacarilla. Minutos después entraron a <em>La Barra</em>, un clásico chupódromo que, a pesar de la horrenda modernización de su decorado, mantenía cierta arraigada tradición entre la fauna etílica de esos lares. Antes de sentarse, Martín le pidió dos cervezas al mozo y pidió que bajaran un poco el volumen de la radio para poder conversar. En la pantalla gigante estaban pasando, en directo, un partido de Boca Juniors con Vélez. </p>

<p>–Es mostra La Bombonera. Habré ido unas cinco veces. Estar ahí, en el centro de la barra, es un locurón, comentó Gabriel, mientras sorbía el pico congelado de su recién destapada botellita de cerveza<br />
–Me imagino. Tengo que ir a Buenos Aires este año de todas maneras. Voy a pedirle una semanita de vacaciones a mi tío…<br />
–Uy, tú te volverías loco…<br />
–Claro, con la cantidad de hembras ricas que hay allá. Dicen que están por todos lados ¿no?<br />
–Lo mejor son las tombas, viejo, son preciosas. Dan ganas de que te pongan papeleta a cada rato<br />
–O sea que te paran y se te para…<br />
–Ja. Sí, más o menos…<br />
–Uf, lo que deben ser los <em>puticlubs</em> de allá. ¿A cuál fuiste? <br />
–A ninguno…<br />
–¿Perdón? Oe, tú eres imbécil o qué. Cómo vas a ir cinco veces a La Bombonera y no pisar un solo <em>puticlub</em>. ¿O sea que te gustan más los jugadores que las jugadoras? Me das roche, franco…<br />
–No seas tarado. Estaba con Natalia, acuérdate…<br />
–¿Y?<br />
–¿Para qué voy a ir si estoy con cuero? <br />
–Ay, ay, ay. No dije nada, chochera. Ya fue. Me estaba olvidando de que cuando tú te tiemplas te conviertes en Míster Mongo…<br />
–Puras pichuladas hablas. Salud, loquito<br />
–Salud, tío. A propósito, ¿en qué va tu romance prohibido? <br />
–Más prohibido que nunca…<br />
–¿Por qué? No me digas que el marido te anda buscando…<br />
–No, pero ya está en Lima y todo se ha complicado. <br />
–Te dije, mamerto… <br />
–Lo peor es que ya no me quedan dudas, Martín: estoy templado hasta mis huesos. Todo lo que me pasó antes, incluida Natalia, todo es un chiste en comparación con esto. <br />
–¿Templado o enchuchado? <br />
–Nada que ver. El sexo es mostro con ella, pero esto está mucho más allá de la cama. A Amanda la quiero desde que tenía catorce años. Mira, nunca he creído en esas categorías tan absolutistas, pero siento que Amanda es la mujer de mi vida… <br />
–Eso es justamente lo que no quería escuchar…<br />
–¿Por qué? Estoy hablándote en serio<br />
–¿No estás yendo muy rápido, Gabriel? O sea, hace un par de semanas querías ser el gran cacherito de Lima, el publicista <em>chuchan boy</em> que se levantaría, mínimo, una flaca cada fin de semana. Así me lo dijiste, textual. Y ahora, aparece esta comadre y, plin, resulta que te conviertes en el Novio de América. No, jodas, pues, no es normal… <br />
–Sé que no suena muy cuerdo, pero es así. Nunca pensé estar involucrado en una historia como esta. Nunca me lo propuse. Pero Amanda siempre fue importante para mí, desde que era chibolo. Las cosas no son fáciles, pero no por eso voy a renunciar a ella, ¿no? <br />
–¿Renunciar a ella? Compadre, por qué hablas como si fueras actor de Televisa. ¿Cómo te llamas? ¿<em>Gabriel Arturo Capetillo</em>? <br />
–Es que eso es lo que voy a tener que hacer si el asunto no prospera. Y aunque te suene a mariconada, se me encoge el corazón de solo pensarlo… <br />
–Mira, broder, yo ya te dije, dale tiempo al tiempo. Aunque suene a consejo de Camucha Negrete, es lo mejor que puedes hacer: esperar. Las cosas que tengan que pasar pasarán. Y si Amanda está tan convencida como tú tendrá que separarse, y ese ya será su rollo. Por cierto, ¿te has alucinado con ella y con el chibolo? ¿Te vacila esa vaina?<br />
–No, no lo he pensado, pero no tendría nada de malo… <br />
–Cholo, no te enojes conmigo ¿ya?, pero no será que así, inconscientemente, como quien no quiere la cosa, estás buscando cerrar un viejo capítulo inconcluso… <br />
–Lo he pensado, Martín, pero no, no es eso. No estoy templado de una historia del pasado. Estoy enamorado de Amanda. No tengo la menor de las dudas <br />
–Bueno, compadre. Tú sabrás lo que haces. Si la vas a cagar, cágala bien y anda hasta el final. Eso sí, no vayas a mariconearte cuando la cosa se ponga fea, porque así se va a poner…. <br />
–Puta, qué lindo augurio, cabrón. Me dejas más tranquilo…<br />
–Ja. Ya chupa, mierda, que la chela no es té… <br />
–Salud porque las cosas me salgan bien con Amanda<br />
–Por eso y porque me vaya pronto a un <em>puticlub</em> en Buenos Aires</p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_pelota.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_pelota.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_pelota-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="detalles_pelota.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Querido Lombardi. Querido Gabriel. Gabo. Mi Gabo. El ahogado más hermoso del mundo. Si hubieras estudiado Derecho, podría decir que eres el <em>abogado</em> más hermoso del mundo. Ja. Sí, ya sé. Qué malo mi chiste. O como tú dirías, <em>qué tela tu chongo</em>. </p>

<p>Ay, Gabo. Estoy peor que nunca. Me río pero en verdad quiero llorar. Lo único que me pone de buen humor por estos días son nuestras conversaciones y chateos, pero en verdad ahorita estoy muy sensible. Y súper demacrada, no sabes. Se me están acabando las cremas revitalizantes que me pongo antes de acostarme. He tenido que doblar la cantidad y comprarme más. Ya sé que sueno a vieja, pero qué quieres: a esta edad una empieza a estirarse y, si no me cuido, después me quedo convertida en una momia, peor que la tía Laura Bozzo. <br />
Dirás que soy una exagerada, pero traigo unas ojeras de enferma y unos pliegues en la frente y en el cuello que ya no puedo disimular. Ayer mi hermana Anacé me miró y me dijo que estaba anémica. “No vayas a terminar anoréxica”, me dijo. La mandé a rodar. Claro, como ella traga todo el día sin roche ni culpa y su marido la soporta. Está hecha una vaca, no la reconocerías. Pero, no sé, tal vez tenga razón. No duermo casi nada, como poquísimo y, como te decía, lloro por cualquier estupidez. Ayer lloré viendo la repetición de la final de <em>Bailando por un Sueño</em>. Alucina. <em>Too much</em>. Con eso te digo todo. Parece que estuviera con una especie de regla perpetua. Es una joda. Ni yo me tolero.    </p>

<p>Ay, Gabriel, no sé por dónde empezar. Bueno, ya empecé hace rato, pero todavía no te he dicho nada de lo que necesito decirte. Son las nueve y cuarenta de la noche de un martes que parece miércoles y aquí me tienes: tirada en mi cama, con el televisor prendido en <em>Magaly TV</em>, escribiéndote un mail que todavía no estoy segura de querer mandarte. Creo que en realidad no te escribo a ti, sino a mí misma. Como sea, necesito que sepas lo confundida que estoy, lo demasiado difícil que se está haciendo esto para mí. </p>

<p>Es paradójico, porque por un lado me siento feliz. Feliz de que hayas reaparecido. Han pasado menos de quince días desde que nos encontramos en <em>Huaringas</em> y es como si fueran quince años, los exactos quince años que dejamos de vernos desde que terminó el cole. Es una locura que hayamos avanzado así, pero qué hago. Nadie, ninguna de mis amigas me creería si le cuento cómo se han ido dando las cosas en este corto tiempo. Me dirían que es un capricho, que me he pasado de vueltas, cualquier cosa, pero no entenderían nada. No podrían entenderlo. </p>

<p>Cómo explicarles, Gabriel, lo bien que encajas en mi vida. Cómo convencerlas de que contigo todo fluye sin que yo tenga que forzar nada. Nos reímos de lo mismo, tenemos el mismo pasado, los mismos recuerdos, los mismos gustos sobre muchas cosas. Si te pones a pensar, es bien rayado.<br />
Además, tú me conectas con varias ideas en cuya militancia hace años claudiqué: la idea del amor mágico, romántico, complementario. No quiero sonar cursi (o tal vez sí, no me importa), pero a diferencia de mis hermanas, que desde chicas querían casarse con el chico guapo y millonario, a mí eso nunca me interesó en realidad. O sea, Jaime es guapo y millonario pero fueron el entorno y las circunstancias las que terminaron convenciéndome de que éramos el uno para el otro. </p>

<p>Aunque no parezca, o aunque a veces lo disimule, yo soy muy diferente a Alejandra y a Anacé. Ellas, por ejemplo, viven orgullosísimas de haber estudiado en el <em>Villa María</em> y de haberse casado antes de los 25 con un “hombre de provecho”. Yo tuve que cambiarme en tercer grado del <em>Villa</em>, porque no lo aguantaba. Mi mamá no podía creerlo cuando le dije que me sacara de allí. Hice tal pataleta que a la pobre no le quedó otra. A mi viejo le daba igual. </p>

<p>A lo que iba era a que, sin ser ni tonta, ni naif, ni calzón con bobos, siempre he sido una chica enamoradiza y no sé en qué momento perdí esa cualidad. </p>

<p>Es probable que el matrimonio me haya convertido en una persona más escéptica, árida e interesada. No sé. No te digo que con Jaime no haya vivido nada bonito, claro que sí, sobre todo al inicio, pero después todo fue muy directo, muy pragmático, muy despojado de detalles. Pensé que si teníamos un hijo cambiaría, pero no fue así. <br />
No quiero comparar, pero contigo las cosas son muy distintas. Tú haces que salga a relucir la Amanda más auténtica, la mujer independiente, que es un poco niña y un poco adulta, y que ha estado dopada debajo del personaje al que vengo interpretando desde hace siete años: la esposa que lo soporta todo por la tranquilidad de su hijo, y porque espera que su esposo algún día deje de ser el egoísta de porquería que, al parecer, siempre fue. </p>

<p>Tampoco me victimizo, ojo. Algo debo haber hecho (o dejado de hacer) para alejar a Jaime, para crear este pesado clima de discordia. Pero todo ocurre por algo. No creo que sea casualidad que tú y yo nos hayamos cruzado justo en esta época. Todo calza, ves. Y eso es lo que más me huevea. Además, amor, por si fuera poco, entre nosotros hay una conexión insólita que me fascina: siempre sabes lo que estoy a punto de decir, o me mandas un mensaje de texto justo cuando yo estoy por hacerlo, o digo una frase y resulta que tú la tienes en la punta de la lengua. Como tú dices, esto ya parece un guión de novela. (Eso sí, papito, si la nuestra es una novela, que sea de canal 4 y en horario <em>premium</em>, por si acaso. Nada de ponerme de protagonista de una producción misia de canal 7, te advierto. Prefiero mil veces ser la flaca de <em>Luz María</em> o <em>Rosa Salvaje</em> antes que la china fea de <em>El Pecado de Oyuki</em>, que además de cara de palo tenía una peinado de terror). </p>

<p>No sé de dónde me sale el cuajo para ponerme a hacer bromas estúpidas. Debes pensar que estoy zafada. Así me tienes pues, Lombardi. </p>

<p>¿Sabes? Siento que estoy haciendo todo pésimo, que soy una mala persona. A veces, para tranquilizarme, me digo que esto le pasa a medio mundo y que debería llevarlo adelante, sin tanta culpa, ni golpes de pecho, ni visitas a la Iglesia. Finalmente, la vida no es perfecta. Las cosas no siempre salen como uno quería que salgan y hay que acomodarse. El tiempo me ha enseñado que si uno no pelea por su felicidad, nadie pelea por ti. Ni siquiera tus hijos, ni tus hermanos. Y, mira tú, a pesar de tener tan clara esa premisa, no puedo acatarla. Hay algo dentro de mí que se acobarda, que se resiste, que se avergüenza (aunque no se arrepiente) de las lindas cosas que estoy viviendo contigo.  </p>

<p>Ay, Gabo, no vale. Dime si esta no es una ironía de lo más cruel: mientras te escribo hay un actor cómico en la tele que le está llorando a <em>Magaly</em> porque su esposa (una vedette de no sé qué programa chicha) le ha sacado la vuelta con un bailarín. Apenas pasaron las imágenes de la fulana en plenos chapes con el otro, lo primero que pensé fue: qué tal <em>bitch</em>. Después me sentí una conchuda. Ya sé que no es lo mismo. O sea, ni tú eres un bailarín (no que yo recuerde) ni yo una vedette (aunque, sí, ya sé, podría serlo), pero la situación de fondo es la misma, ¿verdad? </p>

<p>Todo esto me revuelve un poco el estómago. ¿Soy una perra, Gabriel? ¿Soy una <em>bitch</em>? ¿Soy una mujer que merece ser feliz? ¿O soy una cobarde, por no atreverme a irme contigo y a mandar a la mierda lo demás? Dime lo que piensas. Lo necesito. Tus palabras siempre me dan calma. Siempre fue así. Lo que más me gusta es que, si bien nos hemos enamorado de esta manera tan súbita, también seguimos siendo los amigos de toda la vida. Es más, creo que eres mi único amigo, Gabo, la única persona con la que puedo sentarme a conversar sin tener la sensación de estar frente a un tribunal que me va a condenar a la silla eléctrica. Eso, claro está, no quita que ahorita me provoque agarrarte a besos. </p>

<p>¡Oye, me acabo de acordar! Nunca me dijiste que ibas a empezar a escribir en <em>El Comercio</em>. Qué mal. El domingo vi una columnita tuya en la sección B, era algo sobre la publicidad de cervezas ¿no? Estaba buenaza. Me encanta cómo escribes. Se me cayó la baba con tu fotito con barba (¿o se me cayó la barba con tu fotito con baba?). En serio, me puse chocha, igual a cuando Emilito hace un hoyo en sus clases de golf y yo soy la única pelotuda que salta y aplaude. </p>

<p>Para serte franca, la que vio el artículo fue mi mamá. Más linda, me llamó por teléfono y me dijo: “a qué no sabes a quién acabo de leer en el periódico”. Yo, claro, ni enterada. No tengo la menor idea, mami, le respondí. “A Gabrielito Lombardi. Tu amigo del colegio ¿Te acuerdas de él?”, me preguntó. Es una santa, carajo. La pobre no tiene idea de nada. Como te imaginarás, tuve que sorprenderme, hacerme la idiota y decirle –cágate de risa– que sí te recordaba, pero que hace años que no sabía nada de ti. Si supiera. Lo que más risa me dio fue lo que me dijo después: “ese chico era un trome, en qué andará metido”. ¿Con quién andará metido, más bien?, me provocó decirle. </p>

<p>Bueno, basta de irme por las ramas. Me senté a escribirte porque no puedo decirte esto por teléfono y menos en persona. Mira, no quiero ponerme trágica, pero no sé qué vamos a hacer en los días que se vienen. La cosa está peluda y eso me estresa. Jaime habló conmigo el domingo y desde ese día sus palabras retumban en mi cabeza como un martillo. Quiere que tengamos otro hijo y que nos vayamos a vivir afuera. Está sospechosamente camotudo. Ayer en la noche quiso que tengamos algo, tú me entiendes, pero yo no podía. Le dije que estaba cansada, que me habían sacado la mugre en el gimnasio. Pero no puedo decirle eso todas las noches, no puedo dejar que sospeche ni un poquito. </p>

<p>¿Puedes imaginar cómo me siento? No, no puedes. No importa, yo te lo digo: me siento fatal. Te quiero y, sin embargo, no puedo hacer nada por concretar nuestra relación. Si le digo a Jaime para separarnos y él descubre que tú y yo tenemos algo, alegaría infidelidad y es capaz de llevarse a Emilio con él. Eso, como comprenderás, me destrozaría. La sola idea de estar sin mi hijo me destruye. Ay, carajo, ya me puse a llorar de nuevo. Perdóname, amor. Es que esta sensación es horrible. </p>

<p>Yo no dudo de tu amor, Gabriel. No dudo de lo que sientes, pero ¿te has puesto a pensar qué ocurriría si seguimos con esto? Te adoro, pero no quiero malograrte la vida. A veces pienso que lo nuestro, con todo lo lindo y honesto que es, es más imaginario que real. Es como si estuviéramos en una burbuja, aislados del mundo de verdad. Mi miedo es que sigamos con esto, sin vernos mucho, y que un día tú te canses y la burbuja reviente y todo se vaya al cacho y termines odiándome. </p>

<p>Es por eso que quiero pedirte algo. Necesito tiempo, Gabriel. Tiempo para ver cómo se solucionan las cosas en mi casa. Es mi deber. Yo no quiero tener otro hijo y mucho menos quiero irme a vivir fuera del Perú (cuando Jaime me habló de eso, me mantuve imperturbable por fuera, pero por dentro me derretía). Sin embargo, tampoco puedo seguir con esta doble vida que me carcome el cerebro. No puedo pedirte que me esperes, porque no sé cuánto tiempo necesite. Seguramente que mientras lees esto estás con ganas de matarme. No te culpo. Perdóname. Te quiero muchísimo. No tienes ni idea. Pero justamente es por eso que tengo que actuar, porque si seguimos tal como estamos, nos vamos a hacer un daño irreparable. </p>

<p>Quiero que me prometas que no vas a llamarme. Del chat no me preocupo, porque ya no me voy a meter. En realidad, no sé si te lo comenté, pero mis únicos contactos en el Messenger son Anacé, Alejandra y tú. La vez pasada Jaime me vio chateando y todo extrañado me preguntó “de qué te ríes tanto, tú nunca te conectas”. Tuve que decirle que era Macarena que me estaba pasando una cadena de chistes rojos.  </p>

<p>Ay, Gabriel, no sé cómo terminar este mail que más parece un testamento. Quisiera no tener que dejar de escribirte. Quisiera que pudieras entender por qué hago esto. Solo me queda mandarte un beso gigante y agradecerte por hacerme sentir todo esto maravilloso que estoy sintiendo. </p>

<p>Cuídate mucho, mucho. Hasta pronto, Lombardi<br />
Aunque nunca te lo haya dicho, te amo</p>

<p>A.</p>

<p><br />
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<p><br />
El trabajo en la agencia estaba obligando a Gabriel a sacrificar más horas de descanso de las planeadas. Tenía que orquestar la parte creativa de cinco campañas al mismo tiempo y por eso tanto él como su equipo debieron madrugar un par de veces en la oficina. </p>

<p>Amanda había mandando su correo electrónico el martes por la noche, pero Gabriel –con los horarios extendidos y los sueños retrasados– recién pudo leerlo el jueves por la mañana. </p>

<p>Cuando abrió su <em>Hotmail </em> y vio el mensaje en la bandeja de entrada se alegró. Corrió a prepararse un café cargado y se sentó para leer detenidamente el correo. La sonrisa inicial, sin embargo, fue apagándose a medida que avanzaba en la lectura hasta quedar convertida en una tiesa mueca de amargura. </p>

<p>Su primera reacción, contraviniendo el pedido de Amanda, fue llamarla. Sin medir los riesgos que eso entrañaba, se levantó de la silla, cogió el celular, buscó el número en la lista de contactos y apretó el botón de llamar. El timbre del teléfono se repitió una, dos, cuatro, seis veces. La burocrática indicación de la contestadora automática (<em>este es un mensaje de Claro, si desea deje su mensaje en la casilla de voz</em>) lo exasperó. Intentó la comunicación hasta en siete ocasiones más. “No puede ser, no puede ser”, repetía Gabriel en voz alta, perdiendo la calma. </p>

<p>Los nervios le habían creado un hueco en el estómago. De pronto le cambió la cara. Se puso un jean, una camisa cualquiera y cogió las llaves de su carro.</p>

<p>Cuando bajó las escaleras de su departamento con dirección al auto, la locura ya había empezado a hacer su trabajo. Encendió el motor y arrancó, pisando el acelerador con rabia.   </p>

<p>Arriba, en su departamento, al costado de la computadora prendida, el café negro todavía humeaba. </big></p>

<p><br />
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<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el renegón pero solícito Robotv)]</strong></p>

<p><br />
[Estoy completamente seguro de que cuando Gabriel escucha esta bonita canción de Sting (Every Little Thing She Does Is Magic) solo puede pensar en Amanda. Espero que les guste]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/ubrdIp_3WKQ&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/ubrdIp_3WKQ&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Mañana, sábado 22, saldrá a la venta la revista especial de Deporte Total (DT, el suplemento deportivo de El Comercio). Estará en todos los quioscos a todo color y en papel cuché. Muy pero muy al margen de que en ella aparezca una columna mía, se las recomiendo a todos. Solo valdrá 10 soles. El contenido está muy paja]</strong></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/dt2_dipt.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/dt2_dipt.html','popup','width=1452,height=1096,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/dt2_dipt-thumb-420x317.jpg" width="420" height="317" alt="dt2_dipt.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Para mi total estupefacción, este blog --que para nada se acerca al proceloso lodo negro en donde el poder se disputa-- ha sido considerado el tercer web más poderoso del país en la <a href="http://www.perueconomico.com/ediciones/30-2009-aug/articulos/311-tu-lee-nomas">Encuesta del Poder 2009</a>, después de los blogs de Marco Sifuentes (Ocram) y Cecilia Valenzuela, quienes chapotean felices ahí donde las papas queman. Felicito a los poderosos Marco y Cecilia, y les agradezco que disculpen la involuntaria intromisión de Busco Novia en ese podio]</strong> </p>]]>
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    <title>5. Quédate en mi cama </title>
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    <published>2009-08-13T11:11:38Z</published>
    <updated>2009-08-13T15:31:31Z</updated>

    <summary> [ESTA ES LA QUINTA PARTE DE UNA IMPROVISADA SAGA, CUYOS VERDADEROS PROTAGONISTAS ESTÁN DESEOSOS DE METERME UÑA] Justo en el preciso instante de la noche en que Amanda y Gabriel trastabillaban con la alfombra rumbo al cuarto, a varios...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov05_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov05_blog.html','popup','width=850,height=543,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov05_blog-thumb-420x268.jpg" width="420" height="268" alt="nov05_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[ESTA ES LA QUINTA PARTE DE UNA IMPROVISADA SAGA, CUYOS VERDADEROS PROTAGONISTAS ESTÁN DESEOSOS DE METERME UÑA]</strong></p>

<p><big>Justo en el preciso instante de la noche en que Amanda y Gabriel trastabillaban con la alfombra rumbo al cuarto, a varios kilómetros de allí, en La Cantuta, las hermanas de ella (Alejandra y Ana Cecilia), sus respectivos esposos (Jorge y Felipe) y una pareja de amigos recién casados (Claudia y Gonzalo) departían en la amplia y acogedora terraza del bungaló.  </p>

<p>Con la tropa de niños dormida, los seis llevaban un buen rato tomando tragos, conversando, y solazándose con el más típico de esos juegos recreativos pasados de moda que recuperan su atractivo cuando uno está fuera de la ciudad: Charada. </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Faltaba solo un punto para que las chicas les ganaran a los chicos. De pie, haciendo las veces de un mimo y multiplicando sus gestos, Alejandra intentaba que Ana Cecilia y Claudia adivinaran el título de la película que debía interpretar: <em>El extraño mundo de Jack</em>. Alejandra se deshacía en señas y contorsiones, pero sus partners –ya un poco ablandadas por los vodkas– no lograban descifrarlas y decían la primera cosa que les venía a la cabeza.  </p>

<p>A un par de metros, sabiéndose en capilla, los hombres contemplaban la escena con impaciencia, vigilando que ellas no hicieran trampa. Jorge controlaba el tiempo en un pequeño reloj de arena de plástico (al cual le daba disimulados golpecitos en la superficie para que la arena cayese más rápido); Felipe cuidaba que Alejandra mantuviera la boca cerrada y no cometiese ninguna infracción; y Gonzalo hacía el trabajo sucio de inteligencia: desconcentraba a las rivales lanzando títulos falsos en voz alta. “Cállate, pues, eso no vale”, le reprochaban sus oponentes, con teatral indignación.  </p>

<p>El tiempo estaba a punto de extinguirse cuando Alejandra, desesperada, se puso a hacer unos ademanes que no parecían tener nada que ver con el nombre de la película que le había tocado en suerte. Caminaba y gesticulaba como si fuese una mujer muy gorda y enojada, inflando los cachetes, bufando y abriendo los brazos en forma de paréntesis. Claudia no entendía nada, pero Ana Cecilia captó de inmediato la clave que su hermana le insinuaba y gritó apuradamente: ¡El extraño mundo de Jack! </p>

<p>“Síiii”, exclamó Alejandra, victoriosa, y se largó a saltar y a derrumbarse de risa. Las otras dos chicas se pararon y corrieron a abrazarla. Parecían un mini equipo de voleibolistas borrachas celebrando un triunfo. Los hombres, derrotados, confundidos, no terminaban de atar cabos: ¿cómo era posible que de la mímica y del remedo de una gorda se dedujera el título correcto? ¿Qué tenía que ver una obesa malhumorada con <em>El extraño mundo de Jack</em>? Una cosa no guardaba relación con la otra. </p>

<p>Cuando cesó el festejo, Alejandra explicó todo, alternando sus palabras con risitas intermitentes. “Es que cuando fuimos a ver esa película, Amanda se hueveó y se tomó la gaseosa de la señora que estaba a su costado, una tía enorme que fácil pesaba más de 100 kilos. Era un tanque. La tía se paró en mitad de la pela, increpó a Amanda por haberse bajado su Inca Kola y se fue, amenazando con quejarse con el administrador. Todo el mundo le gritaba: ‘siéntate, gordita, no dejas ver a nadie’. Fue un cague de risa. ¿Te acuerdas, Anacé? Estaba segura de que la ibas a adivinar al toque”, resumió. </p>

<p>–Cómo no me iba a acordar. Amanda estaba tan palteada que nos pidió quedarnos en la sala y salir al final de los créditos, después de toda la gente. Creía que la gorda la estaba esperando para pegarle. <br />
–A propósito, ¿y qué es de Amanda?, preguntó Gonzalo<br />
–Nada, la pava se quedó en Lima. Iba a irse a un karaoke con unas amigas, informó Alejandra, meneando la cabeza, como desaprobando la decisión de su hermana menor<br />
–Pucha, qué pena. Desde que volvimos de la luna de miel no la he visto, lamentó Claudia. <br />
–¡Hay que llamarla!, propuso Felipe. Son la 1:15 a.m. A esta hora debe estar en plena juerga. Seguramente está cantando <em><a href="http://www.youtube.com/watch?v=Q4nC95SteAU" target=blank>El Gato que está triste y azul</a></em>, de Roberto Carlos. Esa es la clásica de los karaokes. <br />
–Ja, ja. Sí, hay que llamarla, se animó Claudia. Para hablarle un ratito aunque sea, añadió<br />
–Es más, llámenla y una vez que conteste todos le cantamos la canción que dijo Felipe, la del gato, sugirió Jorge.<br />
–Ya, ¿pero cómo es el corito?, preguntó Anacé. <br />
–“El gato que está triste y azul nunca se olvida que fuiste mía. Más siempre sabrá de mi sufrir, porque en mis ojos… una lágrima hay”, canturreó Felipe, chasqueando los pulgares, cerrando los ojos, completando la peor imitación de Roberto Carlos.<br />
 –Qué canción para más cojuda, acotó Gonzalo. ¿Cuándo han visto un gato triste y, para concha, azul? <br />
–Ay, amor, es linda, le recriminó Claudia. <br />
–Ya, ya. No dije nada.<br />
–Vengan, pues. Voy a marcarle a Amanda, arengó Alejandra.     </p>

<p>Los seis se colocaron alrededor del teléfono y se quedaron callados, listos para iniciar su improvisado concierto. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gato_triste.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gato_triste.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gato_triste-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="gato_triste.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
–¿Aló?, respondió Amanda. Sonaba nerviosa. De fondo no se oía ningún ruido musical. Más que en un karaoke, parecía que estaba en una funeraria. </p>

<p>En vez de un saludo normal, obtuvo por respuesta un desacompasado coro de voces ebrias que farfullaban una canción ininteligible. Si Roberto Carlos los hubiera escuchado, los habría agarrado a patadas con su pierna de palo. El más desorejado era Gonzalo, que no solo no se sabía bien la letra, sino que, embalado como estaba de tantas cervezas que se había administrado, desarregló todo el estribillo:</p>

<p>–“El gato tristeee nunca se olvidaaa que fuiste azul…”</p>

<p>Alejandra, que portaba el celular en la mano, interrumpió la broma, se rió del chongo perpetrado e inició la conversa.</p>

<p>–Hermanita, cómo andas. ¿Estás en el Karaoke? No se oye nada de bulla. <br />
–Sí, este, aquí estoy, estoy…en el baño del Karaoke…</p>

<p>Amanda prendió una lamparita y se sentó en el borde de la cama. Estaba a medio (des)vestir. Gabriel se quedó echado: al oír la pregunta de Alejandra, cuya voz se colaba desde Chosica por el auricular, su cara pasó del miedo a la sorpresa en un microsegundo y se tapó la boca para no soltar una carcajada delatora. <br />
Amanda se sentía ridícula y fatal. Hablaba con la mirada enterrada en el suelo, como abochornada de que Gabriel se estuviera enterando de las mentiras que ella había urdido para salir con él. </p>

<p>–Oye, estoy aquí con Claudi, que quiere saludarte<br />
–Ya, a ver, pásamela. </p>

<p>Sin hablar, Amanda le hizo a Gabriel una señal para que prendiera la radio y reproduzca un sonido ambiental, como de karaoke. Gabriel puso <em>play</em> al disco que tenía en el equipo, uno del argentino Gustavo Cerati</p>

<p>–Amigaaa, cómo estáaaaas, chilló Claudia al otro lado del teléfono. <br />
–Hola, Clau, estoy bien, tú qué tal…<br />
–Bien, aquí, pues, acordándonos de ti. Oye, tenemos que juntarnos pronto ah, tengo que mostrarte el vídeo del matri y las fotos de la luna de miel. Nos fue lindo. San Sebastián es una maravilla, no sabes. Y el hotel, te mueres, enorme, cinco estrellas, a diez pasos del mar, o sea, cómo te explico, a–lu–ci–nan–te. Estuvimos en Playa La Concha y en la Isla Santa Clara y nos trataron como reyes. Nos hicimos patasas del gerente, un catalán bueníiiiisima onda que nos ha dicho que volvamos cuando queramos. Lo único malo fue que algunos días había medusas en el mar y teníamos que meternos al agua con cuidado, pero Gonza y yo igual la pasamos riquísimo… </p>

<p>Mientras Claudia daba rienda suelta a su insípida crónica de viaje, Amanda separó el teléfono de su oído para decirle a Gabriel en la voz más baja posible: “no soporto a esta huevona”. Gabriel reprimió la risa otra vez, se acercó a Amanda por la espalda y comenzó a besarle el cuello. Lo que menos quería era que se diluyera el sacudón sexual que los había revolcado hasta su departamento. Le resultaba tan fantástico que ella estuviera allí, en su casa, en su cama, que temía que al terminar la llamada tomara conciencia de los hechos y se arrepintiese por haber llegado tan lejos. </p>

<p>Gabriel le mordía la oreja libre, le jaloneaba el pelo con sutileza, masajeaba sus brazos, sus pechos. Sin dejar de besarle los alrededores de la nuca, libró el broche del sostén, retiró las tiritas de los hombros y las dejó caer para luego acariciarle las tetas, cuyos pezones descubrió tibios y endurecidos. <br />
Amanda recostó su cabeza hacia atrás, y dejó el celular sobre la cama, sin apagarlo. La aguda y fastidiosa voz de Claudia –que continuaba relatando sus melifluas experiencias en la playa– competía con la voz vampiresca de Cerati, que emergía desde el aparato de radio cantando Amor amarillo. Esa era toda la banda sonora que se oía en el cuarto. Lo demás eran los gimoteos, los suspiros, el murmullo acuoso de  los besos sin tregua de Amanda y Gabriel. </p>

<p>–Cuelga, por favor, bisbiseó Gabriel. </p>

<p>Amanda llevó el celular a su oído y soltó una frase terminante:</p>

<p>–Tengo que colgarte, Claudita. Me están llamando…<br />
–Ya, bueno, amiga, qué lindo escucharte. Estamos hablando, pues, no te pierdas…<br />
–Ya, nos vemos. Un beso<br />
–Otro inmenso  <br />
 <br />
Ni bien colgó, Gabriel –que la tenía abrazada por detrás– le rumoreó al oído:</p>

<p>–Así que en el Karaoke ¿no?<br />
–No friegues. Algo tenía que inventarme…<br />
–No, no, está bien. Ahorita te voy a poner a cantar, vas a ver…<br />
–¿Así? Ja. Espero que tengas un buen micrófono nomás…<br />
–Cuando te lo muestre, vas a cantar a capela…<br />
–Ja, ja, veremos…<br />
–Yma Sumac va a ser un chancay de a veinte a tu costado…<br />
–Perro que ladra…<br />
 <br />
El placer sin nombre que le procuraban los besos y toqueteos de Gabriel bloqueaba todo tardío intento suyo por no ceder a la refriega lujuriosa que hacía días ya venía incubándose en su cabeza. Se volvieron a echar, él se inclinó sobre ella con fingida violencia y, sin abandonar esa posición, procedió a quitarse lo que le faltaba de ropa. Ella lo ayudó desde su ubicación, bajándole los pantalones con los pies. Ahora estaban prácticamente desnudos. Gabriel retiró el cubrecama y –ante una pudorosa solicitud de Amanda– arranchó las sábanas para taparse con ellas. Pronto se encontraron los dos bajo una cueva de tela blanca, llenando el aire con esas frases cortas que no exceden las tres palabras y que los amantes susurran al momento de entregarse,  enloquecidos, al ritual amatorio. </p>

<p>–Me encantas<br />
–Eres lo máximo<br />
–Me vuelves loco<br />
–Y tú a mí<br />
–No puedo más…<br />
–¿Qué haces?<br />
–¿Qué crees?<br />
–Despacio…<br />
–¿Te gusta esto?<br />
–Sí…<br />
–¿Mucho?<br />
–Uf, no sabes cuánto<br />
–Quiero entrar<br />
–¿Tienes un condón?<br />
–Sí, espera…<br />
–Apúrate<br />
–Ya…<br />
–Ven…<br />
–¿Ahí?<br />
–Espera, déjame a mí<br />
–¿Así?<br />
–Sí, dale<br />
–Me excitas como mierda<br />
–Me matas…<br />
–¿Me sientes?<br />
–Estás adentro <br />
–¿Rico?<br />
–Riquísimo</p>

<p>Estuvieron así un rato prolongado. Amanda extrañaba esa intimidad tan rotunda: la fricción de los cuerpos, la piel erizada por la excitación, el humor genital, los eléctricos sobresaltos por el orgasmo producidos. Por eso no hizo ningún reparo cada vez que Gabriel sugería una nueva pose. Quería, necesitaba ser embestida, penetrada. Aunque se sentía incapaz de pronunciar esa palabra porque le parecía vulgar y asquerosa, Amanda no podía mentirse: estaba completamente arrecha. Después de venirse por segunda vez montada encima de Gabriel, dejó que él acabara y cayó rendida sobre la cama. Los dos llevaban tatuado en la cara el indeleble sello de la satisfacción más fidedigna. </p>

<p>Se besaron, se abrazaron y a los pocos minutos se quedaron dormidos. </p>

<p>Dos horas más tarde, el humo de un cigarro despertó a Gabriel. Era Amanda, que fumaba a su costado, sentada, apoyada en la cabecera de la cama, con las piernas recogidas contra su pecho, perdida en sus pensamientos. Se había puesto el calzón y un polo al revés. </p>

<p>–Qué hora es, preguntó él<br />
–Están por ser las seis…<br />
–Me quedé seco…</p>

<p>Amanda volteó, le dedicó una mirada tierna y una raya oblicua por sonrisa. </p>

<p>–¿Qué pasa?<br />
–Ahora sí ya la cagamos jodido, dijo ella, con una desconcertante mezcla de orgullo y de vergüenza  <br />
–No digas eso. Esto lo queríamos los dos, Amanda. No te arrepientas <br />
–Es fácil decirlo: la casada soy yo<br />
–Te equivocas, dijo Gabriel, incorporándose a medias, apoyando el cuerpo sobre uno de sus codos. No es fácil decirlo. Sería fácil si no sintiera nada por ti, pero no es el caso… <br />
–Sí, lo sé, pero no sé cómo voy a manejar esto<br />
–No te preocupes, todo va a salir bien<br />
–No veo cómo, pero espero que así sea</p>

<p> <br />
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<p><br />
Después de que Gabriel la dejó en la esquina de su edificio (él se quiso despedir con un piquito, pero ella, nerviosa, solo le ofreció el cachete), Amanda se pasó la mañana haciendo ejercicios. Tomó un jugo, un café y llamó a su papá por teléfono para saludarlo por el Día del Padre. “Tú y mi mamá deberían acompañarme a La Cantuta para pasar el día allá”, dijo Amanda. “No, hijita. Anda nomás. A mí esas celebraciones no me gustan nada. Además, tu mamá no se siente muy bien, le duele la cabeza y ya sabes cómo se pone cuando está con sus migrañas. Nosotros nos quedamos aquí, tranquilos, a lo mejor salimos a almorzar. Vamos a estar bien. Anda tú y nos llamas desde allá”, respondió el señor Di Lorenzi, sin mayor complicación.  </p>

<p>Amanda manejó hasta Chosica y se pasó toda la Carretera Central meditando, guiada por las melancólicas letras de las canciones grabadas en su Ipod como <em>baladas</em>. Tenía el cerebro descompuesto, como un cubo mágico imposible de armar. Por un lado estaba ilusionada con Gabriel; con el fogonazo de romanticismo con que él había llegado a su vida; con la noche que acababan de pasar y que avivaba su confianza de mujer. <br />
Por otro lado, sin embargo, estaba decepcionada de su conducta de esposa. Le había sido infiel a su marido, había faltado a todas las promesas que juró respetar, y sabía que tarde o temprano eso repercutiría en su cada día más endeble matrimonio. No podría mirar a Jaime a la cara otra vez, sin soportar el peso subyugante de la conciencia. No importaba lo indiferente, frío y desatento que él se hubiera vuelto. No podría mirarlo sin sentir un ramalazo de culpa. No podría convivir con una mentira para siempre. “Si solo hubiese sido una noche de sexo y punto, tal vez todo sería más fácil”, pensó, con una lógica desfachatada que la tomó por sorpresa. </p>

<p>La verdad era que se sentía enamorada y no podía hacer nada contra eso. No tenía la energía mental suficiente como para actuar según los principios éticos que le dictaba la razón. El hechizo del que era presa cuando estaba con Gabriel desencadenaba un dulcísimo vértigo oscuro cuyos efectos a largo plazo ignoraba. Llevaba toda una vida haciendo las cosas que creía correctas –graduarse con buenas notas, casarse por la Iglesia, atender a su hijo y a su esposo– y ahora, de repente, perdía el paso, traspapelaba el guión. No sabía cómo explicárselo: después de siete años de relativo reposo matrimonial, simplemente no estaba lista para hacerle frente a este tsunami pasional, a esta descomunal montaña rusa en la que se había subido y de la que ahora no estaba segura de poder (ni de querer) bajarse. <br />
 <br />
<strong>(…)</strong></p>

<p>Gabriel ordenaba unos libros en su departamento cuando Martín lo llamó para almorzar.</p>

<p>–¿Un cebichito? Habla. Me caería pleno. No sabes la juerga de anoche. Me fui a un tono en Barranco y terminé en el <em>Moonlight</em> pellizcando rucas con dos patas de la oficina. No sé cómo he manejado hasta mi jato. </p>

<p>Gabriel no tenía mucha hambre, pero necesitaba hablar con alguien. Y Martín, más allá de su inmadurez  y su rebelde propensión a la parranda, era lo que se dice un buen pata. A Gabriel le gustaba conversar con él porque de vez en cuando, en medio de sus vaguedades y sus comentarios chabacanos, soltaba frases existenciales de lo más inspiradas, algunas de las cuales incluso le habían servido a Gabriel de materia prima para idear uno que otro eslogan. </p>

<p>Martín había dejado a medias Administración y trabajaba en la fábrica plastificadora de un tío que le tenía mucha confianza. En pocos años, gracias a su labia y a su facilidad para apantallar a la gente, se había convertido en el vendedor estrella, consiguiendo que su tío –burlando todos los convencionalismos de la empresa– lo promoviera hasta la gerencia de operaciones. Su chamba, básicamente, consistía en hacer muchas relaciones públicas: almorzaba con los proveedores, chupaba con los empleados, se tiraba a las secretarias. Y le pagaban por eso. <br />
Como Gabriel, Martín tenía 30 años, estaba soltero, vivía solo y también había perdido a su papá por un cáncer. Esas cosas en común los unían más de lo que ambos sospechaban. </p>

<p>–Ya, vamos, pero ¿a dónde?<br />
–Vamos a <em>El Villano</em> de Barranco. Mi pata Javicho es el chef. Hay un cebiche de mero con conchas negras, compadre, no sabes. Se te van a caer los dientes cuando lo pruebes…<br />
–Ya, mostro, cómo hacemos. ¿Pasas por aquí?<br />
–En 25 minutos te caigo. Ponte guapo<br />
–Chau, mariquita. Te espero</p>

<p>Una vez en el restaurante, en la mesa al aire libre que eligieron, Gabriel aguardó que les sirvieran el cebiche y las dos primeras cervezas para contarle toda su historia con Amanda. No se guardó ningún detalle. Repasó la historia en voz alta, narrando desde los días del colegio hasta el encuentro en Huaringas, eligiendo con cuidado los adjetivos que mejor ilustrasen sus sentimientos.</p>

<p>–Chucha, huevón. Por eso el día de la despedida de Juan Pablo estabas hecho un idiota…<br />
–Tú lo has dicho<br />
–Pero, huevas, ella está casada. Y tiene un hijo. Ten cuidado con eso. ¿Qué pasa si el esposo se entera? Fácil te manda a matar. <br />
–Al esposo ni le importa, estoy seguro. A él solo le importa su billete, su chamba, su estatus. <br />
–Ni lo conoces, Gabriel…<br />
–Bueno, el tema es que no sé qué hacer<br />
–No estarás pensando en estar con ella ¿no? En ser… su amante. <br />
–¿Por qué no? Cuando eres chico la palabra <em>amante</em> te suena a blasfemia. Si por ahí le escuchas a tu mamá decir que tu papá tiene una amante, le coges tirria a tu viejo. Pero cuando creces y te das cuenta de que las relaciones humanas son tan volubles, los afectos tan diversos, y los matrimonios tan frágiles, una palabra como esa ya no te parece una ofensa. <br />
–Eso es cierto. Cuando yo era chibolo, mi mamá cerraba la puerta de su cuarto y le gritaba a mi viejo “seguro que tienes una <em>querida</em> por ahí”. Me acuerdo que esa palabra me parecía de lo más rara, y me hacía pensar que entonces mi vieja era algo así como la <em>no querida</em>. <br />
–Ja, ja<br />
–Además, la imagen de mi papá acostándose con otra mujer me repugnaba. Me parecía un imperdonable insulto a toda la familia. Después ya me relajé y me olvidé de esas idioteces…  <br />
–Claro, porque te conviene. La mitad de las secretarias que te tiras están casadas ¿no?<br />
–Nada que ver. Bueno, solo dos. A una de ellas, Mili, una vez me la clavé en su jato. Puta, huevón, no sabes lo que es eso. Tirar en la cama en la que el esposo duerme te convierte en una fiera. Te sientes lo máximo porque es como conquistar un territorio ajeno. Es hasta mejor que tirar en la cama de los viejos de tu hembrita… <br />
–¿Tan bien te portaste? <br />
–Huevón, le metí tres polvos sin sacarla. Desde ese día la Mili me busca por toda la fábrica, pero ni cagando le vuelvo a meter huevo. Su esposo es milico. Si se entera, me mete una granada en el calzoncillo y la cagada. Por eso te digo que te cuides. Sé de lo que te hablo…<br />
–Bueno, entonces…<br />
–Mira, solo te digo una cosa: si aceptas ser su amante, nunca serás nada más…<br />
–O sea que tengo que…<br />
–No, no tienes hacer nada. Si esta huevada es cierta, si lo que dices que sienten los dos es real, las cosas van a caer por su propio peso. Por lo que me cuentas, ese matrimonio está hasta el perno, pero no por tu culpa. Así que si la flaca termina con su esposo, no va a ser por ti, sino por otros factores, ¿manyas? <br />
–Manyo<br />
–Salud, Cholo</p>

<p>Los vasos de cerveza chocaron apenas. Martín tomó un trago largo, casi un seco y volteado. Gabriel lo miraba. Le gustaban los callejeros ímpetus filosóficos de Martín. Era por esa extraña lucidez a la que arribaba de vez en cuando que lo estimaba más que a sus otros amigos…  </p>

<p>–Eso sí, Gabriel. No juegues con fuego. No seas imbécil. Tú la tienes más fácil, pero la huevona…<br />
–Amanda. Dile Amanda, por favor…<br />
–Bueno, Amanda. Ella sí está fregada. <br />
–Pero yo no la voy a dejar sola…<br />
–Mira, compadre. Tú sabes que te aprecio un culo, pero te digo una huevada: en vez de ese discursito de príncipe azul de poca monta, mejor pregúntate a qué chucha estás dispuesto…<br />
–Me divierte cómo mezclas tus reflexiones con lisuras. Eso te confiere un aire, no sé, como de gurú arrabalero.<br />
–¿Qué mierda significa arrabalero?<br />
–Ja. Olvídate. Salud, maricón…<br />
–Salud. Qué rico, carajo. ¿Te dije o no que este cebiche era de la pitri mitri? </p>

<p><br />
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<p><br />
En La Cantuta, Amanda se olvidó un poco de todas las tribulaciones que la tenían en zozobra. Se río con sus hermanas y sus cuñados, oyó sin emoción las historias de Claudia y Gonzalo, se bañó en la piscina con Emilio. A las cinco, justo después de la parrillada, su celular sonó. Era Jaime, desde Miami, que llamaba para hablar con su hijo por el Día del Padre. La saludó con cariño. </p>

<p>–Cómo estás, ¿todo bien?<br />
–Sí, todo bien. ¿Cómo te va? ¿Cuándo vuelves?, le preguntó Amanda, deseando en silencio que Jaime aún no tuviera arreglada una fecha de regreso a Lima.  <br />
–El jueves estoy allá, corazón, le respondió…</p>

<p>¿Corazón? ¿Había escuchado bien? Hacía cuánto tiempo que no le decía una cosa así. ¿Un año? ¿Dos? Ya había perdido la cuenta. A qué se debía este inesperado giro amoroso. Amanda se quedó perpleja.  </p>

<p>–Ah, ahorita nomás…<br />
–Sí, qué tiene. ¿Ya no quieres que vuelva o qué?<br />
–Ay, Jaime, no empieces. <br />
–Sé que no me lo vas a creer, pero tengo muchas ganas de verte<br />
–Tienes toda la razón: no te creo nada…<br />
–Tú sí que sabes cómo bajarme el ánimo ah…<br />
–Lo aprendí de ti, amorcito…<br />
–No quiero pelear, Amanda. ¿Está Emilio por ahí? Quería que me salude por mi día… <br />
–Eso se llama cargo de conciencia…<br />
–¿Está o no? <br />
–Sí, ahí te lo paso.<br />
–Un beso. Ya te veo en unos días<br />
–Chau </p>

<p>La indescifrable actitud bipolar de Jaime complicaba las cosas. Aunque suene carente de sentido común, Amanda hubiera preferido que él mantuviese su ánimo distante e intratable. Este tonito cariñoso le molestaba porque la hacía sentirse más malvada de lo que ya se venía sintiendo. </p>

<p>Lo que ella no sabía era que Jaime había tenido hace un par de días una extensa conversación con Eduardo Riva Agüero, su jefe en <em>Procter</em> y su tótem particular. Si Jaime quería ser como alguien, si tenía algún modelo que copiar, ese era Eduardo, un hombre inteligente que a los 46 años lo tenía todo: una linda familia, un par de casas y suficiente dinero en cuentas de ahorro desperdigadas por diferentes países como para mantener holgadamente a las siguientes cuatro generaciones de Riva Agüero. Lo que Eduardo le había dicho aquella noche, mientras cenaban en un lujoso restaurante de Nueva York, era que no se preocupara tanto del trabajo. “Jaime, tu ascenso está garantizado. En un par de años más vas a ser Gerente Regional. Yo lo sé. Lo que deberías hacer ahora es pensar en tu familia, pensar tal vez en tener otro hijo, no sé. Hazte a la idea de que en dos años te pueden estar mandando a la sede de <em>Procter</em> en Venezuela o, con suerte, a la de Costa Rica”.     </p>

<p>Después de esa charla, Jaime tomó una decisión: volvería a Lima y le plantearía a Amanda exactamente eso, tener otro hijo, darle a Emilio un hermanito, ser cuatro en vez de tres. Sabía que se había distanciado un poco, pero era cuestión de sentarse a conversar para superar esto que parecía una de esas famosas crisis matrimoniales de la que tanto hablaban los terapistas. En dos años, si todo salía bien, podrían dejar el Perú y, tal como habían soñado cuando eran novios, establecerse en el extranjero y darse la gran vida. </p>

<p>Si Amanda hubiera sabido eso con anticipación, quizás habría pensado dos veces antes de decirle a Gabriel lo que le dijo por el chat el mismo domingo al volver de La Cantuta. </p>

<p>–Necesito verte, Gabo. No he podido dormir bien. Quiero que hablemos<br />
–Yo también quiero verte. Hoy me he amarrado las manos para no llamarte. Sabía que estabas con tu familia, pero me moría por hablar contigo<br />
–Igual yo. No podía dejar de pensar en la noche de ayer…<br />
–Fue increíble<br />
–Gracias por hacerme sentir de esa manera<br />
–Más bien gracias a ti por los aretes<br />
–¿Qué aretes? <br />
–Los tuyos. Los dejaste sobre mi cómoda...<br />
–Uy, ¡verdad! Me los olvidé. Qué tonta. <br />
–Ah, y yo que pensé que eran un regalito…<br />
–Lo siento, pero no…<br />
–Bueno, te los doy cuando nos veamos<br />
–O sea, mañana…<br />
–¿Sí? ¿Mañana lunes?<br />
–Es que Jaime vuelve el jueves. Me llamó ayer. No sé que voy a hacer…<br />
–Tranquila, Amanda. Mañana paso por ti y nos vamos a tomar un café. Todo va a estar bien…<br />
–Vente a las 11 am. A esa hora regreso del gimnasio después de dejar a Emilito en el colegio<br />
–Ahí voy a estar. Y deja de angustiarte, por favor. No va a pasar nada malo.<br />
–Gracias por darme ánimos. Los necesito<br />
–Siempre te los voy a dar…<br />
–No lo dudo, Gabo. <br />
 </p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>Al día siguiente Gabriel llegó al edificio de Amanda a las 11:10 a.m. Intercambió un saludo con el portero y pulsó el botón del ascensor. Una vez adentro apretó el 8 y se miró en el espejo. Cuando sonó el timbre, empujó la puerta, que daba al interior del departamento. </p>

<p>–Pasa, estoy aquí, en la cocina…</p>

<p>Gabriel caminó siguiendo la voz de Amanda, pero sin dejar de observar cada detalle del lujoso decorado: la biblioteca enchapada, las alfombras marroquíes, los cuadros del comedor, el televisor plasma de la sala. </p>

<p>–Hola<br />
–Hola, estás preciosa<br />
–Gracias</p>

<p>Amanda acababa de bañarse y tenía el pelo húmedo. Llevaba un saco, un pantalón ceñido a la cintura y unas elegantes botas sin taco. Gabriel no pudo contenerse y en vez de darle un pico tierno, le propinó un beso largo, hundiendo su lengua hasta encontrar la de ella. Amanda intentó detenerlo, pero sin oponer verdadera resistencia. Quiso darle a entender que estaban en su casa y que allí no podían portarse mal, pero luego se dejó llevar. Las manos de él se deslizaron por su cintura hasta llegar a su redondo y firme trasero. Ella se volteó, arrimó sus caderas al ansioso cuerpo de Gabriel y comenzó a moverse en círculos. Besándose, salieron de la cocina, pero en lugar de dirigirse hacia el ascensor se fueron hacia la zona de las habitaciones. </p>

<p>–No, Gabriel. No puedo hacerlo aquí, me da no sé qué…<br />
–No hables. Dame un beso<br />
–¿Por qué me gustas tanto, carajo?<br />
–Te gusto porque te quiero<br />
–Me encantaría que...<br />
–Shhh, estamos aquí, no digas nada, no pienses en nada…</p>

<p>Entraron al cuarto principal y se tumbaron sobre la cama. Gabriel sabía que, a diferencia de la primera vez, ahora tendría que actuar rápido. Se sintió aliviado, pues la vez anterior tuvo que concentrarse mucho para no acabar antes que ella. Si algo caracterizaba sus performances sexuales, era su corta duración. No era un eyaculador precoz ni mucho menos, pero estaba muy lejos, lejísimos, de tener el vigor, la potencia y el empuje de los tipos musculosos que aparecían en esos vídeos triple equis que Martín solía pasarle por Internet.  <br />
Sin embargo, ahora que estaba con Amanda, por algún divino sortilegio, se venía comportando a las mil maravillas, superando con creces los regulares siete minutos que acostumbraba rendir. No sabía a qué se debía tan magnífica eventualidad, pero lo estaba disfrutando como un cerdo. </p>

<p>En un momento, con Amanda desnuda y boca arriba, él tomó sus dos piernas con una sola mano, las levantó y las apoyó sobre su hombro derecho. Desde allí se acomodó para penetrarla. Nunca en su vida había ejecutado tal acrobacia, pero –inspirado por el inédito aguante del que venía haciendo gala– intentó esa nueva posición. Quiso parecer un experto. El resultado no pudo ser mejor: Amanda deliró de placer y se corrió mientras él entraba y salía de su cuerpo, sin acusar el menor recibo de cansancio. Gabriel no podía creerlo. Se sentía un semental. Un toro de lidia. Un talentoso actor de la industria porno. </p>

<p>De pronto, recordó lo que Martín le había dicho (“tirar en la cama del esposo te convierte en un tiburón”) y certificó la verdad de ese aforismo. Vio una foto de Jaime en la pared, notó a lo lejos algunas de sus pertenencias en el closet y sintió un espasmo de degradante superioridad. Era verdad: la facultad de invadir los dominios de otro hombre –sumada a todos los sentimientos que concurrían en su corazón– producía una combustión que él encontraba insuperable. La sensación de haber violentado una propiedad ajena lo hacía verse, al mismo tiempo, como un astuto polizón y como un criminal un poquito bastardo.  </p>

<p>Minutos después, tras el demorado orgasmo, Gabriel se acurrucó dentro de la cama, en el lugar donde dormía Jaime. Amanda se echó a su lado y dejó caer su cabeza en medio de su pecho desierto de pelos. “Qué tal si dormimos cinco minutitos”, dijo él, extenuado. “Que sean diez, mi amor”, respondió ella. </p>

<p>Afuera el sol se insinuaba con timidez. En ese momento, refocilados en el umbral del sueño, ninguno de los dos podía siquiera imaginar el tamaño de la enorme tormenta que estaba a punto de desatarse. </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137.html','popup','width=450,height=137,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137-thumb-450x137.jpg" width="450" height="137" alt="continuaraaaa-thumb-450x137.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el donoso Robotv)]</strong></big></p>

<p>[Esta canción de Peter Schilling es recontra ochentera. Fue un hit en 1984, cuando Amanda y Gabriel estaban en primer o segundo grado. ¿Alguien la recuerda? Ojalá que les guste] </p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/fl5GI59MmmE&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/fl5GI59MmmE&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Quería compartir con ustedes esta primera historieta de mi sobrina Adriana, de 10 años. Este es su debut como dibujante. Estoy muy orgulloso. Aprende, Robotv]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/sobrina_1_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/sobrina_1_blog.html','popup','width=850,height=397,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/sobrina_1_blog-thumb-420x196.jpg" width="420" height="196" alt="sobrina_1_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Gracias a todos los que estuvieron pendientes de este post, que demoró lo que duró mi descanso laboral. Pasé unas vacaciones extraordinarias. Para muestra, un botón: esta imagen de mis achicharradas yucas junto a un libro magnífico de Phillip Roth, mi portaminas y un vaso de cerveza Corona. De fondo, quieto y turquesa, el Mar Caribe. Adentro uno se siente nadando en un enorme tazón de Listerine]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/foto_vacaciones.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/foto_vacaciones.html','popup','width=420,height=315,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/foto_vacaciones-thumb-420x315.jpg" width="420" height="315" alt="foto_vacaciones.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>]]>
    </content>
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    <title>4. La Noche de La Dalmacia</title>
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    <published>2009-07-21T09:33:56Z</published>
    <updated>2009-07-22T15:23:27Z</updated>

    <summary> [TAL Y COMO NO LO PROMETÍ, AQUÍ LES DEJO LA CUARTA ENTREGA DE ESTA HISTORIA REAL CONVERTIDA EN NOVELITA PARA BLOG. DECEPCIÓNENSE] La mañana y tarde del lunes transcurrieron sin mayor novedad. Amanda esperó intencionalmente que sean las once...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov4_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov4_blog.html','popup','width=1000,height=653,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov4_blog-thumb-420x274.jpg" width="420" height="274" alt="nov4_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[TAL Y COMO NO LO PROMETÍ, AQUÍ LES DEJO LA CUARTA ENTREGA DE ESTA HISTORIA REAL CONVERTIDA EN NOVELITA PARA BLOG. DECEPCIÓNENSE]</strong></p>

<p><br />
<big>La mañana y tarde del lunes transcurrieron sin mayor novedad. Amanda esperó intencionalmente que sean las once de la noche para llamar a Gabriel. No sabía por qué, pero el hecho de que su hijo estuviera dormido mientras ella conversaba la proveía de una especie de alivio de conciencia. <br />
 <br />
Hablaron cerca de cincuenta minutos, que se pasaron volando. Estaban tan entretenidos que cuando repararon en la hora los dos se asombraron. “Qué bestia, mi celular está caliente”, se rió Gabriel. Antes de despedirse Amanda accedió a verlo el fin de semana. “Vamos el viernes a La Dalmacia y nos tomamos un vino, qué dices”, propuso él, cruzando los dedos y rogándole a todos los santos (todos los santos en los que no creía) que por esta vez acomodaran el panorama a su favor. “Ya pues”, respondió ella, con automática docilidad. Al otro lado del móvil, Gabriel reaccionó como si acabaran de informarle que se había hecho acreedor a un premio de lotería: pegó un saltito mínimo, cerró el puño y lo agitó igual que los futbolistas cuando anotan un gol decisivo. </big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Los días siguientes (martes, miércoles y jueves –siempre por la noche, con Emilio dormido–) se encontraron en el <em>Messenger</em>. Gastaban un promedio de hora y media conversando, riendo, admirándose de lo mucho que aún congeniaban. Tan sincronizados estaban que, muchas veces, cuando uno estaba por escribir una frase en el chat, el otro se adelantaba y, pum, la escribía. Era como si pudieran aguaitar sus pensamientos, como si uno tuviera acceso al pizarrón mental del otro, a ese muro privado e invisible donde se escriben las palabras milésimas de segundo antes de ser pronunciadas. <br />
Entre líneas, ambos se deslizaban piropos que no hacían sino incrementar la innegable sensación de correspondencia. Amanda –que flojeaba en la lucha por no perder el dominio de sus convicciones maritales– intentaba frenar con cortesía las arremetidas amorosas de Gabriel, que con el paso de los días se hacían más abiertas y explícitas.<br />
 <br />
–Hoy me dijeron en la agencia que vienen Los Cadillacs. Nos han encargado la campaña de promoción del concierto.  <br />
–¿Vienen? ¿En serio? Me muero por ir a verlos.<br />
–Vamos, pues. Te invito. <br />
– Pucha, sería bravazo, pero no sé, todavía falta mucho para eso<br />
–Un mes y diecinueve días, exactamente<br />
–Ja. Los tienes contaditos…<br />
–Sí, es que es la primera chamba fuerte que voy a hacer. Pero me gustaría mucho ir contigo. Ya, mira, si quieres hasta te llevo a VIP…<br />
–Ja, ja. ¿Perdón? ¿Cómo que si quiero? Pensé que eso estaba sobrentendido ¿no?<br />
–¿Eso significa que aceptas? <br />
–No. Eso significa que quiero verlos en primera fila<br />
–Ya, pues, tú puedes estar en primera fila y yo puedo estar a tu costado… <br />
–Ja, ja. Bien terco eres ¿no?<br />
–<em>Insistente </em>me gusta más <br />
–Sería lindo, pero no quiero prometerte nada, Gabo <br />
–¿Gabo? Asu, qué tal <em>remember</em>. No me decían así hace años. Es más, creo que tú eras la única que me decía así en el colegio ¿no?…<br />
–Verdad. Qué loco. Se me salió. Me gustaba decirte así, porque un día en una clase de Literatura…<br />
–…leímos un cuento de García Márquez y cuando el profesor se refirió a él como <em>Gabo</em> tú volteaste y me señalaste desde tu carpeta…<br />
–Sí, ja, ja, qué buena. Había borrado esa escena de mi cabeza por completo…<br />
–Gracias, ah. Siempre tú tan dulce…<br />
–No, pues, me refiero a que tenía esas imágenes como difusas, pero ahorita las he recordado nítidamente. ¿Te acuerdas cómo se llamaba el cuentito que leímos ese día?<br />
–“El ahogado más hermoso del mundo”…<br />
–Ese era. Años después, creo que en primer ciclo de la Universidad, lo releí para una tarea y me acordé de ti, alucina<br />
–Por lo de hermoso, supongo…<br />
–Más bien por lo de ahogado. Ja, ja.  <br />
–Estás bien cariñosa conmigo hoy, por lo visto…<br />
–Qué querías, pues. Te acababas de desaparecer del mundo, era como si te hubiera tragado el mar. <br />
–Ya te conté que fue una medida de emergencia. Estaba templado de ti, tú estabas con Braulio, no quería destrozarme la cabeza…<br />
–¿Y resultó la táctica?<br />
–Pensaba que sí, pero ya ves: quince años más tarde, me la estoy destrozando igual. <br />
–No digas eso. Me haces sentir mal. <br />
–¿Por qué? Romperse la cabeza puede ser un buen ejercicio<br />
–¿Te parece? A mí me suena a que te puedes volver loco…<br />
–Bueno, pero si esa locura incipiente te obliga a pensar, a definirte, a ver de qué material estás hecho, me parece positiva <br />
–¿Y de qué material estás hecho tú?<br />
–Lo más probable es que de aserrín<br />
–¡Ya, pues!<br />
–Eso es lo que estoy averiguando, Amanda. Estoy en base tres, pero todavía no lo sé con seguridad. <br />
–Me parece un signo de madurez<br />
–Qué curioso, la mayoría piensa lo contrario<br />
–No. Yo prefiero desconfiar de la gente que cree saberlo todo de sí mismo…<br />
– ¿Y tú? ¿Cómo tienes la cabeza? Y no me salgas con que “aquí, entre mis dos orejas”<br />
–Ja. Para serte sincera, un poco intranquila  <br />
–Está bien. Que eso no te angustie. La tranquilidad puede ser aburrida, porque te estanca y, ya te dije, hasta donde recuerdo (y recuerdo bastante) tú nunca tuviste vocación de planta… <br />
–No sé, a mí me gusta mi tranquilidad, pero sí, también es cierto  que me gustaría hacer más cosas útiles para romper la monotonía <br />
–Yo tengo la solución<br />
–¿Cuál?<br />
–¡Vente conmigo al concierto!<br />
–Ja, ja. ¡Tarado!<br />
–¿Tarado? No te digo que hoy estás particularmente afectuosa… </p>

<p>Cada vez que hablaba con Gabriel, Amanda escapaba de la realidad. Se distraía de su lugar en el mundo  y –azuzada por los sentimientos todavía ambiguos que él le despertaba– se permitía actuar con intensidad, desparpajo y atrevimiento, tres viejos rasgos suyos que habían languidecido con el matrimonio. Durante esas conversaciones no sentía ser la mujer casada, la madre de un niño de 4 años, la señora joven que se agobiaba con la improductividad de sus quehaceres diarios, que iba al gimnasio para no sentirse encarcelada, y que había aprendido a fingir espléndidamente su felicidad ante los demás. Cuando hablaba con Gabriel, por el <em>chat</em> o el teléfono, ella recuperaba partículas de su identidad anterior y volvía a ser la chica astuta, guapa, creativa y multifacética del pasado. Le encantaba que él lograra reconciliarla con ese olvidado retrato de sí misma, y que la condujera, como de la mano, por algunos entrañables pasadizos de su memoria. <br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_amanda.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_amanda.html','popup','width=348,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/detalles_amanda-thumb-348x204.jpg" width="348" height="204" alt="detalles_amanda.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Un par de veces Gabriel le dijo que debería pensar más en ella misma, que la notaba muy preocupada por colmar de atenciones a los demás, pero que todo eso era nefasto y contraproducente si lo hacía a costa de sus sueños, deseos y apetitos. Esas <em>cuadradas</em>, esas <em>sacadas al fresco</em>, la sorprendían primero (<em>¿cómo es posible que este chico me conozca tanto?</em>, se preguntaba en silencio) y luego la llevaban a tener súbitos arranques de egoísmo que la hacían sentirse un poco despreciable. </p>

<p>Había momentos en que le excitaba imaginarse soltera nuevamente. Soltera, sin ataduras, libre. Igual de libre que en Barcelona, donde ejerció con plenitud su independencia y donde era capaz de hacer lo que le diera la gana, la chucha gana, como le gustaba decir cuando se arrebataba. Allá podía irse a un museo sin avisarle a nadie, o a la playa, o podía tomar el tren, detenerse en alguna ciudad vecina y alojarse en un albergue. O podía salir con sus amigas, alcoholizarse en una taberna, coquetear con un fulano, besarlo y, si se le antojaba, llevarlo a su pieza, tirárselo hasta quedar satisfecha y despedirlo a la mañana siguiente. Al casarse pensó que aquel espíritu travieso sería reemplazado poco a poco por el sosiego. Sin embargo, en arranques como este, comprobaba que su genio rebelde no había sido del todo erradicado. Cuando acababan esos trances, Amanda se horrorizaba de haber pensado de esa manera, pero esos pensamientos –según ella pecaminosos si quien los consiente es una ama de casa– acostumbraban ser más fuertes que el horror moral que eventualmente producían. <br />
 <br />
Ahora mismo, mientras se despedía de Gabriel a través del <em>Messenger</em>, imaginaba cómo sería besarlo, cómo sería acostarse con él y tenerlo dentro de su cuerpo caliente. Lo visualizaba, se estremecía, pero de inmediato, sonriendo, se llevaba una mano a la boca, en un divertido gesto de autocensura con el que parecía decir “pero qué cosas estoy pensando, por Dios”. <br />
Y aunque Amanda se cuidaba en extremo de insinuar cualquier atisbo de ansia sexual a través del chat, lo cierto es que durante esas largas noches, cuando estaba sola en la cama, se tocaba pensando en Gabriel. Su esposo, Jaime, tan lejos, tan ensimismado, ya no solo estaba ausente ahí, bajo las sábanas: ahora también había empezado a ausentarse de su mente, una mente revuelta por la confusión, erosionada por las dudas.  <br />
 <br />
<strong>(...)</strong><br />
 <br />
Llegó por fin el viernes. Gabriel salió de la oficina hacia las 5 de la tarde y se fue a la peluquería <em>Dandy</em>, en Chacarilla. Como siempre, lo atendió Wilber. Ni bien se acomodó en la butaca, Wilber le facilitó una revista <em>Cosas </em>para que se distrajera mientras él le amputaba los mechones y le recortaba la barba. Era una edición antigua, de hacía unos cuatro meses. Gabriel empezó a hojearla con desinterés, pero cuando llegó a las páginas de Sociales una imagen reclamó toda su concentración. Era una foto de Amanda y su esposo. Aparecían vestidos de blanco sobre una explanada verde, en lo que parecía ser la celebración de un concurso de golf en el club Los Inkas. La leyenda decía: <em>Amanda y Jaime Tudela, campeón de la copa Cable Mágico</em>. A Gabriel le chocó un tanto que no pusieran el apellido de soltera. Para él, Amanda no era Tudela, sino Di Lorenzi y esa omisión nominal le llamó la atención. Sintió de repente que la Amanda que existía para los demás era completamente diferente a la Amanda que él conocía. <em>¿No estaré templado de un fantasma?</em>, se preguntó hacia adentro. <br />
 <br />
Mientras la tijera de Wilber trabajaba –chuik, chuik, chuik– y los pelos caían como motas sobre la tela blanca que cubría su pecho, Gabriel examinó la fotografía, deteniéndose en los gesto de cada uno. Salían sonrientes, pero era obvio que se trataba de sonrisas de utilería. Si las cosas en ese matrimonio estaban tan deterioradas como ella le había contado, esa foto era una postal de la hipocresía, un simulacro, el réquiem de una complicidad ya muerta. Detrás de esas máscaras alegres no había una pareja: había un hombre egocéntrico, ambicioso, distraído con su trabajo, y una mujer que comenzaba a sucumbir ante una montaña de frustraciones. De pronto, Gabriel se olvidó de Amanda y se quedó pensando en Jaime. No sabía qué sentir por él, ni siquiera sabía si le correspondía sentir algo. Por un lado, le tenía coraje, pero también algo de condescendencia: <em>tú ahí en la foto, sonriendo como pelotudo por haber ganado una copa de golf y yo aquí, preparándome para salir con tu esposa</em>. <br />
 <br />
Gabriel miró las demás imágenes y no pudo evitar extender sus conclusiones hacia los hombres y mujeres, adultos y jóvenes, que allí figuraban. “Todos mienten”, sentenció sin hablar. “Todos posan y muestran los dientes, pero vaya uno a saber qué líos irremediables se cocinan en el alma de cada quien. La gente busca salir en estas revistas para engañar a los lectores y convencerlos de que en su vida no hay ningún lugar para la miseria humana, pero una vez que regresan a sus casas se topan con la mugre y en lugar de sonreír se ponen a llorar”. <br />
 <br />
–¿La barba igual que siempre, Gabriel?, lo interrumpió Wilber, sacándolo de sus reflexiones de filósofo ambulante.<br />
–Sí, cortita, pero marcada  <br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_barbero.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_barbero.html','popup','width=342,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_barbero-thumb-342x204.jpg" width="342" height="204" alt="deta_barbero.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Cuando salió de <em>Dandy</em>, se fue a comprar una camisa y un pantalón. En la semana no había tenido tiempo de llevar su ropa a la lavandería (o sea, la casa de su mamá), y sus otras camisas estaban limpias pero arrugadas. No se iba a poner a planchar a esas alturas del día. Con el apuro y su natural torpeza para esas tareas, era capaz de quemar una prenda y achicharrarse una mano. <br />
 <br />
Finalmente voló a su departamento para bañarse y cambiarse. Aunque no tenía ninguna expectativa respecto de lo que pudiera ocurrir en su cita, desechó la idea de ponerse uno de sus típicos calzoncillos <em>Boston</em> de tipo bikini y eligió un bóxer <em>Calvin Klein</em>. “Uno nunca sabe”, pensó. Con la misma lógica echó en sus zapatos más polvo de talco de lo usual. Media hora después –impecable y perfumado en exceso– arrancó el auto con dirección a San Isidro, rumbo a la casa de Amanda.  </p>

<p>Durante el trayecto (mientras oía un disco de <em>The Outfield</em>) se preguntó qué era verdaderamente lo que esperaba del encuentro, pero no supo respondérselo. Amanda –no podía olvidarlo– era una mujer casada y creyente, combinación que en teoría arruinaba la posibilidad de una circunstancial aventura. Pero eso no lo deprimía en absoluto. Al revés, le alegraba, pues era un detalle que hablaba bien de la coherencia de Amanda. Podía estar <em>intranquila </em>(esa fue la palabra que ella usó en el chat), pero eso no quería decir que fuera a sacar los pies del plato alegremente. Además, él no quería propiciar eso. No estaba saliendo en busca de un ligue o un <em>affaire</em>: estaba yendo a encontrarse con la mujer de la que se sentía enamorado, acaso la única mujer con la que –obstáculos aparte– podía realmente imaginarse en el futuro. Por eso, más allá de sus obvias intenciones de divertirse, no quería depositar muchas esperanzas en el desenlace de la noche. Si el azar lo había colocado en esa situación tan increíble y cinematográfica, pues había que olvidarse de las expectativas y dejar que el azar continuara actuando según su disperso antojo. <br />
 <br />
<strong>(…) </strong><br />
 <br />
A ella el día se le pasó larguísimo, tratando de resolver asuntos domésticos. Además, tenía que ver con quién dejar a su hijo, porque su mamá (que era quien oficialmente cuidaba a Emilio cuando Jaime y ella tenían una comida, reunión o fiesta) estaba resfriada y no quería contagiar al niño; y la otra posible nana por una noche, su suegra, estaba fuera de Lima. Al final, no le quedó más remedio que enviar a Emilio con sus hermanas, Alejandra y Ana Cecilia, que salían por la tarde hacia La Cantuta con todo su ejército de hijos. A Emilio no le apetecía mucho ir con sus primos porque eran mayores y, cada vez que jugaban, lo relegaban o lo trataban mal. Y aunque hizo algún berrinche como protesta, acabó metido en el pelotón campestre.  <br />
 <br />
–¿Y tú por qué te quedas en Lima? ¿Por qué no vienes con nosotras?, le preguntó Alejandra por teléfono<br />
–Es que me voy a juntar con Macarena y las demás chicas. Habíamos quedado desde días en ir a un Karaoke, mintió Amanda<br />
–Desde que tu marido está de viaje andas hecho una veleta…<br />
–Cómo hablas, Alejandra. Solo quiero salir con mis amigas. No te metas.<br />
–Es una pena. La vamos a pasar lindo con todos los enanos. Hoy vamos a hacer parrilla, mañana todo el día en la piscina y en las noches nos tomamos unos traguitos. Además, Jorge ha organizado una excursión al cerro y una búsqueda del tesoro para los chicos el domingo. Vente, Amanda, no seas monga…<br />
–Suena excelente, pero es que… ya quedé. <br />
–Bueno, hermanita, tú sabrás. Nosotros salimos ahora a las tres de la tarde. A qué hora quieres que pase por Emilito. <br />
–¿A las dos puede ser?  <br />
–Ya, pues. Paso a las dos. Un beso. Cuídate mucho y pórtate bien. <br />
–Chau, Ale. Gracias. Te adoro. Te debo una. <br />
 <br />
Mientras Amanda se duchaba y cambiaba la asaltó el remordimiento y empezó a avasallarse de preguntas culposas. ¿Estaría haciendo bien en salir clandestinamente con Gabriel? ¿No debía haberse ido al campo con sus hermanas, su hijo y sus sobrinos? ¿En qué momento aprendió a mentir con tanta dosis de realismo? ¿Por qué se complicaba la vida de esta manera? ¿Por qué le gustaba tanto la adrenalina de ese riesgo? Para acallar esas molestas vocecillas internas, Amanda tomó una decisión tajante: le diría a Gabriel que todo era una locura innecesaria, que debían ser solo amigos, que no era responsable ni adulto actuar así, como los chiquillos malcriados que ya no eran. <br />
 <br />
El timbre sonó, Amanda se contempló una vez más en el espejo de pie de su <em>walking closet</em>, se arrepintió un instante de haberse puesto ese vestido negro tan corto, apagó las luces  y salió.  <br />
 <br />
–¿Por favor, se encuentra Amanda Di Lorenzi? bromeó Gabriel apenas la vio cruzar la puerta de la entrada del edificio, simulando no haberla reconocido<br />
–Ja, ja, soy yo, no te hagas el tonto<br />
–¿Amanda? ¿Por qué no me contaste que eras <em>Miss Universo</em>? ¡Felicitaciones! <br />
–Ay, Gabriel, si quieres entro y me cambio ah…<br />
–Ya, no te piques. Estás preciosa. Solo quería decirte eso<br />
–Gracias, Gabo. Hola. Qué rico hueles. ¿Qué colonia te has echado?<br />
–Es una francesa. Se llama <em>pichí du gat</em>ó. O sea, pichi de gato<br />
–Ja, ja. Ya pues..<br />
–No sé, es una Hugo Boss creo…<br />
–Está bien rica. <br />
–Cómo tú…<br />
–¿Quéeee?<br />
–Como tú comprenderás, quiero decir…<br />
–Ja, ja. ¿No puedes hablar en serio no?<br />
–Ya, te voy a decir algo bien en serio: estás preciosa<br />
 <br />
Gabriel metió la llave al contacto y encendió el auto. Volteó para mirar velozmente a Amanda y se maravilló de estar saliendo con ella. <em>Qué hago en este carro con este mujerón, o mejor dicho, qué hace ella conmigo</em>, pensó, ufanándose de su suerte, sin terminar de creérsela. Se colocó el cinturón de seguridad, se cercioró de que ella lo tuviera puesto y pisó el acelerador. En el disco de <em>The Outfield </em>sonaba el track cuatro, <a href="http://www.youtube.com/watch?v=h_bmOp2UWOc" target=blank><em>Your Love</em>.</a> <br />
 <br />
–Qué buena canción, comentó Amanda<br />
–Esta era clave en cualquier tono de chibolos, ¿no?<br />
–La fija en que te sacaban a bailar<br />
–¿Alguna vez le mentiste a un chico, diciéndole que no querías bailar porque estabas “cansada” o porque estabas “acompañando a tu amiga”? <br />
–Ja, ja. Sí, esa era básica para sacarte de encima a los feos<br />
–¿Ves? Las mujeres se acostumbran a mentir desde chiquitas, carajo. ¿No es mejor decirle al patín: “oye, feíto, no me gustas, arráncate”?<br />
–Ja, ja. Cómo vas a decir eso pues…<br />
–Yo prefiero que una chica me diga la verdad en mi cara pelada en vez de decirme que no quiere bailar, porque le duelen los pies y después la vea zarandeándose con un huevón más grande y pintón…<br />
–Uy, veo que a ti te chotearon varias veces ah… <br />
–Ja. Por lo menos no me chotearon hoy día. <br />
–Todavía…<br />
–Ja. Ja. <br />
 <br />
Gabriel aceleró apenas entró al malecón, bordeó <em>Larcomar</em>, dobló en el primer semáforo a la izquierda, avanzó una cuadra y estacionó frente a La Dalmacia. Un vigilante se acercó, le abrió la puerta a Amanda y saludó a los dos. Entraron al restaurante, la anfitriona los llevó a una mesa pegada a la ventana y les dio la bienvenida. Minutos después, Gabriel pidió una botella de vino (Marqués de Cáceres) y unas hojas de parra para picar. “¿Su novia desea algo”?, preguntó el mozo, indiscreto. Los dos se miraron, sonrieron por la equivocación, pero nadie hizo aclaración alguna. “Por ahora no, gracias”, contestó él.<br />
 <br />
Desde la primera copa, Amanda se dio cuenta de que su estrategia de mantener la prudencia no iba a funcionar. Se reía tanto con Gabriel, él ponía tanta atención en las cosas que ella decía, era tan caballeroso, que pensó que sería una falta de tacto interrumpir la espontaneidad de la charla para dar su desubicado <em>speech</em> acerca de lo que era correcto e incorrecto. Con Gabriel lo pasaba fenomenal: podía decir cualquier tontería y no sentirse tonta; podía fumar, contar un chiste, hacer un brindis y hablar de su vida sin prejuicios ni tapujos; podía alternar comentarios banales con razonamientos profundos; podía rememorar los días en que solía ser ella misma y no andaba tan perdida.  <br />
 <br />
Gabriel la veía radiante y feliz, y eso contribuía a que se sintiera seguro de cada cosa que decía. Era algo que había aprendido con el tiempo. Si lograba que una mujer se riera, se mostrara auténtica y disfrutara de su compañía, él adquiría un aplomo a prueba de balas, y entonces sus frases, sus bromas resultaban doblemente ingeniosas y efectivas. Sin embargo, con Amanda ese talento funcionaba a medias. Como ninguna, ella tenía la capacidad de mantenerlo nervioso. ¿Cómo no estarlo además? Estaba deliciosa dentro de ese vestido negro que le dejaba los hombros al descubierto y que combinaba de lo más bien con su pelo castaño, su pecho pecoso, su austero maquillaje, su sonrisa total, de fantasía.  <br />
 </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_copas.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_copas.html','popup','width=323,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_copas-thumb-323x204.jpg" width="323" height="204" alt="deta_copas.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p></p>

<p>Cuando estaban empezando la segunda botella de vino, Gabriel se excusó para ir al baño. No tenía ganas de mear, pero necesitaba reunir valor para confesarle a Amanda lo que sentía. Ya no por chat, sino en vivo y en directo. Ya no con muletillas sonsas como <em>me muero por ti</em>, sino con expresiones hondas, convincentes.  No sabía muy bien qué palabras iría a emplear, pero algo tenía que decirle. Se encerró en el baño, se miró al espejo, notó que tenía los dientes un poco morados por el vino, se mojó la cara e hizo tres veces el brevísimo camino entre el lavatorio y el wáter, trazando algún plan. “Si hoy no actúo y me quedo callado, quién sabe si podré salir otra vez con ella. Su esposo está de viaje, su familia está en el campo y yo aquí en el baño, hecho un pusilánime. Parece que tuviera dieciséis”.  <br />
 <br />
Mientras tanto, Amanda vigilaba a los demás comensales, verificando que no hubiera nadie conocido en ninguna mesa. Cuando Gabriel estaba con ella le importaba un rábano lo que ocurriese a su alrededor, pero apenas se quedó sola adquirió una postura rígida y bajó la cabeza, como para evitar ser identificada. <em>Me desconozco cuando estoy con este chico. Me pierdo en sus palabras, en su mirada, en la manera en que me hace darme cuenta de quién soy. Me excita sentir que me tiene ganas. No quiero cagar a Jaime, pero quién sabe dónde andará ahorita. No me llama hace dos días. </em> </p>

<p>Gabriel volvió, pidió una tortilla española para compartir, rellenó las copas de vino y todo comenzó otra vez: las risas, la telepatía, la narración de viejos episodios que los hacían ponerse brevemente nostálgicos y las infaltables miradas incitantes. A la mitad de la segunda botella, cuando estaban hablando de la gente que ya no veían, Gabriel cambió de tema con radicalidad y dijo:<br />
 <br />
–La estoy pasando demasiado bien, Amanda<br />
–Yo también<br />
–¿Qué vamos a hacer?<br />
–De qué, no entiendo<br />
–Amanda, es evidente que pasa algo entre los dos…<br />
–Sí, Gabriel, pero también es evidente que estoy casada, que tengo un hijo, que tengo una vida real. Todo esto es perfecto, pero no sé qué tanto pueda manejarlo…<br />
–¿Me estás diciendo que preferirías que no nos viéramos más, porque es peligroso?  <br />
–Te estoy diciendo que tenemos que ser amigos, como antes…<br />
–Ja. Amigos. No te das cuenta de que no puedo ser tu amigo. Nunca lo fui en realidad. Siempre estuve enamorado de ti y ser tu amigo era la única manera que tenía de estar cerca. En todos estos años no he sentido con nadie esto que siento contigo. Jamás. Y la intuición  me dice que lo mismo te ocurre a ti. <br />
–Me encantas, Gabriel. Me mueves el piso un montón. Eres todo lo comprensivo y romántico que quisiera que fuera mi esposo. Qué más quieres que te diga. Me haces sentir distinta, cómoda conmigo, con mi forma de ser y de pensar, pero no puedo dejar de lado el hecho de tener una familia, entiende eso por favor…<br />
–O sea que prefieres mantener una situación estable, aunque eso signifique ser infeliz<br />
 –No soy infeliz<br />
–¿Amas a tu esposo? <br />
–No lo sé, pero el amor también se acaba y luego una tiene que estar dispuesta a soportar cosas difíciles…<br />
–¿Te estás inmolando acaso? ¿Quién eres? ¿Juana de Arco? Pensé que creías en el destino, en las vueltas de la vida... <br />
–Sí, sí, creo en el destino…<br />
–¿Y toda esta situación no se parece acaso a la manifestación del destino? Dos personas que se quieren, que se dejan de ver y que después de mucho tiempo coinciden y presienten que tienen que estar juntos. No le pidas al destino que sea más elocuente, Amanda, por favor…<br />
 <br />
Gabriel la cogió de la mano. Ella no la retiró. Estaban sentados frente a frente y solo eso impedía más proximidad. Los dos se miraban sin parpadear, y no se inmutaban ni con la presencia intermitente del mozo, que aparecía de rato en rato para retirar los platos y rellenar las copas.<br />
 <br />
–¿Dónde habías estado todo este tiempo, Gabo? ¿Por qué te apareces tan tarde?<br />
–Tal vez no sea tan tarde, Amanda<br />
–No me pidas que te conteste algo ahora. Mi cabeza es un laberinto<br />
–Todo va a estar bien<br />
–Todo está mal, Gabriel<br />
–¿Qué está mal?<br />
–Esto está mal, ¿no lo crees? Que deje a mi hijo irse a La Cantuta contra su voluntad, que me haga la loca, que les mienta a mis hermanas solo para poder verte. Por favor…<br />
–¿Todo eso has hecho?<br />
–Sí, y no me enorgullezco<br />
–Solo te digo una cosa: esta historia es demasiado bonita, demasiado alucinante como para ser mala. Nadie dice que tiene que ser fácil para ser bueno…<br />
–Ay, Gabriel. No me des un eslogan, dame una salida <br />
–No la tengo. Lo único claro que tengo es lo que siento por ti…<br />
–¿Y qué sientes? <br />
–Siento que no puedo dejar de verte, que mi corazón está desde hace años conectado con el tuyo, y eso me hace quererte. <br />
–¿Por qué no pasó todo esto hace una década?<br />
–Probablemente, porque tenía que pasar ahora. <br />
 <br />
El mozo se acercó para decirles que pronto cerrarían. Eran la 1:15 de la mañana. Todas las demás mesas estaban vacías, con las sillas encima, puestas de cabeza. Gabriel pidió la cuenta, hizo un último brindis con Amanda y firmó el <em>voucher</em>. Se pararon, él la cogió levemente por la espalda y caminaron hasta el auto. El cuidador se acercó, abrió la puerta de Amanda y recibió unas monedas de parte de Gabriel. <br />
 <br />
Una vez adentro, Gabriel abrió el contacto de las llaves pero sin arrancar. Cambió de disco, colocó uno de <em>Mikel Erentxun </em>y puso su tema favorito: <em>A un minuto de ti</em>. Amanda lo miró, se abrochó el cinturón de seguridad, pero al segundo siguiente lo desabrochó. Él captó el mensaje y acercó su cara al rostro de ella. Los dos, instintivamente, cerraron los ojos, se abalanzaron uno contra el otro y comenzaron a besarse con desesperación. No había delicadeza en el juego de sus lenguas. Había una furia loca y desbocada. Se besaron sin parar, con fogosidad y contundencia, como si hubiesen tenido que esperar siglos para hacerlo. Gabriel comenzó a repasar su boca por el cuello de Amanda, que gemía quedamente y apenas atinaba a decir “bésame más, Gabo”. Él la volvía a besar con fuerza, mordiéndole los labios, mientras sus manos se extraviaban por todas las curvas de su cuerpo tembloroso. Excitado, tocó y apretó las tetas de Amanda por sobre el vestido y bajó una mano que inició una expedición por el interior de sus piernas. Los dedos de Gabriel recorrieron los muslos, llegaron hasta el final de las medias de nylon y rozaron la vagina con suavidad. Ella lanzó un gemido y le mordió la oreja, en feliz venganza. “¿Vamos a tu casa?”, preguntó él, separando apenas la boca de los labios de Amanda. “Vamos a la tuya”, musitó ella. Gabriel se separó despacio, se puso delante del timón y arrancó. Amanda notó su erección bajo el pantalón, se sintió tentada de palparla, pero se controló y bajó el tapasol para mirarse en el espejo. <br />
 <br />
A lo largo de los doce minutos que demoraron en llegar no se dijeron nada. Por ratos se cogían de la mano, se miraban o se frotaban una pierna. Su silencio era la prueba de que habían perdido el control y estaban dando vueltas en un remolino sin salida. Ambos ardían en ganas de sentir sus pieles y hacerse el amor mutuamente.   <br />
 <br />
Llegaron al edificio de Gabriel, subieron por las escaleras, no sin antes detenerse un momento en el descanso para besarse de nuevo y sentir por primera vez el contacto y la forma de sus cuerpos. Gabriel puso su mano derecha detrás de la cabeza de Amanda, como una almohada, y la empotró contra la pared. Luego frotó su pelvis contra la de ella, haciéndola gemir de placer. Fue un movimiento rudo. La respiración entrecortada de ambos no cesaba. “Hay que entrar Gabriel, rápido”, suplicó ella. Él abrió la puerta del departamento con dificultad y, sin prender las luces, la llevó al cuarto. Ambos trastabillaron con una alfombra, se rieron sin despegar sus bocas y chocaron sus dientes. <br />
 <br />
Tirados sobre la cama –él arriba– comenzaron a desvestirse con veloz impaciencia. De pronto, desde el fondo negro de la cartera de Amanda, más inoportuno que nunca, el celular comenzó a sonar, una, dos, tres veces. “¡Espera!”, gritó ella, “mi teléfono está sonando”. “¿Estás segura?”, porfió él. “Sí, sí, segura”. Gabriel recogió el bolso del suelo y se lo pasó. Amanda se incorporó. Estaba tan nerviosa y agitada que contestó sin siquiera ver el número que aparecía en la pantalla.<br />
 <br />
–¿Aló?, dijo. ¿Aló?<br />
 <br />
Al otro lado del celular se oía una bulla incomprensible.</big></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137.html','popup','width=450,height=137,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuaraaaa-thumb-450x137-thumb-450x137.jpg" width="450" height="137" alt="continuaraaaa-thumb-450x137.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><big><strong>[Iustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el despeinado y friolento Robotv)]</strong></big></p>

<p></p>

<p><big>[Esta es la canción que sonó en el auto de Gabriel y que sirvió de cortina al furibundo beso con Amanda. Con ustedes, el capo Mikel Erentxun]</big></p>

<p><br />
<object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/kUbHG0jXPEE&hl=es&fs=1&rel=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/kUbHG0jXPEE&hl=es&fs=1&rel=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Aquí está el video prometido del viaje que Robotv y yo hicimos a Arequipa hace dos semanas. La Operación Misti salió redonda. Gracias a todos los que permitieron que así sea]</strong></p>

<p><br />
<object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/BrPZUhdrcOU&hl=es&fs=1&rel=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/BrPZUhdrcOU&hl=es&fs=1&rel=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 2: Hace un mes Julio Pérez Luna (colega y bajista de Turbopótamos) tuvo a bien hacerme un Ex Test de Proust para la página web de Econews. Gracias, Julio. Aquí está el <a href="http://econews.pe/weblogs/exproust/?p=22" target=blank>link</a>]</strong></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 3: El viernes pasado se publicó la última edición de SIC, la página de El Comercio de la que me tocó ser editor por casi un año. Se supone que pronto será algo más grande. Mientras eso ocurre, quería dejar constancia aquí de lo mucho que aprendí y disfruté trabajando con los diez chicos que pasaron por SIC en ese lapso. Gracias a Catalina Subirana, Corina Delgado, Paula Pino, María Victoria Vásquez, Fernando González-Olaechea, Ralph Zapata, Alfredo Espinoza, César Becerra, Alberto Pachecho y Rudy Jordán. Aguante, SIC. Ya nos encontraremos. En las fotos de aquí abajo estamos en el frontis del diario (izq.) y en la hemeroteca (der.)]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gente_sic1.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gente_sic1.html','popup','width=1542,height=595,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/gente_sic-thumb-420x162.jpg" width="420" height="162" alt="gente_sic.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>]]>
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    <title>3. Déjame entrar</title>
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    <published>2009-07-15T06:50:58Z</published>
    <updated>2009-07-17T06:21:21Z</updated>

    <summary> [PARA COMPRENDER ESTE POST ES IMPRESCINDIBLE HABER LEÍDO LOS DOS ANTERIORES. SI TE PARECIERON MALOS, ESTE SIN DUDA SERÁ PEOR] Las amigas de Amanda conocían bien a uno de los dueños de la discoteca, lo cual les granjeó una...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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    </author>
    
        <category term="Tercera Temporada" scheme="http://www.sixapart.com/ns/types#category" />
    
    
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov3_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov3_blog.html','popup','width=1000,height=584,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov3_blog-thumb-420x245.jpg" width="420" height="245" alt="nov3_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[PARA COMPRENDER ESTE POST ES IMPRESCINDIBLE HABER LEÍDO LOS DOS ANTERIORES. SI TE PARECIERON MALOS, ESTE SIN DUDA SERÁ PEOR]</strong>  </p>

<p><big>Las amigas de Amanda conocían bien a uno de los dueños de la discoteca, lo cual les granjeó una serie de inmediatas ventajas: entrada gratis, pulseras para acceder al área VIP, un ambiente reservado cerca de la pista de baile y, lo más importante, inmoderadas dosis de trago gratis.</p>

<p>Una hora y media después de que se instalaron, la mesa en la que estaban era un homenaje al zafarrancho: montones de colillas de cigarros en el cenicero, un encendedor, tres botellas de cerveza tibia, vasos vacíos con marcas de lápiz labial en los bordes, dos cubeteras de hielo sin hielo, y una botella de Etiqueta Negra con un cuarto de whisky restante. Macarena, Sandra y Ximena, la divorciada, la estaban pasando bomba. Se divertían bailando entre ellas, tomándose fotos que después colgarían en el <em>Facebook</em>, haciendo brindis feministas y mandando a volar a los no pocos desafortunados chicos que se acercaban a hablarles infructuosamente.</big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Amanda también se divertía pero sin tanta alharaca. Igual que las otras, no aceptaba bailar con nadie (su anillo, además, era un buen recurso disuasivo para espantar a los plumíferos galanes de turno), pero prefirió beber con cautela y disfrutar desde su mullido sillón de cuero los eufóricos desplantes con que sus amigas castigaban a los incautos chiquillos que las merodeaban. Era, con seguridad, el grupo de mujeres más llamativo del local: cuatro treintonas guapas, bien paradas, despatarrándose de risa, inyectándose ríos de alcohol en las arterias.</p>

<p>Bajo la superficie, sin embargo, Amanda no dejaba de pensar en Gabriel o, mejor dicho, en su casual tropiezo con Gabriel. Las miradas incendiarias que se habían dirigido en el bar, las cosas que él le había revelado, la antigua comodidad recreada; toda la circunstancia que acababa de vivir la encontraba fascinante y perturbadora. Como un espectro, Gabriel retornaba de la ciudad perdida de su juventud y algo le decía que esta vez no iría a desaparecer con tanta facilidad. Para cuando llegó a la discoteca con sus amigas Amanda ya llevaba varios minutos tratando de desenredar el nudo de sus confusiones iniciales. Su matrimonio atravesaba una crisis severa, sus sentimientos hacia Jaime se comenzaban a entumecer, sus votos acerca del sacrificio y la resistencia se cuarteaban. Si había un mal momento para que Gabriel reapareciera, era precisamente este. Un año atrás Amanda no se lo hubiera tomado tan en serio: le habría parecido “increíble” toparse con su viejo amigo, pero sus confesiones de amor colegial le hubieran resultado cómicas y sus miraditas invasivas incluso la habrían sacado de cuadro por su impertinencia. Pero ahora no. Ahora ella –sacudida por las palabras, los ojos y la presencia de Gabriel– se sentía de algún modo involucrada, como si con su actitud hacia él, tan cálida, tan receptiva y complaciente, también hubiera puesto en marcha el circuito que minaba sus certezas y desarticulaba su seguridad de señora decente y bien casada.</p>

<p>Y a pesar de eso, a pesar de la aparente inconveniencia del asunto, Amanda estaba contenta, emocionada con haberse cruzado con este chico que tanto la conocía y que –según le había dicho– tanto la había querido años atrás (<em>yo me moría por ti</em>, le juró). Tal vez si Gabriel no hubiese pronunciado esas palabras, Amanda no habría dado rienda suelta a sus disyuntivas. Pero el hecho es que las pronunció y, como ya sabemos, para una mujer con problemas maritales no hay nada mejor (y nada peor al mismo tiempo) que cobrar importancia ante otro hombre y sentirse repentinamente valorada, atendida, deseada. Es exactamente en ese punto cuando muchas catástrofes empiezan, pero también cuando muchas historias sufren un giro inesperado y a veces felizmente definitivo.</p>

<p>A la dubitativa Amanda no le resultaba muy sencillo abandonarse a estas recónditas disquisiciones existenciales bajo la atmósfera chonguera y la estridencia musical de Aura, pero detrás de su sonrisa de compromiso se las ingeniaba para dejar correr el tormentoso caudal de sus paltas recién adquiridas.</p>

<p>Para no levantar sospechas entre sus amigas, de repente se ponía de pie y proponía un brindis, o celebraba la canción que soltaba el DJ, o contaba un chisme calentito. Con sagacidad trataba de no desconectarse del grupo, simulando estar en estado de juerga, sin dejar de rumiar sus titubeos internos.</p>

<p>Se le hizo más complicado después, cuando de pronto se vio en medio de un largo trencito humano que –piloteado por una zigzagueante Macarena– recorría muy animadamente los dos niveles de la discoteca al quimboso ritmo de “Vamos Negra pa la Conga”. Pero incluso ahí, incluso en esos momentos de máximo delirio pachanguero, cuando ningún pensamiento serio parecía poder discurrir por su mente, ella no dejaba de alimentar la duda que le taladraba el cerebro: ¿qué miércoles representaba este inesperado accidente con Gabriel? ¿Era acaso un accidente? ¿O era una de esas señales mágicas en las que ella, esotérica y romántica hasta la pared de enfrente, se empeñaba en seguir creyendo?</p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_ellas.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_ellas.html','popup','width=420,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_ellas-thumb-300x145.jpg" width="300" height="145" alt="deta_ellas.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Entretanto, en uno de los amplios salones del hotel Los Mirtos, acondicionado especialmente para la despedida de soltero de Juan Pablo, Gabriel se martirizaba gustoso sobre un sofá, deshojando interrogantes sobre el posible significado del reciente episodio con Amanda.</p>

<p>Los demás invitados (nueve en total, incluidos Juan Pablo y Martín) estaban concentradísimos en el generoso y deschavado <em>striptease</em> ofrecido por Yahaira y Ninoska, las dos voluptuosas señoritas contratadas que hacía cuarenta minutos habían hecho su arribo disfrazadas de diligentes enfermeras, pero que ahora –tras un improvisado número de, digamos,<em> varieté</em>– solo llevaban un gorrito con la cruz roja y un estetoscopio de plástico como única vestimenta.</p>

<p>En otro momento, Gabriel habría sido el primero en festejar el show, apretujando a las chicas, pellizcándolas, promoviendo el desbande entre los asistentes. Ahora simplemente no podía. Su cuerpo estaba ahí, diletante, como vegetal, pero su atención aún estaba puesta en la estela de los sucesos acaecidos en Huaringas.</p>

<p>–Oye, idiota, qué te pasa, lo encaró Martín, el organizador de tan magno despelote<br />
–Nada, nada, después te cuento…<br />
–Pareces el chimbombo del grupo, carajo. ¿No era que íbamos a emborracharnos como condenados? No me falles pues, cholo, mira que Juan Pablo ya está poniéndose <em>thriller</em> y ahorita afloja con una de las flacas. ¿Te dije o no que estaban para reventarlas?, dijo Martín, mordiéndose el labio inferior y mandándole un beso volado a una de las desabrigadas animadoras.<br />
–No, sí, olvídate de mi cara. No pasa nada. Juégate una chela. Eso es lo que necesito.<br />
–Así me gusta, comparito. Vamos a vacilarnos. Además, en un ratito tienes que ayudarme a hacer el sorteo para ver quiénes se quedan con las ruflas.</p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>Al salir de la discoteca, y al ver el estado cochambroso en que se hallaban sus amigas, Amanda las metió a todas en su camioneta y las fue dejando, una a una, en sus respectivas casas, como si fuesen paquetes de <em>delivery</em>. Las tres estaban igual de ebrias, pero cada una exteriorizaba de manera diversa su avanzada borrachera: la dulce Macarena, por ejemplo, yacía en el lugar del copiloto roncando como estibador, con la cabeza dando botes contra el vidrio; Sandra, con la mirada clavada en el techo del auto y con la lengua totalmente torcida, imploraba para que se detuvieran a comer algo: un shangushón, un shangushón, murmuraba; mientras que Ximena, si no soltaba hipos, se deshacía en injurias, denuestos e imprecaciones que tenían al “miserable” de su ex marido como destinatario.</p>

<p>Sacando a relucir su abnegado complejo de hada madrina, Amanda no solo jaló a ese montón de escombros que eran sus amigas, sino que las cargó, rebuscó los manojos de llaves en sus carteras y se dio el trabajo de depositarlas lo más cerca posible de sus dormitorios.</p>

<p>Cuando por fin se fue a acostar, la imagen de Gabriel en la barra –en combinación con el horrible pitido que la música de Aura dejó silbando en sus tímpanos– le impedían pegar un ojo. Con el lugar de Jaime vacío, a Amanda la cama se le hacía enorme y empezó a revolcarse bajo las sábanas tratando de conciliar el sueño. Pasados treinta minutos, decidió levantarse, ir al baño y tomar dos pastillas para dormir. Un rato después se quedó dormida.</p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>Mientras, en Los Mirtos, el sorteo acababa de llevarse a cabo. Juan Pablo, el agasajado, rompió la promesa que había hecho al inicio de la fiesta y se metió con una de las chicas, Yahaira, a uno de los cuartos privados. Estaba tan trasquilado por la cerveza, el ron y el pisco que le habían obligado a ingerir que no fue extraño que se quedara privado apenas se acomodó en el colchón. Yahaira salió a los tres minutos de haber entrado y emitió un lapidario comunicado al resto: “el chico está muerto, no se le para nada”.</p>

<p>El otro ganador del sorteo fue Gabriel, quien no lució muy animado cuando extrajeron de la bolsa el papelito con su nombre. A él le tocaba retirarse a una habitación con Ninoska, la señorita del enorme y publicitado trasero. Indignado por su mala suerte, Martín se acercó y con algo de envidia le dijo al oído: “espero que por lo menos grites mi nombre cuando te la estés clavando”.</p>

<p>Lo que Martín no sabía era que Gabriel no tenía la menor intención de follar con nadie esa noche. Se encerró con Ninoska y, sin quitarse la ropa, se estiró sobre las sábanas, cruzando los brazos por debajo de su nuca, en posición meditativa. La muchacha, conocedora de su oficio, se apresuró en bajarle el pantalón y, relamiéndose, le anunció la inminente práctica de un muy relajante masaje oral. Gabriel le cortó la viada, le anunció amablemente que no se iría a meter ningún polvo con ella, y le pidió que se echara a su costado. “Solo hazme ese favor”, le dijo.</p>

<p>Los demás invitados, carretones como estaban, se agolparon detrás de la puerta para intentar escuchar los jadeos del combate, los chirridos de los muelles de la cama, los gritos destemplados de Ninoska. Pero tanto morbo no pudo ser satisfecho. Cuando aguzaron el oído solo pudieron oír el lejano rumor de una extraña conversación entre Gabriel y su pulposa acompañante, algo acerca del amor, del pasado y del destino.</p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_ellos.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_ellos.html','popup','width=420,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_ellos-thumb-300x145.jpg" width="300" height="145" alt="deta_ellos.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
Al día siguiente, domingo, el cielo de Lima amaneció despejado, iluminado por un sol refulgente. Un clima poco común para mediados de junio. Gabriel se despertó, se puso de buen humor al abrir las persianas de su cuarto, y fue directo a su estudio a encender la <em>laptop</em>. Se metió al Messenger solo para agregar a Amanda e inmediatamente apagó la máquina. Eran un poco más de las once de la mañana, quizá las once y media.</p>

<p>Luego de un duchazo tomó al vuelo un jugo de caja y salió rumbo a la casa de Ernesto, el amigo que le había ofrecido ocuparse del área creativa de su novísima agencia de publicidad. Estuvo con él toda la tarde. Como ninguno sabía cocinar pidieron una pizza, vieron algo de fútbol (Cristal y la ‘U’ jugaban en canal 3) y hablaron sobre trabajo. Por la noche, antes de regresar a su departamento, y como todos los domingos, pasó a visitar a su mamá, a su hermana y a Alexia, su sobrina. Les llevó unas empanaditas y butifarras de El Buen Gusto y se quedó conversando con ellas hasta que dieron las nueve.</p>

<p>–¿Saben con quién me encontré ayer?, les dijo mientras se despedía, tratando de sonar lo suficientemente casual y desinteresado como para no despertar suspicacias.<br />
–¿Con quién?, preguntaron en coro su mamá y su hermana, chismosas<br />
–Con Amanda Di Lorenzi. Hace años que no la veía…<br />
–Amandita, la del colegio. Mira, tú. ¿Y cómo está? ¿Qué fue de su vida? Esa chica era preciosa, comentó su mamá<br />
–¿Sigue casada con el churro de Jaime Tudela?, intervino su hermana, algo más frivolota<br />
–Está bien y sí, sigue casada. Me sorprendió encontrarla. No la veía desde que terminamos el colegio, hace como quince años.<br />
–Si hablas con ella, mándale un saludo de mi parte, dijo la mamá<br />
–Cuidado, hermanito, no te vayas a templar de nuevo ah, conociéndote…<br />
–Ay, por favor, nada que ver, eso fue hace años.<br />
–¿Quién es Amanda?, inquirió la pequeña Alexia, mientras comía una butifarra.<br />
–Una ex enamorada de tu tío, respondió provocadoramente la hermana<br />
–Nunca fue mi enamorada. Es una amiga. Solo una amiga.</p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>Casi en paralelo, ignorando que se iría a convertir en el postre de la conversación en casa de los Lombardi, Amanda se dedicaba a sus tareas dominicales: hizo ejercicios por su cuenta, tomó un baño, fue a misa, recogió a Emilito de la casa de su suegra, almorzó en casa de sus papás y volvió temprano para organizar las compras y tareas pendientes de la semana. Mientras Emilio veía unos dibujos en DVD, ella se enchufó al teléfono para hablar con sus resaqueadas y amnésicas amigas sobre los excesos de la noche anterior. Se rió un buen rato con ellas, sobre todo al momento de ponerlas al tanto de cómo fue que dieron a parar a sus casas. “Se me apagó la tele, huevona”, fue la unánime respuesta de las tres.</p>

<p>Después se puso a leer el diario, zapeó algo de tele y a eso de las ocho, tras bañar y acostar a su hijo, se metió a la computadora.</p>

<p>Entró al Messenger para ver si encontraba conectado a su esposo, pues necesitaba pedirle que le trajera unas vitaminas que su entrenador del gimnasio le había recomendado hacía un par de días y que solo se conseguían en Estados Unidos. Jaime no estaba en línea, pero a cambio encontró una ventana con la invitación de Gabriel.</p>

<p><strong>¿DESEA ADMITIR A ESTE CONTACTO?<br />
</strong> <br />
<strong>• Sí<br />
 <br />
• No, gracias<br />
</strong></p>

<p>Se alegró al ver el mensaje y estuvo a punto de hacer clic en el SÍ pero vaciló unos segundos. Algo dentro de ella –su lado más moral, más culposo– le advertía que podría meterse en aprietos si se ponía a chatear con ese chico, por muy pacíficas que fueran sus intenciones. Su otra voz interior, en cambio, más relajada, menos torturada, más ya qué chucha, le recomendaba no sentirse mal por darle cuerda a una inocente amistad virtual.</p>

<p>Persuadida por ese segundo argumento, aceptó a Gabriel. Lo dejó entrar. Lo convirtió en su nuevo contacto. Pudo no haberlo hecho, pero su acción podría atribuirse al sexto sentido, a esa enigmática intuición con que las mujeres suelen tomar algunas decisiones.</p>

<p>A los pocos minutos Gabriel se conectó y le habló.</p>

<p>–Hey, hola. Cómo estás<br />
–¡Hola! Bien. ¿Tú?<br />
–Aquí, trabajando un poco. Qué tal la juerga en Aura. ¿Me perdí de algo?<br />
–No mucho, la verdad. Mis amigas se zamparon mal y tuve que llevarlas una por una, así que para mí estuvo bien tranquilo<br />
–No te recordaba tan caritativa…<br />
–Ja, ja. Así somos las madres. Bueno, y tú, qué hiciste.<br />
–¿Yo? Me fui a casa de unos amigos. Había una despedida de soltero<br />
–Asu. Provecho.<br />
–Nada. Puros calzoncillos.<br />
–Bueno, pero te divertiste o no?<br />
–Para serte sincero, me divertí más en Huaringas<br />
–Ja. Yo también. Estuvo divertida la conversa ¿no?<br />
–No sé si divertida sea la palabra, pero la pasé genial…<br />
–Sí, pues… todo un reencuentro<br />
–Hay que repetirla, Amanda. Me debes un café.<br />
–Sí, yo sé, pero es un poquito difícil…<br />
–¿Por tu esposo?<br />
–Él no es celoso, es súper comprensivo, pero no sé cómo reaccionaría si le digo que voy a salir con un amigo del colegio…<br />
–Eso quiere decir que vamos a salir =)<br />
–Ja, ja. No, pues. No seas palomilla. Me refiero a lo del café…<br />
no creo que le haga mucha gracia…<br />
–¿Pero tú quieres?<br />
–Sí, sí me provoca<br />
–Me da la impresión de que estuviéramos hablando de tu papá y que no tienes idea de cómo pedirle permiso…<br />
–No es eso. Es que cuando estás casada hay cosas que ya no puedes hacer. Tendrías que estar en mi lugar para comprenderlo.<br />
–¿Qué? ¿No puedes tener amigos?<br />
–Claro que sí, pero…<br />
–Entonces…<br />
–Es que Jaime no te conoce<br />
–Ah, se llama Jaime. Mucho gusto, dile.<br />
–Ay, Gabriel, no seas payaso pues...<br />
–Es que te haces paltas por las puras, Amanda. Te estoy diciendo para ir a tomar un café, no para escaparnos juntos a Tailandia<br />
–Ja, ja…<br />
–Cosa que, por cierto, me gustaría, pero…<br />
–¡Oye!<br />
–Me da un poco de pena, pues…<br />
–No sé, supongo que tienes razón. En verdad no tiene nada de malo.<br />
–¿Quieres que te diga algo? Suenas como si tuvieras miedo<br />
–¿Miedo? ¿De qué?<br />
–De la situación<br />
–Para nada. Es que ahorita las cosas no están muy bien por aquí. Ya te contaré…<br />
–Te tomo la palabra<br />
–Pero yo te aviso. Mientras no se pueda, podemos hablar por aquí. Ese es el premio consuelo…<br />
–¿Premio para mí y consuelo para ti?<br />
–Para los dos<br />
–Pero por aquí no es lo mismo<br />
–¿Por qué?<br />
–Para empezar, porque no puedo mirarte a los ojos<br />
–Ay, Gabriel.<br />
–Qué te duele, Amanda.<br />
–Nada<br />
–¿Por qué dices ‘ay’?<br />
–Es un decir…<br />
–Ayer cortamos la conversa en un momento raro ¿no? ¿O fue solo mi impresión?<br />
–Sí, justo llegó Macarena…<br />
–Me encantaría verte, Amanda. Siento que nos quedamos con algunas cosas por decir, y créeme, la sensación es horrible<br />
–Vamos a ver, pues. Se supone que Jaime llega pasado mañana. Lo converso con él y te aviso. ¿Te parece?<br />
–Ya, mostro</p>

<p><br />
[Mientras chateaban, Amanda fumaba un cigarro y Gabriel tomaba una chela. Ella tenía abierto el <em>iTunes</em> y escuchaba las canciones de la carpeta Hits 80’s. Él tenía prendida la televisión en canal 4, pero no la miraba. Solo oía por momentos lo que comentaban los conductores de Cuarto Poder].</p>

<p><br />
–¿Cómo vas con lo de la nueva agencia?<br />
–Ahí, pues. Hay que empezar todo desde cero, organizar la oficina, conseguir gente, pero eso me vacila. ¿Y tú? ¿Estás chambeando? ¿Me pareció entender que lo habías dejado o algo así?<br />
–Desde que me casé gradualmente fui dejando la chamba. Por un lado, mostro, porque puedo dedicarme a mi casa y mi hijo, pero Emilito ya tiene cuatro años, ya en unos meses entra al nido, y estoy pensando en volver al trabajo…<br />
–Deberías. Tú no estás hecha para estar metida en un depa enorme<br />
–Qué te hace pensar eso<br />
–No sé. Siempre fuiste recontra activa. En el colegio te metías a todo, las Olimpiadas, los retiros, las asambleas, las elecciones. Me cuesta imaginarte ahora tirada en una hamaca haciendo Sudoku.<br />
–Ja, ja. Nada que ver. No es tan así tampoco. Voy al gimnasio, acuérdate.<br />
–Sí, claro, y te ves muy bien, pero me refería a actividades un poco más creativas, no solo a la chamba. No sé, me acuerdo que tú dibujabas y que querías dedicarte a eso, por ejemplo…<br />
–Ay, Gabriel, pero eso fue hace siglos<br />
–Incluso ganaste un concurso o algo así…<br />
–Ja, ja. Primer puesto de los Juegos Florales de la Municipalidad de Miraflores, categoría artes plásticas, qué te crees...<br />
–Ja, ja. Ya ves…<br />
–Sí, para serte franca a veces dibujo, pero no sé, le he perdido el encanto. Además, no tengo tiempo<br />
–Claro, el <em>spinning</em> es impostergable…<br />
–¿Me parece o lo dices con cachita?<br />
–No, no te parece, lo digo con mucha cachita…<br />
–¿Qué tienes contra el gimnasio? Buena falta que te hace…<br />
–Uy, golpe bajo. Te me caíste, Di Lorenzi<br />
–Ja, ja, ja. Sorryyyyyyyyyyyyy. No, mentira, estás muy bien<br />
–Ya, ya, tampoco no tienes que irte al otro extremo y pasarme<br />
la franela<br />
–En serio, el tiempo “te ha caído bien”<br />
–Bien encima me ha caído el tiempo, querrás decir<br />
–Ja, ja. Nada que ver…<br />
–Tú sí que estás bien<br />
–¿Te parece? ¿En serio?<br />
–Mira, esto es lo más serio que voy a decirte hoy día, Amanda: estás espectacular<br />
–Si supiera poner los emoticones, ahorita pondría el de la carita roja<br />
–Por??<br />
–Porque me haces sonrojar pues mongo<br />
–Te tengo que decir una cosa, Amanda.<br />
–Qué<br />
–Ayer me pasé de vueltas contigo. El momento en que nos miramos, lo recuerdas?<br />
–Sí, claro que sí.<br />
–Puta, sentí que me daba vueltas todo. Todos los recuerdos del pasado, de lo que sentí por ti, de cómo me alejé porque me torturaba verte con Braulio, y de cómo, a pesar del paso de los años, ahora me cruzo contigo otra vez, y tenemos esta especie de conexión rara. Por favor dime que me estoy hueveando y que solo son ideas mías…</p>

<p><br />
[De pronto suena el celular de Amanda. Es Jaime, desde Estados Unidos]</p>

<p><br />
–Un ratito, Gabriel, ahorita vuelvo.</p>

<p>Cuando Gabriel lee ese mensaje, se queda boquiabierto. Conchasumadre, ahora sí la cagué, se dice para adentro. Me fui de boca, carajo.</p>

<p>Gabriel cree que Amanda se ha retirado del chat por culpa suya, porque la ha aturdido con esa retahíla de frases que escribió de un tirón, sin pensarlas mucho, por una necesidad casi fisiológica de soltarlas. Soy un descerebrado, se queja.</p>

<p>–Amanda, ¿estás ahí? Respóndeme por favor. Si te molestó lo que dije, dímelo. Te prometo que no volveré con eso…</p>

<p>Él no lo sabe, pero Amanda está muy ocupada discutiendo con Jaime, quien ha retrasado su regreso todavía para dentro de una semana y media. Amanda se enoja, porque eso quiere decir, entre otras cosas, que Jaime no estará en Lima para el Día del Padre, que es el domingo entrante, y que tendrá que ir sola al matrimonio de su amiga Carolina Romaña, del próximo viernes. Jaime le dice que esa es una oportunidad magnífica para él, que los gerentes regionales de Procter lo han invitado a recorrer cuatro ciudades de Estados Unidos para una supervisión, y que eso no pasa todos los días. “Cuando Emilito vea lo que le he comprado ni se va a acordar de que no estuve el Día del Padre”, le dice a su irritada esposa.</p>

<p>Sus explicaciones no contentan a Amanda, que continúa enfurecida, diciéndole que es un egoísta, que solo piensa en sus cosas, que ni siquiera la llamó para consultarle sino para informarle, que por qué no se fueron los tres, que todo sería distinto si él pensara más en ella y su familia. Jaime le dice que no puede hablar mucho más, que está en una comida, que después le vuelve a llamar. Amanda cuelga, tira el celular contra la cama, y se pone a llorar. No quiere saber nada con nadie. Después de unos minutos, el <em>tucutín</em> del Messenger la saca de su rapto de histeria. Es Gabriel, que insiste con pedirle disculpas.</p>

<p>–Amanda, de verdad perdóname por lo que te dije, creo que me excedí, estaba pensando en voz alta y escribí sin pensar…<br />
–No, Gabriel, no te preocupes. Tuve un tema aquí en la casa. Pero creo que no es el mejor momento para conversar de estas cosas.<br />
–Sí, de acuerdo. ¿Estás bien?<br />
–Sí, gracias por preocuparte.<br />
–Avísame si en algún momento te puedo ver, no me gustaría que la conversa de ayer derive en un malentendido por chat. Espero no ser muy insistente, pero nada me gustaría más que hablarte en persona<br />
–Sí, a mí también…<br />
–¿Me avisas entonces?<br />
–Te prometo que te llamo mañana, y quedamos. Ahorita preferiría no seguir chateando, estoy un poco agotada<br />
–Estupendo. Yo espero tu llamada<br />
–Un beso, Gabriel<br />
–Dos besos, Di Lorenzi<br />
–Ja. Ok, Lombardi. Y gracias por ponerme de buen humor<br />
–¿Y tú me lo agradeces? Vaya ironía…<br />
–Cuídate mucho. Chau.<br />
–Chau, Amanda.</p>

<p>Los dos se fueron a dormir. O mejor dicho, a hacer el intento. Gabriel se quedó viendo la tele tirado en la cama, sin poder concentrarse en la programación. Una mezcla de alegría, ansiedad y desconcierto lo mantenía despierto, inquieto, revirado. Por su parte, Amanda tuvo que recurrir de nuevo a las pastillas para conseguir el sueño. Después de tomarlas, pero antes de apagar la luz, rebuscó en su cartera la tarjeta que Gabriel le había entregado. La leyó, sonrió mínimamente, la dejó en su mesa de noche y se quedó a oscuras.<br />
</big></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara1.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara1.html','popup','width=450,height=137,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/06/continuara-thumb-450x137.jpg" width="450" height="137" alt="continuara.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p></p>

<p><strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (el sopero y kekero Robotv)]</strong></p>

<p>[Esta canción bien la pudo haber estado escuchando Amanda mientras chateaba con Gabriel. Era la típica canción que en las fiestas de los ochenta había que bailar sí o sí]<br />
<object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/DH1O6nyKnow&hl=es&fs=1&rel=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/DH1O6nyKnow&hl=es&fs=1&rel=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></big></p>

<p><strong>[Gracias a todas las personas que día a día escuchan el programa que hago con Jesús Véliz en <a href="http://www.capital.com.pe/" target=blank>Radio Capital</a>, que va de lunes a viernes de 8 a 11 de la noche en el 96.7 de la FM]</strong></p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/capital.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/capital.html','popup','width=300,height=310,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/capital-thumb-300x310.jpg" width="300" height="310" alt="capital.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>]]>
    </content>
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    <title>2. El pasado no perdona</title>
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    <published>2009-07-07T04:05:50Z</published>
    <updated>2009-07-15T17:54:33Z</updated>

    <summary> [SI NO HAS LEÍDO EL POST ANTERIOR, NO LEAS ESTE. SI LO HAS LEÍDO, TAMPOCO] Ni bien concluyó el postgrado en la Universidad de Palermo, Gabriel se dedicó en exclusiva a Nexus. Estaba peleando porque lo contrataran y lo...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov2_blog.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov2_blog.html','popup','width=679,height=679,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/nov2_blog-thumb-420x420.jpg" width="420" height="420" alt="nov2_blog.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[SI NO HAS LEÍDO EL POST ANTERIOR, NO LEAS ESTE. SI LO HAS LEÍDO, TAMPOCO]</strong></p>

<p><big>Ni bien concluyó el postgrado en la Universidad de Palermo, Gabriel se dedicó en exclusiva a <em>Nexus</em>. Estaba peleando porque lo contrataran y lo inscribiesen de una buena vez en la planilla de la agencia, donde apenas figuraba como colaborador. Llevaba cinco años esperando que se abriera una plaza definitiva. Era demasiado tiempo y el cansancio había empezado a hacer mella en su estado de ánimo. Es cierto que no le pagaban tan mal, pero su condición carecía de estabilidad y eso lo tenía intranquilo. Cada vez que llegaba julio o diciembre y le tocaba renovar su estadía temblaba de nervios ante la eventualidad de que le ofrecieran un acuerdo menos ventajoso. Su jefe inmediato, Rodrigo, le había dicho en repetidas oportunidades que esperara un poco más, que su trabajo era muy apreciado por los altos ejecutivos y que –no obstante la crisis que estaba afectando al país– había “enormes posibilidades” de que lo emplearan con todos los beneficios legales que correspondían.</big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>Pero Gabriel ya no creía en esas paparruchadas. Para él eran mecidas, tangos, melodiosas excusas para retenerlo sin obligaciones contractuales. Cada vez le resultaba más evidente que a sus jefes les interesaba su trabajo, pero no les interesaba contar con él como un recurso humano fijo. Ergo: lo mantendrían como un barato colaborador externo todo el tiempo que fuese necesario hasta que tocara darle una disimulada pero firme patada en el culo. </p>

<p>Tan incómoda situación hería sin duda su dignidad, pero él no estaba en posición de hacerse el héroe y renunciar. Si se permitía el lujo de marcharse en un inoportuno arranque de decencia, se hubiese desgraciado solito, porque no tenía ningún plan B, ninguna alternativa, ninguna propuesta, ninguna peregrina idea de qué diablos hacer ni qué puertas tocar. </p>

<p>Después de todo, conseguir el trabajo en <em>Nexus</em> apenas llegó a Buenos Aires había sido casi un milagro: uno de los profesores del postgrado lo vio empeñoso y le sirvió de puente con la agencia, que por esos días justo requería de una persona para cubrir una vacante temporal y reforzar su equipo de creativos. Él aprovechó la coyuntura y, ni tonto ni perezoso, aceptó el empleo. Lamentablemente su llegada coincidió con el inicio de una fuerte recesión económica en toda Argentina, lo que obligó a la mayoría de empresas a captar personal bajo modalidades que no supusieran compromisos ni obligaciones a largo plazo.   </p>

<p>Sin embargo, por muy enojosas que fueran ahora las circunstancias, no era buen momento para patear el tablero. Muy independientemente de sus legítimos apetitos laborales, Gabriel necesitaba mantenerse enchufado a la chamba. Sobre todo ahora que Natalia lo había dejado. Él ya lo veía venir: desde hacía semanas la notaba rara, demasiado pendiente de lo que hicieran sus amigos de la universidad, esos <em>resinosos malogrados</em>, como él despectivamente los llamaba. Pero, claro, que haya intuido el advenimiento del desenlace no quiere decir en absoluto que estuviera preparado para oír eso tan duro que Natalia le dijo aquella noche, mientras discutían sentados en una de las mesitas de la terraza del Café Sepúlveda. “No me retás, Gabriel. Me hacés sentir como si yo fuera demasiado para vos. Te conformás con poco y eso me afecta. Creo que estoy aburrida o cansada, qué sé yo. Tengo 24 años, necesito a alguien que me desafíe un poco más, que me inspire, alguien que admire, que me estimule, que me ponga las cosas en perspectiva”.  </p>

<p>Gabriel intuía que ese <em>alguien</em> ya existía y que seguramente era uno de esos pintores drogadictos con los que Natalia organizaba infinitas muestras colectivas, las mismas que solían acabar en mortales chupetas de vino tinto en el loft de algún mecenas calentón. Mientras la oía darle sus quejas lo invadió la sospecha de que ella le había sacado la vuelta, que le había puesto los cuernos con alguno de esos bohemios indeseables, pero ni siquiera tuvo ganas ni fuerza para preguntárselo. No peleó, no pidió explicaciones, no exigió segundas oportunidades en nombre de los cuatro años que llevaban juntos. Simplemente se resignó, bajó la cabeza, aceptó la caída y tiró la toalla. </p>

<p>Para Gabriel, Natalia había sido fundamental para establecerse en Buenos Aires. Fundamental. Pero en el fondo sabía que sus reclamos tenían una irreductible pátina de verdad: en todo ese tiempo ella había sabido salir adelante. Montó una pequeña organización de fomento artístico, levantó un taller y una galería junto a unos compañeros y, mal que bien, aprendió a vivir de las todavía exiguas rentabilidades de su naciente negocio. Gabriel no: él seguía siendo el talentoso pero incierto redactorcito de la agencia y –por haberse quedado dormido en sus tempranos laureles– no se había esforzado un ápice en la búsqueda de un trabajo más provechoso. Para qué, además, razonaba él, con cierta mediocre nostalgia provinciana: si le alcanzaba para alquilar un departamento de 80 metros cuadrados, si nunca faltaban víveres básicos en su refrigeradora, y si además tenía una novia preciosa, la más preciosa que tendría jamás, para qué modificar una realidad que lo venía tratando tan bien. </p>

<p>Pero ahora que la realidad era diametralmente opuesta y le pegaba un recio puño en el centro de la cara, Gabriel no tenía tiempo para lamentarse ni para dar rienda suelta a su tristeza tercermundista. </p>

<p>Se metió de lleno en el trabajo, concentrado en un doble propósito: hacer puntos ante los directores y distraerse de la ruptura con Natalia. A veces trabajaba diez, doce, quince horas diarias. Los demás lo miraban como a un bicho raro, pero él se sentía cómodo, seguro, protegido tras las mamparas, esas paredes de vidrio que constituían los límites de la oficina.  <br />
Alguien podría pensar que se había vuelto un maniático, un obseso de sus responsabilidades, pero lo cierto era que tampoco tenía mucho que hacer fuera del edificio en el que <em>Nexus</em> funcionaba. Durante los últimos años se había apoyado tanto en la relación con Natalia, se había vuelto tan dependiente de la forma en que ella le organizaba la vida, que ahora le costaba un huevo reinventarse, salir a la calle y trazar planes por sí mismo. Un amigo habría sido un excelente aliado en ese momento, pero en todo el tiempo que llevaba en Argentina no había cultivado ninguna amistad de verdad. Ni una sola. Jamás había acudido, por ejemplo, a las salidas ni reuniones que organizaban sus compañeros de la agencia. Nunca iba al bowling, ni al póquer, ni al billar, ni a los cumpleaños. Solo se presentó una vez a un cumpleaños, el de su jefe, Rodrigo, pero estuvo cuarenta minutos y se marchó, porque “había quedado con Nati en ir al teatro”.   </p>

<p>Se había pasado cuatro años y medio recorriendo la ciudad de la mano de su novia (su flamante ex novia), yendo a los lugares que ella sugería, haciendo las actividades que a ella se le antojaban. Por eso era natural que ahora se sintiera otra vez un forastero descolocado, un recién llegado. Además, era tan despistado, se le daba tan mal eso de guiarse de mapas o seguir indicaciones de la gente, que ni siquiera se atrevía a tomar el metro un domingo e iniciar una expedición con rumbo desconocido. </p>

<p>Los fines de semana, si no se quedaba en casa viendo la tele,  se metía a la sala de cine que quedaba al final de su cuadra, o a la librería de la calle Esmeralda a hojear las últimas publicaciones, o al bar <em>El Uruguayo</em>, regentado por un viejo charrúa que le parecía de lo más simpático y con el que le gustaba conversar. Ese era el nuevo y breve circuito en el que Gabriel se movía. Sus días de chico ‘artie’, noctámbulo, enamorado hasta el tuétano, habían llegado a su fin y, caballero nomás, tenía que amoldarse a esta nueva vida de austeridad sentimental y limitado esparcimiento.  </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/bar_deta.jpg"><img alt="bar_deta.jpg" src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/bar_deta-thumb-420x204.jpg" width="420" height="204" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/></a></p>

<p>Todo eso se contaron Amanda y Gabriel cuando se encontraron en el bar esa noche. Reconstruyeron sus historias personales con total sinceramiento, proporcionando incluso detalles que no solían mencionar a sus patas más cercanos. </p>

<p>Cuando él enfatizó lo curioso que le resultaba habérsela encontrado allí, en una barra, cuando nunca antes se la había cruzado en ninguna parte de Lima, Amanda comentó que no era tan raro, considerando lo poquísimo que salía de su casa. Es más, esa noche se había animado a salir porque Jaime estaba, para variar, de viaje en Estados Unidos haciendo un curso para <em>Procter</em>, porque Emilito se había quedado con su abuela, y porque necesitaba relajarse un poco. “¿Puedes creer que no conocía este sitio?”, le confesó, divertida. “¿Nunca habías venido a Huaringas?”, preguntó Gabriel, con sobreactuada incredulidad. “No, te juro, pero está precioso”, agregó ella. </p>

<p>Gabriel acababa de regresar de Buenos Aires. Hacía tres semanas que estaba en Lima. Después de que en <em>Nexus</em> le reiteraron que su contratación “se había dificultado” decidió mandar todo al diablo, olvidarse de Argentina, volver al Perú y aprovechar la oferta de un amigo para que se hiciera cargo de la parte creativa de una nueva agencia de publicidad, cuyo local era pequeño pero estaba bien equipado. </p>

<p>Luego de narrar sus respectivas peripecias profesionales y sentimentales, y de asombrarse de lo desiguales que habían resultado sus destinos, empezaron a canjear innumerables anécdotas del colegio y a desternillarse de risa rememorando, por ejemplo, el día en que el Negro Zurita le bajó el buzo a Gabriel en mitad del patio, delante de un grupo de blondas chicas de Quinto, dejándolo en calzoncillos y haciéndole pasar el que sin dudas era uno de los mayores papelones de su vida. “Te lo bajó hasta los tobillos y tú te caíste por querer perseguirlo y te paraste al toque para subirte el pantalón. Estabas más rojo que un tomate, me acuerdo clarito”, dijo ella, sin parar de reírse. “Hace poco me pasaron las fotos del almuerzo de ex alumnos del año pasado y en una aparece el Negro Zurita. Puta, está canoso y tiene una panza salvaje. Hoy no podría bajarme el pantalón y salir corriendo tan fácil”, dijo Gabriel, un poquito picón.  </p>

<p>–Bueno, todos hemos cambiado, ya estamos tíos pues…<br />
–Tú estás igual de linda, Amanda, no jodas, no has cambiado nada. Te podrías poner el uniforme e ir al colegio ahorita mismo y pasarías como alumna sin que nadie se diera cuenta.<br />
–Ay, Gabriel, eso lo dices porque eres mi amigo<br />
–Nada que ver, agregó él, poniéndose repentinamente serio. Siempre me pareciste linda, de lejos la más linda de todas.</p>

<p>Ella percibió la variación en el tono de voz de Gabriel, sonrió y bajó la cabeza para sorber la cañita de su trago. </p>

<p>Por primera vez en toda la noche se hizo un silencio breve y algo fastidioso. Él no intentaba pasarse de listo, por lo menos no conscientemente. Le dijo eso para piropearla, pero también porque en serio lo creía: la veía idéntica a la chica de 16 años que hizo que su agitado corazón adolescente entrara por primera vez en trompo. </p>

<p>Aunque ahora casi doblaba esa edad, Amanda resplandecía de tan guapa que se conservaba: su pelo castaño lacio le barría los hombros, su cara no presentaba casi ninguna arruga, y sus pecas en la nariz mantenían su graciosa sensualidad. Su boca un poco voluptuosa y su sonrisa de dientes perfectos seguían siendo su marca registrada. Y su cuerpo –virgen de toda cirugía– lucía una exuberancia que antiguamente se perdía bajo la anodina indumentaria colegial. El gimnasio y los Pilates le habían conferido a sus piernas, a sus nalgas, pero sobre todo a sus tetas, una deliciosa firmeza. El pobre Gabriel ya no sabía dónde colocar la mirada cada vez que ella se volteaba para pedirle al barman que le sirviera otro trago: en el escote que dejaba ver el prometedor canalillo de sus pechos, o en su cintura que, un poco descubierta, permitía divisar unos abdominales trabajados y un ombligo apetitoso. Amanda le confesó que después de dar a luz a Emilio se deprimió tanto por lo fofa que se sentía que se puso a hacer ejercicios compulsivamente.  “Ahora ya le agarré el gusto y no hay día que no vaya por lo menos 40 minutos al gym. Me hace bien, me siento saludable”, concluyó. <br />
Gabriel se sintió tocado por ese comentario, ya que su vida no era ni por asomo un ejemplo de salud física ni nada que se le parezca. El único ejercicio diario que realizaba era subir y bajar las escaleras de su departamento, actividad que le demandaba muy poco esfuerzo si tomamos en cuenta que vivía en el segundo piso y que lo hacía únicamente para evitar el ascensor, que paraba malográndose. </p>

<p>A pesar de que por momentos Gabriel trataba de conducir la conversación por caminos algo sinuosos, era muy consciente de que estaba delante de una mujer casada (el anillo de Amanda relumbraba en su mano derecha), y tenía claro que los dos estaban enfrascados en el inofensivo plan en el que estaría cualquier par de viejos amigos que se volvían a ver después de mucho tiempo en un bar. </p>

<p>–Pero cuéntame más de ti. ¿Cómo está tu hermana, se casó?, prorrumpió Amanda, tratando de zafarse del piropo y retomar el vaivén de la charla. <br />
–Ah, sí, pero ya está por divorciarse. Creo que lo único bueno que dejó su matrimonio fue Alexia, su hija. Tiene siete años, es preciosa. <br />
–¿Siete años ya? Qué bárbaro, me siento la más tía. ¿Y a ti te gustaría casarte, tener hijos? <br />
–No sé si casarme, pero sí me gustaría tener hijos. Por lo menos uno. <br />
–Tu mami debe estar rogándote para que la hagas abuela de nuevo.<br />
–Bueno, yo le he dicho que mejor no se haga ilusiones. Que me guste la idea de tener un hijo no quiere decir que vaya a tenerlo mañana. Pero, claro, igual le ilusiona la posibilidad. He decidido comprarle un muñeco Chichobello para que lo cargue y se quede tranquila.</p>

<p>Amanda rió, recogió su vaso de la barra y brindaron. Ella iba en su tercer maracuyá sour, y él en su cuarto whisky (técnicamente era el tercero, porque el primero le supo a emoliente de tan aguado que estaba). A lo lejos, quien no supiera nada de sus biografías podría haber pensado que eran dos chicos cualesquiera en una cita, una pareja que se divertía, se llevaba bien y claramente se gustaba. </p>

<p>Desde una mesa, las amigas de Amanda –que la habían convencido de que saliera con ellas a tomar unos tragos y a bailar a Aura– veían con extrañeza que se demorara en la barra más de la cuenta, conversando con ese personaje desconocido. “Esta huevona va a pedirse un trago y se queda loreando una hora”, dijo una, más quejosa que preocupada. “Ay, déjala oye, no sale nunca, tiene todo el derecho del mundo de hablar con quien quiera”, apuntó otra.  “Mira, el idiota de Jaime no le hace ni caso, así que si ese chico le quiere invitar algo, bien por ella. Además está medio churro ¿o me parece?”, curioseó la tercera.  Dos de ellas estaban solteras, la otra divorciada, y aunque no buscaban incitar a su amiga para que sacara los pies del plato estaban muy dispuestas a entretenerla para que olvidara las angustias caseras.   </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/amigas_detalle.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/amigas_detalle.html','popup','width=420,height=204,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/amigas_detalle-thumb-420x204.jpg" width="420" height="204" alt="amigas_detalle.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Poco a poco, mientras la plática avanzaba, Amanda y Gabriel fueron sintiéndose cada vez más en confianza. Lentamente resurgió entre ambos esa pretérita comodidad que en el colegio los llevó a ser amigos íntimos durante los últimos tres años de secundaria. De pronto era como si los dos estuvieran nuevamente instalados en el pasado, como si el bar fuera una repentina extensión del patio de secundaria, y la barra, un anexo de la escalera gris, esa en la que solían sentarse los lunes por la mañana a copiarse las tareas que ninguno había hecho. Podrían haber transcurrido más de quince años, podrían haber pasado por incontables experiencias desde aquella época, podrían haber residido en los lugares más alejados, pero entre ellos flotaba algo superior a todo eso, una especie de sentimiento velado, un afecto extraño que se mantenía arraigado e incorruptible.  </p>

<p>Gabriel aprovechó ese clima de mutua cercanía y disposición para, por fin, ajustar cuentas con el pasado, y poner sobre la mesa una mano de cartas que tenía guardada desde hacía mucho, mucho tiempo.</p>

<p>–¿Sabías que en el cole me moría por ti?, le preguntó inmediatamente después de tomar de golpe el concho de su whisky número cuatro y antes de pedir el quinto.  <br />
–Me estás jodiendo. ¿De verdad? Alucina que siempre lo sospeché. Es más, alguna vez hasta se lo comenté a Macarena. ¿Te acuerdas de Maca? Pero ella me dijo que estaba loca, que nada que ver. ¿Y por qué nunca me dijiste nada, Gabriel?<br />
–Bah, tú estabas templadaza de Braulio. No me hubieras hecho caso. <br />
–Braulio, verdad. A veces me parece mentira haber estado siete años con él. Era un buen chico, pero no sé, no me llenaba. Después que me fui a Barcelona, terminamos y le perdí el rastro. <br />
–Pero no me hubieras hecho caso, ¿verdad?, insistió Gabriel, medio animado por los tragos, pero sobre todo empujado por la incertidumbre que tenía atracada en el pecho desde hacía una década.  <br />
–No lo sé.<br />
–¿Cómo que no lo sabes? Esas cosas se saben. Son intuitivas. Es sí o es no. No hay que pensárselo mucho. <br />
–Gabriel, estamos hablando de hace más de ¡quince años! Éramos otras personas, teníamos otras vidas. Ya ni me acuerdo de qué cosas sentía en ese momento.<br />
–Sí, tienes razón, perdón por ponerme tan… impetuoso. Creo que la cagué.   <br />
–No tienes de qué disculparte, además la estoy pasando mostro, dijo Amanda, frotando con su mano el antebrazo de Gabriel, en un gesto cariñoso que permitió que sus pieles, o mejor dicho, retazos de sus pieles entraran en contacto. Era un contacto mínimo tal vez, pero no por breve carecía de intensidad.   <br />
–La estamos pasando mostro, corrigió Gabriel. <br />
–Es verdad. Salud por eso, propuso ella, ladeando la cabeza y abriendo su magnífica sonrisa.<br />
–Salud. </p>

<p>Mientras tomaban sus vasos no dejaron de mirarse. Los ojos de Gabriel se emanciparon del cerebro, adquirieron autonomía y por unos segundos (los segundos que duró el sorbo) penetraron con voracidad en las pupilas de Amanda. Los ojos de ella soportaron la mirada con atrevimiento, sin parpadear. Eran dos pares de ojos que se conocían desde hacía bastante pero ahora llevaban encima una inédita y fulminante carga de electricidad, una cuota de picardía que no llegaba a ser lujuria pero que era claramente deseo. Gabriel le comenzó a hablar con los ojos, a decirle lo preciosa que le seguía pareciendo, lo mucho que le provocaba abalanzarse sobre ella y romperle la boca con el beso que nunca había podido darle. Ella resistía el osado embate de esas pupilas negrísimas, e intentaba descifrar el mensaje, en una discreta señal de correspondencia. Fue un instante cargado de vehemencia, de ardor, de pasión desaforada. No sabían cuál había sido el detonante, quizá la confesión de Gabriel, quizá la mano de Amanda sobre su brazo, quizá los imperceptibles guiños de seducción que se les escapaban a ambos cada tanto. No lo sabían. Lo cierto era que los dos, por un instante, experimentaron en iguales proporciones una atracción violenta y poderosísima. </p>

<p>–Hola, los veo embalados, interrumpió Macarena, una de las amigas de Amanda, que se acercó para anunciar que estaban por irse a bailar. Su presencia y posterior saludo puso abrupto fin a ese fugaz rapto de miradas peligrosas.  <br />
–Maca, ¿no te acuerdas de él? Es Gabriel, Gabriel Lombardi, del colegio. <br />
–¿Gabriel? ¡Hola! Claro que me acuerdo, pero no te reconocí. <br />
–Hola, Maca, qué gusto de verte. <br />
–¿Cómo estás? ¿En qué andas?<br />
–Bien. Soy publicista, acabo de volver de Argentina. Estuve estudiando por allá. <br />
–Nos hemos estado acordando de toda la época del colegio, muy gracioso, informó Amanda<br />
–Pucha, siento interrumpirlos, chicos, pero ya nos estamos yendo a Aura<br />
–Sí, verdad, vamos, vamos, añadió Amanda, sorbiendo con la cañita el concho de su maracuyá sour<br />
–Bueno, pues, que se diviertan mucho<br />
–Voy sacando el carro, Amanda. Te esperamos abajo. Chau, Gabriel, lindo verte, se despidió Macarena, con uno de esos tibios besos en el cachete que en verdad son besos al aire. </p>

<p>Se quedaron solos, amagaron con torpeza darse un abrazo corto, protocolar y acabaron fundiéndose en un abrazo largo, calmado</p>

<p>–Ha sido muy bacán encontrarte, Gabriel. Un poco extraño, pero muy bacán<br />
–Estaba por decir lo mismo<br />
–Me he quedado con ganas de seguir conversando<br />
–Pero conversemos, pues, tomemos un café la próxima semana, qué dices<br />
–Me encantaría. Déjame ver, pues, yo te aviso</p>

<p>Gabriel se apuró en registrar el teléfono de Amanda en su celular y le entregó una tarjeta con todos sus datos de contacto. Acto seguido, le pidió al barman una servilleta y un lapicero para escribir la dirección electrónica de ella: <em>adilorenzi@hotmail.com</em></p>

<p>–¿Estás en el Messenger?, preguntó Gabriel, con un coqueto levantamiento de cejas <br />
–Sí, no chateo casi nada, pero tengo una cuenta<br />
–Te agrego entonces…<br />
–Ya, mostro<br />
–Cuídate y baila mucho<br />
–Ja, ja. Nos vemos</p>

<p>Amanda se fue pero en el aire quedó el eco de esa última risa, el fantasma de su sonrisa brillando en el mismo lugar donde hacía menos de cinco minutos había estado brillando con toda su esplendorosa perfección. </p>

<p>Gabriel permaneció en la barra tomando lo que le quedaba de whisky, tratando de comprender lo que acababa de ocurrirle. Rápidamente repasó la secuencia de los hechos. Llegó al bar a encontrarse con unos amigos, y como no dio con ellos tras buscarlos en los tres pisos del local se acercó a la barra para matar el tiempo en la compañía de un whisky. Y qué ocurre: pues que se encuentra con la primera mujer (después de su madre) que más había querido en el mundo, y pasa más de una hora conversando con ella. Era todo tan inesperado, tan absolutamente increíble, que todavía le costaba captar que fuese cierto. Amanda había marcado profundamente su juventud y si a veces sospechaba que nunca la había olvidado del todo, ahora acababa de confirmarlo. Una hora había sido más que suficiente para remover esos pesados trozos de memoria que él había querido enterrar a la fuerza. El romance de cuatro años con Natalia, en Argentina, fue producto de la química y la afinidad sexual, pero también de una innegable necesidad y de una serie de carencias. Natalia no solo era su novia, sino también una compañía en un país que no era el suyo, en donde no tenía a nadie, y por lo demás era un lazarillo que lo guiaba en medio de una ciudad llena de atractivos pero que –dada su falta de espíritu social e iniciativa– él jamás habría sabido caminar y recorrer por cuenta propia. Nadie niega que la quiso, pero pareciera que más enamorado estuvo de las atenciones que ella le procuraba. </p>

<p>Lo de Amanda, en cambio, era otra cosa, era un amor genuino, desinteresado, complejo, antiguo, histórico, amortiguado, difícil, que más que extinguirse en su corazón solo había sido anestesiado. <br />
Y justo reaparece ahora, carajo, pensaba Gabriel, acodado en la barra, mientras dejaba caer en su vaso un par de cubos de hielo. Justo ahora que él había regresado dispuesto a enfocarse en su trabajo, justo ahora que no quería hacerse paltas por ninguna mujer y que había decidido llevar la vida del pendejo treintón que se acuesta con todas y no se enamora de ninguna. Cómo actuaría ahora que el cadáver de Amanda resucitaba de forma intempestiva y se presentaba nuevamente. ¿Podría cumplir con sus fríos propósitos de soltero revejido? ¿Dejaría pasar otros quince años antes de actuar de una manera más decidida con ella? En el colegio no abrió la boca porque Amanda estaba con Braulio y él temía decepcionarla con sus pajas febriles. Y ahora que se atrevió a abrirla no hizo mayor arreglo: apenas le lanzó, de modo timorato e infantil, una de las muchas frases que tenía almacenadas en la caja registradora de su cabeza. Claro, el inconveniente no era menor: Amanda estaba casada y tenía una familia, pero Gabriel ignoraba si se hallaba contenta, si se sentía realizada al lado de Jaime. “Ya me cagué”, concluyó, intuyendo que estaba a las puertas de una historia trágica, trascendental, vertiginosa. “Ya me cagué”, repitió y dejó limpio su vaso con un seco y volteado. </p>

<p>Una llamada lo sacó del trance en que sus dilemas lo habían puesto.</p>

<p>–¿Aló? ¿Martín? <br />
–Aló, Gabriel. ¿Dónde estás huevón?<br />
–En Huaringas, pues. Quedamos en encontrarnos aquí<br />
–¿No te llegó mi mensaje de texto, maricón? ¡Chucha! Te escribí diciéndote que ya no vayas para allá…<br />
–Nunca me llegó, pendejo. ¿Dónde estás?<br />
–Vente a la jato de Juan Pablo. Aquí vamos a hacer los previos de su despedida. El plan es llegar al hotel antes de la 1 de la mañana. No sabes las putas que me he conseguido, huevón. Te mueres. Están buenazas, son del “Eclipse”, ese rucódromo al que fuimos la vez pasada para la despedida de Tito. Hay una que tiene un poto ex–tra–or–di–na–rio. Si Juan Pablo se emborracha y se la tira, te apuesto que se enamora y ni cagando se casa con la gorda de Mariana. <br />
–Ja, ja. Ya, cholo, salgo para allá. Dame quince minutos. Yo también tengo algo que contarte.</p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara1.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara1.html','popup','width=450,height=137,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/assets_c/2009/06/continuara-thumb-450x137.jpg" width="450" height="137" alt="continuara.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua (más conocido como Robotv, el galán characato)]</strong> </p>

<p>[Esta canción ochentera es una de las preferidas de Gabriel. La canta la piernona de Tina Turner, la Bartola del Pop (¡No mi amoooooor!)]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/YFQlZht2DU4&hl=en&fs=1&showinfo=0"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/YFQlZht2DU4&hl=en&fs=1&showinfo=0" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL: Muchas gracias a los chicos y chicas de FACE, la agrupación de la Universidad Católica Santa María de Arequipa, que el fin de semana pasado nos recibieron a Robotv y a mí durante nuestra breve visita. La pasamos estupendamente bien. Aquí les dejamos un collage de fotos. La próxima semana colgaremos el video que prometimos. Un fuerte abrazo]</strong> </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/collage_aqpa.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/collage_aqpa.html','popup','width=1000,height=927,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/collage_aqpa-thumb-420x389.jpg" width="420" height="389" alt="collage_aqpa.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></big></p>]]>
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    <title>1. Amanda y Gabriel</title>
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    <published>2009-06-26T10:46:34Z</published>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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<p><big>Cuando Gabriel se acercó a la barra a pedir un whisky en las rocas no pudo siquiera haber imaginado que la chica que estaba a su lado, de perfil, era la mismísima Amanda Di Lorenzi. Apenas se percató de su presencia dudó unos segundos temiendo una desagradable confusión, pero el instinto lo dotó del arrojo necesario para salir de la intriga </p>

<p>–¿Amanda?, le preguntó, tocándole un hombro con la mano</big></p>]]>
        <![CDATA[<p><big>–¿Sí? ¿Quién... ¿Gabriel? <br />
–Sí, holaaaa, cómo has estado, <br />
–Holaaaa, no puedo creerlo, a los años</p>

<p>Tras una risueña secuencia de efusivos besos y abrazos, Gabriel y Amanda se quedaron mirando fijamente, como cerciorándose de que eran efectivamente ellos, de que no se trataba de una equivocación. Cada uno a su manera, estaba profundamente sorprendido. Ella porque después de lustros se encontraba con aquel chico del colegio con el que, si bien nunca pasó nada, siempre hubo una química singular, una atracción que ninguno de los dos verbalizó, y sobre todo una cariñosa amistad que, a pesar de su nobleza, se interrumpiría al terminar quinto de media.  </p>

<p>A él, por su parte, no había manera de disimularle la sonrisa de payaso que le brotó desde lo más profundo de la cara. No solo estaba sorprendido: estaba realmente en shock. Si hasta se había olvidado del whisky que el barman le había servido hacía rato y que se venía aguando a su costado. La conmoción se justificaba: durante los últimos tres años de Secundaria Amanda había sido su amor callado, la chica que le quitaba el sueño. Y no es una frase: se lo quitaba literalmente, pues más de una vez, cuando ella no podía dormir, lo despertaba por teléfono de madrugada (llamándolo al anexo de su cuarto) para matar las horas conversando. Él le contestaba de lo más gustoso: no veía en ese desvelo un sacrificio sino un microscópico acto de heroicidad, una inmolación por la cual, tarde o temprano, sería sentimentalmente recompensado. </p>

<p>Si Gabriel nunca le dijo nada de lo que sentía era, básicamente, por su clásico horror al rechazo. Prefería tener a Amanda de ‘amiga’ pero tenerla cerca, antes que alejarla con declaraciones efectistas que, según él, jamás echarían raíces ni rendirían frutos. Todos sus patas, testigos de su desesperada situación, le aconsejaban que hablara con ella, que se quitara el clavo y se lo dijera todo, pero él, terco como una mula, se empecinó en guardar obstinado silencio. </p>

<p>Habría que decir que hizo bien. Por esos años Amanda lo encontraba simpático pero fundamentalmente lo veía como a un amiguito cómplice, nada más. Ella estaba templadísima de Braulio, un chico dos años mayor que, para desgracia de Gabriel, también estaba enamoradísimo de ella. De hecho se pusieron de novios ese último año de colegio. Y de hecho fueron juntos a la fiesta de promoción (fiesta a la que Gabriel llevó como pareja a la prima gorda de uno de sus amigos, y de la que se escapó –de la fiesta y de la prima– antes de la una de la mañana). Si él hubiera cedido a la enorme tentación de confesarle a Amanda lo que sentía, habría rebotado olímpicamente. Intuyendo ese infeliz escenario fue que se resignó a ser solo su amigo y a esperar que terminaran las clases para no verla más. La quería tanto que no podía soportar tenerla cerca mucho tiempo sabiendo que no era correspondido. Prefería desaparecer del show antes que seguir ahí, como un baboso espectador pasivo que se limitaba a aplaudir el festín ajeno. Le partía el alma dejar de frecuentarla, pero estaba seguro de que la distancia y la invisibilidad le curarían esa pena. </p>

<p>Por eso no fue nada raro que en diciembre, al acabar quinto, Gabriel prácticamente se esfumara de la vida de Amanda. Cada vez que ella lo telefoneaba para verse en ese verano posterior a la graduación, él ofrecía una nueva excusa para declinar la invitación. Los meses pasaron y perdieron contacto. Ella entró a la Pre Lima; él se metió a la academia Trenner. Ella –chancona como siempre– ingresó a la primera y escaló ciclo tras ciclo sin ningún inconveniente académico; él, en cambio, entró a la Católica recién al cuarto intento y durante sus primeros dos años con las justas iba a clases, pues se la pasaba tomando cervezas y jugando Nintendo en los apestosos huariques que decoraban las afueras de la Universidad. <br />
Si durante todo ese tiempo alguien le hubiese preguntado a Amanda por Gabriel, es muy probable que ella se hubiese levantado de hombros para responder “se lo tragó la tierra”. Era raro. De la cordial intimidad con que se habían conducido a lo largo de la Secundaria ya no quedaba ni un putañero resquicio. </p>

<p>Como un río que de pronto queda dividido en dos surcos profundos que ni se ven ni se tocan, sus vidas tomaron rumbos completamente separados. Amanda terminó Administración a los 21 años y se graduó en el segundo puesto de su promoción, con un ponderado altísimo. Practicó en Ebel durante dos años y ahí nomás viajó a Barcelona a hacer una maestría. La lejanía provocó que su larguísima relación con Braulio cayera en un vacío y terminara después de casi siete años. Como suele ocurrir, a uno de los dos le tocó oficiar de víctima y al otro de victimario. En este caso fue ella la que le dijo por teléfono que era mejor cortar las cosas, que en ese instante estaban en frecuencias diferentes, que ya verían más adelante qué ocurría. Amanda sabía perfectamente que no habría un <em>más adelante</em>, pero la voz llorosa de Braulio al otro lado del auricular le dio tanta pena y remordimiento que no tuvo más remedio que darle esa consoladora esperanza. </p>

<p>Libre en una ciudad europea, Amanda superó rápidamente el capítulo de Braulio y –apartada como estaba de los prejuicios dominantes de Lima– se aventuró a conocer otro tipo de chicos. En Barcelona tuvo un par de relaciones, aunque nada muy serio. Primero se enredó con un brasileño muy espigado que la abordó en un pub y que a lo largo de varias apasionadas noches le enseñó, no solo algo de portugués y Capoeira, sino todos los trucos sexuales que el lento de Braulio desconocía. Su otro novio fue un muchacho catalán que trabajaba como agente deportivo y que la hacía reír mucho. “Me hacía acordar un montón a ti”, le diría Amanda a Gabriel tantos años después, mientras actualizaban sus vidas durante su reencuentro en el bar. “Hubiera preferido que me digas eso del brasileño”, le bromeó Gabriel. Los dos rieron. “Bueno, un poco difícil, considerando que nunca nos dimos ni un piquito”, dijo ella, sacando a relucir con controlada coquetería aquel rasgo confuso de su antigua amistad.  “Sí, pues”, asintió él con la cabeza, mientras le metía un sorbo nervioso a su whisky aguado y trataba de luchar mentalmente para que la palabra <em>piquito</em> no reverberara en su cabeza como un campanazo. </p>

<p>Amanda pasó en Barcelona menos de dos años. De regreso a Lima entró a trabajar a <em>Procter</em> y conoció a Jaime Tudela, su supervisor. De inmediato se generó entre ambos un claro magnetismo. Siempre que salían con la gente de la oficina –a almorzar, a bailar, o al Karaoke– quedaba clarísimo que allí había un entendimiento que excedía la simpatía laboral. A Jaime le tomó cuatro meses conseguir que Amanda accediera a ser su novia. Paseaban por todos lados, paraban de arriba abajo, se besaban públicamente y hasta durmieron juntos una vez en un hotel, pero ella no se animaba a iniciar algo en serio. Y no era que no estuviera interesada, claro que lo estaba, solo que con 25 años encima ya no podía darse el lujo de empezar una relación formal con un chico únicamente porque le pareciera churro. Ese criterio colegial–universitario no servía a estas alturas. A los 25, una mujer como ella tenía que asegurarse de que su posible enamorado fuera un potencial candidato a esposo, es decir, alguien “con quien pudiera proyectarse”, alguien “que no le haga perder el tiempo”, como fraseaban sus amigas y su mamá. </p>

<p>Felizmente para ella, Jaime resultó ser el partido perfecto: ejecutivo, 33 años, independiente, atractivo, popular, solvente. En <em>Procter</em> lo tenían muy bien considerado y su escalamiento a los más altos puestos de gerencia era cuestión de tiempo y paciencia. Su padre, además, tenía una vieja diplomática amistad con por lo menos un par de los mandamases, lo cual sin duda colaboraba en favor de su promisoria carrera en la empresa. </p>

<p>Desde que iniciaron la relación estaba visto que Amanda y Jaime acabarían casándose. No solamente se llevaban muy bien, sino que además se les veía muy bien. Eran la pareja más fotogénica de todas: era rutinario que aparecieran –él abrazándola por detrás– en las fotos de Sociales. Salían en las discotecas y restaurantes más exclusivos, pero también en el Regatas de La Punta, donde Jaime tenía encallado un velero, y en el Club Los Inkas, donde él pasaba algunos fines de semana compitiendo en torneos amateur de golf. </p>

<p>Cuando después de un año y ocho meses de enamorados se pusieron de novios, la mamá de Amanda no cabía en su felicidad. Bastaba mirarla a los ojos para saber cuál era el plan que tenía trazado: Amandita, su última hija, al igual que Alejandra y Ana Cecilia, las dos mayores, se casaría en la Iglesia Virgen del Pilar con el Padre Michael Evans. Ella, desde luego, se encargaría de todo. </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_amanda.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_amanda.html','popup','width=420,height=215,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_amanda-thumb-420x215.jpg" width="420" height="215" alt="deta_amanda.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>El destino de Gabriel se planteó de manera harto distinta. Antes de que lo expulsaran de la Católica por triquear Mate, se trasladó con las justas al IPP, donde dio fin a sus tumbos vocacionales. Tres años después recibió su cartón de publicista. Cuando viajó a Buenos Aires para hacer una especialización en Redacción Creativa en la Universidad de Palermo lo hizo con la esperanza de encontrar trabajo rápidamente y así poder establecerse en la ciudad. </p>

<p>Al cabo de seis meses, Gabriel no podía estar mejor: estudiaba por las mañanas, trabajaba por la tarde y parte de la noche en <em>Nexus</em>, una muy respetable agencia de publicidad bonaerense, y los fines de semana los aprovechaba para salir con Natalia Fortini, su enamorada, una rosarina guapísima de 20 años que se acababa de graduar de Artes Plásticas y a la que conoció en un evento organizado por la Universidad. Ella fue la que lo instruyó en toda esa onda ‘artie’ que a él siempre le fascinó pero que en Lima no tenía cómo ni con quién cultivar. Iban al teatro, a recitales, conciertos, exposiciones, museos, mercados de baratijas. Con siete años menos que él, Natalia le inyectaba una dosis de entusiasmo, energía e intensidad que lo rejuvenecían. No extrañaba ni mierda del Perú. Una vez por semana llamaba a su mamá y a su hermana, les decía que las quería mucho y preguntaba si necesitaban algo, pero eso era todo. Estaba feliz en Argentina y Natalia tenía que ver mucho con esa creciente sensación de alivio emocional. Algunos fines de semana viajaban al interior o pasaban los días junto al río, en una vida calmada y pastoril que a Gabriel le resultaba completamente nueva y, por lo mismo, maravillosa. </p>

<p>A él le hubiera encantado que Natalia se mudara a la pieza que tenía rentada en un edificio del Centro, pero a los padres de ella la idea no les hacía mucha gracia que digamos. “Es muy rápido, Nati, esperáte un tiempo, no tenés ni un año con él, ché”, la rezongaba su mamá cada vez que ella insinuaba la posibilidad de la mudanza. De todas formas esa comprensible oposición no era impedimento para que Natalia pasara incontables noches en el departamento de Gabriel. Algunas madrugadas, después de hacer el amor, él se levantaba, iba a la cocina, destapaba una cerveza (nunca faltaba una Quilmes en su pequeño refrigerador), volvía a la habitación y se quedaba contemplando el cuerpo desnudo de Natalia dormida. “Quién chucha iba a decirme que iba a terminar viviendo en Buenos Aires. Y encima con este cuerazo. No sé cómo he logrado que se fije en mí”, pensaba Gabriel, sonriendo sin malicia en medio de la oscuridad. </p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_gab.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_gab.html','popup','width=420,height=215,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/deta_gab-thumb-420x215.jpg" width="420" height="215" alt="deta_gab.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Amanda hizo un tonazo por su matrimonio. El señor Di Lorenzi no escatimó un sol para que la última de sus hijas tuviera una gran recepción. Fue en una casa de Los Cóndores. Mil quinientos invitados, orquesta, un variado bufete gastronómico, botellas del mejor champán y Etiqueta Negra en cada mesa, una barra de hielo seco, iluminación fastuosa, un tabladillo gigante y un decorado hecho sobre la base de toldos arábigos que arrancó comentarios en todos los asistentes. No hubo revista en donde no apareciera una extensa reseña del matrimonio. Por lo menos dos páginas a color, salpicadas de numerosas fotografías: ahí Amanda recogiéndose el vestido y bailando en medio de una ronda de chicas; ahí Jaime lanzado por los aires por sus amigos golfistas; ahí los arlequines en zancos distribuyendo entre los invitados máscaras, pitos y sombreros; ahí los papás de Amanda y Jaime satisfechos, junto con congresistas y otras personalidades; ahí los novios, radiantes y traqueteados, despidiéndose de la muchedumbre desde el interior de una limosina pintarrajeada con spray blanco. Casi todas las notas periodísticas que se escribieron a propósito del casamiento acababan con la misma acotación: “la feliz pareja partirá en breve a las espléndidas playas de Dubái, destino elegido para la luna de miel”.    </p>

<p>El encantamiento duró seis años. Luego empezaron los problemas. Por un lado Amanda no podía quejarse de su estatus: vivía en un departamento precioso cuyos ventanales proporcionaban una vista desde la que se dominaba con los ojos todo el Royal Club de San Isidro; tenía dos automóviles (sin contar la camioneta BMW X4 que su esposo le acababa de comprar), y, por si fuera poco, su hijo Emilio, de 4 años, estaba en uno de los mejores colegios de la capital. No cabía duda de que a Jaime le había ido profesionalmente muy bien. Alcanzar la gerencia comercial de <em>Procter </em>y manejar, en paralelo, los negocios familiares de su padre, le habían dejado totalmente despejado el camino de las preocupaciones económicas. Si aún no era millonario, le faltaba muy poco.</p>

<p>Sin embargo, esa misma obsesión por el ascenso laboral y la acumulación de dinero fue convirtiendo a Jaime en un hombre mucho más frío de lo que ya era. Es verdad que nunca se había caracterizado por ser un epítome del romanticismo precisamente, pero mal que bien se las había ingeniado para no descuidar esos detalles que toda mujer dice valorar: un regalo sorpresa, una cena de aniversario, un poema, unas flores arrancadas de un jardín. Así fue durante los primeros años. Ahora, en cambio, su perfil de negociante calculador había ido apagando la poca calidez que su carácter despedía. Eso se tradujo en ausencias y en una indiferencia física que Amanda ya no sabía a qué (o a quién) adjudicar. De pronto Jaime dejó de hacerle el amor con la asiduidad y la ternura acostumbradas. Casi ni la tocaba. Y aunque como padre era ejemplar (paseaba con Emilio en el velero, lo entrenaba en el golf, acudía puntualmente a las reuniones de padres de familia del colegio), su faceta de esposo, sobre todo en el plano sexual, había sufrido cambios tan preocupantes como radicales. </p>

<p>Pese a eso Amanda no quería armar un alboroto. Estaba empecinada en recuperar su vida de pareja, pero sin promover escándalos. A veces buscaba a su mamá y sus mejores amigas para aplacar las dudas que la carcomían, pero a cambio recibía todo tipo de mensajes contradictorios: “tienes que luchar por tu matrimonio”, “hazte la tonta”, “esas crisis son naturales”, “alguien le habrá calentado la cabeza, pero ya se le pasará”.  </p>

<p>Ocurriera lo que ocurriera, Amanda no daría un paso al costado. Eso lo tenía bien clarito. El divorcio no figuraba en absoluto entre sus planes. Abdicar del matrimonio significaría, no solo enfrentar públicamente una vergüenza social, sino soportar el peso de lo que ella entendía como un fracaso. Por más que Jaime extremara su frialdad, la separación nunca iba a ser una alternativa que ella contemplaría. </p>

<p>Un buen día, durante el desayuno, mientras Jaime leía el diario, ella –temerosa de que su matrimonio estuviera a punto de convertirse en una pantomima–  lanzó una propuesta: visitar a un especialista. “¿Terapia de pareja?”, preguntó él, con voz de incredulidad y sin retirar la mirada del periódico. “Esas son huevadas”, completó. “Algo tenemos que hacer, Jaime, no estamos bien, date cuenta por Dios”, contraatacó ella. “Te haces demasiadas paltas, Amanda, somos una pareja como cualquiera, con altas y bajas. En esta casa todo funciona, tienes todo, no sé de qué te quejas tanto”, respondió él, apartando por un momento el diario para mirarla de frente. </p>

<p>Atrapada en el laberinto de sus recriminaciones, ella recurrió a su carta bajo la manga: el abandono sexual del cual era víctima. Dijo que no se sentía deseada, que él ya no la buscaba en la cama, que no era posible que en apenas seis años de matrimonio la pasión haya desaparecido de esa manera tan abrupta.  Jaime se echó a reír. “Uy, ahorita me sales con que crees que tengo una amante o, peor, con que soy cabro”, bromeó con ironía mientras repasaba el periódico con tosquedad.  “Sí, pues, he llegado a pensar las dos cosas y si es así, dímelo, dímelo, por favor, dímelo de una vez”, replicó Amanda. “Ay, qué tonta eres”, le contestó Jaime, endureciendo el tono y dejando esta vez el diario encima de la mesa. “Tengo cerros de trabajo, me saco la mierda para darte una vida de la puta madre, con Emilito hacemos una familia excelente, nos vamos a ir de vacaciones a Orlando a fines de año, y tú vienes y me haces todo este chongo porque, según tú, ya no te toco como antes. ¿En serio crees que soy maricón o que tengo algo por ahí? ¿Qué chucha te pasa, Amanda? ¿Con quién has estado hablando? ¿Qué ideas te han estado metiendo ah? Ubícate un poco ¿quieres?”. </p>

<p>Amanda se echó a llorar. Su jugo de naranja estaba a la mitad del vaso. El huevo revuelto permanecía intacto en el plato, igual que las tostadas. Jaime estaba molesto. Terminó de hablar, se paró, tiró la servilleta sobre la mesa, cogió su saco, su lap top y se fue sin despedirse. Lo único que alcanzó a decir antes de dar un portazo fue: “no vengo a almorzar por si acaso”. </p>

<p>Tal vez ese fue el primer instante desde el ya lejano día en que se casaron en que Amanda musitó, hacia adentro, sin pronunciar una sola sílaba, la temeraria pregunta que a toda costa había evitado hacerse: ¿será Jaime el hombre correcto, será el hombre de mi vida? </p>

<p><br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara.html','popup','width=450,height=137,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/continuara-thumb-300x91.jpg" width="300" height="91" alt="continuara.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p><br />
<strong>[Ilustraciones: Alfonso Vargas Saitua, el fatigado pero aún pendejerete Robotv]</strong></p>

<p><br />
[Imagino perfectamente a Gabriel pensando lo que en este video cantan los talentosos Babasónicos: que Amanda, ciega, se casó con un payaso]</p>

<p><object width="560" height="340"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/xBy24295bKs&hl=en&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/xBy24295bKs&hl=en&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="560" height="340"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL: Este sábado Robotv y yo tropezaremos en la Universidad Católica de Arequipa. Ojalá alguien pudiera darse una vuelta para no conversar solo entre los dos. Saludos a todos los lectores hijos del volcán]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/RenatoCisnFACE.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/RenatoCisnFACE.html','popup','width=676,height=1063,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/RenatoCisnFACE-thumb-420x660.jpg" width="420" height="660" alt="RenatoCisnFACE.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></big></p>]]>
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    <title>El mentiroso y la modelo</title>
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    <published>2009-06-14T06:54:53Z</published>
    <updated>2009-06-15T16:57:13Z</updated>

    <summary> Fue un miércoles de hace poco. Un miércoles por la mañana, para ser exacto. Serían las ocho cuando mi celular sonó. Al contestar escuché la voz de una ex alumna de la universidad. Para no ponerla en evidencia, aquí...</summary>
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        <name>Renato Cisneros</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/dibujo_mentiroso_modelo.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/dibujo_mentiroso_modelo.html','popup','width=1200,height=751,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/dibujo_mentiroso_modelo-thumb-420x262.jpg" width="420" height="262" alt="dibujo_mentiroso_modelo.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Fue un miércoles de hace poco. Un miércoles por la mañana, para ser exacto. Serían las ocho cuando mi celular sonó. Al contestar escuché la voz de una ex alumna de la universidad. Para no ponerla en evidencia, aquí la bautizaré como Z.</p>

<p>Z me saludó con amabilidad, me contó que estaba trabajando en Panamericana Televisión (como es obvio, aún no se había producido el ya por todos conocido descalabro de la empresa) y, con un tono de relativo orgullo, precisó que era ayudante de producción del programa dominical Panorama.</p>]]>
        <![CDATA[<p>–Estamos haciendo una nota sobre coleccionistas para este fin de semana y, si mal no recuerdo, alguna vez oí que tú coleccionas soldaditos de plomo. ¿Es cierto no?, me preguntó Z, con voz entusiasmada, cantarina.</p>

<p>En ese momento tuve la enorme oportunidad de decirle la verdad: que efectivamente me gustan los soldaditos de plomo, que me encantaría tener muchos, pero que mi colección apenas asciende a ocho soldaditos, o mejor dicho, a siete y medio, considerando la reciente mutilación de brazo y pierna izquierdos que sufrió uno de ellos a manos de mi sobrino de 5 años, quien osó ingresar a mis dominios sin la debida autorización.</p>

<p>Pude haberle dicho a la gentil Z que no, que no soy un coleccionista serio, que en realidad mi colección es tan pequeña y ridícula que no merece la pena exponerla en televisión nacional. Sin embargo, ya saben, el ego y todos los demás rasgos de la estupidez humana me traicionaron y me llevaron a cometer lo que después consideraría una burrada monumental.</p>

<p>–Ah, este, sí, sí, claro, tengo uff, un montón, tengo legiones de soldaditos de todos los ejércitos del mundo. Serán cien, no, perdón, doscientos, sí, como doscientos soldaditos. Lo único malo es que me estoy mudando y ya tengo todos embalados y, como comprenderás, se me hace complicado sacarlos nuevamente de sus cajas para una filmación este fin de semana.</p>

<p>Con esa respuesta cargada de deliberadas inexactitudes lograba tres cosas: 1) me excusaba de participar en el reportaje, pero quedaba como una persona muy colaboradora con los medios, un perfecto invitado para futuros programas; 2) me vendía como un coleccionista importante, el excéntrico dueño de un surtido ramillete de soldaditos de plomo en perfecta formación; y 3) posaba como el chico joven que se muda solo: un chisme que estaría bien que se empiece a correr por ahí.</p>

<p>–Uy, qué lástima, Renato. Justo habíamos pensado que Olenka podría entrevistarte mañana<br />
–¿Qué? ¿Olenka? ¿De qué Olenka me hablas?<br />
–Olenka Zimmerman, pues, ella es la reportera<br />
–(voz de tartamudeo y estupefacción) ¿O–O–Olenka Zi–Zimmerman es la reportera?<br />
–Sí, claro, ¿la ubicas no?<br />
–Pero por–su–pues–to que la ubico. Soy fan de Olenka desde<br />
que era un mocoso. Tenía un póster de ella sobre mi cama.<br />
–¿Ah, sí? Ja, ja. Genial. Entonces mejor hagamos una cosa: le diré a ella misma que te llame para que te convenza. Ahí no podrás decir que no.</p>

<p>(Cuando Z me hizo esa propuesta mi cara adoptó una doble expresión facial: una mitad se alegraba, la otra se angustiaba; una mitad explotó en gestos de júbilo, la otra se contracturó de nervios. Entre la nariz y el mentón se me formó una línea oblicua: una mueca que era sonrisa y puchero al mismo tiempo)</p>

<p>–No, este, Z, no sé si sea buena idea, mira, mejor lo dejamos allí…<br />
–No seas malo, Renato, habla con ella, a lo mejor pueden darte más tiempo o incluso reprogramar el reportaje. No creo que haya problema. Yo le digo ahorita que te llame. Uy, ya, chau, me están buscando, tengo que irme…<br />
–No, espera, sabes, yo preferiría que…<br />
–Ya, hablamos. Un beso, cuídate, chau, chau.</p>

<p>Me quedé con el teléfono en la mano y con el corazón en la boca. Me sentí acorralado por mi propia mentira, enjaulado por los barrotes gigantes de mi vanidosa imaginación.</p>

<p>No solo se trataba de haber dicho una mentira cualquiera. Se trataba, sobre todo, de que tendría que darle infantiles explicaciones a Olenka Zimmerman, la eterna diosa de las playas; el cuerpo perfecto; la mujer más deseada por todos los chicos de mi generación, la generación anterior (y no descartaría que también de la posterior); y, desde luego, la inalcanzable protagonista de mis incipientes tanteos onanistas. Cada vez que ella aparecía en los vídeos de “Zona de Impacto” –bronceada, rubia, vestida con su microscópico bikini–, yo desaparecía, acarreado por mis urgencias testiculares, rumbo al baño a frisarme la entrepierna, esa otra zona de impacto.</p>

<p>Por si alguien se siente desubicado respecto de quién es Olenka (como si acaso existiera esa posibilidad), estamos hablando de esta bomba de mujer:<br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/olenka.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/olenka.html','popup','width=290,height=400,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/olenka-thumb-290x400.jpg" width="290" height="400" alt="olenka.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a> <br />
 <br />
Recuerdo a un chico un poco estúpido del Regatas que aseguraba haberle dado un beso a Olenka en una discoteca. Yo tenía 14 años en ese entonces y oía ese relato con una mezcla de envidia, fascinación e incredulidad. El tipejo lo contaba a cada rato, fanfarroneando, y seguramente magnificando los sucesos. Lo que más me indignaba era que lo contaba como si se tratara de cualquier chica, basureando la grandeza mítica de Olenka.</p>

<p>Si yo hubiera estado en su lugar, si la vida me hubiera premiado con esa suerte, habría contado la experiencia maravillado, absorto, como quien cuenta que ha sido testigo de un encuentro con los extraterrestres, porque finalmente darle un beso a Olenka es justamente eso: un evento sobrenatural.</p>

<p>Cuando oía a ese conchasumadre hablar así, como si Olenka fuera una fulana cualquiera, me provocaba abalanzarme sobre él y taparle la boca de un puñete. Claro, es fácil decirlo ahora. En aquel entonces, sin poder reunir el valor suficiente para castigarlo, me quedaba calladito como los demás, escuchando su narración con silencioso deleite.</p>

<p>Desde ese día cada vez que me lo cruzo me preguntó si habrá sido verdad lo del chape discotequero. Hace poco lo vi en una reunión y tuve que respirar para no reírme: estaba acabado. Se le veía calvo, panzón, con la dentadura malograda y unas ojeras negras, como de mapache. Toda su belleza juvenil se había esfumado. Ahora era solo un escombro de su pasado.</p>

<p>Sin que él se percatara, me dediqué a mirarlo durante un buen rato desde la terraza. Después de examinar su aspecto deslucido y su desagradable conducta, recuerdo haber pensado: si este pelado mala onda tuvo algo con Olenka, yo soy Cristiano Ronaldo.</p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>Todo aquel miércoles me lo pasé vigilando mi celular. Quería hablar y no quería hablar con ella. Por un lado, quería contestarle para, no sé, oír su voz mencionando mi nombre, intercambiar algunas palabras y vivir la adrenalínica sensación de estar hablando con la chica más guapa de la televisión. Por otro lado, me negaba a contestarle, porque no sabía cómo carajo salir del aprieto en el que solito me había metido. ¿Qué le iba a decir? “No, Olenka, es que mentí un poquitín y no tengo ninguna colección”. Ni hablar. Iba a quedar como un cojudo redomado.</p>

<p>Como bien pronosticaba Z, ante Olenka no podría negarme a nada. Si ella insistía un poquito, le hablaría de modo blandengue, pusilánime, y acabaría aceptando la entrevista para mostrarle mi extraordinaria colección de… ocho soldaditos.</p>

<p>Estaba intranquilo.</p>

<p>El miércoles pasó sin que la llamada ocurriera. Cuando me fui a dormir lo hice convencido de que estaba a salvo. Deduje que los productores del programa ya habían dado con otro coleccionista (es decir, con uno de verdad), descartando mi participación. Esa conjetura me reportó tanto alivio como pena. Ya no pasaría vergüenzas con la Zimmerman, pero, claro, tampoco podría oír su voz ronca y sexy deshaciendo amorosamente todos los músculos de mi oído.</p>

<p>El jueves me levanté temprano y me alisté para salir. El asunto lo tenía casi olvidado. A eso de las 9 de la mañana, justo en el preciso instante en que entraba a la cocina para tomar el desayuno con mi mamá, mi celular sonó.</p>

<p>Miré la pantalla y aparecía un número desconocido. Era Olenka. Estaba seguro de que era ella. Comencé a temblar. Una, dos, tres timbradas. No sabía qué hacer. Por un lado tenía a mi vieja, diciéndome “pero contesta pues, hijo”, y por otro a la supermodelo llamándome para convencerme de que le mostrara una colección invisible.</p>

<p>A la mierda, dije para adentro. Tomé aire y contesté.</p>

<p>–¿Sí?, Aló, dije, con una voz falsamente carrasposa, como para hacerme el interesante<br />
–Hola, con Renato por favor<br />
–Sí, yo soy, quién habla, pregunté aún a sabiendas de quién era<br />
–Hola, te habla Olenka Zimmerman</p>

<p>En ese segundo, mi corazón (o lo que quedaba de él) comenzó a moverse como si estuviera, no en la tranquilidad de mi casa, sino en el <em>loop</em> de una infartante montaña rusa.</p>

<p>Para evitar que mi mamá escuchase la retahíla de falsedades que estaba a punto de decir me alejé un poco de la cocina con dirección a la sala para proseguir mi charla con Olenka. Estaba emocionado, excitado, pero lo disimulé con educada frialdad.</p>

<p>–Hola, Olenka, qué gusto, cómo estás<br />
–Bien, lo que pasa es que queremos hacerte una nota para Panorama. Me dicen que tienes una colección impresionante de soldaditos de plomo y sería mostro tenerte en el reportaje. Sé que te estás mudando, y sé que es horrible, porque yo también me he mudado hace poco, pero tú dime a qué hora puedes y yo voy de todas maneras.</p>

<p>Creo que no tengo que decir que para ese momento ya me encontraba sobrevolando mi sala, meciéndome en el aire, como un aprendiz de astronauta, arrullado por esa música humana que provenía de mi celular. Escuchar a Olenka diciéndome frases como: “sería mostro tenerte” o “tú dime a qué hora puedes” era más que suficiente para suspender la mismísima ley de gravedad.</p>

<p>De pronto, un grito inoportuno y lejano interrumpió mi vuelo y me tumbó al suelo con la eficacia de un escopetazo. Era mi vieja que desde la cocina vociferaba:</p>

<p>–¡!Renaaaa, tu quáker!!!</p>

<p>Sentí morir de vergüenza. La sola idea de que el grito pudiera haberse filtrado por el celular hizo que mi rostro adquiriera una palidez cadavérica. Hasta ese instante, intuyo, Olenka me tenía como un periodista juicioso, un chico en plena mudanza, es decir, independiente y maduro, pero la información que traía el chillido de mi mamá me caricaturizaba como un pelele, un treintón tetudo y con mamitis. (Alguien podría decirme que eso es precisamente lo que soy, pero, bueno, ya, eso es materia de otro tema).</p>

<p>Tapé el celular fuerte con la palma de mi mano y le respondí a mi madre con un grito reprimido:</p>

<p>–Shhh, ya voy, mamá, estoy hablando<br />
–Es que se te enfría pues, hijito. Yo no sé. Después tú te lo calientas ah. Ni tu jugo has tomado, qué barbaridad.<br />
–Ya, ya, no me demoro.<br />
 <br />
Con los pies otra vez en la tierra, renové mi cara de pelotudo feliz y volví a la conversación con mi modelo favorita.</p>

<p>–Gracias por el interés, Olenka, lo que pasa es que tengo todo embalado y, en verdad, sacar cada soldadito es una chamba bien pesada.<br />
–Pero, normal, tú dime cuánto tiempo te tomará. Si quieres, te ayudo.</p>

<p>Recuerdo que en ese instante mis ojos se desorbitaron y sonreí. Imaginé la escena: ella y yo en el suelo de mi estudio, mirándonos como en una publicidad, solo separados por la enorme caja en donde estaban esos soldaditos imaginarios.</p>

<p>–Este, gracias, pero es que son muchos y no sabes lo trabajoso que es…<br />
–¿Son como doscientos no? Algo así me dijo Z.<br />
–Sí, sí… doscientos, dije con no poco bochorno</p>

<p>Pobre Olenka. Ella debe haber creído que se trataba de una colección monumental como esta que una vez vi en el Museo del Juguete de Gerardo Chávez en Trujillo.<br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/solda_gerardo.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/solda_gerardo.html','popup','width=420,height=151,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/solda_gerardo-thumb-420x151.jpg" width="420" height="151" alt="solda_gerardo.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Lo que ella no sabía era que, de haber venido a mi casa, se habría llevado un chasco al encontrar esta porquería de colección.<br />
 <br />
<a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/solda_rc.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/solda_rc.html','popup','width=420,height=166,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/solda_rc-thumb-420x166.jpg" width="420" height="166" alt="solda_rc.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a></p>

<p>Me sentí un farsante, un embustero, pero sobre todo un cobarde incapaz de decirle la verdad. Había avanzando tanto en mis delirios que ya no sabía cómo salir de ellos.</p>

<p>–Qué dices, entonces, a qué hora voy a tu casa</p>

<p>Desesperado, pensé incluso en decirle que viniera por la tarde o la noche para tener tiempo e ir volando a alquilar esos soldaditos de mierda. Pero era una idea descabellada. Con el dolor de mi alma, haciendo de tripas, corazón, me concentré y le dije a Olenka Zimmerman, la mujer que me quitó el sueño durante una larga época de mi vida, algo que nunca creí que sería posible que saliera de mi boca.</p>

<p>–Lo siento, Olenka. Te lo agradezco mucho, pero no creo que pueda ayudarte.</p>

<p>–Qué pena, Renato. Hubiera sido lindo. Bueno, te dejo mi Nextel. Cualquier cosa, me avisas nomás.<br />
–Gracias. Yo te aviso.<br />
–Chau, un beso<br />
–Un beso</p>

<p>Cuando ella colgó caí pesadamente sobre el sillón principal, con un inevitable sentimiento de derrota. Me quedé ahí, sentado, mirando los nueve dígitos de su teléfono, preguntándome por qué la imbecilidad se había asilado tan tenazmente en mi cerebro. Acababa de hablar con la ex conductora de “Zona de Impacto” y, maniatado, le había dicho que no contara conmigo.</p>

<p><strong>(…)</strong></p>

<p>“Las mentiras tienen patas cortas” me advertían desde muy chico mis profesoras, mi mamá y cuanta tía pretendía instruirme en el infructuoso arte de decir la verdad.<br />
Cada vez que oía ese dicho me preocupaba, porque al echarme un vistazo constataba que yo también tenía patas cortas, lo que me llevaba a pensar que quizá yo, más que una persona, era solo una mentira.</p>

<p>Apuesto a que fue esa idiota confusión pubescente la que engendró en mí el horror por las mentiras. Temo ser víctima de ellas, pero también temo convertirme en su autor. Odio que exista la mentira, más aún entre enamorados, novios o esposos, gente que en teoría se quiere y se prodiga un cariño importante y desinteresado.</p>

<p>Que las odie no quiere decir, por cierto, que no las haya perpetrado. Seguro que he mentido, y mucho, pero a mi favor debo decir que soy un mal mentiroso: siempre dejo un rastro de las mentiras que digo y, cuando alguien intuye que he incurrido en engaño y me encara, transpiro a chorros, desvío las pupilas, aflauto la voz.</p>

<p>En general, encuentro que los hombres (a diferencia de muchas mujeres, que, <a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/2007/11/eres-muy-bonita-pero-mentirosa.html" target=blank>como ya he escrito antes</a>, mienten con un hábil descaro genético) son bastante más torpes para urdir sus trampas.</p>

<p>Si yo le miento a alguien, luego me falta valor para ir y decirle la verdad. Soy muy marica para reconocer que la cagué. A cambio de eso, lo que hago es exponerme y enviar permanentes señales para que se sepa que algo me traigo entre manos.</p>

<p>Es como si, conscientemente o no, buscara a propósito que me descubran. Prefiero que me desenmascaren, me odien por haber faltado a la verdad y se alejen de mí, en vez de vivir consintiendo la presencia de una mentira rapaz en mi mente, como una mancha, o un virus que con seguridad afectaría mi sistema nervioso hasta desquiciarme.</p>

<p>No sé si es un exceso de culpa o qué, pero nunca ha pasado mucho tiempo sin que mis mentiras mayúsculas salgan a flote.</p>

<p>Es por eso que escribo este post. Para decirle por escrito a Olenka Zimmerman esa verdad que no me atrevo a decirle en persona y que no me atrevía a confesarle por teléfono.<br />
Lo siento, Olenka, no tengo más que ocho puñeteros soldaditos de plomo. Soy un fraude. Y en mi infinita candidez solo espero que algún día hagas un reportaje en el que pueda ayudarte y al final me des un beso (si es posible, un mejor beso que el que supuestamente le diste al imbécil del Regatas).</p>

<p>Que tu novio y mi novia me disculpen por este post.</p>

<p><br />
<strong>[Ilustración: Alfonso Vargas Saitua, otro admirador cautivo de la espléndida OZ]</strong></p>

<p><br />
[Esta canción de Beto Cuevas habla de mentir. A veces cierro los ojos y me imagino cantándosela a Olenka en un Karaoke]</p>

<p><object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/d1dcXgGQT2M&hl=en&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/d1dcXgGQT2M&hl=en&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>

<p><br />
<strong>[AVISO PARROQUIAL 1: Muchas gracias a las personas que me recibieron y atendieron en Tacna. La pasé genial. Nunca imaginé que más de cien lectores (102, en realidad) podrían ir a escucharme (considerando que a esa misma hora en la tele Brasil le hacía 4 goles a Uruguay por las Eliminatorias). Saludos a la gente de la Universidad Privada de Tacna, del Eurobar, del restaurante El Hueco, del Da Vinci y de la página web Habla Tacna. Con suerte, en octubre Robotv y yo aterrizaremos por allí]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/collage_tacna.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/collage_tacna.html','popup','width=755,height=563,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/collage_tacna-thumb-450x335.jpg" width="450" height="335" alt="collage_tacna.jpg" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a> </p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 2: La editorial Estruendomudo me ha ofrecido compartir un taller sobre escritura. Este es el flyer que está circulando. Si hay interesados ahí están los fonos para comunicarse. Gracias anticipadas]</strong></p>

<p><a href="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/renato_cisneros_afiche_del_taller.html" onclick="window.open('http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/renato_cisneros_afiche_del_taller.html','popup','width=420,height=917,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://blogs.elcomercio.com.pe/busconovia/renato_cisneros_afiche_del_taller-thumb-420x917.jpg" width="420" height="917" alt="renato_cisneros_afiche_del_taller.JPG" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;" /></a> </p>

<p><strong>[AVISO PARROQUIAL 3: Aquí les dejo un video de la conversa que tuve con el taxista que me llevó al aeropuerto rumbo a Tacna. Último aviso: el próximo 27 Robotv y este pecho estaremos en Arequipa hablando de lo de siempre: de nada]</strong></p>

<p><br />
<object width="425" height="344"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/g3E9egfCaAM&hl=en&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/g3E9egfCaAM&hl=en&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="425" height="344"></embed></object></p>]]>
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