[AQUÍ LA DÉCIMA ENTREGA DE ESTA TEDIOSA NOVELA DIGITAL, DEDICADA A TODOS LOS LECTORES MASOQUISTAS]
Pasó más de una semana desde el desayuno en el Gianfranco. Amanda y Gabriel retomaron sus asiduas conversaciones por chat como un modo de amainar la pesadumbre de no verse. A veces también hablaban por teléfono, cuidándose –sobre todo ella– de que nadie los escuchara diciéndose esas cosas sucias y bonitas que se cuchichean los enamorados.
Amanda trataba de cumplir su rutina con normalidad, pero se le notaba intranquila. Por esos días su relación con Jaime se empozó en una extraña alianza de silencios. Él le dirigía la palabra solo para decirle buenos días o buenas noches. Ella abría la boca solo para responderle esos saludos. Salvo excepciones domésticas muy puntuales, no intercambiaban otras frases.
[NOVENO CAPÍTULO DE ESTA ACCIDENTADA NOVELITA DE INCIERTO FUTURO. ¿DIJE QUE SE ACERCABA EL FINAL? LO SIENTO: MENTÍ]
Gabriel dejó el tenedor sobre la mesa y atendió la llamada de María Pía. Apenas reconoció su voz, murmuró algunas cautas sílabas (ajá, sí, no, ok) y dio por finalizada la conversación diciéndole: ya, listo, estoy ocupado, te llamo después.
Amanda –por curiosidad, no por celos– preguntó por segunda vez quién era. “Un patín de la agencia. Tenemos una reunión más tarde con el equipo creativo y quería saber a qué hora iba a llegar”, contestó él, con convincente naturalidad. Lo de la reunión era cierto, lo del patín evidentemente no. Gabriel lo dijo tan suelto de huesos que Amanda se olvidó del tema.
El desayuno continuó. En la mesa había huevos revueltos, jugos de naranja y piña, cafés, infusiones, tostadas, croissants y cuadraditos de mantequilla.
[AQUÍ LA OCTAVA PARTE QUE NADIE QUIERE Y NADIE PIDIÓ. PARA DELEITE DE TODOS, LA NOVELA ESTÁ LLEGANDO A SU FINAL]
Lo único que se le ocurrió a Amanda aquel miércoles –un día después de parir el kilométrico mensaje que envió a Gabriel– fue escapar a Chaclacayo. A la casa de su tía Irene, en Los Cóndores. Sí, la misma casa en cuyos amplísimos jardines se había celebrado, siete años atrás, la estruendosa recepción de su matrimonio con Jaime. Había algo un poco mórbido en elegir como escenario de retiro y reflexión el mismo lugar en donde había festejado aquella unión matrimonial que ahora, precisamente, le suscitaba tantos cuestionamientos. Sin embargo, no encontró mejor opción.