Ya tengo un amigo en el edificio. Es el chico del 304. Quizá decirle amigo sea todavía prematuro, pero digamos que se ha convertido en un interlocutor confiable, divertido, cercano. No conozco mucho a los demás moradores de este inmueble, así que, por ahora, él es el único con el que me provoca compartir los lentos viajes verticales en el ascensor.
Trepado en el carrito metálico, deslizándome sobre él como si fuera un scooter, entro raudamente al Wong de Chacarilla.
Como ya se me ha hecho costumbre, vengo a comprar artículos de limpieza personal, un pack de bebidas alcohólicas, otro de rehidratantes y un aromatizador para el carro. Esos son los únicos cuatro rubros a que se limitan mis intereses en el Supermercado.