Cuando Valeria terminó conmigo me dijo que quería estar sola. Yo entonces era bastante bobo y le creí. Tenía 21 años y no sabía lo que ahora ya sé: que ninguna mujer quiere estar sola, y que cuando alguna te da ese pretexto lo que en realidad quiere decirte es que no quiere estar contigo. Así de claro. Usan la soledad como excusa, pero todas (o casi todas) tienen sueños acerca de tener una familia, y eso solo se consigue con por lo menos un hombre al costado.
Deben ser los 33. Debe ser el hecho de sentirme levemente más viejo, o más grande, o más maduro que hace una semana. Debe ser todo eso lo que me lleva a escribir de esta manera automática, sin pensarlo mucho, vaciando directamente las ideas de mi cabeza a la pantalla. Sin atajos, ni filtros, ni pulimentos dignos de mejor causa. Escribo este post como quien suda, como si hacerlo fuera una reacción orgánica antes que un proceso racional. Más que escribir estas palabras, digamos que las estoy transpirando.
Por eso no tengo miedo ni roche de decir lo siguiente: los 33 años han venido acompañados por un repentino y extraño deseo de ser papá.
Entro a la Fiesta de Año Nuevo y no pasa mucho rato para darme cuenta de que la noche estará cargada de hechos dignos de ser recopilados en el blog. Es una fiesta ostentosa, colorida, en una playa de lujo. Es obvio que no pertenezco a este entorno, pero estoy tratando de disimularlo.