Cuando Gabriel se acercó a la barra a pedir un whisky en las rocas no pudo siquiera haber imaginado que la chica que estaba a su lado, de perfil, era la mismísima Amanda Di Lorenzi. Apenas se percató de su presencia dudó unos segundos temiendo una desagradable confusión, pero el instinto lo dotó del arrojo necesario para salir de la intriga
–¿Amanda?, le preguntó, tocándole un hombro con la mano
Fue un miércoles de hace poco. Un miércoles por la mañana, para ser exacto. Serían las ocho cuando mi celular sonó. Al contestar escuché la voz de una ex alumna de la universidad. Para no ponerla en evidencia, aquí la bautizaré como Z.
Z me saludó con amabilidad, me contó que estaba trabajando en Panamericana Televisión (como es obvio, aún no se había producido el ya por todos conocido descalabro de la empresa) y, con un tono de relativo orgullo, precisó que era ayudante de producción del programa dominical Panorama.
Harían bien las parejas de novios en no estar conectados virtualmente.
Resulta muy saludable para el fortalecimiento de las relaciones que no se inicie vínculo alguno a través del Messenger, el Facebook o esa cosa que no sé cómo diantres funciona y que se llama Twitter.
Como ya he escrito antes en este blog, el Messenger es un medio genial y muy útil para la temporada de seducción. Afanar a través del Messenger –ayudándote con los explícitos emoticones y siendo todo lo atrevido que no eres cara a cara– es tremendamente cómodo.
Sin embargo, por irónico que parezca, una vez que estás con enamorada, esa misma herramienta –antes cómplice– se convierte en vil enemiga.